martes, 21 de julio de 2009

Los herederos de Escalona




Un niño invidente, de nueve años, que toca acordeón como los dioses. Un cordobés, de once, que vence en la tarima a los grandes de la piqueria. Una niña guajira que sueña con tocar como ‘Francisco el hombre’. Tranquilo maestro: su tradición vallenata sigue viva.

Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista Gaceta
Mayo 24 de 2009
Foto: Lucy Libreros

La noticia le llegó de boca de unos amigos de parranda: en las afueras de Valledupar, en una finca humilde, vivía un niño de 9 años, invidente de nacimiento y oriundo de Magdalena, con una capacidad pasmosa para la música. "Ese ‘pelao’ está para que le enseñes a tocar la caja", le dijeron a Andrés ‘El turco’ Gil.
Arrastrado por la curiosidad y con el pálpito de que iría a la caza de unos de esos talentos que crecen silvestres bajo los mangos y los almendros de la Costa Caribe, el maestro se dejó llevar hasta la humilde estancia. Lo que vieron sus ojos aún le emocionan las palabras: un pequeñito de ojos sellados que golpeaba con palitos, dichoso una y otra vez, una mesa de madera, con la habilidad de un músico virtuoso.
Lo que sintió ‘El turco’ Gil fue, de alguna forma, un vaticinio que el tiempo se encargó de volver certero: Juan David Atencia Berrío, el niño ciego, no había nacido para batir sus manos sobre el cuero seco de una caja. Estaba hecho para ‘teclear’ acordeón.
Así que desde aquella mañana reveladora el fundador de Los Niños del Vallenato —los mismos que se encargaron de ponerle sombrero ‘vueltiao’ al presidente Bill Clinton en la Casa Blanca— se llevaba todos los días a la nueva promesa del folclor hasta su escuela, ubicada entonces en el barrio Cañaguate de la capital del Cesar.
El maestro, que aprendió del oficio con un acordeón que Emiliano Zuleta dejó botado en su casa tras una farra, se convirtió para el menor en los ojos que nunca tuvo y se sentaba con él, tres y cuatro horas cada vez. Le enseñaba cómo apretar un acordeón con fuerza, cómo estirar el fuelle con armonía y cómo decir con notas musicales:

"Yo soy vallenato de los verdaderos/ de muy pura cepa y de corazón/ la sangre del indio en mis venas la llevo/ con algo de negro y también de español".

En nueve meses, ante la turbación de ‘El turco’ —hombre curtido en tres décadas de clases magistrales—, el pupilo aprendió lo que a otros niños de su edad les toma hasta cuatro años. Ahora, cuando Juan David enfrenta al público en el Parque de la Leyenda Vallenata, en la categoría infantil de un festival que cada abril convierte a todos los colombianos en ‘ayhomberos’, no tiene ojos para advertir el asombro que despierta su presencia mágica sobre una tarima: canta afinado, compone melodías, regala versos y décimas y, cómo no, interpreta el acordeón de una manera que envidiaría el mismísimo ‘Francisco el hombre’ en su duelo de fábula con el diablo.
Parece una historia arrancada de las páginas de mariposas amarillas de Gabo. Pero es una de las tantas que se escriben, con buena ortografía, en los patios de las casas de una sonora región en la que los más chicos crecen arrullados por jaranas delirantes. Parrandas de días continuos que se disfrutan con la olla de sancocho hirviendo de un lado, mientras del otro un grupo de amigos transforma cualquier motivo en una cita de estricto cumplimiento para sacar la caja, la guacharaca y el acordeón, y así cantarle a la salud del compadre enfermo o a la pareja de enamorados que partirá a la capital.
Por eso, mientras muchos lamentan la partida de Rafa Escalona, en el Valle de Upar muchos más respiran aliviados. La tradición sigue afinada, tan viva como el día en que el hijo de Clemente Escalona, viejo combatiente de guerras civiles, decidió que su heredera viviría en una casa en el aire con un letrero bien grande que diga Ada Luz.

Llorar acordeón.
Será por eso que a doña Silena López no le sorprende que su hija mayor le haya salido, hace cuatro años, con el cuento de querer aprender a acariciar las 47 teclas de un aparato pesado, llegado de Alemania a Colombia hace casi un siglo. Llueve a cántaros y se sienten truenos de espanto en Villanueva cuando lo cuenta. El cielo llora profusamente en este pueblo guajiro, mientras la niña de 13 años, María Silena, se mece sobre una silla con el acordeón entre las piernas, acompasando una canción que tararea pasito entre los labios.
"En estos pueblos lo normal es que un niño salga con talento para cantar, tocar o componer. Cada familia tiene su músico y si en este momento usted no está escuchando un vallenato a todo volumen en mi casa es, sencillamente, porque no hay luz".
Con los destellos mermados que se cuelan por entre las ventanas, la pequeña dice a su manera que no encontró forma de escapar de la tradición enquistada en ese rincón del sur de La Guajira en el que vive, y que ha visto brotar, bajo 40 grados a la sombra, a grandes como Ismael Romero, Heberth Cuadrado, el ‘chiche’ Maestre, los Hermanos Zuleta y Jorge Celedón.
No la asusta reconocer que el vallenato conserva todavía un encanto que tiene mucho de parrandero y el doble de machista: en esta tierra de rancherías y desierto, una mujer tocando acordeón parece tan inverosímil como un juglar entonando un rock. Pero ella, ¡no joda!, ni se inmuta ante tamaño desafío.
Sigue con el aparato en las manos, ensayando, como lo hace diariamente durante tres horas, después de repasar las tablas de multiplicar. Así también ocurre los sábados en la mañana, cuando se traslada con su mamá hasta Valledupar, a una hora y diez minutos de camino, para recibir las clases de ‘El turco’. "Me falta armonía, pero eso se aprende con el tiempo", confía la menor.
A veces Saulo, su papá, corista de Iván Villazón, se sienta a su lado para escucharla tocar. Ya quisiera él enseñarle cómo sacar nuevas melodías, pero es una torpeza intentarlo; la suya es una parábola hermosa que le pone la piel de gallina cada vez que tiene el desatino de retar a la hija talentosa. Su pequeña consiguió lo que él, en varios intentos, buscó sin éxito: aprender a tocar el bendito acordeón.
Karolina de Ávila Borja ya había escuchado ese relato, alguna vez, de labios de María Silena, en la escuela donde ambas estudian. Un espacio grande y caluroso, en el que gallinas de tamaño descomunal picotean alegres en un patio de tierra desnuda. Tiene 13 años, el cabello abundante y ondulado, y un acordeón azul brillante con el que no consciente ni una partícula de polvo.
Habita en el barrio Los Mayales de la capital del Cesar, zona de calles destapadas en las que los sapos saltan felices después de la lluvia y los vecinos se aplican, campantes, hasta quince horas seguidas de Diomedes Díaz, sin pausas ni cortes comerciales.
Hija única, vive en una casita estrecha con sus padres, Nelly y Celedonio, que con lágrimas furtivas en las mejillas reconocen los logros de una niña que se acercó al vallenato sin querer queriendo: "Cuando ella era bebé y yo no tenía forma de ponerle cuidado, porque debía hacerle de comer, colocaba su corral frente al televisor y la dejaba viendo videos de Rafael Orozco y el Binomio de Oro", recuerda Nelly.
Entonces, escuchando ‘La creciente’, ‘Nostalgia’ y ‘Dime pajarito’, conoció la magia del instrumento que Ismael Romero, acordeonero del Binomio, tomaba en sus brazos. Y ella, a los cinco años, tal como lo cuenta Celedonio, "empezó a llorar acordeón".
Necia, ese era el pedido que le rogaba al Niño Dios cada diciembre. Regalo que su mamá consideraba mero antojo, capricho de niña traviesa: "Yo no podía concebir que mi única hija terminara enredada en parrandas, como un hombre, con un acordeón en las manos. Hasta varias de sus tías duraron mucho tiempo bravas conmigo porque yo permití tamaño despropósito".
Así, con el corazón desolado, una periodista vecina a la familia, Everlindes Martínez, encontró a la pequeña sentada en el andén de la casa, sollozando una y otra vez, porque sus padres le estaban negando un sueño justo.
La mujer, tras varios intentos, venció la testarudez y los convenció de que no podían nadar contra el destino. Fue así como llegó la pequeña a la escuela de ‘El turco’, donde aprendió con acordeones prestados. Para sus padres resultaba un sacrificio descomunal conseguir los casi tres millones de pesos que cuesta un acordeón de profesionales.
Sólo apenas hace un año, gracias a un hada madrina que Los Niños del Vallenato tienen en Nueva York, la adolescente recibió, a vuelta de correo, el único acordeón propio que ha tenido en la vida. Ese Hohner azulito que ella mima como muñeca preferida. Ya pasaron ocho años desde que aprendió a tocar las teclas blancas con maestría.
Casi una década que no sólo ha madurado de forma sorprendente su carácter, sino que le ha permitido llegar con su música a Estados Unidos, para tocar en las fiestas del 20 de julio; a Caracas, donde la escuchó Chávez, tras una pausa de su Aló Presidente; y al Palacio de Nariño, para que un Álvaro Uribe conmovido la aplaudiera varias veces.
"Es que cada niño de estos que usted ve aquí es un milagro", se apresura a decir ‘El turco’ Gil, cuando le pregunto las razones de ese talento providencial que se fragua en las plazas de los pueblos del Caribe. Un milagro —agrega exaltado— que no conoce estratos sociales, ni género, así muchos juglares septuagenarios lo miren rayado cuando vaticina que algún día, al pie del Guatapurí, miles ovacionarán a una mujer después de coronarse Reina Vallenata.
El presagio no le suena mal a Sergio Luis Rodríguez, acordeonero de Peter Manjarrés, que desde el pasado 2 de mayo y a sus 23 años se sienta en su trono de Rey Vallenato. La suya es una historia que confirma que los jóvenes aprendieron a venerar ese ritmo de trashumantes que ya completa 200 años de paseos, sones, merengues y puyas gozonas. Con él y todos ellos, la tradición de Escalona se perpetuará, afinada, en las próximas generaciones.
La cara que tenía Sergio Luis, diez años atrás, pende de una pared de ladrillo limpio de la oficina del maestro Gil. Está en la esquina de una imagen, tomada en 1999, en la que un niño de ojos tristes sostiene un acordeón, mientras un gringo grande, de cabello cenizo, aplaude feliz. El niño es Sergio Luis, el gringo es Bill Clinton.
Ya desde entonces los viejos acordeoneros hablaban de que Valledupar había parido otro grande: Sergio Luis —ganador del segundo Grammy Latino obtenido por el género vallenato— empezó su carrera como rey infantil (sentado en un butaco porque el acordeón pesaba como piano); después como juvenil, y ahora como rey profesional.
Los viejos saben bien que así como va, tiene todo para ostentar el título de Rey de Reyes, honor que se disputa cada década, en la que sólo los reyes coronados se miden en un ‘combate a muerte’ de acordeones.
Sergio Luis está convencido de que la tradición no se perderá porque muchachos, como él, crecen viendo tocar y cantar a los grandes "con sólo cruzar la calle y salir a un parque. Lo que sé, se lo debo al maestro ‘Emilianito’ Zuleta. Antes de competir en el Festival, escuché mucho su nota y varias de las producciones que hizo junto a ‘Poncho’. También, la nota de Luis Enrique Martínez, de ‘Colacho’ Mendoza, de ‘El cocha’ Molina; traté de agarrar de todo un poquito para encontrar mi propio sonido. Y eso sólo lo puedes hacer cuando tienes el privilegio de sentarte a tocar con ellos en el patio de su casa".

De verso en verso.
Después de siete horas de recorrido en bus y de atravesar medio litoral Caribe —Córdoba, Sucre, Atlántico y Cesar— Martincito arribó desde su pueblo, San Pelayo, Córdoba, con sus 11 años talentosos al Parque de la Leyenda Vallenata. Tenía un reto asustador: competir en la categoría de piqueria, un duelo frente al público en el que los contrincantes "se ofenden de manera respetuosa".
A veces se logra. A veces no. Lo cierto es que nunca había competido un menor de edad en esas lides que hiciera famosas Lorenzo Morales. Pero con él, Martín Domingo Lozano, la regla este año se quebró. Durante las eliminatorias dejó a diestros verseros en el camino. Y el pasado 1 de mayo, en la final, ante 15 mil espectadores, terminó de callarles la boca a punta de rimas de juglar centenario.
Cuando lo cuenta parece mera anécdota, pero Martincito, como lo llaman cariñosamente en la Escuela Rafael Escalona de la capital cesarence, pasará a la historia del Festival de la Leyenda Vallenata por destronar a piqueros con 25 años a cuestas en las tarimas. A su edad, y con una serenidad de adulto, dice que no recuerda los versos que se le cuelan en esos duelos. Se los ha tragado el viento en los 58 festivales en los que ha participado por toda la Costa.
"Es que talento es talento", dice Martín, que sueña con ser médico, no para curar a sus pacientes con mejorales sino con versos. A su lado, con ojos cansados, pero orgullosos, Manuel, su padre, lo escucha hablar y complementa sus palabras.
Cuenta que descubrió la capacidad para improvisar de su pequeño cuando tenía 3 años, después de que se aprendiera unos versos flojos que él había compuesto, sin mucho tino, para que una de sus hijas no llegara a la escuela sin una tarea de español.

—Dime papá, ¿cómo es que se hacen los versos? balbuceó el niño, tres meses después de declamar de memoria los que él había escuchado recitar en esa noche de labores escolares.
—Hijo, en el verso, la clave está en que una palabra rime con la otra: la primera con la segunda, la primera con la cuarta y la segunda con la quinta, como en la décima campesina.

Martincito no sólo aprendió, sino que comenzó a retar a don Manuel en duelos familiares en los que el padre siempre salía aniquilado. Entonces, este decidió que debía hacerse a un lado: "Me dio terror pensar que mi hijo me fuera a faltar al respeto echando versos; debía dejar de versear y dedicarme, más bien, a que él se diera a conocer en todos los festivales posibles".
Es que los padres de esos niños, tréboles de tres hojas que parecen tocados por una vara de clarividencia musical infinita, se convierten en ‘mánagers’ sin sueldo, que sin quejas ni cansancios, resisten días enteros de ensayos, clases y presentaciones.
Así, durante los doce meses del año. En eso es una experta Aideth Anaya, madre guajira de seis hijos "bendecidos por Dios" para la música. Dos de ellos, Einer y Esneider Miguel Díaz, de 11 y 14 años, participaron en la pasada versión del Festival Vallenato. Sus otros retoños le han regalado, turnados, en serenatas y con abrazos mimosos, melodías arrancadas de guitarras, pianos y acordeones.
Es una madre feliz que obsequia una sonrisa honrosa desde una hamaca que se mece sin afanes a la entrada de su hogar, en Maicao, Guajira.Hace apenas unas horas soltó las maletas, después de llegar con sus hijos desde Valledupar, distante tres horas por carretera. Los retoños, en lugar de trofeos, trajeron una cuenta costosa de cinco días de hospedaje, transporte y alimentación.
Pero ella, igual sonríe: que participen, que los extranjeros los paren en la calle para tomarles fotos, que les regalen aplausos y vivas a sus pequeños en la tierra de Rafa Escalona resulta más gratificante que ver laureles dorados apostados en cualquier repisa de la casa.Y ese orgullo es el despertador que la saca de la cama, todos los sábados, para montarse en un bus y llevar a Esneider Miguel a sus clases de acordeón en la cuna del vallenato.
"Anda, no creas, eso sale caro. Suma pasajes de ida y vuelta para dos personas cada ocho días. Pero uno no hace cuentas. Yo apoyo a mis muchachos en sus sueños. Esneider quiere ser como Juancho Rois (acordeonero de Diomedes Díaz que perdió la vida en un accidente) y eso está bien. Es que ese es también el sueño mío".
Y el anhelo de ese muchacho de mirada dulce da motivos de sobra para que su mamá, ama de casa y su papá, operario de El Cerrejón, mantengan el pecho inflamado de orgullo en cada parranda. Esneider, además de tocar acordeón desde hace ocho años, compone melodías e interpreta con virtuosismo la guitarra y el violín.
Además del folclor, el joven es una de las promesas de la Orquesta Sinfónica de El Cerrejón, en la que maestros de música clásica advirtieron, hace tres años, su talento innato para coger notas en el aire y plasmarlas en cualquier instrumento. "Cuando me hicieron la prueba de ingreso, nunca antes había cogido un violín, pero ellos me fueron pidiendo notas y yo se las fui dando". Así no más, sin partituras con corchetes, negras, o semicorcheas.
Y así no más, también, se ha ganado tres festivales, uno de ellos en Barranquilla. El sueño es que la hazaña se repita, algún día, en el de Valledupar o en el de Cuna de Acordeones, que cada año congrega a los mejores en Villanueva. Lo tiene tan claro como que desea convertise en abogado, a ver "si de pronto me dejan defender a los acusados a punta de canciones. Porque el vallenato, para los que aún no lo saben, logra esas cosas: que los que son enemigos se vuelvan compadres en plena parranda o que la niña que siempre te ha dicho que no, de repente te regale una mirada desde la ventana".
Así que tranquilo maestro Escalona: sus herederos seguirán haciendo la tarea que empezó ‘Francisco el hombre’. El vallenato continuará regándose, como dijo usted alguna vez, con la misma candidez de sus canciones. Pasará, generación tras generación, como un bostezo: de boca en boca.

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