jueves, 24 de mayo de 2012

El sonero que le cantó a Cali


Pocos meses antes de su muerte, en 1987, Ismael Rivera, el Sonero Mayor, se presentó por única vez en Cali, en un concierto memorable, junto a Piper Pimienta y Héctor Lavoe. Esta es la historia. ¡Ecuajei!

Por Lucy Lorena Libreros


Existen recuerdos nítidos. Los de Benhur Lozada, por ejemplo. El hombre —un estudioso de lenguas modernas que acabó extraviado en los artificios de la rumba y la salsa— comienza a contar la historia de la única vez que Ismael Rivera cantó en Cali. Tan nítido, como si aquello fuera una noticia más del periódico de ayer y no un concierto que hizo vibrar las graderías del Coliseo El Pueblo, hace exactamente treinta años. El viejo volante rosado que sostiene en sus manos —un tesoro de papel que se aseguró de preservar del naufragio de esos años delirantes de orquestas y espectáculos— confirma la fecha: 28 de diciembre.

1981 terminaba ya. Leal a su espíritu fiestero de fin de año, Cali hervía en las casetas de los barrios populares y afinaba su feria para lo que sería el Primer Festival Internacional de Soneros, el mismo por el que Ismael había decidido viajar desde Estados Unidos y en el que compartiría tarima con otros dos titanes de la salsa, Héctor Lavoe y Piper Pimienta.

El milagro del debut en la ciudad del Sonero Mayor —como lo bautizara Benny Moré en 1956— tomó su tiempo. A finales de los 70, Benhur viajó a Nueva York con el único propósito de convencer a Ismael de presentarse en Cali. No estuvo solo, lo acompañó Larry Areque o, mejor, Larry Landa, ese polémico empresario musical que aún la historia de la ciudad parece no haber terminado de juzgar y mitificar.

Pregunte no más. Algunos sacarán a relucir su pasado con la mafia y su estadía en la cárcel. Otros, con más admiración que rechazo, reconocerán en este personaje al hombre que despojó a Juanchito de sus ropajes de pueblo cañero y lo erigió, al son de carnavales y grilles, en epicentro de la rumba.

Fue el mismo, me dicen, que convenció a Héctor Lavoe de quedarse a vivir varios meses en la ciudad y, sobretodo, el que hizo de Juan Pachanga, su discoteca, un santuario de peregrinaje permanente de importantes agrupaciones como la mismísima Fania All Stars.

De eso no habla Benhur. Él, más bien, apuesta por el recuerdo de la buena estrella que parecía iluminarlos a los dos en esa época. Tras fundar junto a Miguel Proaño la empresa ‘Promotores asociados’, había conseguido que grandes como Eddie Palmierie, los Hermanos Lebrón, la Orquesta Aragón, Oscar D’ León y Celia Cruz rodaran con sus descargas salseras y pachangueras por los principales escenarios de Colombia.

Fue con esa carta de presentación que llegaron ante el cantante puertorriqueño. Le hablaron del festival de soneros, de cantar al unísono con Héctor y con Piper. Y le hablaron además de participar en el Segundo Concurso de Orquestas, que se realizaría ese mismo año, el 26 de diciembre, y en el que participarían, entre otras agrupaciones, Fruko y sus Tesos, Los Caribes, Alfredo Gutiérrez y Los Tupamaros.

Ambos experimentos, prometían los caleños, no tenían pierde. Benhur recuerda que Ismael no sólo los escuchó con interés, sino que los recibió con agrado en su estudio de grabación y le permitió a él hacerle una entrevista y varias fotos.

“Al final —precisa con entusiasmo el empresario— nos despidió a los dos como si fuésemos amigos suyos de toda la vida, feliz de poder conocer Cali muy pronto. Yo te puedo decir que he trabajado con muchos artistas, pero ninguno con la sencillez y calidez del negro Ismael. Ni siquiera toda la fama del mundo logró opacar en él al tipo sencillo que llevaba dentro. Era como si nunca se hubiera marchado de las calles de la Perla, esa barriada de San Juan en la que nació y creció, y a la que tantas veces le cantó”.

Cali entonces aguardó con paciencia por el sonero que le cantaba “a las caras lindas de mi gente negra”. Pero bien sabía que no sería el mismo Ismael Rivera que había hecho historia con Cortijo y su Combo. Ese de ‘Quítate de la vía Perico’, ‘El negro bembón’ y ‘Maquinolandera’.

El sonero que le cantaría a Cali esa noche de 28 diciembre era un artista minado en la potencia de su voz, que luchaba contra el lastre de las drogas y el fantasma de una cárcel de Kenctuky que lo mantuvo varios metros bajo tierra.

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Una rumba caleña de respeto, me advierte Richard Yori, dj del espectáculo Delirio e investigador musical, sólo puede llegar a su fin, en la madrugada, de una manera: “Es tarde, ya me voy, mi negrita me espera, hasta mañana”... El pregón, claro, le pertenece a Ismael Rivera y su orquesta Los Cachimbos. Y la canción —lo conocen bien los devotos de la iglesia ‘maeliana’— se llama ‘Mi negrita me espera’. Todo un clásico.

Que el tema terminara convertido en un himno de la rumba de esta ciudad —sigue hablando Yori— se debe al fervor que el sonero mayor aún despierta aquí. Al interés con que los coleccionistas persiguen los álbumes que grabó con Cortijo, con Los Cachimbos y con la Fania. “Porque aquí, como quizás en ninguna otra parte, hemos aprendido a valorar su voz de negro, esa voz tan suya de barrio y de la calle, una voz natural”.

Hijo de la bomba y la plena, ritmos autóctonos de Puerto Rico, Ismael Rivera era un “hombre que trataba de convertir todo en música”. Así lo evoca el caleño Jairo Sánchez, productor de cine y televisión que se hizo reconocido en los años 80 por su programa musical ‘El solar’, que todas las tardes llegaba a través de Telepacífico.

El gran aporte de Ismael a la salsa, me explica Jairo, fue haberle incorporado esos dos aires musicales, “que consiguieron hacerla sonar tan distinta de las propuestas que hacían las orquestas desde Nueva York y Cuba”.

El propio Benhur Lozada le da la razón. Y me cuenta que las cualidades interpretativas de Ismael son herencia de Margarita, su madre, “una señora plenera”, de quien aprendió su capacidad para el ‘fraseo’ y la improvisación. “Ismael, además, era un maestro del ‘rubateo’, una técnica que consiste en subir un tono, después caer dos o tres, y luego subir de nuevo al tono inicial, sin perder la métrica. En ese mismo juego vocal era que sacaba esas expresiones tan suyas como ‘ecuajei’ o ‘atiza’, que le dieron un sello particular a sus canciones. Es la misma virtud que adviertes en grandes soneros como el Benny Moré”.

Y saber que ‘Maelo’ iba camino de resignarse a ser un albañil, tal como don Luis Rivera, su papá. A eso se dedicó desde que tenía 16 años para ayudar en los gastos de su casa. Pero el palustre era también lo primero que dejaba abandonado cada vez que tenía oportunidad de cantar y tocar en los rumbones que se formaban en la Calle Calma y otros sectores populares, siempre escoltado por su compadre, otro que también sería estrella, Rafael Cortijo.

La primera vez que los dos se unieron para dedicarse en serio a la música fue en 1948. Sucedió con el Conjunto Monterrey, dirigido por Monchito Muley. Maelo como conguero. Cortijo como bongocero.

Lo demás es historia que puede escucharse y cantarse. Incluso verse, porque de ellos dos quedó también una película de culto: ‘Calipso’, con Harry Balafonte como protagonista. Ese capítulo de la salsa se llama ‘Cortijo y su combo’, y se escribió en los lujosos salones de baile de los años 50; esos que también hicieron suyos Tito Puente y Pérez Prado.

El destino los tuvo juntos una década entera hasta que ‘Maelo’ fue sorprendido por la aduana de Puerto Rico con droga en su equipaje y confinado cuatro años en una cárcel de Lexington, Kenctuky. Cuenta la historia que Bobby Capó, otro compositor y cantante de la isla, sintió como propio el encierro de su compatriota y dejó en la voz del Sonero Mayor el que se convertiría a la postre en bandera musical de los presidiarios de toda América y en otra buena excusa para saltar a la pista de baile: ‘Las tumbas’, nombrada así por la forma en que estaban dispuestas las celdas, a varios metros bajo el suelo, lo que no les permitía a los reclusos ver la luz del día.

“De las tumbas quiero irme, no sé cuando pasará, las tumbas son pa' los muertos y de muerto no tengo na’”.

Ismael se fue. Al salir de la cárcel continuó con su tumbao, esta vez con orquesta propia, Los Cachimbos, con los que cantó 8 años. Varios empresarios le dieron la espalda, pero no pasaría mucho tiempo antes de que su voz de sonero terminara en los estudios de grabación de Jerry Masucci y Johnny Pacheco, fundadores de la Fania. En 1979 fue el artista mejor pagado de esa casa disquera, apenas superado por Celia Cruz.

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Benhur Lozada sigue recordando. Ahora me cuenta que, una vez en Cali, Ismael Rivera se alojó durante casi una semana, sin hacer una sola exigencia, en el Hotel Petecuy, ubicado en la Carrera 9 con Calle 15, en pleno centro, uno de los más reconocidos de la ciudad a comienzos de los 80.

Llegó como suele vérsele en las postales que atesoran los coleccionistas. Delgado, alto, barba de nácar y voz pausada.

Alba Inés Astudillo, viuda de Piper Pimienta, guarda en su mente las imágenes de un hombre tímido, de palabras medidas; incluso a veces fatalista: “A mi esposo le decía que ya se sentía muy cansado y viejo, a pesar de que no tenía más de 60 años, para estar de gira. Hablaba como si fuera la última vez que fuera a cantar, como si sintiera que la muerte lo rondaba”.

El sonero mayor había prometido traer su voz a Cali y había cumplido. A las 8 de la noche de ese 28 de diciembre, tal como se lee en ese viejo volante rosado, el Coliseo del Pueblo encendió sus micrófonos para recibir a ‘Maelo’, a Héctor y a Piper.

Jairo Sánchez recuerda que uno de los momentos más emotivos fue cuando los tres se unieron en coro con Pimienta para cantar ‘A la loma de la cruz’, tema que el artista caleño había pegado hacía poco con Los Latin Brothers. “Cada uno se lució en su estilo; incluso recuerdo que Héctor, al notar que un tipo bailaba de forma muy sensual con su esposa, le gritó desde la tarima ‘caliéntala tú, que ahora me la llevo yo’, y la gente se echó a reír”...

No más de tres mil personas, en todo caso, se habían reunido en el coliseo. “Fue desconcertante. Estando en plena feria, creímos que los caleños iban a valorar más el hecho de poder contar con tres estrellas de la salsa de semejante calibre, pero la ciudad no respondió y nunca entendimos por qué”, se lamenta Benhur.

El escritor Umberto Valverde, que estuvo presente en ese concierto, apuesta que tal vez la falta de público se debió a que ‘Maelo’ había perdido mucho del brillo musical de otros tiempos cuando por fin pudo presentarse en Cali. “Esa noche lo escuché cantando ‘Las caras lindas’ con la voz quebrada, destruido por el paso del tiempo, movido más por los recuerdos del ayer”.

Un infarto fatal sorprendió al Sonero Mayor en 1987, seis años después de su paso por Cali. Ya había conocido el cielo y la gloria. Ya había enterrado a su compadre Cortijo. Y ya había regresado, como tantas veces lo soñó, a su barrio La Perla, al lado de Margarita, su mamá. Sus amigos en Puerto Rico preparaban para él un concierto homenaje en el Coliseo Roberto Clemente. Pero la señora muerte llamó primero a la puerta. “Yo, yo, yo, yo, creo que voy, solito a estar, cuando me muera, he sido el incomprendido”...

2 comentarios:

  1. Excelente, sinceramente, me dejas atónito.
    Te felicito por este blog y tan buena nota.

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  2. La intruducción dice pocos MESES y es pocos años, según la crónica que, dicho sea de paso, esta muy chévere. Ecuajey!!!

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