martes, 21 de julio de 2009

Marimbas de esperanza


Baudilio Cuama Rentería, elegido el músico vivo más importante del Valle del Cauca, toca marimba desde hace medio siglo para ahuyentar la violencia en Buenaventura. Cuando los currulaos espantan balas.


Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista GACETA - Julio 19 / 2009


El duende le debe una cita a Baudilio Cuama Rentería. Las manos grandes y callosas de este negro recio de 62 años aún esperan a que aparezca aquel personajillo fantástico, de mirada embaucadora, que según don Aurelio Cuama, su papá, le enseñaría lo que a él la escasa paciencia no le permitió: mostrarle a su hijo cómo tocar la marimba de chonta.
Se trataba, a decir verdad, de una cita extraña. El pequeño debía internarse en la selva a las once de la noche, dejar la marimba a la vista y esperar a que el duende apareciera para que golpeara los tacos de madera sobre ella.
No debía preguntarle nada. Tampoco mirarlo a los ojos. Bastaba con que Baudilio cerrara los suyos y escuchara atento cómo la melodía volaba dulce y coqueta por entre las hojas y los árboles de la selva. A la mañana siguiente, decía Aurelio, las manos de Baudilio se moverían sobre el instrumento como si hubiese aprendido a tocarlo desde el mismo momento en que nació.
Tal cual les había sucedido a quienes, despojados del miedo, se habían atrevido a meterse en la manigua para aprender del niñito burlón y maldadoso y convertirse así en músicos virtuosos.
Pero el duende incumplió. Dos noches en la misma y no llegó. Baudilio, a sus 8 años, tuvo que conformarse con escuchar a su mamá cantar arrullos y currulaos para animar a los vecinos en las fiestas, mientras su marido hacía saltar los troncos de chonta de la marimba.
Todo ocurría allá, a orillas del río Rasposo, a doce horas de agua, en canalete, desde Buenaventura. Allá donde ninguno sabía leer o escribir, pero la alegría se convertía en el mejor alfabeto para entonar versos que hablaban de atarrayas y pescadores bajo la luz de la luna.
La tarde es calurosa y húmeda en Buenaventura cuando Baudilio desempolva ante mí esos años de infancia. Años felices. El escenario de nuestra conversación parece un lugar triste: el cielo acaba de regalar un aguacero de miedo y el ambiente ahora es una mezcla densa y plomiza de brisa de mar con olores fuertes que brotan del agua estancada. Los perros flacos corretean a las gallinas y en las esquinas se escucha el sonido seco que producen las fichas de dominó cuando se azotan sobre las mesas de madera. Hay bullicio, hay música.
Así es que se juega en estos barrios humildes y así suelen ser casi siempre todas las tardes en Bajo Fuerte, sector en el que vive Baudilio hace más de veinte años. Un barrio popular donde hasta hace muy poco los grupos violentos acallaron la música, hicieron guardar los instrumentos y los muertos ya no tenían alabaos de despedida. El traqueteo permanente de las balas desplazó por varios años, sin permiso alguno, al conunu y el guasá.
Muchos se fueron tras esas noches de terror. Pero Baudilio le entregó su suerte "al de arriba" y se quedó habitando sobre el mar en una casa que se levanta, como todas las de su barrio, sobre palafitos heróicos que sortean batallas de mareas fuertes.
Se quedó a pesar de que dos de sus muchachos, Jiminson y Alexander, cayeron impotentes ante las balas porque los paramilitares los acusaron de ser colaboradores de la Policía. Se quedó a pesar del dolor de ver partir a sus demás hijos para abrigarse del miedo en Cali y Medellín. A pesar de que la tristeza de tener en frente los cuerpos gélidos de sus hijos, folcloristas tan entregados como él, lo obligó a alejarse de la música por años. Es que las balas acabaron sueños: el más doloroso fue la desintegración de ‘Los Negritos del Pacífico’, agrupación de la que hacían parte todos sus retoños, entre ellos los dos que cayeron cegados por las balas de alguien que una tarde dio la orden de hacerlos desaparecer.
Baudilio recuerda que era un papá orgulloso. Quizá el día que más lo sintió ocurrió un domingo de 1998 cuando vio llegar a sus hijos, con sus instrumentos al hombro, con un trofeo del primer lugar en el Festival Petronio Álvarez de ese año. La imagen le duele, "pero no soy hombre de rencores, de enemigos; más bien con mi marimba he aprendido a doblegar corazones".
Todo eso sucedió muchas décadas después de que su historia con el duende tuviera un remate que mereciera ser contado. Una noche, recuerda ahora Baudilio, "se me apareció entre sueños. Yo había dejado la marimba por fuera de la casa y entonces empecé a escuchar que la tocaban como nunca antes lo había sentido en la vida. No me atreví a asomarme, sólo escuché, así me la pasé durante horas. Al otro día, tal como dijo mi papá, mis manos comenzaron a tocarla como un experto. Todavía me pregunto si eso fue un sueño o fue real, pero la cabeza no me da pa’ recordar tanto. Ya ha pasado mucho tiempo".
Se enamoró tanto de ese ‘piano’ de chonta que mientras su padre se iba a sus mañanas de pesca, él prefería pasar hasta ocho horas practicando. Después caía rendido de sueño sobre la cama con la esperanza intacta de ser él quien pusiera a todos a bailar y cantar algún día.
A veces cogía su canoa, atravesaba los ríos y llegaba hasta los corregimientos cercanos sólo para regalar sus melodías en las fiestas. En ocasiones, los sábados, sus brazos de músculos firmes, conseguían hacerlo remar durante doce horas seguidas hasta las cantinas de Viento Libre y Cinco Bocas, en Buenaventura, únicamente por el placer de ver tocar a los viejos y así aprender técnicas nuevas. "Donde sonaba una marimba era porque ahí estaba yo".
Y ahí estaba también cuando la marimba que otros tocaban terminaba hecha trizas. Baudilio tenía 11 años y a punta de oído se dedicó a repararlas. Aprendió cómo debían ir amarradas las tablas, cómo conseguir el tono adecuado del instrumento, en dónde conseguir las piezas. Cómo hacer que una marimba deslucida terminara afinada y lista de nuevo para la jarana.
Con el tiempo se convirtió en lutier. Empezó a fabricar marimbas de diez latas por puro gusto, sin mayores pretensiones, hasta que su hijo Alí comenzó a pedir marimba porque soñaba con seguir los pasos de su padre y de su abuelo.
Baudilio le construyó una a su tamaño, se fue perfeccionando en el oficio, consiguió meterle todas las notas musicales al instrumento hasta que un día apareció ante sus ojos pequeños un sacerdote llamado Miguel Ángel Méjía, quien no sólo lo alentó en la misión, sino que lo ayudó para que sus marimbas cruzaran el Atlántico y llegaran hasta España y África, de donde se cree que partió la marimba con sus aires alegres hace más de cinco siglos.
Más de cincuenta años entregado a la fabricación de instrumentos y a la dirección de grupos musicales, entre ellos el de la Alcaldía de Buenaventura, son suficientes credenciales para que los más importantes grupos folclóricos de Nariño, Cauca y Chocó, incluso de Bogotá, lleguen hasta su casa-taller buscando una marimba y un bombo.
El lugar donde los construye es un espacio caluroso que cabe en la mirada, pero que rinde lo suficiente para apiñar troncos de madera aguacatillo sin pulir, balso macho —para fabricar bombos y conunus— tarros de barniz, palitos de chonta, lijas, pegantes, puntillas, serruchos y seguetas.
Todos los días, Baudilio se levanta a las seis de la mañana, desayuna su posta de pescado y se mete de lleno en su taller de melodías para pulir marimbas tradicionales y afinadas (utilizadas en los conciertos), bombos y cununus. Sólo descansa pasadas las cuatro de la tarde.
Con medio siglo metido en ese oficio uno entiende por qué Baudilio Cuama se subirá mañana a la tarima del Parque de las Banderas de Cali, en plena celebración del Día de la Independencia, para recibir un homenaje del Ministerio de Cultura por su defensa y rescate de los ritmos del Pacífico.
Antes de que eso sucediera su nombre fue postulado en un concurso que buscaba reconocer a los músicos vivos más importantes de Colombia. Cada departamento escogía, a través de internet, el suyo.
Y el Valle se quedó con los aires de marimba de Baudilio, quien dejó en el camino a otros grandes del folclor como José Antonio Torres, ‘Gualajo’, un guapireño que se ha coronado rey de la marimba en Cali. A Luis Carlos Figueroa, compositor de más de 137 canciones. Y a Luis Carlos Ochoa, profesor, compositor, director de orquesta y gestor cultural con varias décadas de trabajo.
Baudilio no sabe nada de internet, de computadores. Después de enterarse de que la directora de la Casa de la Cultura de Buenaventura —donde él se desempeñó como director musical durante once años— lo postuló, regó la bola y sus hijos y nietos se encargaron de agitar la votación con la familia, con el tendero, con el vecino, con el pescador. "Llegó un momento en la gente hacía fila por fuera de los café internet de Buenaventura para poder votar", recuerda Baudilio.

Marimba pa’ cantar amores y olvidar balas
Que Baudilio Cuama haya terminado ganándose la vida con una marimba en las manos parece una jugada caprichosa de la vida, de esas que sólo los poetas consiguen explicar con sus versos.
Su padre, lejos de ser un heredero avezado del folclor, era un indígena caucano de estirpe que no sabía de currulaos, de cadambas o de fugas. Pero entonces, en Saija, plena costa caucana, se enamoró de una negra hermosa que cantaba como diosa y tocaba con dulzura el guasá, maraca alargada interpretada sólo por las mujeres en la costa Pacífica.
El señor prometió cariño, una casa de madera, muchos hijos y el pescado diario del almuerzo. Pero ella quería, además, serenatas folclóricas con marimba encendida. Así que al hombre, ciego de amor, no le quedó más remedio que aprender a tocarla hasta que un día terminó, de igual a igual, enrumbado con el suegro y los cuñados, y la negra de ojos brillantes le regaló sus besos y sus amores para siempre.
Baudilio se sabe bien la historia porque la que escribió con la mamá de sus nueve hijos también tuvo de fondo la magia de la marimba y de los bombos. "Es que nuestra música es más efectiva para enamorar que cualquier otra", dice.
Así que mientras en otros lados los muchachos sólo conseguían llamar la atención de las niñas lindas con flores y chocolates, en el universo de este mulato vallecaucano esas mismas niñas elegían a los dueños de sus corazones entre los que mejor interpretaran la música y consiguieran hacerlas bailar. Y en eso él era un experto.
Hoy las cosas parecen bien distintas, me dice él, mientras un grupo de jóvenes apostado en una esquina de su casa acomoda en plena calle el bafle de un equipo de sonido más alto que ellos. No escuchan pangos, aguabajos, cadambas, amadodes o cualquier otro ritmo negro. Suena un reggaetón estridente.
Imágenes como esa se le cuelan por la cabeza a cada rato al viejo Baudilio cuando congrega los domingos en su casa-taller a decenas de pequeños, entre 7 y 12 años, que llegan hasta su puerta deseosos de aprender a tocar.
"Antes de enseñarles las notas, les digo que deben asimilar primero sus músicas antes que las extranjeras. Y les cuento cómo a veces, cuando viajaba con reinas de belleza, me avergonzaba que ellas se quedaran mudas cuando les preguntaban cuáles eran los ritmos autóctonos de su región".
Entonces, antes de empezar las clases, les repite que un pueblo sin cultura no vale nada. "Es como una marimba muda". Esos pequeños se han ido renovando año a año. Es un semillero de talentos y varios de ellos han participado con éxito en el Petronio. Todos aprendieron que la música es un arma más potente que el fusil. Pocos de ellos conocen esa fábula del duende maldadoso que seducía con marimbas. La historia se la tragó la selva. Pero ahí está Baudilio con la suya, bien afinada. Ahí está su sonrisa blanca y sus manos de paz que tienen la magia de lograr que las balas bailen currulaos.

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