Cantor de cuentos



Roberto Burgos Cantor presentó en Cali ‘Una siempre es la misma’, libro con el que regresa al género de sus afectos: el cuento. Tertulia sobre nostalgias del Caribe y trampas de la ficción de las que a veces nacen historias. Entrevista.



Y entonces, de un momento a otro, a Roberto Burgos Cantor comenzaron a llamarlo 'escritor'. Debía levantar la mano a manera de saludo cuando caminaba por las calles de Cartagena, su ciudad, para devolver con gestos de agrado las palabras generosas que recibía cada vez que sus cuentos conocían la gracia del papel impreso en los suplementos culturales.
No tenía más de 15 ó 16 años, pleno fragor de la década del 60, cuando el destino lo puso en la orilla de la piscina y lo aventó a esas aguas complejas de la literatura, sin preguntarle si sabía nadar o no.
Sucedió que alguna vez su mamá, maestra de toda la vida, encontró unas cuartillas bautizadas con un nombre extraño, ‘La lechuza dijo réquiem’, y casi como una decisión de familia convenció al padre de que se las entregara a su amigo Manuel Zapata Olivella, ese médico y antropólogo que no hacía mucho se había embarcado en la aventura de la revista Letras Nacionales.
Fue el primer chapuzón. Temerario, confuso. Sin saber por qué —se lo ha preguntado muchas veces—, Roberto escribía en secreto, "era como la novia que no compartía con nada ni con nadie". Se encerraba a leer a los autores clásicos, refrescaba las tardes con brisas de poesía y después desahogaba la imaginación.
Así nació un relato, inspirado en la violencia política, que se negó durante meses a salir del cuarto de un adolescente tímido, y otros cuentos más que también consiguieron el mérito, después de los buenos comentarios, de llegar a publicaciones como Vanguardia y la página cultural del periódico El Siglo. Quedó metido, confiesa ahora, en un lío tremendo después de ese arribo a la literatura: "Seguir escribiendo".
Han pasado más de 45 años desde la publicación de esa historia reveladora y desde entonces en la vida de este cartagenero nostálgico han pasado muchas cosas, no sólo libros. Se casó con una física, tuvo dos hijos (Alejandro, filósofo, y Pablo, cineasta), y se graduó en derecho y ciencia política en la Universidad Nacional.
No ha litigado. Será porque los juzgados no saben de poesía, no saben cómo es eso de que a un lugar pueda bautizársele ‘El patio de los vientos perdidos’; de que la vida pueda ser ‘De gozos y desvelos’, y de que en medio de esos afanes de la modernidad aún pueda sorprendernos ‘El vuelo de la paloma’, algunos de los libros más recordados de este hombre de ojos pequeños y hablar pausado.
Ese "pan comer" que le han dado las leyes —porque lo de vivir "se lo debo a la ficción"—, implicó también sentarse frente a la máquina de escribir, liberado de géneros y personajes de fábula. Lo que pedían de Roberto Burgos, el abogado, eran jurisprudencias y conceptos administrativos. Pero él encuentra una manera para acercar el derecho y la literatura en orillas tan opuestas. Ocurre que cuando escribes —asegura el escritor cartagenero—, lo mismo que cuando echas mano de las leyes, persigues una misma cosa, hacer justicia. Lo primero se da con seres que has tenido que construir. Lo segundo con seres cuyas historias a veces resultan tan duras y dolorosas que parecen extraídas del cuento más elaborado.
El de las leyes ha sido un escenario que no ha negado ni escondido para bien de la prosa de este país al otro Roberto Burgos, al escritor.
Hoy —con diez títulos de cuentos y novelas suyos apostados en los estantes de las librerías de Colombia y Europa—, regresa al cuento, al género de sus afectos, al "género de la gratitud", con ‘Una siempre es la misma’ (Seix Barral 2009), libro que presentó en la pasada XV Feria del Libro del Pacífico. Historias íntimas y urbanas, de personajes anónimos y cotidianos, que dejan la impresión de estar narradas desde la voz interior y femenina de siete seres —como esa desplazada de Chengue que trabaja en una línea caliente—, que intentan abrir una puerta que no conduce a ninguna parte.

No siempre el mismo.
Partes del trasegar de este escritor costeño se leen, fragmentadas, en las reseñas de algunos libros que dan cuenta de la historia literaria del país. La versión completa y mejorada la soltó el propio Roberto Burgos Cantor, recién llegado a Cali, en el transcurso de un medio día caluroso, caleñísimo, con una cerveza helada entre las manos, y un campo de golf inmenso dispuesto a servir como testigo de su tertulia envolvente.
Habla de sus orígenes. Había salpicado con sus letras las hojas de varias publicaciones en la Costa Caribe y Bogotá, pero sólo en 1981 sintió el llamado de la selva literaria y se puso en serio a escribir, a pensar en una propuesta que a él no le "mereciera arrepentimiento ni a mis editores vergüenza".
De esa determinación a prueba de miradas sospechosas, de las burlas de sus colegas abogados que aún siguen sin entender muy bien ese cambio de tercio, nació un libro que fue recibido con regocijo, ‘Lo amador’, una compilación de cuentos que gira en torno a personajes arrancados del acontecer bullicioso y sofocante de La Heróica.
Leal a su oficio, Roberto destina seis horas diarias a la escritura. Es un hombre que cree en la disciplina como el cincel para moldear el carácter. Sus líneas sobre el papel brotan en un apartamento del barrio Belalcázar, en Bogotá, desde el que evoca el mar y se asoma a la ventana para encontrar en detalles minúsculos un guiño certero que le permita darle forma a un nuevo personaje, a una nueva historia.
Y le ha ido bien en ese propósito. Del escritorio donde dispara palabras sobre una hoja en blanco han salido directo a las casas editoriales del país libros como ‘De gozos y desvelos’, ‘Pavana de Ángel’, ‘La ceiba de la memoria’, ‘Juego de niños’ y ‘Quiero es cantar’. Todos, según los críticos, con una marcada influencia poética.
"Siento que, sin buscarlo, me pusieron frente al destino de escribir. Si hubiese tenido la posibilidad de tirarme a la piscina más tarde, sin duda lo habría hecho. El destino de escribir es tener lectores y yo los tuve sin proponérmelo, casi que sin que yo me diera cuenta. De repente comenzaron a llamarme ‘el escritor’. Pero no hay culpas, la anécdota de ese primer cuento sirvió para resolver de forma temprana esas trampas en las que parece envolverte la ficción", reconoce el cartagenero de 61 años, en esta tarde de calor.
Justo al lado de ese escenario en el que habla de sus letras contadas y por contar se erige una ceiba de ramas abultadas que le sacuden a Roberto sus andanzas por los terrenos de la novela.
Hace apenas dos años, ‘La ceiba de la memoria’ —para muchos, la mejor de sus creaciones hasta ahora—, fue galardonada con el premio José María Arguedas en Casa de las Américas de Cuba y resultó finalista del codiciado Rómulo Gallegos. Fue una novela histórica que demandó un año de investigación juiciosa sobre la Cartagena del Siglo XIX y sus negritudes convulsionadas por la violencia, la explotación y el desarraigo.
Le pregunto entonces por qué regresar al cuento, un género que a veces es mirado con desdén por las editoriales, que parecen haber caído rendidas ante esas historias que hablan de sicarios, de seres desesperados que huyen de la selva, de capos arrepentidos.
Roberto bebe un largo sorbo de cerveza y toma impulso: "Lo hago porque tengo una gratitud enorme por el género, me devuelve a mis inicios; lo hago porque es hermano de la poesía, un refugio al que regreso siempre, y porque implica un rigor y una cierta tiranía sobre el relato, sobre los personajes, sobre cada palabra que estás obligado a colocar de manera precisa".
Pero sucede que a veces —muchas, hay que decirlo sin pena—, los escritores que se inician con el cuento deben comenzar a gambetear las presiones sobre el siguiente paso a dar. "Qué buenos cuentos, pero ¿cuándo vas a escribir una novela?", solían preguntarle a Roberto después de los halagos que le ofrendaban en la calle.
Aunque no cree en una literatura con extensiones predeterminadas, aquello lo asumía, reconoce ahora, como una presión amistosa, pero presión al fin de cuentas. "Creo que tiene que ver con la percepción arraigada en la cultura de que lo breve es más fácil. Es igual, pienso yo, a lo que sucede con un jugador de fútbol: si este domingo mete un gol es un héroe, pero para el próximo partido esperan que rompa el pórtico mínimo tres veces".
Roberto habla del cuento, de volver al cuento, como un designio de su oficio, también como una forma de estar lejos del precipicio del fracaso. Es un temor que reconocen todos los escritores porque se trata de un terror delicioso. Burgos Cantor lo llama el riesgo del arte, uno que se justifica, que es combustible en el proceso creativo. El arte sin riesgo es como una gimnasia que no endurece los músculos, sentencia.
Cuando un escritor fracasa con una novela —reflexiona después—, hay una desmoralización más profunda, es una derrota estruendosa. "Suele pasar que cuando la novela no funciona has sudado ya 50 ó 60 páginas, mientras que si el cuento no va a ningún lado se anuncia a los cuatro párrafos, como un reloj cuyas manecillas se deslizan en sentido contrario".
No fue precisamente lo que ocurrió con ‘Una siempre es la misma’. Cada historia fue anunciándose de la misma forma en que lo hacen las canciones a un maestro de música popular. Fueron detonadas por una de esas palabras que se desechan en la calle, por la escena impactante de una película, por un atardecer que da luces y sombras.
La tertulia sigue. Los jugadores de golf pasan apurados con sus palos y sus ‘caddies’, casi inadvertidos, frente a la tertulia de este cantor de cuentos. El calor no hace concesiones. El relato de Burgos tampoco.
Entonces el escritor toca un punto esencial de su perfil literario: las nostalgias luminosas del Caribe y sus patios, atrapadas en el paisaje plomizo y de cemento de esa Bogotá en la que él vive desde hace varios años.
"Las novelas y los cuentos te fortalecen el sentimiento de arraigo. En un mundo cuyo vértigo atropella todo, los escritores costeños nos inventamos el pretexto de las ficciones para seguir viviendo en el lugar que abandonamos", dice con tono de resignación.
Y entonces, supone uno que con diez libros encima ya no debe causar escozor que te llamen "escritor" desde la acera de enfrente. Tal vez no es del todo cierto: "Muchas veces he pensado que no soy un escritor, en el estricto sentido soy un costeño que estudió derecho".

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