miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cenizas rescatadas del olvido



Tres años de tertulias con el desaparecido poeta de Cartagena Gustavo Ibarra Merlano se convirtieron en 'Ceniza salobre', libro del escritor Álvaro Suescún, el barranquillero que un día huyó de la economía seducido por la cultura. Fragmento de un encuentro con el autor durante los días de la XV Feria del Libro del Pacífico.


Hace poco, en XV la Feria del Libro del Pacífico, presentó un libro sobre Jorge Artel, autor prolijo, pero desconocido para muchos. Ahora llega con ‘Ceniza salobre’, inspirado en Gustavo Ibarra Merlano, cuyo legado poético se conoció hasta hace muy poco en el país. ¿Por qué ese interés de rescatar autores de las sombras literarias?
No es un interés que alimente de forma intencionada. Ocurre que siempre he tenido un ‘palito’ especial para hacerme amigo de los viejos. Así me pasó con Jorge Artel (quien me llevaba a sus recitales cuando apenas tenía 24 años), con Meira del Mar y después con Gustavo Ibarra. Debe ser que así estaba escrito en algún lado.


¿Cómo llega la idea de auscultar a un personaje que durante 40 años escondió su obra literaria?
Alguna vez mi gran amiga Meira del Mar me habló con emoción de la poesía de Gustavo Ibarra Merlano, un autor totalmente desconocido para mí hasta ese momento. El personaje no me llamó la atención de entrada, pero al día siguiente, como una coincidencia, un grupo de escritores de Barranquilla me hizo un comentario similar. Entonces, pensé que algo de eso debía ser cierto, si eran más de tres los que coincidían en esa apreciación. Por eso, intrigado, contacté a Gustavo Ibarra en Cartagena. Aquella vez hablamos de todo durante largas horas y desde entonces me sorprendió que un personaje tan cercano a escritores de una generación determinante para las letras colombianas como García Márquez, Héctor Rojas Erazo y Abel Antonio Villa (sobre quienes ejerció una influencia que todos ellos reconocen) permaneciera tan incógnito para la memoria de este país.


De hecho el propio García Márquez, en ‘Vivir para contarla’, reconoce que Ibarra fue quien lo acercó a los clásicos griegos...
Sí, Gustavo había estudiado griego, alemán, francés e inglés, pero sentía una fascinación tremenda por la literatura griega. De hecho, sus primeros libros —‘Hojas de Tarja’ y ‘Los días navegados’—, aparecidos cuando él tenía ya 60 años, los escribió en Grecia. Y el amor por las letras de ese país fue lo que le permitió acercar a ‘Gabo’ a autores como Eurípides y Sófloques. Si uno mira con detenimiento la obra de García Márquez se da cuenta de que él escribe a la manera de los clásicos griegos. Sin embargo, alguna vez Gustavo dijo que ‘Gabo’ exageraba cuando contaba que él le tomaba lecciones sobre lo que leía en los clásicos.


¿Por qué hay que leer sobre Gustavo Ibarra Merlano?
Bueno, sencillamente porque se trata de un hombre fascinante, lleno de matices: además de abogado y filósofo, era un lector consumado con un gran mérito literario en su faceta poética. La suya es una poesía muy interior, casi mística, porque además era muy cercano a los temas religiosos, al punto de dedicarle largos años al estudio de la suma teológica. Pero no se trataba de un fanático, de ser así no hubiera sido cercano a Rojas Erazo, ateo confeso; a ‘Gabo’, quien nunca ha hablado de una convicción religiosa, o a Clemente Manuel Zabala (mentor periodístico de García Márquez), quien cada vez que Gustavo hacía referencia a Dios, solía decirle: “Dejémos a ese señor tranquilo”. A pesar de esas diferencias con el mundo intelectual, cultivó amistades que duraron toda la vida.


¿En qué momento decidió que esas conversaciones durante más de tres años con él, entre Bogotá y Cartagena, debían convertirse en libro?
Mi primera intención era escribir un artículo sobre él en la revista ‘Vía 40’ que se editaba en Barranquilla. Después pensé que lo más acertado era escribir una biografía suya, considerando que se trataba de un autor que publicó tardíamente y cuya obra por lo mismo era desconocida en casi todo el país. Esa idea la deseché porque siempre he creído que cuando se utiliza ese género el biógrafo termina convertido en protagonista. Así que le aposté a un libro que condensara seis episodios determinantes de su vida.


¿Qué hace un economista escribiendo libros sobre poetas?
Ni yo mismo lo sé. Pero creo que me siento más cómodo redescubriendo autores que analizando la crisis financiera.


¿Además de la obra poética de Ibarra Merlano, qué otro aspecto le sorprendió de este autor?
Que a pesar de su brillante inteligencia y de gozar de buena posición económica, tenía una profunda aflicción y contempló el suicidio varias veces. Pero el Gustavo Ibarra que yo conocí parecía contrario a eso, con un fino sentido del humor. En una entrevista me dijo: “Esto debiéramos llamarlo entrevistas interclínicas”; cada vez que yo lo entrevistaba, él acababa de salir de una hospitalización.

No hay comentarios:

Publicar un comentario