domingo, 17 de enero de 2010

Milagro quetzal



Danicelly Guevara fue la primera indígena del país en hacer parte de la Ruta Quetzal, programa cultural calificado de interés universal por la Unesco. Crónica de 40 días de emociones
recorriendo España y Chile.


La escena se antojaba más a una rueda de prensa que a lo que era en realidad: una charla informal que Danicelly Guevara Poscué sostenía con un grupo de periodistas de España y de Colombia.
Era diciembre. Corría un lunes de verano en Santiago de Chile y la joven parecía una estrella rara en el firmamento que dibujaban 300 muchachos hispanoamericanos, muchos de ellos blancos, de ojos azules y cabellos extra rubios, que hacían parte, como ella, de la Ruta Quetzal, programa cultural que, desde hace 24 años, une lazos y conocimientos entre América Latina y España.
Sentada con su inseparable bandera de Colombia en el jardín de la Embajada de España en Chile —destino recorrido por los expedicionarios en 2009— era, seguramente, la primera vez que la joven de 16 años se sentía como una diva de cine: todos querían una foto con ella, una toma de segundos en video, una declaración para un medio escrito.
Así que mientras los otros chicos conversaban en grupos sobre amores y canciones de moda, la "niña del nombre raro" hablaba con los grandes sobre la realidad de su país y de cómo llegó a convertirse en la primera indígena colombiana en hacer parte de un programa al que aspiran, cada año, miles de estudiantes de último grado en toda Colombia.
Que lo lograra, suena un poco a la historia que escriben sufridos equipos en las canchas de fútbol, que se obligan a echar mano de las casualidades para clasificar a un Mundial. Danicelly no es una asidua visitante de la Internet, siempre prefirió los libros que le entregaba en las manos don Aldeur, su papá, un maestro de colegio agropecuario.
Eran pocas las opciones entonces para que la joven conociera la existencia de la Ruta Quetzal (más promovida en realidad en los colegios privados), y, menos aún, que el año pasado fuera la primera vez que el programa, —declarado de interés universal por la Unesco— abriera un cupo para que un indígena se embarcara en un viaje de 40 días para recorrer España y Chile. Todo el tiempo en compañía de chicos que bien podían haber nacido en Luitania, en Inglaterra o en París.
La punta de lanza que hizo posible el milagro fue Daysuri, una hermana suya, estudiante de filología en Bogotá, que le contó por teléfono la experiencia de una amiga en el programa años atrás. Un ensayo de menos de tres páginas bien escrito y una dosis extraordinaria de buena estrella era, al parecer, lo único necesario.
Con más curiosidad que convicción de lograrlo, Danicelly ingresó al portal de la Ruta y, del listado de posibles temas a elegir, se decidió por escribir un ensayo inspirado en la historia de ‘Robinson Crusoe’, del inglés Daniel Defoe.
Pasó cuatro días encerrada en la biblioteca de Corinto, Cauca, tomó apuntes juiciosos y a la vuelta de dos semanas remató su escrito con un título que rezaba ‘La historia de Robinson sigue viva’.
El relato tiene algo de inocencia y mucho de realidad. Danicelly, habitante del resguardo paez López Adentro, comparó la aventura de supervivencia del marino escocés abandonado en una isla desierta y salvaje, con la experiencia misma de sus ancestros que aprendieron, a fuerza de su tradición, a proveerse lo necesario para subsistir. Son líneas que hablan de un pueblo valiente que ha sabido esquivar con escudos de esperanza las balas de la violencia; de amor por el campo, por cada fríjol arrebatado a la tierra.
Danicelly les cuenta esta historia a los periodistas apostados a su alrededor en la embajada, aquel lunes caluroso. Cada frase la remata con una sonrisa impecable. Incluso, cuando les narra cómo sonaban las balas que disparaba la guerrilla de las Farc durante las tomas sangrientas, que la obligaban a refugiarse bajo la cama abrumada por el miedo.
Eran otros tiempos. Días de zozobra y desconfianza en los que sólo al desayuno, después de una noche de armas y gritos angustiosos, el pueblo se enteraba cuáles eran los muertos que debía enterrar.
"Ya no me gusta hablar de eso", repite después. "El mío es un pueblo hermoso, donde la gente vive feliz".
Tan feliz que sus habitantes no tuvieron problema en unirse alrededor del viaje de fábula de Danicelly. Todo un suceso en una población de cinco mil habitantes, poco acostumbrada a ver partir de sus linderos a un vecino, que nunca había salido del país, dispuesto a conquistar el mundo.
Hubo lechona a la venta, bingos nutridos en asistencia que sirvieron para recoger fondos, rifas que compraba hasta el cura párroco y hasta discursos fervorosos del Alcalde. Una vecina coció, emocionada, el traje típico de los paeces, que debía lucir Danicelly para saludar de mano a los Príncipes de Asturias y no faltó, a última hora, el que se ofreciera a armar la maleta para que todo cupiera sin problema.
Ese hervidero de emociones desatado por la "niña del nombre raro" fueron bien compensados. Danicelly se paseó por una veintena de ciudades españolas y tiene fotos en la puerta de Alcalá y en el acueducto centenario de Segovia.
Y la aventura de cuarenta días fuera de casa alcanzó para recorrer el Pacífico Sur a bordo de un buque de la Armada de Chile y para recibir la Navidad y el Año Nuevo, al lado de los mapuches, indígenas chilenos que se precian de ser los únicos capaces de doblegar los embates de la conquista española. Danicelly no lo dice, pero la suya parece la historia de la suerte venciendo la adversidad. Parece la historia misma de Robinson Crusoe.

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