miércoles, 3 de marzo de 2010

El rebelde del acordeón


Esta es la historia de Celso Piña, el hombre que no sólo puso a los mexicanos a bailar vallenato, sino que convirtió este género en la religión de los jóvenes de los barrios marginados de Monterrey. Relato de un encuentro breve en Barranquilla.

Por Lucy Lorena Libreros


Y pensar que era la primera vez que Celso Piña estiraba el fuelle de su acordeón en Colombia. Él, que se presenta en los escenarios de todo el mundo con Ronda Bogotá, una agrupación inspirada en estas tierras. Que ha compuesto en la distancia canciones para este país, cuyos paisajes apenas si reconoce en fotografías. Que interpreta el vallenato desde hace más de treinta años sin haber nacido en el Cesar o en La Guajira. Sin ser hijo ni nieto de juglar. Sin haber retado a reyes de leyenda en la Plaza Alfonso López.

Él, que un día, quién lo creyera, bajó el volumen de la música norteña y las cumbias tropicales en esas faldas del cerro La Campana de Monterrey donde nació y creció para entender que Dios en la tierra no tiene amigos y como no tiene amigos anda en el aire, porque así lo pregonaban alegremente —a miles de kilómetros— Alejo Durán y Juancho Polo Valencia en las tarimas del Caribe.
Atrapado por las historias de aquellos cantores de pueblo, Celso aprendió en México a confesarle sus amores a Alicia Adorada, pero tuvo que esperar casi tres décadas para demostrarlo en Colombia, justamente en enero pasado, sobre un teatro barranquillero al que asistió como invitado del Carnaval Internacional de las Artes.

Allí, con el instrumento que le arrebató a una tradición ajena, estuvo él: 56 años, no muy bajo, no muy alto, bigote generoso, camisa de flores coloridas, risa fácil, acordeón terciado. Vestido de otra forma, piensa uno, a nadie en estas tierras se le hubiese ocurrido imaginar que era alguien distinto a un charro mexicano.

Quien se paró sobre el escenario era el hijo venerado de La Colombia, un sector de Monterrey donde los jóvenes cantan cumbias y vallenatos en las esquinas. Tan eufóricos, que cuesta imaginar que en vez de un reggaetón de moda están entusiasmados con los sonidos que arrullan las aguas del Magdalena y el Guatapurí. Cuesta pensar que hayan dejado de mirar hacia el Norte, hacia la música de Estados Unidos, que está ahí no más, para poner sus ojos y sus oídos en el Sur.

Antes, mucho antes de que eso ocurriera, en la década del 70, un muchacho de 16 años enamoraba a las vecinas en bailes trasnochadores con las canciones de Aníbal Velásquez y Los Corraleros de Majagual, en las voces de Lisandro Meza y Alfredo Gutiérrez. "Desde esa época —recuerda Celso, apostado junto a la piscina del Hotel El Prado de Barranquilla— me gustaba la música, tocaba cumbias tropicales y rock con los amigos. Me parecía increíble que sólo con un acordeón, una caja y una guacharaca pudiera sonar una música tan vibrante. Así que mientras yo bailaba, susurrándole cositas a la mujer que me gustaba, pensaba ¡qué padre poder tocar como todos ellos!".

El problema era cómo. A Celso le falla la memoria para recordar qué amigo fue quien le dio las pistas de una tienda en la que vendían un disco de Alfredo Gutiérrez. En la carátula, el rey vallenato sucreño aparecía como ha sabido hacerlo en más de cuarenta álbumes grabados en toda su carrera: con un acordeón en las manos.

El mexicano que prometía amores salió en búsqueda del suyo. "Pa’, necesito un acordeón", le dijo una mañana a don Isaac, su padre, después del encuentro revelador con ese disco por el que había "pagado un dineral". El carpintero, después de varios días, llegó a casa con lo que creía una promesa cumplida. Sólo que el acordeón que consiguió de segunda mano era de teclas y no de botones, "como el de Alfredo. Y, para colmo, con el fuelle dañado".
Noches enteras, después de abandonar los oficios con los que intentaba ganarse la vida en esa época —Celso llegó a ser cortinero, tapicero de muebles y hasta auxiliar en un hospital infantil— el hombre se sentaba a escuchar a su ídolo para sacar, a oído limpio, las notas con "ese pedacito de acordeón remendado con curitas".

Intentó con ‘Ojitos indios’, pero las notas salían esquivas. Insistió con ‘Capullito de Rosa’ y aunque el asunto mejoró, no alcanzó para reunir un capital musical suficientemente decoroso. Casi a punto de desistir, el joven volvió a la carga con ‘Si mañana’, un son de Julio de la Ossa, integrante también de Los Corraleros. Desde entonces hubo acordeonero para rato.

El nudo que faltaba por desatar era cómo adherir cómplices a su causa vallenata, a esa música rara que no entendían los vecinos de La Campana. Pero no tuvo que ir muy lejos, estaban sentados en la sala de su casa: con ellos, con sus hermanos Eduardo, Rubén y Enrique fundó en 1975 la Ronda Bogotá y adaptó clásicos del folclor de la costa colombiana como ‘La piragua’, ‘Macondo’, ‘La cumbia cienaguera’ y ‘La muerte de Abel Antonio’.

Hoy, tal como a Gutiérrez en Colombia, a Celso Piña lo conocen en México como ‘El rebelde del acordeón’. Parece un apodo obvio, pero era necesario un temperamento musical lo suficientemente subversivo como para insistir con un género que muchos escuchaban con indolencia. "Yo arrancaba con mi música y la gente apenas me miraba, no bailaba. Algunos hasta me decían: "Estás loco, ¿por qué no tocas lo nuestro, los corridos, los wapangos? No sabían qué era lo que estaban escuchando". Tuvieron que pasar casi siete años para que los mexicanos se apropiaran, como él, del vallenato y de la cumbia colombiana. "Pero aquí me tienen, tan enamorado del acordeón como si hubiera nacido en Valledupar".

Es un amor que sus admiradores reconocen. Quienes lo cantan, quienes tararean sus melodías en las esquinas ponderan en él a un artista que los contagió, por igual, con las historias de fábula de los juglares viejos y con los relatos enamorados de los vallenateros jóvenes. No contento con la hazaña, Celso le abrió las puertas a artistas que, en apariencia, nada tendrían que ver con su impronta musical; ha grabado con Café Tacvba, Paulina Rubio y Control Machete. Precisamente, uno de esos álbumes, Barrio Bravo (con el que Celso empezó a ser escuchado en Colombia), estuvo nominado a los premios Grammy en 2001.

Así que no extraña que sus canciones hayan nutrido también las bandas sonoras de películas como ‘Babel’. Basta recordar la escena en la que aparece Gael García cruzando la frontera en un viejo carro, en cuyo asiento trasero viajan un par de niños americanos observando con terror el caos que tienen ante sus ojos. Entonces, de fondo, se siente una voz que canta: "…Y desde Monterrey, una cumbia colombiana para todo el mundo...".

Hasta el escritor que plasmó entre mariposas amarillas un vallenato de 300 páginas le declaró su admiración. Ocurrió en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, a donde Gabo había llegado para una conferencia. "Yo tocaba como siempre lo hago, con los ojos cerrados", recuerda Celso, hasta que alguien lo tocó por el hombro para que advirtiera lo que su acordeón había conseguido: que el Nobel abandonara su silla y se parara a bailar contagiando a todos los asistentes.

Con Fernando Botero y Carlos Monsiváis los encuentros no fueron menos emotivos. Mientras el pintor le pidió en plena fiesta que se "echara unos acordionazos con ‘La gota fría’", el escritor mexicano, después de aplaudirlo emocionado, tomó un micrófono para soltar una perla que hoy el artista declama con algo de vanidad: "Celso Piña es un fenómeno social como bien se dice y un fenómeno musical como bien se oye".

Del patio a la barriada
Eran palabras que no estaban fuera de foco. Cómo explicar entonces que un género nacido entre campesinos de la costa colombiana se convirtiera luego en la música de los jóvenes de una las ciudades más agitadas de México.

La respuesta la suelta, del otro lado de la línea Gloria Triana, una antropóloga mexicana que ha estudiado durante décadas la cultura popular de Monterrey. La mujer asegura que las bandas de ‘chavos’ de barrios marginales de esa ciudad, golpeados por la droga y la violencia, y que suelen defender sus territorios hasta con su vida, sólo encuentran en el vallenato una manera para reunirse como guerreros en tregua. Y eso, en gran parte, "se debe a la influencia poderosa de la música de Celso Piña".

Más que una alternativa musical, la acogida de los sonidos del rebelde del acordeón despertó en la colonia La Independencia —la misma en la que él vive aún— un movimiento social y cultural, una tribu urbana llamada ‘La Colombia’, en la que sus habitantes se hacen llamar colombianos "porque serlo representa ser libre, no discriminado, feliz", dice Triana.

Ese fervor por Celso y sus melodías ajenas, aunque suene increíble, hizo posible incluso que en Monterrey se comenzara a celebrar, en el mes de septiembre, un festival, ‘Voz de acordeones’, en un intento por imitar el que cada año se toma a la capital del Cesar.

Ese fue el panorama que descubrió el dramaturgo caleño Orlando Cajamarca, quien vivió varios meses en México investigando lo que después transformaría en ‘Alicia Adorada en Monterrey’, obra de teatro en la que plasmó la influencia del vallenato en esa zona. "Era un verdadero fenómeno popular con grupos de pelados que han sustentado su identidad a través de la música colombiana".

Todo se dio — agrega enseguida— en una cadena: primero Celso se contagió a través de los sonideros, como llaman en México a los disc-jockeys que contratan en las fiestas, que en su época solían amenizarlas con porros, cumbias y vallenatos. Celso pondría después a bailar a los de su generación y luego éstos, convertidos en padres de familia hacían lo propio con sus hijos. "La cosa no fue con radio, esta música se propagó desde la sala de la casa".

Esos muchachos, dice el director del teatro Esquina Latina, no sólo se paran en las esquinas a escuchar música colombiana, con ella también entierran a sus muertos. Y Celso supo aprovechar el fenómeno que él mismo propició. "En algunas de sus canciones se siente algo de ‘valanato’ (como denominan al vallenato que suena a balada) y en otras incorpora dosis de ‘vallenato retrasado’, que no es otra cosa que canciones que los jóvenes escuchan con menos revoluciones".

Celso lo reconoce, pero asegura que no buscó una fórmula que le asegurara éxito comercial. "Sólo me enamoré del acordeón y me propuse enamorar a otros también. Con el tiempo entendí que la música que tomé prestada del Valle de Upar tenía los mismos ingredientes de los corridos norteños que han gustado tanto en mi país: cuentan historias y se interpretan con acordeón.
La diferencia está —agrega el artista— en que a pesar de que en Colombia "hay violencia, narcotráfico y guerrilla, las letras de los vallenatos no convierten en héroes a los bandidos, matones y traficantes. Por el contrario, hablan de amor, de amistad, de la gente del común. Y eso lo valoran los más jóvenes".

A punto de abandonar la silla de hotel en la que le contó a GACETA la historia de su vida, Celso deja escapar un poco de nostalgia porque no puede creer que estando en Barranquilla, donde estiró por primera vez el fuelle de su acordeón en este país, esté tan cerca y a la vez tan lejos de Valledupar. "¿Se imagina un rey vallenato mexicano cantándole a Alicia Adorada? Ya quisiera Alejo Durán haber escuchado eso".

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