miércoles, 19 de mayo de 2010

El pudor según Simonetti

En Chile, durante una tarde de verano, Pablo Simonetti conversó sobre su más reciente novela,
‘La barrera del pudor’. El encuentro fue la excusa para recordar su arribo tardío a las letras y la bendición literaria que recibió por parte de
Roberto Bolaño.


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Editorial Norma





L
lamadas telefónicas’. Así se llamaba el libro. Un ejemplar regordete y de carátula amarilla, editado por Anagrama, que en 1997 una mujer arrebató de los desfiladeros de papel de una librería para colocarlo en manos de un joven ingeniero que como un intruso se asomaba a las letras. “Es de Roberto Bolaño —le dijo ella con tono solemne— un chileno casi desconocido que vive en Barcelona. Tienes que leerlo”.

Pablo Simonetti siguió la instrucción al pie de la letra. Y lo que encontró fue un libro tejido con catorce relatos estremecedores; el primer título de cuentos del autor, después de regodearse a sus anchas con la poesía y la novela.

El pichón de escritor lo sintió “fascinante” y hasta creyó advertir en aquellas líneas residuos del ‘alter ego’ del que Bolaño había echado mano para reconstruir en ‘Estrella distante’ —una de sus novelas— la historia de infamia de Carlos Ramírez Hoffman, un militar que con pose de poeta se infiltró en los círculos literarios para espiar a autores que contrariaban a su majestad Pinochet.

Ya han pasado casi trece años desde aquel episodio generoso de la librera que quiso despertar a Simonetti del letargo dogmático de números en que lo había sumergido su oficio.

Ahora, ‘Llamadas telefónicas’ reposa su lomo desgastado en la mesa de un apartamento del exclusivo barrio Las Condes, en Santiago de Chile. Allí reside Simonetti junto a Max, un beagle de temperamento mesurado que aprendió, como su dueño, a compartir su atmósfera con las páginas de Joyce, Vargas Llosa, Greene, Forster, McEwan, Cortázar, Tolstoi, James y Borges.

El lugar, encumbrado en el piso doce de una moderna edificación bordada con remiendos republicanos, está poderosamente iluminado por una ventana abierta a las montañas pintadas de verde y ocre que escoltan la capital chilena.

Lomas que esta tarde de verano austral coquetean con un paisaje que en días de nieve resulta esquivo. “En invierno es como si esas montañas no existieran, se las traga la niebla”, asegura un hombre de 49 años, alto, de 1,86 metros de estatura. Es su manera de dar la bienvenida, mientras lleva hasta la mesa donde reposa el libro de Bolaño un par de vasos con té de limón bien frío.

Son casi las siete de la noche, pero el sol aún acuesta su barriga colorada sobre la ciudad. Y con esa sensación extraña de que el tiempo está traicionando las horas, le sugiero a Simonetti que en vez de conversar únicamente de ‘La barrera del pudor’ (Norma), su más reciente novela, convierta este encuentro en una excusa para contar cómo un ingeniero civil —educado en Harvard, hijo y nieto de una legendaria familia de industriales— termina extraviado en las tundras de la ficción.

Mejor que eso: cómo un autor de vocación tardía, cómo él, logra con su primer libro la bendición ‘clerical’ de Roberto Bolaño, ganador del premio Herralde de Novela y del Rómulo Gallegos. El escritor más influyente de las letras de la Latinoamérica contemporánea.

—¿Por dónde empezar?, le pregunto a Simonetti.
—Por donde en realidad comenzó todo: por el día en que ya no pude contener más el dique y salí del clóset.
—¿Y cómo fue eso?
—Una experiencia liberadora. Cuando le confesé a los míos que ya no podía seguir posando de heterosexual brotó de nuevo la vocación literaria. Desde pequeño había tenido una doble militancia entre las letras y los números. Las primeras las alimentó mi mamá, que devoraba clásicos ingleses; y los segundos mi papá, que hacía parte de una familia descendiente de italianos que encontró en la industria metalúrgica una razón poderosa para quedarse en este país. Así que mis primos, mis hermanos y yo, representantes de la tercera generación de la estirpe, estábamos llamados a seguir el mismo camino, con el ingrediente adicional de ser los primeros en acceder a la universidad.

No hacerlo, confesaría Simonetti después, significaba una forma de traición. Así que prefirió serle infiel a sus aspiraciones prosaicas: se graduó con laureles en la Universidad Católica y obtuvo un máster en ingeniería económica de la Universidad de Stanford. La vida, a los ojos de todos, parecía resuelta.

Incluso a los suyos. Después de todo, pensó en ese momento, una carrera como esa calzaba a la perfección en la horma de una persona que tenía extraviada la veleta. Poca vida social. Reducido contacto con el mundo exterior. “O, ¿quién se acuerda de sus miedos cuando se enreda en las matemáticas, la física, la mecánica racional, las redes eléctricas?”.

Pero aún en sus días de ingeniero reputado, Pablo sintió una fuerza interna que lo obligaba a escribir. No entendía porqué. “Tenía 34 años y sentía que mi vida estaba en otra parte. Ese día, cuando pude confesarle al mundo que era gay, encontré la razón: tenía atorada en el alma la necesidad de reivindicarme con mi verdadera identidad”, dice. Escribir, entonces, se convirtió en su droga feliz.

No pasó mucho tiempo antes de que renunciara a su trabajo. Corría 1996 y aunque no había retado aún la hoja en blanco con la primera frase, le dijo a su jefe “no sigo más”.

Entonces se rindió ante las páginas de Anna Karenina, de Tolstoi, y a las de Henry James. Sus encuentros con el autor ruso le permitieron sentir que de verdad había nacido para escribir. Con James, en cambio, “me sentía inhibido, sentía que era imposible alcanzar ese grado en el manejo del lenguaje y esa inteligencia destellante que me enceguecía”.

Un año más tarde, una vez terminó de exhumar la vocación de otros tiempos, apareció su primer relato, ‘Santa Lucía’, que se quedó con el primer lugar del concurso de cuentos de la revista Paula. En Chile, se dice, el ganador de este certamen empieza a desatar el nudo y ve cómo se abren delante suyo las puertas de las editoriales.

La de Simonetti, a decir verdad, fue una irrupción pedregosa: ‘Santa Lucía’ cuenta la historia de un hombre casado que sostiene un encuentro homosexual en el cerro que lleva el mismo nombre. Se trata, nada menos, de uno de los miradores más bellos de Santiago y, más que eso, un lugar de veneración para sus habitantes: fue el punto donde se fundó la ciudad.

Esta tarde de montañas asoleadas, Pablo recuerda las dudas que asaltaron en aquel momento a la directora de Paula de publicar en sus páginas el relato ganador. “No querían lastimar la sensibilidad de los lectores”, le dijeron varias veces. Al fin de cuentas, después de treinta años de dictadura, buena parte de la sociedad chilena aún fraccionaba el mundo como en una película del Oeste: con los malos de un lado y los buenos del otro. Y en estos últimos, estaba claro —y así lo entendía Simonetti— no entraban los homosexuales.

Durante años, el hombre sintió que el pesimismo lo perseguía casi con el mismo frenesí que las mariposas amarillas lo hicieron con Mauricio Babilonia: “Me sentí un chileno asfixiado por mi condición de gay y por la intolerancia de tanta gente con mente obtusa. Chile ha sufrido muchas dictaduras, no sólo militares, entre ellas la de la discriminación. Eso ha cambiado un poco, no hay que negarlo, pero aún hoy sigo sólo encuentro una patria en la literatura”.

—Pero, con todo y esas dificultades, ‘Santa Lucía’ y otros cuentos suyos se convirtieron en un libro, ‘Vidas vulnerables’, el primero de su carrera como escritor...
—Sí. Cuando eso sucedió pensé: bueno, ahora sí me toman en serio. Desde hacía varios meses le había enviado al editor de Alfaguara en Argentina una copia de esos cuentos, pero nunca me dio respuesta. Fue un proyecto casi desechado. Sólo un año después, cuando gané el concurso Paula, me dijo “llámame en mayo”, y estábamos en noviembre; es una crueldad que suelen hacer todos los editores.

Simonetti, en efecto, discó el teléfono en la época pactada. El hombre de Alfaguara cumplió. Y el libro se vendió con notorio éxito editorial. Llovieron críticas generosas. Incluso, desde Barcelona, se supo de una que aún el escritor conserva como trofeo de guerra. Fue de Roberto Bolaño, el chileno que había bordado su carrera literaria en México y España; carrera de la que habían llegado a Chile algunos ecos tímidos.

El apunte rezaba así: “La primera vez que leí un cuento de Pablo Simonetti lo hice por curiosidad y no pude dejarlo hasta el final. Hace rato que no leía cuentos tan bien narrados por un escritor chileno”.

—La pregunta es obvia: ¿Qué tuvo que pasar para que consiguiera la bendición del ganador de un Rómulo Gallegos (el Nobel de las letras hispanas)? Sobre todo después de que él había calificado de mediocre a José Donoso, escritor de larga trayectoria en su país...
—La culpa es de la casualidad. A Bolaño lo invitaron como jurado en un concurso literario, después de 25 años de no visitar Chile. Quisieron agazajarlo con una cena en la que también estuve yo. Nos sentaron en la misma mesa, pero el tipo me ignoró casi todo el tiempo, hasta que escuchó que una de las mujeres que estaba allí se dirigió hacia mí para comentarme, entre risas, que sabía que compartíamos la misma psiquiatra, que era además hija de Norman Mailer, el gran escritor.

—Eso parece el insumo perfecto para una novela o un cuento...
—Sí, y a él también le pareció. Después de ese comentario, terminamos hablando el resto de la noche. Conversamos sobre su familia, sobre sus fantasmas de autor. La noche se nos fue así, como si fuéramos amigos de toda la vida.

Y como amigos, Simonetti y Bolaño se escribieron largo tiempo, hasta la muerte de éste último en 2004. El primero enviaba desde España postales con cuadros famosos y el segundo devolvía la cortesía con tarjetas que dejaban ver lo mejor de la pintura chilena. No sólo fue una relación epistolar. Advertido sobre el nuevo recluta de las letras en su país, Bolaño conminó al joven para que le enviara uno de sus cuentos. Simonetti le hizo llegar el borrador de ‘Fornoni’.

Aquella historia breve le gustó. Pero advirtió un problema que bien podía restarle seriedad y así se lo hizo ver a Pablo en una de sus cartas: “En el cuento hablas de un traductor en Italia que pretende traducir del italiano al inglés. Grave error: los traductores sólo permiten su trabajo en su lengua vernácula. Además, creo que el cuento debería llamarse Peter Faraday’”.

—Después de esa cercanía, ¿siente que Bolaño permeó su prosa, su forma de narrar historias?
—No la influenció de manera obvia. Quiero decir: cuando tú me lees no vas a decir, se nota el estilo de Bolaño. Es más, ni siquiera me consideré un discípulo suyo.
—Le cambio la pregunta: ¿qué le quedó de su relación con él?
—Una pasión desbordada por los libros. Con Roberto Bolaño aprendes a encontrar quiénes son tus ancestros literarios, tus compañeros de espíritu en el camino de las letras.

La lección debió quedar bien explicada porque a eso —a reverenciar la literatura como los militares lo hacen con sus armas— se ha dedicado Pablo Simonetti todos estos años, desde su debut con ‘Vidas vulnerables’. En 2004 volvió a sorprender gratamente con ‘Madre que estás en los cielos’, su primera novela. Es el relato de Julia, una anciana agonizante y a través de su dolor, Pablo exorcizó la muerte de su madre por culpa de un cáncer. El libro se ubicó en la lista de los más vendidos en Chile durante seis meses.

No fue venturoso ese paso del cuento a la novela. Una vez terminó de escribirla en enero, se dio licencia para revisarla hasta mayo de ese año. “Fue un asunto muy obsesivo: se me enrrolló como una serpiente en el cuello. A veces, me levantaba a las cuatro de la madrugada a revisar una palabra o un verbo que creía estaba mal usado”.

Meses angustiosos, sí, pero se valió de una ‘llave’ de oro que le diera Bolaño para no terminar abrumado ante su propias palabras. Cuando presentes una novela ante la editorial debes estar ya escribiendo otra, así el apego no será tan fuerte, le dijo.

Tres años después, en 2007, Simonetti se asomó de nuevo a las librerías con ‘La razón de los amantes’, en la que buscó retratar, a través de un hombre que reniega de su familia aristocrática, la polarización en la que sigue sumergido Chile, como si aún se cobijara con la sombra de la dictadura.

—Por estos días, periodistas como yo lo buscan para que cuente la historia detrás de ‘La barrera del pudor’, el cuarto libro de su camino literario... ¿Cuál es el punto de partida de esta novela?
—La historia de Amelia, una paisajista que termina por separarse del crítico literario Ezquiel Barrios, después de trece años de matrimonio, simplemente porque ya no es feliz con él en la cama...

—La novela está narrada en la voz de su protagonista, de forma melancólica e intimista, ¿de dónde nace ese interés por lo femenino?
—Creo que la novela es el mejor instrumento que se ha inventado para indagar sobre la condición humana. Y en este caso, indagar sobre el universo de la mujer moderna me ha llevado a descubrir que la libertad sexual de la mujer es una lucha inacabada. El hombre, desde la antigüedad, ha tenido libertad en el manejo de su sexualidad, pero cuando la mujer consigue liberarse, el varón termina por ver en entredicho su poder.

‘Llamadas telefónicas’, el libro del lomo desgastado que le regalara una librera hace trece años, abandona la mesa donde ha estado toda la tarde, quizá a manera de testigo, y baila ahora en las manos del escritor. Es probable que termine en la maleta que empaca Simonetti antes de partir hacia la casa frente al mar, cerca de Santiago, donde se refugia para escribir. No da detalles de su ubicación, “es el único lugar donde puede sentirme realmente desconectado”.

—Sólo una duda más: ¿quién cree que leen más sus novelas, los gays, las mujeres o los que aún no se atreven a salir de clóset?
—Es más simple que eso. Todo aquel que quiera traspasar la barrera del pudor.

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