viernes, 23 de julio de 2010

Recuerdos de un poeta cerrajero


¿Qué tantas cosas pueden suceder en doce minutos? A Jorge Iván Parra, crítico literario y profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá, le bastaron para estrechar la mano de José Saramago, lograr que éste estampara su firma en ocho libros y confirmar su devoción por las letras del Nobel portugués.

Por Lucy Lorena Libreros


"Si había algo que impresionaba de José Saramago era su estatura. La primera vez que lo vi en Bogotá, en el año 2001, tenía 79 años y lucía súmamente erguido, vigoroso. No advertí en él impedimentos físicos y, a decir verdad, desde mi silla del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, lo veía mucho más joven de la edad que tenía en realidad.

Ahora que él ya no vive evoco esa imagen. No consigo imaginarlo enfermo de neumonía, como lo estuvo hace dos años en su casa de Lanzarote, en las Islas Canarias, sino como aquella tarde —tres años después de haberse quedado con el Nobel— cuando el centro de Bogotá casi colapsa por culpa suya.

Faltó poco para que su presentación en el Gaitán se convirtiera en problema de orden público: muchos se quedaron fuera del teatro, el asunto no parecía una charla con un escritor, sino una firma de autógrafos con un actor de cine o el concierto con una estrella de rock.

Yo me sentía entonces como el hombre más privilegiado. Llevaba años ansiando ese instante: no sólo había leído con juicio todos sus libros, sino que dediqué dos años de mi vida a releer una y otra vez su obra para descubrir los rastros de poesía que había dejado en ella.

El fruto de aquel acto febril fue ‘El universo poético de José Saramago’, ensayo extenso que incluí en ‘Hablemos de literatura’, libro que un par de años después, en la segunda venida que hizo el escritor a Colombia para un encuentro con libreros y periodistas, le entregué en sus propias manos.

Lo recibió de buen agrado y lo hojeó con interés. Yo, feliz. Después, me atreví a confesarle que al leer su novela ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ sentía que le había hecho falta un último párrafo y que yo, un modesto profesor de literatura, lo había hecho a nombre suyo. Él lo tomó como algo divertido. Cerró mi libro y lo entregó a Pilar, su esposa, que no desamparaba ninguno de sus pasos.

La conversación no se prolongó más de 12 o 15 minutos, pero fueron suficientes para sentir que había esperado muchos años para vivirlo y que ahora podía pasar el resto de mi vida para recordarlos.

Emocionado con mi hazaña, me uní al resto de invitados que lo esperábamos ese día. Doce personas enmudecidas ante su sola presencia. Nadie se atrevía a romper el hielo. Yo me animé, lo presenté ante los demás y comencé ese encuentro de libreros y periodistas dándole las gracias por el más grande regalo que había podido traernos: su literatura.
Aquel par de encuentros, sin embargo, fueron sólo una casualidad física. En realidad, mi verdadero encuentro con Saramago fue a través de sus propios libros.

Alguna vez cayó en mis manos ‘Ensayo sobre la ceguera’. En mis 20 años como docente de literatura no me había acercado a la narrativa portuguesa y por aquella época, en plenos años 90, eran escasos en Colombia los títulos de Saramago. La cosa cambió en 1998 una vez obtuvo el Nobel.

Leer ‘Ensayo sobre la ceguera’ fue como recibir un puñetazo en la cara. Comencé y no fui capaz de soltarlo hasta leer la última línea. Fue de una sentada. Es un libro aturdidor. Mientras lo lees sientes que es necesario cerrar los ojos por un momento, no para digerir lo que se está leyendo, sino lo que te está pasando. No vuelves a ser la misma persona después de leerlo.

Otros creerán que no. Pero en esas páginas Saramago plantea su visión pesimista del mundo, su mirada apocalíptica. El relato es una parábola hermosa y con una carga literaria sin discusión: a través de la historia de una epidemia que convierte en ciegos a los habitantes de todo un pueblo, lo que él nos grita es que, de seguir dando palos de ciego, la humanidad no será más dueña de su destino.

Tras ese primer encuentro literario, fue imposible no seguir avanzando en su narrativa. A medida que descubría cada frase, cada personaje, me sorprendía que eso que leía hubiera salido de la mente de un hombre de edad avanzada. José Saramago escribió su obra más importante después de los 60 años, cuando las facultades mentales no son fáciles. Resulta un reto fascinante mantener la calidad narrativa en ese momento de la vida, pero él lo logró. Por eso, ese viernes 18 de junio, al partir de este mundo, Saramago pasó a integrar esa privilegiada lista de autores que dejaron para las letras universales más de una obra maestra.

Yo me arrodillo delante de ‘Memorial del convento’, ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘El evangelio según Jesucristo’ y ‘Todos los nombres’. Novelas que a mi juicio no deberían estar en una biblioteca sino en un altar. Y perdónenme si esto lo digo con retórica y exagerando la devoción que siento por su obra.

A la par con la revelación de su obra literaria iba descubriendo también al ser humano. Hablar de José Saramago es hablar de un hombre honesto, nunca ocultó lo que pensaba y lo hacía sin tapujos. Contrariando a la Iglesia, que incluso llegó a vetar en Europa libros suyos como ‘El evangelio según Jesucristo’; contrariando a la izquierda que no entendía cómo podía declararse comunista cuando era el primero en decir que el comunismo no existía. Calificando a la izquierda de hoy como estúpida. El suyo era un pensamiento carente de fanatismo, no era una ideología inamovible o estática. Era simple: no era el comunismo lo que había fracasado, lo que había fallado en realidad era la puesta en práctica de sus ideas.

Quizá esa forma tan suya de concebir la honestidad se debe a que con Saramago asistimos a un caso de superación admirable. Fue hijo de campesinos sin tierra, lo bastante humildes como para tener que arropar, como lo hizo su abuela en Francia, a cerdos desvalidos que le daban de comer a toda la familia para que no murieran por los rigores del invierno.

La historia de su familia está plagada de anécdotas sublimes, como la vez en que su abuelo, presintiendo la muerte, decide abrazar a todos los árboles de su solar, a manera de despedida, para agradecerles sus sombras y sus frutos.

Dueño de una estrella de genialidad y de persistencia como pocas, Saramago sólo vino a tener un libro propio, ya de adolescente a los 16 años, pues su familia no contaba con los recursos suficientes para comprárselo. Sus primeras aventuras literarias las hallaba en periódicos que recogía del suelo y visitando de noche, a escondidas, la biblioteca del pueblo donde nació, Azinhaga.

Eso explica también por qué su primer título no fue el de escritor, sino el de cerrajero, oficio que le dio de comer durante años. En su corazón, sin embargo, seguía latiendo el ensayista, el dramaturgo, el novelista que irradiaba poesía en cada línea y que con el tiempo, para fortuna de muchos, supo aprovechar la adversidad para nutrir sus reflexiones e historias literarias.

Si uno, por ejemplo, explora la forma como abordó el tema de la Inquisición en ‘Memorial del convento’, nota que sus personajes parecen más de otro mundo que de este. Con Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas recrea una historia de amor en la turbulencia de un siglo intolerante, de fanatismo religioso y de pobreza.

Pero el amor trasciende con la anuencia de un cura loco que sueña crear una máquina para volar, que no necesite de combustible para lograrlo sino de las almas que Bluminda va guardando en un frasquito. Y todo eso lo logran mientras suenan las notas melancólicas de Domenico Scarlatti, el músico de la corte.

Si eso no es poesía, si eso no es la sublimación del lenguaje, entonces ¿en dónde hay poesía?
Yo pensaba en todo esto cuando lo veía caminar de la mano de su esposa, Pilar del Río, hermosa y joven, cuya historia de amor con Saramago bien hubiera inspirado otra de sus novelas. Ella no lo conocía, jamás había escuchado su nombre, hasta que un día entró en una librería de Sevilla y terminó embrujada con ‘Memorial de un convento’. No tardó mucho en regresar para llevarse todos los libros de aquel autor. Y sucedió que se enamoró de un hombre al que apenas reconocía en la fotografía de la solapa. Ignoraba que años después ese amor de papel se transformaría en uno de carne y hueso.

Y, mejor que eso, que Saramago habría de morir junto a ella, allá en su casa de Lanzarote, después del desayuno que juntos solían tomar antes de que el maestro subiera al segundo piso para concentrarse en su escritura y luego enviarle borradores que ella, con cariño, traducía al español.

A ella le quedaron los perros sin dueño que ambos acogieron en esa casa de ventanas frente al mar, lejos del ruido. A mí, en cambio, las firmas de caligrafía bella que plasmó en cada uno de los ocho libros que le puse en las manos en uno de nuestros encuentros en Bogotá. Hoy las miro, seguro de que después de eso no tuve otro momento igual de dichoso”.

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