jueves, 10 de febrero de 2011

Jaque al reino de Jovita


Iván Montoya lleva tres décadas interpretando a Jovita Feijoo, personaje entrañable de la historia de esta ciudad y del Carnaval del Cali Viejo, que cada 28 de diciembre se toma las calles. Hoy, a sus 81 años, vive uno de los papeles más dramáticos de su carrera:
el miedo a terminar en el olvido
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Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña

Esa debe ser Jovita que está loqueando”, escuchó el muchacho que le gritaron, al preguntar por el tumulto de gente que titilaba en una esquina de la Plaza de Cayzedo. Era enero de 1953. Iván Barlaham Montoya contaba apenas 20 años y sólo guardaba entre los bolsillos el recuerdo de ser un montañero feliz, criado en Sevilla, tierra del norte del Valle conquitada décadas atrás, por paisas a lomo de bestias, y de la que había tenido que partir sin despedirse.

Acostumbrado a observar esos mismos tumultos en la plaza de su pueblo, cuando se escurrían por las faldas de la loma las noticias sobre asesinatos a manos de 'Los pájaros' y 'La chusma', el muchacho imaginó que quizá la Señora Muerte —que luego se enseñaría en los colegios como La Violencia— había extendido su manto negro por la gran ciudad.

Después lo comprendió: allí, arropada por las miradas de los transeúntes, se alzaba ella, Jovita Feijoo. Lucía maquillada como para una fiesta de salón. Los años surcándole la piel de trigo, se veía engalanada con sombrero de velo, guantes de encaje, collares abundantes y ropas finas que no parecían a su medida y se sostenían en su figura delgadísima a fuerza de fruncidos.

La mujer conversaba con la gente. “¿Qué necesidades tienen en sus casas? No se preocupen, de eso me encargo yo. Ya tengo cita con el gerente del banco, con el gobernador y con el obispo. Ellos me escuchan y me hacen caso. Ya verán, ya verán…”.

Terminaba de decirlo y daba media vuelta. La espalda erguida y los pasos precisos. Jovita caminaba obsequiando besos a los curiosos hasta adueñarse de un nuevo costado del parque. Llovían más promesas: “Yo los entiendo, y por eso es que me gusta ayudarlos, desde niña he conocido la pobreza, la diferencia con ustedes es que he conocido también la riqueza de que me llamen reina”…

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Ahora mismo, un 2 de diciembre, medio siglo después de aquel primer y definitivo encuentro, la voz de esa mujer pareciera escucharse en la sala modesta de un apartamento del barrio Alameda. Voz que después se vuelve tosca para develar a su verdadero dueño: un abuelo que con voluntad de guerrero ha sabido permanecer vigente en el teatro para ser el cultor de ese personaje llamado Jovita, la reina eterna a la que él revive en cada Desfile de Carnaval del Cali Viejo, el día 28 del último mes del año.

El de hoy no es el Iván de siempre. A sus 81 años, el actor de teatro más veterano de esta ciudad —integrante de esa cofradía de actores que, junto a Fanny Mickey y Enrique Buenaventura moldeó el Teatro Experimental de Cali en los años 70— conoció la soledad, el “complejo” de sentir que a los ojos de todos ya es un viejo. “Debe ser por eso que este año no me han llamado de la Alcaldía para interpretar a Jovita; presiento que ahora sí el vestido y los collares se quedarán colgados”.

Y eso en un hombre que, como dice Beatriz Monsalve —su amiga y fundadora junto a él del Teatro Salamandra del Barco Ebrio— vive la actuación “más como una religión que como un oficio”. Y eso debe ser lo mismo que, ad portas de un Mundial, a un delantero sagaz que vive su cuarto de oro con el gol le anunciaran que no será convocado.

Iván insiste en que le sobran arrestos no sólo para interpretar durante horas a Jovita, a pleno sol y sobre un carro de bomberos, sino para enseñar y para actuar. Justamente, en esas andaba en septiembre del año pasado, cuando preparaba con sus alumnos de último año de la facultad de artes escénicas del Instituto Bellas Artes ‘Los invasores’, la obra de graduación.

La pieza fue ensayada hasta el cansancio: una joven se balancearía por los aires hasta dejarse caer sobre un grupo de actores, entre ellos Iván. Pero el día de la presentación final, el asunto se salió del libreto. La novel actriz hizo mal el cálculo y terminó sobre el cuerpo del viejo actor, que frente a padres de familia, maestros y alumnos acabó en el suelo, inconsciente. Casi muerto. El accidente develó lo que hasta ese momento no habían sido más que molestias que Iván prefería obviar: una anemia y un tumor en el estómago que tuvo que ser extirpado de inmediato.

Imaginó que era el fin. “Alcancé a despedirme de todos los que estaban conmigo en aquel momento. Las cosas ocurrieron justo un 30 de septiembre, fecha de mi nacimiento. Supongo que alguien alcanzó a avisarles ese detalle a los médicos que me operarían porque mi recuerdo de ese día, cuando creí que me reencontraría con Jovita allá en la otra vida, es el canto de cumpleaños de un grupo de personas vestidas con batas azules”.

Afuera del quirófano, en los pasillos de la Clínica Rafael Uribe Uribe, varios de sus amigos, estudiantes y colegas tampoco creían probable que el artista resistiera.

No sería en todo caso la muerte de Iván, pensaron. No sería la muerte del hombre de teatro que, jalonado por Carlos Sánchez Jaramillo —a la postre el primer actor que daría la vuelta al mundo como Juan Valdéz— había ingresado a la escuela de teatro de Bellas Artes en Cali. No sería la muerte del creador de cien obras de teatro, del protagonista de películas y comerciales de televisión, del ganador del Premio Nacional de Dramaturgia; del hombre con un largo recorrido por el Teatro Popular de Bogotá, TPB.

Sería, por encima de todo, la muerte definitiva de Jovita, el personaje que él se ha esforzado por mantener vivo durante décadas en la memoria de los caleños.

Los pesimistas se habían equivocado. Un par de meses más tarde, aún convaleciente, el hombre cubrió su cuerpo frágil con un vestido, se pegó las pestañas rizadas, tiñó de rojo sus labios, dejó caer sobre su cuello collares pintorescos y cumplió con su papel de carnaval.

Quienes lo vieron desfilar sobre la Autopista Sur —el pasado 28 de diciembre— tan contento, tan dueño de sí, ni siquiera sospecharon que aquella Jovita que saludaba eufórica era en realidad un anciano aún con los puntos sin suturar de una reciente cirugía.

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Hoy, el actor está a la espera de una nueva operación que termine de sellar por completo las heridas de ese tumor descubierto a tiempo. Fiel a su espíritu de soltero insobornable, vive solo desde hace 11 años en el último piso de un antiguo edificio frente al Parque Alameda. Y si uno no supiera de sus dolencias, creería que esta mañana de entrevista optó por una sudadera gris, más por comodidad que porque en realidad es una de las pocas prendas a las que puede aspirar para disimular ese estómago a medio hacer, como de plástico, que le dejaron los médicos temporalmente.

“Ando todo remendado y con un estómago de mentiras —se le oye decir, en tono de broma. Ahora mismo, no es fácil ser yo: a veces, cuando me despierto, me pregunto si de verdad no morí aquel día; si cuando me pare de la cama no me encontraré por ahí caminando a Jovita, a Fanny, y a todos esos que se han ido de este mundo de los vivos antes que yo”.

Pero es él: Iván Barlaham de Jesús Montoya Correa de Las Partidas de la Española, este último el nombre de ese cruce de caminos ubicado cerca a Montenegro, Quindío, donde nació a la fuerza. La historia ocurrió así: su madre Ana de Jesús, con una barriga de nueve meses de embarazo, no se sentía capaz de aguantar el parto hasta que la familia terminara su búsqueda de un lugar de sur colombiano para echar raíces. Esa, decían, era la tierra prometida después de la Guerra de los Mil Días.

El periplo de los Montoya Correa terminó en Sevilla, población encumbrada en las montañas, fundada por Eraclio Uribe, hermano de Rafael Uribe Uribe, abogado, diplomático y militar que se inscribió en la historia nacional precisamente por sus gestas en esa guerra.

Y fue allí donde Iván, siendo un estudiante de escuela, sembraría un eucalipto con un “indio de ropas elegantes que hacía campaña para convertirse en presidente” —como recuerda a Jorge Eliécer Gaitán— y fue allí mismo donde comenzó a acariciar el sueño de convertirse en un actor de cine, al estilo de Charles Chaplin o Fred Astaire.

Ahora mismo, mirando la ciudad por la ventana de la sala de su casa, Iván recuerda esos días en los que solía pararse sobre los rieles del tren de su pueblo para imaginar sobre ellos qué camino tomar. Si siguiera el camino de ese riel que va hacia el sur —pensaba— llegaría al cine argentino y así compartiría set con Hugo del Carril. Si siguiera por el norte, llegaría a Hollywood, donde seguramente lo esperarían Sophia Loren y sus curvas de delirio.

La violencia feroz entre liberales y conservadores cambió los planes. Tras recibir amenazas de muerte, el padre de Iván —que se negó a contribuir económicamente a esa causa de sangre— emprendió otro nuevo viaje con toda su familia que esta vez los dejó a las puertas de esa Cali prometedora de los años 50.

Encayaron en al barrio Bretaña, justo donde se dibujaban las fronteras de la ciudad con el resto del Valle. Y desde allí, acompañado de su madre o de una vecina, era que Iván tomaba un bus que paraba en la Plaza de Cayzedo escenrio de las habladurías de esa “señora sueltica” —no le gusta llamarla loca— que se decía amiga de los poderosos, así pasara sus noches en una piecita del barrio El Hoyo.

Sólo entonces vino a saberlo: mucho antes de que él llegara a la capital del Valle, Jovita Feijoo, por allá en los años 30, ya había conquistado —junto a personajes populares de la época como el Loco Guerra y Riverita— el corazón de los caleños. Un título extraño pues ella había nacido en realidad en Bolo Alisal, corregimiento de la vecina Palmira.

Su voz de señora encopetada comenzó a ser familiar desde aquella vez en que aceptó la invitación de participar en un concurso de canto del programa ‘La hora de los aficionados’, en ‘La higuerona’, emisora que emitía sus señales justo desde la plaza.Debutó con ‘La palmirana’, canción que si bien no le mereció elogios, le dejó abiertas las puertas de la emisora. Jovita entonces volvió, una y otra vez, hasta hacerse famosa, como si en vez de su voz sin gracia las ondas de la radio dispararan la intensidad melódica de Libertad Lamarque.

Nada volvió a ser igual. Sin ser la más bella, los estudiantes de medicina de la Universidad del Valle, maravillados con su historia y su gracia personal, la postularon como su candidata para el reinado universitario, sin importarles que las demás candidatas tuvieran más curvas y muchísimos menos años.

La imagen quedó escrita en la historia del Colegio Santa Librada —curiosamente a pocos metros de donde hoy día Jovita otea a su Cali querendona con un ramo de margaritas— donde fue elegida como reina de la alegría. Ni ella ni los estudiantes lo comprendieron entonces: con esa corona de flores simbólica que ellos posaron sobre sus sienes había nacido una reina vitalicia que, 40 años después de su muerte, sigue sin ser destronada en el imaginario popular.

Para entonces, la palmirana de piel cetrina y ojos pardos había dejado atrás su pasado de dolor pues se sabía que había sido violada en un cañaduzal siendo una adolescente. De esa violación, se creyó siempre, habría quedado un hijo del que nunca se conoció su paradero. Era el único tema vedado en sus largas conversaciones con los caleños. Lo único que la hacía reaccionar como lo que era considerada por muchos: una loca. Ella siempre negó aquel episodio: “Yo me quedé señorita para siempre y cerrada con siete llaves, chapa, candado, cerrojo, aldaba, cinto duro, perro y seguro”, solía pregonar por las calles.

Para entonces, también, eran pocas las familias de la ciudad que escapaban de esculcar los clósets de sus casas para rescatar vestidos y joyas que Jovita luciría gustosa después en el Club Colombia, a donde se hacía invitar para conversar de tú a tú con los poderosos, o para sus citas con José Pardo Llada y con el padre Hurtado Gálvis, a quienes trataba de convencer de que ella, en su calidad de reina, tenía derecho a ser la dueña y señora de la Casa del Virrey, en Cartago.

Iván vino a conocer todas esas credenciales cuando se instaló definitivamente en Cali y asumió como un deleite personal frecuentar el centro caleño sólo para adueñarse de sus gestos, de su entonación y de esa manera tan suya de mover las manos. “A veces sentía que ella me miraba fijamente, como si intuyera que yo la adivinaba, como si presintiera que estábamos hechos de la misma locura; eso me intimidaba”, confiesa el artista.

El fotógrafo Johnny Rasmussen conoció de cerca la pasión de Iván por ese personaje. Ambos solían frecuentar, a comienzos de los 80, un café restaurante ubicado en un caserón tulueño que en las noches servía de refugio a artistas bohemios de todo el Valle.

Iván se subía al escenario y hacía su show. “Al terminar mi función, los asistentes me pedían que me quedara. Y así fue hasta un día en que sonó una canción de Louis Armstrong y a mi se me ocurrió, desprevenidamente, comenzar a hablar como esa Jovita que tantas veces había visto en la Plaza de Cayzedo”.

Fue el comienzo de una historia de amor, como la califica Rasmussen, escrita sin traiciones. “Iván se ha metido tanto en el personaje que le ocurrió lo mismo que a Johnny Weissmuller, que hizo de Tarzán —el papel que lo consagró— su alter ego, su otro yo. Lo conozco muy bien para intuir que si este año no personifica a Jovita, sería como si una parte de él se hubiera muerto”.

El propio Iván lo sabe bien. Autor de ‘Elogio a la locura: reina en jaque’, guión teatral que le mereció el Premio Nacional de Dramaturgia en el Festival de Teatro de Cali en 2006, el actor asegura conocer mejor que nadie la vida y milagros de ese personaje popular que solía decir que la cabeza sólo le había servido “para lucir coronas di’ oro, perlas y piedras finas, nada más”.

Esa Jovita que, está seguro, de haber tenido una dosis “pequeñita de cordura” habría sido otra Fanny Mickey: “ella fue en realidad la fundadora en Cali del teatro callejero”.

Esa Jovita que se entromete en su vida, incluso cuando duerme. Sin apartar la mirada de la ventana por la que se dibuja una mañana fría, Iván, el loco Iván, recuerda la noche en que la reina eterna de Cali lo asaltó en sueños, después de interpretarla por primera vez en el desfile del Cali Viejo.

Se le apareció en una pesadilla de la que le costó repornerse. De repente, Iván se vio sentado en su cama de frente a la calle, pues las paredes de su cuarto habían desaparecido por completo. Entonces vio los ojos de la mujer, unos ojos de aceituna que se acercaban, acechantes, a toda velocidad, "como dos farolas de un camión dispuesto a arrollarme". Un miedo terrible le recorrió el cuerpo. Y así, asustado, abrió los ojos, sentado sobre su cama real. No había sido más que un mal sueño. Pero ni siquiera por ese susto dejó de invocar su nombre. “Jovita me quiere, lo sé. Ella entiende que mientras viva no dejaré que se pierdan su cetro y su corona”.

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