viernes, 4 de febrero de 2011

Lo que sabemos de Juan José Millás


Periodista brillante y una de las plumas más reconocidas de las letras españolas contemporáneas pasó por Colombia como invitado estrella del Hay Festival. Y aquí, gustosos, lo recibimos con su reciente novela ‘Lo que sé de los hombrecillos’. Diálogo en la distancia.

Por Lucy Lorena Libreros


Contesta el teléfono Juan José Millás. Hasta hace unos minutos, tomaba la vocería en la cabina de la Cadena Ser de Madrid, por cuyos micrófonos se escurre su voz pausada. Allí, en el programa La Ventana, cada viernes sin falta, el hombre se dedica a engordar un curioso ‘Larousse’ personal que se nutre de las definiciones que sus radioescuchas le van otorgando a las palabras, inspirados en sus experiencias cotidianas. Así, amor no es sólo el más supremo sentimiento; es además un estado del alma. Un bebedizo que corta el aliento, que arranca lágrimas, a veces; sonrisas, la mayoría. Eso dicen quienes llaman.

La sección tiene un nombre obvio: ‘El diccionario de Millás’.

Contesta y saluda cordial. Algo de razón debe tener su colega de letras colombiano Juan Esteban Constaín —encargado de sentarse a palabra suelta con él en Cartagena durante el Hay Festival de este año— quien, por encima de sus virtudes literarias, saca la cara por la más elemental, pero quizá más elevada virtud de un escritor: “Millás es, ante todo, un buena gente. Desmiente el mito de que para ser un buen novelista hay que ser una suerte de poeta maldito, una mala persona”.

Es cierto. Tampoco es un equívoco consignar que quien está ahora mismo al otro lado del océano es una de las plumas más leídas del universo literario contemporáneo de España. Hay quienes aún dan las gracias de que Millás, un buen día, abandonara su cargo anodino como funcionario de la aerolínea Iberia, a los 28 años, para abrir de par en par las puertas de la ficción y del periodismo.

Una decisión afortunada, en todo caso. Su debut en las letras, ‘Cerbero son las sombras’, se quedó con el premio Sésamo que se concede en su país a quienes publican por primera vez. Hoy cuenta con 64 años y una veintena de novelas, breves en su mayoría que han sido traducidas a 23 idiomas.

Sólo algunas: ‘El desorden de tu nombre’ (la más conocida, valga decirlo), La soledad era esto’, ‘Papel mojado’, ‘Letra muerta’, ‘El orden alfabético’, ‘Dos mujeres en Praga’, ‘El jardín vacío’, ‘Laura y Julio’. Una en particular: ‘El mundo’, relato autobiográfico, ambientado en la Guerra Civil Española, que se alzó con el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa.

Millás navegaba a sus anchas retratando personajes que viven tramas surreales. Tramas que, sin embargo, cumplen también el extraño propósito de parecer más reales que una fotografía acabada de tomar. Si alguien hubiese advertido eso entre sus líneas, por aquella época de novelista dedicado, esa facilidad tan suya para beber del mundo real lo que después terminaba en los caminos de la ficción, habría intuído lo que fue inevitable: que el flaco Millás acabara, en 1990, seducido por el ajetreo de las salas de redacción.

Sucedió justo después de que se llevara consigo el prestigioso premio Nadal, por ‘La soledad era esto’. Es decir, Juan José Millás era un tipo raro: un novelista que soñaba con un espacio para tener dónde publicar reportajes y columnas de opinión. La norma nos ha enseñado siempre lo contrario: que hay noveles reporteros anhelando el espaldarazo de una editorial para alcanzar los estantes de las librerías con una novela en ciernes.

Millás lo justifica con una certeza sobre la que ha meditado durante años: “El camino que he seguido ha sido, de cierta forma, al revés. Llegué al periodismo tarde, cuando tenía ocho libros y había construido un nombre como novelista. Pero soy el único periodista de mi edad que escribe reportajes en España. Lo normal es que seas reportero entre los 25 y los 35 años, después te ascienden a editor o jefe, lo cual me parece un disparate pues el reportaje es un género de madurez. Un buen reportaje necesita primero, oficio; después, experiencia existencial”.

Lo cierto es que llegó y se quedó. Y claro, también ha ganado honores en esa batalla de informar y contar historias. En la solapa de su ‘uniforme’ de reportero están colgados el premio Quijote de Periodismo, el Mariano de Cavia, el Miguel Delibes y el Francisco Cerecedo. Y a su lado reportajes y entrevistas de gran calado por los cuales no tiene que suplicar espacio en El País Semanal, el suplemento dominical del más importante diario de España.

En noviembre no más, centenares de españoles llegaron a los quioscos callejeros para devorar el diálogo que Millás sostuvo con el ex presidente Felipe González. Un fresco del padre, del estadista, del académico, que aún es tema de conversación en los cafés y en el Metro porque sólo hasta ese momento, hasta su llegada a esas páginas, González confesó una situación que va en contravía de su imagen de humanista: verse obligado a decidir si ‘volaba’ a la cúpula del grupo separatista ETA, que ha sembrado el terror en ese país por décadas. “Dije no. Y no sé si hice lo correcto”, le confesó a Millás.

Es que por las manos del Millás periodista han pasado toda suerte de historias. Ahí está la de Carlos Santana, enfermo terminal del corazón, que arrastrado por la sinsalida de los médicos, se calzó para trasegar los caminos de la eutanasia. Lo hizo solo, en un cuarto de hotel, asistido días antes por una fundación que defiende esa causa, incomprendida por muchos, de morir dignamente.

Millás lo escuchó con oídos benévolos durante un par de días, antes del último suspiro, y el resultado fue un relato estremecedor de las razones que llevaron a Carlos a entregarse a la señora muerte. No vivió para leerlo. Ese era el trato. Su propósito al hacer pública su decisión —se lee en el reportaje— era reabrir el debate sobre el tema en su país.

Por las manos del Millás periodista ha pasado también un político con Alzhaimer que le teme a la enfermedad del olvido; un presidente recién posesionado (‘escoltó’ como sombra durante días a José Luis Rodríguez Zapatero) y hasta se sentó frente a una secuestrada colombiana que, una vez lejos de las selvas del horror, pretendió esquilmar a su país con una demanda millonaria. Millás le preguntó a Ingrid Betancourt por sus captores, por su rescate, por sus noches de soledad y de Biblia.

Otras veces, el Millás periodista es un ávido contador de ‘articuentos’. La definición de esa palabra debe estar resaltada en ese ‘Larousse’ personal que atesora con juicio. El de la radio. Él la inventó. Suena rara, pero no es tal: son columnas de opinión sazonadas con literatura. Entendámonos: son espacios de opinión que no se limitan a la discusión de una idea, sino que se nutren con historias de gente como usted o como yo. Ese es el estilo Millás.

Sin abandonar su labor de reportero, el Millás novelista hace su aparición cada vez que puede. “A mí no me cuesta trabajo pasar de la realidad cotidiana a la ficción. Lo que me cuesta trabajo es hacer sólo una de las dos cosas nada más. Necesito cambiar de actividad cada poco, pero haciendo siempre lo mismo: escribir”.

Ahí está ‘Lo que sé de los hombrecillos’ (Seix Barral 2010), novela —breve, ya lo sabemos— con la que el escritor hace gala de su prosa fluida, de su —al decir de Juan Esteban Constaín— “capacidad para impregnarle a lo más elemental y cotidiano una grandeza narrativa que no es mera solemnidad. Millás se apropia de personajes que podrían parecer intrascendentes para luego convertirlos en héroes, siempre apoyado en es un estilo transparente, ameno”.

En ‘Lo que se de los hombrecillos’ a un profesor universitario jubilado que sigue dando algunas clases de economía y escribiendo artículos para revistas especializadas — puede llamarse Pedro, Alberto o Rafael, da lo mismo— entabla relación con un hombre en miniatura, hecho a imagen y semejanza suya, que lo lleva a reflexionar sobre los bajos y altos instintos que nos mueven, los del sexo, los del alcohol. Hasta los de matar.

—¿Qué tanto bebe este personaje del propio Juan José Millás?
—Seguramente mucho, no en su literalidad, sino en su sustancia. A veces las novelas que uno siente más alejadas de la vida propia son las que en realidad más tienen que ver. Recordemos lo que decía Flaubert: “Madame Bobary soy yo”.

La novela no es asunto nuevo. Sólo tenía 8 años, cuando Millás empezó a notar que unos hombrecillos salían de sus zapatos para esconderse en el fondo del armario. No era sueño. Era real. Eso dice Millás y Juan Cruz, uno de sus colegas de El País y crítico literario, le cree de sobra: “Todo lo que cae en manos de Juan José se convierte en surreal, pero en seguida también en una circunstancia posible. Estamos frente a un novelista de la realidad y a un periodista de lo imaginario”.

Antonio García, escritor colombiano, destaca, sobre todo, “que todos pudiéramos ser un personaje de Millás; pero ninguno de nosotros desearía serlo”.

Entonces, asegura Millás, sucede que “las novelas se escriben sólo cuando ellas quieren, no cuando el escritor lo decide. Se toman años, incluso décadas hasta dar con el tono. De repente, hace dos años, soñé con esos hombrecillos, y pensé esto es una señal de que debo escribir sobre ellos”.

Lo dice el escritor que en sus años de adolescente fue un mal estudiante y curso su bachillerato en un instituto nocturno. Lo dice el escritor rescatado por la literatura de las oficinas de una aerolínea. Entendámonos: Juan José Millás había nacido para hacernos volar, pero no en aviones, más bien en sobre las alas de sus historias mágicas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario