viernes, 12 de julio de 2013

Un barrio pobre perdido en el mar

Alguien escribió que Santa Cruz del Islote es la única isla del Caribe que está lejos de parecer una isla del Caribe. No se equivocó: en una hectárea viven apiñadas 1.247 personas, sin agua y sin luz, que cargan la supervivencia como marca de nacimiento.




Texto y fotos: Lucy Lorena Libreros


Aquí, en Santa Cruz del Islote, hay un colegio, un puesto de salud, un kiosko que hoy puede funcionar como una gallera y mañana como una iglesia evangélica. Hay un celular que recibe llamadas para todos los habitantes de la isla, tres tiendas, una planta eléctrica que opera a media marcha y una cancha de fútbol, pequeñísima sí, pero la hay: seis metros por cuatro; los chicos, pues, ya están acostumbrados a que los tiros de esquina se cobran más con precaución que con técnica.

Hay una calle del ancho normal de una vía cualquiera: ‘La calle del adiós’, de apenas 15 metros de largo. Las demás son retazos de asfalto que juegan a encontrarse en medio de las casas. Aquí es posible hallar, de vez en cuando, a un médico y un odontólogo que vienen a dar más consejos que remedios. También 97 casas, una pegadita de la otra. Y en ellas 1.247 habitantes, todos afrodescendientes, bautizados con los mismos ocho apellidos desde hace un par de siglos. De ese total, se estima que cerca de 750 son menores de 15 años.

Lo único que no hay aquí, en Santa Cruz del Islote, lo único que usted con toda seguridad no va a encontrar en esta isla con pinta de barrio pobre extraviada en el Caribe colombiano, es espacio. Fernando Salinas, un cartagenero que visita el lugar con frecuencia por asuntos de pesca, lo dice con más gracia y menos números: “En Santa Cruz del Islote duermen tan juntos que sueñan lo mismo”.

Es que la casi una hectárea sobre la que se extiende la isla —ubicada en lancha rápida a una hora y cuarenta minutos de Cartagena y a 30 de Tolú— no tiene un solo metro sin construir. Ya amenaza con romper sus costuras. Mil habitantes en apenas una hectárea.

Quizá por eso, y con justa razón, fue bautizada como la isla más densamente poblada del mundo, después de Java. No es exageración: el dato que salta de la calculadora es que por cada 10 metros cuadrados, viven 1,25 personas. El promedio nacional, según el Dane, es de 41 habitantes por cada mil metros cuadrados.

Que lo diga con un ejemplo simple Mamá Elena, dueña del único restaurante. Ella, a sus casi 80 años, vio cómo tuvieron que llevarse del lugar donde nació una vieja mesa de billar. Había una razón de peso que parece sacada de la prodigiosa fantasía de un libro de ficción: ocupaba mucho espacio.

Hoy es jueves de lluvia. Y eso tiene contentos a los habitantes del Islote, como ellos lo llaman a secas. Es que llevaban seis meses de sed; seis meses sintiendo el azote de la canícula del Caribe. Que llueva hoy quiere decir que podrán recoger agua dulce en gran cantidad en varios tanques dispuestos sobre los techos de las casas. Que podrán bañarse más de seguido y hacer más aseo dentro de sus viviendas, ya de por sí maltratadas por la falta de alcantarillado.

La mayoría de esas casas no supera los 40 metros cuadrados, pero en ellas habita un promedio de diez personas. Usted ve eso y se pregunta al instante cómo logran el milagro de hacer rendir dos camas para tanta gente; es que tres ya son muchas. Pero lo hacen.

Usted advierte esa estrechez y enseguida entiende que la lluvia es, en últimas, una noticia feliz: hace olvidar a los ‘isloteños’ de que deberán llenarse de paciencia, como ocurre tantas veces en el año, a la espera del barco de la Armada que les lleva agua potable desde Cartagena; no es mucha —coinciden—. Pero no hay de otra: La Heroica es la ciudad de la que dependen, de la que son, indican los mapas, un corregimiento. Ellos, los del Islote, son cartageneros.

La lluvia les alivia lo del agua. Pero para la energía eléctrica, “la más cara de todo el país”, como se queja Juvenal Julio Berrío, un isleño, no hay más remedio que esperar a que sean las 7 de la noche para enchufar el televisor y la nevera. La dicha dura poco, muy poco: solo hasta la media noche. “Si a esta hora —3:00 p.m.— usted escucha un equipo a todo volumen en alguna casa es porque el dueño tiene planta propia”, enfatiza Juvenal. Porque la planta de todos los demás, donada por el gobierno de Andrés Pastrana, se alimenta de Acpm con los $5.000 diarios que recoge la Junta Cívica, casa por casa. Justo ahora, en esta tarde de jueves, lo hace: los que tienen más de tres electrodomésticos cancelan $8.000. Y si la vecina no tiene con qué pagar “porque la pesca ha estado floja”, hay un fondo común para paliar las desgracias.

Ya todos se acostumbraron a tropezar con esa realidad. Pero uno la escucha —la lluvia como salvación, un centenar de casas apiñadas y gente practicando la pobreza como un método— y termina por comprender a qué se refería el escritor argentino Martín Caparrós cuando decía que Santa Cruz del Islote “es la isla del Caribe que menos se parece a una isla del Caribe”.



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Antes de pisar tierra firme, lo que usted ve a lo lejos es una isla que cabe en la mirada. Seguro, le parecerá un bote viejo en el mar, huérfano de un gran naufragio.

Santa Cruz del Islote es una de las diez islas que conforman el Archipiélago de San Bernardo, frente al Golfo de Morrosquillo. El que lo explica es Ricardo Aguirre, guía turístico del Hotel Punta Faro, ubicado a solo cinco minutos del Islote, en otro de los terrenos del archipiélago: Isla Múcura.

Después de la pesca artesanal, que se aprende desde la niñez, ese hotel es la mayor fuente de empleo de los ‘isloteños’: “65 personas del Islote trabajan como meseros, mucamas y ayudantes de cocina. Los recogemos a diario, a las 6 de la mañana, y acá no solo laboran, sino que comen y se bañan; y a sus casas están de vuelta antes de las 8 de la noche”, cuenta Patrice Renaud, gerente de ese hotel cinco estrellas.

Pero volvamos a Ricardo, que en este momento, cerca del medio día, a bordo de una lancha, hace lo que todo guía de turismo: disparar datos sin tregua frente a viajeros curiosos. El Islote, según una leyenda que él repite como credo, fue fundado hace casi dos siglos por un grupo de pescadores que no solo encontraron buena cosecha en sus aguas aledañas sino un terreno ajeno, por alguna extraña razón, a ese pequeño mosquito que puede llegar a convertirse en verdadera pesadilla y que habita a sus anchas en las islas del Caribe: el jején.

Y cuenta más: que en esa isla la gente se muere de vieja porque a Santa Cruz el desarrollo no es lo único que se demora en llegar. También la muerte. Lo que más enferma a los habitantes son enfermedades de la piel, dice. “Debe ser porque se come harto ‘pescao’ y camarón con patacón y yuca sancochada; si mucho, hay uno o dos muertos al año, que se entierran en ‘Renacer de paz’, cementerio de Tintipán, una isla vecina”.

El más reciente fue Tío Pepe, que se fue del mundo de los vivos a los 97 años, en 2012. Con 32 hijos y un centenar de nietos, lo llamaban cacique. Era una suerte de abuelo tribal que desde su taburete de cuero repetía, una y otra vez, la historia de la isla.

Quizás Tío Pepe contaba sin querer, como ahora lo hace Ricardo, cómo Santa Cruz del Islote acabó convertida en un barrio pobre con vecinos ricos. En el recorrido para llegar a la pequeña isla, se ve una cabaña que un cantante paisa alzó sobre el mar esmeralda alterando el valioso ecosistema de coral que habita bajo estas aguas.

Para crear una especie de tierra firme donde fundar su isla de la fantasía, el artista tuvo que echar mano de escombros, caracoles, espolones y cemento. Pero cómo se ve de bonita. Parece flotar milagrosamente en el mar. Contiguas hay otras cabañas, de otros ricos que hicieron lo propio, y que las bautizaron con títulos de ensueño: ‘La isla del amor’, ‘Las gaviotas’, ‘La española’.

Ricardo narra que a sus dueños solo se les ve tres o cuatro veces al año. Llegan en sus yates, pernoctan una semana o poco más, comen langosta (que abunda en la zona) y se van. Vacacionan ignorando que a sus espaldas más de un millar de colombianos se las arreglan como pueden, todos los días, para olvidar que llevan la supervivencia como una marca de nacimiento.

Ignoran por ejemplo que Adrián de Jesús Caraballo, un chico de 14 años, ha tenido que repetir cinco veces grado séptimo pues es el último año de enseñanza que se imparte en el único colegio de la isla con una única profesora. “Y yo prefiero que el ‘pelao’ repita, en vez de quedarse sin hacer ná’. Cuando tenga plata lo mando a que se gradúe en Cartagena”, grita Julia Arrieta, su mamá.




Mientras tanto, Jesús hace lo que los demás muchachos en Santa Cruz del Islote. Aprender a manejar el cayuco, una pequeña canoa que se utiliza para pescar, especialmente langosta. Es la única forma de distraer las horas muertas después del colegio. A veces también baila champeta. Le gusta hacerlo con Yojaira, su amiguita de 12 años. Pelvis con pelvis, movimiento cadencioso, los dos abrazados. A veces, cuenta la seño Julia, se van juntos a pasear al mar. Debe ser porque en esas aguas sobra lo que acá no hay: sueños... y espacio.

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