miércoles, 21 de octubre de 2009

"Hago cine para sacudir la memoria"


Claudia Llosa, la directora detrás de la exitosa película ‘La teta asustada’, ganadora del Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín, contó desde Barcelona, cómo ha sido su búsqueda para tratar de reencontrar a los peruanos con su pasado de violencia y sangre. “Yo espero cualquier tipo de reacción con mis películas, menos indiferencia”, dice.


Por Lucy Lorena Libreros
Octubre 2009

La pantalla está en negro: (…) “A esta mujer que les canta, esa noche la agarraron, la violaron; no les dio pena de mi hija no nacida, no les dio vergüenza. Esa noche me agarraron, me violaron con su pene y con su mano, no les dio pena que mi hija les viera desde adentro”…

Ahora, en color, se ve en primer plano el rostro triste de una campesina que, minutos antes de morir, canta en quechua ante Fausta, su hija. Cantando le arrebata a la memoria esos momentos de súplicas ante los verdugos en esa noche de horror; así recuerda que perdió a su esposo, al viejo Josefo, de quien le hicieron tragar su pene, como si haber sido violada en embarazo no fuera ya una humillación desbordada.
Cantar fue la manera que madre e hija encontraron, en la complicidad de sus temores, para hacer menos doloroso un pasado que hace dos décadas inundó la sierra peruana con las balas que Sendero Luminoso disparaba en nombre de Abimael Guzmán, de la revolución y de la tierra.
Pero las melodías no espantan el miedo. Todos saben que Fausta, a sus 19 años, está contagiada con ‘la teta asustada’, una rara enfermedad que, según la tradición oral andina, se trasmite a través de la leche materna y deja a los bebés sin alma porque esta, del puro miedo, se esconde bajo la tierra.
Incurable, la joven camina por las calles de Machay, –uno de los barrios periféricos más populares de Lima–, con una papa atorada en la vagina. De esa forma, le enseñaron en Ayacucho, su pueblo, —el punto de partida de ese conflicto armado que inició en 1980 y dejó un millón de víctimas—, no sólo conseguiría protegerse, sino asquear a los asesinos si también pretendían hacerle correr la misma suerte.
Van sólo unos minutos de película y el espectador está sacudido. Sobre todo las mujeres que entiendemos mejor que nadie esa paradoja de tener entre las piernas una papa, tubérculo que para los peruanos es símbolo de fecundidad y tradición.
Quizá fue la misma sensación que quedó ante el público de Berlín cuyo festival, la Berlinale, uno de los más importante de Europa, le concedió a ‘La teta asustada’ el premio Fipresci y el Oso de Oro. Lo propio sucedió en el XVI Festival de Cine de Bogotá que la calificó como la mejor película del año. ¿Por qué recabar en las heridas de un pedazo de la historia que aún le duele al Perú?
La respuesta, vía telefónica, la ofrece Claudia Llosa, la mujer detrás de esta coproducción hispano-peruana que ha cosechado aplausos en los más importantes festivales de cine del mundo y que el próximo año representará al país de los incas en los premios Oscar. Radicada desde hace ocho años en Barcelona, la directora limeña asegura que el suyo no es un cine político, “es más bien emocional”.
Fue lo mismo que plasmó con ‘Madeinusa’, su ópera prima, también afincada en lo más hondo de las tradiciones de los Andes, ya que cuenta la historia de un pueblo cuyos habitantes creen que cada Viernes Santo a las tres de la tarde, hora en que Cristo es crucificado, pueden entregarse al pecado porque Dios ha muerto y nadie podrá juzgarlos.
Abrazada por los comentarios generosos que ha recibido tras su nueva película y a punto de dar a luz a Simón, esta mujer de 33 años, –sobrina del escritor Mario Vargas Llosa–, asegura desde su residencia en España que ‘La teta asustada’ no está hecha para denunciar el pasado violento del Perú, “eso ya lo hicieron otros. Se trata de un filme de reconciliación, de perdón”.

¿Cómo llega a sus manos la historia de ‘La teta asustada’?
Ya había escuchado hablar de esa enfermedad, pero no tenía muchos referentes hasta que leí ‘Entre prójimos’, libro de Kimberly Theidon, antropóloga estadounidense que recopiló los testimonios de varias mujeres que habían sido víctimas del terrorismo en la sierra peruana. Según el libro, la enfermedad se trasmite de una generación a otra y su curación debe hacerse con rituales chamánicos. Esos relatos fueron lo suficientemente gráficos para intuir que había una historia que merecía ser contada. Al final del rodaje de ‘Madeinusa’, sabía que mi próxima película iba a girar en torno a la teta asustada’.

A usted se le nota en sus películas un interés especial por las tradiciones peruanas, ¿de dónde viene esa fijación?
Eso es algo que a la gente le sorprende, pero a mí no. Siendo muy joven y, después, mientras estudiaba ciencias de la comunicación, tuve la oportunidad de viajar mucho por mi país, de conocer sus realidades, su gente. Y en esos viajes descubrí que si bien Perú es un país multicultural, multiétnico, también está fraccionado pues no ha terminado de cerrar muchas heridas. Es un país que por momentos le da la espalda a los Andes; creo que parte de la complejidad del Perú es que existe un distanciamiento entre la capital y el mundo andino y es difícil la convivencia entre esos universos. Se olvida que en los Andes se cocina el sincretismo de nuestra cultura latinoamericana, de la tradición oral.

¿Cree que los peruanos se han centrado más en los verdugos de esa guerra que en sus víctimas?
De cierta forma, sí. Y la película no sólo refleja el punto de vista de las víctimas, sino la manera en que los limeños miran con distancia la realidad de esos barrios de periferia en donde el sincretismo del mundo andino convive con la modernidad. Es un mundo que siempre se ha filmado con miedo, de forma edulcorada. En ‘La teta asustada’ tuve claro que no se trataba de tomar partido por ninguno de los actores del conflicto, sino por sus víctimas. Se sabe que tanto militares como guerrilleros causaron daño, pero ¿y las víctimas? ¿Quién las consoló? ¿Quién les dio un abrazo? Lima le huía a la posibilidad de reencontrarse con el dolor de esa época, por eso el proceso de Fausta se puede extrapolar al que vive hoy el Perú, se pasó de una época difícil en la que prosperó el miedo, la sangre y la ignorancia a un momento en el que todavía muchos cruzan los dedos deseando haber aprendido la lección, pero lo hacen ignorando las heridas, no sanándolas.

¿Y cree que los peruanos ya aprendieron esa lección?
No, definitivamente, no. Mi invitación es a que nos miremos, cara a cara, y tratemos de recuperar nuestra autoestima como país, como latinoamericanos. Y esa invitación se extiende a Colombia que, pese a ese pasado de violencia que la acosa, aún no se ha mirado en el espejo para exorcizar las heridas de la guerra.

Por eso habla de cine como medio de reconciliación...
Sí, porque historias como las de Fausta, una mujer perturbada aún con un hecho que sucedió hace cerca de 20 años, nos muestra lo fácil que es para los verdugos hacer la guerra, pero lo complicado que es reparar a las víctimas. La imagen de una joven introduciéndose una papa en la vagina habla de los límites a los que puede llegar un ser humano para sobrevivir y mantener su dignidad. Bueno, no faltan los incrédulos, los que se niegan a creer que en esas realidades. Durante los dos años en que estuve investigando sobre la enfermedad de Fausta, varios psicoanalistas creyeron posible la trasmisión del miedo a través de la leche materna, pero muchos más lo negaron de tajo. Yo sí lo creo.

De todos modos, muchos críticos dicen que sus películas hay que mirarlas desde la orilla de lo político y otros más que tiene una posición feminista…
No lo creo, finalmente en mis películas hago ficción. Lo que pasa es que una vez el filme sale de tus manos deja de ser tuya, toma vida propia. No creo que defienda un cine político porque hablo de la guerra, pues es un tema universal, presente en la memoria colectiva de muchos países. Tampoco creo que se haya quedado en una mirada de lo femenino. Que una mujer sufra por la violencia, pone a hombres y mujeres a reflexionar por igual. No busco que ellas me aprueben y ellos me cuestionen. Simplemente hago cine para sacudir la memoria.

Sí, lo suyo es ficción, pero recreada en una época puntual de la historia política del Perú...
La gente puede pensar eso, quizá porque varios miembros de mi familia no han sido ajenos al análisis político. Ahora, no creo que esté mal hurgar en la memoria, preguntarnos, bueno, ¿qué nos dejaron estos guerrilleros de Sendero Luminoso? ¿Y yo qué hice por las víctimas? A la vez hay que caminar hacia el futuro, es una dualidad que muestro en mi película: muestro una realidad dura, pero también la capacidad que tiene la sociedad peruana de celebrar la vida.

Usted habla de rescatar la tradición oral, ¿siente como realizadora que estar lejos de su país la tenía en deuda con el Perú?
Más bien que la nostalgia y la necesidad de sentirme cerca de Perú me obligaron a hacer mi propia reinterpretación de la realidad. Siempre nos hemos concentrado en el pasado que está escrito, no en el que se habla en las montañas. Mi interés como directora es volcar la mirada hacia la tradición, hacia la idiosincrasia, no solamente de lo andino, sino de esas culturas que hacen una mirada diferente del mundo que les rodea. Los diálogos en quechua de la película son una manera de decir, “¡hey! es que así hablan muchos de los que van caminando al lado tuyo”.

Existe un denominador común en sus dos películas: recurrir a actores poco conocidos, casi naturales…
¿Qué le aporta esa elección a su propuesta?Hay películas que necesitan que se logre una conexión especial entre el público y el filme. Cuando abordas temáticas tan complejas, lo que menos esperas es que la atención se centre en una figura, en si fulana —tan reconocida ella, tan experimentada— se hizo el papel de su vida. Una cara famosa, en ciertas películas, hace que el transfondo de se desvíe. En ‘La teta asustada’ necesitaba que el espectador asumiera a los personajes como si fueran ellos mismos, que creyera que el jardinero era así de tímido y la mamá de Fausta así de atribulada.

Está claro que a Fausta la asusta ser portadora de una rara enfermedad ¿y a Claudia Llosa?
Que mis películas generen indiferencia.

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