miércoles, 21 de julio de 2010

Tras los pasos de Mengele


El periodista argentino Jorge Camarasa reconstruye el exilio en Suramérica de Joseph Mengele, médico nazi recordado por sus macabros experimentos genéticos en Auschwitz. Letras de horror.

Por Lucy Lorena Libreros


Cuando hacía sus rondas por Auschwitz, el campo de concentración más doloroso de la historia nazi, en el que murieron más de un millón de judíos, el médico Joseph Mengele se presentaba exquisitamente perfumado, con su uniforme impecable y sus botas de cuero lustradas con esmero. Caminaba como sintiéndose dueño del mundo.

Con esa misma estampa se paraba sonriente, durante horas, frente a los trenes que llegaban a diario al lugar para decidir el destino de los miles de prisioneros, casi todos judíos, que viajaban en esos vagones temerarios: los que resultaban útiles quedaban al servicio de sus experimentos genéticos; los más jóvenes se dedicarían a trabajos forzados. Los que no servían, sólo conocían el camino que conducía a las cámaras de gas.

Quienes tuvieron la suerte de sobrevivir a sus hazañas de horror lo evocaron así en los tribunales del holocausto. Pulcro. Refinado. Galán. Incluso después de largos años, cuando la guerra era un recuerdo triste en la lontananza de la memoria, seguían preguntándose cómo un hombre se ataviaba con sus mejores galas sólo para echar mano de los artilugios de la muerte.

Esta historia de sangre comenzó en 1943 cuando, después de enrolarse en la SS del ejército alemán, Mengele fue nombrado médico jefe de Auschwitz.

Desde entonces, comenzaron a llamarlo ‘El ángel de la muerte’. Tal vez así, con su apariencia engañosa de querubín recién bajado de los cielos, seleccionaba gemelos para sus exploraciones de propósito perverso: hallar la fórmula genética que permitiera a las alemanas parir más hijos arios para alimentar los ánimos expansionistas del Tercer Reich. Bien se sabía que aquellos que eran llamados a la enfermería nunca regresaban.

Unos 1500 pares de gemelos fueron usados por él durante los 22 meses que vivió en Auschwitz. Se cree que sólo cerca de 200 estaban vivos cuando el campo fue liberado por los soviéticos en 1945.

El médico del horror no estuvo allí cuando llegó el Ejército Rojo. Nunca fue juzgado por sus crímenes, la buena estrella le alcanzó para presentir que el fin estaba cerca y aseguró la huida antes de que los rusos arribaran a Polonia.

¿Qué sucedió después con Joseph Mengele? ¿Siguió en algún rincón del mundo con sus experimentos macabros? ¿Por qué la justicia se olvidó de sus crímenes?

En su casa de Buenos Aires, el periodista argentino Jorge Camarasa se formuló esas mismas preguntas hace más de un lustro. Años enteros dedicados a desentrañar la migración nazi-fascista ya le había dado pistas contundentes para intuir que la historia de Mengele era un asunto inacabado y más cercano de lo que alcanzara a imaginar: después de la II Guerra Mundial, el médico alemán había encontrado refugio en este continente.

Guiado por su entrenado olfato de sabueso, Camarasa empezó a reconstruir, con ánimos cinematográficos, el exilio de ‘Beppo’ —como llamaban a Mengele sus amigos— en estas tierras. Y después de largo tiempo de apostillar documentos oficiales, entrevistar a toda suerte de testigos y leer voluminosa bibliografía, vio la luz ‘Mengele: el ángel de la muerte en Sudamérica’ (Norma), el libro que condensa sus reveladores hallazgos. Camarasa habló de estas letras de horror.

¿Por qué sintió que con Mengele había una historia para contar?
Quizás porque su trasegar por Europa durante la guerra estaba suficientemente documentado, ligado a Auschwitz y a la experiencia dolorosa que eso representó. Sin embargo, una vez acabada la guerra fue como si su vida entrara en un largo paréntesis, como si hubiera desaparecido, a pesar de que su nombre era mencionado con insistencia en los juicios que se llevaban a cabo en Alemania.

Lo que sorprende de su relato es que a pesar de ese pasado de sangre, Mengele vivió en Suramérica como el más desprevenido de los ciudadanos...
Eso, de hecho, fue lo que más me sorprendió una vez iba atando cabos sobre su exilio. Si bien en un comienzo fue consciente de que sería requerido por la justicia, después se dio el lujo de recuperar su identidad y llevar una vida activa en Argentina, Paraguay y Brasil. Una vida en la que se dejaba fotografiar, en la que tenía contactos, pareja, amigos, socios, y hasta participación en empresas como Laboratorios Framb.

La punta de lanza de su investigación fue su propio país, Argentina, un puerto seguro al que llegó Mengele. ¿Cómo explicar la tolerancia del gobierno argentino con personajes como él?
Creo que es uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia política. Buenos Aires (a donde él llegó en 1949) se convirtió en la puerta de entrada a un país donde prófugos como Mengele podían pasar inadvertidos, mientras un sector poderoso de la colonia alemana los esperaba con los brazos abiertos. La ciudad era refugio seguro para alemanes que necesitaban escapar de los juicios de los Aliados. Incluso, el mismo Perón le confesó a Tomás Eloy Martínez en una entrevista que se había reunido con Mengele en tres oportunidades en su despacho. Argentina, sin escrúpulo alguno, construyó una fraternidad organizada para asistir a criminales.

En Paraguay gozó también de protección similar...
Claro, en esa época gobernaba Alfredo Stroessner y la cultura germana respaldaba a la dictadura. En Colonias Unidas, pueblo donde vivió, el idioma oficial era el alemán y las fechas que se celebraban en la calle y colegios eran las mismas que en Francfort.

¿De tantos detalles escalofriantes que encontró en su investigación, cuál lo impresionó más?
Que Mengele siguiera adelante con su experimentación con gemelos en Suramérica. Una muestra es Cândido Godói, un poblado de Brasil donde vivió 20 años después de terminada la guerra. Si bien no existen evidencias determinantes, varios médicos creen que Mengele hizo algún tipo de manipulación genética allí. Él no cesó en su obsesión de encontrar la manera de que las mujeres parieran gemelos. Hoy, los embarazos dobles son un distintivo de ese pueblo y desde hace más de 40 años nacen masivamente, los padres tienen hijos y nietos gemelos. Estos nacimientos hicieron estallar las estadísticas: cuando la tasa mundial de natalidad de gemelos es de un parto cada veinte (el cinco por ciento), en este pueblo es de un parto cada cinco (el veinte por ciento).

Precisamente, usted lo califica como demiurgo, que en la filosofía de los alejandrinos y platónicos significa dios creador...
Él se consideraba una especie de amo de vidas y muertes. En Auschwitz investigó con prisioneros vivos y, lejos de cualquier límite ético, sus experimentos incluían la inyección de pintura en los ojos de un gemelo para comprobar si cambiaban de color o amputar a un gemelo en presencia de otro para ver si éste manifestaba dolor. Se sabe que los prisioneros con deformidades terminaban, por orden suya, con sus tejidos musculares incinerados y sus esqueletos enviados al Museo de Antropología de Berlín, según él, como prueba concluyente de la inferioridad de las razas no arias. Su obsesión era reproducir la raza perfecta.

Cuesta trabajo entender que no alcanzaron los esfuerzos de la Oficina de Crímenes de Guerra de EE.UU., el Mossad y las autoridades alemanas para hacer justicia en el caso Mengele.
Eso en parte se debe a que su pasado en Europa vino a saberse mucho después de su llegada a América, a pesar de que el comité internacional de sobrevivientes de campos de concentración lo acusara formalmente del delito de genocidio. Él arribó a Argentina en el 49, pero el eco de sus crímenes sólo llegó en los años 60. Muchos en Argentina y Paraguay, entre ellos militares y empresarios, conocían de sus crímenes, pero lo encubrieron como lo hicieron con otros nazis en las mismas circunstancias. Pero, para el grueso de la opinión pública era un alemán más.

¿Qué fue lo más difícil al reconstruir la historia de un personaje tantos años después de haber vivido aquí?
Lo más complicado es que las principales fuentes eran campesinos en su mayoría, personas que no suelen ser muy explícitas. 60 años después de que ‘El ángel de la muerte’ llegara a América Latina el fantasma de su presencia sigue saltando de un lugar a otro. Y como entonces, parece vaga y difusa la información sobre los oficios que desempeñó durante las tres décadas que vivió en estas tierras: tratamientos de dentista, médico rural, veterinario que hacía inseminaciones artificiales. Aún hoy su historia sigue siendo resbaladiza.

A pesar de todo, se ganó su lugar en la historia...
Yo lo expreso en el libro: si el horror tuviera un rostro sería como el de un campo de concentración, si tuviera un domicilio fijo viviría en Auschwitz. Si tuviera un protagonista sería, sin duda, Mengele.


Jorge Camarasa
Perfil:
Nacido en Buenos Aires, en 1953, Jorge Camarasa es licenciado en ciencias de la información de la Universidad Nacional de La Plata y ha trabajado en periódicos de su país como La Razón, El Clarín y La Nación.
Es autor de la crónica ‘El juicio’ (1985) que cuenta la historia del juzgamiento a los jefes de la última dictadura militar de Argentina. En 1998 escribió ‘La enviada’, sobre el mítico viaje de Eva Perón a Europa. Luego, en 2002, llegó ‘Días de furia’ que reconstruye la caída de Fernando de la Rúa. Además, es autor varios libros sobre la migración nazi-fascista a América Latina: ‘Los nazis en la Argentina’, ‘Odessa al sur’ y ‘Puerto seguro’, que lo han convertido en un referente internacional sobre este tema.

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