miércoles, 3 de noviembre de 2010

Los pasos de vida de don Arcesio


Los visitantes de La Matraca, el templo del tango en Cali, saben quién es don Arcesio Valencia. Para quienes no lo conocen, aquí está: este 14 noviembre llegará a los 100 años con su memoria sin fisuras y su altivez increíble en la pista de baile. Crónica.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Áymer Álvarez

Nadie que a esta hora soleada —las cinco de la tarde— lo vea caminar por los senderos adoquinados del parque del barrio Obrero podría creer que quien viene allí, solo, moviendo con altivez su figura grácil, sin bastón y saludando a todos por su nombre, sea el mismo abuelo raizal en cuya cédula reposa una seña que más parece la data de una guerra antigua que una fecha de nacimiento: 14 de noviembre de 1910.

Pero es él. No hay duda. Es don Arcesio Valencia Perea a quien, sin dificultades ni auxilios, vi salir hace pocos minutos de su casa —esa con fachada de ladrillo limpio demarcada con la placa 10-31 sobre la Calle 23— para que su figura centenaria se abriera paso por entre decenas de chiquillos que corretean de un lado a otro disfrazados. Es 31 de octubre y, como cada domingo, va camino a La Matraca vestido con su infaltable traje de paño y, no faltaba más, con un sombrero de fieltro café.

El ritual cuando llega al lugar es siempre el mismo. Una vez la autoridad de su presencia cruza la puerta de este ‘rincón gardeliano’, donde puede verse a un médico atildado evocando el aire burlón y compadrito junto a un vendedor de lotería, advierto que el otrora suboficial de la Fuerza Aérea recorre el piso de mosaico de la vieja casona y, de mesa en mesa, saluda de mano a todos los varones.

Con las mujeres es distinto: a menos que sea la primera vez que visitan La Matraca, las clientes saben que Arcesio espera la deferencia de una sonrisa y un beso sonoro. Algunas, incluso, lo premian con palabras coquetas: “¡Cómo estás de hermoso!”, escucho hoy que le grita una de ellas.

Mientras la escena transcurre, la mesa que siempre ocupa sigue imperturbable. Es la segunda, de la puerta hacia dentro. Y así debe permanecer hasta que el hombre, tras el festín de saludos, se sienta en ella en compañía de un amigo o de una de las tres ‘novias’ con las que a su edad busca endulzar la soledad.

Sólo entonces un mesero destapa ante sus ojos un litro de whisky Johnny Walker —su pedido de siempre— para que él, dichoso, espere a que suenen los compases de antaño que hace saltar la aguja de un tocadiscos de 78 revoluciones.

El aparato logra el milagro de que Libertad Lamarque astille corazones con su ‘Barcarola’; de que Lucho Bermúdez invite a saltar a la pista con su ‘Salsipuedes’ o que ‘La gata golosa’, uno de los pasillos más memorables de nuestra música, les enseñe a los jóvenes que visitan el lugar que sus abuelos se defendían en los bailes armados sólo de pañuelos y alpargatas.

El aparato alimenta, además, los ánimos musicales de don Arcesio. El abuelo que, parado sobre la esbeltez de vida que le dan sus 100 años ajenos de achaques, da clases magistrales sobre lo que es una milonga o un fox. Un pasillo o un vals. Sobre la efectividad de un bolero apretado en el pecho cuando se trata de doblegar a un corazón esquivo o de un tango cuando la tarea es olvidar un amor que pagó mal.

Hoy, sin embargo, es un domingo extraño. Arcesio llegó solo a La Matraca. Jaime Parra, un caleño que heredó “a la brava” el negocio de su hermano Clímaco —que la fundó como un granero y no como un club de baile hace 47 años en esa misma esquina de la Carrera 11 con Calle 22— cree que debe ser porque el día lo sorprendió de pelea con sus mujeres o porque al viejo no le ha quedado más remedio que rendirse a la intransigencia de la Señora Muerte que insiste, desde hace años, en arrebatarle a sus mejores amigos.

“Hasta hace poco —recuerda Jaime— se le veía con Tulio Rico, que salía desde el barrio San Nicolás para aterrizar en casa de su amigo a tomarse unos traguitos al compás de boleros y tangos. Así calentaban motores antes de llegar a La Matraca, a bordo de un jeep Willys descolorido. La pasaban juntos hasta caer la noche. Conversando, hablando de la vida, de los hijos, de las mujeres”.

Pero don Tulio, hace apenas un mes, se llevó a la tumba medio siglo de camaradería. Hoy, de esa cuadrilla de música y tertulias, que en los buenos tiempos llegó a contar hasta con seis ilustres gocetas, sólo sobrevive Víctor Cuero, un negro de pecho nevado de 86 años que heredó esta amistad de un hermano suyo, también pensionado de la Fuerza Aérea, y tan hincha del América como Arcesio, pero cuyo corazón no soportó un gol fácil que ‘la mechita’ se dejó anotar en una final imperdible.

Es que ahí donde uno lo ve, reflexiona Jaime, “este viejito ha enterrado a casi dos generaciones de caleños”. Ha llorado a su mujer, a sus hermanos, a sus amigos; incluso a bailarinas de ocasión que ha conocido en La Matraca. “Aún así, aquí aparece cada domingo, como si nada, ni siquiera dejó de venir cuando enviudó. Como si esos muertos fueran de otros y no de él”, piensa Jaime en voz alta. Mas bien, como burlándose del destino, se apresura a concluir uno.

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Oswaldo Valencia, uno de los hijos de Arcesio, aún hoy, medio siglo después de haberlo visto pensionarse de la Fuerza Aérea, con casi una veintena de hijos a cuestas y una lista robusta de nietos, bisnietos y tataranietos, le sorprende que su padre encuentre bríos para madrugar a esculcar los males de su viejo Chrysler modelo 48, el “único que existe en Cali”.

La confesión la hace una mañana de viernes mientras visito a don Arcesio en su casa. “Mucha gente nos pregunta —dice Oswaldo, haciendo una pausa en su faena de mecánico— cuál ha sido el secreto para que mi padre esté viviendo tanto tiempo. Creería que es porque, por más que los médicos se lo recomienden y nosotros lo regañemos, él nunca se queda quieto, ni postrado en una cama. Tiene que estar martillando, arreglando una escalera, reparando algún aparato viejo que encuentre por ahí o dándonos un consejo sobre qué hacer con un motor enfermo”.

Fiel a la máxima de que al que madruga Dios le ayuda, Arcesio todos los días salta de la cama a las 5:30 de la madrugada, se baña y alista la ropa que él mismo, hasta hace poco, lavaba y planchaba. Hoy, Beatriz, una de sus ‘novias’, acoge esas tareas domésticas.

Y como todos los días, también, sale a la panadería de la esquina a que doña María le sirva su tintico de las mañanas. Y como todos los días, no falta el vecino que va en su auxilio preocupado por la ‘salud’ del Obrero, barrio que Arcesio ayudó a fundar cuando esa misma casa en la que lo veo ahora era una “ramada de techo de zinc, paredes de bahareque y piso de ladrillo y tocaba vivir entre la maleza y el ganado de las haciendas vecinas”.

Arcesio vive suspendido en los recuerdos. Varios de ellos, convertidos en fotografías, penden hoy de la pared de un estrechísimo cuarto que hace las veces de sala, en la que el polvo de los años y los escasos pertrechos del viejo —una cama, una grabadora y una cómoda— se disputan el espacio.

En esa pared se distingue la imagen sepia de un joven de ojos negros y bigote disperso, ataviado con uniforme de oficial de aviación. Es un recuerdo solemne de los años en que el abuelo se ganaba la vida como mecánico de esos pájaros de acero que a él, por entonces, se le antojaban como “aviones de papel”, tan débiles y rudimentarios que daban la impresión de no ser capaces de encumbrar las nubes.

Siempre quiso ser mecánico. De niño se asomaba a la Plaza de Caycedo a ayudar en la reparación de cualquier Ford ‘tres patadas’, el primer carro que él vio llegar a Cali. Años después, deslumbrado por el sonido de los motores que rugían en los cielos caleños, se le volaba a Marcelina, su mamá, para irse hasta el Guavito (hoy escuela Marco Fidel Suárez) a asistir la armada de esos aviones que llegaban en cajas. “Comencé como ayudante, pasando una que otra herramientica, hasta que un capitán me dio chance de trabajar allí”.

El chance le alcanzó hasta 1952, cuando se jubiló de la institución, sin más medallas que los buenos amigos que cultivó, pero con un álbum personal de recuerdos que dan para todo: en ellos vive, por ejemplo, el Arcesio que, con la misión de reparar un avión, aterrizó en Bogotá días antes de la borrasca del 9 de abril del 48, por lo que terminó recogiendo muertos en las calles de la capital y rescatando de los almacenes la poca mercancía que la turba había dejado virgen.

En la pared de esa sala, donde esta mañana Arcesio hace que titilen los recuerdos de su memoria, también quedó sublimada Anaís Londoño, la vecina de la que se enamoró perdidamente siendo un novel mecánico de 16 años, y a quien no tuvo más remedio que pedirle matrimonio, temiendo que otro le arrebatara para siempre a la dueña de esos ojos de aceituna.

Anaís, más que una esposa, fue durante 60 años el ángel tutelar de Arcesio y tuvo que acostumbrarse a la idea de que ese hombre nunca sería suyo por completo. “Pobrecita, la hice sufrir mucho. Pero es que nunca entendió que yo no buscaba a las novias que tuve, eran ellas las que me buscaban a mí”.

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Hoy, la picardía que se le fue del cuerpo sigue intacta en sus ojos. Eso se nota a leguas esta tarde de domingo cuando Leyda Santa, encargada de programar la música de La Matraca, hace prender las luces del recinto para saludar, micrófono en mano, a Arcesio y recordarles a los presentes que el caleño este 14 de noviembre llegará, quién lo creyera, a los 100 años.

Enfundado en esos minutos de celebridad, se despoja de su silla y levanta el sombrero. El público le aplaude. Desde una esquina, Betty Ruiz, una curtida bailarina de la vida, se acerca a él, le extiende el brazo y lo lleva hasta la pista que ahora es sólo de los dos.

Suena para deleite de Arcesio el pasillo ‘Alfonso López’, una de sus canciones más queridas pues la bailó varias veces con Anaís el día en que se casaron y él tuvo el arrebato de llevársela consigo en un bus hasta la fiesta de unos amigos que vivían en Pradera.

Lo que siguió después no sólo fueron tres minutos de baile, sino un instante conmovedor de ojos aguados, ‘flashes’ de cámaras que no paraban de rebotar en el vacío y manos que aplaudían.

El hombre agradeció el gesto y volvió a su mesa. “Y eso que ya el cuerpo no me da para bailar tango o pasodoble —dice dirigiendo sus palabras hacia mí— porque sino seguiría en la pista todavía. Usted viera, hasta hace unos añitos, las sardinas que venían aquí se peleaban por bailar conmigo”.

Yo le creo. Es la misma versión que he recogido desque estoy siguiéndole la pista a este viejo feliz. Le lanzoo entonces las preguntas obvias, ¿dónde está el secreto de su altivez? ¿cómo logra ver el cielo de su vida despejado donde otros ancianos como él sólo encuentran nubes dispuestas a la tormenta? “Creo que ha sido el buen comer, el trago y, por supuesto, las mujeres”.

Lo dice cuando ya es de noche. Las siluetas de las parejas bailan a media luz mientras Arcesio va por la mitad de su whisky. La noche para él —confiesa— terminará sólo cuando la botella esté en ceros.

Yo, al verlo ahí, tan vital —obviando ese cosquilleo incómodo que le recorre desde hace varios días las piernas y lo obligó a visitar al médico esta semana— no pude evitar naufragar en mis propios recuerdos. Evoqué a mi padre que a sus 80 años se fue de este mundo sin ver cumplido su deseo de conquistar las cumbres de la vejez sin depender de nadie y con la memoria lúcida.

Don Arcesio, pienso, ha vivido lo suficiente para demostrar lo que en vida tantas veces mi padre replicó: “Que las arrugas dominen la piel del cuerpo, nunca espíritu y el corazón”.

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