viernes, 4 de febrero de 2011

“Esta sigue siendo una Colombia amarga”


No. Germán Castro Caycedo no es un hombre pesimista, aunque tendría razones para serlo, lleva más de treinta años narrando las tragedias que han acosado a este país. A sus 70 años, ¿qué le faltaba por contar? Una historia que siempre ha estado allí, pero que sólo él vio: la de los oficiales de inteligencia de la Policía. Entrevista.

Por Lucy Lorena Libreros



En 1976 un joven periodista nacido en Zipaquirá se propuso narrarle al mundo los horrores de la violencia en Colombia. El asunto tomó su tiempo. Allí no más, en Caicedonia, “un pueblo encajonado entre las cordilleras al norte del Valle del Cauca”, le contaron que las balas parecían crecer más rápido que las matas de café. En La Celia, caserío de Risaralda, que godos y ‘cachiporros’ aún saldaban sus deudas con fusil. En San José del Guaviare, que casi cada familia, por culpa de la guerra, tenía enterrado en su propia parcela a un hijo, un padre o un hermano.

El asunto terminó llamándose ‘Colombia amarga’. Treinta crónicas en total. Y si no fuera porque el libro registra el año de publicación, hasta su autor, Germán Castro Caycedo, creería que aquellos relatos ocurrieron hace apenas unos años, y no hace cuatro décadas.

Da la sensación de que así ha sido siempre. En ‘Con las manos en alto’, publicado en 2001, Germán vuelve a la carga con más relatos de esa Colombia dolorosa. De nuevo hablan las víctimas. Esas a las que secuestran, esas a las que amenazan. Esas, como se lo confesara una mujer de Carmen de Bolívar, que viven a la espera de “un mañana en el cual hasta las piedras se hayan olvidado de sangrar”.

Pero la sangre ha seguido corriendo, roja y caliente, en ‘El hueco’, en ‘El Karina’, en ‘La muerte de Giacomo Turra’, en ‘Mi alma se la dejo al diablo’, en ‘Sin tregua’, en ‘Más allá de la noche’, en ‘El palacio sin máscara’. 37 años de oficio. 20 libros. 70 años de vida. Y la violencia, inamovible.

“No es un periodismo del pesimismo, lo que sucede es que todo en este país está igual o peor que cuando apareció ‘Colombia amarga’. Por eso no escucho radio, suficiente con la carga de tragedias que arrastran los periódicos y los noticieros”. La frase se le escurre con franqueza desde el otro lado del teléfono, en su apartamento de Bogotá. Detrás del auricular, Germán Castro Caycedo —sobra decirlo, uno de los periodistas más publicados y premiados del país— cree necesaria la aclaración antes de comenzar a hablar de ‘Objetivo 4’ (Planeta), su título más reciente.

El hombre que nos enseñó que eso de ir a cubrir un suceso a un lugar específico es ser un ‘Enviado especial’, responde preguntas con más sinceridad que cortesía. Lejos de la elocuencia narrativa que despliega en sus relatos, cada respuesta suya es una sumatoria de palabras medidas.

No son así las cuatro grandes historias que se tejen en el libro; relatos, abundantes en detalles, en los que Castro Caycedo se dedicó a hacerles inteligencia a los propios agentes de inteligencia.

Durante más de un año se sentó con paciencia frente a una veintena de ellos para escucharles contar cómo la ‘inteligencia criolla’ —o eso que solemos llamar con gracia ‘malicia indígena’— permitió la captura de los guerrilleros ‘Martín Sombra’ y ‘El Paisa’; y de los paramilitares ‘Don Mario’ y los hermanos Miguel Ángel y Víctor Manuel Mejía Múnera.

Los persiguió por medio país. Los grabó mañanas y tardes enteras. Y en esas jornadas escuchó de todo: un agente que se convirtió en indigente durante casi cuatro meses, sin bañarse, comiendo sobrados y durmiendo en la calle para dar con el paradero del temido ‘Martín Sombra’. Otro que logró colarse y ganarse la confianza de uno de los hombres de alias ‘el Paisa’, haciéndose pasar por cargador de bultos.

Editó. Y entonces, frente al lector, el veterano reportero colocó 400 páginas vibrantes en las que logra que sea la voz de los propios agentes oficiales, en primera persona, la que nos narre el qué, el cómo y el cuándo. Detrás del auricular se escucha un suspiro…

Germán, ‘Objetivo 4’ aparece justo cuando se escuchaban fuertes críticas suyas en torno a lo que algunos llaman ‘sicaresca’, esa suerte de ‘narcomanía’ que se ha apoderado de buena parte de nuestro cine y televisión…
Es que, desde hace veinte años, parece que no hubiera imaginación en este país para salir de las historias cuyos protagonistas son los delincuentes. Eso genera una pésima imagen de Colombia. Hace dos semanas leía en un periódico a una señora que vive en otro país pidiéndoles a los canales colombianos un cambio en la programación pues allá donde ella vive con su familia creen que todas las colombianas son prostitutas y todos los colombianos unos bandidos. Lo más grave es que ese es el modelo que se les está ‘vendiendo’ a nuestros niños y jóvenes.

Pero eso también ha permeado nuestra literatura…

Sí. Se está haciendo una literatura a base de sicarios y prostitutas, lo que muestra una pobreza única de imaginación. Nadie está diciendo que se le dé la espalda a los problemas del país, pero cuando veo esas producciones recuerdo esa película iraní, ‘Los niños del cielo’, que si bien refleja la miseria de dos niños que deben compartir el mismo par de zapatos, lo hace de forma poética. En nuestros libros y en nuestro cine, lo que manda, por el contrario, es la estética narco.

¿Por eso usted ha dicho que ‘Objetivo 4’ nace del hastío?
Es el hastío hacia esa ‘sicaresca’. Los bandidos en este libro no son los personajes centrales. Ni el libro es una apología a la violencia, lo que recrea es el trabajo del servicio de inteligencia de la policía de Colombia, entre otras cosas una de las mejores de América Latina. Y cómo es el espionaje que se hace con tecnología y una dosis alta de creatividad e inteligencia. Los bandidos son sólo un pretexto. Es un trabajo que pocos conocen, es un mundo del cual no se había escrito.

¿Cómo logra convencer al general Óscar Naranjo de que le permita acceder a información privilegiada de la Policía?
Bueno, le dije que quería hacer un libro de relatos sobre el trabajo del servicio de inteligencia y dijo, sin darle mayores vueltas al tema, que le parecía una gran idea.

¿Y él lo condicionó de alguna forma?
Nadie jamás en la vida me ha puesto condiciones para hacer mi trabajo y si me las hubieran puesto no hubiera escrito nada.

¿Qué le hizo pensar que había una historia atractiva allí?
Se trataba de una historia desconocida, ¿cómo trabajan los servicios de inteligencia de este país? Ese fue el punto de partida. Cuando investigaba ‘El Hueco’, me iba para un restaurante colombiano en Nueva York donde conocí a toda clase de latinos; estando en ese lugar me di cuenta que los colombianos son más despiertos e inteligentes que el resto. Ahora, los propios oficiales escogieron diez casos diferentes y entre ellos consideré mejores las de los dos guerrilleros y los otros narcotraficantes. A la larga, creo que cualquier delincuente hubiese reflejado bien la realidad de todos ellos: que por más dinero y poder que acumulen les toca vivir escondidos como animales; así ha sido en toda la historia de la violencia en Colombia.

Hablando ahora sobre periodismo, usted ha dicho en varias oportunidades que uno de sus grandes referentes ha sido Alberto Urdaneta, ¿qué le ha aprendido y que debemos seguir aprendiendo de él?
Siempre será un referente. Si bien la crónica nace hacia 1500 con los llamados Cronistas de Indias, este hombre con su Papel Periódico Ilustrado, que salió publicado entre 1861 y 1868, da un paso muy adelante en la búsqueda del género. Él fue el primero que intuyó que la prensa no estaba llamada a esperar a que los sucesos llegaran hasta al escritorio sino que era necesario salir a buscarlos, hurgar en los detalles, eso que ahora con tanta facilidad decimos reportear. Pero eso infortunadamente se ignora hoy en las facultades de periodismo.

Es parecida a la percepción de Juan José Hoyos, quien en su libro ‘La pasión de contar’ lamenta que los periodistas jóvenes encuentren sus referentes en los cronistas norteamericanos cuando este país ha sido rico en cultores de ese género…

Estoy de acuerdo. El problema con el periodismo en Colombia, como sucede con otros aspectos del país, es que no sabemos para dónde vamos porque no sabemos de dónde venimos. Una cosa es el periodismo literario o periodismo narrativo, eso no lo hay en este país, eso dejémoselo a los periodistas de Estados Unidos, que fueron los autores de esos términos. Aquí, en América, nació en 1500 la crónica y para mí seguirá siendo la crónica. Y a pesar de que la crónica es el género mayor del periodismo, se ignora el pasado magnífico que ha tenido en este país.

Germán, ¿qué extraña de las salas de redacción?
Todo viene con su momento. Cuando era reportero de El Tiempo tenía a verdaderos maestros del oficio que me enseñaban técnicas narrativas, recuerdo a Carlos Alberto Rueda y a Germán Pinzón, el cronista más importante de la década de los 60 en Colombia. Lo que advierto con tristeza es que periódicos que antes le apostaban a las grandes historias ya no lo hacen, y ahora son unos boletines con las noticias del televisor. Se ha desplazado a la crónica y al reportaje, lo que realmente puede diferenciar a la prensa de la televisión y la radio. Eso se hace en el resto del mundo, no sé qué ha pasado en Colombia.

¿Y qué cree que ha sucedido en nuestros periódicos? ¿Cuál es su diagnóstico?
Se han olvidado del periodismo en profundidad. No es contar un hecho por contarlo, así se trate de un hecho que parece común. Recuerdo alguna vez que un grupo de muchachos se extravió durante 17 días en una caverna. Antes de enfrentar a los protagonistas, traté de empaparme del tema. Hablé primero con un espeleólogo (experto en cavernas) y con un biólogo experto en murciélagos; después con un montañista y como a esos muchachos les dieron alucinaciones, con un neurólogo. Con ese bagaje me fui, por fin, a hablar con los jóvenes a sus casas y a los pocos días me llevé a la caverna a dos de los que tenían más facilidad de palabra y entonces el panorama cambió: ya no estaban recordando, logré que ellos volvieran a vivir aquella experiencia intensamente.

Su trabajo periodístico siempre ha sido reconocido. Pero con el único de ficción, ‘Candelaria’, la crítica fue muy severa. ¿Qué fue lo que no funcionó?

Mire, ‘Candelaria’ es una crónica, pero yo lo presenté como novela. Por un lado, lo hice por seguridad y segundo porque cambié los nombres de las personas y los sitios. Y, sí, en Colombia fue criticada, pero en países como España, México y Argentina tuvo una crítica magnífica, así que no creo que el libro no haya funcionado.

‘Objetivo 4’ está dedicado a su nieta Maía con la esperanza, dice usted, de que herede una Colombia distinta. ¿Ha cambiado la visión de esa Colombia de 1976 cuando publicó su primer libro?
Es la misma y me atrevería a decir que todo es peor. La política peor de corrompida. Los paramilitares y los narcotraficantes dominando casi todo el Congreso. Menos personas tienen acceso a la salud, crecen los índices de criminalidad. No es pesimismo, insisto, es lo que leo en los periódicos a diario. Esta sigue siendo una Colombia muy amarga.

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