jueves, 24 de mayo de 2012

Los diez mandamientos del periodista narrativo



No le gusta que le digan maestro, pero a Cali —invitado por el periódico La Palabra de la Universidad del Valle— el periodista Juan José Hoyos llegó para sentar cátedra de lo que mejor sabe hacer: enseñar cómo contar historias.

Por Lucy Lorena Libreros


Es como escuchar al brujo de la tribu: te obliga a permanecer en silencio, te obliga a rodearlo para aguardar con paciencia de relojero cada anécdota y cada frase que se le cae de los labios acerca del poder de las palabras, del oficio de contar historias.

Juan José Hoyos parece, como describiría él mismo años atrás al escritor Ernesto Sábato, un abuelo bueno. Uno que dice haber conocido las palabras a través de un viejo diccionario Larousse que justamente su abuelo, un maestro de escuela, solía llevar consigo desde los años 20. Un libro de lomo descascarado y cubierta maltrecha por todas las lluvias y soles antioqueños que lo azotaron antes de terminar abierto sobre el pupitre de algún alumno curioso en las montañas del oriente de ese departamento.

Llegó a conocer la fuerza arrasadora de las historias bien contadas por una vía parecida: de niño contó con la suerte de tener como maestro a un antiguo arriero paisa, a quien Juan José y sus compañeros obligaban a dejar de lado las clases de matemáticas y geografía, entusiasmados ante la idea de que el tipo desenfundara frente a ellos un nuevo relato sobre sus andanzas a lomo de mula persiguiendo oro.

Desde entonces, durante su vida como escritor, docente universitario y periodista, no ha cesado de buscar aquél diccionario, que nadie en casa supo a qué rincón fue a parar, y mejor que eso, a hurgar en ese poder secreto de la palabra escrita.

De eso, que es en últimas la mejor definición del periodismo narrativo, vino a hablar a Cali, invitado por el periódico La Palabra de la Universidad del Valle. De eso conversó con GACETA, que tradujo sus lecciones en un decálogo o en diez leyes sagradas sobre el oficio de narrar historias.

1. Sabrás escuchar.
Las historias siempre estarán a la espera de que alguien las cuente. Un buen periodista no debe cargar consigo solo una grabadora y una libreta de apuntes, debe cargar los ojos del alma (que son los que mejor ven), un par de orejas bien ‘afiladas’ y un corazón desprovisto de prejuicios, porque el periodista debe entender que los otros tienen valores y creencias distintas a las propias. El profesor que más recuerdo de mi formación periodística fue el que me enseñó a escuchar, él me decía que sólo de esta manera podía entender esa historia que alguien narraba para mí.

2. Saldrás del escritorio.
Las historias no llegarán hasta el escritorio de la sala de redacción. Hay que enfrentarse a la realidad, caminarla, olerla. Pero no de cualquier forma, a la realidad debes llegar con el corazón abierto, como decía John Reed. Sólo cuando sales, percibes el ambiente. Y esa es una de las diferencias entre el periodismo informativo y el narrativo. Ahora, lo que te indica la existencia de una historia es la existencia misma de un personaje. Porque, ¿qué son las historias? Pues las cosas que le suceden a la gente.

3. No correrás.
Reportear una buena historia demanda tiempo. Germán Castro Caycedo lo define mejor: es necesario ‘pacienciar’ que ese es uno de los verbos que más se deben conjugar en el periodismo narrativo. Una vez encuentres una historia es necesario compartir con el personaje el mayor tiempo posible, compartir un amanecer y un anochecer con él. Si uno va a la carrera no será posible entender las atmósferas en las que ese personaje se mueve, qué lo afecta, qué lo irrita, qué lo hace feliz. Cuando participas en muchos de los momentos de la vida de ese personaje puedes hallar escenas y diálogos que luego nutrirán tu narración.

4. Te dejarás sorprender.
No es posible encarar la realidad con una historia prefabricada. A menudo lo que te sorprenda a tí como reportero es lo que terminará por sorprender al lector. ¿Que si es válida la grabadora? El periodismo narrativo no es una fórmula exacta. Si logras que tanto como el personaje como tú olviden que ese aparato existe, pues bienvenida.

Yo soy más amigo de la libreta de apuntes, que te da espacio de sobra para reseñar detalles y ambientes, el color del cielo ese día, la ropa que el personaje llevaba puesta.

Un consejo: una de las habilidades que más te exige desarrollar el periodismo narrativo es la memoria. Fíjate en Truman Capote: escribió un perfil extraordinario sobre Marlon Brando, mientras rodaba la película ‘Sayonara’; lo hizo sin grabarlo, su único insumo fue el poder tremendo de la observación y, claro, de la memoria. Él decía que un periodista que no es capaz de preservar al menos una hora de diálogo con su entrevistado debe dedicarse a otra cosa.

En mi caso, el relato que escribí sobre el fin de semana con Pablo Escobar sólo vio en la luz, en la revista El Malpensante, 15 años después de haber estado con él en la Hacienda Nápoles. Me salvaron mis apuntes y una buena dosis de memoria.

5. No inventarás.
Suena obvio, pero es la columna vertebral de quienes nos dedicamos a este oficio. Piensa que no es posible describir un crepúsculo donde existe un amanecer oscuro, sólo para que el relato se vea más bello. El periodismo es precisión. En eso consiste su complejidad, también su belleza.

Esa es una de las ventajas extraordinarias con las cuales se defiende por sí el periodismo narrativo: si la historia, además de tener datos precisos, está bellamente contada ¿qué puede suceder? Pues que las puedes leer hoy o dentro de 50 años y surtirá el mismo efecto. Hagamos un trato: lee, por ejemplo, ‘El perdedor’, el perfil que escribió Gay Talase sobre Floyd Patterson, el boxeador. Sí, me dirás que él murió ya, que estas generaciones poco lo recuerdan, pero cuando lo leas quedarás con la sensación de que darías lo que fuera por haberlo visto en combate alguna vez.

6. No vetarás temas.
No hay áreas vedadas en el periodismo narrativo. Juan Gossaín nos da una lección tremenda en ese sentido: siendo reportero de El Espectador tuvo que cubrir una sesión ordinaria en el Congreso. Su editor esperaba un texto amparado en los cánones del periodismo informativo, ese que yo llamo periodismo del “dijo”, del “aseguró”. ¿Qué hizo Gossaín? Pues un relato de la forma en que los ‘padres de la patria’ dormían mientras se discutían los grandes temas del país. Hasta él mismo se durmió y eso lo contó en una crónica que mereció primera página.

7. Le darás orden a tu historia.
Tan importante es una buena reportería como poner en orden todo lo que hallaste antes de sentarte a escribir. Siento que a menudo esto es lo más complejo del oficio del reportero, porque al comienzo uno siente que todo lo hallado, que cada frase del entrevistado es importante. Lo aconsejable es hacer un guión.

Yo lo comparo con el acto de elevar una cometa: al comienzo vas desenrrollando la piola con cuidado, pues no sabes qué dirección tomará el viento, pero una vez que la cometa comienza a ‘jalar’ (quiero decir, una vez que has hallado hacia dónde puede caminar tu historia) ya sabes que puedes soltarla del todo sin miedo a que se enrrede. Cada historia tiene su propia medida: no porque escribas más, escribirás mejor o serás más leído. Si la historia te da para dos cuartillas, es porque así debe hacer. Si es para diez es porque la historia está confeccionada a la medida de esas diez páginas.

8. Encontrarás el tono.
Cada historia tiene su propia voz, su propia extensión. El tono es la distancia emocional que establezco frente a mi personaje, frente a mi historia. Si estamos, por ejemplo, frente al caso del único sobreviviente de un accidente aéreo pues el tono indicado es el de la primera persona. Muchos editores y reporteros suelen tenerle miedo a ese estilo y se van a puerto seguro, a la tercera persona.
Para mí, la primera persona es el tono más literario de todos, es una forma de narrar que acerca muchísimo al lector y le aporta al relato mayor verosimilitud.

Ahora, te doy un consejo: no caigas en el error de narrar en primera persona sólo para satisfacer el apetito de tu ego como periodista, para brillar, para hacerte notar. No se trata de ser un narrador protagonista, es más complejo que eso: hay que ser un narrador testigo.

Siempre que hablo de esto recuerdo a John Reed, un autor que no puede dejar de leer ningún estudiante de periodismo. Él escribió un tremendo relato, ‘México insurgente’, narrado en primera persona. Cuando tú lo lees descubres que haberlo escrito en tercera persona habría sido un error imperdonable: cada página es una descripción detallada de cómo caminaban los sujetos, qué comían, qué cantidad de tequila ingerían, qué soñaban, por dónde se movían. Reed durmió, comió y caminó junto a los rebeldes. Y como lector lo sabes, no porque él lo diga de esa forma, literal: “yo dormí, caminé y huí junto a los rebeldes”. Mejor que eso, Reed logra hacértelo sentir.

Aquí, un consejo de oro: nunca dejes de leer a los grandes. Sólo cuando aprendes a leer la voz de los otros, hallarás tu propia voz. No seas iluso, el periodismo literario no nació contigo: muchísimos periodistas, muchísimo antes que tú, estaban haciendo periodismo del bueno.

9. Dedicarás el tiempo necesario para escribir.
Es un tiempo que debe estar precedido por la disciplina y el rigor, como en cualquier otro oficio. Sólo así es posible lograr el tono, tener precisión en las escenas, escoger con acierto los diálogos de mi personaje. Sé de muchos cronistas que se desconectan por completo de la realidad para entregarse a la escritura. Sé que es difícil cuando se está bajo la premura de los tiempos de una sala de redacción, pero un editor inteligente sabrá entender que un texto de calidad sólo es posible cuando el reportero ha tenido tiempo para escribir. No en vano, Álvaro Cepeda Samudio llamaba al periodismo narrativo literatura de urgencia.

10. No aburrirás.
Si pierdes al lector lo pierdes todo. De lo que se trata, cuando le entregas a un lector tu historia, es lograr el mismo efecto de Sherezade: mantener la tensión y su interés con eso que le estás contando. Woody Allen suele decir que todos los estilos son válidos, menos el aburrido.

Pero, ¿cómo lo lograrlo? Pues con literatura. Pero, que no se entienda por literatura que tienes que inventar, no señor. Cuando hablo de ayudarse con literatura, hablo de nutrir el relato con la riqueza de nuestro lenguaje. No basta con decirle al lector que el personaje de tu historia sufrió con una tragedia, debes hacérselo sentir. No basta con que le digas que el sitio tenía un olor nauseabundo, debes lograr, a través del lenguaje preciso, que nuestro lector también lo huela.

Sólo cuando te has nutrido de buena literatura podrás, por ejemplo, construir diálogos. Porque eso es lo que te exige el periodismo narrativo, diálogos y no citas textuales. El periodismo narrativo es el diálogo vivo. Sólo cuando te has nutrido de buena literatura aprenderás a narrar tu historia con los cinco sentidos.

Ah, lo olvidaba: escribe, la gente sí lee historias. ¿Acaso no te has preguntado porque la gente sigue con tanta devoción las telenovelas? Pues porque le gustan las historias. Muchos editores y directores de medios aún no se convencen del todo y hasta me miran con extrañeza cada vez que lo digo: estoy seguro de que una buena historia vende más que una noticia. Ya te lo dije: sólo hace falta que como reportero aprendas a mirar la realidad con los ojos del alma. Las historias estarán aguardando por tí donde menos las esperas y siempre habrá un editor dispuesto a darles espacio.

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