domingo, 19 de enero de 2014

Papo Lucca, genio sonoro

De visita en Cali para presentarse en un concierto que no tuvo final feliz, Papo Lucca evocó algunos acordes de su historia junto a la orquesta fundada por su padre: La Sonora Ponceña. Recuerdos afinados.



Por Lucy Lorena Libreros



La memorable anécdota se la contó el propio ‘Quique’ Lucca al melómano caleño Gary Domínguez, hace un par de décadas, allá en su casa de la Calle Baldori en Ponce, Puerto Rico. Contaba don ‘Quique’ que Papo, el más pequeño de sus hijos, no tenía más de 5 años cuando pidió permiso para tocar las congas de lo que en ese momento se llamaba ‘Conjunto Internacional’, fundado por su padre en la Puerto Rico de 1944 .

El sabio conguero del grupo, que todo el día había intentando hacer sonar con precisión las notas de ‘Ran kan kan’, una de las piezas más exigentes de Tito Puente, le cedió el turno al chico mas como un acto de cortesía que de fe.

Pero lo que siguió después, reconoce ahora Gary —quien recuerda bien la emoción con la que el viejo evocaba esta historia— cambió para siempre el destino no solo del pequeño, sino de la orquesta que años más tarde el mundo conocería y graduaría como La Sonora Ponceña.

“Ese día descubrí que tenía un niño genio en la familia”, le confesó don ‘Quique’. “Empezó a tocar las congas con un virtuosismo increíble. Yo siempre lo había visto por ahí, jugando entre los instrumentos, mientras ensayábamos, pero no sabía que siendo tan niño tenía ya ese oído tan afinado”.

Ese chico percusionista de manos prodigiosas tiene ahora 67 años recién cumplidos y está en Cali, a la espera de un concierto que nunca llegará a cumplirse. 

Papo ya no toca conga. Ni bongó. Al menos ya no con la frecuencia de otros tiempos, dice. Eso fue mientras “me ponía a molestar con los instrumentos de la orquesta de mi padre, fastidiando a los músicos”.

Lo suyo, tras aquella revelación providencial, sería el piano. Y con ese piano, ya lo hemos escuchado, sedujo incluso al propio Johnny Pacheco, padre de la Fania, que no dudó en llevárselo para su orquesta ante la partida de otro genio de las blancas y las negras: Larry Harlow.

Eso ocurriría muchos años más tarde. Enterado de ese niño prodigio que crecía silvestre en su casa, don ‘Quique’ le contrató a un profesor particular, Ramón Fernández, pianista de un restaurante llamado ‘El coche’. Y ese ‘profe’ era exigente: si el niñito Papo quería salir a jugar béisbol, primero debía sentarse por lo menos seis horas frente a las blancas y las negras.

Papo llegaría después hasta la Escuela de Música, en donde compartió asiento con Héctor Juan Pérez Martínez, a quien años después la salsa bautizaría como Héctor Lavoe, y con José Febles, a la postre uno de los arreglistas más grandes de la salsa.

Papo recuerda su primer piano. Era de segunda, “viejísimo”. Es que en esa casa de Ponce no había para más: Enrique ‘Quique’ Lucca era en realidad un puertorriqueño que se ganaba la vida trabajando esporádicamente en los muelles y como chofer de transporte público, y que en los ratos libres y fines de semana ponía a sonar su sueño de tener una orquesta.

No una cualquiera: al mejor estilo de las sonoras, ‘Quique’ Lucca diseñó un conjunto musical de trompetas, inspirado en algunos de los músicos que siempre perfumaron su inspiración y nostalgias musicales: Arsenio Rodríguez, El Conjunto Casino y La Sonora Matancera.

El niño Papo, de frente a su viejo piano, alegraba esos años difíciles emulando a los grandes: con sus pequeñas manos repasaba los clásicos de Eddie y Charlie Palmieri, de Jorge Dalto, de Luisito Benjamín, de Ricardo Ray. Escuchaba jazz, lo mismo que bossa nova, música tropical y son cubano; lo mismo Sergio Méndez y Carlos Jobin que Mc’ Coy, Oscar Peterson y Heavy Hancock.

Era el tiempo en que La Sonora se dedicaba a montar las canciones de otras orquestas. Esas que Papo tocaba de puro oído. De hecho, el primer solo de piano que interpretó “fue de Rafael Ithier, un tema de El Gran Combo, con músicos del combo original de Cortijo”.

Así, solo dos años después de haber comenzado esas clases, ya el niño Papo deslizaba sus dedos por el piano como si se tratara de un asunto menor: algo así como comer o respirar. El chico estaba listo. Era hora de debutar.

Tenía 8 años. Eso recuerda Papo, ahora en Cali. “En un comienzo, la orquesta de mi padre solo contaba con pianista para presentaciones especiales. Cuando don ‘Quique’ comenzó a ver mi destreza, me fue preparando en varias de las canciones que interpretaba el grupo. Hasta que un día, en pleno ensayo, les anunció a los músicos: “Papo va a tocar el piano”. A lo mejor pensaban que mi padre estaba loco, pero después de la segunda canción todos querían me que quedara. Ya para 1961 la orquesta se había acostumbrado al sonido del piano. Yo tenía solo 14 años y desde entonces mi hogar y mi familia ha sido La Sonora Ponceña”.

Hasta antes de su primer LP, ‘Hacheros pa’ un palo’, la música de La Sonora no era original. Don ‘Quique’ y los suyos hacían arreglos para la Sonora Matancera, el Conjunto Clásico y Cortijo y su Combo. “Cuando llegó al grupo como arreglista, introduje un cambio en el formato de la orquesta. Anteriormente, cuando Carmelo Rivera era el arreglista de la orquesta, había tres trompetas, yo quise ponerle una más, así como otro cantante, pues solo había uno. A eso le agregué un bongó. Con todo eso se fue dejando tanto bolero y son montuno para comenzar a tocar música más rítmica y gozona. Creo que, a partir del álbum Conquista Musical y la canción ‘Ñañaracaima’ La Sonora se adueñó del sonido que la hizo famosa”.

Lo conoce de sobra Gary Domínguez, fundador en la Cali ochentera de un lugar que hizo historia: La Taberna Latina, ubicada en plena Calle Quinta.

Hasta allá, recuerda Gary, llegaban Papo y La Sonora, despojados de sus trajes de músicos, a escuchar los clásicos que ya no sonaban en Puerto Rico y que La Sultana en cambio escuchaba con devoción: ...“Una mañana dormía y corriendo me tiré por un grito que decía hay fuego en el 23”...

“Papo llegó con una visión muy abierta de la música y refrescó el sonido de La Ponceña, que había sido más cercana a lo cubano. El tipo es un genio, toca no solo piano, también vibráfono y trompeta”.

Rafael Quintero, otro melómano y coleccionista caleño, recuerda que hace unos años, durante una entrevista con Lucca, este le confesó que la clave del sonido que le incorporó a La Sonora estaba en las trompetas. “¿Recuerdas aquellas fanfarrias que siempre usaban las películas de temas romanos para anunciar al rey? Para mí esa es la verdadera función de una trompeta y eso es lo que yo he intentado con La Sonora. Otros lo han encontrado con otro instrumento. Fíjate que hasta antes de Eddie Palmieri, el piano nunca fue un instrumento de acompañamiento; él consiguió que eso cambiara en la búsqueda de su propio sonido”, comentó Papo aquella vez.

Gary —dueño hoy de La Casa Latina, hogar de melómanos nostálgicos, ubicado en el barrio Alameda— va más allá y asegura que Lucca supo estar atento a los cambios y retos comerciales de la industria de la música, “pero sin abandonar la esencia y el sabor de la orquesta”.

Domínguez destaca cómo, por ejemplo, Papo Lucca supo amoldar su orquesta a los tiempos en que la salsa estuvo dominada por las canciones de alcoba. ¿Cuál fue su apuesta? Pues poner sus ojos en la nueva trova y el son moderno cubano. “Se metió en la salsa romántica pero con canciones de contenido, de buena letra, no baladíes como las que hacían otros salseros; de esa época es que nacen versiones de canciones como ‘Cuando te encontré’, ‘Espuma y arena’ y ‘De qué callada manera’, esta última un poema de Nicolás Guillén que Pablo Milanés convirtió en un clásico. Ese fue uno de los aportes de Papo a La Sonora”.

Rafael Quintero ve otro. Reconoce en Papo Lucca a un músico que, gracias a su amor por el jazz, supo llevar a La Sonora a los grandes festivales de este género en el mundo, especialmente en Europa. “Fue un mercado nuevo que él supo explorar. Y si uno escucha lo que ha sido la historia de La Sonora Ponceña, 
descubre que la misma sabrosura con la que interpreta salsa dura, tipo ‘Prende el fogón’, es la que se siente en otras propuestas más arriesgadas”.

Y La Sonora sigue con el volumen alto. Y Cali, como en los tiempos de la Taberna Latina, continúa escuchando con devoción sus clásicos... ‘Boranda’, ‘Timbalero’, ‘Yambeke’, ‘Fuego en el 23’, ‘Bomba Carambomba’... Incluso La Ponceña se llama la salsoteca más vieja de la ciudad. Será porque, como lo cree Gary, “es como si Papo nunca hubiera dejado de ser ese niñito prodigio que un día su padre descubrió al escucharlo tocar unas congas”.

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