martes, 8 de septiembre de 2009

No más capos y tetas, por favor

Piense que usted es un realizador de televisión a cuyo escritorio llega un libreto voluminoso que recrea esta historia bien condimentada: un mafioso de buena pinta que consigue burlar al Estado durante décadas traficando coca a diestra y siniestra. Que salió de la nada, cual Cenicienta, y de la noche a la mañana se convirtió en el hombre más rico de Colombia. Un tipo que, haciendo honor a su raza de pillo, no sólo montó una banda de jóvenes asesinos para alentar sus fechorías, sino coleccionar mujeres al gusto. Y bueno, súmele este par de dijes con sello Hollywood: sus dos hijos terminan enredados sentimentalmente con una banquera y con el hijo del Ministro de Defensa. Sí, estamos pensando igual: es un coctel delicioso de rating asegurado.

Lo mismo, cómo no, tuvo que haber creído aquel realizador —de buen olfato, dirá la industria—, que convirtió el libreto en una producción millonaria, hoy plato fuerte del horario estelar de un canal privado. Sólo siguió sus instintos y echó mano de la receta bendita de tetas, capos y violencia, el camino más despejado para conquistar a una teleaudiencia aturdida con realities, novelas de historias flacas y galanes que no entusiasman ni a las abuelas.

Vuelve y juega: la televisión narcótica está otra vez en las parrillas de programación. ¿Acaso alguna vez se ha ido? Cuando creí que habíamos superado el delirio de una joven por sus tetas de silicona y la historia de ese narco caleño con alias frugal, convertido hoy en autor de ventas generosas de libros y vedette de páginas de farándula, llega esta novela que viene a ser lo mismo, pero con nombres y escenarios distintos.

Que al canal privado que la emite le cabe su cuota de responsabilidad, estamos de acuerdo. Pero la culpa, en realidad, es de quienes le dan cabida en sus televisores a estas novelas, que no hacen más que reivindicar el legado oscuro, de sangre y venganzas del narcotráfico. A veces creo que es una audiencia tan enviciada como los drogadictos con sus sustancias psicoactivas: cada vez las usan más seguido y en mayores cantidades.

Y el vicio no les da tiempo ni siquiera para repasar los periódicos y enterarse de que a pesar de que ya no brillan en los titulares de prensa de hoy los carteles de otros tiempos, la impronta del narcotráfico sigue con su huella inalterable en ciudades como Cali y Medellín. Esas por las cuales nos rasgamos las vestiduras para que los extranjeros y sus ONG las miren con buenos ojos y no las conviertan en blanco de sus documentales desesperanzadores y sus películas taquilleras.

Pregúntese cuántos mal llamados ‘enmaletados’ (muertos que aparecen, muchas veces mutilados, en los baúles de los carros) continúan ensombreciendo el pasado judicial de nuestra ciudad. Yo le respondo: este año van 16; cuántos menores deliquen rampantes con sus armas porque “es la única manera de hacerse respetar”, el decir de esos niños que reclutaba Pablo Escobar. Cójase duro: en la ciudad que usted recorre todos los días existen dos bandas, entre los 13 y los 17 años, que matan taxistas y asaltan droguerías.

Pregúntese cuántas víctimas han dejado las venganzas entre narcos en Cali y Buenaventura: las autoridades hablan de 25. Cuántos muertos suma Medellín por culpa de la violencia, en este mes de septiembre (con sus escasos 10 días) las cifras cuentan 19. Y si la cosa es así de complicada, si la realidad nacional que muestran los noticieros y los periódicos ya es lo suficientemente dolorosa, ¿por qué insistir con la televisión narcótica?

Tengo la esperanza de que ese rating que no para de subir sea el resultado de la forma que encontraron muchos colombianos para exorcizar esos fantasmas de carteles y capos que permearon todas las esferas de nuestra sociedad.

Tengo fe de que producciones como ésta sirvan para terminar de asquearnos del mal gusto de la mafia, de su determinación de matar porque sí; para entender que estos capos no fueron ni tan altruistas, ni tan buenos hijos como la literatura barata de algunos ‘sapos’ los quieren hacer ver. Sirva para dejar de justificar los lujos del dinero fácil. Si ese es el caso, bien pueda: encienda el televisor.