jueves, 10 de marzo de 2011

El caleño que sirvió al Führer


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Colprensa

Roberto L. murió de viejo en un monasterio español. Y las más de ocho décadas que permaneció en el mundo de los vivos le alcanzaron para todo: para ordenarse de sacerdote y hacer soñar a los suyos con que al fin tendrían obispo en la familia; para cruzar decenas de veces el Atlántico entre América y Europa; para seducir hermosas mujeres valiéndose de su estampa de galán y su mirada azul; para aprender cuatro idiomas a la perfección; para que la buena estrella lo salvara de la silla eléctrica, del llamado ‘Camino de la muerte’ al que le temen los convictos en Estados Unidos.

Hizo de todo, sí, incluso convertirse en espía al servicio del Führer en la Segunda Guerra Mundial. De todo, menos lo que un veterano periodista bogotano hubiese deseado: que viviera lo suficiente para contar con su propia voz esa historia de soplón y trotamundos tan fascinante como desconocida.


Víctor Diusabá, el periodista, se lo encontró refundido en el cable de una agencia internacional de noticias en los 90. La nota contaba un episodio escrito con sangre por un colombiano que asesinó en La Florida, arrastrado por los celos, al hijo de su novia. El chico fue botado desde un puente y ese delito, imperdonable ante la justicia de Estados Unidos, fue su boleto a la silla eléctrica.


El epílogo del cable, a modo de contexto, enumeraba otros compatriotas que habían corrido o estuvieron a punto de la misma suerte. En esas líneas se leía el nombre de Roberto Lañas Vallecilla a quien el FBI, a mediados de los 40, acusó de espionaje en suelo norteamericano y de entregar información valiosísima —con cartas escritas en tinta invisible— a los alemanes.

El olfato periodístico de Diusabá le hizo el guiño enseguida. "Sin duda, pensé, había allí una historia para contar. A los periodistas suele pasarnos que nos topamos con historias invisibles todo el tiempo; historias que no siempre son tan evidentes, que están refundidas en esa avalancha de informaciones que debemos manejar a diario. El caso de Roberto L. había ocurrido hacía más de 60 años. Pero, ¿que un colombiano trabajara como espía de los nazis? Eso no se le hubiera ocurrido a nadie".


Pero ocurrió. Y entonces Diusabá se pasó diez años desandando los pasos de esa suerte de 007 criollo. Comenzó por Cali, por San Antonio, el barrio donde nació Roberto L. Tras seis décadas, no quedaban mayores rastros. Así que armado únicamente de un directorio telefónico hizo la tarea de ‘espiar’ a posibles familiares. Discó decenas de veces. Al final, alguien contestó y le soltó los pocos recuerdos que conservaban los Lañas del tío y primo un día trabajó para el mismísimo Hitler.
Esas pistas lo llevaron luego a Bogotá, donde Roberto L. apuró su formación religiosa, seguro de que algún día llegaría a obispo. Pero Víctor sintió necesario comprar un tiquete de avión que lo dejara en Washington, donde el caleño había sido juzgado, y donde aguardaban por el periodista archivos desclasificados por el Gobierno en los que reposaban detalles reveladores.


Trajo consigo el valioso material para Colombia. "Y entonces descubrí que no tenía ni la mitad de la información; faltaba reconstruir su etapa en La Cartuja, el monasterio donde murió". Fue así como Diusabá viajó además a Portugal y España, para acabar de construir un ‘retrato hablado’ de su personaje. Un espía de la información rastreando a un espía de la guerra.


Y entonces el resultado flamante es ‘El espía que compró el cielo’, el libro que publicó este año con Planeta...
Cuando miro este trabajo hoy, diez años después de toparme con la historia de Roberto, creo que a los periodistas nos queda la lección de que siempre habrá una historia esperando por nosotros. Lo importante es no dejarla seguir de largo. En mi caso, la historia me atrajo doblemente: se trataba de un espía y su vida transcurrió en uno de los episodios que más me apasiona, la Segunda Guerra Mundial.

Los temas sobre espionaje han ejercido una fascinación permanente en escritores y cineastas. ¿Por qué se nos hace tan atractiva la figura del soplón?
Debe ser porque los conflictos han sido una constante en la historia de la humanidad y en esa medida se ha expresado también el espionaje, que casi se inventó con el hombre. La fascinación está en ver hasta qué punto los espías consiguen sus propósitos, cómo lo hacen. No todos los días nace un espía. No todos los días nace una persona con esas dosis acertadas de talento, picardía, suerte y aventura. Si te pones a ver, la mayoría de ellos juega contra las leyes de lo normal y hasta derrotan leyes del sentido común y de la física pues juegan cartas que uno normalmente no jugaría. A veces aciertan. Otras, acaban pagando con un altísimo precio sus errores. El caso particular del espionaje en la guerra es fascinante. Lo que se puede colegir en este libro es que fue el talento de los espías aliados lo que les permitió ganar la guerra. No fueron las armas, ni las estrategias en el campo de batalla.


¿Quién fue realmente Roberto L. (siempre lo refiere en el libro de esa forma, sin apellidos)? ¿Un gigoló, un espía, un sacerdote de fe temblorosa?
En una parte del libro yo cuento que él se encuentra con una gitana en el pasillo de un tren y ella le dice que él está llamado a hacer grandes cosas y que para lograrlas va a contar con mucha suerte. Realmente fue un tipo con las siete vidas del gato. Pasa por muchas dificultades, pero entre más se le presentan, la suerte siempre termina de su lado. Mientras investigaba, cuando creía que tenía documentada la situación más peligrosa a la que se enfrentó —como cuando transportó un líquido letal que podría acabar con una persona con sólo una gota—, encontré que vivió otras más peligrosas aún. Fue un hombre que vivió con profunda intensidad, más allá de que uno esté de acuerdo o no con su militancia en el nacional socialismo. Fue un hombre que hizo la vida como la quiso.


Hablemos de la escogencia del género: la crónica. Hoy en día, los escritores prefieren novelar hechos históricos que contarlos tal como sucedieron... ¿Por qué una crónica y no una novela?
En la historia de Roberto L. hay episodios y personajes que nunca terminaré de conocer, precisamente por tratarse de un espía. Ellos tienen una doble vida, que no consignan siquiera en sus memorias. En los expedientes del juicio encontré detalles fieles a la realidad, pero no ocurre lo mismo con quienes te ofrecen un testimonio que siempre estará viciado por la subjetividad. Y como habían transcurrido 60 años desde la época en que fue espía, resultaba complicado contrastar testimonios. Y uno como periodista no puede asegurar que las cosas sucedieron tal y como las personas las recuerdan. Lo que hice fue consignar hechos, lugares y situaciones reales pues Roberto era apenas una pieza del gran ajedrez del espionaje nazi. Fíjate, el expediente de este caleño lo hallé dentro de 18 millones de documentos desclasificados. Mi propósito no era hacer un libro de historia, denso y lleno de anotaciones al pie de las páginas. La crónica permitía, en cambio, echar mano de mis hallazgos para lograr un relato atractivo.


Pese a lo fascinante de la figura de Roberto L., fue en realidad un actor de reparto en el escenario de la guerra. Ni tuvo grandes misiones ni sus resultados fueron definitivos para Hitler...
No cabe duda de que Roberto L. no fue el gran espía de los nazis. Pero no hay que olvidar que esos pequeños personajes son los que terminan siendo trascendentales en las guerras. Él perteneció a un ejército de espías, y lo que presumo es que en esos 18 millones de archivos debe haber más sorpresas. Los actores de reparto también se ganan el Oscar.

Detrás de esta historia, veladamente se esconden los ecos del nacionalismo alemán que llegaron a Colombia...
Sí. Es que el caso de Roberto no fue excepcional. Él representa a mucha gente que se enamoró de unas ideas que en principio despertaron enorme simpatía en sectores políticos y en colombianos que terminaron convertidos en ‘germanófilos’. Hitler llegó a donde llegó, entre otras cosas, por un estado de opinión que contó con el apoyo de gente que nunca llegó a advertir los costos que esas ideas implicaban. Años después, muchos recularon y lo negaron. Y lo hicieron antes de que cantara el gallo. Fíjate que en Alemania encontré algo que es una absoluta novedad: un embajador de ese país en Colombia, en la década del 60, fue ni más ni menos durante la guerra miembro alto de la SS, que no es otra cosa que la guardia pretoriana del Führer. Uno se pregunta si ese tipo no llegó acá para esconder las andanzas de los nazis en este país.


Los procesos de escritura no siempre son los mismos. Sobre todo si uno se ha pasado diez años investigando un mismo tema. Tras esa faena personal de ‘espionaje’ sobre este personaje, ¿cómo decantó la información y escogió lo necesario para el libro?
Comprobé que escribir es el arte de la paciencia. El libro lo escribí dos veces. Al terminar la primera versión, sentí que debía darle un orden distinto y nutrirlo con elementos que fui encontrando cuando creí que la etapa de investigación estaba superada. En ese momento viví una anécdota curiosa: una vez terminé perdido con un amigo en el sur de España. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrimos que el sitio donde nos encontrábamos era precisamente La Cartuja donde Roberto había pasado los últimos días de su vida.


De tanto espiar a Roberto L. él terminó espiándolo a usted...
Sí, llegué a convencerme de eso mientras escribía.

Y si lo hubiese conocido, qué pregunta no hubiese dejado de hacerle...
Le preguntaría sobre la faceta más fascinante de su vida: ¿Cómo obtuvo esa bendición del destino para pasar del nacionalismo a tener el abrazo de la Iglesia?

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El autor
Víctor Diusabá Rojas es un periodista bogotano con larga trayectoria en medios nacionales: durante varios años trabajó como jefe de la oficina del diario El País, en la ciudad de Bogotá; fue jefe de redacción del periódico El Espectador; editor general de Colprensa y del Grupo Nacional de Medios.
En la actualidad es director del portal digital de la revista Semana. También se ha destacado como columnista y sus opiniones han recorrido los periódicos regionales de Colombia, entre ellos El Colombiano, Vanguardia Liberal, El País, El Universal, El Nuevo Día, La República.
‘El espía que compró el cielo’, su cuarto libro, llega después de ‘El 9 de abril, la voz del pueblo’ (publicado por Planeta en 1998), ‘La afición’ (editado por Espasa en 2000 y galardonado con el premio literario de la Fundación Joselito de la Comunidad de Madrid) y ‘El toro de lidia en Colombia’ (publicado en 2009).