viernes, 12 de julio de 2013

Un barrio pobre perdido en el mar

Alguien escribió que Santa Cruz del Islote es la única isla del Caribe que está lejos de parecer una isla del Caribe. No se equivocó: en una hectárea viven apiñadas 1.247 personas, sin agua y sin luz, que cargan la supervivencia como marca de nacimiento.




Texto y fotos: Lucy Lorena Libreros


Aquí, en Santa Cruz del Islote, hay un colegio, un puesto de salud, un kiosko que hoy puede funcionar como una gallera y mañana como una iglesia evangélica. Hay un celular que recibe llamadas para todos los habitantes de la isla, tres tiendas, una planta eléctrica que opera a media marcha y una cancha de fútbol, pequeñísima sí, pero la hay: seis metros por cuatro; los chicos, pues, ya están acostumbrados a que los tiros de esquina se cobran más con precaución que con técnica.

Hay una calle del ancho normal de una vía cualquiera: ‘La calle del adiós’, de apenas 15 metros de largo. Las demás son retazos de asfalto que juegan a encontrarse en medio de las casas. Aquí es posible hallar, de vez en cuando, a un médico y un odontólogo que vienen a dar más consejos que remedios. También 97 casas, una pegadita de la otra. Y en ellas 1.247 habitantes, todos afrodescendientes, bautizados con los mismos ocho apellidos desde hace un par de siglos. De ese total, se estima que cerca de 750 son menores de 15 años.

Lo único que no hay aquí, en Santa Cruz del Islote, lo único que usted con toda seguridad no va a encontrar en esta isla con pinta de barrio pobre extraviada en el Caribe colombiano, es espacio. Fernando Salinas, un cartagenero que visita el lugar con frecuencia por asuntos de pesca, lo dice con más gracia y menos números: “En Santa Cruz del Islote duermen tan juntos que sueñan lo mismo”.

Es que la casi una hectárea sobre la que se extiende la isla —ubicada en lancha rápida a una hora y cuarenta minutos de Cartagena y a 30 de Tolú— no tiene un solo metro sin construir. Ya amenaza con romper sus costuras. Mil habitantes en apenas una hectárea.

Quizá por eso, y con justa razón, fue bautizada como la isla más densamente poblada del mundo, después de Java. No es exageración: el dato que salta de la calculadora es que por cada 10 metros cuadrados, viven 1,25 personas. El promedio nacional, según el Dane, es de 41 habitantes por cada mil metros cuadrados.

Que lo diga con un ejemplo simple Mamá Elena, dueña del único restaurante. Ella, a sus casi 80 años, vio cómo tuvieron que llevarse del lugar donde nació una vieja mesa de billar. Había una razón de peso que parece sacada de la prodigiosa fantasía de un libro de ficción: ocupaba mucho espacio.

Hoy es jueves de lluvia. Y eso tiene contentos a los habitantes del Islote, como ellos lo llaman a secas. Es que llevaban seis meses de sed; seis meses sintiendo el azote de la canícula del Caribe. Que llueva hoy quiere decir que podrán recoger agua dulce en gran cantidad en varios tanques dispuestos sobre los techos de las casas. Que podrán bañarse más de seguido y hacer más aseo dentro de sus viviendas, ya de por sí maltratadas por la falta de alcantarillado.

La mayoría de esas casas no supera los 40 metros cuadrados, pero en ellas habita un promedio de diez personas. Usted ve eso y se pregunta al instante cómo logran el milagro de hacer rendir dos camas para tanta gente; es que tres ya son muchas. Pero lo hacen.

Usted advierte esa estrechez y enseguida entiende que la lluvia es, en últimas, una noticia feliz: hace olvidar a los ‘isloteños’ de que deberán llenarse de paciencia, como ocurre tantas veces en el año, a la espera del barco de la Armada que les lleva agua potable desde Cartagena; no es mucha —coinciden—. Pero no hay de otra: La Heroica es la ciudad de la que dependen, de la que son, indican los mapas, un corregimiento. Ellos, los del Islote, son cartageneros.

La lluvia les alivia lo del agua. Pero para la energía eléctrica, “la más cara de todo el país”, como se queja Juvenal Julio Berrío, un isleño, no hay más remedio que esperar a que sean las 7 de la noche para enchufar el televisor y la nevera. La dicha dura poco, muy poco: solo hasta la media noche. “Si a esta hora —3:00 p.m.— usted escucha un equipo a todo volumen en alguna casa es porque el dueño tiene planta propia”, enfatiza Juvenal. Porque la planta de todos los demás, donada por el gobierno de Andrés Pastrana, se alimenta de Acpm con los $5.000 diarios que recoge la Junta Cívica, casa por casa. Justo ahora, en esta tarde de jueves, lo hace: los que tienen más de tres electrodomésticos cancelan $8.000. Y si la vecina no tiene con qué pagar “porque la pesca ha estado floja”, hay un fondo común para paliar las desgracias.

Ya todos se acostumbraron a tropezar con esa realidad. Pero uno la escucha —la lluvia como salvación, un centenar de casas apiñadas y gente practicando la pobreza como un método— y termina por comprender a qué se refería el escritor argentino Martín Caparrós cuando decía que Santa Cruz del Islote “es la isla del Caribe que menos se parece a una isla del Caribe”.



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Antes de pisar tierra firme, lo que usted ve a lo lejos es una isla que cabe en la mirada. Seguro, le parecerá un bote viejo en el mar, huérfano de un gran naufragio.

Santa Cruz del Islote es una de las diez islas que conforman el Archipiélago de San Bernardo, frente al Golfo de Morrosquillo. El que lo explica es Ricardo Aguirre, guía turístico del Hotel Punta Faro, ubicado a solo cinco minutos del Islote, en otro de los terrenos del archipiélago: Isla Múcura.

Después de la pesca artesanal, que se aprende desde la niñez, ese hotel es la mayor fuente de empleo de los ‘isloteños’: “65 personas del Islote trabajan como meseros, mucamas y ayudantes de cocina. Los recogemos a diario, a las 6 de la mañana, y acá no solo laboran, sino que comen y se bañan; y a sus casas están de vuelta antes de las 8 de la noche”, cuenta Patrice Renaud, gerente de ese hotel cinco estrellas.

Pero volvamos a Ricardo, que en este momento, cerca del medio día, a bordo de una lancha, hace lo que todo guía de turismo: disparar datos sin tregua frente a viajeros curiosos. El Islote, según una leyenda que él repite como credo, fue fundado hace casi dos siglos por un grupo de pescadores que no solo encontraron buena cosecha en sus aguas aledañas sino un terreno ajeno, por alguna extraña razón, a ese pequeño mosquito que puede llegar a convertirse en verdadera pesadilla y que habita a sus anchas en las islas del Caribe: el jején.

Y cuenta más: que en esa isla la gente se muere de vieja porque a Santa Cruz el desarrollo no es lo único que se demora en llegar. También la muerte. Lo que más enferma a los habitantes son enfermedades de la piel, dice. “Debe ser porque se come harto ‘pescao’ y camarón con patacón y yuca sancochada; si mucho, hay uno o dos muertos al año, que se entierran en ‘Renacer de paz’, cementerio de Tintipán, una isla vecina”.

El más reciente fue Tío Pepe, que se fue del mundo de los vivos a los 97 años, en 2012. Con 32 hijos y un centenar de nietos, lo llamaban cacique. Era una suerte de abuelo tribal que desde su taburete de cuero repetía, una y otra vez, la historia de la isla.

Quizás Tío Pepe contaba sin querer, como ahora lo hace Ricardo, cómo Santa Cruz del Islote acabó convertida en un barrio pobre con vecinos ricos. En el recorrido para llegar a la pequeña isla, se ve una cabaña que un cantante paisa alzó sobre el mar esmeralda alterando el valioso ecosistema de coral que habita bajo estas aguas.

Para crear una especie de tierra firme donde fundar su isla de la fantasía, el artista tuvo que echar mano de escombros, caracoles, espolones y cemento. Pero cómo se ve de bonita. Parece flotar milagrosamente en el mar. Contiguas hay otras cabañas, de otros ricos que hicieron lo propio, y que las bautizaron con títulos de ensueño: ‘La isla del amor’, ‘Las gaviotas’, ‘La española’.

Ricardo narra que a sus dueños solo se les ve tres o cuatro veces al año. Llegan en sus yates, pernoctan una semana o poco más, comen langosta (que abunda en la zona) y se van. Vacacionan ignorando que a sus espaldas más de un millar de colombianos se las arreglan como pueden, todos los días, para olvidar que llevan la supervivencia como una marca de nacimiento.

Ignoran por ejemplo que Adrián de Jesús Caraballo, un chico de 14 años, ha tenido que repetir cinco veces grado séptimo pues es el último año de enseñanza que se imparte en el único colegio de la isla con una única profesora. “Y yo prefiero que el ‘pelao’ repita, en vez de quedarse sin hacer ná’. Cuando tenga plata lo mando a que se gradúe en Cartagena”, grita Julia Arrieta, su mamá.




Mientras tanto, Jesús hace lo que los demás muchachos en Santa Cruz del Islote. Aprender a manejar el cayuco, una pequeña canoa que se utiliza para pescar, especialmente langosta. Es la única forma de distraer las horas muertas después del colegio. A veces también baila champeta. Le gusta hacerlo con Yojaira, su amiguita de 12 años. Pelvis con pelvis, movimiento cadencioso, los dos abrazados. A veces, cuenta la seño Julia, se van juntos a pasear al mar. Debe ser porque en esas aguas sobra lo que acá no hay: sueños... y espacio.

Bebo Valdés, el piano del exilio

Parece sacado de una prodigiosa imaginación, pero es verdad: a pesar de que el genial Bebo Valdés fue el hombre que se encargó de llevar el nombre de Cuba por el mundo con su piano, la isla nunca le dio un lugar justo en su memoria musical. Notas afinadas de una ingratitud de la que poco se habla.



Por Lucy Lorena Libreros


Sucedió en marzo de 2004, una mañana de viernes: Chucho Valdés y Diego El Cigala llegaron hasta Quivicán, un pueblo guajiro de 25 mil habitantes ubicado a pocos minutos de La Habana. Nadie esperaba un concierto; todos, viejos en su mayoría, aguardaban por Chucho y el cantaor flamenco con otro propósito: hacerle llegar hasta Suecia, a través de ellos, un puñado de tierra y de caña cubana a uno de sus hijos más ilustres. Al Bebo. Al ‘Caballón’. Al genial Bebo Valdés.

Es que Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro, como se llamaba en realidad, se fue de Cuba y nunca quiso regresar. El músico se lo advirtió a doña Inés, su mamá, la mujer que tuvo el pálpito providencial de que ese niñito suyo sería pianista. Lo presintió cada vez que lo veía jugar con unas piedritas que el chico y su imaginación se encargaban de convertir en un piano de cola.

Era 1960. Hacía menos de un año, Fidel y su Revolución habían triunfado. Nada volvería a ser igual. El Bebo contó que un día llegó a su casa y un tipo le impidió la entrada. “¿Qué tú haces aquí?”, preguntó el pianista. “Esta casa ya no es tuya. Todo esto y toda Cuba es de la Revolución”.

El Bebo intuyó la mala hora de la isla y se marchó rumbo a México. Logró salir bajo la excusa de un contrato de trabajo junto a Rolando Laserie. “Cuando él y yo nos bajamos del avión, besamos la tierra y juramos que nunca íbamos a pisar de nuevo nuestra isla, mientras existiera ese sistema”. Bebo le hizo caso a mamá Inés y en México se puso a salvo del tormento de ver su país sometido a una dictadura.

Cuba cobró caro. Rechazó políticamente a los que se fueron y no quisieron abrazar la causa del hombre del uniforme verde oliva. De las cátedras de música de las escuelas y de los libros y emisoras fue borrado el nombre de Bebo. Las generaciones que siguieron, allá en esa isla donde los músicos brotan silvestres, crecieron sin escuchar la historia del hombre que en los años 40, y durante más de una década, alegró con su piano las noches del cabaret Tropicana, donde escaló hasta ser director musical, al lado de leyendas como Cachao, Benny Moré, Ernesto Lecuona y Mario Bauza.

Bebiendo con tozudez y buena entraña de la tradición cubana, el hijo de Quivicán ya era un músico profesional de respeto en los años 30, época en la que actuó junto al padre de Paquito D’Rivera en clubes como Rívoli. Luego fundaría su propia orquesta, Happy Happy de Ulasia, y pasearía su ‘feeling’ por España y Estados Unidos.

Que el Bebo fue un grande antes de partir de Cuba quedó solo en el recuerdo de los viejos memoriosos. Nadie les enseñó a los chicos de las escuelas que el hijo de doña Inés hizo parte de la conocida orquesta de Julio Cueva, para quien compuso un clásico del mambo: ‘La rareza del siglo’. O que el negro Bebo fue el primero en grabar una descarga de jazz cubano, que se hizo célebre en Nueva York y fue la semilla de una de las orquestas más deliciosas del Caribe, ‘Sabor de Cuba’.

Nadie se interesó por contarles a esos chicos que el Bebo se las ingenió para hacer del tambor batá un ritmo propio, la batanga. Y, mejor que eso, que fue la avanzada de lo que luego todos conocimos como jazz latino.

Cuba, con los años, prefirió rendirse ante el talento de Chucho, hijo de Bebo, otro extraordinario pianista promotor de los sonidos afrocubanos, que por el contrario nunca quiso irse de una isla que se dedicó con esmero a reducir a Bebo Valdés a la figura del ‘padre de’. ¿Acaso quién compuso ‘Mississippi mambo’, ‘Cha cha No. 1’ y ‘La bella cubana’? Generaciones de cubanos crecieron sin saberlo.


Bebo no tuvo más remedio que aprender a dopar el sentimiento de la nostalgia y muchos de los músicos que le siguieron hallaron caminos para conocer su legado. Ahí está Pepe Rivera, quien tras la muerte de Valdés, el 22 de marzo de 2013, le hizo al mundo una revelación que parecía sacada de una prodigiosa fabulación: “Hasta que no me fui de Cuba, yo mismo no supe nada de Bebo, salvo que Chucho tenía un padre que tocaba el piano. Duele reconocerlo, pero es verdad: pese a que fue el hombre que se encargó de llevar el nombre de Cuba por el mundo, Cuba nunca le dio el lugar que se merecía”.

No importó. Bebo Valdés, de 45 años, se las ingenió para hallar un piano donde hacer su música. Después de México, se exilió en Málaga, España, y poco tiempo más tarde terminó en Suecia, donde empezó una vida renovada, pero marcada por un largo silencio artístico. Se enamoró de Rose-Marie Pehrson, de entonces 19 años, con quien se casó y tuvo tres hijos.

Suecia, pues, recibía sin saberlo a un genio, a un hombre cuyo mérito consistía en poner su talento desmesurado al servicio de las noches de un piano de hotel. Bebo no caminaba por las calles exhibiendo su maestría en la solapa de sus trajes de invierno. La suya era sabiduría sin vanidad. Durante más de treinta años, el hombre que había parido un ritmo propio y fundado más de tres orquestas, vivió en Estocolmo sin necesidad de gozar la lujuria de la fama. Fue uno de esos miles de inmigrantes que se acostumbraron a esa orfandad de ser un desconocido de tiempo completo.

En ese estado andaba el mundo cuando, con 76 años ya, escuchó al otro lado de la línea, desde Alemania, la voz de Paquito D’Rivera, otro cubano genial vetado en su país. Ambos parieron en 1994 un álbum que puso de nuevo las cosas en su lugar, ‘Bebo rides again’, colección de clásicos cubanos y originales de Valdés, compuestos especialmente para la ocasión.

El que sonaba allí era un Valdés igual de lúcido. A una edad en la que ya todo parece estar consumado, el Bebo se nos revela en este álbum con una vasta sabiduría musical que amenazaba con romper las costuras de su piano. Cada canción de Bebo es una forma de dicha. Llegas a creer que incluso Dios se pone su mejor camisa solo para escucharlo.



Lo que siguió después, en 2002, fue ‘Lágrimas negras’, ese álbum célebre que Bebo grabara junto a Diego El Cigala y que le dio el primero de sus cinco premios Grammy. ¿Flamenco con jazz latino? preguntaron los incrédulos. La respuesta se puede contar en un millón de copias vendidas por el mundo. Bebo en su piano y el duende con su voz desgarrada cantando ‘Vete de mí’, ‘Veinte años’ y, claro, ese estribillo hermoso que nos regaló para siempre el Trío Matamoros: “Tu me quieres dejar yo no quiero sufrir, contigo me voy mi santa aunque me cueste morir”.

El director de cine español Fernando Trueba también se sumó al ‘complot’. El ‘Caballón’ fue una de las figuras del documental ‘Calle 54’, que reunió a los grandes del jazz latino. Después lo hizo protagonista de ‘El milagro de Candeal’, que nos narra la búsqueda de Bebo en Brasil de sus raíces africanas. Esa amistad se selló para siempre con ‘Chico y Rita’, bellísima historia animada, cuyo personaje principal está inspirado en el hijo de Quivicán y cuya banda sonora es su propia música.

Ese viernes 22 de marzo de 2013 todo adquiría sentido: Bebo murió en el único momento de su vida en que debía hacerlo. A los 94 años, después de tomarse su tiempo para vivir en el anonimato y luego, con casi 80 años a cuestas, cobrar revancha y brillar de nuevo.

Murió con Alzhaimer, pero la memoria nunca le hizo trampa para hacerle olvidar su promesa de no regresar a Cuba. Murió antes que Fidel. Y creería uno que jamás se sintió acosado por emprender uno de esos viajecitos que se hacen para engañar la nostalgia. Cada quien seca sus lágrimas como puede: Bebo Valdés lo hizo con un piano, con jazz. Lo hizo con música.

La primera dama del TEC

Este 2013, cuando se conmemora una década de la muerte de Enrique Buenaventura, muchos le dan las gracias a Jacqueline Vidal, su esposa, por mantener vivo el legado del maestro y de su obra cardinal: el Teatro Experimental de Cali. GACETA reconstruye la historia de la mujer que un día llegó de Francia y nunca quiso buscar el tiquete de regreso. Arriba el telón.



Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña

Vista de lejos, se confunde entre los bellos cuadros que penden de las paredes de la casa. Bien puede ser uno de esos que el maestro Buenaventura pintaba al óleo: sobre fondo rojo, la figura grácil, el rostro delicado y los cabellos plateados y algo desordenados de una mujer de semblante dulce. Esa mujer, que no luce artificios de tocador para disimular la vejez, aspira un Malboro y se ríe. Hará ambas cosas, varias veces, en las próximas dos horas: fumar y celebrar con sonrisas luminosas los recuerdos. Fumar otra vez. Y esos recuerdos son muchos. Jaqueline Vidal tiene 75 años recién cumplidos y una vida entera dedicada por completo al teatro. De niña, allá en esa Marsella francesa que aún no conocía la guerra, la niña Jacqueline jugaba a crear personajes e historias. Lo hacía en esa escuela de señoritas bien portadas que ella no disfrutaba mucho. Su memoria sin goteras le trae al presente una escena de entonces: dos enamorados se contemplaban sin prisa mientras miraban la luna. “Y como yo era la más grande del salón, me tocó hacer de hombre”.

Y ríe de nuevo. Suave. Igual a como habla: en voz baja, con su acento galo discretamente difuminado. Su voz suena en tono menor, como si hablara en minúsculas.

A esta hora de la mañana esa voz es lo único que se escucha en la casa dormida, cuyo paisaje domina un frondoso árbol de mango que se alza en el centro del patio. Estamos en la casa del Teatro Experimental de Cali. La casa amable de siempre: la que está en Santa Rosa, a pocas cuadras del centro histórico. Fachada de ladrillo, puerta metálica. Calle Séptima. Carrera Octava. La que el maestro Enrique Buenaventura compró con el dinero de un premio generoso —de esos que ya no se ven para el teatro— poco tiempo después de haber fundado, en 1963, una escuela que acabó por formar a una generación memorable de actores en el país.

Esa casa ha sido siempre la sede del TEC. La sigla hablaba en sus inicios de un asunto que se diluyó pronto, Teatro Escuela de Cali. Luego, una pequeña variación —Escuela por Experimental— y luego también la sensación extraña y grata de que los nombres del TEC y de esta ciudad jamás volverían a escribirse por separado.

Fue también la casa a la que llegó Jacqueline en 1961, después de que Buenaventura —así lo llamará siempre— le cumpliera la promesa de traérsela consigo tras decirse adiós en Francia. Se habían conocido allá no hacía mucho.

La historia previa ocurrió así: el maestro Buenaventura había sido invitado por el Teatro de las Naciones de París para presentar sus obras y había ganado una beca para quedarse en Europa durante un año y dedicarse a placer a ver teatro por todo el continente.

Por aquellos días, un amigo chileno, periodista, le dijo a Jacqueline, casi de manera providencial: “ojalá puedas conocer al colombiano que anda por aquí, es igual de apasionado por el teatro que tú”.

Picada por la curiosidad, ella —por entonces de 22 años— asistió a una de las obras que presentaba el caleño en el Teatro Sarah Bernhardt, el más importante de la capital francesa. “Y yo no tuve más que verlo para saber que a él, a Buenaventura, lo había soñado. No en el sentido de cuento de hadas, había soñado a un hombre que entendiera el teatro como yo, con toda su riqueza; un teatro profundo, comprometido”.

Es que Francia y Jacqueline, a comienzos de los 60, se preparaban, quizá sin saberlo, para aquel mayo de “hagamos lo imposible” y “prohibido prohibir”. Los estudiantes desafiaban el mundo. Las clases obreras alzaban la voz. La mujer había puesto sus ojos en personajes como Ho Chi Minh, poeta y político comunista vietnamita, que le vendía al mundo la idea de una sociedad libre y a ella y miles de su generación el pensamiento anticolonista. La chica de Marsella se sentía asfixiada por la mirada secular masculina y patriarcal con la que se contaba la historia. Jacqueline quería alas. Y sucedió que un poeta y narrador colombiano las hizo para ella.

Lo que siguió después se llamó amor. “Buenaventura me prometió que una vez llegara a Colombia montaría ‘La discreta enamorada’, una obra de Lope de Vega. Estaba seguro de que con ella se ganaría un premio nacional de teatro y que con ese dinero podía mandarme el tiquete”, cuenta Jacqueline.

El maestro cumplió y ella cruzó el Atlántico a bordo de un ‘avianco’, como decía Buenaventura, durante 38 largas horas. “Pero lo que siempre he dicho es que a él se le olvidó darme el pasaje de regreso”.

Y ríe.

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Poco a poco esta casa del TEC va despertando. Es un viernes de Semana Santa, un día festivo. Y sin embargo, cuando aún no son las diez de la mañana, a la sede van llegando los actores. Todos son muy jóvenes, se nota enseguida. Al fondo ves a un chico de camiseta negra que no debe tener más de 20 años. Luego sabré que se llama Daniel Gómez y que en pocos días dirigirá su primera obra. Muy cerca de él aparece una jovencita de jeans y gorra rosada, Daniela Rodríguez, que se sienta junto a la maestra Jacqueline para acompañarla con otro Malboro —otro más— y escucharla recordar.

La escena se repite a diario. El actual elenco del TEC está conformado por 16 actores, jóvenes casi todos. Casi. Por ahí anda el afable Serafín Arzamendia, actor que completa 20 años en el TEC y que no ha encontrado motivos para saltar del barco, ni siquiera en la mala hora de la casa, hace una década, cuando Enrique Buenaventura perdió su batalla con la muerte. El hombre bebe un café negro y a lo lejos también toma asiento para escuchar hablar a Jacqueline, la actual directora.

Ya entiendo a qué se refería Nicolás Buenaventura —hijo de ambos maestros—, desde un teléfono en Francia, cuando decía que no había crecido en Cali “con una familia sino con una comunidad”.

La gente del TEC, generación tras generación, ha aprendido a guardar la serenidad de esos viejos actores que se acostumbraron a la escasez y no a la fama. Es uno de los legados de Enrique Buenaventura: actor no es solo el que interpreta un personaje, actor es también el que barre el escenario y pega la puntilla para que la escenografía quede en su punto. Nadie se hace actor en el TEC con la idea de hacerse divo. Si quieres eso, vete a hacer comedias.

Por eso es que todos llegan temprano. Lo hacen para ensayar y estudiar, sí. Pero también para que esta vieja casa de dos plantas esté ordenada, para que el patio de la entrada luzca amable, para que las graderías de la sala de teatro permanezcan limpias.

Hace poco, me cuentan, como parte justamente de la conmemoración de los diez años de la muerte del maestro —fallecido el 31 de diciembre de 2003—, todos ayudaron a montar una exposición de 27 pinturas y retratos suyos.

Jacqueline parece la más activa de todos. Vive a pocos pasos del TEC, en el segundo piso del edificio Los Alpes, y llega a diario antes de las 8. Participa del entrenamiento físico y de las jornadas de investigación y de ensayo junto a los demás actores. A veces hay cartas que mandar a una ministra o a un secretario. Y ella se encarga también de esas minucias de la supervivencia.

El elenco almuerza junto. Uno de los actores cocina. Así que en el TEC notas pronto que la vida se va contando en la más absoluta fraternidad, sin olvidar que todos están ahí para mantener prendida la llama del legado de su fundador.

“Él no solo fue dramaturgo. Ahí nos dejó su poesía, sus cuentos, su música, su pintura. Todos sabemos que ya no vive entre nosotros, pero todos sabemos también que solo de nosotros depende que siga vivo en la memoria de esta ciudad”, dirá Daniela, antes de que Jacqueline, con otro cigarrillo entre sus dedos largos, continúe con la memoria encendida, dispuesta a seguir recordando.

Habla de su arribo a Cali. Había estudiado español desde los 14 años y conocía Latinoamérica gracias a un profesor guatemalteco que la ayudó a bucear con éxito en su historia y su literatura. Con ese insumo llegó a América. Solo diez meses después quedaría en embarazo de Nicolás y un par de años más tarde comenzaría a trabajar en el TEC, primero como directora de escenografía y luego como actriz y directora.



Tuvo que hacer, antes de eso, un ‘curso acelerado’ para poner de acuerdo el castellano aprendido en Europa —demasiado cercano al de España— con la jerga locuaz y desabrochada que la recibió en Cali. Durante sus primeros meses aquí prefirió callar. Hoy evoca esos días con picardía porque al poco tiempo se hizo una caleña más, exiliada por completo de las formalidades de la exquisita Francia.

Dueña en poco tiempo de una renovada confianza, Jacqueline Vidal fue convirtiéndose en el ángel tutelar del sueño fundado por Buenaventura. “Pero no porque detrás de todo hombre haya una gran mujer, como dicen, él no permitió eso y nos dejaba pasar a las mujeres delante suyo”, dice ella entre risas.

No fue, pues, Jaqueline Vidal una de esas mujeres que, a manera de premio, reciben de parte de críticos y biógrafos el crédito de ser la musa de, el sustento emocional o, en la mejor de las situaciones, la influencia reveladora de su esposo.

No señor. Durante medio siglo, la dramaturga francesa se ha metido en la piel de los personajes de clásicos del TEC como ‘Crónica’, ‘El lunar en la frente, ‘Ópera bufa’, ‘Siete pecados capitales’, ‘La importancia de estar de acuerdo’, ‘A la diestra de Dios padre’, ‘El maravilloso viaje de la mentira y la verdad’.

También ha dirigido varios de esos montajes y se hizo un soldado más de esa batalla del TEC y su creador para convencer a los escépticos de que había que formar actores para el arte y no para el espectáculo. Más preocupados por el cuento que por las cuentas. Ese asunto, me explicará, fue la razón de que Fanny Mickey se fuera del TEC y de que varios actores migraran a otros escenarios como la televisión. “Ese era el tipo de teatro en el que todos empezamos a creer, teatro que celebra pero que también cuestiona la vida, el país, la injusticia”, dice la maestra.

Era un teatro —ya es historia y está documentado— que celebraba también un método antiguo, proveniente de la literatura rusa, que hizo del TEC una república independiente en el escenario del teatro colombiano: la creación colectiva. Ha sido su sello en más de 60 años de existencia.

Lo sabe Aída Fernández, una de las primeras actrices del lugar, hoy docente del Instituto Bellas Artes. “¿Qué es la creación colectiva? Es difícil explicarlo. Es algo que tienes que vivir porque no tiene una receta. Es una experiencia que se pasea por la improvisación, que explora en la esencia de cada actor, que es lo más importante que tiene el teatro. No es una ciencia exacta, porque así la obra hubiera sido montada otras veces, llevarla de nuevo al escenario implicaba empezar de cero y aportar entre todos. Gracias a eso fue que el TEC creó una dramaturgia y un lenguaje propios”.

Fue un método que Aída vivió durante más de treinta años como actriz de planta. Y es el mismo con el que Daniel y Daniela se hacen actores hoy. Y, si eso es así, ¿cómo ha logrado permanecer vigente en Cali la creación colectiva, un tipo de teatro que puede oler a añejo, a polvo de los años?

La respuesta la entrega enseguida Beatriz Monsalve, actriz de fuste, hija orgullosa del TEC y hoy directora del grupo de Teatro Barco Ebrio: “Esa ha sido la gesta de Jacqueline Vidal: mantener vivo el legado y la propuesta teatral de Enrique Buenaventura desde su muerte, hace diez años, cuando muchos temimos que ese teatro, que es patrimonio de la ciudad, fuera a desaparecer”.

Es lo mismo que se le escucha decir a Orlando Cajamarca, director de Esquina Latina. “Suele pasar que cuando los procesos artísticos están amarrados a una figura, estos naufraguen cuando esa figura ya no esté. Lo loable aquí es que Jacqueline ha logrado mantener, contra viento y marea, el interés por la obra de Enrique Buenaventura, impulsando incluso un Centro de Documentación para preservar su obra completa en otras áreas distintas al teatro. A ella, sin duda, le debemos haber dado esa pelea y estarla ganando. De no ser por ella, hoy el TEC sería apenas una casa con una placa en la que se leyera: aquí vivió y murió Enrique Buenaventura”.

Qué cantidad de aplausos, sí. Pero no ha sido fácil. El asunto no estaba igual de claro aquél diciembre de 2003 cuando la maestra francesa tuvo que recibir un año nuevo con el sol indeseable de la mañana sin él, sin Buenaventura.

Solo en la muerte, ella aprendió a medir toda la fuerza de su amor. El hombre al que tantas veces había visto calzar sus sandalias peregrinas y viajar con su teatro de autor por el mundo, se marchaba sin remedio.

Tomar la decisión de dirigir el TEC llegaría mucho tiempo después. Nicolás Buenaventura —que muchos creían heredero natural— ya había expresado que ese no era su camino, que le “quedaban grandes la silla y los zapatos de Enrique”, como llama a su padre.

Jacqueline piensa en esos días. “Me dolió mucho su muerte. Yo no quería dirigir el TEC porque hasta entonces el encargado había sido él y no me sentía capaz… Me aterraba la idea”. Casi cuatro años después de un silencio triste, se decidió a no dejar morir el teatro. Lo hizo con terquedad de Acuario; aprendió a ser esposa en la vida y en la muerte. Quizá sucedió lo que repite Gabo: la trampa de la nostalgia quita de su lugar los momentos amargos y los vuelve a poner donde ya no duelen.

Ya no dolía la muerte de Buenaventura. Dolía más no celebrar su legado. Y era mucho lo que había por hacer. La sala del TEC se deshacía, se caía en módicas cuotas. Entonces, ella hizo lo que su esposo siempre: tocar puertas, pedir auxilio. La Cámara de Comercio dio la bendición y la empresa privada se metió la mano al bolsillo. Hoy da gusto sentarse en una sala renovada y tomada por asalto por actores jóvenes que siguen llevando a escena las casi 60 piezas escénicas que dejó Enrique Buenaventura.

Ha sido una lucha en la que a veces se ha sentido sola, reconoce ahora. “Pero no hay porqué quejarse. Solo también lo dejaron a él durante mucho tiempo. El TEC se la ha pasado con saldo rojo desde hace más de 50 años”.

Esa soledad, dicen otros, se debe quizá a que Jacqueline Vidal se ha negado a permitir que el TEC se oxigene con otro tipo de propuestas teatrales. Eso cree Fernando Vidal, dramaturgo, director de teatro y hasta hace poco decano de la facultad de teatro de Bellas Artes.

Pese a que reconoce que la maestra Jacqueline ha sabido conservar una escuela que forma actores en el difícil arte de la improvisación y que ha perpetuado el método de creación colectiva, “uno siente al TEC aislado. Cerrado a otras posibilidades. Es un modo de hacer teatro que tiene cierta fragilidad, que no se adapta a las exigencias de lo que la gente busca hoy cuando va a teatro; porque este, seamos honestos, no es un país de teatro ni de dramaturgos”.

Nicolás, desde Francia, escucha estos planteamientos. Sabe que de por medio está la labor de su madre —de “Jacqueline”, como prefiere llamarla, Jacqueline a secas— y dice que ella ha hecho en estos diez años lo que debía. ¿Qué era eso acaso?

“Conservar más de 60 años de teatro independiente. La obra de un teatro que, en todo este tiempo, se ha ido construyendo ladrillo a ladrillo. Debía conservar un tipo de teatro que no busca que el espectador se recree sino que piense el mundo. El primero es mero divertimento, el segundo es arte. Es un tipo de teatro que busca hacer pensar al espectador; y pensar, claro, no es fácil”.

Fernando Vidal cree, sin embargo, que “asumiendo la realidad de que el teatro no es un prioridad para los políticos”, el TEC debería “entender que el estilo del maestro Buenaventura no es inamovible y que buscar nuevos públicos no va en contravía de su legado. Fijémonos en Santiago García y su teatro La Candelaria, que son de la misma generación de Enrique: él fue más flexible y se adaptó a nuevas exigencias estéticas”.

La maestra Jacqueline sigue fumando en el patio. Y para esa suerte de críticas solo tiene un pensamiento: “El teatro que yo sé hacer y el teatro que todos amamos aquí es el de Buenaventura. Lo otro es comercial, superficial”.

Alguien ya lo había dicho: la única muerte verdadera es el olvido. “Imagínese, pagarme él hace tantos años un pasaje de avión para que yo terminara olvidándolo. Buenaventura sabía lo que hacía, por eso creo que nunca me dio el tiquete de regreso”.

Y hay risas otra vez.

jueves, 11 de julio de 2013

El profe que enseña sonidos de paz



¿Es posible enseñar música en medio de la guerra? ¿Es posible que un docente, armado únicamente con trombones, flautas traversas y guitarras, pueda dar cátedra de paz en un pueblo que ha sido hostigado por la guerrilla más de 600 veces, en los últimos 30 años? Edinson López, director de la Escuela de Música de Toribío, está seguro que sí. Notas afinadas de resistencia.


Por Lucy Lorena Libreros


El profesor Edinson Fernando López dibuja con su dedo índice, en el aire, lo que sus ojos verdes vieron en un dibujo infantil varios años atrás: tres líneas curvas que anhelaban parecerse a unas montañas, algo que se semejaba con mucho acierto a un helicóptero, rayitas en picada que no eran gotas de lluvia sino balas y varios trazos más cuyas líneas resultaban inconfundibles: unos rifles de asalto.

Era un dibujo triste, pero extrañamente bello. Lo había plasmado en cartulina una de sus alumnas como resultado de un ejercicio simple: los niños de la clase debían recrear lo que para ellos era Toribío. Y para todos, en ese salón, Toribío era eso: un pueblo acostumbrado a sentir las balas que descienden a cada rato desde las montañas y a veces, también, desde el cielo.

Para el resto de Colombia es casi lo mismo: una población del nororiente del Cauca que ha sido crucificada en las secciones de orden público de los periódicos con la fama triste de ser el municipio del país más atacado por la guerrilla. Las cifras, como los niños, no mienten. Desde 1979, grupos de izquierda alzados en armas, especialmente las Farc, han realizado unos 600 hostigamientos y se ha tomado el pueblo en 100 oportunidades. Así que la vida de los toribianos ha consistido, durante los últimos 30 años, en remendar su pueblo con paciencia de costurera, una y otra vez.

Lo sabe de sobra el profesor Edinson, cuya imagen de piel blanca y ojos verdes no da muchas pistas, una vez lo conoces, de que se trata de un hombre que nació entre estas montañas, hace 37 años, en el resguardo de San Francisco, conformado como el 98% de los habitantes de Toribío por indígenas nasa.

No es que el dibujo de su alumna lo haya sorprendido, aclara. Es que, en vez de armas, él hubiese preferido que los chicos dibujaran clarinetes, flautas traversas, guitarras, trombones o cualquiera de los instrumentos a los que a diario los enfrenta en la Escuela de Música de Toribío.

A esa escuela llegó diez años atrás, convocado por el Ministerio de Cultura y un ambicioso programa que aún existe y se conoce como Plan Nacional de Música para la Convivencia. Y en ella está sentado justo ahora, en una oficina ordenada y pulcra, preparando sus clases al pie de un computador.

La escuela, que solo cuenta al año con un presupuesto de 22 millones de pesos, tiene su sede en una casa estrecha, de dos plantas, ubicada justo frente a la pequeña plaza del pueblo y a pocos pasos de la Iglesia San Juan Bautista. En el primer piso —donde estamos ahora— funciona la Casa de la Cultura, hay varios salones desnudos y uno, oscuro, especialmente abarrotado de instrumentos, guardados con cuidado en estuches negros; la segunda planta es una seguidilla de oficinas públicas, desde la Umata hasta la Secretaría de Salud.

Es una mañana de viernes y, mientras el profe conversa, afuera los beneficiarios del programa Familias en Acción cobran con celeridad su subsidio pues el humor del cielo ha empezado a descomponerse y amenaza con una lluvia de llanto incontenible. “Usted y el fotógrafo —dice el profe— vinieron en buena época. Llevamos mes y medio de una calma hasta sospechosa, muchos creen que tanto silencio, tanta ausencia de bala, se debe a que de pronto la guerrilla se está preparando para hacer un ataque peor”.

Es una sospecha básica de la supervivencia en Toribío. Una señal, al parecer, igual de inequívoca al hecho de que pase un día entero sin ver un solo carro subiendo hacia el pueblo. Algo malo va a ocurrir, se cree enseguida. Es que los 32 mil toribianos, pese a tantos años de guerra, tantos días de sangre y terror, no han aprendido a dopar el sentimiento del miedo. Cree uno, más bien, que lo han domesticado.

El simple sonido seco de un tambor logra alterar los nervios, hacer que la gente se tire al suelo temiendo el inicio de una nueva emboscada. Fue lo que sucedió el pasado Jueves Santo, minutos antes de una procesión nocturna. Los unos decoraban santos, las señoras ponían flores. Alguien hizo sonar el tambor de una banda, invitada desde Jambaló, y la escena que siguió a continuación quedó grabada en las retinas de este maestro obstinado: gente corriendo en todas las direcciones y personas acurrucadas buscando refugio.

Solo vinieron a salir de la duda cuando se escuchó el sonido dulce de una lira. No era, pues, el inicio de uno de esos conciertos de balas que en los días más pedregosos del conflicto se prolonga hasta dos días. Eran sonidos de paz.

El pueblo respiró aliviado.

Y eso ocurre pocas veces. No fue así, por ejemplo, el 11 de julio de 2011, cuando un bus escalera, de esos que conocemos como chivas —el medio de transporte más común en la zona, después de las motos— voló por los aires al pie de las trincheras ubicadas cerca de la estación de Policía.

Fue un sábado, día de mercado. Al disiparse la humareda, los toribianos supieron que cien de ellos habían quedado heridos. El cerrajero, un gallero y el carnicero habían muerto. Un sargento de la policía acabó tan destrozado que de él solo hallaron una pierna. Se contaban en más de un centenar las casas que quedaron destruidas, como dispuestas para una autopsia.

¿Y la escuela? ¿La escuela del profe Edinson? Varias partes de la chiva que salieron disparadas tras la detonación fueron a caer en un salón trasero, cuyo techo no resistió y se fue al suelo. Por fortuna, no fue una mañana de clases. Los instrumentos resultaron ilesos. Fue como si el criminal accionar de las Farc se hubiera permitido la debilidad de no dañar del todo el lugar donde el maestro les enseña a sus muchachos sonidos de la vida. Sonidos de la paz.

Entonces, si eso es así, pronto adviertes que la labor de Edinson López no consiste enseñarles a sus alumnos cómo se lee la gramática musical sobre un pentagrama. Cómo se le arranca a un fagot o a una flauta traversa una nota Si y otra Fa. Eso es sencillo, a la larga.

En un pueblo donde llegan tantos con la intención de darle a la muerte la dirección equivocada, su trabajo consiste en realidad en lograr que sus estudiantes interpreten pasillos y bambucos ignorando que desde el vientre de sus madres vienen afinando el oído, sin querer, para distinguir con acierto los sonidos de la guerra: el estallido de los tatucos, la explosión de cilindros bomba, las ráfagas de fusil.

Acá, en Toribío, donde vivir y morir sigue siendo para tanta gente un cara y sello, el anverso y el reverso de una misma cosa, el profe Edinson López se las ha ingeniado para lograr que las tres generaciones que han pasado ya por su escuela conviertan la música en necesidad, en una vía para salvarse del extravío.

Lo dice a su manera Luis Ángel Murillo, un joven flaco de 14 años a quien Edinson enseñó a interpretar la corneta y a cultivar un amor sanguíneo por la música. Luis Ángel se imagina estudiando su instrumento de manera profesional cuando termine el colegio.

No hace mucho, el chico llegó hasta la Casa de la Cultura. Son poco más de las 2:30 de la tarde de este viernes y en pocos minutos veré cómo el lugar se irá llenando con las voces y las notas distraídas que empiezan a hacer sonar los 45 niños y jóvenes, entre 8 y 17 años, que actualmente reciben clases.

Luis Ángel asiste desde hace cinco años. Y en ese lapso ha vivido tres hostigamientos guerrilleros, en plena clase. “A mí siempre me da tembladera y el susto me dura varios días, aunque ya uno después se va acostumbrando, a veces hasta se me olvida. Cuando las balas ya no se escuchan, cojo mi instrumento y salgo caminando para mi casa. Yo no sé el profe cómo hace, pero nunca lo he visto con miedo. Mientras la guerrilla y la policía disparan allá afuera, él llama a nuestros papás para tranquilizarlos”.

Otros niños no reaccionan igual. El profe Edinson piensa en Frank. En el miedo de Frank. Hace un par de meses, el pequeño clarinetista engrosó la cifra triste que el docente tiene anotada en un cuaderno: entre el 10% y el 15% de los chicos que recibe cada año deben abandonar la escuela pues sus familias se desplazan por culpa de la violencia.

Casi todas lo hacen hacia el sur del país, Nariño o Putumayo, explica el alcalde de Toribío, Ezequiel Vitonás; otras familias más migran hacia los Llanos Orientales y otras menos hacia el Valle del Cauca.

Cuando eso ocurre —confiesa el maestro con voz quebrada— se siente una impotencia tremenda. Es una lucha desigual con la guerra. Ellos tienen armas que amedrantan, yo solo tengo guitarras y trompetas para hacer felices a estos niños. ¿Qué puedo yo hacer frente a una mamá que me dice, desesperada, ¡profe, no aguanto más! Solamente desearle suerte, a ella, y a ese niño que probablemente se perderá de la música para siempre”.

Fue también lo que sucedió con Cristian Darío Julicué. También clarinetista. Vivía con su mamá, una enfermera, en la vereda Pueblo Viejo de Toribío. Años atrás, caminaba todos los días, con entusiasmo, los 45 minutos que separaban su casa de la escuela de música.

Un día de tantos, con su clarinete empacado en un estuche, dando pisadas sobre una trocha de la loma, sintió un láser rojo en el pecho, señal inequívoca de que alguien lo apuntaba con un arma en la distancia. Luego vino una requisa. Después explicaciones temerosas. No, señor policía, salvo mi instrumento en ese maletín no llevo otra cosa. Su mamá creyó que en otra oportunidad el ángel de la guardia del pequeño no sería tan diligente y prefirió enviar al niño a terminar sus estudios en un colegio de Pasto. Adiós clarinete.

Uno escucha esas historias dolorosas y entonces se pregunta porqué, después de diez años, el profesor Edinson sigue en Toribío. Resistiendo, haciendo patria. Exponiendo el pellejo a diario. Viviendo solo en un cuarto, lejos de Santiago Alejandro y María del Mar, sus hijos de 15 y 7 años, que aguardan a que su padre llegue cada fin de semana sano y salvo a Popayán, donde los dos viven con su mamá desde hace varios años, después de que el docente entendiera que no podía seguirlos exponiendo a la intransigencia de la guerra.

Claudia Cruz, directora de la Fundación Polifonía, que lidera proyectos de formación musical en el Cauca y es Coordinadora del Plan Nacional de Música para la Convivencia en ese departamento, aventura una sola palabra como respuesta: gratitud.

La única razón por la que el profesor Edinson no abandona su labor, pese a las dificultades, es el sentido de pertenencia que tiene hacia su pueblo. Él no solo nació allá, sino que tuvo la oportunidad de aprender música. Lo hizo de manera profesional, en la Universidad del Cauca, pero él sabe bien que hay muchísimos otros jóvenes que no corren la misma suerte y la vida no les hace ese guiño”.

Es que cuando eres joven o niño en un pueblo como Toribío tropiezas con la realidad difícil de que, pese a que representas el 53% del total de la población son escasas las opciones de progresar que tienes enfrente. El alcalde Vitonás, en su despacho, enumera algunas: sembrar tomates, zapallo, arracacha, papa sidra o esa cebolla larga tan famosa en Cavasa, que se vende bien en las galerías de Cali. También puedes asociarte para cultivar truchas o sembrar ese café que desde hace cuatro años tiene marca propia ‘Quescafé’, que en lengua nasa quiere decir ‘Nuestro café’.

Y eso suena bonito, sí, pero es que se trata de un municipio que, según el propio alcalde, tiene el 68% de sus necesidades básicas insatisfechas. De las 66 veredas (donde vive el grueso de la población), 40 no cuentan con energía eléctrica. Un 90% no recibe agua potable en sus casas, 2.884 familias hacen sus necesidades en campos abiertos y unos 4 mil niños se quedan sin cupo para estudiar. Para lograrlo, el alcalde Vitonás tendría que construir 60 aulas de clases. Y en este pueblo no hay plata.

Mientras esa realidad abofetea a sus chicos, el profe Edinson resiste. No se queja. Propone. Hace tres años pidió ayuda para fundar una escuela similar en San Francisco, el resguardo donde nació, pero no tuvo eco. No importó: armado con flautas improvisadas con tubos de PVC, fabricadas por él mismo, llegó hasta allá para seguir seduciendo con música, cual flautista de Hamelin. Pronto, una decena de chiquillos acudieron al llamado.

Intuye uno que el profesor Edinson López ha hecho de su oficio una forma de rebeldía. Él ignora a propósito la dureza de la realidad del pueblo y prefiere hablar de sueños: el más grande es poder conformar una orquesta de 200 niños músicos. “¿Se imagina? Todos tocando al tiempo”... Quizá lo logre. A él no le importa que lleve cuatro meses sin recibir salario o que su contrato de prestación de servicios tenga tanta estabilidad como una casa al pie de un volcán. Qué va: llegará el día en que sus alumnos dibujen guitarras en lugar de fusiles. El día en que gracias a su sentido dramático del deber, Toribío cambie para siempre los sonidos las balas por los de una flauta traversa.


Este es el cantante que hoy has venido a escuchar


Muchacho, esta carta es para vos. Para vos que, seguro, no conocés la historia de Héctor Lavoe, ese ídolo de la salsa que gozó y lloró en Cali. Ese ídolo que jamás será un periódico de ayer..

Por Lucy Lorena Libreros


Año 77. Ya hubiese querido verte parado ahí, muchacho, en ese Coliseo Evangelista Mora a reventar. Aquel concierto, aquel esperado concierto, ocurrió una noche de sábado. Eso cuentan los que asistieron. Era la primera vez que Héctor Lavoe cantaba en Cali y el entusiasmo que provocaba su pregón parecía medible en la escala de Richter



No hacía mucho, un año atrás, había llegado a manos de coleccionistas y melómanos ‘De tí depende’, ese álbum genial del sello Fania en el que el hombre que ‘podía cantar debajo del agua’ convertía un ‘Periódico de ayer’ en gran acontecimiento.

De seguro has escuchado esa canción. Es un temazo. Un clásico de la salsa, pelao.



Vinieron a divertirse y pagaron en la puerta. Ocho mil personas. Con tal cantidad de gente dentro daba la impresión de que ese coliseo no vibraba por tanto peso, latía. Héctor tenía 31 años, 12 álbumes a cuestas, un pasado memorable junto a Willie Colón y una voz poderosa que le regalaba a la salsa dura la promesa de que la clave y el soneo tendrían larga vida.

Y éxitos, Héctor Lavoe también tenía aquí muchos éxitos. Casi tantos como los que puede acumular ahora uno de esos cantantes de reggaetón o de vallenato llorón que solés escuchar en tu iPhone. Esos que derraman su mala voz sin mayor escrúpulo ni rigor. Me disculparás, pero eso pienso.

Esto de lo que yo te hablo —te escribo— es otra cosa. Oro en polvo, muchacho. Los de Lavoe no eran éxitos efímeros, ya vas a ver.

Esta historia sucedió en la Cali setentera. Una que ya se extinguió y que te toca buscar en el recuerdo empolvado de tus papás y de tus tíos: la de los ‘grilles’, la de Cabo Rojeño, la Costeñita y Los Ahijados.

Ellos te contarán que la rumba brava era en el centro, en plena Carrera Octava. Los pelaos como vos agitaban a gran velocidad sus pantalones de terlenca desde que descubrieron el milagro musical de hacer girar sus Lp de 33 revoluciones —sus pastas, como ellos los llamaban con cariño— en 45. Y ese Lavoe del que te hablo a veces también sonaba así, frenético: “...Aguanile, aguanile mai mai”.

La suya era, pues, una voz hospitalaria para esta ciudad. Aquí, mucho antes de ese concierto en el Evangelista, el negro ‘Watussi’ ya bailaba en los ‘aguaelulos’ Che Che Colé, Barrunto, El Todopoderoso y Asalto Navideño, y muchos otros caleños entonaban Calle Luna, Calle Sol. Era la época en que un pelado como vos, digamos de 15 ó 18 años, uno de barrio popular, claro, entendía bien a qué se refería ‘el rey del pregón’ cuando cantaba —escoltado con los trombones alucinantes de Willie— eso de que “en los barrios de guapo no se vive tranquilo, mide bien tus palabras o no vales ni un tiro”...

Pero te hablaba del concierto, de ese esperado concierto. Héctor saltó al escenario en aquella primera presentación mucho después de la hora pactada. Rayando casi la media noche, cuando el público era ya un amasijo de espera y de ansiedad. No hay tiempo para tristeza, vamos cantante, comienza...

Sucedía siempre; era su estilo. Y Cali, como Nueva York y San Juan, entendió que quien le cantaba era nada más y nada menos que ‘el rey de la puntualidad’. Era un defecto que él justificaba con gracia: “No es que yo llegue tarde, es que ustedes llegan muy temprano”.

El hombre llevaba en sus manos unas maracas, quizás el único instrumento que interpretaba en público; vestía de traje verde y de chaleco. Y lucía flaquísimo, como vos seguro lo habrás visto en tantas fotos viejas y videos. Apareció frente a todos, seguro, firme, decidido. Entre estrofa y estrofa bebía sorbos largos de aguardiente, mientras el sudor del cuerpo se le escurría por todos lados.

Cantó “sin esfuerzo, sobrado”, como lo recuerda ahora y lo ha documentado muchas veces el escritor Umberto Valverde. “Era Lavoe en persona, los caleños no lo podíamos creer”.

Pero sucedió, muchacho: esa noche de 1977 Lavoe se enteró de que en Cali, en esta ciudad fundada al pie de una cordillera, su música despertaba devoción: él era el cantante al que todos habían ido a escuchar. Él, Héctor Lavoe, era el cantante, muy popular donde quiera. Nadie quería que su show acabara; en Cali, él no era otro humano cualquiera.

Por eso la idea de esta carta. Te escribo a vos. Sí, a vos. Que no sé cómo te llamás. Sos uno de esos muchachos que hoy veo caminar, morral al hombro, por la calle o viajando en MIO, siempre atado a alguno de tus apéndices electrónicos. A veces a unos ‘beats’, esos audífonos enormes que prometen hacerte escuchar casi cada pieza del sonido. Me cuentan que la sensación que producen es de encierro total. Lo que suceda y se escuche de audífonos para afuera, no importa. Esa, dicen, es la gracia.

Qué hubiera dado un pelado de la Cali de los 70 o de los 80 por tener uno de esos. ¿Te imaginás? Contar con unos ‘beats’ y escuchar fielmente cómo Ray Barreto castigaba el cuero de sus congas; los ‘rebateos’ felices de Ismael Rivera; el bajo de Bobby Valentín; la flauta de Johnny Pacheco; el cuatro de Yomo Toro, el piano de Richie Ray...

Eran otros tiempos. Muchos de esos artistas sonaron en vivo para Cali. La culpa fue de un tal César Araque, al que todos llamaban Larry Landa; el ‘man’ fundó una discoteca de culto en Juanchito, Juan Pachanga, y le devolvió a ese corregimiento de Candelaria la magia de sus antiguos carnavales.
Además del Hotel Petecuy y el salón Las Vallas, allá, en Juan Pachanga, fueron la mayoría de las presentaciones de Héctor Lavoe todas las veces en que visitó Cali, por si un día te lo preguntan, pelao.

Lo cuenta Alfredito de la Fe, un violinista virtuoso que terminó extraviado en la salsa. Él cargaba la responsabilidad de sostener musicalmente la orquesta del lugar, por la que habían pasado ya Joe Cuba, Pete ‘el conde’ Rodríguez y Andy Montañez.

Un día, de labios de Larry, supo que el cantante de los cantantes haría parte del grupo. Cantaría junto a una nómina de lujo: el ‘chiqui Zúñiga en el piano; ‘Pichiliro’ en los timbales y Adolfo Castro en la trompeta.

Lavoe había decidido huir de Nueva York para alejarse de la heroína. Todos lo creían un adicto irredento. La capital del Valle, le habían dicho en Nueva York, era un buen lugar para enderezar el camino y hacia 1983 llegó con deseos de quedarse largo rato.

Lo recibió esa Cali que se escribía casi siempre enseguida de la palabra narco. Esa Cali que había aprendido a dopar el sentido de la ética. La del dinero fácil, donde en vez de un sol amanece un dólar, diría Blades. Esa, seguro, no era la sucursal del cielo. Al menos no lo fue para Héctor Lavoe.

Al final, fueron solo seis meses en los que dormía todo el día y salía en las noches. Seis meses de odios y amores con Landa. Fue una relación siempre al límite: Héctor era la voz que a Larry daba dinero. Larry era el señor de los contactos que le aseguraba al cantante conciertos por el mundo.

Lavoe vivió inicialmente en el piso 15 de la Torre Aristi; Carrera 9 con 10. Pero los buenos propósitos “del hijo de Panchita, la que cantaba en los entierros, y de Luis, el que amansaba las guitarras” —como escribió el poeta Jorge García Usta— se desvanecieron rápido.

En ese hotel quiso una mañana quitarse la vida atándose el cordón de una persiana al cuello para luego saltar al vacío. Lavoe acechó siempre a la muerte, a lo Janis Joplin, a lo Kurt Cobain.

Fue entonces cuando Alfredito de la Fe decidió llevarlo a vivir consigo a su apartamento de la Autopista Sur con 52. El violinista intuyó, con buen juicio, que el mal de Lavoe no eran las drogas. Estaba en realidad enfermo de una insaciable soledad, que años más tarde se agudizaría con la noticia del asesinato de su suegra, madre de la ‘Puchi’, el amor de su vida; la muerte temprana de Tito, uno de sus hijos, y una enfermedad que se regaba como plaga, el sida.

Pero eso sucedió mucho después. Antes de que perdiera su contienda estéril con la fatalidad, Lavoe, como su canción, siguió siendo tristeza y sonrisa pagada, muchacho.

El abogado Miguel Yusti, compañero de rumba durante sus años en Colombia, dice sin remilgos que quizás Héctor Lavoe sea “el único cantante al que no le gustaba cantar. Lo hacía porque se lo pedían, pero no porque lo disfrutara”.

Fue el mismo pálpito que Celia Cruz le confesó a Valverde, el escritor, tras un concierto en Barranquilla: “Héctor no sabe lo que vale y es. No sabe quién es él”.

Tal vez el propio Lavoe intuía su naufragio cada vez que cantaba esa línea gozona de El Todopoderoso: “cada cabeza es un mundo”... Y el suyo, ya lo has notado, estaba lleno de nubarrones y fantasmas. No te sorprendas si te cuento que alguna vez, Alfredo de la Fe lo sorprendió casi al punto de acabar con su casa pues buscaba a un hombre gigante que, según Lavoe, andaba con una ametralladora dispuesto a matarlo.

Otro día, en Juan Pachanga, —cuenta también De la Fe— escuché un escándalo en la puerta; el portero discutía con alguien. El problema era un tipo que quería entrar sin zapatos a la discoteca. Ese tipo era nada menos que Héctor Lavoe y a mi me tocó mediar en el asunto. El lugar estaba a reventar y, a pesar de eso, él se negaba a cantar. Me costó convencerlo. Sólo aceptó empezar el show si no lo obligaba a mirar a nadie”.

No hubo de otra: lo que el público vio esa noche fue un hombre sentado en el piso, ya con zapatos, que después de poner su cara en medio de las rodillas, cual nene consentido, comenzó a cantar.

Ya lo ves, pelao, ese al que todos llamaron El cantante de los cantantes, La Voz, El Sabio, era una astilla casi siempre a punto de quebrarse... de “momentos malos y de cosas buenas”.

De esas se acuerda Yusti. Emocionado, habla de una amanecida en Santander de Qulichao, Cauca, donde Héctor la noche anterior se había presentado en una discoteca. “Aún con traguitos en la cabeza nos fuimos en un jeep para la plaza y, aprovechando que estábamos en época electoral, comenzamos a pregonar por un megáfono que votaran por Lavoe para alcalde. Héctor se prestó para el juego y comenzó a sonear, de pie sobre el carro. Al final, se armó una rumba tremenda en ese pueblo de negros.”

También se acuerda el escritor y periodista Medardo Arias, quien vivió junto al ‘rey de la puntualidad’ una escena memorable en Buenaventura, cuando Lavoe se presentaría por primera vez.

El coliseo del Puerto era un hervidero de gente y se quedó corto para la gran cantidad de boletas que se habían impreso. Justamente los que aguardaban por un cupo, tiquete en mano, armaron un zaperoco de padre y señor mío. Al final, presas de la decepción de no poder ver al ídolo salsero, no hallaron más remedio, recuerda Medardo, que cargar un tronco de madera para derribar la puerta.

Adentro, la euforia era total: “Lavoe arrancó con las líneas de ‘Calle luna, calle sol’ y fue como si en ese momento comenzara un temblor de tierra”.

¿Hoy sería posible repetir la hazaña? Algunos lo dudan, muchacho. Los pesimistas creen que jóvenes como vos han perdido la clave. Ahora abuchean a Rubén Blades, como ocurrió en su concierto reciente de Cali, en 2010. Se preguntan dónde estará la melodía, como en la canción de Henry Fiol. Pero yo tengo fe: seguro, con todo esto que te he contado, le darás a Héctor Lavoe un chance en tus ‘beats’. Este es el cantante que hoy has venido a escuchar.