jueves, 1 de septiembre de 2011

Violines de la tierra


Hace más de tres siglos, los negros esclavizados se apropiaron de un instrumento musical refinado
y europeo por excelencia: el violín. Hoy, la tradición sigue palpitando en las montañas del norte
y el sur del Cauca
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Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Ernesto Guzmán Jr.


Es cierto, el estuche no le hace honor: luce desgastado, viejo y curtido por el polvo. Pero eso que lleva Eliécer Lucumí colgando sobre uno de sus hombros, camino a la vereda El Palmar de Santander de Quilichao, es un violín Stradivarius, una auténtica joya de la música: data de 1713 y en su interior se lee ‘made in Germany’.

Quienes conocen del asunto saben que se trata de una pieza construida por un miembro de la familia italiana Stradivari y que, por eso mismo, la marca ha sido perseguida durante siglos por intérpretes exquisitos y cazadores de antigüedades. El viejo Eliécer no es lo uno ni lo otro. Su instrumento —pequeño y de color miel— no se ha subido en manos suyas a teatros con asientos de terciopelo ni cristales Bacarat.

Está en su poder, desde hace dos décadas, resultado más del azar que de la persistencia de un músico refinado. Él supo durante años que estaba al amparo de Arturo, un abuelo caprichoso de Santander de Quilichao que durante años se resistió a venderlo. Pero le llegaron los malos días, se vio obligado a empeñarlo y fue cuando entendió que era mejor que acabara en manos de Eliécer, que desde hacía tanto le había el hecho el guiño. 150 mil pesos. Trato hecho.

Y ahí donde usted lo ve, desde entonces de ese antiquísimo Stradivarius han salido bambucos, torbellinos, merengues andinos y fugas. Vallenatos, si el público lo pide. Incluso rancheras. Este Stradivarius, que un día debió honrar las notas de Vivaldi o de Chopin quién sabe en dónde, hoy le pertenece a una tradición nuestra que data de hace más de 300 años: los violines caucanos.

La escena que veo ahora transcurre en una zona montañosa del norte del Cauca. La vereda El Palmar es un rincón al que la modernidad no encontró cómo llegar. Ni siquiera se valió del único camino por el que se accede a ella, tapizado de tierra y de piedras saltonas, frecuentada a cada rato por chivas repletas de campesinos. La vereda huele a piña, a caña, a cacao, y la belleza de estos cultivos y de sus trapiches artesanales, está siempre al servicio de la vida cotidiana. Sus casas, como esta en la que estoy escuchando a Eliécer interpretar su violín, permanecen como en muletas, sostenidas por la esperanza de sus dueños, por la guadua y por el bareque.

Es el punto de encuentro permanente de ‘Palmeras’, grupo que lleva en acción más de medio siglo y que el año pasado le arrebató, en justa lid, el primer puesto a las otras agrupaciones que competían en la categoría de Violines Caucanos, en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Por eso este año no podrán competir. La hazaña ya la habían conseguido en 2008, justo cuando se abrió esta modalidad en el certamen.

Una foto en la sala de la casa se los recuerda a diario. En ella sonríen, además de Eliécer, Luis Eder Carabalí, el otro violinista; su hermana María Fernanda, una de las cantadoras; Adelmo Casarán, intérprete del bajo; Bolívar Lucumí con su requinto; Justiniano Vásquez al pie de su tambora y junto a todos ellos Arnul Abonías, que nunca desampara sus maracas.

Entre ellos son primos y hermanos. Se conocen y se quieren desde niños. Y entre todos comparten la única herencia posible en una geografía como esta: el temperamento musical. Los abuelos de estos artistas fundaron ‘Palmeras’, sus padres continuaron la tradición y entonces un día ellos asumieron como un deber sacramental perpetuar el legado. Sin conservatorios, ni pentagramas. Aprendieron de oídas.

Eso me lo cuenta Adelmo, el del contrabajo, una pieza imponente, más grande que un niño, fabricado con pino y cedro. "La gente pensará que el papá de uno se sentaba a enseñarnos a los hijos a tocar. No es así; al menos no aquí. Para Amador, mi papá, este instrumento era intocable. Él lo dejaba en una esquina de la sala y se iba a cultivar, y hay de mí donde no lo tuviera en ese mismo lugar cuando él llegara. Yo lo cogía al escondido y aprendía de tanto verlo tocar en las fiestas. Era la única forma".

Y la historia se repetía, claro, con los violines, fabricados siglos atrás artesanalmente en guadua y con crin de caballo. Quien lo explica es Luis Eder Carabalí, un soldador mecánico que sabe tanto de metales maleables como de bambucos. Los interpreta y los compone. Algunas de sus canciones suenan como plegarias religiosas, otras resultan tan cotidianas como aquella en la que le da las gracias a su padre por haberle legado esta tradición.

Las hace sonar en las adoraciones al Niño Dios —fiesta que se toma varias poblaciones nortecaucanas entre diciembre y marzo— y en los velorios de niños menores de 7 años, cuya muerte tiene tanto de llanto como de felicidad. Ese pequeño se asume como un nuevo ángel que llegará al cielo; y cada vez que lo llaman, Luis Eder llega con su grupo y comienza a tocar en esos arrullos: a un lado lloran los deudos, del otro bailan los vecinos que festejan la partida.

Otras celebraciones son menos solemnes. Los violines suenan también en cumpleaños, en matrimonios, en bautizos. María Fernanda, la mujer de canto espeso que entona las melodías del grupo, lo hace ver sencillo: "Es como contratar a un grupo para dar una serenata. Sólo que aquí la gente no piensa en tríos o en mariachis, prefieren lo de acá, los grupos de violines caucanos".

Violines entre cañaduzales.

La historia aún no se pone de acuerdo. Algunos creen que los negros esclavos del Patía y del norte del Cauca —donde es tan fuerte la presencia del violín— llegaron a este instrumento europeo aprendiendo a hurtadillas, espiando por las rejas de las ventanas, mientras los señores de la casa y los sacerdotes lo interpretaban a placer.

De eso está convencida Paloma Muñoz, musicóloga de la Universidad del Cauca, que ha rastreado durante años el origen de esta fuerte tradición. "La presencia entre los negros de instrumentos tan europeos como el violín responde, en buena medida, al fuerte trabajo de comunidades religiosas que llegaron tras la Conquista y ejercieron su misión evangelizadora a punta de música. Los esclavos aprendieron a tocarlos por pura imitación durante décadas y cuando comenzó a darse el proceso de negros cimarrones que se volaron de las haciendas cañeras, estos se llevaron consigo esos saberes aprendidos".

No es lo que cree Carlos Alberto Velasco, investigador musical y uno de los creadores en 2008 de la categoría de violines caucanos en el Petronio Álvarez. Para él, muchos de los esclavos que llegaron a estas tierras "era gente ilustrada, con un alto grado de apreciación musical que habían pasado por universidades. Así que eso de que los que vivían en América eran un montón de negros brutos que aprendieron viendo no más, no es del todo cierto".

Verdad o no, lo que se ha logrado documentar hasta ahora es que el violín llegó al Cauca desde el Siglo XVII gracias a grupos católicos como los jesuítas. El mar lo dejó a orillas de Cartagena y desde allí emprendió otro viaje, esta vez a lomo de burro, hasta tropezar con las haciendas cañeras que crecieron a orillas del río Cauca, especialmente al margen izquierdo, y que fueron grandes protagonistas de la economía de la zona durante siglos.

Llegó no sólo a sus dueños. También a los negros esclavos que, curiosamente, y contrario a lo que ocurría en el resto de comunidades afro del país, exploraron más los sonidos de cuerda que los de la percusión: además del violín, las manos negras se deslizaban con gracia por guitarras, bandolines, tiples y por brujos, como se les llamaba a instrumentos de cuatro cuerdas a los que se les atribuían poderes mágicos.

Hoy, después de más de cuatro siglos —de sobrevivir con sangre y sudor a la Conquista, la Colonia y la Independencia— la tradición de los violines negros sigue presente en poblaciones nortecaucanas como Buenos Aires, Santander de Quilichao, Suárez y Caloto. Y más al sur del departamento, en lo que se conoce como El Patía, que cada mes de agosto celebra sus fiestas patronales al son del violín y de las fugas.

Poco de eso se conocía cuando un grupo de amantes de la música del Pacífico, a la cabeza del antropólogo Germán Patiño, decidieron crear en el Petronio Álvarez una categoría que acogiera a los grupos que llevaban años esforzándose por perpetuar esta tradición.

El investigador Velasco recuerda con horror las rechiflas del público y la incomprensión por parte de algunos jurados que no daban crédito a la presencia de un instrumento tan refinado sonando entre tamboras y maracas. "Muchos, incluso, llegaron a pedir que se cancelara la categoría. Recuerdo que un reconocido periodista deportivo, que quién sabe cómo terminó de jurado, decía que los violines nada tenían que hacer en la música de negros. Que en el Petronio los asistentes sólo esperaban escuchar marimbas y chirimías, desconociendo una tradición musical de más de 300 años", se queja el investigador.

Antes de eso, Luis Eder y sus muchachos habían aprendido a regresar a sus casas con las manos vacías, resignados, pues sólo tenían chance de competir en la categoría libre, en la que el duelo era con grandes orquestas y artistas con propuestas novedosas que bebían de la tradición del folclor negro fusionándolo con otros géneros. "Era como pelea de tigre con burro amarrado", se ríe ahora Luis Eder, al evocar lo que sucedía en esos años.

Fue curioso, reflexiona Luis Alberto Velasco: "Durante años nos la pasamos creyendo que la música del Pacífico era la que se hacía en el Litoral, que es muy rica también, pero no la única. Del Cauca se conocían las expresiones musicales de Guapi, que es muy fuerte en marimba por el tema de Hugo Candelario y los hermanos Torres, pero resulta que detrás de las montañas permanecía, casi inalterable, una música que es reflejo de ese sincretismo que ha marcado nuestro folclor, mezcla de lo indígena, lo blanco y lo negro".

Porque, ¿qué es acaso la música del norte del Cauca y del Patía? Pues una receta sonora de violines europeos, tambores africanos y maracas indígenas. Una música que ha sabido encontrar su propio sello: mientras en el resto del país, el bambuco es apenas interpretado, sólo instrumental, los negros caucanos lo adaptaron para sí bañándolo con su espíritu fiestero y sus letras.

Violines rescatados.

Esta tarde de sábado, mientras ‘Palmeras’ atrae a los vecinos de El Palmar con sus bambucos y lo hace bailar en esa carretera de polvo, pienso que Luis Eder, Eliécer, Adelmo y todos ellos ya están a salvo de esos malos ratos.

Si hace unos años los investigadores musicales de la región se cogían la cabeza, asustados, temiendo la desaparición de esta tradición, hoy el panorama de los sonidos de estos violines de la tierra es más que esperanzador: el año pasado, siete agrupaciones se inscribieron para participar en el Petronio. En este 2011, la cifra creció a quince.

Empuja la Academia con sus investigaciones. Empuja el Petronio Álvarez que ha sabido respetar el espacio de estos grupos. Empujan poblaciones como Santander de Quilichao que cada año organizan ‘Fuga al parque’, una suerte de festival que convoca a los mejores del género. Y empujan músicos tan entregados como los de ‘Palmeras’, que después de sus faenas diarias de pan coger en el campo y de obreros de fábrica, toman sus instrumentos para que el legado siga latiendo en el folclor negro.

Luis Eder habla de su sueño de fundar una escuela. Ha sentido el interés de niños y de jóvenes de Santander de Quilichao que desean conocer esta música, que se asoman con curiosidad a los ensayos de ‘Palmeras’, que piden chico para acariciar los instrumentos, que se reunen en las escuelas para aprender a su manera.

"Lo que me gustaría, sobre todo, es que aprendieran a fabricar los violines de antes, los de guadua, que se cortaba en luna menguante, los que hacían nuestros padres y abuelos, que si bien no tienen la perfección del sonido del violín tradicional, funcionan para nuestras canciones. Ese es el empujón que nos hace falta, porque los violines con los que trabajamos ahora son los tradicionales, y lo bonito sería poder continuar la tradición tal como se hacía siglos atrás; muchos de los abuelos que los fabricaban se han ido muriendo", le escucho decir al soldador mecánico.

María Fernanda, su hermana, lo escucha atento y entonces confiesa que ella también ve el cielo despejado, así muchas veces deban ceder a las presiones de la fiesta y terminen tocando con sus violines vallenatos de Alfredo Gutiérrez y letras de despecho de Darío Gómez. Así al viejo Eliécer, en las noches de fin de semana, le toque tomar un bus hasta Cali que lo deje frente a la oficina del grupo de mariachis donde también se ve obligado a tocar su violín.

Total, cuenta la cantadora, sólo en Santander de Quilichao cada vereda tiene su propio grupo musical. Tan antiguos como ‘Palmeras’. El bambuco, las adoraciones y las fugas suenan cada fin de semana, con motivo o sin él, en Dominguillo, en San Antonio, en Quinimanyó, en Mazamorrero.
"Y entre veredas sucede algo bonito: nos invitamos los unos a los otros. Mire, que en una fiesta no suenen las canciones comerciales, las de la radio, esas que tanto entusiasman a los muchachos, sino la música nuestra es un buen síntoma", dice María Fernanda, bailando sobre la tierra desnuda.

Afuera de la casa, mientras los músicos se ordenan de nuevo para volver a tocar, Camilo, un pequeño de apenas 8 años, se asoma con timidez a esta fiesta improvisada mirando desde la reja de alambres de púa que separan la construcción de la carretera.

Le pregunto si disfruta de esta música, si le atrae. El pequeño, sin retirar sus ojos negros y dulces del violín del viejo Eliécer, y jugando con un palo entre las manos responde que sí. Un sí a secas. No dice más. No quiere hablar... Ya lo entenderé luego: sus manos y su cabeza han tomado posición, como si él también tuviese un Stradivaruis entre las manos. Esto de los violines caucanos, pienso, no es sólo un asunto de música. Es también un acto de fe.

miércoles, 6 de julio de 2011

Memorias de un lazarillo literario



El argentino Alberto Manguel prestó durante cuatro años su voz y sus ojos para acercarle a Jorge Luis Borges, ya en la ceguera definitiva, las líneas de Kipling, de Stevenson y de Joyce. El escritor reconstruyó esos días memorables junto al autor mayor de las letras argentinas y la nostalgia de afrontar un tiempo en el que los libros son ahora patria de unos pocos nostálgicos.


Quedaba sobre la Calle Corrientes, entre la San Martín y la Florida. Se llamaba Pygmalión. Cálida y rústica como todas las librerías de su tiempo, en esa Buenos Aires sesentera que deliraba con sus escritores. Un lugar suficientemente pequeño para que los libros interrumpieran el paso y suficientemente atractiva para que las amas de casa compraran ‘Rayuela’ y ‘Cien años de soledad’ con el mismo entusiasmo con que llegaban a casa con los víveres de la cena.

El recuerdo le pertenece a Alberto Manguel. Argentino, novelista, traductor, editor, ensayista y, antes que cualquier otro oficio, un lector romántico. Un abuelo de voz sedante que bien parece el último mohicano de una extraña tribu que profesa por los libros, por la letra impresa, el mismo respeto que un militar por las armas.

No cree en los artificios de Google, contará más adelante. Ni siquiera existe a su nombre una cuenta de correo electrónico. Sucede que si en sus faenas literarias lo apremia una fecha precisa, un nombre exacto o un hecho histórico, Alberto se aferra a ese delgado poder que tiene el papel de hacer más verosímil cualquier cosa. Ante una duda, acude al único cielo que le pertenece, a la única patria en la que cree: a sus libros. Posee más de cuarenta mil.

Tenía 16 años, “o 15, ya no tengo certeza”, cuando, después de pasar su niñez en Israel, se vio entre las estanterías de aquella tienda de libros porteña sirviendo de guía para lectores indecisos. Ganaba así unos pocos pesos mientras culminaba el bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires y ahorraba para partir luego hacia Europa para no regresar sino hasta muchas décadas después.

Y así de anodinas habrían seguido sus tardes de no ser por un hombre de párpados sombríos y atuendo impecable que, apoyado sobre un bastón para disimular la incertidumbre de sus pasos cuando pisaba la calle, le pidió sin rodeos que le sirviera de lector en las noches. En ese entonces, aquel sujeto trabajaba como director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y solía frecuentar la librería con la sospecha, siempre fundada, de que allí encontraría a los ángeles tutelares de su carrera de letras.

Ese hombre, Jorge Luis Borges, apenas si encontró una frase dulce para justificar la petición repentina ante el muchacho: “Lo que pasa es que mi madre ya está en sus 90 años y se cansa mucho”.

No sería, en todo caso, la primera ni la última vez que entregaba en manos del azar la elección de un lector. Borges no tenía un tipo de persona ante la cual acudir para que le leyera sus libros; podía ser el cartero, la empleada doméstica, el dueño de un café. Él sólo necesitaba unos ojos y una voz.

Lo que siguió después, Alberto lo cuenta con discreta emoción desde su casa en Le Presbytère, sector de Mondion, un pueblecillo francés encaramado sobre una colina desde la que divisa todas las mañanas la tumba de Ricardo Corazón de León; una casa que en tiempos de la Revolución Francesa fue otro más de los fortines secretos de la Iglesia y que él reformó a placer para dedicarse al legítimo e incomprendido oficio de leer.

“Por supuesto que sabía que se trataba de Borges —aclara enseguida Alberto—. Era un autor maduro que se leía con fervor en las escuelas, pero que yo en la arrogancia de mi adolescencia, esa etapa de la vida en la que crees que nadie tiene que venir a enseñarte nada, lo consideraba como a un pobre cieguito al que no podía negarle semejante favor”.

Así, tres veces por semana, entre 1964 y 1968, una vez terminaba su turno en Pygmalión, el muchacho de mirada azul atravesaba la calle Maipú y presionaba el botón 6B en la fachada de mármol rojo que tenía el edificio habitado por Borges, entonces de unos 65 años.

La ceremonia era siempre la misma: Fanny, devota empleada del padre de El Aleph, abría la puerta y de las entrañas de la vivienda —lóbrega y melancólica— moviéndose por entre los muebles con la seguridad que un murciélago entre las tinieblas, aparecía Borges con su corbata amarilla, el único color que le permitían las sombras indomables de su ceguera. “Era el color de sus amados tigres y de la rosas que prefería”, recuerda Alberto.

Cada noche, el escultor de ‘Emma Zuns’ elegía el autor y el libro. Y, de no ser por esa oscuridad intransigente que se tomó para siempre sus retinas cuando cumplió los 58 años, habría decidido también hasta las páginas que su lazarillo debía leerle en cada ocasión.

Alberto lo evoca como si se tratara de un recuerdo reciente: “A pesar de su limitación, el hombre conocía el camino para llegar a todos sus libros, tenía unos 600, casi todos de literatura anglosajona y literatura clásica argentina. Los había dispuesto en su casa en un orden que apenas conocido por él. Borges recorría con precisión la geografía de su voluminosa biblioteca y muchas veces, incluso, lo vi doblar billetes y dejarlos en alguno de esos títulos. Si debía pagar por algo, sabía exactamente en cuál libro había dejado su dinero; era como si sus manos vieran por él; aquello nunca dejó de sorprenderme”.

Tampoco esa costumbre tan borgiana de asumir esa severa limitación con un interés más literario que médico. Era para él más una celebración que una fatalidad. Si no fuera ciego, le confesó a Alberto una noche, no habría logrado escapar de su timidez. De no ser por esa ceguera, estaba seguro, jamás habría podido pararse frente a un auditorio lleno de personas.

Definía la ausencia de vida en sus ojos como una “demostración de la ironía de Dios —recuerda Manguel haberle escuchado decir— que le había dado libros, pero también la noche en sus ojos”. Borges era capaz de hallar luz en donde otros veían oscuridad y desesperanza: “La ceguera y un hombre viejo son sólo formas distintas de la soledad”.

Y de esa soledad parecía escapar ayudado por sus libros y sus lectores de ocasión. El maestro y el lazarillo, de Kipling saltaban a Stevenson. Hoy Joyce, mañana Wilkins, o Keats, o Webster o James. Nunca leían un libro completo. Alberto se veía obligado a leer sin entonación “pues Borges mismo quería darle el tono en su cabeza”. Y esas jornadas de lectura no rendían pues casi cada párrafo ameritaban un comentario, una interpretación, un análisis.

Había, en todo caso, algo delicioso en esa forma aleatoria y caprichosa con la que decidía a cuáles historias enfrentarse. Maguel sólo prendía y apagaba su voz al antojo del escritor y se entregaba a escuchar con deleite ese trabajo de orfebre del lenguaje con el que encaraba cada texto. “La suya, a esas alturas de su vida literaria, era una lectura más técnica, y yo debía leerle a los grandes cuentistas para aprender a entenderlos, a diseccionarlos, más allá de las historias aparentes que narraban”.

—Fíjese— le explicaba a Alberto— cómo tal palabra aparece en tal contexto. Cómo el autor utiliza la ironía, pero nos hace creer que somos más inteligentes que él.

Resignado a no poder entregarse de nuevo a la prosa por culpa de su ceguera —al cuento, el género de sus afectos— algunas de esas noches los dos se refugiaban también en la poesía. La lírica estaba más al alcance y, en los momentos repentinos de inspiración, Alberto tomaba papel y anotaba, verso por verso, lo que a Borges a su vez le iba dictando el corazón...

...Ya no es mágico el mundo, te han dejado, ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines, ya no hay una luna que no sea espejo del pasado. Cristal de soledad, sol de agonías...

“Terminaba, y entonces te pedía que lo leyeras dos, tres y hasta cinco veces, como si en cada repaso buscara la certeza necesaria para sentir que la ceguera nunca sería más fuerte que la poesía”.

En esos cuatro años Alberto Manguel no había sido sólo un lector a sueldo; también un testigo privilegiado de las manías, resabios y frustraciones del eterno candidato al Nobel. “No era un hombre fácil, sin duda, recuerdo que una mañana recibió, a manera de homenaje, la edición de lujo de uno de sus libros, en seda negra y letras de oro. ‘Parece una caja de bombones’, se quejó y, sin pensarlo dos veces, se la regaló al cartero”.

Con casi 20 años cumplidos, Alberto sintió que había llegado el momento de abandonar Argentina. Así se lo contó a Borges y éste, a modo de despedida, dejó en sus manos un ejemplar, comprado por él mismo en Ginebra muchos años atrás, de ‘Stalky and Co.’, una colección de cuentos publicada por Rudyard Kipling en 1899.

El libro vive aún, por supuesto, en esa biblioteca frondosa de su casa en Francia. Como viven también los recuerdos de esas noches al lado de Borges, el autor a quien Manguel le aprendería para siempre que “el escritor es aquel que escribe lo que puede; el lector, en cambio, lee todo lo que quiere”.

*****

Observándolo de cerca, mientras se desliza a paso suave por los pasillos de Corferias, en plena Feria del Libro de Bogotá, Alberto Manguel no está lejos de parecer lo que reseñan sobre él en abundancia: un hombre que sabe tanto de libros como un cirujano del cuerpo humano.

Que haya sido así es culpa de Ellin Slonitz, una niñera checa de familia judío-alemana a quien el padre de Alberto —que por los caprichos de Perón acabó convertido en el primer embajador de Argentina en el recién creado estado de Israel— le delegó por completo la labor de criar al pequeño mientras éste y su esposa cumplían con las labores diplomáticas que les encomendaban por medio mundo.

Fue ella, Ellin, quien despertó en su corazón el amor por la lectura, y le enseñó inglés y alemán, aunque los señores Manguel sólo hablaran francés y español. Por eso, cuenta Alberto entre risas, “además de que veía a mis padres muy poco, el escaso español que sabía apenas me permitía decirles ‘buenos días, señor’; ‘buenos días, señora’. Fue así hasta los 8 años cuando empecé a hablarlo de forma más fluida”.

Los viajes de la familia fueron permanentes. Así que la niñez de Alberto se escribió en tantos lugares como tantas páginas puede albergar un libro. “En medio de esa vida de trotamundos, mi único hogar, el único lugar del que podía entrar y salir de manera segura eran mis libros”.

Borges le había enseñado que no tuviese miedo si lo que sentía era el deseo rabioso de ser un lector. “Ya después encontrarás cómo ganarte la vida”. Y así fue. Una vez en Europa, Alberto trabajó en más de una docena de editoriales, recorrió el mundo cazando autores y reseñando libros para periódicos como New York Times y The Washington Post; dando conferencias en calidad de profesor y, claro, también escribiendo, escribiendo mucho.

Su primera novela, ‘News from a foreing country came’, se publicó en 1992; y paralelo a sus mundos de ficción han corrido también sus ensayos. Él mismo reconoce que la celebridad le llegó con ‘Una historia de la lectura’ (publicada originalmente en inglés por la Universidad de Yale), empresa investigativa en la que consigna la historia de los lectores “desde las primigenias tablillas de arcilla sumerias hasta el cd-Room, pasando por los antiguos escribas, los monjes de la Edad Media y la revolución de Gutemberg”.

Ahora mismo —revela con ironía— está escribiendo otro libro “que de seguro se venderá mucho menos que los anteriores que he publicado”. Quizá porque, lejos de los años borgianos y de los días de Pygmalión, hoy en día nos invaden los best-sellers y sus autores millonarios que aseguran tener la verdad revelada sobre el futuro y la superación. “Hoy el mercado de los libros funciona como la buena y la mala comida. La que alimenta es la que está hecha con ingredientes sanos, pero la que todos quieren se consigue en un McDonald’s. Y, sí, hay libros McDonald’s, que son como basura, que no nos dejan nada”.

Por fortuna ahí están sus buenos libros; sus poemas de San Juan de la Cruz y de Rimbaud; su biografía de Sancho —única en el mundo— publicada en 1723; todos sus ejemplares de ‘La divina comedia’ y esas rarezas que colecciona sobre el judío errante y Don Juan. Por fortuna, a sus 63 años, tiene cómo refugiarse en ese único cielo que le pertenece. “Quizá pudiese vivir sin escribir, pero no creo que pueda vivir sin leer".

lunes, 18 de abril de 2011

Ese poder de las palabras




Las alarmas suenan por todas partes: Renata, uno de los proyectos culturales más ambiciosos de las últimas décadas, que ha formado lectores y escritores por todo el país, amenaza con desaparecer. El escritor Nahum Montt, uno de sus fundadores, lo sabe, pero no pierde la fe. Entrevista.


Por Lucy Lorena Libreros
Periodista de GACETA

Un hombre de letras como Nahum Montt puede echarle a la escritura la culpa de muchas cosas. De los aplausos, por ejemplo. Ahí está su novela ‘El Esquimal y la mariposa’, Premio Nacional de Novela en 2004, reeditada por Alfaguara un año después, y ponderada como una “radiografía visceral y poética de la violencia colombiana de los años 80 y 90”.

Hay culpas menos gratas. Ahora mismo, Nahum la acusaría de esa incapacidad suya de aguardar la noche con ojos despiertos, sin sentir que los párpados le pesan como dos cortinas de hierro. Desde hace más de un año, no abrazar la cama antes de las 8 de la noche es un esfuerzo yerto: este nortesantandereano se obliga a ponerse en pie desde las 2 de la madrugada para terminar la novela que su editor en Barcelona espera desde hace meses.

El final de ese relato está a unas pocas páginas. Y eso es lo que le permite “asomar la cabeza” frente a un par de periodistas, tras esa larga hibernación literaria. Días enteros sin las angustias de los noticieros. Días de escribir a placer, comer lo necesario y dormir poco. Solo eso.

Ese mismo lapso de tiempo completa alejado de uno de los proyectos pedagógicos más ambiciosos de Colombia: la Red Nacional de Escritura Creativa, Renata, iniciativa que él, junto a otros escritores, creó hace más de 15 años. Convencido de la necesidad de un país capaz de “leer y escribir más allá de lo evidente”, Nahum —escritor y docente nacido en Barrancabermeja— ayudó a fortalecer la red como director del taller de narrativa Ciudad de Bogotá y como su coordinador general durante años.

Gracias a eso leyó y escuchó los relatos de miles de colombianos que asistían a estos espacios. Colombianos con un sólido apetito literario, deseosos de ponerse a salvo de los tormentos de la guerra y a veces hasta de sí mismos; gentes que atizaban sus relatos con el fuego de sus tragedias y alegrías.

Y en esos encuentros, claro, descubrió que a la escritura, a ese soberbio poder de la palabra sobre el papel, puede también culpársele de otros milagros: de que Bernarda descubriera, en Medellín, que tenía aliento lírico de sobra para fabricar poemas eróticos y de amor a sus 84 años. Que una mamá podía aliviar su contienda estéril contra un cáncer que terminó arrebatándole a su hijo. Que la jovencita al fin podía contarle al mundo sus motivaciones para entregar a un hijo en adopción. O que el soldado lisiado dejara a merced del tiempo algunos cuentos suyos.

Es que a sus talleres, en su mayoría versados sobre novela e historia, asisten personas tan variadas y complejas como los propios personajes de sus novelas. “Amas de casa, periodistas varados, pensionados, estudiantes. Recuerdo a Alma de la Calle, una lustrabotas. A un esmeraldero de la Avenida Jiménez de Bogotá”. Gente, en todo caso, con un único deseo: contar historias.

El panorama hoy no es alentador: la Red recibe cada vez menos recursos y muchos de sus líderes en las regiones y el propio Nahum Montt teme que Renata no pueda seguir. Este año, el Ministerio de Cultura destinó $30 millones para que estos talleres de escritura publiquen sus antologías. Años atrás, la cifra era dos veces mayor. ¿Es tan desalentador el futuro de la Red? El hombre que está detrás del escritorio puede sacarnos de la duda.

Nahum, ¿está de veras en peligro la continuidad de Renata?
Muchos tenemos esa terrible premonición. Si bien los talleres de escritura creativa deberían tener un presupuesto privilegiado, pues forman lectores y escritores de todas las edades, están en último plano.

Pero no es un problema particular de estos espacios, siempre la cultura ha sido la Cenicienta de los gobiernos...
Es cierto. Lo grave es que siempre se espera que se haga mucho con muy poco. Y la cultura tampoco ha sido ajena a la corrupción, que hace más daño que la violencia y Jota Mario por las mañanas. Conocemos casos incluso de poetas que los nombran como secretarios de Cultura y se roban los dineros. No se ha entendido, en su real dimensión, la importancia de formar una masa crítica de lectores y escritores con capacidad para discernir sobre las virtudes de un texto, más allá de lo que ordenen los gurués de la crítica literaria. No se ha entendido que saber leer y escribir es también una forma de legitimar la democracia.

Siendo así las cosas, ¿cómo asume el futuro de la Red?
Si llega el momento en que el Ministerio de Cultura no pueda apoyarnos más hay que buscar opciones. Nuestro problema es que la Red vive de las secretarias de Cultura, por eso la corrupción afecta tanto a este proyecto: si los dineros se los roban, recortan inmediatamente el presupuesto. Hay que evitar que la Red acabe ahogada.

Y, ¿cómo lograrlo?
El espíritu de la Red, que es poner en comunicación lo que escribe un colombiano bajo un palo de mango en Cereté, Córdoba, con otro que está en un parque de San José del Guaviare, seguirá firme. Ha sido la consigna de los talleres desde que nacieron. No hemos parado de tocar puertas en el sector privado, cada uno de los coordinadores regionales de lo talleres está trabajando en eso.

¿Por qué se ha asumido la importancia de estos talleres con tanta miopía, si cabe el término, por parte del Estado?
Podemos ponermos suspicaces y pensar que al Estado no le conviene demasiados lectores críticos. Tenemos un Estado con mentalidad de banquero: sólo le interesa que sus ciudadanos consuman. A los pequeños empresarios los bancos les prestan para consumo, no para inversión y los obligan a demostrar que tienen tres veces más del capital que va a pedir, lo cual es absurdo. Con procesos como RENATA ocurre igual: una persona que ha trascendido la lectura y llega a la escritura arriba a un proceso más profundo de su pensamiento, se vuelve un ser humano complejo y crítico. Uno podría preguntarse ¿a qué Estado le interesa un país cuyos habitantes posean capacidad crítica suficiente para cuestionar lo que ven, más allá de la información fragmentada y a veces tendenciosa que les muestran los medios? Al Estado le conviene más que la gente consuma libros, pero no invertir en que la gente escriba. Eso es más peligroso.

Para muchos, el gran aporte de estos talleres ha sido que los colombianos asumieran la escritura más como un acto de liberación que como una vocación...
Ha habido de todo. A estos talleres han llegado colombianos con grandes preocupaciones sobre la estética y la técnica, y otros porque simplemente sienten la gran necesidad de contar algo y se sienten felices al ver sus escritos publicados en antologías. Rilque, en ‘Cartas a un joven poeta’, arranca diciendo: “Si tú puedes vivir sin escribir, vive sin escribir y no te metas en este rollo”. Los talleres sirven para aquellos que, más allá de tener predisposición o talento, tienen una necesidad vital de escribir. No buscamos descubrir talentos extraordinarios y lanzarlos a la fama, lo que buscamos es compartir experiencias a partir de búsquedas de la palabra, de búsquedas literarias.

Punto aparte ha sido la formación de lectores...
Sí. Hay libros que nacen muertos, otros que mueren a las dos semanas o al año y otros más que sobreviven a los años; el gran poder de decidir eso está en el lector, y muchos de los que han pasado por los talleres quedan con acervo suficiente para eso. Ha sido una experiencia en doble vía: si bien llevo años en la literatura hay talleristas que aún me sorprenden con autores que nunca hubiera imaginado. Autores a los que estas personas llegaron solas, sin que ningún crítico literario se los hubiera sugerido.

En este país de víctimas, uno imagina que en estos talleres se está escribiendo también la memoria de la guerra...
Recuerdo una frase de Saramago: “Colombia no estará en paz hasta que no termine de vomitar todos sus muertos”. En este país es más clara la visión de los victimarios que de las víctimas. Habla un jefe paramilitar desde un juzgado y eso es la noticia de abrir de los periódicos. Lo que dicen las víctimas, no. Las víctimas son solo cifras. Entonces pasa lo que una sociedad nunca se debería permitir: terminamos haciendo apologías a los asesinos y humillando a las víctimas y estas no pasan de un llanto espasmódico en la toma de un noticiero. Si bien los testimonios de ambos son necesarios, en muchos de estos talleres encontramos personas que se asoman a la literatura por ese duelo de país.

Le escucho decir eso y recuerdo a Germán Castro Caycedo quejándose hace unos meses, en otra entrevista, de la ‘sicaresca’ que se ha tomado a nuestra literatura. ¿Si es necesaria esa apología desmesurada a la violencia?
Un escritor responde, ante todo, a unas verdades del corazón. Y esas verdades se construyen a partir de nuestra experiencia de vida. En mi caso, soy un escritor de provincia, de Barrancabermeja, que vivió en su adolescencia una época durísima de violencia. En esa época, la ciudad era un gran fortín de la UP, con una economía de guerra y paros que dejaban a la ciudad en convalecencia y obligaban a no asomarse siquiera a la ventana. Yo construí mi carrera con esas verdades. Cada escritor tiene sus verdades y sus pasados. Claro, hay otros que las traicionan y se acomodan a las leyes de los mercados. No es lo que sucede con los talleristas de Renata: no esperan publicar, no esperan fama. Sólo esperan dejar con sus palabras testimonio vivo de su propia historia.

Medio siglo a mano alzada


Durante los últimos 50 años Luisé, lápiz en mano, se la ha pasado burlándose con ingenio de la historia de Colombia. Hoy, a sus 83 años, este decano de la caricatura se resiste a abandonar su mesa de dibujo en el diario El País. Retrato hablado.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Jorge Orozco

Todos me prevenían, Luisé. Tu jefe, la secretaria, uno de tus grandes amigos en Palmira, los editores y hasta el portero que te saluda todos los días al ingresar a El País. Y sí, tenían razón, no se te hace fácil llevar a buen puerto las frases que pronuncias; eso de hablar con elocuencia no fue una de las virtudes que ponderaron, en este último mes, las personas a las que llegué preguntando por ti. No es tu culpa en todo caso: lo que intentas decir termina necesariamente reverberando en tu paladar, como si las palabras se te resbalaran de pronto de los labios sin que pudieras hacer nada para controlarlo. No es un resabio de la vejez, eso te pasa desde niño.

A ninguno de los dos nos importa eso ahora. Vamos, rumbo a Cali, en un bus Expreso Palmira, de esos que abordas cada mañana, sin falta, en La Estación, distante a catorce cuadras de tu casa en el barrio El Recreo. Las caminas sin prisa, mientras saludas a los vecinos y miras sin recato a las mujeres bonitas. El ritual se repite sin alteraciones, de lunes a sábado: llegas, te subes a ese gigantón de seis ruedas, buscas acomodo en un puesto con ventana y cuarenta minutos más tarde, antes de las diez de la mañana, aterrizas en la terminal caleña. $2.300 al bajar. Muchas gracias, señor.

Y digo que no nos importa porque ahora mismo hablas con el frenesí de un náufrago recién rescatado de las aguas, mientras yo, libreta en mano, escucho la versión de tu historia con oídos benévolos. Comienzas por la génesis de todo, por tu paso por el Ejército. Año 55, lo recuerdas en tu memoria privilegiada y sin fisuras. Entraste a la Tercera Brigada como un soldado más, pero entonces tu lápiz travieso, ese que al ya venías sacándole punta desde tu época de pupitre con los Hermanos Maristas de Palmira, quiso hacer menos obvios los días de botas y de fusil y te dio —me cuentas— por dibujar a un general de ese destacamento militar, Gabriel Revéiz Pizarro.

La broma de papel no pasaría de la carcajada de tus compañeros. O eso creías. Pero el bendito dibujo llegó a las manos del general y él, cómo no, quiso llamar al orden al autor del desagravio. Pensabas que estaría muy molesto. “El tipo preguntó quién era el padre del dibujo y yo levanté la mano con toda la valentía posible. Lo miré a los ojos y le dije fui yo”.

La cosa acabó mejor de lo que imaginabas: el atildado militar se sintió feliz de tener en su tropa a un soldado versado en el dibujo y te obligó a soltar el fusil. Además de la Tercera Brigada, pasaste por varios batallones. Te acuerdas de El Palacé, de Buga, y el Codazzi, de Palmira. Te pagaban para que dibujaras mapas de las áreas de operaciones del Ejército y de las armas que este compraba. En aquella misión, viajaste por todo el país. Ese material gráfico era usado después para la instrucción de los uniformados.

Tu esposa, Rita Cardona, esa mujer que iba camino de monja, esa que le arrebataste a quién sabe que convento y con la que completaste el año pasado medio siglo de matrimonio, recuerda bien esos inicios tuyos. No eras muy feliz por esos días, cuenta ella. Sería por eso mismo que sacabas tiempo para hacer caricaturas que terminaban luego, en un sobre cerrado, a la entrada del diario El País, en ‘La casona’ —como llamaban a la sede por entonces— en la Carrera 5 con Calle 11. A los pocos días las veías publicadas. “¡Qué irresponsables! ¿No cierto? Lo hacían sin saber quién era yo, un humilde soldado que se ganaba la vida pintando campos de batalla. Ya desde esa época firmaba como Luisé”.
Con esa misma elocuencia gráfica seduciste a Frisco González, el popular ‘Pacho’ Gato, alma y nervio del periódico El Gato, que con sus maullidos de humor les enseñó a varias generaciones de vallecucanos a burlarse con ingenio de sus políticos y de su clase dirigente. Mientras vas en este bus conmigo, me cuentas que un día cualquiera allá, en El Gato, decidieron bautizarte Rigot, buscando tal vez —reflexionas ahora— marcar una diferencia sustancial con el caricaturista de El País, quien comenzaba a tener eco entre los lectores que advertían en cada línea plasmada el poder demoledor de tus dibujos.

Bien supiste estar a la altura de esa trama ingeniosa: el talento te sobró para demarcar la frontera de uno y otro lado. La picardía se te escurre de los ojos cuando dices que pasó mucho tiempo antes de que Cali se enterara de que el ‘Rigot’ satírico y de fino humor político de El Gato, era el mismo Luisé de El País.

Esa época de risotadas luminosas y gracejos memorables está presente en los recuerdos de quien sigue considerándose uno de tus grandes amigos: Phanor Luna. “El Gato no tenía una sala de redacción como tal, quienes lo hacíamos nos reuníamos a mamar gallo en cualquier parte y hasta allá llegaba Luisé con sus aportes geniales. Desde entonces mostró una habilidad ‘sui géneris’ para plasmar la realidad política”.

De esa habilidad no fue ajeno Álvaro Lloreda, director de El País en 1961, quien —dice Phanor— estaba urgido de conseguir a un buen caricaturista. “Se convocó a un concurso al que fueron tres o cuatro personas, entre ellos Luisé, que se presentó como dibujante del Ejército; pero él se los llevó a todos, esa habilidad suya para retratar no tenía comparación”, le escucho a decir a tu amigo.

Los datos no tienen un ápice de alteración. Eso me aseguras en el bus. Pasaste el concurso y entonces la sala de redacción de este diario te recibió con el ruido de lluvia de sus máquinas de escribir. Nada más agregas que, aunque si bien ya hacías caricaturas antes de tu ingreso a El País, tu conteo personal en este oficio del humor gráfico arranca realmente desde aquel 1961, cuando ingresaste “en serio a trabajar”. Cuando pudiste abandonar “ese puesto de soldado dibujante que nunca me llenó del todo”. Ya, en Bellas Artes, dices enseguida, habías aprendido técnicas del dibujo, del color, de la composición, incluso herramientas en otras áreas que no exploraste nunca como la escultura, siempre al lado de compañeros de lujo como Omar Rayo. “Pero a mí lo que me gustaba era el humor, y eso no lo enseñan en ninguna parte”.

Ya no vive el maestro Rayo para ayudarme a evocar aquellos días tuyos. Me lamento de eso y entonces mascullas en los labios una de esas frases que te quedan a medio terminar. Apenas si alcanzo a escucharte que no le temes a la muerte, “a fin cuentas, a todos nos llega”. Lo que pasa es que, a diferencia de esos amigos de tu generación que se han ido del mundo de los vivos, “la muerte mía se va a demorar otro poquito”.

Acudo entonces a Gustavo Ospina, reportero en uso de buen retiro, corresponsal de El País durante décadas en el norte del Valle y curtido periodista político. Sentada en la sala de su casa, noto que el viejo tiene nítidas en la mente muchas anécdotas sobre ti. Me habla por ejemplo, de las veces en que fatigabas con tus caricaturas a Carlos H. Morales, gobernador del Valle en los años 60, que al parecer se inscribió en la historia de este Departamento más por su desfachatez como tomatrago que por sus acertadas decisiones administrativas.

En ese defecto viste un filón demoledor para hacerlo protagonista de tus dibujos. Lo retratabas, cuenta Gustavo, con las ropas desordenadas y agarrado a su suerte a un poste de la Plazoleta de San Francisco. Borracho. Gustavo aún se ríe cuando lo recuerda y dice con firmeza que a ti, a Luisé, “le correspondió una época definitiva de El País, la de mayor efervescencia política, cuando los periódicos debían su peso en la opinión pública al tomar partido por liberales o conservadores. Cuando se trataba de abordar los temas sobre política, la guerra informativa se libraba a muerte. El País, por esa misma razón, contribuyó a la caída y subida de muchos alcaldes y gobernadores, y Luisé, atrincherado en su lápiz, hizo parte de esa causa editorial”.
Muchas campañas y mandatarios han corrido desde entonces por este platanal. Pero esa sagacidad tuya para olfatear con criterio los temas políticos aún sigue causando admiración. Que lo diga José Campo, el caleño que fundó hace 17 años Calicomix, una suerte de catedral de la caricatura que convoca a los mejores de este oficio en todo el mundo. Claro, tú has sido uno de sus obispos mayores.

Para José, aunque tu trabajo ha explorado temas del orden nacional e internacional, tu mayor fortaleza está en el dominio de los temas locales. “Lo fácil sería caer en la tentación de retratar a personajes que están permanentemente expuestos en los medios. Pero Luisé tiene una gran capacidad para hacer hincapié en noticias locales que muchas veces se pasan por alto. Uno podría contar la historia del Valle en estos últimos 50 años valiéndose sólo de sus caricaturas”.

Y sí, cuando uno observa tus dibujos de las últimas dos décadas encuentro en ellas señas particulares de esa forma tan tuya de contar lo que sucede en esta región. Veo en algunas el palustre con el que identificabas el gobierno de Germán Villegas; la pañoleta que amarrabas en la cabeza de Rodrigo Guerrero, durante sus faenas de alcalde de Cali, pues él mismo te confesó alguna vez que lo hacía para protegerse del calor. Con Guerrero, la picardía —esa bendita picardía tuya— se te escurrió alguna vez y, en medio de risas, me cuentas que en varias oportunidades cambiaste la pañoleta por unos calzones de mujer. Nunca te dijo nada. Advierto también los lentes oscuros y el bastón de Apolinar Salcedo y las orejas de Micky Mouse que dibujabas en las sienes de Ricardo Cobo, sátira permanente de sus constantes viajes a Estados Unidos.

Le pregunto al propio Cobo si ya se le olvidaron los días en que eras su convidado de pesadilla. Apenas se ríe. “El viejo Luisé no me dejaba descansar. Pero en el fondo, yo lo disfrutaba. Sabía que más que críticas, lo que hacían sus caricaturas eran aumentar mi popularidad”.

La picardía también corría de puertas para adentro en El País. Tu mismo no has olvidado la vez en que inspiraste una de tus caricaturas en una noticia que hablaba del paso de sacerdotes de la iglesia Católica a la Anglicana. En ese dibujo se veía a varios curas de trasteo, “incluso con sus mujeres y sus hijos”. La mano se te fue de largo: en esa peregrinación de sacerdotes incluiste los rostros de Rodrigo Lloreda, entonces director del periódico, y el desaparecido Gerardo Bedoya, a cargo de las páginas de Opinión. Lloreda, como temiendo ser víctima de tus pilatunas, alcanzó a notar la presencia de ambos en la caricatura. Juraste tu inocencia por la cruz de Cristo. De nada valió, no tuviste más remedio que matizar tus retratos con bigotes para evitar un cisma en la Redacción.

Luis Guillermo Restrepo, actual director de Opinión, tu jefe, quien trabaja contigo desde hace 13 años, desempolva otra de esas anécdotas memorables que ya has contado varias veces: la tarde en que Álvaro Lloreda, el hombre que te abrió por primera vez las puertas de este diario en 1961, te despidió, ofuscado por haber terminado en uno de tus dibujos.

Te había encomendado una caricatura inspirada en ‘El oro y la escoria’, discurso que Laureano Gómez inscribió en la historia política de Colombia. Le hiciste caso: el dirigente conservador aparecía dando garrote. De un costado se veía a Cornelio Reyes, líder godo del Valle, y del otro —demasiado sutil, según tú— a don Álvaro huyendo en desbandada agarrando con sus calzonarias.

Esta vez sí fue Troya. Indignado, el director te hizo llamar a su oficina. Te amenazó con el despido no sin antes, pensaba él, hacerte pasar por la humillación de reemplazarte por un caricaturista mejor que tú. Telefoneó a El Gato preguntando por Rigot. Quería traerlo de inmediato a sus filas editoriales. Sólo entonces don Álvaro vino a descubrir que Luisé y Rigot eran realmente Luis Eduardo López, el flaco palmirano dibujante del Ejército. “Tres personas distintas y un solo burlón verdadero”, como dice Luis Guillermo.

Con el puesto a salvo —me cuentas mientras vamos en este bus— te quedaste hasta el año 67, cuando los Santos, esos de los que hablas tanto por toda la redacción de El País, te llevaron para el periódico El Tiempo. Ya habías tocado a las puertas de este diario una década atrás y no duraste más de un año. Pero lo del 67 iba en serio. Armaste tus maletas, te embarcaste con doña Rita, con Eleonora, Raúl y Liliana, tus hijos, y llegaste a una casa bellísima del barrio La Candelaria. Allá te quedaste hasta 1981, cuando te abrazó una depresión tremenda por la muerte de tu madre, Amelia Saavedra. No aguantaste la lejanía. La tierra llamó.

Y adivina qué: allá, en Bogotá, también dejaste gente que te recuerda con fervor. Allá está aún Luis Noé Ochoa —en esa época, un joven mensajero y repartidor de café de escasos 19 años— que a través del teléfono intenta reconstruir tu paso por ese diario.

Convertido hoy en coordinador de las páginas editoriales de El Tiempo y en autor de la columna sabatina ‘El Arca de Noé’, don Luis me dice que eras un tipo siempre bien trajeado y tímido, muy tímido, un rasgo esencial de tu carácter que no te ha desamparado nunca. Madrugador, además. Solías llegar antes de las 8 de la mañana a tu oficina del sexto piso, junto a la Dirección, en un edificio sobre la Avenida Jiménez, a devorar cuanto periódico encontrabas a tu paso.

Tal vez lo hacías porque no la tenías tan fácil: debías batirte en un duelo de trazos permanente con ‘Pepón’, con ‘Chapeto’, con ‘Merino’ y hasta con el español Antonio Mingote, todos ellos caricaturistas de El Tiempo en una misma época.

No fue fácil, sí. Pero durante los 14 años que permaneciste en esa oficina del sexto piso acabaste de construir tu firma de gran caricaturista. Los embajadores te hacían invitados frecuentes de sus cocteles. Los escritores —te acuerdas conmigo de Eduardo Carranza y Manuel Zapata Olivella— pasaban a tu puesto para saludarte. Los políticos preguntaban quién era el dichoso Luisé que tanto los tallaba en las páginas de El Tiempo.

Eso nunca te inflamó la vanidad. Te la has pasado viviendo la vida sin estridencias, con una discreción exquisita. Estás allí, alumbrado por el reconocimiento porque te llamas Luisé, pero no cambias por nada del mundo caminar por las calles como el Luis Eduardo López que eres, asumiendo la felicidad de ser un desconocido para muchos de los que te ven pasar sin el lápiz en la mano.

Luis Noé también puede dar fe de tus dificultades para hacer entender con palabras tus ideas frente a Hernando Santos y Rodrigo García-Peña, director y subdirector del periódico capitalino. Intuías entonces lo que debías hacer, lo que te salía mejor: expresarte con el lápiz. “Y, claro, cuando el hombre dibujaba era más efectivo que un discurso de media hora. En eso era un verdadero maestro, a todos nos sorprendía que para dibujar a Álvaro Gómez Hurtado o Alfonso López no necesitaba apoyarse en fotografías. Se sabía los trazos de estos personajes de memoria”, dice el columnista.

De eso, de esa pasmosa habilidad tuya para captar al vuelo la fisionomía de las personas, ya me habían hablado varios colegas tuyos. Mheo dice que cuando te ve tomar el lápiz sobre la mesa de dibujo advierte enseguida la escuela clásica del dibujo. “Más que un retratista, Luisé es un maestro del dibujo, un hombre que logra con una facilidad asombrosa llevar al papel los gestos de sus personajes”. Vladdo está de acuerdo y confiesa envidiarte ese parecido fantástico que logras para tus personajes de papel. “Nadie le gana a Luisé como fisionomista. Lo mejor es que a su edad no ha perdido esa lucidez con el lápiz, por el contrario la reivindica a diario”.
Cerquita de tu Palmira, en Tuluá, Jorge Restrepo, caricaturista de El Tabloide, tampoco se ahorra los elogios. Junto a él has estado en Cartoon Rendon, una cita anual que tienen los mejores caricaturistas de Colombia en Rionegro, Antioquia. “Hay que verlo en el parque de ese municipio, sentado en una mesa dispuesto a dibujar a todo el que le pida un retrato. Mira a la persona y en segundos le arranca trazos y gestos precisos”.

Incluso el propio Osuna, a quien le llevas unos cuantos años y que, a igual que tú se resiste a abandonar el oficio, deja escapar unas ideas sueltas sobre los recuerdos que guarda de ti. Visitador permanente de las páginas de opinión de El Espectador, el caricaturista bogotano cree que, al igual que él, haces parte de una escuela clásica de la caricatura preocupada más por el humor y la sátira. “No hay duda de que al pensar en la historia de la caricatura en Colombia, el amigo Luisé tiene un espacio de honor”.

Eleonora López, la menor de tus hijas —esa mujer bonita de la que te despediste esta mañana antes de salir de tu casa para partir conmigo rumbo a Cali— asegura que cuenta con pocos argumentos técnicos para defender la calidad de tu trazo. Ese no su fuerte. Si le preguntan las razones de tu éxito ella acude a la disciplina de soldado que nunca has abandonado y te obliga salir de la cama, todos los días, a las cinco de la mañana; a tu carácter radical; a ese modo de ser tuyo tan estricto, que lleva incluso a que las camisas en tu clóset deban permanecer siempre organizadas por colores y sin ninguna arruga. El desorden, asegura ella, es una de las cosas que te sacan de casillas.

Debe ser esa misma disciplina la que te impide, a tus 83 años recién cumplidos, abandonar tu mesa de trabajo en El País. Ingrid Calvo, secretaria de la redacción, te ve desfilar frente a su puesto sobre las diez de la mañana. La saludas de cualquier modo y esperas a que ella extienda hacia tus manos los ejemplares del Q’hubo, el Occidente y El Caleño. A veces la sorprendes enseñándole su figura en las páginas de Opinión de El País.

No cambias, Luisé. Eso hacías desde tus primeros años en este diario. “Cuando recién llegó se paraba en una salita que había a la entrada de la Redacción para tomar nota de los rostros y figuras que le llamaban la atención. Rostros que después terminaban en sus dibujos con los gestos y defectos exagerados”, recuerda Gustavo Ospina.

No cambias, Luisé. Eso pienso mientras te veo caminar desde la terminal de Transportes, rumbo a El País, tan discreto, tan tímido. Como si nunca te hubieras bajado de ese asiento de bus donde te vi hace un rato. Como un hombre que viaja por la vida con la felicidad de ser el más ilustre desconocido.

Santa Petrona del bullerengue


Fue descubierta para la música en 1984 mientras sacaba arena de un arroyo en Palenquito, Bolívar. Ya no lava ropas arenas, ni vende cocadas, pero su espíritu insobornable de campesina la ha mantenido a flote de los caprichos de la fama. Historia a golpe de tambó.

Por Lucy Lorena Libreros


El arroyo, el bendito arroyo de Lata que corre pegadito a Malagana. Al pie de sus aguas cantaba Petrona Martínez una mañana de agosto de 1984, mientras sacaba arena y lavaba ropa "a manduco limpio". Un músico cimarrón que pasaba cerca, Marcelino Orozco, alcanzó a escuchar aquel lamento vigoroso y lo dibujó instantáneamente sobre una tarima, acompasado con tambores de amarres, bombardinos y gaitas indígenas.

Cerca de allí —en Gamero, Bolívar— andaban a la caza de vocalistas para integrar un nuevo grupo folclórico. Marcelino lo sabía. Petrona, en cambio, cantaba sin pretensiones, nada más para aplazar el tedio y los apuros de su pobreza campesina.

Así lo había aprendido de la bisabuela Carmen Silva y de la abuela Orfelina Martínez, doctoradas en hacer de sus labores domésticas verdaderas fiestas del bullerengue. Cantaban mientras barrían, mientras pelaban yuca, mientras hervían el ñame a fuego alegre en el fogón. Y a su manera lo hacía también Manuel Salvador Martínez, ‘Cayetano’, autor legendario y un papá parrandero que agotó calendarios rodando de pueblo en pueblo al son de décimas y puyas gozonas.

Fue de esas negras que Petrona aprendió que no era necesario tener muchos libros en la cabeza —a decir verdad, ni siquiera saber leer y escribir— para componer. La música en su familia era tan natural como respirar. Bastaba con saber interpretar las necedades del clima y las penurias y alegrías de los habitantes del pueblo para tener una canción necesitada de ser bailada y entonada.

Gustavo Tatis Guerra, periodista cartagenero, escribe por eso que Petrona no da vueltas para hacer una canción: "Puede cantarle a los doce patos que tiene en el patio, a las hojas del mango que han comenzado a caerse en verano, a la tristeza del tamarindo. Los motivos parecen escogerla a ella para hacer de un episodio minúsculo una canción".

De ese acaudalado pasado musical y ancestral vino a enterarse Marcelino mucho tiempo después, cuando por fin logró el sí de Petrona para acompañarlo con su voz en los Soneros de Gamero. La negraza de ojos verdes, a esas alturas, ya ajustaba "cuarenta y tantos", tenía siete hijos y nunca había pasado una noche fuera de la cama de Tomás Enrique Llerena, ese esposo de espaldas anchas, tan trabajador como ella, que un día le prometió amores y ese ‘castillo’ de palma amarga y bahareque que comparten desde hace años en Palenquito, rinconcito ubicado a diez minutos de San Bacilio de Palenque, sobre las faldas de los Montes de María, donde esta matrona del folclor vive todavía y del que se resiste a salir a pesar de las obvias tentaciones de la fama.

La negraza se había acostumbrado a ganarse la vida vendiendo cocadas en Malagana, Mahates, Sincerín y San Cayetano, dejando impecables ropas ajenas sobre los ríos de Montería y esperando con paciencia los días de mayo, cuando los mangones dejan sobre el suelo la hojarasca de frutos dulzones que ella recogía para vender.

¿Qué podía perder entonces si se paraba a cantar en las fiestas? ¿Qué de malo tendría uno que otro aplauso en los pueblos vecinos? Petrona probó y le gustó. Y entonces, tocada por la providencia infinita de su talento, fue por más, y junto a otros músicos silvestres, extraviados como ella en las faenas de la tierra, parió la agrupación ‘Petrona Martínez y los tambores de Malagana’. "Y desde ese tiempo, niña, no he parado en la música un solo día. Ya ve, nunca me arrepentí, siempre he creído que lo que conviene a casa viene".

Ahorita mismo, la reina del bullerengue —bautizada así en honor a ese aire Caribe que ella ha paseado por el planeta— descansa su figura pequeña y sus recuerdos sobre la silla de mimbre de la casa de un primo suyo en la capital del Atlántico. Allí se hospedó durante dos noches, mientras esperaba su turno para saltar a los escenarios que aguardaron por ella en el Carnaval de Barranquilla, que recién apagó sus tambores y calló sus letanías el pasado martes.

Junto a sus músicos, apuraba el ensayo de la canción que entonaría junto al Joe Arroyo, en un concierto del barrio Cevillar al que había sido invitada por un canal de televisión. Músicos que siempre son los mismos, nueve en total. Petrona es la voz líder y lo integran además dos coristas, un bombardino, dos gaitas y tres tambores.

Este viaje a Barranquilla no parece hecho a la medida de una mujer de 72 años, como ella. Ensayos, conciertos. Homenajes, aplausos. Mañana mismo, a las cinco de la madrugada, deberá estar montada en una flota, con toda su pléyade de músicos, rumbo otra vez a Palenquito, donde les espera un festival y nuevos ensayos para sus presentaciones en el exterior. "¿Vieja yo para estos trotes?" —se pregunta a sí misma Petrona— "para nada. Apenas si me canso cuando me montan en un avión y me hacen atravesar medio mundo amarrida en una silla".

Esos viajes agotadores la han dejado a orillas de festivales en Canadá, Brasil, España, Chile, México, Italia, Holanda, Estados Unidos, Alemania, Noruega, Panamá, Malasia, Inglaterra y Francia. Su voz ha sonado en Marruecos, lo mismo que en Buenos Aires. Se ha encerrado para grabar su música en estudios discográficos de París y de Londres.

Y de esos viajes ha guardado anécdotas inolvidables en su mochila de trotamundos. Como la vez en que, encerrada en una habitación de hotel en París, se obligó a sí misma a ver una novela "en un idioma maluco". Imposibilitada para volcarse a las calles de la gran ciudad con su carácter de campesina insobornable, prefirió prender el televisor mientras llegaba el momento de cantar. Se propuso entender, a su manera, la novela que estaban transmitiendo. Al final acabó con los ojos anegados en lágrimas. "Es que el amor, dice Petrona, es un sentimiento que a veces no necesita de las palabras".

Lágrimas como esas se le escurren cuando su show en estos países termina y esas gentes de lenguas variopintas que han ido a verla aplauden con ganas de más. La negraza de mirada de aceituna a veces se pregunta qué tiene su música que logra exaltar de tal manera el espíritu. Vaya usted a saber: "Yo lo único que hago es cantar los ritmos que conocí desde niñita, allá en San Cayetano —el pueblo donde nació en 1939— las mismas cumbias, las mismas chalupas, las mismas puyas, los mismos fandangos, los mismos porros, el mismo y delicioso bullerengue"...

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Le llaman la ‘Noche del tambó’. Es viernes y la brisa en Curramba, la bella, se mide en fuerzas con el golpe de cueros que retumban en la Plaza de la Paz, escenario que año tras año acoge este evento, que ya llega a su décimo séptima versión, y es preámbulo de los ardientes carnavales de La Arenosa.

Mabel Zúñiga, jefe de patrimonio y turismo de la Secretaria de Cultura de Barranquilla, aproxima una explicación sobre lo que este espacio significa para el pueblo currambero: "Es un encuentro con los valores culturales autóctonos del Caribe, una forma de preservar las raíces folclóricas de la región y varias de sus expresiones, entre ellas la Rueda de Cumbia".

Oteando desde un rincón de la plaza lo que sucede en este lugar es más sencillo de entender: se trata de una noche en la que suenan a placer flautas de millo, gaitas cortas, gaitas largas, palmas de mujeres respondonas y el quejío de los decimeros. Una auténtica fiesta de polleras y velas encendidas.

Alrededor de la tarima, y con una sensatez que no se compadece con una fiesta a la que están invitadas las cervezas y el Old Parr, propios y extraños danzan en rueda. Las mujeres batiendo sus caderas al ritmo de los tambores y los hombres resbalando sus sombreros de paja a los pies de sus parejas.

Un nutrido grupo de artistas desfilan sobre la tarima. Pasan Víctor Segura, Catalino Parra, Pedro Ramayá Beltrán, Aurelio Fernández y Lisandro Polo. Y así está la vaina hasta que el presentador de ocasión anuncia la llegada de la homenajeada: Petrona Martínez. El público arde bajo el mismo aplauso: "...Déjala venir a su tierra santa, déjala venir a su tierra santa, Petrona Martínez, caramba, bonito que canta"...

Cerca de tres décadas dedicada por completo a la promoción del bullerengue hacen de este un tributo más que merecido para Petrona. Una matrona que en palabras de Guillermo Valencia Salgado —veterano folclorista monteriano— ha bebido de la tradición impuesta por otras grandes cantadoras de su región como Etelvina Maldonado, Totó la Momposina, Carmen Silva, Tomasita Martínez, Graciela Salgado, Manuela Torres, Estefanía Caicedo y Martina Carmargo.

El ‘Compae Goyo’, como lo llaman todos, asegura que "más que las músicas negras del Caribe, lo que recoge Petrona Martínez con su poderosa voz es el legado del África ancestral en nuestras tierras. Cuando Petrona canta un bullerengue o una puya nos devuelve en el tiempo al África que vivía sus rituales y cantos espirituales de la siembra y la cosecha con danzas. Sólo que Petrona lo vive y lo reivindica como una fiesta".

Eso bien lo han entendido los señores de la Academia Latina de la Grabación, que la nominaron en dos oportunidades a los premios Grammy; primero en 2003 con ‘Canta bonito’, y el año pasado con ‘Las penas alegres’, en la categoría de mejor álbum folclórico. En ambos casos, la matrona enfrentó la noticia con una sonrisa calma; "qué bonito", alcanzó a decir en la primera nominación. "Es que en la vida hay tiempo y hay tiempitos. El primero es cuando nos llegan las cosas en abundancia, como los aplausos y los reconocimientos. Los tiempitos son esos días en que aparece la enfermedad y la falta de alimento".

Ni siquiera esos buenos "tiempos" han impedido que Petrona deje de sentirse más campesina cimarrona que cantante ilustre. Hace años, un alcalde de Cartagena quiso enamorarla con la idea de tener una casa en esa ciudad para que ella se desplazara con su familia hasta allí. Varios músicos le han llegado con palabras de ilusión para que se instale definitivamente en Bogotá, para así garantizar nuevas giras y conciertos. Y otros más han pretendido endulzarle la vanidad con la posibilidad de un futuro de lujos en Estados Unidos.

Pero, viéndola sentada en esa silla en Barranquilla, uno siente que Petrona no ve la hora de subir a la flota para llegar a Palenquito y seguir al tanto de sus gallinas, de sus marranos y de sus cultivos; para recoger con sus manos los manguitos a punto de desvanecerse de los árboles. "A mí nadie me echa el cuento cuando se trata de sembrar una yuca, un ñame o un maíz. No me duele el brazo para alzar el machete y cortar un palo pal’ fogón. A todos les digo, déjenme ser feliz en mi casa, en mi patio, con mi negro Tomás y con mis nietos".

Joselina Llerena, una de sus hijas, y que a veces acompaña en el coro las presentaciones de su madre, es de las que cree que la vitalidad de esta matrona, la vitamina que le permite seguir tan alegre y cándida frente a los males del cuerpo a pesar de su edad, es precisamente que nunca se ha alejado de sus tradiciones: "Mi mamá —confiesa Joselina— nunca se ha enfermado de vanidad, es una campesina feliz".

No es difícil imaginar a Petrona en ese patio de Palenquito cocinando para los suyos. Lavando ropa en el río a manduco limpio y haciendo blandas esas faenas pesadas con la autoridad de su voz. No es difícil imaginarla cociendo en su máquina —acaso uno de los pocos lujos que se ha permitido— las polleras de sus nietas y biznietas (en total son cuarenta nietos y siete bisnietos), esas que ahora dicen querer seguir los pasos que fundara, hace más de un siglo, la bisabuela cantadora.

No es difícil imaginarla de nuevo en ese arroyo, en el bendito arroyo de Lata, allá en Malagana, al sur de Bolívar, tan desprevenida ante el talento infinito de esa voz cimarrona que tiene por dentro. "Y vea usted, niña, ese arroyito es el mismo que pasa ahora por mi casa, allá en Palenquito. Allí me descubrieron para que le cantara al mundo hace treinta años y al pie de ese arroyo es que me pienso morir. Eso ya lo decidí: moriré cantando, feliz, mis bullerengues".

jueves, 10 de marzo de 2011

El caleño que sirvió al Führer


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Colprensa

Roberto L. murió de viejo en un monasterio español. Y las más de ocho décadas que permaneció en el mundo de los vivos le alcanzaron para todo: para ordenarse de sacerdote y hacer soñar a los suyos con que al fin tendrían obispo en la familia; para cruzar decenas de veces el Atlántico entre América y Europa; para seducir hermosas mujeres valiéndose de su estampa de galán y su mirada azul; para aprender cuatro idiomas a la perfección; para que la buena estrella lo salvara de la silla eléctrica, del llamado ‘Camino de la muerte’ al que le temen los convictos en Estados Unidos.

Hizo de todo, sí, incluso convertirse en espía al servicio del Führer en la Segunda Guerra Mundial. De todo, menos lo que un veterano periodista bogotano hubiese deseado: que viviera lo suficiente para contar con su propia voz esa historia de soplón y trotamundos tan fascinante como desconocida.


Víctor Diusabá, el periodista, se lo encontró refundido en el cable de una agencia internacional de noticias en los 90. La nota contaba un episodio escrito con sangre por un colombiano que asesinó en La Florida, arrastrado por los celos, al hijo de su novia. El chico fue botado desde un puente y ese delito, imperdonable ante la justicia de Estados Unidos, fue su boleto a la silla eléctrica.


El epílogo del cable, a modo de contexto, enumeraba otros compatriotas que habían corrido o estuvieron a punto de la misma suerte. En esas líneas se leía el nombre de Roberto Lañas Vallecilla a quien el FBI, a mediados de los 40, acusó de espionaje en suelo norteamericano y de entregar información valiosísima —con cartas escritas en tinta invisible— a los alemanes.

El olfato periodístico de Diusabá le hizo el guiño enseguida. "Sin duda, pensé, había allí una historia para contar. A los periodistas suele pasarnos que nos topamos con historias invisibles todo el tiempo; historias que no siempre son tan evidentes, que están refundidas en esa avalancha de informaciones que debemos manejar a diario. El caso de Roberto L. había ocurrido hacía más de 60 años. Pero, ¿que un colombiano trabajara como espía de los nazis? Eso no se le hubiera ocurrido a nadie".


Pero ocurrió. Y entonces Diusabá se pasó diez años desandando los pasos de esa suerte de 007 criollo. Comenzó por Cali, por San Antonio, el barrio donde nació Roberto L. Tras seis décadas, no quedaban mayores rastros. Así que armado únicamente de un directorio telefónico hizo la tarea de ‘espiar’ a posibles familiares. Discó decenas de veces. Al final, alguien contestó y le soltó los pocos recuerdos que conservaban los Lañas del tío y primo un día trabajó para el mismísimo Hitler.
Esas pistas lo llevaron luego a Bogotá, donde Roberto L. apuró su formación religiosa, seguro de que algún día llegaría a obispo. Pero Víctor sintió necesario comprar un tiquete de avión que lo dejara en Washington, donde el caleño había sido juzgado, y donde aguardaban por el periodista archivos desclasificados por el Gobierno en los que reposaban detalles reveladores.


Trajo consigo el valioso material para Colombia. "Y entonces descubrí que no tenía ni la mitad de la información; faltaba reconstruir su etapa en La Cartuja, el monasterio donde murió". Fue así como Diusabá viajó además a Portugal y España, para acabar de construir un ‘retrato hablado’ de su personaje. Un espía de la información rastreando a un espía de la guerra.


Y entonces el resultado flamante es ‘El espía que compró el cielo’, el libro que publicó este año con Planeta...
Cuando miro este trabajo hoy, diez años después de toparme con la historia de Roberto, creo que a los periodistas nos queda la lección de que siempre habrá una historia esperando por nosotros. Lo importante es no dejarla seguir de largo. En mi caso, la historia me atrajo doblemente: se trataba de un espía y su vida transcurrió en uno de los episodios que más me apasiona, la Segunda Guerra Mundial.

Los temas sobre espionaje han ejercido una fascinación permanente en escritores y cineastas. ¿Por qué se nos hace tan atractiva la figura del soplón?
Debe ser porque los conflictos han sido una constante en la historia de la humanidad y en esa medida se ha expresado también el espionaje, que casi se inventó con el hombre. La fascinación está en ver hasta qué punto los espías consiguen sus propósitos, cómo lo hacen. No todos los días nace un espía. No todos los días nace una persona con esas dosis acertadas de talento, picardía, suerte y aventura. Si te pones a ver, la mayoría de ellos juega contra las leyes de lo normal y hasta derrotan leyes del sentido común y de la física pues juegan cartas que uno normalmente no jugaría. A veces aciertan. Otras, acaban pagando con un altísimo precio sus errores. El caso particular del espionaje en la guerra es fascinante. Lo que se puede colegir en este libro es que fue el talento de los espías aliados lo que les permitió ganar la guerra. No fueron las armas, ni las estrategias en el campo de batalla.


¿Quién fue realmente Roberto L. (siempre lo refiere en el libro de esa forma, sin apellidos)? ¿Un gigoló, un espía, un sacerdote de fe temblorosa?
En una parte del libro yo cuento que él se encuentra con una gitana en el pasillo de un tren y ella le dice que él está llamado a hacer grandes cosas y que para lograrlas va a contar con mucha suerte. Realmente fue un tipo con las siete vidas del gato. Pasa por muchas dificultades, pero entre más se le presentan, la suerte siempre termina de su lado. Mientras investigaba, cuando creía que tenía documentada la situación más peligrosa a la que se enfrentó —como cuando transportó un líquido letal que podría acabar con una persona con sólo una gota—, encontré que vivió otras más peligrosas aún. Fue un hombre que vivió con profunda intensidad, más allá de que uno esté de acuerdo o no con su militancia en el nacional socialismo. Fue un hombre que hizo la vida como la quiso.


Hablemos de la escogencia del género: la crónica. Hoy en día, los escritores prefieren novelar hechos históricos que contarlos tal como sucedieron... ¿Por qué una crónica y no una novela?
En la historia de Roberto L. hay episodios y personajes que nunca terminaré de conocer, precisamente por tratarse de un espía. Ellos tienen una doble vida, que no consignan siquiera en sus memorias. En los expedientes del juicio encontré detalles fieles a la realidad, pero no ocurre lo mismo con quienes te ofrecen un testimonio que siempre estará viciado por la subjetividad. Y como habían transcurrido 60 años desde la época en que fue espía, resultaba complicado contrastar testimonios. Y uno como periodista no puede asegurar que las cosas sucedieron tal y como las personas las recuerdan. Lo que hice fue consignar hechos, lugares y situaciones reales pues Roberto era apenas una pieza del gran ajedrez del espionaje nazi. Fíjate, el expediente de este caleño lo hallé dentro de 18 millones de documentos desclasificados. Mi propósito no era hacer un libro de historia, denso y lleno de anotaciones al pie de las páginas. La crónica permitía, en cambio, echar mano de mis hallazgos para lograr un relato atractivo.


Pese a lo fascinante de la figura de Roberto L., fue en realidad un actor de reparto en el escenario de la guerra. Ni tuvo grandes misiones ni sus resultados fueron definitivos para Hitler...
No cabe duda de que Roberto L. no fue el gran espía de los nazis. Pero no hay que olvidar que esos pequeños personajes son los que terminan siendo trascendentales en las guerras. Él perteneció a un ejército de espías, y lo que presumo es que en esos 18 millones de archivos debe haber más sorpresas. Los actores de reparto también se ganan el Oscar.

Detrás de esta historia, veladamente se esconden los ecos del nacionalismo alemán que llegaron a Colombia...
Sí. Es que el caso de Roberto no fue excepcional. Él representa a mucha gente que se enamoró de unas ideas que en principio despertaron enorme simpatía en sectores políticos y en colombianos que terminaron convertidos en ‘germanófilos’. Hitler llegó a donde llegó, entre otras cosas, por un estado de opinión que contó con el apoyo de gente que nunca llegó a advertir los costos que esas ideas implicaban. Años después, muchos recularon y lo negaron. Y lo hicieron antes de que cantara el gallo. Fíjate que en Alemania encontré algo que es una absoluta novedad: un embajador de ese país en Colombia, en la década del 60, fue ni más ni menos durante la guerra miembro alto de la SS, que no es otra cosa que la guardia pretoriana del Führer. Uno se pregunta si ese tipo no llegó acá para esconder las andanzas de los nazis en este país.


Los procesos de escritura no siempre son los mismos. Sobre todo si uno se ha pasado diez años investigando un mismo tema. Tras esa faena personal de ‘espionaje’ sobre este personaje, ¿cómo decantó la información y escogió lo necesario para el libro?
Comprobé que escribir es el arte de la paciencia. El libro lo escribí dos veces. Al terminar la primera versión, sentí que debía darle un orden distinto y nutrirlo con elementos que fui encontrando cuando creí que la etapa de investigación estaba superada. En ese momento viví una anécdota curiosa: una vez terminé perdido con un amigo en el sur de España. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrimos que el sitio donde nos encontrábamos era precisamente La Cartuja donde Roberto había pasado los últimos días de su vida.


De tanto espiar a Roberto L. él terminó espiándolo a usted...
Sí, llegué a convencerme de eso mientras escribía.

Y si lo hubiese conocido, qué pregunta no hubiese dejado de hacerle...
Le preguntaría sobre la faceta más fascinante de su vida: ¿Cómo obtuvo esa bendición del destino para pasar del nacionalismo a tener el abrazo de la Iglesia?

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El autor
Víctor Diusabá Rojas es un periodista bogotano con larga trayectoria en medios nacionales: durante varios años trabajó como jefe de la oficina del diario El País, en la ciudad de Bogotá; fue jefe de redacción del periódico El Espectador; editor general de Colprensa y del Grupo Nacional de Medios.
En la actualidad es director del portal digital de la revista Semana. También se ha destacado como columnista y sus opiniones han recorrido los periódicos regionales de Colombia, entre ellos El Colombiano, Vanguardia Liberal, El País, El Universal, El Nuevo Día, La República.
‘El espía que compró el cielo’, su cuarto libro, llega después de ‘El 9 de abril, la voz del pueblo’ (publicado por Planeta en 1998), ‘La afición’ (editado por Espasa en 2000 y galardonado con el premio literario de la Fundación Joselito de la Comunidad de Madrid) y ‘El toro de lidia en Colombia’ (publicado en 2009).

lunes, 28 de febrero de 2011

Episodios de una escritora combativa


Almudena Grandes vino a Colombia a hablar de erotismo. Y uno podría pasar conversando con ella horas sobre eso. Mejor no: el mérito de su prosa es lograr que España se reconcilie con su pasado de sangre y de guerra. Letras políticas.


Érase una vez la guerra.
Almudena Grandes tenía sólo doce años cuando entendió el significado de la República. Estaba en la cocina con su madre, y mientras ambas dejaban en su punto la masa de unas galletas, la niña alcanzó a ver una foto en blanco y negro de Josephine Baker, una sensual bailarina afroamericana de comienzos del Siglo XX, célebre no sólo por sus curvas de vedette sino por encarnar un verdadero escándalo de su tiempo: se decía que era lesbiana y sus faldas sobre el escenario se elevaban por encima de las rodillas. Aquello era menos que imperdonable en los años clericales años 20.

“Tu abuela la vio bailar”, alcanzó a escuchar la chica después de alzar la vista del retrato. Algo debía andar mal, en todo caso, pensó: “¿Cómo era posible que mi abuela asistiera con mi abuelo al espectáculo de una mujer desnuda, que a veces cubría los pezones de sus senos sólo con un par de estrellas, en un teatro de España?”.

Cómo era posible si ella, la pequeña Almudena, sentía a diario en su Madrid natal los reproches de un régimen ultraconservador que entendía las artes más como una expresión del comunismo que como una manifestación del espíritu.

Entonces la República, concluyó, venía a ser lo mismo “que la vanguardia”. Y entonces la España de su tiempo —esa que comenzó a correr desde 1936 cuando el generalísimo Franco asumió el poder— era una nación encapsulada “que permaneció estancada por culpa de una dictadura de casi cuatro décadas”. Con los años acabó por admitirlo, consternada: “Mi abuela fue más moderna que yo”.

Ella misma es consciente de que fue, tal vez, el primer acto político de una mujer —a la postre una de las plumas más leídas de su país— que a sus 50 años sigue parada sobre la convicción de que España necesita una reconciliación profunda con su pasado. “La falta de reflexión ha sido el mayor de nuestros problemas. Nos ha costado mirarnos al espejo. Mientras oficialmente se siga sin aceptar cuál ha sido la evolución histórica de este país, los españoles continúan sin saber, precisamente, sobre qué país están parados”.

El que Almudena transita está plagado de historias que detallan los horrores de las víctimas de la Guerra Civil. Las ha buscado, unas; otras le han llegado casualmente y varias más las ha investigado con disciplina de budista. En todos los casos, después de escucharlas y confrontarlas, ha hecho lo único que sabe hacer, pese a que un cartón de la Universidad Complutense de Madrid certifique que se graduó en geografía e historia: escribir.

Desde hace más de una década, Almudena Grandes emprendió una tarea editorial que busca sacudir de la modorra a esa “España desmemoriada”. En 2002 arrancó con paso firme y le presentó al mundo ‘Los aires difíciles’, novela aplaudida por la crítica que retrata el perfil de Sara Gómez, una mujer que lo perdió todo, incluso a su familia, por culpa de la guerra que desencadenó, lo sabemos de sobra, la era franquista.

Tras cinco años de investigación y documentación histórica, en 2009 publicó ‘El corazón helado’ —uno de los libros más vendidos de España en los últimos cinco años y para muchos de sus lectores una de sus novelas más ambiciosas—. Mil páginas en las que reconstruye la confrontación de dos familias opuestas ideológicamente, que vivieron de distinta forma la Guerra Civil, el exilio, la dictadura y la transición a la democracia. La novela recoge casi un siglo de vida de España, desde la II República, pasando por la Segunda Guerra Mundial, hasta llegar a los 70, cuando acaba la dictadura.

El año pasado anunció otra empresa literaria de mayor aliento: una serie compuesta por seis novelas a la que bautizó ‘Episodios de una guerra interminable’.

Y cumplió. En septiembre vio la luz la primera de ellas, ‘Inés y la alegría’ (Tusquets). Esta vez, una historia de amor enmarcada en un episodio real de la Guerra Civil poco documentado en los libros: la invasión del Valle de Arán a manos del ejército de la Unión Nacional Española liderada por el Partido Comunista.

Episodio que, según la escritora, de haber sido valorado en su real magnitud —“imagínese, arrebartarle a Franco un pequeño valle de esa España que él creía intocable”— habría cambiado para siempre el curso de la Guerra Civil y, de alguna forma, el papel de España en la Segunda Guerra Mundial, que se declaró neutral, pese a su clara simpatía por las ideas fascistas de Hitler y Mussolini.

Almudena, uno siente que su generación se abrogó, desde diferentes disciplinas artísticas, la misión hacer una tarea de revisionismo histórico. Pero no es menos cierto que una parte de la sociedad española no quiere saber nada de ese pasado. Pensemos en el juez Baltazar Garzón: quiso reabrir el debate de las víctimas, pero muchas autoridades le cayeron encima...
Es cierto. Como también que en literatura ya se ha escrito mucho sobre la Guerra Civil. Pero creo que es un momento de la historia de España sobre la que es necesario mostrar otras cosas, algo distinto a las historias heroicas. En esa guerra se escribieron otras menos románticas y más brutales que aportan claves para entender a España. ¿Qué nos falta? Escribir, por ejemplo, sobre las incidencias de la guerra en la configuración de este país como nación. Fue una guerra feroz, que mató a un millón de personas y muchísimas más cosas en todos los órdenes. Muchos españoles se han desentendido, pero aún padecemos las consecuencias de la Guerra. La transición en realidad no fue ninguna transición, nunca se discutió ni se debatió. Y la monarquía quedó como gran defensora de la democracia y se concluyó que lo mejor era pasar página. ¿Por qué existe hoy un límite a la libertad de expresión, por qué no se puede cuestionar a la monarquía? Pues una consecuencia de la Guerra Civil.

Érase una vez una escritora.
El día que conversó con GACETA, un sábado en la mañana, Almudena se encontraba en Barranquilla. Era una de las invitadas internacionales a la quinta edición del Carnaval Internacional de las Artes, ese sueño intelectual que hizo posible el periodista caribe Heriberto Fiorillo y que durante cinco días invita a medio país a pensar y a conversar.

Y a eso venía Almudena, a conversar. Ese mismo sábado se sentó en el Teatro Amira de la Rosa con el novelista colombiano, residente en Madrid, Marco Schwartz, para hablar sobre literatura erótica.

Había fundadas razones para que la española aceptara intercambiar ideas al respecto. Su desparpajo intelectual, tal vez. Quizás la más poderosa haya sido la publicación en 1989 de ‘Las edades de Lulú’, un relato de corte erótico que le mereció el premio La Sonrisa Vertical y que terminó en el cine, un año después, de la mano de Bigas Luna, célebre por filmes como ‘Jamón jamón’, película interpretada por Penélope Cruz.

Almudena tenía sólo 28 años y esa, su primera novela, que fue traducida a 19 idiomas, la ubicó de inmediato como una de las grandes promesas de las letras de España.

La culpa, lo ha confesado ella, es de Benito Pérez Galdós, novelista, dramaturgo y cronista; el mayor representante de la novela realista del Siglo XIX. Los libros lo reseñan como uno de los más importantes autores en lengua española. Ella es más contundente: “Es el más grande después de Cervantes”.

La Almudena que terminó en la inmensa biblioteca que atesoraba su abuelo era una chica de 15 años, casi indomable, que renegaba de leer sólo lo que la dictadura permitía. La entrada a aquel lugar fue entonces como cruzar las fronteras de su país para caminar a sus anchas por un territorio sin restricciones. Y fue en la inmensidad de ese lugar que se topó con las obras completas de Pérez Galdós.

“No lo supe en un comienzo —recuerda Almudena—. Cuando entré a la biblioteca cogí lo primero que encontré, guiada sólo por la curiosidad. Siempre he creído que ese momento tuvo algo de providencial. El libro que terminó en mis manos era ‘Tormento’, una de sus grandes novelas, un libro difícil, es la historia de un cura que abusa de una huérfana desamparada. Un cura que miente, que tiraniza”.

Hasta ese momento, Almudena había leído algunos libros que compraba con sus ahorros. Libros de bolsillo. “Pero estos de Pérez Galdós estaban hechos para los que de verdad se enfrentan a la dura faena de leer. Densos y en papel de Biblia. Cuando llegué a la última página de ‘Tormento’, lo supe enseguida: Pérez había sembrado en mí el veneno de la novela”.

Y así como en 1873, el célebre autor editó ‘Episodios nacionales’, un intento de entender la memoria histórica de los españoles, en el que reflejaba la vida íntima de éstos en el Siglo XIX, Grandes se embarcó en ‘Episodios de una guerra interminable’, ese gran proyecto de seis novelas que terminará de publicarse, aspira, en 2017. Tras ‘Inés y la alegría’, llegará —también con Tusquets— ‘El lector de Julio Verne’, la segunda entrega de la saga.

Mientras se asoma a las librerías, ahí están sus otros libros. ‘Malena es un nombre de tango’, editado en 1994 y que también fue llevado a la gran pantalla. Están sus recopilaciones: uno de artículos periodísticos, ‘Mercado de Barceló’, publicados en El País, de España. Y otro de relatos, ‘Modelos de mujer’, en el que se destaca ‘El lenguaje de los balcones’, inspirado en un poema de su esposo Luis García Montero —también escritor— que sirvió de materia prima para la película ‘Aunque tú no lo sepas’.

Para el crítico literario Andrés Zambrano, hablar de la literatura de Almudena Grandes es hablar “de un prosa densa y extraordinariamente bien documentada. Sus libros tienen el valor de contar la España contemporánea, siempre dejándonos a los lectores de públicos tan lejanos como Colombia luces para entenderla”.

Con mayor o menor intensidad, esas claves aparecen en ‘Atlas de geografía humana’, ‘Los aires difíciles’, ‘Castillos de cartón’ y ‘Corazón helado’, sus títulos recientes. “Y pensar que a mí me cuesta tanto escribir”, dice Almudena.

Érase una vez un libro.
‘Inés y la alegría’ llegó a Colombia en diciembre pasado. Es un relato voluminoso, más de 700 páginas. Su autora la resume como la vida de una mujer que hace cinco kilos de rosquillas, roba un caballo, una pistola, y se une a un ejército guerrillero. Pero el profesor de literatura del colegio Gimnasio Moderno de Bogotá, Jorge Iván Parra, cree más bien que es uno de los relatos, inspirado en la Guerra Civil Española, mejor logrados. “Ella bebe de la ficción las herramientas de la arquitectura de la novela, pero de la historia española todo el acervo para que ese relato nos parezca tan real”.

Andrés Zambrano está de acuerdo. Pero cuestiona en la obra el que esté “demasiado politizada y casi militante”, como consecuencia de la evidente simpatía de Almudena por la República. “El mundo no es en blanco y negro, siempre habrá grises”, asegura el crítico.

¿Sí es Almudena una republicana tan radical?
Hay muchas razones para serlo. A comienzos de los años 30, España era un país modelo, la punta de lanza de Europa, culto y con una legislación que sus vecinos envidiaban. Pero eso no es lo que enseñan en los colegios. Se nos vende que la República son unos obreros ignorantes que quemaban iglesias. Siento que a los españoles nos están robando parte de nuestra historia.

¿Será que de pronto a los intelectuales ya no les importa tanto el poder y a usted le cuestionan que lo critique tanto?
Puede ser. Hace algunos años, las opiniones de los intelectuales tenían tanta importancia que terminaban por ser tenidas en cuenta por los poderosos. Ahora, los intelectuales nos la pasamos firmando manifiestos, pero no se logra nada. Los españoles siguen caminando de espalda a su pasado.

En ‘Inés y la alegría’ queda clarísima su simpatía por las ideas de izquierda. ¿No es complicado asumir esa posición en país con tantas heridas abiertas?
No. La ideología es uno de los ingredientes esenciales de la dignidad. Para mí el comunismo es sinónimo de coraje.

Almudena, usted sueña con que los españoles aprendan de su pasado, ¿es en realidad la novela un medio eficaz para lograrlo?
No es la novela, es el arte en sí el que nos ayuda. Ojalá con lo que escribo pudiéramos reconciliarnos con ese pasado que no queremos repasar, y fundar entre todos la Tercera República, una donde no haya monarquías ni dictadores.

jueves, 17 de febrero de 2011

Enterrado en el olvido


Ni sus difuntos ilustres, ni sus mausoleos de arquitectura republicana, ni sus valiosas prácticas culturales alrededor de la muerte han conseguido que el Cementerio Central de Cali sea valorado como un patrimonio material e inmaterial de la ciudad. Exhumando la memoria.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Jorge Orozco

Se llamó Adolfo Aristizábal Llano. Había nacido en Santo Domingo, Antioquia, y murió en Cali, hacia 1963. Al rastrear su historia aparecen datos dispersos: que fue un próspero empresario cafetero, que hacia 1917 trajo a esta ciudad los primeros carros, desarmados y en cajas; y que dos años antes de caer rendido ante el sueño eterno había alcanzado a fundar el emblemático Hotel Aristi, en pleno corazón de la ciudad.

Rosa Martínez, que ahora mismo —en una tarde de viernes— está parada frente a su tumba en el Cementerio Central de Cali conoce poco sobre ese esmerado pasado. Es lo de menos. Lo de más ocurrió hace años, justamente durante un velorio, cuando alguien le contó que el ilustre difunto, ‘canonizado’ desde hace medio siglo por el fervor popular, concedía sendos favores a los mortales. Bastaba sólo con escribirle en un papelito el deseo y “hacérselo llegar”.

Esas virtudes de milagrero, le dijeron, se fundaban en la extraña mitología que había despertado Don Adolfo en su paso por la tierra. Porque mientras unos lo evocaban como un filántropo, otros le guardaban el recuerdo de ser un asesino de niños, a quienes extraía la sangre que él necesitaba para paliar una devastadora enfermedad.

Y entonces —como si los cargos de conciencia persiguieran a los muertos hasta el más allá— se cree que el atildado empresario se encarga de resarcir con milagros cumplidos todo el dolor que sus actos habrían causado en vida.

Y Rosa —53 años, ojos verdes y viuda reciente— cree en esa doctrina como que dos y dos son cuatro. El ilustre muerto, cuenta la modista, ya le ayudó a que uno de sus hijos saliera de la cárcel y ella, rosario en mano, cree que él también leyó ese papelito enrollado que metió por entre las ranuras de su tumba en el que le imploraba para que el menor de sus muchachos se alejara de ‘Los raros’, una pandilla juvenil de Decepaz “que me lo tiene en malos pasos y con la Policía en la nuca”.

La de Rosa es una fe compartida. La tumba de Don Adolfo está plagada de pequeños bloquecitos de mármol, amontonados, en los que decenas de familias “dan las gracias por los favores recibidos”. Así que uno imagina que, de no ser por ese encendido fervor popular, la vida y ‘milagros’ de Adolfo Aristizábal Llano descansarían en la paz de esos libros de biblioteca que a las generaciones recientes les cuesta trabajo consultar.

Sí, una tumba nos ayuda a desaparecer el cuerpo del muerto, pero es también el primer paso en el camino que otros habrán de recorrer para reconstruir la memoria del difunto.

Eso bien lo han entendido en Buenos Aires, donde hicieron del cementerio La Recoleta un santuario de la memoria nacional. En La Habana, en cuyo cementerio Colón los muertos reconstruyen buena parte de la Revolución. Y en la lista hay espacio para los de Nueva Orleans, Lima y hasta el de San Pedro, en Medellín, que hace parte, incluso, de las guías turísticas de la capital paisa pues allí reposan los restos de importantes industriales nacidos en este país.

La reflexión la comparto con Ricardo Hincapié, arquitecto, magíster en restauración de monumentos y docente de la Universidad del Valle, dedicado desde hace más de un lustro a investigar el pasado y la riqueza patrimonial de los más importantes cementerios del Valle, entre ellos, claro, el Central de Cali, el más antiguo, cuyo terreno fue adjudicado para tal fin hacia 1852.

Más que un terreno generoso para albergar muertos, se trata para el profesor Hincapié de un espacio que reivindica la memoria, no sólo por los ilustres enterrados ahí desde hace años, sino “por el valor arquitectónico, histórico, urbanístico, de técnicas constructivas y hasta de prácticas culturales alrededor de la muerte que uno encuentra en ese lugar. Todas esas, razones para convertirlo también, como lo han logrado otras ciudades, en un lugar de peregrinaje para quienes deseen esculcar el pasado caleño”.

El tema de transformar los cementerios en espacios de encuentro dentro de las ciudades viene agitándolo, desde hace casi una década Catalina Velasquez, quien trabaja hoy en la oficina de Patrimonio del Ministerio de Cultura.

Ella es la creadora de la Red Iberoamericana de Cementerios Patrimoniales —que nació en Medellín gracias a la Cátedra Unesco ‘Gestión Integral y Patrimonio’, del Museo de Antioquia— y fue la impulsora de la primera versión del Encuentro de Cementerios Patrimoniales de Colombia, que tuvo lugar en Bogotá a comienzos de noviembre.

Según dice esta psicóloga, “aún hoy muchos de nosotros rezamos y llevamos flores a estos lugares sin saber que estamos parados, en realidad, sobre un valiosísimo patrimonio material e inmaterial. Son espacios que, además de una adecuada conservación y de ser declarados Bienes de Interés Cultural, necesitan ser visibilizados al resto de la sociedad; sólo así serán entendidos como otra manera de contar la historia de un pueblo... En otras palabras, esos muertos que dejamos allí son quienes se encargarán de contar nuestro pasado”.

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Dueño todavía de ese trazado que determinara, en 1904, el ingeniero Emilio Sardi, el Cementerio Central de Cali, que se enmarca dentro de los católicos republicanos que se construyeron por el país entre los siglos XIX y XX, conserva un conjunto de monumentos funerarios de arquitectura exquisita.

Piezas de gran valor que, casi un siglo atrás, fueron inspiradas por importantes arquitectos de la ciudad como Gerardo Posada (quien hizo trabajos de escultura para la Academia de Roma) y como la firma Borrero y Ospina. También por artistas y artesanos italianos como José Pratti y sus sobrinos Reinaldo y Ludovico, todos ellos pupilos de la Marmolería Italiana de Tito Ricci, una de las más representativas de la Europa de comienzos de Siglo XX. Es gracias a ellos que en el cementerio pueden apreciarse lápidas en mármol con altorrelieves, columnas corintias (griegas), vitrales de iglesia, capiteles románticos, hierro forjado (ya en desuso) y estilos arquitectónicos que bien pueden ser republicanos o neogóticos.

Tales mausoleos y osarios narran, en el silencio de sus mármoles, rasgos de la historia de las familias fundacionales de lo que hoy es Cali: esa donde Cayzedo se escribía a la usanza de la Colonia, con Z y con Y; esa Cali donde los Lalinde se casaban con los Cabal; los Eder con los Borrero; los González con los Nader; los Cobo con los Blum.

Esa Cali, con pulso de pueblo, donde una joven de escasos 18 años bien podía morirse de amor; tal como terminan convencidos hasta hoy quienes se acercan por curiosidad al mausoleo de Elisa Eder y Cayzedo, y escuchan la versión que —ante la falta de un guía preparado— sueltan desprevenidamente los sepultureros sobre la suerte de esta caleña que se abandonó el mundo de los vivos el 14 de enero de 1925.

Sea cual fuere la razón de su fallecimiento, la verdad cierta es que sus restos reposan en el mausoleo más bello y antiguo de todo el campo santo caleño —el de la familia Eder— encumbrado con un sarcófago en relieve que imita la imagen de una joven dormida con las manos cruzadas sobre el regazo. A su alrededor están las tumbas de varios miembros de su familia, líderes empresariales y cívicos de la Cali del Siglo XX.

El arquitecto Hincapié sabe bien de cuál se trata. Y sabe, cómo no, el valor que representa como pieza artística ese mausoleo, toda vez que fue encargado a las manos talentosas de E. Maccagnani, escultor italiano.

Lo que se sucede, asegura el profesor, es que antes de que la sociedad asistiera a esa suerte de “vanalización de la muerte” —de que hoy los gimnasios estén a rebosar y las mesas de desayuno servidas con cereales como recetas para la eterna juventud— se creía que la muerte era parte de la vida, y por lo tanto se cultivaba en las familias un respeto supremo hacia el cuerpo del difunto.

“Creo que detrás de esas razones de higiene que se esgrimen con la cremación, existe la motivación de no querer saber más del muerto. De la muerte queremos desentendernos lo más rápido que sea posible. Y eso ha hecho que se pierdan con el tiempo prácticas de enterramiento que antaño eran importantísimas”, reflexiona Hincapié.

Así lo cree también Alberto Escovar, otro arquitecto caleño. Siendo niño su abuela, Lucila Bueno, lo llevaba al Cementerio Central de Cali “a conversar” con Jack Wilson-White, su abuelo, cuyos restos reposan aún en ese campo santo.

Desde entonces, y gracias a que doña Lucila le enseñó a “entender la muerte como una prolongación de la vida”, Alberto empezó a acuñar gran interés hacia estos lugares. Interés que, siendo ya un joven estudiante de la Universidad de los Andes, lo llevó junto a otros compañeros a elaborar un proyecto para preservar el valor patrimonial del Cementerio Central de Bogotá.

“En este camposanto, como lo veía yo de niño en el de Cali, se podía ver —cuenta Escovar— cómo la muerte era asumida con dignidad; muchos preferían, incluso, morir en sus casas, al lado de los suyos, antes que en un hospital. No se escatimaban gastos para construir los mausoleos. Hoy, es triste decirlo, un cementerio es el último lugar al que muchos desearían ir”.

El argumento sirve para entender el declive del Cementerio Central de la capital del Valle. Para el profesor Hincapié, la raíz de que no se le dimensione como el patrimonio de la ciudad que realmente es, hay que rastrearla en los años 60, cuando se le cierra la entrada que tenía por la Carrera Primera, la cual daba inicio a una vía ceremonial que conducía a la capilla.

Es la misma época en la que, dice el profesor, comienzan a aparecer los cementerios de jardín, “básicamente respondiendo a la necesidad de las clases altas de contar con espacios privados y alejados de la ciudad para sus muertos y sus duelos”.

Hoy, son mauseleos como los de Elisa Eder los únicos testimonios de lo que fueron los cementerios en otros tiempos: los lugares más democráticos de la sociedad, donde los pobres descansaban al lado de los ricos, y los comunistas al lado de los conservadores.

En la década del 60 —explica Hincapié— el Cementerio Central tuvo que doblar su capacidad (hoy puede albergar unos 250 mil muertos) por el crecimiento mismo que empezó a experimentar Cali. “La labor de ampliación se le encomendó a Álvaro Calero Tejada, reconocido arquitecto, y aunque desarrolló un trabajo interesante, fue un punto de no retorno: a partir de ahí adquirió la vocación popular que se le ha visto hasta hoy”.

No debe ser muy consciente de esas tesis la joven que esta misma tarde de viernes barre con un cepillo y decora con claveles amarillos la tumba de César Marino Fernández, mientras una grabadora enferma de pilas deja escurrir una ranchera. Hoy, 12 de noviembre, cuenta, el finado estaría cumpliendo años. Y como cada 12 de noviembre, ella se hace presente para hacerle llegar al más allá las canciones que en vida tanto disfrutó.

De esas tesis tampoco es necesario hablarle a Rosario Mosquera, vendedora ambulante que hasta hace unos minutos acariciaba la tumba de Michell Laudhdy García, una niña que alcanzó a vivir un año exacto: nació y murió un 12 de agosto. “Por esa coincidencia es que muchos creemos que la bebé hace milagros; hace unos meses, por ejemplo, le pedí que me enviara un chancecito y hoy estoy aquí dándole las gracias”.

Cada 12 de agosto, en esa esquina donde está su tumba se escuchan rondan infantiles y uno de sus devotos lleva una torta para celebrar el cumpleaños que no fue. Otros le obsequian muñecas y otros más aprovechan la fecha para implorar plegarias a la pequeña difunta.

Los ‘santos’ populares y sin aureola abundan por todo el cementerio. Y eso no le extraña a Alberto Escovar, quien piensa que esas manifestaciones que muchos pueden considerar “folclóricas” no son más que una forma de las clases populares de levantar sus propios mauselos alrededor de sus muertos. “Ellos no los hacen con mármoles. Los suyos están fabricados con flores, cartas, fotos, oraciones, comida y música”.

Este tipo de demostraciones, cree el profesor Hincapié, son las que hacen parte de ese patrimonio inmaterial que preservan cementerios como el Central de Cali. Lo que se vive allí, dice, son prácticas culturales que nos dan pistas para entender a nuestra sociedad.

“La gente humilde tiende a personalizar sus tumbas y las convierten en una extensión de la sala de su casa. Y ese ritual que gira alrededor de su decoración, esa dedicación que se muestra en la tarea, demuestra la reverencia y profundo respeto que se siente por el muerto. Y es, a la vez, una expresión muy propia para expresar la pena y el dolor por su ausencia”, se le escucha decir al profesor.

Intento escudriñar en las palabras de Rosa, la modista, más pistas sobre porqué algunos asumen la muerte como una estación más de la vida. Ella responde, sin apartar la vista del sepulcro de Adolfo Aristizábal: “Es que los muertos nunca terminan de irse; a veces uno preferiría vivir allá, con ellos, para no tener que estar, como yo, pidiendo tantos favores acá, en la tierra”.