lunes, 22 de noviembre de 2010

La deuda eterna de Carlos Gardel


Historia de un villorio llamado Cali que aprendió a amar los tangos con la voz de Gardel, pero que tuvo que resignarse a no poderlo escuchar de viva voz, justo el día en que murió, el 24 de junio de 1935. Crónica.

Por Lucy Lorena Libreros
Ilustración: Fabián Ramírez

La memoria centenaria de Arcesio Valencia lo recuerda bien: aquel fatídico 24 de junio fue un lunes. Un lunes de nubes dispersas y sol aplastante. Un lunes con un cielo pálido como pergamino y sin obstáculos para que el avión F-31 de la empresa Saco, que traía consigo a Carlos Gardel, a sus tres guitarristas y a todo su séquito de colaboradores, 15 personas en total, tuviera un aterrizaje feliz.

Ese día, bien temprano en la mañana, Arcesio, a bordo de su bicicleta, había salido de la que aún sigue siendo su casa en el barrio Obrero —una edificación apostada justo frente al parque de este emblemático barrio— rumbo hacia el Guabito, el pequeño puerto aéreo con que contaba la ciudad hace 75 años y en el que trabajó como mecánico de la Fuerza Aérea, hasta el día en que soltó la caja de herramientas.

Al otro lado de la cordillera, en Bogotá, un hombre de sonrisa impecable, voz de tenor y estampa de galán con sombrero ‘ladiao’ de fieltro Borsalino abandonaba el hotel Granada de Bogotá. Tras dos exitosos conciertos en esa ciudad, Gardel apuraba sus maletas para una escala técnica en Medellín antes de viajar a la capital del Valle. Cumpliría así con el suceso musical más importante de que se tuvo noticia en esa villa de 90 mil habitantes que era la Cali de entonces: la presentación del “artista cinematográfico argentino” —como se leía en las páginas del Diario del Pacífico— en el Teatro Jorge Isaacs, fundado apenas tres años antes.

Arcesio, enterado de aquella noticia de ilusión a través de la radio, imaginó que podría conseguir una boleta que le asegurara una silla en el teatro, en la zona de Galería, por la que pagaría 40 centavos. Pero los 1.200 tiquetes que salieron a la venta para las dos funciones, lunes y martes, se agotaron en un par de horas y al humilde reparador de pájaros de acero no le quedó de otra que resignarse al intento de robarle un autógrafo al ‘Zorzal criollo’ cuando este descendiera del F-31 en suelo caleño.

Sentía —dice hoy, con su figura menuda derramada en un viejo sillón de su casa— que era un premio apenas justo para un seguidor incansable de ese hombre de voz portentosa que le había enseñado con sus canciones a soñar con el pasado que aflora, el tiempo viejo que llora y que nunca volverá.

Aquel autógrafo sería una medalla de oro para reconocer las tardes de soledad en las que, camuflado en la última fila de los teatros, a veces con la complicidad de los porteros que no le cobraban la entrada, seguía con emoción ‘Espérame’, ‘Luces de Buenos Aires’ y ‘El tango en Broadway’, películas en las que el ‘Morocho del abasto’ —como solían llamarlo los porteños del río de La Plata— había grabado, guitarra en mano, con la Paramount Pictures francesa y que a Cali llegaban con retraso.

Ese fervor lo compartía con otros miles de caleños que esperaban, ese lunes, a que llegaran las 9 de la noche, hora prevista para el concierto. Así lo indicaba la boleta, impresa en letras desordenadas. El show —se leía— estaría dividido en dos partes: primero se proyectaría un noticiero y una de las películas que inmortalizara al cantautor argentino, la comedia ‘La casa es seria’. Después… “Carlos Gardel en persona”. La entrada más costosa, para Palco de Primera, se conseguía en 2 pesos. La más barata, era justamente a la que aspiraba Arcesio, en Galería.

La expectativa no podía ser más grande. Aquel año, 1935, Gardel había grabado varios de sus éxitos más inolvidables: ‘Volver’, ‘Por una cabeza’, ‘Volvió una noche’ y ‘El día que me quieras’. Un año atrás había grabado ‘Cuesta abajo’, la mejor película hablada en castellano hasta entonces producida por un estudio de Hollywood.

El domingo anterior, en la noche, muchos caleños habían escuchado a Gardel a través de ‘La voz de la Víctor’, emisora bogotana en la que el cantante se despidió de la capital y habló con fervor de sus deseos de regresar a Colombia tras su gira por Medellín y Bogotá y la culminación de la misma en Cali.

“El alma latina sabe sentir esa música embrujada que es el tango, sabe arrancar sus más hondos secretos a la música criolla”, le escucharon decir al argentino a través de las ondas siderales. Después dejaron escapar algunos de esos versos que los gardelianos cantaban en las cantinas: “Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa, yira, yira” . Cuando la canción acabó, se alzó de nuevo la voz de tenor del gaucho para dirigirse a los oyentes con una frase que más parecía un presentimiento que una despedida: “Quiero volver a Colombia, pero el hombre propone y Dios dispone”.

El periódico más importante de la primera mitad del Siglo XX en Cali, el Diario del Pacífico, alimentaba con sus páginas la ansiedad. Invitaba a los caleños a asistir a los conciertos e informaba que, tras su paso por Cali hasta el miércoles 26 de junio, el artista seguiría su viaje hasta Buenaventura, en donde tomaría “uno de los barcos de la Grace Line que lo llevará a Nueva York, en donde cumplirá un contrato con la Paramount Pictures”.

La ciudad, había caído rendida ante el embrujo de ese ‘sentimiento triste que se baila’, como definiera alguna vez al tango Enrique Santos Discépolo. Sucumbió a la nostalgia de ese aire musical auténticamente urbano, a sus historias de amores fáciles y de baile, de sueños y también de muerte, escritas a ambos lados del río de La Plata.

Había aprendido que un adinerado era un bacán; la barra, un grupo de amigos. Que campanear no era otra cosa que mirar; que pobre era sinónimo de mistongo; que una novia es una piba y que a las percantas, a las mujeres, bien podían dedicárseles todos los tangos de este mundo. Eran todos vocablos de ese universo lunfardo y de la entraña social más popular que el Zorzal alimentaba con sus melodías.

Así estaban los ánimos gardelianos, cuando al medio día de ese lunes el jadear quejumbroso de la radio informaba que el avión en el que viajaba el Zorzal haría primero una escala en Medellín para abastecerse de combustible. Gardel, aún en Bogotá, sonreía ante la prensa para la que sería la última foto tomada en vida.

Miles de caleños, unos dos mil según documenta la prensa de la época, entre ellos decenas de jóvenes mujeres, provenientes de El Vallado, El Pueblo, La Loma de la Cruz, La Loma de las Mesas, San Antonio y El Centro, como se llamaban los escasos seis barrios con que contaba la ciudad, no aguantaron la impaciencia y prefirieron apostarse en el Guabito a la espera de su llegada a las 4 de la tarde y después acompañarlo en su entrada triunfal a Cali.

Miles más aguardaban en la Carrera 3 con 12, a las afueras del Jorge Isaacs. Seguidores de Gardel que habían llegado de Buga, de Tuluá, de Popayán y hasta de Armenia acechaban las esquinas cercanas al teatro con la esperanza de obtener una boleta o de observar de cerca al cantor gaucho. El comercio había anunciado que cerraría temprano sus puertas. Las señoras en casa apuraban los oficios domésticos para seguir sin interrupciones la transmisión por radio.

Pero Carlos Gardel nunca llegó. El trimotor F-31, piloteado por Ernesto Samper Mendoza —uno de los impulsores de la aviación nacional—, quedó envuelto en llamas a las 2:58 de la tarde de ese 24 de junio de 1935, con sus viajeros y sus 1206 kilos de peso en la pista del Olaya Herrera de Medellín, después de haber chocado contra el ‘Manizales’ de Scadta (Sociedad Colombiana de Transportes Aéreos), que aguardaba turno para volar hacia la capital del país.

La noticia hizo vibrar los telégrafos de todo el país. Y cuando aterrizó en el Guabito —que después se convertiría en la Escuela Marco Fidel Suárez— muchos creían que se trataba de una broma. Pero entonces las mujeres acabaron por rendirse a las lágrimas con cada nuevo detalle de la noticia que se escurría por la radio.

Arcesio también, minutos después. Sólo en ese momento entendió que el rey del tango, la voz idolatrada de la música popular, el hombre que había puesto de pie al público de la Ópera de París, que había robado aplausos en España y Estados Unidos, había conocido la muerte sin saber que quedaría con una deuda eterna con el más devoto y humilde de sus seguidores en Cali.

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Así se tratara en realidad de un accidente de tránsito, cuando la noche de ese 24 de junio cayó todos comenzaron a hablar de que aquella fecha pasaría a la historia no sólo por la muerte de Gardel, sino la ocurrencia de la más grande tragedia aérea hasta entonces de la aviación en Colombia. Esa que otro argentino, José María Flores, había inaugurado en junio de 1893 cuando se elevó sobre los cielos de Popayán a bordo de un globo inflado con gas de petróleo.

La escena en Medellín era dantesca, de no creer: 17 muertos en total. Junto a Gardel habían perdido la vida el guitarrista Guillermo Barbieri, el autor de sus letras Alfredo Le Pera, el empresario teatral Henry Swartz, su secretario personal, José Corpas Moreno y su masajista Alfonso Azzaf.

Con graves quemaduras, otros dos de sus guitarristas, Ángel Riverol y José María Aguilar sobrevivieron. El primero sólo dos días. El segundo, unos pocos años más hasta que la mala suerte volvió a sorprenderlo con otro siniestro en carretera.

La tripulación del ‘Manizales’ no corrió con mejor suerte. Piloteado por el aviador alemán Hans Thom, llevaba como pasajeros, entre otros, al empresario Guillermo Escobar Vélez; a Estanislao Zuleta Ferrer (padre de quien después sería gran filósofo y escritor), Jorge Moreno Olano y Lester W. Straus. Ninguno sobrevivió.

Nadie dudó de que en suelo paisa había muerto Gardel. Como tampoco que había nacido un mito perfecto: a lo confuso de su lugar de origen —uruguayos, franceses y argentinos aún lo reclaman como suyo—; a la incertidumbre por la fecha en que nació; al desconocimiento de quién fue su padre, a la historia de su madre lavandera, a su pasado de pobreza que incluso le costó un balazo que vivió con él en uno de sus pulmones, venía a sumarse, ese lunes 24 de junio de 1935, una muerte temprana. Parecía que las únicas certezas en la vida del ‘Zorzal criollo’ fueron las 957 canciones que grabó con la RCA Víctor.

El abogado Darío Encinales completa tres décadas estudiando con esmero la historia del cantante argentino. En su natal Sevilla creció arrullado con los versos de lunfardo que entonaba Gardel “con su voz magistral e irrepetible”. Un hecho apenas lógico, dice, por la cercanía de su pueblo con el Eje Caferero y con Manizales, una ciudad, a su juicio, verdaderamente tanguera.

Sin desconocer el impacto que generó la muerte de Gardel en Cali 75 años atrás, Encinales cree, sin embargo, que en aquella época no existía una gran afición por ese género argentino en la capital del Valle.

“La verdad —apunta el abogado— era el gusto de unos pocos, sobre todo de gente venida de Manizales, empresarios cafeteros que fueron los que en realidad promovieron el género. Cali siempre ha tenido un temperamento musical alegre y eso no combinaba con el espíritu de nostalgia del tango. Ya desde entonces comenzaba a notarse la influencia masiva de los sonidos antillanos en el gusto musical de la ciudad”.

Que se hubiesen agotado las boletas para sus presentaciones en 1935, que caleños como Arcesio Valencia reverenciaran al más grande exponente del tango, no era más que la respuesta, piensa Darío, al fenómeno mismo que representaba Gardel.

“Era la estrella del momento. Que un artista con sus cualidades vocales y su notorio éxito en Hollywood se presentara en Cali —no hay que olvidar que Gardel entra a Cali no por su música, sino por sus películas— era natural que generara semejante expectativa”.

No lo cree así Jorge Restrepo Potes, también abogado, y quien culpa a su madre Bertha Lucía Potes de su amor por los tangos de Gardel. Hoy se precia de contar con 780 canciones en mp3 del Zorzal y de visitar por lo menos una vez al año, sin falta, la tumba del artista argentino en el cementerio La Chacarita de Buenos Aires.

“Lo que sucedía con Gardel —reflexiona Potes— en esos años no sólo moda. Poco antes de su llegada a Colombia, venía de triunfar en Europa y de grabar varias de sus canciones más reconocidas. Pero lo que realmente le generaba adeptos era su registro de barítono casi perfecto. Tan inigualable que nunca la historia tuvo un segundo Gardel”.

Tan inigualable que la mayoría de esos 1.200 caleños que habían comprado su boleta para escuchar en persona al rey del tango nunca le reclamaron a Cine Colombia —empresa encargada de traerlo al país— devolución alguna de dinero. La misma noche de su muerte y durante semanas enteras, teatros de la ciudad como el Colombia, el Municipal y el Jorge Isaacs programaron funciones, a precios populares, de las películas del artista argentino.

Desde entonces, cada 24 de junio se alborotan las nostalgias tangueras de esa Cali con la que Gardel terminó en deuda eterna. Cada 24 de junio, Leyda Santa consigue que la aguja de un tocadiscos de 78 revoluciones por minuto invite a todos a la pista de La Matraca, esa esquina del barrio donde Gardel es ley.

Desde entonces, cada 24 de junio, Arcesio Valencia y su memoria sin fisuras ayudan a revivir la tragedia, y también el fervor que despertó en la ciudad aquel hombre de sonrisa impecable y estampa de galán, con sombrero de fieltro Borsalino.

A salvo por completo de los tormentos del pasado, de ese autógrafo que nunca fue, el viejo de 99 años confiesa haber perdonado al Zorzal porque “más tarde que temprano me encontraré con él allá en la eternidad”.

Arcesio conoce bien aquello de que ...sentir que es un soplo la vida, que 75 años no es nada...

Todo sobre mi padre


Antes de su muerte, el 31 de enero de 2010, Tomás Eloy Martínez, maestro del periodismo narrativo de América Latina, le confió a su hijo Ezequiel la bella misión de preservar su obra del olvido. Memorias de un albacea orgulloso.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Raúl Palacios

El personaje era Juan Carlos Gené. Dramaturgo. Argentino. Un veterano artista escénico que intentaba reconciliarse con su país después de que la dictadura de Videla lo condenara a un doloroso exilio de 16 años. El periodista que lo abordó para que dejara testimonio de esos años de soledad y contara la parábola de su retorno fue Ezequiel Martínez. Argentino también. El primero habló con el frenesí de un náufrago recién rescatado, el segundo asumió la actitud de quien escucha con oídos benévolos.

El joven navegaba en sus primeras empresas periodísticas; no hacía mucho había emigrado del instituto privado de Buenos Aires en el que había estudiado, y confiaba en que aquella entrevista terminara en buen puerto, en un perfil extenso para las páginas de alguna de las publicaciones en las que trabajaba como free-lance.

En las primeras líneas, intentaba dibujar los gestos de Gené, la manera en que batía sus manos para enfatizar sus palabras; su forma de hablar, lenta, pausada. Unas líneas más abajo, las nostalgias de su destierro forzado, su rol protagónico en esos años yertos lejos de las tablas de su país.
Así lo recuerda Ezequiel ahora, en una tarde de sábado, escoltado por los cerros imponentes de una Bogotá de lluvias tristes. Camuflado como uno más de los periodistas internacionales que cubren los detalles del Festival Malpensante —que cada año organiza la revista cultural del mismo nombre—, pocos saben que el argentino de sonrisa fácil que carga con una escarapela del diario Clarín y una mochila de viajero, tan desprevenido, tan de incógnito, es además el hijo de uno de los maestros de culto en las artes del periodismo narrativo: Tomás Eloy Martínez.

Y fue a él, a Tomás Eloy, a quien le enseñó, sin prevenciones, el borrador final de lo que sería el gran perfil de Gené. El consagrado periodista —que a esas alturas de la vida conocía tanto de textos bien afinados como de exilios, pues otra dictadura, la de Isabel Perón, lo había hecho refugiarse con sus miedos en Venezuela— lo leyó atento, con sus ojos de curtido reportero.
—Pero, decime, ¿el tipo como te hablaba?, preguntó Tomás Eloy aquella vez.

—Pues viejo, como yo lo escribo ahí, con emoción de volver a la Argentina, pero con frases lentas, como si las pensara lo suficiente antes de pronunciarlas, ripostó el muchacho.

—Ah, bueno, pero, así como está, suena muy frío. Por qué mejor no ponés en ese párrafo que a Juan Carlos Gené las palabras le salen cansadas, como desperezándose de largos silencios…

El viejo era así. No necesitó advertir que la literatura le hace grandes favores al periodismo para que Ezequiel lo entendiera para siempre. El padre solía repetírselo cada vez que le era posible: “si tienes que contar un terremoto o un huracán, esas noticias en las que sólo te piden cifras y datos, cuántos muertos y cuántos desparecidos, busca siempre una historia, un personaje anónimo que cobije los datos duros. Vos sabés, un número te informa, pero una historia te conmueve”.

Algo de eso quizá intuía Ezequiel siendo un niño, cuando jugaba a ser como su padre. Se inspiraba en las mañanas en que lo acompañaba al diario donde trabajaba y lo veía tipear con devoción las teclas de su máquina de escribir. Lo hacía feliz imitarlo cuando revisaba las pruebas de las páginas listas para impresión o las veces en que lo encontraba, concentrado, buscando un dato en las hojas anaranjadas de un archivo. Algunos días, no sin antes prometerle discreción y juicio, se permitía escoltarlo a sus entrevistas, “que luego transformaba en piezas periodísticas que parecían cuentos de ficción”.

Con el tiempo entendió que el oficio de su padre no era escribir. Era narrar la realidad con las herramientas de la imaginación. Y Ezequiel supo entonces que algún día él también se ganaría la vida de esa forma. “Yo quería, como quieren todos los chicos, ser como su papá”.

Y lo fue. Hoy en día, el mayor de los hijos del célebre autor de obras maestras como ‘Lugar común la muerte’ (compilación de sus mejores trabajos en prensa hasta la década del 70), ‘Santa Evita’ y ‘La novela de Perón’, es editor de Ñ, revista literaria de Clarín.

Y para quedarse con el puesto no necesitó que su padre telefoneara al director. Emprendió el camino que hacen todos los periodistas de su país que desean abrirse paso en prensa escrita. Terminó una carrera universitaria sin ínfulas de ser el hijo de. Llenóformularios. Hizo pruebas. Hizo filas. Y al final, sin que muchos supieran qué árbol genealógico le había dado sombra a su pasión de periodista y a sus hábitos de lector refinado, entró a uno de los más importantes periódicos de Buenos Aires. Como un reportero más.

Es que no debe ser fácil andar por la vida en el pellejo de un hijo de Tomás Eloy Martínez, que encima quiere ser periodista. No debe fácil si, además de reportero de mil batallas y mejores libros, tienes un padre que es crítico y guionista de cine, además de ensayista, fundador de periódicos, ganador de importantes premios de literatura, catedrático de una importante universidad de Estados Unidos y columnista de océano a océano: del New York Times a El País de España.

No es fácil si además de eso a tu padre, en vida, lo llaman el maestro de la ficción verdadera y se gana un premio Ortega y Gasset. Si, un día cualquiera, otro genio del oficio, Martín Caparrós, abre comillas para decir que el hijo de Tucumán es uno de esos raros grandes conversadores que no se olvidan de hacer preguntas y escuchar respuestas. Uno de los mejores opositores de la práctica del periodismo notarial, del periodismo chato.

Nunca fue fácil. Y nunca estará cerca de serlo. Ahora que el viejo ya no está, después de perder su contienda estéril con un cáncer en febrero pasado, Ezequiel —por petición de su padre mismo— emprendió la misión de preservar su legado: sus libros desperdigados en tantos viajes, casi diez mil títulos, sus manuscritos, sus archivos.

El asunto, hace un par de años, se conversó con franqueza. Tomás Eloy, a pesar de su cuerpo desmedrado por un duro tratamiento en una clínica de Boston, encontró un soplo de fuerza vital para elegir de entre sus siete hijos a Ezequiel como su albacea y delegarle la misión eterna de crear una fundación que no sólo preservara su obra, sino que sirviera para apoyar a nuevos talentos del periodismo y la literatura. Se habló de una sede en Buenos Aires, se habló de un premio anual para estimular la publicación de trabajos en ciernes que permitieran anclar en tierra esas nuevas letras. Tal como él lo había hecho en vida, con su ojo entrenado de lince, que nunca se equivocó al cazar a un escritor. Fue él, por ejemplo, quien descubrió a Junot Díaz, dominicano que a la postre ganaría el premio Pulitzer.

Ezequiel revela todo esto sin dolor, sin lágrimas en sus ojos verdes. Siempre rematando cada frase con una sonrisa honesta. Así, dice, así de jovial también era el viejo. El que en los años de apuro del exilio en Caracas, a mediados de los 70, endulzaba su ausencia con cartas escritas a máquina de hasta tres cuartillas en las que nunca asomó sus temores; eran, más bien, piezas literarias, casi cuentos para leer al filo de la almohada con los que animaba a sus hijos a estudiar, a jugar, a enamorarse, a vivir.

Tomás Eloy había tenido que emigrar entre gallos y media noche después de que la Triple A del gobierno de Isabel Perón le diera 24 horas para abandonar su país y su cargo como jefe de redacción en La Nación. Los años huyeron impregnados de una fecunda comunicación epistolar que atravesaba, de ida y vuelta, el continente y aliviaba las distancias con consejos extraviados en relatos que adecuaba para cada hijo según su edad.

Así de jovial era también el viejo cuando se desprendía de cualquier vanidad y recibía los batazos de Ezequiel sobre sus escritos fallidos. El hijo siempre pudo comentar los libros del padre genio sin pudor. “Después de leer su primera novela, ‘Sagrario’ (publicada en 1969) tuve que confesarle que me había parecido aburridísima y él debía saberlo porque de hecho no volvió a publicarla nunca. ‘La mano del amo’ tampoco es la mejor. Pero, en todo caso, si algo lamento ahora es no haberle dicho en vida cuánto me apasionaron muchas de sus novelas”.

El humor del cielo, en esa tarde de sábado, amenaza con descomponerse. Ezequiel posa sus ojos en una de esas nubes plomizas de la capital para confesar luego que aquellas cartas (que siempre le llegaron a las manos abiertas por culpa de la censura) fueron su droga feliz en esos años pedregosos. Otra lección más del poder demoledor de la palabra que sólo un orfebre del abecedario como su padre era capaz de alcanzar. Fueron muchas las noches en que, años después, Ezequiel lo vería frente a su computador, hasta tres horas, en busca de una palabra precisa que calzara con un párrafo en construcción.

Porque era cuidadoso de la palabra tanto como del rigor de la información. El ‘vicio’ no consiguió apaciguarlo ni siquiera el cáncer. En las postrimerías de su enfermedad, atendiendo a la tarea irrenunciable de su columna quincenal, Tomás se apoyaba en su hijo para acopiar los datos que le resultaran necesarios. Al final, con la tarea terminada, Ezequiel se sometía sin reproches al interrogatorio inquisidor de un periodista preciso: “Y este dato, ¿de dónde lo sacaste? ¿En qué contexto apareció? ¿Quién lo dijo? Verificá, verificá”.

Era comprensible. En vida, el hombre que nunca soltó sus botas de reportero, ni siquiera a los 70 años, cuando recorrió de norte a sur tierras gauchas para narrar una gran crónica de la Argentina, solía quejarse de que su oficio había entrado en la manía de la velocidad, en la falta de comprobación, “y eso es herir de muerte al periodismo”.

La enfermedad tampoco lo alejó de sus trincheras de escritor ni le restó brillo al fulgor de su inteligencia. Hace apenas un año publicó ‘Purgatorio’, su última novela, y dejó huérfana otra, ‘El olimpo’, para la editorial inglesa Canongate. “A veces pienso que mi padre estiró la vida lo más que pudo sólo para terminar esa novela”, reflexiona Ezequiel. “Y la terminó, sí, pero no la revisó, es apenas un borrador. Y después de acompañarlo en el proceso de edición de ‘Purgatorio’ comprendí que para él era tan importante escribir como revisar”.

Habría que darle entonces la razón a Caparrós cuando, después de la muerte de su maestro, dijo que Tomás, a pesar de la crudeza de su enfermedad, “escribía porque era la única forma en que sabía vivir, porque escribir era seguir viviendo”. Así era el viejo.