miércoles, 3 de marzo de 2010

El rebelde del acordeón


Esta es la historia de Celso Piña, el hombre que no sólo puso a los mexicanos a bailar vallenato, sino que convirtió este género en la religión de los jóvenes de los barrios marginados de Monterrey. Relato de un encuentro breve en Barranquilla.

Por Lucy Lorena Libreros


Y pensar que era la primera vez que Celso Piña estiraba el fuelle de su acordeón en Colombia. Él, que se presenta en los escenarios de todo el mundo con Ronda Bogotá, una agrupación inspirada en estas tierras. Que ha compuesto en la distancia canciones para este país, cuyos paisajes apenas si reconoce en fotografías. Que interpreta el vallenato desde hace más de treinta años sin haber nacido en el Cesar o en La Guajira. Sin ser hijo ni nieto de juglar. Sin haber retado a reyes de leyenda en la Plaza Alfonso López.

Él, que un día, quién lo creyera, bajó el volumen de la música norteña y las cumbias tropicales en esas faldas del cerro La Campana de Monterrey donde nació y creció para entender que Dios en la tierra no tiene amigos y como no tiene amigos anda en el aire, porque así lo pregonaban alegremente —a miles de kilómetros— Alejo Durán y Juancho Polo Valencia en las tarimas del Caribe.
Atrapado por las historias de aquellos cantores de pueblo, Celso aprendió en México a confesarle sus amores a Alicia Adorada, pero tuvo que esperar casi tres décadas para demostrarlo en Colombia, justamente en enero pasado, sobre un teatro barranquillero al que asistió como invitado del Carnaval Internacional de las Artes.

Allí, con el instrumento que le arrebató a una tradición ajena, estuvo él: 56 años, no muy bajo, no muy alto, bigote generoso, camisa de flores coloridas, risa fácil, acordeón terciado. Vestido de otra forma, piensa uno, a nadie en estas tierras se le hubiese ocurrido imaginar que era alguien distinto a un charro mexicano.

Quien se paró sobre el escenario era el hijo venerado de La Colombia, un sector de Monterrey donde los jóvenes cantan cumbias y vallenatos en las esquinas. Tan eufóricos, que cuesta imaginar que en vez de un reggaetón de moda están entusiasmados con los sonidos que arrullan las aguas del Magdalena y el Guatapurí. Cuesta pensar que hayan dejado de mirar hacia el Norte, hacia la música de Estados Unidos, que está ahí no más, para poner sus ojos y sus oídos en el Sur.

Antes, mucho antes de que eso ocurriera, en la década del 70, un muchacho de 16 años enamoraba a las vecinas en bailes trasnochadores con las canciones de Aníbal Velásquez y Los Corraleros de Majagual, en las voces de Lisandro Meza y Alfredo Gutiérrez. "Desde esa época —recuerda Celso, apostado junto a la piscina del Hotel El Prado de Barranquilla— me gustaba la música, tocaba cumbias tropicales y rock con los amigos. Me parecía increíble que sólo con un acordeón, una caja y una guacharaca pudiera sonar una música tan vibrante. Así que mientras yo bailaba, susurrándole cositas a la mujer que me gustaba, pensaba ¡qué padre poder tocar como todos ellos!".

El problema era cómo. A Celso le falla la memoria para recordar qué amigo fue quien le dio las pistas de una tienda en la que vendían un disco de Alfredo Gutiérrez. En la carátula, el rey vallenato sucreño aparecía como ha sabido hacerlo en más de cuarenta álbumes grabados en toda su carrera: con un acordeón en las manos.

El mexicano que prometía amores salió en búsqueda del suyo. "Pa’, necesito un acordeón", le dijo una mañana a don Isaac, su padre, después del encuentro revelador con ese disco por el que había "pagado un dineral". El carpintero, después de varios días, llegó a casa con lo que creía una promesa cumplida. Sólo que el acordeón que consiguió de segunda mano era de teclas y no de botones, "como el de Alfredo. Y, para colmo, con el fuelle dañado".
Noches enteras, después de abandonar los oficios con los que intentaba ganarse la vida en esa época —Celso llegó a ser cortinero, tapicero de muebles y hasta auxiliar en un hospital infantil— el hombre se sentaba a escuchar a su ídolo para sacar, a oído limpio, las notas con "ese pedacito de acordeón remendado con curitas".

Intentó con ‘Ojitos indios’, pero las notas salían esquivas. Insistió con ‘Capullito de Rosa’ y aunque el asunto mejoró, no alcanzó para reunir un capital musical suficientemente decoroso. Casi a punto de desistir, el joven volvió a la carga con ‘Si mañana’, un son de Julio de la Ossa, integrante también de Los Corraleros. Desde entonces hubo acordeonero para rato.

El nudo que faltaba por desatar era cómo adherir cómplices a su causa vallenata, a esa música rara que no entendían los vecinos de La Campana. Pero no tuvo que ir muy lejos, estaban sentados en la sala de su casa: con ellos, con sus hermanos Eduardo, Rubén y Enrique fundó en 1975 la Ronda Bogotá y adaptó clásicos del folclor de la costa colombiana como ‘La piragua’, ‘Macondo’, ‘La cumbia cienaguera’ y ‘La muerte de Abel Antonio’.

Hoy, tal como a Gutiérrez en Colombia, a Celso Piña lo conocen en México como ‘El rebelde del acordeón’. Parece un apodo obvio, pero era necesario un temperamento musical lo suficientemente subversivo como para insistir con un género que muchos escuchaban con indolencia. "Yo arrancaba con mi música y la gente apenas me miraba, no bailaba. Algunos hasta me decían: "Estás loco, ¿por qué no tocas lo nuestro, los corridos, los wapangos? No sabían qué era lo que estaban escuchando". Tuvieron que pasar casi siete años para que los mexicanos se apropiaran, como él, del vallenato y de la cumbia colombiana. "Pero aquí me tienen, tan enamorado del acordeón como si hubiera nacido en Valledupar".

Es un amor que sus admiradores reconocen. Quienes lo cantan, quienes tararean sus melodías en las esquinas ponderan en él a un artista que los contagió, por igual, con las historias de fábula de los juglares viejos y con los relatos enamorados de los vallenateros jóvenes. No contento con la hazaña, Celso le abrió las puertas a artistas que, en apariencia, nada tendrían que ver con su impronta musical; ha grabado con Café Tacvba, Paulina Rubio y Control Machete. Precisamente, uno de esos álbumes, Barrio Bravo (con el que Celso empezó a ser escuchado en Colombia), estuvo nominado a los premios Grammy en 2001.

Así que no extraña que sus canciones hayan nutrido también las bandas sonoras de películas como ‘Babel’. Basta recordar la escena en la que aparece Gael García cruzando la frontera en un viejo carro, en cuyo asiento trasero viajan un par de niños americanos observando con terror el caos que tienen ante sus ojos. Entonces, de fondo, se siente una voz que canta: "…Y desde Monterrey, una cumbia colombiana para todo el mundo...".

Hasta el escritor que plasmó entre mariposas amarillas un vallenato de 300 páginas le declaró su admiración. Ocurrió en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, a donde Gabo había llegado para una conferencia. "Yo tocaba como siempre lo hago, con los ojos cerrados", recuerda Celso, hasta que alguien lo tocó por el hombro para que advirtiera lo que su acordeón había conseguido: que el Nobel abandonara su silla y se parara a bailar contagiando a todos los asistentes.

Con Fernando Botero y Carlos Monsiváis los encuentros no fueron menos emotivos. Mientras el pintor le pidió en plena fiesta que se "echara unos acordionazos con ‘La gota fría’", el escritor mexicano, después de aplaudirlo emocionado, tomó un micrófono para soltar una perla que hoy el artista declama con algo de vanidad: "Celso Piña es un fenómeno social como bien se dice y un fenómeno musical como bien se oye".

Del patio a la barriada
Eran palabras que no estaban fuera de foco. Cómo explicar entonces que un género nacido entre campesinos de la costa colombiana se convirtiera luego en la música de los jóvenes de una las ciudades más agitadas de México.

La respuesta la suelta, del otro lado de la línea Gloria Triana, una antropóloga mexicana que ha estudiado durante décadas la cultura popular de Monterrey. La mujer asegura que las bandas de ‘chavos’ de barrios marginales de esa ciudad, golpeados por la droga y la violencia, y que suelen defender sus territorios hasta con su vida, sólo encuentran en el vallenato una manera para reunirse como guerreros en tregua. Y eso, en gran parte, "se debe a la influencia poderosa de la música de Celso Piña".

Más que una alternativa musical, la acogida de los sonidos del rebelde del acordeón despertó en la colonia La Independencia —la misma en la que él vive aún— un movimiento social y cultural, una tribu urbana llamada ‘La Colombia’, en la que sus habitantes se hacen llamar colombianos "porque serlo representa ser libre, no discriminado, feliz", dice Triana.

Ese fervor por Celso y sus melodías ajenas, aunque suene increíble, hizo posible incluso que en Monterrey se comenzara a celebrar, en el mes de septiembre, un festival, ‘Voz de acordeones’, en un intento por imitar el que cada año se toma a la capital del Cesar.

Ese fue el panorama que descubrió el dramaturgo caleño Orlando Cajamarca, quien vivió varios meses en México investigando lo que después transformaría en ‘Alicia Adorada en Monterrey’, obra de teatro en la que plasmó la influencia del vallenato en esa zona. "Era un verdadero fenómeno popular con grupos de pelados que han sustentado su identidad a través de la música colombiana".

Todo se dio — agrega enseguida— en una cadena: primero Celso se contagió a través de los sonideros, como llaman en México a los disc-jockeys que contratan en las fiestas, que en su época solían amenizarlas con porros, cumbias y vallenatos. Celso pondría después a bailar a los de su generación y luego éstos, convertidos en padres de familia hacían lo propio con sus hijos. "La cosa no fue con radio, esta música se propagó desde la sala de la casa".

Esos muchachos, dice el director del teatro Esquina Latina, no sólo se paran en las esquinas a escuchar música colombiana, con ella también entierran a sus muertos. Y Celso supo aprovechar el fenómeno que él mismo propició. "En algunas de sus canciones se siente algo de ‘valanato’ (como denominan al vallenato que suena a balada) y en otras incorpora dosis de ‘vallenato retrasado’, que no es otra cosa que canciones que los jóvenes escuchan con menos revoluciones".

Celso lo reconoce, pero asegura que no buscó una fórmula que le asegurara éxito comercial. "Sólo me enamoré del acordeón y me propuse enamorar a otros también. Con el tiempo entendí que la música que tomé prestada del Valle de Upar tenía los mismos ingredientes de los corridos norteños que han gustado tanto en mi país: cuentan historias y se interpretan con acordeón.
La diferencia está —agrega el artista— en que a pesar de que en Colombia "hay violencia, narcotráfico y guerrilla, las letras de los vallenatos no convierten en héroes a los bandidos, matones y traficantes. Por el contrario, hablan de amor, de amistad, de la gente del común. Y eso lo valoran los más jóvenes".

A punto de abandonar la silla de hotel en la que le contó a GACETA la historia de su vida, Celso deja escapar un poco de nostalgia porque no puede creer que estando en Barranquilla, donde estiró por primera vez el fuelle de su acordeón en este país, esté tan cerca y a la vez tan lejos de Valledupar. "¿Se imagina un rey vallenato mexicano cantándole a Alicia Adorada? Ya quisiera Alejo Durán haber escuchado eso".

Tras las máscaras del Carnaval


Cada año, por el mes de febrero, el Carnaval silencia sus tambores, sus marimondas y sus cumbias. Pero no consigue que algunos barranquilleros se despojen del disfraz que los acompaña en la fiesta currambera. Tampoco los salva del delirio de creerse los personajes que encarnan sobre la Vía 40.


Por Lucy Lorena Libreros

Algo debía andar muy mal, alcanzó a pensar Brigitte, cuando vio a su padre cruzar la puerta cargando un pesado ataúd en compañía de dos vecinos. "Aquí voy a dormir de ahora en adelante", le dijo el hombre, con palabras emocionadas, intentando acomodar la caja de madera en la esquina de uno de los cuartos de la casa. "Estás loco, eso no tiene nada de gracioso", respondió la hija, entre sorprendida y asustada, quizá intuyendo en aquel episodio que el disfraz de Drácula que un día surgió para alegrar los días de carnaval, estaba cerca de convertirse en un mal sueño.

Que el padre llegara a casa deseoso de vivir sus noches al estilo del escalofriante personaje de Transilvania pasaría como una de esas anécdotas inofensivas y burlescas que se tejen sobre la Vía 40 en esos cuatro días de marimondas y desfiles, de no ser porque no era la primera manifestación delirante que Benjamín García dejaba escapar inspirado en el conde eslavo. Ya había convencido al dentista Raúl Buendía de que le afilara en su dentadura un par de colmillos inmensos con los que pudiera hacer más creíble su imitación; así reemplazaría los de almidón de yuca que él mismo se había fabricado cuando era un muchacho. Ya se vestía a diario, incluso después de la ‘carnestolenda’, de negro riguroso y con una capa satinada. Ya se había asomado a las pantallas gigantes de una sala de cine como protagonista de la película ‘El último Carnaval’, de Ernesto McCausland. Ya le pedían autógrafos en las esquinas y, dichoso, él remataba las dedicatorias con el nombre de aquel sujeto lúgubre como si fuera en realidad el suyo.

Manifestaba ya sentir fobia por la luz del día. Sólo faltaba —pensaban con angustia en su casa—, que saliera con el cuento de que su imagen no se reflejaba en el espejo o que tenía la rara naturaleza de convertirse en perro. Había demostrado suficiente admiración por Drácula cuando empezó a correr el rumor de que las mujeres de los barrios populares salían corriendo a medianoche, espantadas al verlo, no propiamente por la expresión amenazante de su rostro de nieve y sus encías coloradas, sino porque Benjamín no resistía la tentación de asaltarlas por el cuello en los encuentros furtivos de los días de jarana.

El vampiro caribeño había enloquecido. Después de casi tres décadas de vestirse como aquel conde chupa sangre, sin falta, en cada carnaval, tuvo que decirle adiós a la fiesta y guardar el disfraz en un lugar donde ni siquiera la cordura pudiera encontrarlo.El psiquiatra que determinó que sufría de un trastorno patológico que obligaba a su ‘yo’ a borrar la frontera que delimita la ficción de la realidad, ya no vive para contar cómo este barranquillero padeció esos meses de crisis de identidad. Días sin salida aparente en los que el inconsciente lo obligaba a convencerse a sí mismo de que Christopher Lee —el actor que veía de niño en el teatro La Bamba interpretando a Drácula— era quien lo imitaba a él, y no al revés.

Benjamín, a sus 75 años muestra, en cambio, arrojo suficiente para evocar los días felices de ese vampiro mujeriego que se inscribió, con buena ortografía, en la lista de los personajes más memorables de la fiesta currambera. Hoy parece un abuelo manso, de esos que hacen fila en las afueras de los bancos para cobrar la pensión al final del mes.

Vestido con un traje descolorido, el hombre accedió, sin muchos ánimos, a recordar aquella época de dientes de espanto, minutos antes de saltar a escena frente a un grupo de niños, congregado en una fiesta de cumpleaños en Barrio Bajo, el sector más emblemático de Barranquilla, el punto de partida de la ciudad. Escondiéndose de la fama de otros tiempos, el hombre que hace dos décadas se fotografiaba con reinas y presidentes, ahora busca refugio en las bancas de una iglesia cristiana y se gana la vida como payaso de barriada.

Ya no arranca gritos temerarios en las mujeres, sino carcajadas inocentes de niños que celebran cada disparate de ‘Kalimán’, el personaje que le ha servido de lazarillo ahora que está viejo. Ya ni siquiera se asoma a la calle para ver la Batalla de Flores o la Gran Parada. Prefiere seguir el carnaval a través del televisor, no sólo para evitar el sabor de épocas amargas, sino porque —quién lo creyera—, le hace daño la luz del sol. En su caso, una necesidad tan elemental como salir a la tienda de la esquina implica para él portar lentes oscuros y sombrero.

A pesar de que no le gusta recordar esa época de terapia, cuando lo dopaban con fármacos psiquiátricos, Benjamín justifica su delirio temporal: "Cuando era adolescente leí varias veces la novela de Bram Stoker y vi algunas películas de Bela Lugosi, para mí el Drácula más famoso de todos. Siempre soñé con vestirme a semejanza de aquel conde, amaba los murciélagos, pero no era un gusto que pudiera compartir con facilidad". Antes de entregarse a la resignación, entendió que "el carnaval da la licencia para hacer lo que en el resto del año es imposible"; durante esos cuatro días de fiesta callejera podía dejar escapar, espontáneamente, "a ese desquiciado que llevaba dentro". Desde entonces, hubo Drácula para rato.

Ya no le interesa recordarlo, así al doblar la esquina del Paseo Bolívar todavía le griten "Adiós, conde".Ahora prefiere que lo llamen ‘Kalimán’. Y este es el payaso —y hasta mago a veces producto de la necesidad— que se para frente a ese pelotón de pequeños que esperaba su aparición desde hacía rato. No hay cámaras de televisión registrando el episodio. Si el Drácula de hace veinte años fue el hombre más popular de Barranquilla, el ‘Kalimán’ de hoy es el menos célebre de todos los bufones.

Mirtha Buelvas, antropóloga y actriz de teatro, conoce bien la historia del hombre que un día se creyó vampiro. Tiene razón Benjamín —advierte ella— cuando reconoce que no pudo hacer nada para no dejarse arrastrar por las aguas peligrosas de ese desenfado que es el Carnaval de Barranquilla. El disfraz, dice la docente, procura a quien lo porta un boleto, algunas veces sólo de ida, para escaparse de sí mismo. "Con él, cada barranquillero puede darle rienda suelta a su extravagancia y al salvaje que vive en él. Y eso es lo que hace único a este Carnaval".

La explicación de Mirtha se escucha en el corredor de una casa antigua que sirve de sede a la Fundación Carnaval de Barranquilla S.A., responsable desde hace más de treinta años de las festividades. La de Benjamín, agrega, no es la única historia que confirma la regla, escrita con tinta de tambores y cumbiambas, según la cual convertirse en una estrella del firmamento local —a fuerza de aparecer disfrazado cada año— lo mismo puede significar la adversidad que la gloria.

Porque en esta Barranquilla donde muere cansado el río Magdalena, donde el primer día te brindan sancocho, al segundo te ponen apodo y al tercero te calumnian —como bien escribió García Márquez— pocos se espantan ante la idea de que alguien acabe loco, creyéndose un personaje de novela. "Yo sería la primera en asustarme si eso no ocurre pues esta ciudad venera y valora, como ninguna otra, su cultura popular".

Los ejemplos brotan silvestres, sobre todo en barrios populares como Rebolo, Barrio Bajo, San Roque, Boston y El Recreo, donde aún la gente se disfraza de forma espontánea, "sólo porque le nace", dice Álvaro Suescún, investigador cultural y autor de ‘Danza en el recuerdo’, libro en el que narra la vida del folclorista Carlos Franco. "El Carnaval, antes de que lo convirtieran en un asunto de desfiles y carrozas con actores ‘caribonitos’, era un gran desorden organizado. Todos se volcaban a la calle con su disfraz para gozar la fiesta y mirar de qué se disfrazaba el vecino. Esa era su expresión genuina: la gente no salía a ver un espectáculo, se sentía protagonista del mismo".

Las señoras, por esos días, dejaban abiertas las puertas de sus casas y por ellas entraban ‘El tigrillo’, ‘El descabezado’, ‘El torito’ y ‘El monocuco’. "Nadie se quejaba, todos brindaban. Hoy muchos creen que estar disfrazado es andar con un jean y una camiseta de ‘colorinches’", apunta Suescún, tras lamentar que primen en el Carnaval "los intereses comerciales sobre los intereses del espíritu".

El Joe soy yo
Ese no fue el caso de un barranquillero, no menos delirante, que terminó en una clínica de reposo varios meses porque creyó hasta la médula que era, ni más ni menos, el mismísimo Joe Arroyo, el alma musical de las fiestas curramberas. Ese hombre, ya curado de sus fiebres de personalidad, es hoy un barraquillero risueño que sostiene a su familia con la credencial de ser el electricista más cotizado de la Ciudadela 20 de Julio.

Se llama Jairo Meza Sánchez, tiene 51 años y, contrario al Drácula criollo, no muestra aspavientos para sentarse a recordar. Antes de hacerlo, enseña un Congo de Oro que se ganó en la Batalla de Flores de 2006 gracias a su réplica andante del ‘Centurión de la noche’. A lo mejor así, enseñando ese trofeo de guerra, pensará que puede demostrar que en medio del desvarío que todos le conocieron había un resquicio de cordura que sólo él advirtió. Es, en realidad, un premio merecido: Jairo canta igual y consigue los mismos ademanes del artista, y su parecido físico no necesita sellos de Notaría.

El hombre arranca en su relato. Cuenta que una imitación espontánea "del Joe" en la sala de su casa durante una fiesta familiar, fue el punto de partida de un ‘personaje’ que después se volcó a las calles motivado por la aceptación de los amigos. Nada anormal. Hasta que un día, en Venezuela, a donde Jairo llegó buscando una oportunidad de trabajo bien recompensada, recibió una dosis de escopolamina tan fuerte que terminó abandonado en un barrio periférico de Caracas y en un estado de alucinación tan poderoso que se veía sobre la tarima de un estadio a reventar, pregonando eso de que "en los años 1600, cuando el tirano mandó, las calles de Cartagena, aquella historia vivió"...

Sus tres hijos viajaron hasta el vecino país para arrebatarlo de los brazos de la locura y, a su regreso, lo internaron en un centro de rehabilitación. Necesitó varios meses para dejar de creer que él era el Joe verdadero. Imaginaba que el original era un doble que su apoderado buscó, afanosamente, para espantar a los periodistas que deseaban publicar la historia del cantante enfermo.

Mirtha, la antropóloga, vuelve a la carga con más interpretaciones sobre el papel que juega el disfraz en una fiesta tan compleja y gozona que, a la vez, reúne el sincretismo de cinco siglos de historia con su legado cultural de negros, indígenas y europeos. Barranquillero que se respete —incluida ella, por supuesto— "comienza a pensar de qué se disfrazará el año entrante desde la muerte de Joselito Carnaval (previo al Miércoles de Ceniza), evento que simboliza el final de la fiesta".

Y eso es tan importante, agrega, como pagar el predial. Tanto, que a varios se les olvida que se trata sólo de un disfraz y terminan por asumir su rol de Carnaval, como su papel en la vida cotidiana. Por eso, se atreve a comparar el carnaval de su ciudad "con la celebración que tiene lugar en cualquier iglesia: la de Barranquilla es una fiesta colectiva, pero de goce individual. Para el que la vive de verdad es casi un rito, un estado espiritual, por encima de la música y el baile".

Cantinflas, el panadero
A veinte minutos de Barranquilla, en el municipio de Soledad, a un Cantinflas sin oficio se le enredan las palabras tratando de explicar qué hace que una vez se apague la cumbia, se guarden los tambores y termine el Carnaval, él no sea capaz de abandonar el disfraz de aquel comediante que inmortalizara Mario Moreno."Yo no sabría cómo explicarle eso; recuerdo que una tarde, para protegerme de un cipote aguacero que cayó sobre mi pueblo, me hice un gorrito con papel periódico y un amigo alcanzó a gritarme que había quedado igualito al Cantinflas ese".

El mismo amigo, recuerda Carlos Julio Castro, fue quien lo convenció de que saliera vestido así en las fiestas de febrero. Corría el año 72, y el tímido panadero se armó de unos pantalones raídos y descaderados y un par de tirantes para moldear al Cantinflas costeño. Y con una pericia desconocida de barbero consiguió también dejarse los restos delgaditos de lo que antes fuera un bigote. Su baja estatura, su delgadez a prueba de los manjares del Caribe y su aire de vago consumado de barriada —tal como la del actor mexicano— se encargaron de hacer el resto.

Y con su disfraz saltó a la Vía 40, se paró a ver las comparsas coloridas "desde una esquinita" y entonces alcanzó a notar que la reina de entonces le hacía señas para que la acompañara en el carro de bomberos pues creía que se trataba del Cantinflas real, que por esos días visitaba La Arenosa. Terminó bailando con la beldad, mientras los reporteros congelaban el instante en fotografías que después saldrían en primera página. Nadie dudó.

"Mira el panadero, mira el panadero", gritaban los muchachitos llegados desde Soledad que lo reconocían al paso de la caravana. "Y como la reina no entendía por tanto ruido, yo le decía: que les tires caramelos, que les tires caramelos... Por ahí empezó todo".

La anécdota le arranca una carcajada franca y sonora a este abuelo de 67 años que colecciona en su humilde vivienda fotografías y afiches del ‘Charlie Chaplin mexicano’ y más de treinta películas, gracias a las cuales ha conseguido imitar, con acierto y gracia cantinflescas, la forma de bailar, hablar casi asfixiado y hasta las frases sin sentido del personaje azteca. En Soledad ya nadie lo llama Carlos Julio. "Soy Cantinflas. Y como él me visto todo el año, orgulloso, no sólo en Carnaval. A veces, porque me invitan a los colegios a promover las fiestas, pero la mayor parte del tiempo porque me nace. Me amarro mis tirantas, me pongo mi sombrerito y pa’ fuera".


Otras veces, o casi siempre, porque siente que su disfraz encierra un compromiso: "Mientras las reinas que eligen son las niñas de la élite —que se ven sólo en los días de fiesta porque después se van para el exterior a estudiar—, Cantinflas es el barranquillero de a pie, el que tiene Sisbén, el que no le da pena regalar piropos, el que es capaz de decirle a una muchacha bonita: Muñequita, por ti sería capaz hasta de trabajar". Y vuelve a reír.

Es que no siempre quienes se disfrazan terminan al borde del precipicio. La confirmación de que es así hay que escucharla de labios de Wilfredo Escorcia Salas, un contador de profesión que asumió como su verdadero oficio perpetuar a ‘El descabezado’, personaje que Ismael, su padre, inventara hace más de medio siglo aturdido por la violencia partidista.

Apostado en la entrada de su casa de Malambo, norte del Atlántico, Wilfredo —coronado en 2009 como Rey Momo—, cuenta que don Ismael concibió el disfraz para representar los cuerpos mutilados que veía flotar, en su niñez, sobre el río Magdalena, a su paso por Calamar, el pueblo donde vivía. "Este disfraz genera muchas sensaciones: unos se ríen, otros te ‘maman gallo’ y algunos más entienden que uno busca hacer del Carnaval un espacio de reflexión para criticar abiertamente al ladrón de cuello blanco, al alcalde que sirve pa’ un carajo, al político mentiroso ".

Para no ir muy lejos, agrega enseguida, la ‘marimonda’ "el más barranquillero de todos los disfraces", nació como una manera de mofarse de "la marrullería de la clase dirigente. De ahí que la ‘marimonda’ ande con el saco, la corbata y los pantalones al revés y, para hacer más divertida la cosa, con un falo, en vez de nariz". No es precisamente, se lamenta Wilfredo, como la gente en el resto del país percibe el Carnaval.

"Lo que les llega, a través de los noticieros, es la imagen de que esto es sólo una gran parranda. No señor: los barranquilleros somos los únicos en Colombia que encontramos en el festejo y en un disfraz como el de ‘El descabezado’ una forma de evocar, pero también de caricaturizar el dolor y la tragedia".

Así lo cree también Benjamín García, el Drácula de otros tiempos, alejado una vez más de sus faenas de payaso. "Lo primero que empiezas a entender, una vez te involucras de lleno en la fiesta, es que la celebración dura cuatro días, pero el Carnaval dura todo el año. Y, si te apuras y te vuelves loco como yo, pues te dura toda la vida".