lunes, 22 de noviembre de 2010

La deuda eterna de Carlos Gardel


Historia de un villorio llamado Cali que aprendió a amar los tangos con la voz de Gardel, pero que tuvo que resignarse a no poderlo escuchar de viva voz, justo el día en que murió, el 24 de junio de 1935. Crónica.

Por Lucy Lorena Libreros
Ilustración: Fabián Ramírez

La memoria centenaria de Arcesio Valencia lo recuerda bien: aquel fatídico 24 de junio fue un lunes. Un lunes de nubes dispersas y sol aplastante. Un lunes con un cielo pálido como pergamino y sin obstáculos para que el avión F-31 de la empresa Saco, que traía consigo a Carlos Gardel, a sus tres guitarristas y a todo su séquito de colaboradores, 15 personas en total, tuviera un aterrizaje feliz.

Ese día, bien temprano en la mañana, Arcesio, a bordo de su bicicleta, había salido de la que aún sigue siendo su casa en el barrio Obrero —una edificación apostada justo frente al parque de este emblemático barrio— rumbo hacia el Guabito, el pequeño puerto aéreo con que contaba la ciudad hace 75 años y en el que trabajó como mecánico de la Fuerza Aérea, hasta el día en que soltó la caja de herramientas.

Al otro lado de la cordillera, en Bogotá, un hombre de sonrisa impecable, voz de tenor y estampa de galán con sombrero ‘ladiao’ de fieltro Borsalino abandonaba el hotel Granada de Bogotá. Tras dos exitosos conciertos en esa ciudad, Gardel apuraba sus maletas para una escala técnica en Medellín antes de viajar a la capital del Valle. Cumpliría así con el suceso musical más importante de que se tuvo noticia en esa villa de 90 mil habitantes que era la Cali de entonces: la presentación del “artista cinematográfico argentino” —como se leía en las páginas del Diario del Pacífico— en el Teatro Jorge Isaacs, fundado apenas tres años antes.

Arcesio, enterado de aquella noticia de ilusión a través de la radio, imaginó que podría conseguir una boleta que le asegurara una silla en el teatro, en la zona de Galería, por la que pagaría 40 centavos. Pero los 1.200 tiquetes que salieron a la venta para las dos funciones, lunes y martes, se agotaron en un par de horas y al humilde reparador de pájaros de acero no le quedó de otra que resignarse al intento de robarle un autógrafo al ‘Zorzal criollo’ cuando este descendiera del F-31 en suelo caleño.

Sentía —dice hoy, con su figura menuda derramada en un viejo sillón de su casa— que era un premio apenas justo para un seguidor incansable de ese hombre de voz portentosa que le había enseñado con sus canciones a soñar con el pasado que aflora, el tiempo viejo que llora y que nunca volverá.

Aquel autógrafo sería una medalla de oro para reconocer las tardes de soledad en las que, camuflado en la última fila de los teatros, a veces con la complicidad de los porteros que no le cobraban la entrada, seguía con emoción ‘Espérame’, ‘Luces de Buenos Aires’ y ‘El tango en Broadway’, películas en las que el ‘Morocho del abasto’ —como solían llamarlo los porteños del río de La Plata— había grabado, guitarra en mano, con la Paramount Pictures francesa y que a Cali llegaban con retraso.

Ese fervor lo compartía con otros miles de caleños que esperaban, ese lunes, a que llegaran las 9 de la noche, hora prevista para el concierto. Así lo indicaba la boleta, impresa en letras desordenadas. El show —se leía— estaría dividido en dos partes: primero se proyectaría un noticiero y una de las películas que inmortalizara al cantautor argentino, la comedia ‘La casa es seria’. Después… “Carlos Gardel en persona”. La entrada más costosa, para Palco de Primera, se conseguía en 2 pesos. La más barata, era justamente a la que aspiraba Arcesio, en Galería.

La expectativa no podía ser más grande. Aquel año, 1935, Gardel había grabado varios de sus éxitos más inolvidables: ‘Volver’, ‘Por una cabeza’, ‘Volvió una noche’ y ‘El día que me quieras’. Un año atrás había grabado ‘Cuesta abajo’, la mejor película hablada en castellano hasta entonces producida por un estudio de Hollywood.

El domingo anterior, en la noche, muchos caleños habían escuchado a Gardel a través de ‘La voz de la Víctor’, emisora bogotana en la que el cantante se despidió de la capital y habló con fervor de sus deseos de regresar a Colombia tras su gira por Medellín y Bogotá y la culminación de la misma en Cali.

“El alma latina sabe sentir esa música embrujada que es el tango, sabe arrancar sus más hondos secretos a la música criolla”, le escucharon decir al argentino a través de las ondas siderales. Después dejaron escapar algunos de esos versos que los gardelianos cantaban en las cantinas: “Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa, yira, yira” . Cuando la canción acabó, se alzó de nuevo la voz de tenor del gaucho para dirigirse a los oyentes con una frase que más parecía un presentimiento que una despedida: “Quiero volver a Colombia, pero el hombre propone y Dios dispone”.

El periódico más importante de la primera mitad del Siglo XX en Cali, el Diario del Pacífico, alimentaba con sus páginas la ansiedad. Invitaba a los caleños a asistir a los conciertos e informaba que, tras su paso por Cali hasta el miércoles 26 de junio, el artista seguiría su viaje hasta Buenaventura, en donde tomaría “uno de los barcos de la Grace Line que lo llevará a Nueva York, en donde cumplirá un contrato con la Paramount Pictures”.

La ciudad, había caído rendida ante el embrujo de ese ‘sentimiento triste que se baila’, como definiera alguna vez al tango Enrique Santos Discépolo. Sucumbió a la nostalgia de ese aire musical auténticamente urbano, a sus historias de amores fáciles y de baile, de sueños y también de muerte, escritas a ambos lados del río de La Plata.

Había aprendido que un adinerado era un bacán; la barra, un grupo de amigos. Que campanear no era otra cosa que mirar; que pobre era sinónimo de mistongo; que una novia es una piba y que a las percantas, a las mujeres, bien podían dedicárseles todos los tangos de este mundo. Eran todos vocablos de ese universo lunfardo y de la entraña social más popular que el Zorzal alimentaba con sus melodías.

Así estaban los ánimos gardelianos, cuando al medio día de ese lunes el jadear quejumbroso de la radio informaba que el avión en el que viajaba el Zorzal haría primero una escala en Medellín para abastecerse de combustible. Gardel, aún en Bogotá, sonreía ante la prensa para la que sería la última foto tomada en vida.

Miles de caleños, unos dos mil según documenta la prensa de la época, entre ellos decenas de jóvenes mujeres, provenientes de El Vallado, El Pueblo, La Loma de la Cruz, La Loma de las Mesas, San Antonio y El Centro, como se llamaban los escasos seis barrios con que contaba la ciudad, no aguantaron la impaciencia y prefirieron apostarse en el Guabito a la espera de su llegada a las 4 de la tarde y después acompañarlo en su entrada triunfal a Cali.

Miles más aguardaban en la Carrera 3 con 12, a las afueras del Jorge Isaacs. Seguidores de Gardel que habían llegado de Buga, de Tuluá, de Popayán y hasta de Armenia acechaban las esquinas cercanas al teatro con la esperanza de obtener una boleta o de observar de cerca al cantor gaucho. El comercio había anunciado que cerraría temprano sus puertas. Las señoras en casa apuraban los oficios domésticos para seguir sin interrupciones la transmisión por radio.

Pero Carlos Gardel nunca llegó. El trimotor F-31, piloteado por Ernesto Samper Mendoza —uno de los impulsores de la aviación nacional—, quedó envuelto en llamas a las 2:58 de la tarde de ese 24 de junio de 1935, con sus viajeros y sus 1206 kilos de peso en la pista del Olaya Herrera de Medellín, después de haber chocado contra el ‘Manizales’ de Scadta (Sociedad Colombiana de Transportes Aéreos), que aguardaba turno para volar hacia la capital del país.

La noticia hizo vibrar los telégrafos de todo el país. Y cuando aterrizó en el Guabito —que después se convertiría en la Escuela Marco Fidel Suárez— muchos creían que se trataba de una broma. Pero entonces las mujeres acabaron por rendirse a las lágrimas con cada nuevo detalle de la noticia que se escurría por la radio.

Arcesio también, minutos después. Sólo en ese momento entendió que el rey del tango, la voz idolatrada de la música popular, el hombre que había puesto de pie al público de la Ópera de París, que había robado aplausos en España y Estados Unidos, había conocido la muerte sin saber que quedaría con una deuda eterna con el más devoto y humilde de sus seguidores en Cali.

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Así se tratara en realidad de un accidente de tránsito, cuando la noche de ese 24 de junio cayó todos comenzaron a hablar de que aquella fecha pasaría a la historia no sólo por la muerte de Gardel, sino la ocurrencia de la más grande tragedia aérea hasta entonces de la aviación en Colombia. Esa que otro argentino, José María Flores, había inaugurado en junio de 1893 cuando se elevó sobre los cielos de Popayán a bordo de un globo inflado con gas de petróleo.

La escena en Medellín era dantesca, de no creer: 17 muertos en total. Junto a Gardel habían perdido la vida el guitarrista Guillermo Barbieri, el autor de sus letras Alfredo Le Pera, el empresario teatral Henry Swartz, su secretario personal, José Corpas Moreno y su masajista Alfonso Azzaf.

Con graves quemaduras, otros dos de sus guitarristas, Ángel Riverol y José María Aguilar sobrevivieron. El primero sólo dos días. El segundo, unos pocos años más hasta que la mala suerte volvió a sorprenderlo con otro siniestro en carretera.

La tripulación del ‘Manizales’ no corrió con mejor suerte. Piloteado por el aviador alemán Hans Thom, llevaba como pasajeros, entre otros, al empresario Guillermo Escobar Vélez; a Estanislao Zuleta Ferrer (padre de quien después sería gran filósofo y escritor), Jorge Moreno Olano y Lester W. Straus. Ninguno sobrevivió.

Nadie dudó de que en suelo paisa había muerto Gardel. Como tampoco que había nacido un mito perfecto: a lo confuso de su lugar de origen —uruguayos, franceses y argentinos aún lo reclaman como suyo—; a la incertidumbre por la fecha en que nació; al desconocimiento de quién fue su padre, a la historia de su madre lavandera, a su pasado de pobreza que incluso le costó un balazo que vivió con él en uno de sus pulmones, venía a sumarse, ese lunes 24 de junio de 1935, una muerte temprana. Parecía que las únicas certezas en la vida del ‘Zorzal criollo’ fueron las 957 canciones que grabó con la RCA Víctor.

El abogado Darío Encinales completa tres décadas estudiando con esmero la historia del cantante argentino. En su natal Sevilla creció arrullado con los versos de lunfardo que entonaba Gardel “con su voz magistral e irrepetible”. Un hecho apenas lógico, dice, por la cercanía de su pueblo con el Eje Caferero y con Manizales, una ciudad, a su juicio, verdaderamente tanguera.

Sin desconocer el impacto que generó la muerte de Gardel en Cali 75 años atrás, Encinales cree, sin embargo, que en aquella época no existía una gran afición por ese género argentino en la capital del Valle.

“La verdad —apunta el abogado— era el gusto de unos pocos, sobre todo de gente venida de Manizales, empresarios cafeteros que fueron los que en realidad promovieron el género. Cali siempre ha tenido un temperamento musical alegre y eso no combinaba con el espíritu de nostalgia del tango. Ya desde entonces comenzaba a notarse la influencia masiva de los sonidos antillanos en el gusto musical de la ciudad”.

Que se hubiesen agotado las boletas para sus presentaciones en 1935, que caleños como Arcesio Valencia reverenciaran al más grande exponente del tango, no era más que la respuesta, piensa Darío, al fenómeno mismo que representaba Gardel.

“Era la estrella del momento. Que un artista con sus cualidades vocales y su notorio éxito en Hollywood se presentara en Cali —no hay que olvidar que Gardel entra a Cali no por su música, sino por sus películas— era natural que generara semejante expectativa”.

No lo cree así Jorge Restrepo Potes, también abogado, y quien culpa a su madre Bertha Lucía Potes de su amor por los tangos de Gardel. Hoy se precia de contar con 780 canciones en mp3 del Zorzal y de visitar por lo menos una vez al año, sin falta, la tumba del artista argentino en el cementerio La Chacarita de Buenos Aires.

“Lo que sucedía con Gardel —reflexiona Potes— en esos años no sólo moda. Poco antes de su llegada a Colombia, venía de triunfar en Europa y de grabar varias de sus canciones más reconocidas. Pero lo que realmente le generaba adeptos era su registro de barítono casi perfecto. Tan inigualable que nunca la historia tuvo un segundo Gardel”.

Tan inigualable que la mayoría de esos 1.200 caleños que habían comprado su boleta para escuchar en persona al rey del tango nunca le reclamaron a Cine Colombia —empresa encargada de traerlo al país— devolución alguna de dinero. La misma noche de su muerte y durante semanas enteras, teatros de la ciudad como el Colombia, el Municipal y el Jorge Isaacs programaron funciones, a precios populares, de las películas del artista argentino.

Desde entonces, cada 24 de junio se alborotan las nostalgias tangueras de esa Cali con la que Gardel terminó en deuda eterna. Cada 24 de junio, Leyda Santa consigue que la aguja de un tocadiscos de 78 revoluciones por minuto invite a todos a la pista de La Matraca, esa esquina del barrio donde Gardel es ley.

Desde entonces, cada 24 de junio, Arcesio Valencia y su memoria sin fisuras ayudan a revivir la tragedia, y también el fervor que despertó en la ciudad aquel hombre de sonrisa impecable y estampa de galán, con sombrero de fieltro Borsalino.

A salvo por completo de los tormentos del pasado, de ese autógrafo que nunca fue, el viejo de 99 años confiesa haber perdonado al Zorzal porque “más tarde que temprano me encontraré con él allá en la eternidad”.

Arcesio conoce bien aquello de que ...sentir que es un soplo la vida, que 75 años no es nada...

Todo sobre mi padre


Antes de su muerte, el 31 de enero de 2010, Tomás Eloy Martínez, maestro del periodismo narrativo de América Latina, le confió a su hijo Ezequiel la bella misión de preservar su obra del olvido. Memorias de un albacea orgulloso.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Raúl Palacios

El personaje era Juan Carlos Gené. Dramaturgo. Argentino. Un veterano artista escénico que intentaba reconciliarse con su país después de que la dictadura de Videla lo condenara a un doloroso exilio de 16 años. El periodista que lo abordó para que dejara testimonio de esos años de soledad y contara la parábola de su retorno fue Ezequiel Martínez. Argentino también. El primero habló con el frenesí de un náufrago recién rescatado, el segundo asumió la actitud de quien escucha con oídos benévolos.

El joven navegaba en sus primeras empresas periodísticas; no hacía mucho había emigrado del instituto privado de Buenos Aires en el que había estudiado, y confiaba en que aquella entrevista terminara en buen puerto, en un perfil extenso para las páginas de alguna de las publicaciones en las que trabajaba como free-lance.

En las primeras líneas, intentaba dibujar los gestos de Gené, la manera en que batía sus manos para enfatizar sus palabras; su forma de hablar, lenta, pausada. Unas líneas más abajo, las nostalgias de su destierro forzado, su rol protagónico en esos años yertos lejos de las tablas de su país.
Así lo recuerda Ezequiel ahora, en una tarde de sábado, escoltado por los cerros imponentes de una Bogotá de lluvias tristes. Camuflado como uno más de los periodistas internacionales que cubren los detalles del Festival Malpensante —que cada año organiza la revista cultural del mismo nombre—, pocos saben que el argentino de sonrisa fácil que carga con una escarapela del diario Clarín y una mochila de viajero, tan desprevenido, tan de incógnito, es además el hijo de uno de los maestros de culto en las artes del periodismo narrativo: Tomás Eloy Martínez.

Y fue a él, a Tomás Eloy, a quien le enseñó, sin prevenciones, el borrador final de lo que sería el gran perfil de Gené. El consagrado periodista —que a esas alturas de la vida conocía tanto de textos bien afinados como de exilios, pues otra dictadura, la de Isabel Perón, lo había hecho refugiarse con sus miedos en Venezuela— lo leyó atento, con sus ojos de curtido reportero.
—Pero, decime, ¿el tipo como te hablaba?, preguntó Tomás Eloy aquella vez.

—Pues viejo, como yo lo escribo ahí, con emoción de volver a la Argentina, pero con frases lentas, como si las pensara lo suficiente antes de pronunciarlas, ripostó el muchacho.

—Ah, bueno, pero, así como está, suena muy frío. Por qué mejor no ponés en ese párrafo que a Juan Carlos Gené las palabras le salen cansadas, como desperezándose de largos silencios…

El viejo era así. No necesitó advertir que la literatura le hace grandes favores al periodismo para que Ezequiel lo entendiera para siempre. El padre solía repetírselo cada vez que le era posible: “si tienes que contar un terremoto o un huracán, esas noticias en las que sólo te piden cifras y datos, cuántos muertos y cuántos desparecidos, busca siempre una historia, un personaje anónimo que cobije los datos duros. Vos sabés, un número te informa, pero una historia te conmueve”.

Algo de eso quizá intuía Ezequiel siendo un niño, cuando jugaba a ser como su padre. Se inspiraba en las mañanas en que lo acompañaba al diario donde trabajaba y lo veía tipear con devoción las teclas de su máquina de escribir. Lo hacía feliz imitarlo cuando revisaba las pruebas de las páginas listas para impresión o las veces en que lo encontraba, concentrado, buscando un dato en las hojas anaranjadas de un archivo. Algunos días, no sin antes prometerle discreción y juicio, se permitía escoltarlo a sus entrevistas, “que luego transformaba en piezas periodísticas que parecían cuentos de ficción”.

Con el tiempo entendió que el oficio de su padre no era escribir. Era narrar la realidad con las herramientas de la imaginación. Y Ezequiel supo entonces que algún día él también se ganaría la vida de esa forma. “Yo quería, como quieren todos los chicos, ser como su papá”.

Y lo fue. Hoy en día, el mayor de los hijos del célebre autor de obras maestras como ‘Lugar común la muerte’ (compilación de sus mejores trabajos en prensa hasta la década del 70), ‘Santa Evita’ y ‘La novela de Perón’, es editor de Ñ, revista literaria de Clarín.

Y para quedarse con el puesto no necesitó que su padre telefoneara al director. Emprendió el camino que hacen todos los periodistas de su país que desean abrirse paso en prensa escrita. Terminó una carrera universitaria sin ínfulas de ser el hijo de. Llenóformularios. Hizo pruebas. Hizo filas. Y al final, sin que muchos supieran qué árbol genealógico le había dado sombra a su pasión de periodista y a sus hábitos de lector refinado, entró a uno de los más importantes periódicos de Buenos Aires. Como un reportero más.

Es que no debe ser fácil andar por la vida en el pellejo de un hijo de Tomás Eloy Martínez, que encima quiere ser periodista. No debe fácil si, además de reportero de mil batallas y mejores libros, tienes un padre que es crítico y guionista de cine, además de ensayista, fundador de periódicos, ganador de importantes premios de literatura, catedrático de una importante universidad de Estados Unidos y columnista de océano a océano: del New York Times a El País de España.

No es fácil si además de eso a tu padre, en vida, lo llaman el maestro de la ficción verdadera y se gana un premio Ortega y Gasset. Si, un día cualquiera, otro genio del oficio, Martín Caparrós, abre comillas para decir que el hijo de Tucumán es uno de esos raros grandes conversadores que no se olvidan de hacer preguntas y escuchar respuestas. Uno de los mejores opositores de la práctica del periodismo notarial, del periodismo chato.

Nunca fue fácil. Y nunca estará cerca de serlo. Ahora que el viejo ya no está, después de perder su contienda estéril con un cáncer en febrero pasado, Ezequiel —por petición de su padre mismo— emprendió la misión de preservar su legado: sus libros desperdigados en tantos viajes, casi diez mil títulos, sus manuscritos, sus archivos.

El asunto, hace un par de años, se conversó con franqueza. Tomás Eloy, a pesar de su cuerpo desmedrado por un duro tratamiento en una clínica de Boston, encontró un soplo de fuerza vital para elegir de entre sus siete hijos a Ezequiel como su albacea y delegarle la misión eterna de crear una fundación que no sólo preservara su obra, sino que sirviera para apoyar a nuevos talentos del periodismo y la literatura. Se habló de una sede en Buenos Aires, se habló de un premio anual para estimular la publicación de trabajos en ciernes que permitieran anclar en tierra esas nuevas letras. Tal como él lo había hecho en vida, con su ojo entrenado de lince, que nunca se equivocó al cazar a un escritor. Fue él, por ejemplo, quien descubrió a Junot Díaz, dominicano que a la postre ganaría el premio Pulitzer.

Ezequiel revela todo esto sin dolor, sin lágrimas en sus ojos verdes. Siempre rematando cada frase con una sonrisa honesta. Así, dice, así de jovial también era el viejo. El que en los años de apuro del exilio en Caracas, a mediados de los 70, endulzaba su ausencia con cartas escritas a máquina de hasta tres cuartillas en las que nunca asomó sus temores; eran, más bien, piezas literarias, casi cuentos para leer al filo de la almohada con los que animaba a sus hijos a estudiar, a jugar, a enamorarse, a vivir.

Tomás Eloy había tenido que emigrar entre gallos y media noche después de que la Triple A del gobierno de Isabel Perón le diera 24 horas para abandonar su país y su cargo como jefe de redacción en La Nación. Los años huyeron impregnados de una fecunda comunicación epistolar que atravesaba, de ida y vuelta, el continente y aliviaba las distancias con consejos extraviados en relatos que adecuaba para cada hijo según su edad.

Así de jovial era también el viejo cuando se desprendía de cualquier vanidad y recibía los batazos de Ezequiel sobre sus escritos fallidos. El hijo siempre pudo comentar los libros del padre genio sin pudor. “Después de leer su primera novela, ‘Sagrario’ (publicada en 1969) tuve que confesarle que me había parecido aburridísima y él debía saberlo porque de hecho no volvió a publicarla nunca. ‘La mano del amo’ tampoco es la mejor. Pero, en todo caso, si algo lamento ahora es no haberle dicho en vida cuánto me apasionaron muchas de sus novelas”.

El humor del cielo, en esa tarde de sábado, amenaza con descomponerse. Ezequiel posa sus ojos en una de esas nubes plomizas de la capital para confesar luego que aquellas cartas (que siempre le llegaron a las manos abiertas por culpa de la censura) fueron su droga feliz en esos años pedregosos. Otra lección más del poder demoledor de la palabra que sólo un orfebre del abecedario como su padre era capaz de alcanzar. Fueron muchas las noches en que, años después, Ezequiel lo vería frente a su computador, hasta tres horas, en busca de una palabra precisa que calzara con un párrafo en construcción.

Porque era cuidadoso de la palabra tanto como del rigor de la información. El ‘vicio’ no consiguió apaciguarlo ni siquiera el cáncer. En las postrimerías de su enfermedad, atendiendo a la tarea irrenunciable de su columna quincenal, Tomás se apoyaba en su hijo para acopiar los datos que le resultaran necesarios. Al final, con la tarea terminada, Ezequiel se sometía sin reproches al interrogatorio inquisidor de un periodista preciso: “Y este dato, ¿de dónde lo sacaste? ¿En qué contexto apareció? ¿Quién lo dijo? Verificá, verificá”.

Era comprensible. En vida, el hombre que nunca soltó sus botas de reportero, ni siquiera a los 70 años, cuando recorrió de norte a sur tierras gauchas para narrar una gran crónica de la Argentina, solía quejarse de que su oficio había entrado en la manía de la velocidad, en la falta de comprobación, “y eso es herir de muerte al periodismo”.

La enfermedad tampoco lo alejó de sus trincheras de escritor ni le restó brillo al fulgor de su inteligencia. Hace apenas un año publicó ‘Purgatorio’, su última novela, y dejó huérfana otra, ‘El olimpo’, para la editorial inglesa Canongate. “A veces pienso que mi padre estiró la vida lo más que pudo sólo para terminar esa novela”, reflexiona Ezequiel. “Y la terminó, sí, pero no la revisó, es apenas un borrador. Y después de acompañarlo en el proceso de edición de ‘Purgatorio’ comprendí que para él era tan importante escribir como revisar”.

Habría que darle entonces la razón a Caparrós cuando, después de la muerte de su maestro, dijo que Tomás, a pesar de la crudeza de su enfermedad, “escribía porque era la única forma en que sabía vivir, porque escribir era seguir viviendo”. Así era el viejo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Los pasos de vida de don Arcesio


Los visitantes de La Matraca, el templo del tango en Cali, saben quién es don Arcesio Valencia. Para quienes no lo conocen, aquí está: este 14 noviembre llegará a los 100 años con su memoria sin fisuras y su altivez increíble en la pista de baile. Crónica.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Áymer Álvarez

Nadie que a esta hora soleada —las cinco de la tarde— lo vea caminar por los senderos adoquinados del parque del barrio Obrero podría creer que quien viene allí, solo, moviendo con altivez su figura grácil, sin bastón y saludando a todos por su nombre, sea el mismo abuelo raizal en cuya cédula reposa una seña que más parece la data de una guerra antigua que una fecha de nacimiento: 14 de noviembre de 1910.

Pero es él. No hay duda. Es don Arcesio Valencia Perea a quien, sin dificultades ni auxilios, vi salir hace pocos minutos de su casa —esa con fachada de ladrillo limpio demarcada con la placa 10-31 sobre la Calle 23— para que su figura centenaria se abriera paso por entre decenas de chiquillos que corretean de un lado a otro disfrazados. Es 31 de octubre y, como cada domingo, va camino a La Matraca vestido con su infaltable traje de paño y, no faltaba más, con un sombrero de fieltro café.

El ritual cuando llega al lugar es siempre el mismo. Una vez la autoridad de su presencia cruza la puerta de este ‘rincón gardeliano’, donde puede verse a un médico atildado evocando el aire burlón y compadrito junto a un vendedor de lotería, advierto que el otrora suboficial de la Fuerza Aérea recorre el piso de mosaico de la vieja casona y, de mesa en mesa, saluda de mano a todos los varones.

Con las mujeres es distinto: a menos que sea la primera vez que visitan La Matraca, las clientes saben que Arcesio espera la deferencia de una sonrisa y un beso sonoro. Algunas, incluso, lo premian con palabras coquetas: “¡Cómo estás de hermoso!”, escucho hoy que le grita una de ellas.

Mientras la escena transcurre, la mesa que siempre ocupa sigue imperturbable. Es la segunda, de la puerta hacia dentro. Y así debe permanecer hasta que el hombre, tras el festín de saludos, se sienta en ella en compañía de un amigo o de una de las tres ‘novias’ con las que a su edad busca endulzar la soledad.

Sólo entonces un mesero destapa ante sus ojos un litro de whisky Johnny Walker —su pedido de siempre— para que él, dichoso, espere a que suenen los compases de antaño que hace saltar la aguja de un tocadiscos de 78 revoluciones.

El aparato logra el milagro de que Libertad Lamarque astille corazones con su ‘Barcarola’; de que Lucho Bermúdez invite a saltar a la pista con su ‘Salsipuedes’ o que ‘La gata golosa’, uno de los pasillos más memorables de nuestra música, les enseñe a los jóvenes que visitan el lugar que sus abuelos se defendían en los bailes armados sólo de pañuelos y alpargatas.

El aparato alimenta, además, los ánimos musicales de don Arcesio. El abuelo que, parado sobre la esbeltez de vida que le dan sus 100 años ajenos de achaques, da clases magistrales sobre lo que es una milonga o un fox. Un pasillo o un vals. Sobre la efectividad de un bolero apretado en el pecho cuando se trata de doblegar a un corazón esquivo o de un tango cuando la tarea es olvidar un amor que pagó mal.

Hoy, sin embargo, es un domingo extraño. Arcesio llegó solo a La Matraca. Jaime Parra, un caleño que heredó “a la brava” el negocio de su hermano Clímaco —que la fundó como un granero y no como un club de baile hace 47 años en esa misma esquina de la Carrera 11 con Calle 22— cree que debe ser porque el día lo sorprendió de pelea con sus mujeres o porque al viejo no le ha quedado más remedio que rendirse a la intransigencia de la Señora Muerte que insiste, desde hace años, en arrebatarle a sus mejores amigos.

“Hasta hace poco —recuerda Jaime— se le veía con Tulio Rico, que salía desde el barrio San Nicolás para aterrizar en casa de su amigo a tomarse unos traguitos al compás de boleros y tangos. Así calentaban motores antes de llegar a La Matraca, a bordo de un jeep Willys descolorido. La pasaban juntos hasta caer la noche. Conversando, hablando de la vida, de los hijos, de las mujeres”.

Pero don Tulio, hace apenas un mes, se llevó a la tumba medio siglo de camaradería. Hoy, de esa cuadrilla de música y tertulias, que en los buenos tiempos llegó a contar hasta con seis ilustres gocetas, sólo sobrevive Víctor Cuero, un negro de pecho nevado de 86 años que heredó esta amistad de un hermano suyo, también pensionado de la Fuerza Aérea, y tan hincha del América como Arcesio, pero cuyo corazón no soportó un gol fácil que ‘la mechita’ se dejó anotar en una final imperdible.

Es que ahí donde uno lo ve, reflexiona Jaime, “este viejito ha enterrado a casi dos generaciones de caleños”. Ha llorado a su mujer, a sus hermanos, a sus amigos; incluso a bailarinas de ocasión que ha conocido en La Matraca. “Aún así, aquí aparece cada domingo, como si nada, ni siquiera dejó de venir cuando enviudó. Como si esos muertos fueran de otros y no de él”, piensa Jaime en voz alta. Mas bien, como burlándose del destino, se apresura a concluir uno.

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Oswaldo Valencia, uno de los hijos de Arcesio, aún hoy, medio siglo después de haberlo visto pensionarse de la Fuerza Aérea, con casi una veintena de hijos a cuestas y una lista robusta de nietos, bisnietos y tataranietos, le sorprende que su padre encuentre bríos para madrugar a esculcar los males de su viejo Chrysler modelo 48, el “único que existe en Cali”.

La confesión la hace una mañana de viernes mientras visito a don Arcesio en su casa. “Mucha gente nos pregunta —dice Oswaldo, haciendo una pausa en su faena de mecánico— cuál ha sido el secreto para que mi padre esté viviendo tanto tiempo. Creería que es porque, por más que los médicos se lo recomienden y nosotros lo regañemos, él nunca se queda quieto, ni postrado en una cama. Tiene que estar martillando, arreglando una escalera, reparando algún aparato viejo que encuentre por ahí o dándonos un consejo sobre qué hacer con un motor enfermo”.

Fiel a la máxima de que al que madruga Dios le ayuda, Arcesio todos los días salta de la cama a las 5:30 de la madrugada, se baña y alista la ropa que él mismo, hasta hace poco, lavaba y planchaba. Hoy, Beatriz, una de sus ‘novias’, acoge esas tareas domésticas.

Y como todos los días, también, sale a la panadería de la esquina a que doña María le sirva su tintico de las mañanas. Y como todos los días, no falta el vecino que va en su auxilio preocupado por la ‘salud’ del Obrero, barrio que Arcesio ayudó a fundar cuando esa misma casa en la que lo veo ahora era una “ramada de techo de zinc, paredes de bahareque y piso de ladrillo y tocaba vivir entre la maleza y el ganado de las haciendas vecinas”.

Arcesio vive suspendido en los recuerdos. Varios de ellos, convertidos en fotografías, penden hoy de la pared de un estrechísimo cuarto que hace las veces de sala, en la que el polvo de los años y los escasos pertrechos del viejo —una cama, una grabadora y una cómoda— se disputan el espacio.

En esa pared se distingue la imagen sepia de un joven de ojos negros y bigote disperso, ataviado con uniforme de oficial de aviación. Es un recuerdo solemne de los años en que el abuelo se ganaba la vida como mecánico de esos pájaros de acero que a él, por entonces, se le antojaban como “aviones de papel”, tan débiles y rudimentarios que daban la impresión de no ser capaces de encumbrar las nubes.

Siempre quiso ser mecánico. De niño se asomaba a la Plaza de Caycedo a ayudar en la reparación de cualquier Ford ‘tres patadas’, el primer carro que él vio llegar a Cali. Años después, deslumbrado por el sonido de los motores que rugían en los cielos caleños, se le volaba a Marcelina, su mamá, para irse hasta el Guavito (hoy escuela Marco Fidel Suárez) a asistir la armada de esos aviones que llegaban en cajas. “Comencé como ayudante, pasando una que otra herramientica, hasta que un capitán me dio chance de trabajar allí”.

El chance le alcanzó hasta 1952, cuando se jubiló de la institución, sin más medallas que los buenos amigos que cultivó, pero con un álbum personal de recuerdos que dan para todo: en ellos vive, por ejemplo, el Arcesio que, con la misión de reparar un avión, aterrizó en Bogotá días antes de la borrasca del 9 de abril del 48, por lo que terminó recogiendo muertos en las calles de la capital y rescatando de los almacenes la poca mercancía que la turba había dejado virgen.

En la pared de esa sala, donde esta mañana Arcesio hace que titilen los recuerdos de su memoria, también quedó sublimada Anaís Londoño, la vecina de la que se enamoró perdidamente siendo un novel mecánico de 16 años, y a quien no tuvo más remedio que pedirle matrimonio, temiendo que otro le arrebatara para siempre a la dueña de esos ojos de aceituna.

Anaís, más que una esposa, fue durante 60 años el ángel tutelar de Arcesio y tuvo que acostumbrarse a la idea de que ese hombre nunca sería suyo por completo. “Pobrecita, la hice sufrir mucho. Pero es que nunca entendió que yo no buscaba a las novias que tuve, eran ellas las que me buscaban a mí”.

*****

Hoy, la picardía que se le fue del cuerpo sigue intacta en sus ojos. Eso se nota a leguas esta tarde de domingo cuando Leyda Santa, encargada de programar la música de La Matraca, hace prender las luces del recinto para saludar, micrófono en mano, a Arcesio y recordarles a los presentes que el caleño este 14 de noviembre llegará, quién lo creyera, a los 100 años.

Enfundado en esos minutos de celebridad, se despoja de su silla y levanta el sombrero. El público le aplaude. Desde una esquina, Betty Ruiz, una curtida bailarina de la vida, se acerca a él, le extiende el brazo y lo lleva hasta la pista que ahora es sólo de los dos.

Suena para deleite de Arcesio el pasillo ‘Alfonso López’, una de sus canciones más queridas pues la bailó varias veces con Anaís el día en que se casaron y él tuvo el arrebato de llevársela consigo en un bus hasta la fiesta de unos amigos que vivían en Pradera.

Lo que siguió después no sólo fueron tres minutos de baile, sino un instante conmovedor de ojos aguados, ‘flashes’ de cámaras que no paraban de rebotar en el vacío y manos que aplaudían.

El hombre agradeció el gesto y volvió a su mesa. “Y eso que ya el cuerpo no me da para bailar tango o pasodoble —dice dirigiendo sus palabras hacia mí— porque sino seguiría en la pista todavía. Usted viera, hasta hace unos añitos, las sardinas que venían aquí se peleaban por bailar conmigo”.

Yo le creo. Es la misma versión que he recogido desque estoy siguiéndole la pista a este viejo feliz. Le lanzoo entonces las preguntas obvias, ¿dónde está el secreto de su altivez? ¿cómo logra ver el cielo de su vida despejado donde otros ancianos como él sólo encuentran nubes dispuestas a la tormenta? “Creo que ha sido el buen comer, el trago y, por supuesto, las mujeres”.

Lo dice cuando ya es de noche. Las siluetas de las parejas bailan a media luz mientras Arcesio va por la mitad de su whisky. La noche para él —confiesa— terminará sólo cuando la botella esté en ceros.

Yo, al verlo ahí, tan vital —obviando ese cosquilleo incómodo que le recorre desde hace varios días las piernas y lo obligó a visitar al médico esta semana— no pude evitar naufragar en mis propios recuerdos. Evoqué a mi padre que a sus 80 años se fue de este mundo sin ver cumplido su deseo de conquistar las cumbres de la vejez sin depender de nadie y con la memoria lúcida.

Don Arcesio, pienso, ha vivido lo suficiente para demostrar lo que en vida tantas veces mi padre replicó: “Que las arrugas dominen la piel del cuerpo, nunca espíritu y el corazón”.

lunes, 16 de agosto de 2010

Escrito en tinta negra


Las letras nacionales saldaron, por fin, la deuda que tenían con los escritores afrocolombianos desde hacía siglos. Bogando por los ríos y mares de la literatura negra.

Por Lucy Lorena Libreros


El dios Changó descendió de su panteón yoruba y lo sorprendió en sueños. Agitó con dolor sus tambores batá para recordar la epopeya que con letras de sangre y humillación había escrito su raza durante siglos. En medio del duermevela, Manuel Zapata Olivella alcanzó a distinguir su figura imponente, su voz estentórea. No podía ser otro: era Changó, poderoso y venerado; orisha del fuego, del rayo, del trueno, de la guerra. Génesis de una raza.

El escritor caribe dormitaba desnudo en una gruta de la isla de Gorée, frente a las playas de Senegal, cuando todo ocurrió. El entonces presidente del país africano, Leópold Sédar Senghor, curiosamente un poeta extraviado en los caminos del poder, le había permitido pasar la noche allí, seguro como el que más de que el médico y antropólogo colombiano tenía razón: sólo entre las sombras de esa cueva lograría reecontrarse con sus ancestros negros.

No había sido una decisión caprichosa; Gorée cargaba con un pasado triste: entre los siglos XVI y XIX, Dakar —ciudad a la que pertenece la isla— fue el mayor centro para el tráfico de esclavos hacia América. En esa esquina del continente, a los ojos del mar, miles y miles de africanos fueron subastados y enviados en barcos de españoles y portugueses tras ser capturados por los propios hermanos de sus tribus. Encontrar a un negro de estirpe que resistiera el horror de la travesía transantlántica hasta América resultaba un oprobio para algunos. Para otros un próspero negocio.

Así que la anécdota de Zapata resultaba toda una paradoja: conciliar el sueño escoltado por tantos años de pesadilla. Así lo sorprendió Changó, con su artilugio de cueros templados, y así le ayudó a despejar las dudas: él, uno de los más importantes intelectuales del Siglo XX de este país, estaba destinado a emprender la aventura literaria más bella y profunda de las letras negras colombianas: ‘Changó, el gran putas’, novela que vio la luz en 1983, de la mano de Oveja Negra.

Casi cuarenta años después de ese episodio onírico, el profesor de literatura Darío Henao habla con emoción de las líneas de ese relato de 700 páginas “que condensa cinco siglos de historia y con el que Zapata reivindica, de una vez por todas, a los hijos de Changó que llegaron a estas tierras”.

El autor hace un recorrido histórico desde la llegada de los primeros negros a América, con sus dioses y sus creencias, la manera como se vincularon con los españoles, su papel en los procesos de Independencia del continente y hasta los movimientos de resistencia en Estados Unidos.

Henao suelta sus palabras frente a una voluminosa y colorida colección de libros, en la que Zapata Olivella es gran protagonista: la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, milagro editorial que pretende hacer justicia con la extensa producción de ensayos, cuentos, novelas, poesías y relatos orales de esos hijos de Changó que encontraron en las letras un espejo para asomar su acervo cultural.

Son 19 libros que abarcan dos siglos de una narrativa poderosa y hacen un recorrido de líneas que inician en San Andrés, que luego descienden kilómetros de historias por el mar Caribe y que desembocan en los esteros de las entrañas de ese Nariño oloroso a Pacífico.

Una colección que fue “toda una aventura de recuperación de la memoria”, como la definió el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor, editor general de la compilación, que fue impulsada por el Ministerio de Cultura y en cuya concepción participaron estudiosos de la Universidad del Valle, la Universidad del Atlántico, la Universidad Javeriana y la Universidad de Cartagena.

Todos coincidieron en que, salvo casos excepcionales como Candelario Obeso, Manuel Zapata y Óscar Collazos, la memoria colectiva del país dejó naufragar en la marginalidad el aporte literario y de pensamiento de aquellos narradores innatos que hallaron en la brisa del mar y en los arrullos de los bogas que recorren río arriba las selvas del Pacífico, la salva nutricia de sus obras.

En tiempo récord, unos seis meses, se esculcaron textos desde 1857, se perfilaron los géneros, las regiones, las temáticas, los autores y el tiempo alcanzó para incluir en un tomo de la colección ese poder de la oralidad, de la palabra que cuecen a fuego alegre los abuelos en las poblaciones más apartadas.

El resultado son cuatro novelas, tres libros de cuentos, una antología de poesía femenina, siete libros de poesía, una obra de teatro, dos ensayos y un libro de relatos orales.

****

Es que el asunto de la literatura afrocolombiana no es nuevo. Ha hecho presencia desde los albores de la República. Y sus orígenes, si se quiere, se ubican en la propia diáspora africana que trajo consigo a tierras americanas la voz profana y sagrada de los esclavizados que a fuerza tuvieron que mezclarse con lenguas indígenas y europeas.

Este destino de encuentros, solía decir la desaparecida antropóloga Nina S. de Friedemann, moldeó universos de creación en los cuales refulge el despliegue poético y creativo de la palabra escrita, dicha, cantada o recitada. “En la literatura y la tradición oral afrocolombianas centellean memorias de África y conservan el legado ancestral de valores que aluden al ser individual y al ser colectivo, entre ellos el profundo amor por la palabra, tal como lo hacía el ‘griot’ africano, ese narrador de cuentos, poemas y rapsodias de las tribus”, reflexionó Friedemann alguna vez.

Pero durante decenios los autores negros colombianos han sido víctimas de la misma invisibilidad que han sufrido otras manifestaciones culturales afro. “Fíjese usted —señala Darío Henao, uno de los integrantes de ese comité que estructuró la colección—: antes asistíamos a un blanqueamiento de lo culto, producto de una sociedad centralizada. Sólo hasta la Constitución de 1991 Colombia vino a considerarse un país pluriétnico y multicultural. Pero eso lo sabíamos desde hacía rato”.

Los casos son elocuentes. Ahí, con su sonrisa generosa y sus andares de bastón, está Arnoldo Palacios, chocoano de 86 años, nacido en Cértegui, que en 1949 publicó ‘Las estrellas son negras’, relato ‘joyciano’ —ocurre en un solo día— en el que narra las desventuras de Irra, un negro que creció aplazando los dolores de la pobreza.

La novela, a pesar de sus cualidades narrativas, pasó inadvertida hasta 1971 cuando fue reeditada en una versión popular. Sólo en 1998 recibió un reconocimiento del Ministerio de Cultura y hasta hoy se incluye en una antología, la de la Biblioteca Afrocolombiana.

Y no llegó hasta allí sólo por tratarse de un autor afro: Palacios, después de su debut literario, fue becado para estudiar lenguas clásicas y literatura en la Universidad de la Sorbona, en París. Desde entonces es considerado el precursor de la novelística de la reivindicación social en Colombia.

Ahí está el guapireño Elcías Martán Góngora con “los versos más bellos dedicados al mar que jamás haya leído”, como los describiera Pablo Neruda. Ahí está Jorge Artel, cartagenero, en cuyas composiciones líricas vibran el dolor y la protesta, y toda la sensualidad de su cultura:

¡Hasta parece que la brisa tiene un leve llanto de palmera!..

Ahí están los cuentos de otros dos hijos del Chocó: Carlos Arturo Truque y Óscar Collazos. El primero, amonestó con su mirada de escritor y sus letras rebeldes la discriminación racial. El segundo, un autor necesario para entender las letras negras contemporáneas como testigo de excepción del mundo afro en la ciudad.

Ahí está Alfredo Vanín Romero, el timbiqueño de figura grácil y lentes de maestro, a quien se le reconoce en sus textos, que se mueven entre la cordillera y el mar, el doble propósito de ser escritor al tiempo que investigador de la realidad social y cultural que le rodea.

Ahí están también, claro, los cantos populares de un negro humilde pero no menos sabio, conocedor del francés, el italiano y el inglés, Candelario Obeso. Nacido en el Siglo XIX, aprendió a soltar versos mientras escuchaba el sonido de las aguas quebrándose bajo la imparable marcha de las canoas por el río Magdalena.

Qué trite que etá la noche, La noche qué trite etá; No hay en er cielo una etrella Remá, remá. La negra re mi arma mía, Mientra yo brego en la má, Bañao en suró por ella, ¿Qué hará? ¿Qué hará?

Este hijo de Mompox se convirtió en el primer poeta afrocolombiano en publicar un libro. Además de ‘Cantos populares de mi tierra’, su obra cumbre, dejó una novela, ‘La familia de Pigmalión’, y una comedia, ‘Secundino, el zapatero’. Aún así, sólo hasta el año 2009, al cumplirse un siglo de su nacimiento, los ojos del país se volcaron sobre sus letras.

Que la fuerza de su lirismo popular fuera ignorada respondía, de alguna forma, al pensamiento científico que se promovió a principios del Siglo XIX con la Expedición Botánica. Francisco José de Caldas, el primer científico nacional, promovió en 1808 la idea de que el comportamiento de los seres humanos estaba dado según el clima. El frío, creía, era ideal para consolidar la civilización. El cálido, ese donde crecía la población negra, era el origen de comportamientos contra la moral y sus pueblos un obstáculo para el desarrollo de la Nación.

La consideración prosperó durante la Independencia y siguió agitando sus banderas durante casi todo el Siglo XIX. “A nuestros ancestros los vieron sólo como mano de obra, nunca como creadores de pensamiento, de narradores de sus propias regiones, y eso explica porqué su marginación de los grandes espacios literarios”, le aseguró a GACETA la saliente ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno.

El Siglo XX llegó con nuevos autores, pero no menos dificultades. Germán Patiño —autor del prólogo de ‘Ensayos escogidos’, obra de Rogerio Velásquez que hace parte de esta Biblioteca Afrocolombiana— apunta a que este antropólogo chocoano, pese a ser uno de los intelectuales más valiosos de su tiempo, “estuvo perdido largos años de la conciencia pública”.

Lo que sucede, comenta Patiño, es que “su mundo en los años 40 y 50 era el del Chocó, al que consideraban como una región lejana, exótica, sin mayor cosa que decir al país. Sólo a finales de ese siglo comprendimos que el mundo afro sí tiene un hondo significado en la formación de nación, y fue entonces cuando sus ensayos, confeccionados con alto vuelo literario, adquirieron significado”.

Eso bien lo había aprendido Hazel Robinson Abrahams, escritora sanandresana que hoy, a sus 70 años, es considerada un verdadero referente de las letras de la isla.

El profesor barranquillero Ariel Castillo Mier —prologuista de la novela ‘No give up man!, incluida en la Biblioteca Afrocolombiana— ha estudiado de cerca la obra de esta autora, que comenzó su carrera en las letras hace medio siglo con la publicación de una serie de crónicas sobre San Andrés en El Espectador.

Su interés, advierte Castillo, ha sido siempre “el de reivindicar el pasado ignorado de la isla, reivindicar sus paisajes, su lenguaje y su pasado; de hecho, la novela se narra en los tiempos que siguieron a la abolición de la esclavitud y con el título ‘¡No te rindas, hombre!’ condensa la actitud de resistencia de los raizales”. Sin embargo, sus obras vinieron a ser publicadas masivamente hasta los años 90.

Algo similar le sucedió al poeta de Condoto, Chocó, Hugo Salazar Valdés, quien desarrolló una vasta obra lírica en los años 50 y 60. Así lo reconoce el director del programa de Literatura de la Universidad del Valle, Fabio Martínez, no sólo un devoto confeso de los versos que exaltan la sensualidad de la mujer negra, el mar y la música afro de Salazar, sino que además lo conoció como profesor de español siendo estudiante de colegio.

Poetas como él —apunta Martínez— supieron hacer un tránsito entre lo oral y lo escrito o, como lo llamaba un antropólogo, entre lo crudo y lo cocido, gracias a que se trataba de personajes muy cultos. Y no porque tuvieran una carrera universitaria (en su caso era abogado), sino porque bebían de otros poetas que también reivindicaban lo popular y la raza como Nicolás Guillén y Pales Matos”.

Fue precisamente esa reivindicación de lo raizal, del mar, del río, del tambor, de los bogas, de la danza, de ese interés de narrar sonrisas en medio de la desesperanza, a lo que intenta hacer justicia la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana.

Para Roberto Burgos Cantor este proyecto —previsto como el primero de varias antologías a futuro— es una oportunidad de oro para reflexionar en torno a la idea de que “no es posible reconocernos como sociedad, como país, sin entender que todos estamos hechos de los aportes que hicieron los negros, los indígenas y españoles”.

Es también, continúa Burgos, un pretexto para asimilar que lo valioso de estos autores “es que mientras durante décadas muchos escritores colombianos se volcaron a los autores y corrientes literarias de Europa y Estados Unidos, los escritores afrodescendientes encontraron su propia voz y las temáticas de su narrativa en el acontecer, los dramas y las virtudes de sus mismas comunidades”.

Así también lo cree el catedrático Ariel Castillo, quien pondera de esos autores el que “involuntariamente, en diferentes zonas del país y en diferentes épocas, sintieron y plasmaron el drama de la exclusión, pero sin caer en el panfleto. Sus obras, ante todo, son literarias, Y su preocupación, ante todo, es el afianzamiento de su cultura”.

El dios Changó deberá entonces darse por bien servido: los descendientes de aquellos que resistieron los horrores de la travesía transatlántica de hace cinco siglos, hallaron en la fuerza de la palabra cómo reivindicar su memoria ancestral aquí, en la otra orilla.

miércoles, 28 de julio de 2010

Poeta de la calle


Jorge Drexler, el hombre que se queja de ser un vaso vacío a pesar de tanta lágrima suelta, abandonó la guitarra para conversar con GACETA antes de tomar, en Madrid, el avión que lo traería por primera vez a Colombia


Por Lucy Lorena Libreros

Es cierto que Jorge Drexler abandonó la medicina hace muchísimo tiempo. Pero no caemos en falsedad si decimos también que aún sin su bata blanca tiene el raro don de seguir sanando. En todo caso, habría que hacer una aclaración justa: ahora le bastan únicamente su guitarra y su voz.

Y esa voz, que no es la de un poeta —ya lo habíamos dicho, es médico otorrinolaringólogo— deja escapar, sin embargo, frases de un lirismo delicioso. Si usted no tiene idea quién es Jorge Drexler —no es su culpa, no estamos frente a un frenético vendedor de discos—, pero de golpe se estrella con ‘Al otro lado del río’, la reina de su repertorio, es probable que termine reflexionando, como él, que en este mundo hay “tanta lágrima y yo soy un vaso vacío...”

Si está enfermo de nostalgia, el vademécum ‘drexleriano’ sugiere una gragea efectiva: ‘Aquellos tiempos’. Ya verá que después de varias dosis terminará por darle la razón: “...Todo tiempo pasado es peor, no hay tiempo perdido peor que el perdido en añorar”.

Cierto es también que aunque esa voz y esa guitarra siempre estuvieron allí —en su juventud cantaba en sinagogas y fiestas de familia— supieron mimetizarse en las paredes de un consultorio. No fue sino después de los 30 años cuando este uruguayo dejó de escribir fórmulas médicas para escribir canciones. Suyas y ajenas.

Mercedes Sosa, Omara Portuondo, Ana Belén, Pablo Milanés, Víctor Manuel, Ana Torroja, Rosario y Shakira han tomado sus letras para llevarlas a sus discos. Del virus se contagiaron hasta directores de cine. Walter Salles, el brasileño que narró en pantalla el mítico viaje de Ernesto ‘Che’ Guevara y Alberto Granado por Latinoamérica, pensó en Drexler para el tema principal de ‘Diarios de motocicleta’.

Y entonces ocurrió que ‘Al otro lado del río’ consiguió una nominación a los Oscar. Iberoamérica entera veía muy cerca no sólo la posibilidad de quedarse con el primer galardón en la historia de la Academia para una canción en castellano, sino el honor de que uno de sus hijos se subiera al Teatro Kodak para cantarla.

No lo entendieron así sus organizadores que sentían a Drexler como una estrella de luz débil en el firmamento de la música. La noche de los premios, Antonio Banderas y Santana interpretaron, ante el desconcierto de muchos, aquella canción ajena.

A los pocos minutos, Prince, con un español a media lengua, anunciaba a Drexler como ganador; el uruguayo subió al escenario, hizo a un lado lo típico —“doy gracias al cielo, a la familia, a mi mánager”— y aprovechó esos segundos de oro ante millones de televidentes para un gesto más poderoso: cantar a capela los versos de su canción.

La anécdota la recuerda bien el crítico musical Manolo Bellon. Han pasado ya cinco años desde entonces y aún sigue pensando que a Drexler le hace falta un reconocimiento justo. “Fíjate, a pesar de la altísima calidad de sus composiciones, de su enorme sensibilidad, de interpretar la guitarra con el alma, el tipo no llenaría el Parque Simón Bolívar. ¿Qué ha faltado? Como dirían por ahí, cinco centavitos pal’ peso”.

Víctor González, ejecutivo y seguidor fervoroso de su música, asegura que por eso mismo lo mejor que le pudo pasar a Drexler fue recibir la bendición de Joaquín Sabina y hacer carrera en España, donde “los oyentes están menos prejuiciados y abiertos a saborear todo lo que les llega”.

Los europeos, por tanto, según Víctor, lo aceptaron como lo que es: “un ciudadano del mundo que hace música globalizada. Su música refleja la estética y la sensibilidad de estos ciudadanos de la aldea global, con toda su soledad. Drexler vive en este mundo que nos obliga a consumir, pero él reivindica lo sencillo, la charla, la poesía, la caricia”.

Y así, sencillo, antes de su arribo a Medellín para cantar en el Congreso Iberoamericano de la Cultura, la voz del Jorge Drexler que alza la bocina en Madrid para esta entrevista se siente igual a la del médico que invita a su paciente a tomar asiento. Jovial. Atento. “Hola, cómo estás, pregunta no más”.

Y GACETA, cómo no, preguntó.

Jorge, usted confesó alguna vez que le gustaba nuestro vallenato y compositores como Alejo Durán. ¿De dónde nace ese gusto?
La culpa es de mi abuelo quien vivió en Colombia mientras trabajó en un plan de educación rural de la Unesco. En las vacaciones solía traerme discos de vallenato. Es más, tengo familia en Manizales, la Montilla Jaramillo, pues mi abuelo, al enviudar, se casó con una colombiana. Cuando él vivía, me veía con mis parientes de seguido, ahora no tanto. Por eso tenía tantas ganas de venir a Colombia, eso le hubiera causado ilusión a mi abuelo, estoy seguro.

¿Se le mediría a interpretar un vallenato? Rosario, por ejemplo, se animó a hacer su propia versión de ‘La gota fría’...
No lo haría, por respeto. Una cosa es que te guste un estilo musical y otra que te sientas con autoridad para interpretarlo. De hecho, a pesar de que llevo 15 años viviendo en España, sólo hasta hace muy poco me atreví a incorporar la guitarra flamenca en mi música. Me da mucha curiosidad saber cómo sonará ‘La gota fría’ en la voz de Rosario. ¡Qué valiente es! Sin duda, es más valiente que yo.

Usted parece una especie de poeta urbano que, sin embargo, no olvida el folclor del Uruguay, ¿cómo logra equilibrar la balanza entre esos universos y cómo los enlaza además con sus raíces judías?
Pues muchas gracias por lo de poeta. Creo que no existe una contradicción entre folclor y poesía; el primero puede tener niveles líricos que a veces ni la poesía erudita alcanza. Nunca he visto una contradicción entre cultura popular y refinamiento. Por otro lado, una de las características de los judíos es que históricamente hemos carecido de aristocracia dentro de nuestro esquema social; el poder religioso nunca ha sido tan fuerte como en otros credos, con una cúpula directiva y esas cosas. Siempre ha existido una especie de solidaridad social y pseudo igualdad de clases que nos ha permitido adaptarnos con facilidad, tal como lo hicimos en la cultura popular de Estados Unidos. De todas esas raíces, de las judías, de las uruguayas, de las portuguesas, de las asturianas que llevo dentro me he nutrido para hacer mi música.

Usted se ha referido en varias oportunidades a la dictadura del Uruguay, ¿qué tanto en realidad lo afectó ese momento de la vida política de su país?
Mucho. La dictadura se inicia en el año 73, cuando yo tenía 9 años y salí de ella con 20; es decir, todo el proceso de formación de mi vida adulta transcurrió en la dictadura y eso me marcó indeleblemente. Mi generación es hija de la dictadura. A nosotros, por ejemplo, nos costó muchísimo el baile, la expresión corporal no es fácil para los uruguayos producto de la aplastante censura cultural. Cuando la dictadura acabó, mi generación buscó esas sensaciones corporales reprimidas a través de la música brasilera y el reggae. Pero muchos se fueron al otro extremo, a la marihuana, al hedonismo, al narcisismo, a la ausencia total del discurso político...

Eso, por supuesto, también permeó la música...
Sí. La mayor parte de los músicos se fueron, casi que me crié en un país sin música, en los años 70 ser músico era un oficio clandestino. Después, con la apertura política todo eso volvió, pero muy impregnado de rabia y de dolor, de un intento de reaccionar ante la falta de libertad. Nosotros queríamos liberarnos de todo, de la canción de protesta y por eso miramos hacia Brasil y hacia Jamaica, para recuperar esa alegría robada. Demoré mucho tiempo en descubrir que nos habíamos volcado hacia el hedonismo, que parecía no existir una forma de huir de esa carga de melancolía que había dejado la dictadura. En mi caso, creo que la melancolía me perseguirá siempre.

Además de melancolía, sus letras denotan un alto nivel literario, ¿cómo lo alimenta?
Es extraño, no tengo ninguna formación literaria. Soy un lector disparejo, a veces me entusiasmo con algo y leo mucho, otros periodos me alejo de los libros porque estoy dedicado a mi música. Me gustan muchos autores, muchos poetas. Mi preferido, Antonio Machado.

Pero ha hecho poesía y cuento...
Sí, en un momento. He intentado retomar la tarea, pero durante años sólo he escrito para mis canciones. De vez en cuando me libero y hago mis versos. Desde que era niño me gusta la versificación pues en mi casa siempre hubo una tradición familiar de leer versos en las fiestas y en mi familia estaba bien visto saber versear y tener ocurrencias en versos. El lenguaje ha sido un asunto importante en mi familia, por eso tal vez muchos de mis parientes han sido maestros; la utilización correcta del lenguaje, hablar bien, era quizás la exigencia mayor que había en la casa. Yo en ese sentido soy muy vieja escuela: no puedo escribir un mensaje de texto sin dejar de colocar comas y tildes, para mí es algo sagrado.

Le iría bien entonces como periodista...
No sé, no he ejercido nunca como periodista, aunque es una profesión que respeto mucho.

De cierta forma sí porque al escuchar con atención sus canciones uno advierte a una suerte de cronista de lo cotidiano...
Si lo ejerciera, haría una especie de ‘microperiodismo’. Me cuesta mucho hablar de los grandes sucesos, cosa que no ocurre con las pequeñas batallas cotidianas. No me preguntes por qué, no lo sé.

Además de ese sello particular de sus letras, Jorge Drexler suele también evadir los moldes tradicionales de la industria musical. En su álbum ‘Cara B’, por ejemplo, se permitió grabar con sonidos de la calle. Ahora, en ‘Amar la trama’ prescindió del estudio y grabó sin retoques digitales. Todo un riesgo, ¿no?
Siempre he hecho lo que he querido en mis discos, desde la época en que trabajaba con un sello discográfico independiente y pequeño en Uruguay, hasta ahora que trabajo con Warner Music. Siempre supe que el responsable de los errores y los aciertos en mis discos iba a ser yo. Nunca me han impuesto nada. Me considero, por eso mismo, un mal vendedor de discos. Cuando la industria discográfica era fuerte yo vendía pocos discos. Cuando empecé a vender un poco más, la industria discográfica se hundió. Así que siempre los he hecho independientemente del nivel de ventas. La difusión de mi música se dio mucho tiempo boca a boca, ahora se da blog a blog.

Pronto se completarán cinco años desde que su canción ‘Al otro lado del río’ se quedara con un premio Oscar. ¿Aún evoca ese momento con sinsabor?
No... Recuerdo esa canción con mucha alegría, el sinsabor y el hecho de que no me invitaran a cantar se me pasó rápidamente. Al fin de cuentas, habían nominado mi canción y después sentí una avalancha de emociones cuando recibí la estatuilla y canté una estrofa de mi canción delante de todo el mundo.

¿Cuál es la historia de esa canción?
Fíjese usted que fue una canción que escribí después de leer el guión de la película. Lo leí como hasta las ocho de la noche, después me fui a dormir. Al día siguiente desperté como si hubiera soñado la canción y dos horas después la tenía escrita. La grabé en mi computador portátil, en la casa de unos amigos donde pasaba unas cortas vacaciones, y así, tal como la grabé, con un micrófono prestado y todas las carencias técnicas posibles, llegó hasta los Oscar.

Y le gustó la versión de Antonio Banderas...
No me gustó a mí ni le gustó a él... Aunque Antonio se portó maravillosamente conmigo, creo que ese fue un mal momento para su carrera. El arreglo de la canción estaba sobrecargado, la escenografía era totalmente ‘kitsch’ y la guitarra de Santana estaba pasando por encima de la voz de Antonio.

Siempre se creyó que los organizadores, tan cuidadosos del rating, temían que usted se opacara poco en medio del brillo de tantas luminarias. Pienso entonces en una frase suya: “No es el amor sino el miedo lo que mueve al mundo”. ¿Aún piensa igual?
Basta ver las noticias para advertir que el miedo tiene logros contundentes. Una persona que actúa con miedo puede romper de un solo golpe lo que durante siglos se ha hecho con amor, de no ser así la Biblioteca de Alejandría seguiría en pie. Creo en la fuerza enorme del amor, pero reconozco que sus logros suelen ser frágiles. La buena noticia es que, finalmente, sin amor no existiría la música.

viernes, 23 de julio de 2010

La última periodista salvaje


Fragmento de un encuentro en el Festival Malpensante con Leila Guerriero, ganadora del Premio Nuevo Periodismo Cemex+FNPI.

Por Lucy Lorena Libreros


Ruta cero’. Así se llamaba el cuento. El título se leía en letras tímidas al comienzo de unas páginas que terminaron en las manos de Jorge Lanata, entonces director del diario Página/12 y una de las voces del periodismo investigativo más veneradas de la Argentina.

El relato había arribado en 1991 a la sala de redacción en un sobre sellado, sin más pistas sobre su autor que una firma de mujer: Leila Guerriero. Ni un teléfono. Ni una dirección. Pero al fin de cuentas un relato tan bien logrado que, dos semanas después, a esa escritora en ciernes la despertaba, en su casa de Junín, el alborozo de su padre pues no podía dar crédito a lo que veía: el nombre de su hija aparecía en la contraportada del suplemento Página/30, en el que lo natural era hallar plumas de oro como Oswaldo Soriano y Martín Caparrós.

Lanata no había encontrado más camino que publicar el cuento sin permiso de su dueña. Era la primera vez, confesaría luego, que se arriesgaba con un autor desconocido. Como era también la primera vez que Leila Guerriero conocía el milagro de la letra impresa.

La insolente joven, que a sus 21 años sentía que conocía todos los misterios del arte de escribir, se vio obligada a abandonar las tundras de la ficción, de esos mundos fantásticos que tejía desde niña —alimentados con dosis desconsideradas de buena literatura— y terminó arropada por el periodismo. El responsable, cómo no, había sido el propio Lanata, que la llevó a trabajar en Página/30, publicación mensual del periódico que dirigía.

Ese es el origen de todo. De las crónicas, perfiles y reportajes exquisitos que lectores de toda Hispanoamérica han devorado con entusiasmo en Vanity Fair y El País de España; en SoHo, Don Juan y El Malpensante, de Colombia; en Etiqueta Negra, de Perú; en Letras Libres y Gatopardo, de México; en Paula y Sábado, sendas revistas de Chile.

Y es el origen, claro, del galardón que recibió este mes, el más importante que se concede en este continente a periodistas magistrales como ella: el Premio Nuevo Periodismo Cemex+FNPI. Un jurado integrado por Ambar de Barros, Sergio Dahbar y Juan Villoro creyó que su conmovedora historia ‘El rastro en los huesos’ —publicada en El País de España y Gatopardo—, inspirada en el trabajo de un grupo de forenses argentinos, sobresalía entre los 963 trabajos que se presentaron en la categoría de prensa escrita.

Es un texto que retrata a su autora muy bien: muestra carácter, ausencia de sentimentalismos, minuciosidad en el detalle y frases delicadas y pensadas con reposo. Leila, como sus crónicas es así: en frente tuyo, en persona, es una figura menuda, de fina silueta y manos de pianista. Dedos largos y delgados. Voz sedante. Pausas prolongadas al dialogar. Acento ‘porteñísimo’. Palabras que se arrastran al final.

En frente de sus páginas, uno parece asomarse a otra mujer. En el planeta de Leila Guerriero hay historias de espanto, la de la mujer que mata a sus amigas con tazas de té. De tragedia, un gigantón que después de pasar por la NBA consume sus días en la pobreza y en una diabetes sin dolientes. De tristeza contagiosa, un grupo de chicos que escoge el último rincón del mundo, La Patagonia, para suicidarse.

Todo eso se lee como si fuera literatura cuando en realidad es periodismo. Bueno, periodismo narrativo. Un oficio que no estudió en ninguna universidad. Porque para su verdadero oficio, escribir, no ha necesitado domesticarse “con teorías de la comunicación y todas esas cosas inútiles que enseñan en la universidad”. Es una suerte, entonces, de periodista salvaje.

Leila, ¿cómo sintió que había una historia para contar en ‘El rastro en los huesos’?
Había leído en prensa un par de notas publicadas sobre el equipo argentino de antropología forense. Eran muchachos que habían llegado a esta labor siendo muy jóvenes y que habían tenido que aprender a sobrellevar la relación con los familiares de las víctimas de la dictadura argentina, cuyos cuerpos era su responsabilidad recuperar. Era sorprendente cómo tenían que aprender a mantener la distancia, a guardarse las lágrimas por más desgarradora que hubiera sido la desaparición de estas personas. No es fácil que tu trabajo gire en torno a las secuelas de una dictadura, una especie de máquina estatal que traga personas y escupe huesos.

Está clara su teoría de que un periodista no necesita pasar por la U para aprender del oficio. Pero menos necesita ser un experto en turismo, ¿cómo termina usted metida en esos terrenos?
No lo sé, a mi en realidad lo que siempre me gustó fue escribir. Y desde esa época comprendí que escribir me organizaba el mundo. Mi papá y mi abuelo eran grandes contadores de cuentos y desde chica construí un mundo fantástico en la cabeza. Cuando crecí no supe cómo resolver ese asunto, sentía que no quería que un profesor viniera a decirme cómo colocar sujetos y predicados porque era mucho lo que había leído. Con más dudas que certezas estudié turismo pues en esa carrera aprendías geografía, historia, arte; y además siempre había alimentado el sueño de viajar. Pero cuando comencé a trabajar en una agencia de viajes sentí que estaba del lado equivocado del mostrador: no era yo la que viajaba, eran los otros.

Pero, ¿por qué esa fascinación por la literatura no la arrastró por otros caminos?
Lo intenté, estudié dos años de letras, pero sentí que me estaba embalsamando en la lectura. Esa carrera en Argentina, no sé si es igual en todas partes, está más enfocada a la crítica literaria que a la creación. Entonces no hay cursos de escritura creativa y mi única certeza era que quería era escribir. Yo era la típica chica que escribía en los periódicos del colegio y a la que todo el mundo felicitaba por ser la mejor alumna en literatura. Pero, como buena adolescente, era soberbia, y desde entonces tuve claro que para aprender escribir no necesitaba pasar por una universidad.

Uno imagina que le han llovido muchas críticas con eso de que para hacer periodismo no hay que pasar por una universidad...
Es probable, pero siento que le debo mi formación al buen periodismo que consumí durante años. Los textos de Rodrigo Fresán, Martín Caparrós, Jorge Lanata. Durante tiempo me la pasé ‘canibalizándolos’, aprendiendo de la forma en que construía sus historias porque sentían que lo hacían con la misma sensualidad con que los grandes escritores hacían sus novelas. De todos modos, siento que ni la mejor universidad puede salvar a un del peor de los pecados: escribir textos aburridos, monótonos, sin ni matices.

Pero entiendo que sus planes nunca estuvo tampoco ejercer el periodismo...
Sí. De hecho, mi primer contacto con un periódico fue a través de un cuento, no de una crónica o un artículo. Fue un cuento que le mandé a Jorge Lanata, de Página/12, pero sin muchas esperanzas en realidad de que me lo publicara. Y sucedió que sí, que le interesó. “Vení que te quiero conocer”, me dijo cuando lo llamé a darle las gracias. En ese momento sentí que había algo del orden de la oportunidad, aunque el periodismo seguía sin figurar dentro de mis planes, ni siquiera cuando pisé la sala de redacción. De Jorge varios consejos valiosos. Me dijo que si quería escribir lo primero que debía hacer era emigrar de Junín, el pueblo en el que había nacido. Y después, cuando me contrató como periodista, me dijo con ironía: “andá y defendete como puedas. Cuando te cierren las puertas no las golpees, tíralas abajo a patadas”.

Se nota que le ha hecho caso...
Bueno, no sé si soy buena periodista. Pero ahora que está tan de moda decirse cronista, prefiero llamarme periodista, me harta esta cosa de que ahora todos somos cronistas y periodistas narrativos. Mi empeño es alejarme de esas notas de vidas chatas, planas y sin aristas que se cuentan en los diarios. Cuando se trata de contar una historia lo que importa es la mirada, que sea distinta y curiosa. Siempre he creído que la fórmula es aplicar curiosidad, derrochar paciencia y cultivar discreción: preguntar como quien no sabe, esperar como quien tiene tiempo y estar allí como quien no está.

Aún así, la crónica se mira con recelo y muchos medios la tratan casi a como a una Cenicienta...
Es una realidad que hay más periodistas con intenciones de hacer periodismo narrativo, que espacios donde publicarse. Ahora bien, no creo que los lectores que consuman crónicas e historias largas sen los mismos que devoran los libros de Pablo Cohelo, se trata en realidad de un arte de minorías porque se hace con tiempo, a mí me puede tomar hasta tres días construir un párrafo. Así, como la poesía o el cine oriental, que no son artes masivos. Pero existen, tienen su público, siempre habrá quien los reclame. Un muchos, lo sabemos, reclaman el periodismo narrativo.

Recuerdos de un poeta cerrajero


¿Qué tantas cosas pueden suceder en doce minutos? A Jorge Iván Parra, crítico literario y profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá, le bastaron para estrechar la mano de José Saramago, lograr que éste estampara su firma en ocho libros y confirmar su devoción por las letras del Nobel portugués.

Por Lucy Lorena Libreros


"Si había algo que impresionaba de José Saramago era su estatura. La primera vez que lo vi en Bogotá, en el año 2001, tenía 79 años y lucía súmamente erguido, vigoroso. No advertí en él impedimentos físicos y, a decir verdad, desde mi silla del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, lo veía mucho más joven de la edad que tenía en realidad.

Ahora que él ya no vive evoco esa imagen. No consigo imaginarlo enfermo de neumonía, como lo estuvo hace dos años en su casa de Lanzarote, en las Islas Canarias, sino como aquella tarde —tres años después de haberse quedado con el Nobel— cuando el centro de Bogotá casi colapsa por culpa suya.

Faltó poco para que su presentación en el Gaitán se convirtiera en problema de orden público: muchos se quedaron fuera del teatro, el asunto no parecía una charla con un escritor, sino una firma de autógrafos con un actor de cine o el concierto con una estrella de rock.

Yo me sentía entonces como el hombre más privilegiado. Llevaba años ansiando ese instante: no sólo había leído con juicio todos sus libros, sino que dediqué dos años de mi vida a releer una y otra vez su obra para descubrir los rastros de poesía que había dejado en ella.

El fruto de aquel acto febril fue ‘El universo poético de José Saramago’, ensayo extenso que incluí en ‘Hablemos de literatura’, libro que un par de años después, en la segunda venida que hizo el escritor a Colombia para un encuentro con libreros y periodistas, le entregué en sus propias manos.

Lo recibió de buen agrado y lo hojeó con interés. Yo, feliz. Después, me atreví a confesarle que al leer su novela ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ sentía que le había hecho falta un último párrafo y que yo, un modesto profesor de literatura, lo había hecho a nombre suyo. Él lo tomó como algo divertido. Cerró mi libro y lo entregó a Pilar, su esposa, que no desamparaba ninguno de sus pasos.

La conversación no se prolongó más de 12 o 15 minutos, pero fueron suficientes para sentir que había esperado muchos años para vivirlo y que ahora podía pasar el resto de mi vida para recordarlos.

Emocionado con mi hazaña, me uní al resto de invitados que lo esperábamos ese día. Doce personas enmudecidas ante su sola presencia. Nadie se atrevía a romper el hielo. Yo me animé, lo presenté ante los demás y comencé ese encuentro de libreros y periodistas dándole las gracias por el más grande regalo que había podido traernos: su literatura.
Aquel par de encuentros, sin embargo, fueron sólo una casualidad física. En realidad, mi verdadero encuentro con Saramago fue a través de sus propios libros.

Alguna vez cayó en mis manos ‘Ensayo sobre la ceguera’. En mis 20 años como docente de literatura no me había acercado a la narrativa portuguesa y por aquella época, en plenos años 90, eran escasos en Colombia los títulos de Saramago. La cosa cambió en 1998 una vez obtuvo el Nobel.

Leer ‘Ensayo sobre la ceguera’ fue como recibir un puñetazo en la cara. Comencé y no fui capaz de soltarlo hasta leer la última línea. Fue de una sentada. Es un libro aturdidor. Mientras lo lees sientes que es necesario cerrar los ojos por un momento, no para digerir lo que se está leyendo, sino lo que te está pasando. No vuelves a ser la misma persona después de leerlo.

Otros creerán que no. Pero en esas páginas Saramago plantea su visión pesimista del mundo, su mirada apocalíptica. El relato es una parábola hermosa y con una carga literaria sin discusión: a través de la historia de una epidemia que convierte en ciegos a los habitantes de todo un pueblo, lo que él nos grita es que, de seguir dando palos de ciego, la humanidad no será más dueña de su destino.

Tras ese primer encuentro literario, fue imposible no seguir avanzando en su narrativa. A medida que descubría cada frase, cada personaje, me sorprendía que eso que leía hubiera salido de la mente de un hombre de edad avanzada. José Saramago escribió su obra más importante después de los 60 años, cuando las facultades mentales no son fáciles. Resulta un reto fascinante mantener la calidad narrativa en ese momento de la vida, pero él lo logró. Por eso, ese viernes 18 de junio, al partir de este mundo, Saramago pasó a integrar esa privilegiada lista de autores que dejaron para las letras universales más de una obra maestra.

Yo me arrodillo delante de ‘Memorial del convento’, ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘El evangelio según Jesucristo’ y ‘Todos los nombres’. Novelas que a mi juicio no deberían estar en una biblioteca sino en un altar. Y perdónenme si esto lo digo con retórica y exagerando la devoción que siento por su obra.

A la par con la revelación de su obra literaria iba descubriendo también al ser humano. Hablar de José Saramago es hablar de un hombre honesto, nunca ocultó lo que pensaba y lo hacía sin tapujos. Contrariando a la Iglesia, que incluso llegó a vetar en Europa libros suyos como ‘El evangelio según Jesucristo’; contrariando a la izquierda que no entendía cómo podía declararse comunista cuando era el primero en decir que el comunismo no existía. Calificando a la izquierda de hoy como estúpida. El suyo era un pensamiento carente de fanatismo, no era una ideología inamovible o estática. Era simple: no era el comunismo lo que había fracasado, lo que había fallado en realidad era la puesta en práctica de sus ideas.

Quizá esa forma tan suya de concebir la honestidad se debe a que con Saramago asistimos a un caso de superación admirable. Fue hijo de campesinos sin tierra, lo bastante humildes como para tener que arropar, como lo hizo su abuela en Francia, a cerdos desvalidos que le daban de comer a toda la familia para que no murieran por los rigores del invierno.

La historia de su familia está plagada de anécdotas sublimes, como la vez en que su abuelo, presintiendo la muerte, decide abrazar a todos los árboles de su solar, a manera de despedida, para agradecerles sus sombras y sus frutos.

Dueño de una estrella de genialidad y de persistencia como pocas, Saramago sólo vino a tener un libro propio, ya de adolescente a los 16 años, pues su familia no contaba con los recursos suficientes para comprárselo. Sus primeras aventuras literarias las hallaba en periódicos que recogía del suelo y visitando de noche, a escondidas, la biblioteca del pueblo donde nació, Azinhaga.

Eso explica también por qué su primer título no fue el de escritor, sino el de cerrajero, oficio que le dio de comer durante años. En su corazón, sin embargo, seguía latiendo el ensayista, el dramaturgo, el novelista que irradiaba poesía en cada línea y que con el tiempo, para fortuna de muchos, supo aprovechar la adversidad para nutrir sus reflexiones e historias literarias.

Si uno, por ejemplo, explora la forma como abordó el tema de la Inquisición en ‘Memorial del convento’, nota que sus personajes parecen más de otro mundo que de este. Con Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas recrea una historia de amor en la turbulencia de un siglo intolerante, de fanatismo religioso y de pobreza.

Pero el amor trasciende con la anuencia de un cura loco que sueña crear una máquina para volar, que no necesite de combustible para lograrlo sino de las almas que Bluminda va guardando en un frasquito. Y todo eso lo logran mientras suenan las notas melancólicas de Domenico Scarlatti, el músico de la corte.

Si eso no es poesía, si eso no es la sublimación del lenguaje, entonces ¿en dónde hay poesía?
Yo pensaba en todo esto cuando lo veía caminar de la mano de su esposa, Pilar del Río, hermosa y joven, cuya historia de amor con Saramago bien hubiera inspirado otra de sus novelas. Ella no lo conocía, jamás había escuchado su nombre, hasta que un día entró en una librería de Sevilla y terminó embrujada con ‘Memorial de un convento’. No tardó mucho en regresar para llevarse todos los libros de aquel autor. Y sucedió que se enamoró de un hombre al que apenas reconocía en la fotografía de la solapa. Ignoraba que años después ese amor de papel se transformaría en uno de carne y hueso.

Y, mejor que eso, que Saramago habría de morir junto a ella, allá en su casa de Lanzarote, después del desayuno que juntos solían tomar antes de que el maestro subiera al segundo piso para concentrarse en su escritura y luego enviarle borradores que ella, con cariño, traducía al español.

A ella le quedaron los perros sin dueño que ambos acogieron en esa casa de ventanas frente al mar, lejos del ruido. A mí, en cambio, las firmas de caligrafía bella que plasmó en cada uno de los ocho libros que le puse en las manos en uno de nuestros encuentros en Bogotá. Hoy las miro, seguro de que después de eso no tuve otro momento igual de dichoso”.

miércoles, 21 de julio de 2010

Tras los pasos de Mengele


El periodista argentino Jorge Camarasa reconstruye el exilio en Suramérica de Joseph Mengele, médico nazi recordado por sus macabros experimentos genéticos en Auschwitz. Letras de horror.

Por Lucy Lorena Libreros


Cuando hacía sus rondas por Auschwitz, el campo de concentración más doloroso de la historia nazi, en el que murieron más de un millón de judíos, el médico Joseph Mengele se presentaba exquisitamente perfumado, con su uniforme impecable y sus botas de cuero lustradas con esmero. Caminaba como sintiéndose dueño del mundo.

Con esa misma estampa se paraba sonriente, durante horas, frente a los trenes que llegaban a diario al lugar para decidir el destino de los miles de prisioneros, casi todos judíos, que viajaban en esos vagones temerarios: los que resultaban útiles quedaban al servicio de sus experimentos genéticos; los más jóvenes se dedicarían a trabajos forzados. Los que no servían, sólo conocían el camino que conducía a las cámaras de gas.

Quienes tuvieron la suerte de sobrevivir a sus hazañas de horror lo evocaron así en los tribunales del holocausto. Pulcro. Refinado. Galán. Incluso después de largos años, cuando la guerra era un recuerdo triste en la lontananza de la memoria, seguían preguntándose cómo un hombre se ataviaba con sus mejores galas sólo para echar mano de los artilugios de la muerte.

Esta historia de sangre comenzó en 1943 cuando, después de enrolarse en la SS del ejército alemán, Mengele fue nombrado médico jefe de Auschwitz.

Desde entonces, comenzaron a llamarlo ‘El ángel de la muerte’. Tal vez así, con su apariencia engañosa de querubín recién bajado de los cielos, seleccionaba gemelos para sus exploraciones de propósito perverso: hallar la fórmula genética que permitiera a las alemanas parir más hijos arios para alimentar los ánimos expansionistas del Tercer Reich. Bien se sabía que aquellos que eran llamados a la enfermería nunca regresaban.

Unos 1500 pares de gemelos fueron usados por él durante los 22 meses que vivió en Auschwitz. Se cree que sólo cerca de 200 estaban vivos cuando el campo fue liberado por los soviéticos en 1945.

El médico del horror no estuvo allí cuando llegó el Ejército Rojo. Nunca fue juzgado por sus crímenes, la buena estrella le alcanzó para presentir que el fin estaba cerca y aseguró la huida antes de que los rusos arribaran a Polonia.

¿Qué sucedió después con Joseph Mengele? ¿Siguió en algún rincón del mundo con sus experimentos macabros? ¿Por qué la justicia se olvidó de sus crímenes?

En su casa de Buenos Aires, el periodista argentino Jorge Camarasa se formuló esas mismas preguntas hace más de un lustro. Años enteros dedicados a desentrañar la migración nazi-fascista ya le había dado pistas contundentes para intuir que la historia de Mengele era un asunto inacabado y más cercano de lo que alcanzara a imaginar: después de la II Guerra Mundial, el médico alemán había encontrado refugio en este continente.

Guiado por su entrenado olfato de sabueso, Camarasa empezó a reconstruir, con ánimos cinematográficos, el exilio de ‘Beppo’ —como llamaban a Mengele sus amigos— en estas tierras. Y después de largo tiempo de apostillar documentos oficiales, entrevistar a toda suerte de testigos y leer voluminosa bibliografía, vio la luz ‘Mengele: el ángel de la muerte en Sudamérica’ (Norma), el libro que condensa sus reveladores hallazgos. Camarasa habló de estas letras de horror.

¿Por qué sintió que con Mengele había una historia para contar?
Quizás porque su trasegar por Europa durante la guerra estaba suficientemente documentado, ligado a Auschwitz y a la experiencia dolorosa que eso representó. Sin embargo, una vez acabada la guerra fue como si su vida entrara en un largo paréntesis, como si hubiera desaparecido, a pesar de que su nombre era mencionado con insistencia en los juicios que se llevaban a cabo en Alemania.

Lo que sorprende de su relato es que a pesar de ese pasado de sangre, Mengele vivió en Suramérica como el más desprevenido de los ciudadanos...
Eso, de hecho, fue lo que más me sorprendió una vez iba atando cabos sobre su exilio. Si bien en un comienzo fue consciente de que sería requerido por la justicia, después se dio el lujo de recuperar su identidad y llevar una vida activa en Argentina, Paraguay y Brasil. Una vida en la que se dejaba fotografiar, en la que tenía contactos, pareja, amigos, socios, y hasta participación en empresas como Laboratorios Framb.

La punta de lanza de su investigación fue su propio país, Argentina, un puerto seguro al que llegó Mengele. ¿Cómo explicar la tolerancia del gobierno argentino con personajes como él?
Creo que es uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia política. Buenos Aires (a donde él llegó en 1949) se convirtió en la puerta de entrada a un país donde prófugos como Mengele podían pasar inadvertidos, mientras un sector poderoso de la colonia alemana los esperaba con los brazos abiertos. La ciudad era refugio seguro para alemanes que necesitaban escapar de los juicios de los Aliados. Incluso, el mismo Perón le confesó a Tomás Eloy Martínez en una entrevista que se había reunido con Mengele en tres oportunidades en su despacho. Argentina, sin escrúpulo alguno, construyó una fraternidad organizada para asistir a criminales.

En Paraguay gozó también de protección similar...
Claro, en esa época gobernaba Alfredo Stroessner y la cultura germana respaldaba a la dictadura. En Colonias Unidas, pueblo donde vivió, el idioma oficial era el alemán y las fechas que se celebraban en la calle y colegios eran las mismas que en Francfort.

¿De tantos detalles escalofriantes que encontró en su investigación, cuál lo impresionó más?
Que Mengele siguiera adelante con su experimentación con gemelos en Suramérica. Una muestra es Cândido Godói, un poblado de Brasil donde vivió 20 años después de terminada la guerra. Si bien no existen evidencias determinantes, varios médicos creen que Mengele hizo algún tipo de manipulación genética allí. Él no cesó en su obsesión de encontrar la manera de que las mujeres parieran gemelos. Hoy, los embarazos dobles son un distintivo de ese pueblo y desde hace más de 40 años nacen masivamente, los padres tienen hijos y nietos gemelos. Estos nacimientos hicieron estallar las estadísticas: cuando la tasa mundial de natalidad de gemelos es de un parto cada veinte (el cinco por ciento), en este pueblo es de un parto cada cinco (el veinte por ciento).

Precisamente, usted lo califica como demiurgo, que en la filosofía de los alejandrinos y platónicos significa dios creador...
Él se consideraba una especie de amo de vidas y muertes. En Auschwitz investigó con prisioneros vivos y, lejos de cualquier límite ético, sus experimentos incluían la inyección de pintura en los ojos de un gemelo para comprobar si cambiaban de color o amputar a un gemelo en presencia de otro para ver si éste manifestaba dolor. Se sabe que los prisioneros con deformidades terminaban, por orden suya, con sus tejidos musculares incinerados y sus esqueletos enviados al Museo de Antropología de Berlín, según él, como prueba concluyente de la inferioridad de las razas no arias. Su obsesión era reproducir la raza perfecta.

Cuesta trabajo entender que no alcanzaron los esfuerzos de la Oficina de Crímenes de Guerra de EE.UU., el Mossad y las autoridades alemanas para hacer justicia en el caso Mengele.
Eso en parte se debe a que su pasado en Europa vino a saberse mucho después de su llegada a América, a pesar de que el comité internacional de sobrevivientes de campos de concentración lo acusara formalmente del delito de genocidio. Él arribó a Argentina en el 49, pero el eco de sus crímenes sólo llegó en los años 60. Muchos en Argentina y Paraguay, entre ellos militares y empresarios, conocían de sus crímenes, pero lo encubrieron como lo hicieron con otros nazis en las mismas circunstancias. Pero, para el grueso de la opinión pública era un alemán más.

¿Qué fue lo más difícil al reconstruir la historia de un personaje tantos años después de haber vivido aquí?
Lo más complicado es que las principales fuentes eran campesinos en su mayoría, personas que no suelen ser muy explícitas. 60 años después de que ‘El ángel de la muerte’ llegara a América Latina el fantasma de su presencia sigue saltando de un lugar a otro. Y como entonces, parece vaga y difusa la información sobre los oficios que desempeñó durante las tres décadas que vivió en estas tierras: tratamientos de dentista, médico rural, veterinario que hacía inseminaciones artificiales. Aún hoy su historia sigue siendo resbaladiza.

A pesar de todo, se ganó su lugar en la historia...
Yo lo expreso en el libro: si el horror tuviera un rostro sería como el de un campo de concentración, si tuviera un domicilio fijo viviría en Auschwitz. Si tuviera un protagonista sería, sin duda, Mengele.


Jorge Camarasa
Perfil:
Nacido en Buenos Aires, en 1953, Jorge Camarasa es licenciado en ciencias de la información de la Universidad Nacional de La Plata y ha trabajado en periódicos de su país como La Razón, El Clarín y La Nación.
Es autor de la crónica ‘El juicio’ (1985) que cuenta la historia del juzgamiento a los jefes de la última dictadura militar de Argentina. En 1998 escribió ‘La enviada’, sobre el mítico viaje de Eva Perón a Europa. Luego, en 2002, llegó ‘Días de furia’ que reconstruye la caída de Fernando de la Rúa. Además, es autor varios libros sobre la migración nazi-fascista a América Latina: ‘Los nazis en la Argentina’, ‘Odessa al sur’ y ‘Puerto seguro’, que lo han convertido en un referente internacional sobre este tema.

jueves, 15 de julio de 2010

Homero de la Provincia



No es fácil reconstruir la historia de un juglar que, además de ciego, está casi sordo. Pero Leandro Díaz, el llamado poeta de la música de acordeón, supo explicar cómo consiguió espantar la angustia de las sombras a punta de versos y de parranda. Perfil.

Texto y foto: Lucy Lorena Libreros


Y allí estaba: solo, meciendo a gusto su figura de patriarca en una silla de mimbre, a la entrada de un caserón de lujo, mientras las calles de Valledupar flotaban en el calor. Vestía todo de blanco. Zapatos impecables, pantalón sin arrugas y una camisa vaporosa decorada, a un costado, con un dibujo pintado a mano de un acordeón, una guacharaca y una caja.

Se llama Leandro Díaz y viéndolo de lejos parece nada más un abuelo dormido. No un hombre ciego de nacimiento al que le duele la luz y que ha vivido 82 años aplazando la angustia de sentirse perseguido por las sombras de la memoria.

Días antes, arrastrada por falsas pistas, había llegado a buscarlo a la que fuera su casa de San Diego, una villa distante a 20 minutos de la capital del Cesar, y en la que Nelis Soto —la mujer que aceptó posar como su amante oficial durante décadas— soborna el corazón para disimular la tristeza que le produce voltear su figura robusta hacia el cuarto y advertir la mitad de su cama vacía.

“Hace rato, muchísimo rato, que él no viene por aquí” —dice ella, en tono de queja, mientras con una escoba desgastada se deshace del ‘yerbajo’ del patio—. “Ya me había acostumbrado a que repartiera su vida entre dos hogares, conmigo en las tardes, en su otra casa en las mañanas. Hasta que un día, hace años, sus hijos se lo llevaron para la ciudad. Estoy segura de que él no me ha abandonado. Si lo encuentra, dígale que lo sigo esperando”.

Intenté entregarle ese mensaje de nostalgia al juglar, una vez me acomodé a su lado, casi como una intrusa, después de explicarle las razones de mi visita sin anuncio.

Creía que me escuchaba atento y preparaba una respuesta sentida, hasta que una voz potente de mujer, desde las entrañas de la casa, me aclaró a su manera que una conversación con el maestro requería más de paciencia que de buenas preguntas: debido a una sordera irreversible, era necesario gritarle cada frase lo más cerca posible de su oído izquierdo para conseguir que escuchara.

Así lo hice. Pero de Nelis no soltó palabra. Tras un silencio de segundos, prefirió hablar de Clementina Ramos, la esposa que le dio cinco hijos y que después de lidiarle parrandas y deslices durante medio siglo, falleció el año pasado aquejada por una deficiencia renal.

¡Ay, la viudez! —dice el viejo en medio de un suspiro—. “Sin mujer queda uno completamente desconectado, solo en el asunto de la caricia, de la charla en las madrugadas y en la prima noche. Hoy siento lo mismo que cuando era un niño ciego en La Provincia y me obligaba a caminar a tientas, siempre con la sospecha terrorífica de que iba a tropezarme”.

El capítulo de esa niñez de incertidumbres se escribió en Alto Pino, una vereda de Lagunita de la Sierra, zona que pasó a llamarse después Hatonuevo, en La Guajira, y en donde Leandro nació un 28 de febrero.

En ‘Los pajales’, finca de café y de caña que tenía su padre, Leandro asumió el tremedal de su infancia arrullado por las rancheras, los boleros y los tangos que escuchaba y cantaba ‘Tida’, una tía gozona a la que Leandro evoca como su primera maestra en la música.

En esa época, recuerda, nadie hablaba de vallenato. El mundo de La Provincia caminaba sin prisa, sin carreteras, sin periódicos. Los pocos acordeones que sonaban por allí entraban de contrabando por Riohacha y más parecían artilugios de extranjeros que instrumentos musicales.

La imaginación de fábula del niño Leandro bebió primero letras de los pasodobles y pasillos que llegaban del interior del país. Su conexión con ese mundo de amores de adultos y de paisajes montañeros que encontraba en aquellas canciones se dio a través de un aparato que él, en el más puro acto de ingenuidad, le describió a su madre en ese entonces como “una caja que sonaba y tenía música adentro”: la radio.

Desde entonces, confiesa el maestro, abriendo por momentos sus párpados sombríos, desarrolló esa rara virtud que lo ha acompañado en su vida de compositor de describir el mundo exterior, con sus paisajes, sus mujeres y sus ríos, como si en vez de ser imágenes negadas fueran una certeza diaria.

Así que un día, ya de muchacho, entendió que no le hacía falta tener ojos para aprender que esa cosa caliente que se le pegaba al rostro, cuando se sentaba bajo un árbol de mamón buscando inspiración, era el sol. Dueño de esa verdad, le regaló al vallenato unos versos de lujo, en su recordada canción ‘El verano’: “Vengo a decirles compañeros míos, llegó el verano, llegó el verano, ahora se ven los árboles llorando, viendo rodar su vestido...”

Y versiando llegó a Tocaimo, un pueblo pequeño del Cesar. No tenía más de 20 años y estando allí comenzó a escuchar las historias de leyenda de Francisco ‘El Hombre’, de Abel Antonio Villa, de Emiliano Zuleta, de Chico Bolaños.

Conoció a varios acordeoneros de ocasión, que espantaban las horas grises de la labranza en el monte con melodías improvisadas, sin mucha técnica. “Pero ninguno sabía hacer un verso, entonces me les fui pegando; junto a ellos iba componiendo, haciendo mis locuritas. Fue así como me metí en la parrandita”.

Ivo, hijo del maestro y dueño de este caserón de lujo del barrio San Carlos donde estamos, unos atrás minutos se había sentado a nuestro lado con discreción para escuchar atento las anécdotas del viejo.

Músico como su padre (fue rey de la piquería en 1986 y rey de la canción inédita en 1993), me sugiere que me detenga en este punto del relato porque fue justamente allí, en Tocaimo, donde Leandro Díaz compuso dos de las canciones memorables de la música vallenata: ‘La diosa coronada’ y ‘Matilde Lina’. La primera nació del desaire, la segunda de unos amores negados.

Ahora, quien grita al oído del juglar es el propio Ivo. “Maestro, pregunta la periodista que cómo fue lo de Matilde Lina”. Leandro posa sus brazos de patriarca en los brazos de la silla, agacha el rostro y arranca diciendo que “fue un asunto de fiesta”.

A esa guajira de figura gracil— le bastó decir “buenos días”, al comienzo de una jarana, hace más de 50 años, para que Leandro, quien ya por entonces gozaba de fama de mujeriego serial, cayera rendido.

“Ella llegó, me saludó y me puso conversa con su voz dulce. Yo le prometí visita después, pero me enrredé en mis parrandas con ‘Toño’ Salas, mi acordeonero. Unos meses más tarde volví a verla en El Plan, un pueblo cercano; me dijeron que estaba sola y, sin muchas excusas, le dediqué mis amores”.

¿Y fue correspondido?...
Hasta ese momento, no lo sabía. Aún así, estando alguna vez en el río Tocaimo, me puse a pensar en ella y de allí nació la canción... Pero cada vez que iba a El Plan, donde ella vivía, me decían que había un carro parqueado en las afueras de su casa, con un señor haciéndole visita. Entonces dije, esto no es pa’ mí. Sabía que en su corazón no iba a triunfar. Y no volví más...

¿Entonces fue una especie de canción inmerecida?
Pues, por la emoción me adelanté a los acontecimientos. Durante mucho tiempo pensé que uno en el amor debe ser persistente, luego entendí que fue un error haber echo la canción antes de lograr a la muchacha. Pero, vea usted, esa canción con su fama me dio lo que Matilde no quiso...

¿Qué cosa, maestro?
Pues muchas otras mujeres...

******

Esa es la versión que le cuento a la propia Matilde Lina, hoy de 74 años, sentada en la sala de su casa del barrio Panamá en Valledupar. “¡Ese Leandro! Ya me cansé de reclamarle para que deje de decir lo que no es. Siempre que le preguntan por la canción, termino como la bruja. Pero ahora, cuando lo regaño, no me oye”. Y se echa a reír.

Esta Matilde Lina dista mucho de la joven de la fotografía en blanco y negro que pende de una de las paredes del lugar como recuerdo de esa época en la que cariñosamente la llamaban “la novia de todos”: una morena de facciones delicadas y largos cabellos, de unos 30 años.

La de hoy conserva la gracia natural de los buenos tiempos. Y con esa simpatía me presta sus recuerdos para terminar de reconstruir la historia del tema que hiciera famoso Carlos Vives en los años 90.

Arranca con una excusa franca: “Yo no sabía que él estaba enamorado de mí”. Después, cuenta que la primera vez que escuchó la canción fue en Villanueva, en una parranda: “Estaba allí por un bautizo y comencé a sentir el acordeón de ‘Toño’ Salas. Al principio no me gustó, como tampoco me gustaba Leandro, entre otras cosas porque yo era una mujer comprometida. Años más tarde, la grabó Alfredo Guitérrez, que fue el que la hizo famosa; en ese momento comenzó a gustarme”.

No está muy segura de que a ella la canción también le haya regalado gloria. La única razón por la que recuerda el episodio con orgullo es que, como lo dijo alguna vez Juan Gossain, esa canción tiene el verso más hermoso de la música de acordeón: “Cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana...”.

Julio Oñate Martínez, folclorista vallenato y compositor, no necesitó que un periodista lo escribiera en una crónica para creer que es así. Según dice, Leandro, desde su primera canción, compone con versos de arte mayor. “Mientras los otros juglares se valían de la cuarteta, el hombre se impuso con versos mayores de 14 sílabas, como versos alejandrinos, lo que significó toda una revolución en las letras del vallenato. Por eso mismo, y por la poesía y profundidad de sus canciones es que se le llama el Homero del vallenato”.

Estudioso durante años de la vida del maestro invidente, Oñate destaca en su obra canciones como ‘No comprendo’, “que contiene el verso más largo de nuestro folclor, tiene 20 sílabas perfectamente rimadas. Lograr eso, hasta antes de Leandro, era impensable”.

Fue esa la misma sensación que tuvo Gabriel García Márquez después de escuchar ‘La diosa coronada’. La hizo pública, en una parranda cómo no, mientras celebraba junto al desaparecido Alfonso López, la creación del departamento del Cesar: “Esa es la canción más progresista de nuestro vallenato”.

Aquellas emotivas palabras derivaron en una amistad entre el escritor y el juglar que aún no acaba, y en las páginas de ‘El amor en los tiempos del cólera’, novela que el Nobel publicó en 1985.

En su epígrafe se leen los versos iniciales de la canción: “En adelanto van estos lugares: ya tienen su diosa coronada...”. Y letra adentro, en esa historia de amores contrariados de Fermina Daza y Florentino Ariza, cuando éste busca alcanzar su cariño con unas notas de violín a las que bautizó con el mismo título de la célebre canción.

El asunto, en todo caso, no fue mera cortesía. Así como Florentino deliró de fiebre por la indiferencia de Fermina, el juglar ciego padeció por Josefa Guerra, “que al creerse la más bella entre las bellas, me rechazó por mis ojos marchitos”.

Recuerda que insistió. Que la acechó cerca al río. Que le dedicó sus parrandas. “Pero siempre me rechazó y hasta paseaba delante mío a sus otros pretendientes. Por eso, lleno de rabia y de celos un día le dediqué ‘La diosa coronada’. Una confesión sincera... ahí le decía:: canta el pobre Leandro Díaz triste por la serranía”.

Ivo, el hijo del cantor, le pregunta a su padre si otro hubiera sido el destino de su arte narrativo de no haber sido por las mujeres. “Eso es cierto, donde no hay mujer yo no vivo. Yo no voy al cuartel. Me han tratado de coqueto, pero cuando una mujer se ponía soberbia, me iba para donde la otra. Así, cuando regresaba ya la encontraba contenta. Con mis versos yo le hice fue un bien a la humanidad: al componerle a una dama divertía a muchas otras”.

El maestro asoma en el rostro una risita tímida. Y uno piensa entonces que tal vez su vejez sin remordimientos le permite entender que a pesar de tanto desaire afectivo, sus canciones no serían las mismas si hubiera logrado ver. “Yo no le puedo negar que he sufrido de tristeza. Hace muchos años me pregunté ¿para qué me tiene Dios aquí en la tierra si no puedo ver? Pues para componer. Y si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo suficiente colocándolos dentro de mí. Desde entonces, todo lo que describo en mis canciones lo veo así: con los ojos del alma”.

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Nelis, sentada después en el portón de su casa en San Diego para esquivar los zarpazos de la nostalgia, calla cuando le pregunto por los amores negados del maestro. “Bástele con saber que él me ha querido mucho, que le di tres hijos y que esta fue su casa y este su pueblo durante más de 40 años, después de que salió de Tocaimo”.

Fue allí, dice, donde Leandro cogió fama de hechicero pues decía que podía adivinar la suerte de las damas con sólo tocarles la mano. Fue allí donde se deslizó a raudales su espíritu creativo y compuso buena parte de las más de 300 canciones que se cree le ha dejado al folclor vallenato. Fue allí también donde se hizo leer de labios de sus hijos varios clásicos de la literatura.

A esa casa, repite Nelis con dolor, fue hasta donde llegaron Alfredo Gutiérrez, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz y tantos otros intérpretes sedientos de sus canciones.
Le traslado esos recuerdos al maestro. Él no los niega, aunque sigue sin dedicarle palabra alguna a su pasado con Nelis.

Advirtiendo su incomodidad, le pregunto entonces cómo ha hecho para que no se le extravíe en la penumbra de la memoria un repertorio tan vasto cuando sus canciones no han conocido el papel para ampararse del olvido. “Nunca he necesitado escribirlas. Como dice el indio, ahí está el cacao”.

No le gusta que le inquieran por canciones favoritas, “a todos mis versos les tengo cariño. Con ellos combatí la amargura, con ellos me enamoré, con ellos me recordarán cuando mis ojos marchitos se cansen y se apaguen para siempre”.

Termina de hablar y advierto que Ivo, que tantas veces ha escuchado las epopeyas de este Homero del Caribe, no puede evitar las lágrimas. Me despido. Ahora, mientras me alejo de la casa, pienso que Leandro Díaz seguirá allí, tal como lo encontré hace un rato: solo, meciendo a gusto su figura de patriarca eterno.