lunes, 25 de enero de 2010

El capitán de tierra firme



Fue necesaria una mañana entera de verano para recorrer la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, en las costas chilenas de Valparaíso. Crónica del lugar que no sólo le sirvió de refugio para escribir ‘Canto general’, una de las piezas emblemáticas de su obra poética, sino de santuario para su devoción por el mar.

Por Lucy Lorena Libreros


El poeta tomó su catalejo entre las manos, apuntó la vista al mar y desde su habitación pareció reconocer en la distancia un trozo de madera que bailaba solitario, desafiando las olas tiranas del Pacífico Sur.
Acostumbrado a tejer versos con hilos generosos de paciencia, Pablo Neruda aguardó por horas hasta que el ‘náufrago’ extraño terminó derrotado en las playas de su casa de piedra en Isla Negra, una de las tres que construyó en Chile y que lo despidió, días antes de su muerte acosado por el cáncer, en 1973.
Junto a Matilde Urrutia, la mujer provinciana con quien compartió el ocaso de 69 años de glorias, diplomacia y exilio — ‘la chascona’, como solía llamarla por sus cabellos indomables— el poeta deslizó su figura robusta hasta el primer piso para recoger aquel regalo enviado de ninguna parte.
Sólo entonces comprobó que el despojo era realmente la puerta de madera de algún buque caído en desgracia. Una escotilla que había resistido la furia de las aguas como un capitán de guerra helénica y que aún conservaba arrestos suficientes para soportar más batallas en tierra firme.
El remate de esta historia quedó perfumado de poesía para siempre, porque mientras Matilde imaginó que el hallazgo terminaría como otro huésped más de la colección voluminosa de objetos marinos de su esposo, Neruda interpretó el episodio, más bien, como una muestra irrefutable de que el mar le correspondía en sus afectos como la más querendona de las amantes.
Por eso, una vez sostuvo el tablón y lo despojó de su ropaje de algas y sales espumosas, se atrevió a recitar con emoción para sí mismo: "El mar trajo hasta mi casa el escritorio que necesitaba para entregarle al mundo mis versos".
Desde entonces, se encuentra en el mismo rincón que dispuso el juglar del ‘Crepusculario’. Ese trozo de madera sigue apostado al pie de la ventana de una habitación estrecha desde la que se aprecia la escena hermosa del mar entregando sus olas y que deja colar, en pleno diciembre, los rayos luminosos del verano chileno como espadas amarillas.
Es el mismo rincón de la casa al que él llamó ‘cobacha’, que en la lengua de los mapuches, esos indomables indígenas chilenos que hoy reclaman la soberanía de sus territorios, quiere decir refugio. Nadie sabe, a decir verdad, si el cielo pintaba igual de despejado cuando Neruda empuñaba su pluma proverbial. Era con ella que dejaba escapar sus rimas de amores, política y montañas ausentes, en esta casa de dos plantas, convertida en museo en 1999, después de que el gobierno la dejara en manos de la Fundación Neruda.
Nadie sabe si llovía o arreciaba el viento seco cuando plasmó ‘Alturas de Machu- Pichu’, uno de sus poemas más bellos; cuando le regaló al papel las líneas de ‘Una casa en la arena’ o cuando decidió que ‘Memorial de Isla Negra’ y ‘Barcarola’ debían contener, a manera de versos, los episodios más emotivos de su vida.
Pero debe ser una presunción certera pensar que el poeta que se sentaba a escribir sobre esa tabla de madera debió sobornar al corazón varias veces para impedir que escapara a raudales la rabia de haber sido, como cónsul en Madrid, un testigo de mármol de la Guerra Civil Española.
Años en los que los fusiles de Franco le arrebataron a García Lorca, a Miguel Hernández, y a esos amigos de la Generación del 27 que permearon de humanismo sus versos y de firmezas sus convicciones comunistas.
Fueron horas amargas que Neruda consiguió aliviar con el bálsamo de unos versos renovados: su ‘Canto general’. El décimo poemario de su obra, que no es otra cosa que una crónica lírica, sostenida en quince mil versos, en los que da fe de la historia contradictoria de sacrificio y esperanzas que ha escrito Hispanoamérica.

Un devoto del mar.
Antes de arribar a Isla Negra, distante una hora de Santiago de Chile por una carretera sin sobresaltos, de llegar a este santuario por el que peregrinan ‘nerudianos’ de todo el planeta, había leído en algún lado que ‘Canto general’ fue la estrella polar que alumbró el firmamento del Nobel durante su estancia en esta casa frente al mar. Una vivienda de dos plantas que, con sus jardines florecidos en fucsia y amarillo y sus playas de rocas colosales, se extiende sobre cinco mil kilómetros cuadrados.
Todas las voces que cruzan a mi lado durante el recorrido en el lugar repiten, con tono ceremonioso, que esos versos impregnados de épica de ‘Canto general’ terminaron publicados en México, por allá en los años 50, con ilustraciones de Diego Rivera, quien ya por entonces brillaba en el firmamento de los grandes muralistas mexicanos.
El dato lo suelta el joven que, extendiendo la boleta de ingreso, da la bienvenida a esa morada de recuerdos. Y hasta Cecilia, la señora que ofrece camisetas estampadas con cuatro palabras que, más que una frase, parecen una declaración de principios, angustias y alegrías concebidas por el poeta antes de su partida: "Confieso que he vivido".
‘Canto general’, reproducida hoy por diversas editoriales chilenas y españolas, se consigue en la tienda de Cecilia por cerca de 17 mil pesos chilenos, unos 34 dólares. "Si usted ama a Neruda de verdad, no puede dejar de leer este libro. Es de lo mejor que escribió y es, junto a su autobiografía, el que más me preguntan los turistas", me dice la mujer, acercándome una edición de pasta lujosa en la que se observa un Neruda de sonrisa fácil, que juega con un pájaro en su cabeza.
Hasta los guías les repiten a los más de cien mil turistas que cada año encallan en el museo, cargados de curiosidad, que a Isla Negra hay que darle las gracias por servir de escenario para esos versos ambiciosos.
Esa fue la impresión que me quedó después del recorrido por la casa. Y, a mi salida, se la cuento a Andrés Vial, un joven artesano de ojos saltones que, metros antes de la entrada al museo, me invita a pasar por el kiosko donde exhibe los pecesitos de madera que tallan sus manos callosas.
Sentado en un butaco estrecho y bajo, este escritor frustrado que ofrece hasta el cansancio un libro de cuentos que nadie lleva consigo, toma prestados para mí los recuerdos y reflexiones de sus abuelos para narrarme la historia de este balneario apostado en la provincia de San Antonio, en Valparaíso.
Me dice que un día este lugar lloró la partida de los pescadores y sus atarrayas —moradores desde el principio de los días—, para acoger a una legión de artistas, entre ellos Neruda, que en la década de los 40 llegó con sus musas buscando alejarse de los afanes de la capital.
Y entonces pasaron por aquí personajes inolvidables como Violeta Parra, folclorista que se encerró varios día a componer ‘El rin del angelito’, que luego hiciera llorar a medio Chile. También René Ríos Boettiger quien, para diversión de la Latinoamérica obrera, trazó aquí las mejores líneas de su Condorito.
El caso del hijo de Parral —ciudad natal del poeta— fue distinto, me advierte Andrés. Arrastrado por los caprichos de su alma de niño, que llegara a Isla Negra no fue más que una excusa que encontró para entregarse al oficio majestuoso de ser un capitán de tierra firme.
Sus versos le dan al artesano la razón:
Amo el amor de los marineros que besan y se van. / Dejan una promesa y no vuelven nunca más. /En cada puerto una mujer espera; /los marineros besan y se van. /Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar…
Neruda amaba el mar como a la poesía misma, me explica el hombre con tono de profesor de escuela, puliendo otro de sus pescaditos regordetes. "Y eso es lo que diferencia a esta casa de las otras dos que tenía en Chile, ‘La Sebastiana’ y ‘La Chascona’. Sólo aquí, en esta costa salvaje, podía sentir la palpitación del universo cuando las olas rompían furiosas sobre las rocas".
Vaya usted a saber si ese era de verdad el objetivo del poeta, cuando en 1939 estrechó las manos de Eladio Sobrino —un viejo socialista y marinero español, dueño de la propiedad—, después de cerrar el negocio de la compra de ese vasto terreno, que le permitió a Neruda caer rendido ante el acoso de la inspiración, resistir a los acechos de la prensa y, por pura vanidad, entregarse a esas fiestas de disfraces, organizadas por él, que sólo admitían a la Chile intelectual y contestataria de su época.
Me atrevo a pensar que este fue el escenario que encontró para anclar en suelo firme sus nostalgias oceánicas. Las nostalgias de un hombre que se enfrentaba a la dualidad de admirar el mar como la creación más sublime de la tierra, pero —al mismo tiempo— como la más desdeñosa de todas.
Neruda apenas si podía remojar sus pies en el eco que dejan las olas en la playa. No se atrevía a sumergir su humanidad de casi 180 centímetros por completo. Lo invadía el pánico y se sentía como un náufrago insobornable.
Prefería, más bien, tomar su catalejo y tratar de percibir la estela de olas que deja a su paso la ballena glauca cuando pasaba, rumbo al sur del Pacífico y hacia islas calurosas, frente a las ventanas de su Isla Negra.
Era el mismo sendero oceánico por el que veía transcurrir la ruta migratoria del cachalote, o ballena dentada, "la más chilena de las perseguidas", como Neruda mismo la describió.
La de Isla Negra era, o es, a decir verdad, una casa inspirada en la arquitectura de los barcos. Con techos curvos, suelos de madera que crujen al caminar, pasillos estrechos, escaleras angostísimas y tarugos en vez de clavos. Y claro, cómo no, con una bandera que ondea al vaivén del viento galopante, como el más digno de los navíos que flotan sobre ese cuerpo de aguas infinitas.
Ajena a la marea de alta mar, la estructura se erige coqueta como un recuerdo del sueño consumado de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, el niño arrullado por la lluvia copiosa y las montañas del Chile central —distante a miles de kilómetros del mar— que tuvo que cambiar su nombre, siendo un muchacho, para no sentir el rechazo lacerante de José del Carmen, su padre y capitán de un tren, que sólo concebía la poesía como un oficio de homosexuales.

Mi pobre padre duro/ allí estaba en el eje de la vida, /la viril amistad, la copa llena. / Su vida fue una rápida milicia/ y entre su madrugar y sus caminos/ entre llegar para salir corriendo,/ un día con más lluvia que otros días,/ el conductor José del Carmen Reyes/ subió al tren de la muerte y hasta ahora no ha vuelto.

Ese tonto de capirote.
Una vez terminada la construcción, los años huyeron dejando a su paso una de las colecciones más apreciadas por los ‘nerudianos’ confesos y los turistas despistados: insectos disecados, libros de botánica de gran tamaño, botellas de cristal, pipas, fotografías de sus poetas más admirados, relojes antiguos, platos exóticos de porcelana, imágenes de erotismo inofensivo y un caballo de tamaño natural tallado en madera.
Coleccionista consumado, Neruda también abrió espacio para las conchas que arrancaba de la arena después de acechar los mares en su febril carrera diplomática. Para sus dientes de cachalote, su flota de barcos emblemáticos encarcelados en botellas, su timón arrancado de algún buque a punto de hundirse en el olvido y, quizá su tesoro más admirado, su corte de mascarones de proa, "figuras del océano perdido" —como él las describía— que en el Siglo XIX servían de adorno en lo alto de los barcos.
Y entonces ‘La medusa’, ‘La Guillermina’, ‘La novia’, ‘La Sirena’, ‘Jenny Lind’ y ‘La Micaela’ aparecen como guardianas mitológicas en ese barco de ladrillo y piedras que es Isla Negra.
Cada una, en su silencio de madera, cuenta una historia: el rescate en un anticuario, el acoso en algún archipiélago remoto o el amor a primera vista de su lírico dueño.
‘María Celeste’, la más pequeña de todas, la preferida de Salvador Allende en esas noches de disfraces y letras, sigue escribiendo la suya.Perteneciente en otros siglos a un navío francés y turista habitual de las aguas del Sena, según Neruda completó tantos años de viajes expuesta al sol y al viento que se volvió morena para siempre.
Así, mulata y frágil, el poeta aseguró verla llorar en el invierno. "La humedad concentrada, dicen los escepticistas. Un milagro digo yo, con respeto", expresó Neruda alguna vez, al recordar las lágrimas de aquel mascarón de fábula.
Diego Oses, un escritor y periodista chileno que dirige la biblioteca de la Fundación Pablo Neruda en Santiago, no se atreve a decirme si a ‘María Celeste’ se le sigue alborotando la melancolía en las noches de invierno.
Sus labios delgados regresan al tema de la colección invaluable que reposa en Isla Negra. Entonces me recita las líneas escritas que "el poeta universal" escribió al respecto en su autobiografía: "En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes sin los cuales no podría vivir. Los he juntado a través de toda mi vida con el científico propósito de entretenerme solo".
Diego y yo estamos apostados junto a un retrato del poeta que se eleva del suelo hasta el techo, en un salón espacioso del museo colindante con la tienda de doña Cecilia y una cafetería para turistas. Le pregunto por qué el mar fue relevante en la obra de ese "tonto de capirote" que se llamó Neruda, hace muchos años, parado frente al espejo de sus vanidades.
La respuesta, me advierte, ya la ha dado muchas veces: "Fue importante porque es un escenario mítico, un espacio cósmico, Neruda necesitaba de la lluvia, de la montaña, del paisaje natural para escribir".

Padre mar, ya sabemos / cómo te llamas/ todas las gaviotas reparten tu nombre en las arenas; / ahora pórtate bien, no sacudas tus crines, / no amenaces a nadie, / no rompas contra el cielo tu bella dentadura.
Diego continúa soltando datos. Me dice entre, otras cosas, que los versos que más representan la cercanía de Neruda con el mar están en ‘Gran océano’, publicado en ‘Canto General’, "un extenso poema en el que rinde una declaración de amor a esas aguas del Pacífico".
Yo le creo. Pero me atrevo a sugerir otras razones de ese amor a prueba de miedos y olas de infortunio. Al fin de cuentas, gracias al mar el poeta más idolatrado de América arribó hasta los confines de la tierra en sus gestas diplomáticas. Surcó las aguas del Mediterráneo, de la China, de México, de Italia, de Java y los buques también lo dejaban cerca de destinos tan remotos como Sri Lanka, Birmania y Singapur.
Gracias al mar, Neruda consiguió sacar adelante una de las empresas humanitarias más bellas del Siglo XX cuando, a bordo del barco Winnipeg, trajo hasta las costas chilenas a cerca de dos mil inmigrantes españoles que habían huido a Francia perseguidos por la Guerra Civil de España. Y fue el mar lo que por última vez vieron sus ojos negros antes de que un cáncer de próstata lo sacara de su casa en Isla Negra, un 19 de septiembre de 1973, para morir cuatro días después, rondando la media noche, en la clínica Santa María de Santiago.
Pienso en todas estas cosas, instantes previos a mi partida en este diciembre veraniego. Pienso en que aquí yacen los restos del poeta, feliz de compartir la eternidad junto a su Matilde, también enterrada en los jardines de la casa.
Antes de cruzar la puerta de salida, repaso el libro de visitas ilustres que han pasado por esta mole de piedra que inspiró tantos versos. Alcanzo a reconocer una caligrafía enmarañada, firmada por Gabo, con una frase que yo también hubiese deseado escribir después de esta visita inolvidable: "Confieso que he venido".