viernes, 23 de julio de 2010

La última periodista salvaje


Fragmento de un encuentro en el Festival Malpensante con Leila Guerriero, ganadora del Premio Nuevo Periodismo Cemex+FNPI.

Por Lucy Lorena Libreros


Ruta cero’. Así se llamaba el cuento. El título se leía en letras tímidas al comienzo de unas páginas que terminaron en las manos de Jorge Lanata, entonces director del diario Página/12 y una de las voces del periodismo investigativo más veneradas de la Argentina.

El relato había arribado en 1991 a la sala de redacción en un sobre sellado, sin más pistas sobre su autor que una firma de mujer: Leila Guerriero. Ni un teléfono. Ni una dirección. Pero al fin de cuentas un relato tan bien logrado que, dos semanas después, a esa escritora en ciernes la despertaba, en su casa de Junín, el alborozo de su padre pues no podía dar crédito a lo que veía: el nombre de su hija aparecía en la contraportada del suplemento Página/30, en el que lo natural era hallar plumas de oro como Oswaldo Soriano y Martín Caparrós.

Lanata no había encontrado más camino que publicar el cuento sin permiso de su dueña. Era la primera vez, confesaría luego, que se arriesgaba con un autor desconocido. Como era también la primera vez que Leila Guerriero conocía el milagro de la letra impresa.

La insolente joven, que a sus 21 años sentía que conocía todos los misterios del arte de escribir, se vio obligada a abandonar las tundras de la ficción, de esos mundos fantásticos que tejía desde niña —alimentados con dosis desconsideradas de buena literatura— y terminó arropada por el periodismo. El responsable, cómo no, había sido el propio Lanata, que la llevó a trabajar en Página/30, publicación mensual del periódico que dirigía.

Ese es el origen de todo. De las crónicas, perfiles y reportajes exquisitos que lectores de toda Hispanoamérica han devorado con entusiasmo en Vanity Fair y El País de España; en SoHo, Don Juan y El Malpensante, de Colombia; en Etiqueta Negra, de Perú; en Letras Libres y Gatopardo, de México; en Paula y Sábado, sendas revistas de Chile.

Y es el origen, claro, del galardón que recibió este mes, el más importante que se concede en este continente a periodistas magistrales como ella: el Premio Nuevo Periodismo Cemex+FNPI. Un jurado integrado por Ambar de Barros, Sergio Dahbar y Juan Villoro creyó que su conmovedora historia ‘El rastro en los huesos’ —publicada en El País de España y Gatopardo—, inspirada en el trabajo de un grupo de forenses argentinos, sobresalía entre los 963 trabajos que se presentaron en la categoría de prensa escrita.

Es un texto que retrata a su autora muy bien: muestra carácter, ausencia de sentimentalismos, minuciosidad en el detalle y frases delicadas y pensadas con reposo. Leila, como sus crónicas es así: en frente tuyo, en persona, es una figura menuda, de fina silueta y manos de pianista. Dedos largos y delgados. Voz sedante. Pausas prolongadas al dialogar. Acento ‘porteñísimo’. Palabras que se arrastran al final.

En frente de sus páginas, uno parece asomarse a otra mujer. En el planeta de Leila Guerriero hay historias de espanto, la de la mujer que mata a sus amigas con tazas de té. De tragedia, un gigantón que después de pasar por la NBA consume sus días en la pobreza y en una diabetes sin dolientes. De tristeza contagiosa, un grupo de chicos que escoge el último rincón del mundo, La Patagonia, para suicidarse.

Todo eso se lee como si fuera literatura cuando en realidad es periodismo. Bueno, periodismo narrativo. Un oficio que no estudió en ninguna universidad. Porque para su verdadero oficio, escribir, no ha necesitado domesticarse “con teorías de la comunicación y todas esas cosas inútiles que enseñan en la universidad”. Es una suerte, entonces, de periodista salvaje.

Leila, ¿cómo sintió que había una historia para contar en ‘El rastro en los huesos’?
Había leído en prensa un par de notas publicadas sobre el equipo argentino de antropología forense. Eran muchachos que habían llegado a esta labor siendo muy jóvenes y que habían tenido que aprender a sobrellevar la relación con los familiares de las víctimas de la dictadura argentina, cuyos cuerpos era su responsabilidad recuperar. Era sorprendente cómo tenían que aprender a mantener la distancia, a guardarse las lágrimas por más desgarradora que hubiera sido la desaparición de estas personas. No es fácil que tu trabajo gire en torno a las secuelas de una dictadura, una especie de máquina estatal que traga personas y escupe huesos.

Está clara su teoría de que un periodista no necesita pasar por la U para aprender del oficio. Pero menos necesita ser un experto en turismo, ¿cómo termina usted metida en esos terrenos?
No lo sé, a mi en realidad lo que siempre me gustó fue escribir. Y desde esa época comprendí que escribir me organizaba el mundo. Mi papá y mi abuelo eran grandes contadores de cuentos y desde chica construí un mundo fantástico en la cabeza. Cuando crecí no supe cómo resolver ese asunto, sentía que no quería que un profesor viniera a decirme cómo colocar sujetos y predicados porque era mucho lo que había leído. Con más dudas que certezas estudié turismo pues en esa carrera aprendías geografía, historia, arte; y además siempre había alimentado el sueño de viajar. Pero cuando comencé a trabajar en una agencia de viajes sentí que estaba del lado equivocado del mostrador: no era yo la que viajaba, eran los otros.

Pero, ¿por qué esa fascinación por la literatura no la arrastró por otros caminos?
Lo intenté, estudié dos años de letras, pero sentí que me estaba embalsamando en la lectura. Esa carrera en Argentina, no sé si es igual en todas partes, está más enfocada a la crítica literaria que a la creación. Entonces no hay cursos de escritura creativa y mi única certeza era que quería era escribir. Yo era la típica chica que escribía en los periódicos del colegio y a la que todo el mundo felicitaba por ser la mejor alumna en literatura. Pero, como buena adolescente, era soberbia, y desde entonces tuve claro que para aprender escribir no necesitaba pasar por una universidad.

Uno imagina que le han llovido muchas críticas con eso de que para hacer periodismo no hay que pasar por una universidad...
Es probable, pero siento que le debo mi formación al buen periodismo que consumí durante años. Los textos de Rodrigo Fresán, Martín Caparrós, Jorge Lanata. Durante tiempo me la pasé ‘canibalizándolos’, aprendiendo de la forma en que construía sus historias porque sentían que lo hacían con la misma sensualidad con que los grandes escritores hacían sus novelas. De todos modos, siento que ni la mejor universidad puede salvar a un del peor de los pecados: escribir textos aburridos, monótonos, sin ni matices.

Pero entiendo que sus planes nunca estuvo tampoco ejercer el periodismo...
Sí. De hecho, mi primer contacto con un periódico fue a través de un cuento, no de una crónica o un artículo. Fue un cuento que le mandé a Jorge Lanata, de Página/12, pero sin muchas esperanzas en realidad de que me lo publicara. Y sucedió que sí, que le interesó. “Vení que te quiero conocer”, me dijo cuando lo llamé a darle las gracias. En ese momento sentí que había algo del orden de la oportunidad, aunque el periodismo seguía sin figurar dentro de mis planes, ni siquiera cuando pisé la sala de redacción. De Jorge varios consejos valiosos. Me dijo que si quería escribir lo primero que debía hacer era emigrar de Junín, el pueblo en el que había nacido. Y después, cuando me contrató como periodista, me dijo con ironía: “andá y defendete como puedas. Cuando te cierren las puertas no las golpees, tíralas abajo a patadas”.

Se nota que le ha hecho caso...
Bueno, no sé si soy buena periodista. Pero ahora que está tan de moda decirse cronista, prefiero llamarme periodista, me harta esta cosa de que ahora todos somos cronistas y periodistas narrativos. Mi empeño es alejarme de esas notas de vidas chatas, planas y sin aristas que se cuentan en los diarios. Cuando se trata de contar una historia lo que importa es la mirada, que sea distinta y curiosa. Siempre he creído que la fórmula es aplicar curiosidad, derrochar paciencia y cultivar discreción: preguntar como quien no sabe, esperar como quien tiene tiempo y estar allí como quien no está.

Aún así, la crónica se mira con recelo y muchos medios la tratan casi a como a una Cenicienta...
Es una realidad que hay más periodistas con intenciones de hacer periodismo narrativo, que espacios donde publicarse. Ahora bien, no creo que los lectores que consuman crónicas e historias largas sen los mismos que devoran los libros de Pablo Cohelo, se trata en realidad de un arte de minorías porque se hace con tiempo, a mí me puede tomar hasta tres días construir un párrafo. Así, como la poesía o el cine oriental, que no son artes masivos. Pero existen, tienen su público, siempre habrá quien los reclame. Un muchos, lo sabemos, reclaman el periodismo narrativo.

Recuerdos de un poeta cerrajero


¿Qué tantas cosas pueden suceder en doce minutos? A Jorge Iván Parra, crítico literario y profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá, le bastaron para estrechar la mano de José Saramago, lograr que éste estampara su firma en ocho libros y confirmar su devoción por las letras del Nobel portugués.

Por Lucy Lorena Libreros


"Si había algo que impresionaba de José Saramago era su estatura. La primera vez que lo vi en Bogotá, en el año 2001, tenía 79 años y lucía súmamente erguido, vigoroso. No advertí en él impedimentos físicos y, a decir verdad, desde mi silla del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, lo veía mucho más joven de la edad que tenía en realidad.

Ahora que él ya no vive evoco esa imagen. No consigo imaginarlo enfermo de neumonía, como lo estuvo hace dos años en su casa de Lanzarote, en las Islas Canarias, sino como aquella tarde —tres años después de haberse quedado con el Nobel— cuando el centro de Bogotá casi colapsa por culpa suya.

Faltó poco para que su presentación en el Gaitán se convirtiera en problema de orden público: muchos se quedaron fuera del teatro, el asunto no parecía una charla con un escritor, sino una firma de autógrafos con un actor de cine o el concierto con una estrella de rock.

Yo me sentía entonces como el hombre más privilegiado. Llevaba años ansiando ese instante: no sólo había leído con juicio todos sus libros, sino que dediqué dos años de mi vida a releer una y otra vez su obra para descubrir los rastros de poesía que había dejado en ella.

El fruto de aquel acto febril fue ‘El universo poético de José Saramago’, ensayo extenso que incluí en ‘Hablemos de literatura’, libro que un par de años después, en la segunda venida que hizo el escritor a Colombia para un encuentro con libreros y periodistas, le entregué en sus propias manos.

Lo recibió de buen agrado y lo hojeó con interés. Yo, feliz. Después, me atreví a confesarle que al leer su novela ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ sentía que le había hecho falta un último párrafo y que yo, un modesto profesor de literatura, lo había hecho a nombre suyo. Él lo tomó como algo divertido. Cerró mi libro y lo entregó a Pilar, su esposa, que no desamparaba ninguno de sus pasos.

La conversación no se prolongó más de 12 o 15 minutos, pero fueron suficientes para sentir que había esperado muchos años para vivirlo y que ahora podía pasar el resto de mi vida para recordarlos.

Emocionado con mi hazaña, me uní al resto de invitados que lo esperábamos ese día. Doce personas enmudecidas ante su sola presencia. Nadie se atrevía a romper el hielo. Yo me animé, lo presenté ante los demás y comencé ese encuentro de libreros y periodistas dándole las gracias por el más grande regalo que había podido traernos: su literatura.
Aquel par de encuentros, sin embargo, fueron sólo una casualidad física. En realidad, mi verdadero encuentro con Saramago fue a través de sus propios libros.

Alguna vez cayó en mis manos ‘Ensayo sobre la ceguera’. En mis 20 años como docente de literatura no me había acercado a la narrativa portuguesa y por aquella época, en plenos años 90, eran escasos en Colombia los títulos de Saramago. La cosa cambió en 1998 una vez obtuvo el Nobel.

Leer ‘Ensayo sobre la ceguera’ fue como recibir un puñetazo en la cara. Comencé y no fui capaz de soltarlo hasta leer la última línea. Fue de una sentada. Es un libro aturdidor. Mientras lo lees sientes que es necesario cerrar los ojos por un momento, no para digerir lo que se está leyendo, sino lo que te está pasando. No vuelves a ser la misma persona después de leerlo.

Otros creerán que no. Pero en esas páginas Saramago plantea su visión pesimista del mundo, su mirada apocalíptica. El relato es una parábola hermosa y con una carga literaria sin discusión: a través de la historia de una epidemia que convierte en ciegos a los habitantes de todo un pueblo, lo que él nos grita es que, de seguir dando palos de ciego, la humanidad no será más dueña de su destino.

Tras ese primer encuentro literario, fue imposible no seguir avanzando en su narrativa. A medida que descubría cada frase, cada personaje, me sorprendía que eso que leía hubiera salido de la mente de un hombre de edad avanzada. José Saramago escribió su obra más importante después de los 60 años, cuando las facultades mentales no son fáciles. Resulta un reto fascinante mantener la calidad narrativa en ese momento de la vida, pero él lo logró. Por eso, ese viernes 18 de junio, al partir de este mundo, Saramago pasó a integrar esa privilegiada lista de autores que dejaron para las letras universales más de una obra maestra.

Yo me arrodillo delante de ‘Memorial del convento’, ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘El evangelio según Jesucristo’ y ‘Todos los nombres’. Novelas que a mi juicio no deberían estar en una biblioteca sino en un altar. Y perdónenme si esto lo digo con retórica y exagerando la devoción que siento por su obra.

A la par con la revelación de su obra literaria iba descubriendo también al ser humano. Hablar de José Saramago es hablar de un hombre honesto, nunca ocultó lo que pensaba y lo hacía sin tapujos. Contrariando a la Iglesia, que incluso llegó a vetar en Europa libros suyos como ‘El evangelio según Jesucristo’; contrariando a la izquierda que no entendía cómo podía declararse comunista cuando era el primero en decir que el comunismo no existía. Calificando a la izquierda de hoy como estúpida. El suyo era un pensamiento carente de fanatismo, no era una ideología inamovible o estática. Era simple: no era el comunismo lo que había fracasado, lo que había fallado en realidad era la puesta en práctica de sus ideas.

Quizá esa forma tan suya de concebir la honestidad se debe a que con Saramago asistimos a un caso de superación admirable. Fue hijo de campesinos sin tierra, lo bastante humildes como para tener que arropar, como lo hizo su abuela en Francia, a cerdos desvalidos que le daban de comer a toda la familia para que no murieran por los rigores del invierno.

La historia de su familia está plagada de anécdotas sublimes, como la vez en que su abuelo, presintiendo la muerte, decide abrazar a todos los árboles de su solar, a manera de despedida, para agradecerles sus sombras y sus frutos.

Dueño de una estrella de genialidad y de persistencia como pocas, Saramago sólo vino a tener un libro propio, ya de adolescente a los 16 años, pues su familia no contaba con los recursos suficientes para comprárselo. Sus primeras aventuras literarias las hallaba en periódicos que recogía del suelo y visitando de noche, a escondidas, la biblioteca del pueblo donde nació, Azinhaga.

Eso explica también por qué su primer título no fue el de escritor, sino el de cerrajero, oficio que le dio de comer durante años. En su corazón, sin embargo, seguía latiendo el ensayista, el dramaturgo, el novelista que irradiaba poesía en cada línea y que con el tiempo, para fortuna de muchos, supo aprovechar la adversidad para nutrir sus reflexiones e historias literarias.

Si uno, por ejemplo, explora la forma como abordó el tema de la Inquisición en ‘Memorial del convento’, nota que sus personajes parecen más de otro mundo que de este. Con Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas recrea una historia de amor en la turbulencia de un siglo intolerante, de fanatismo religioso y de pobreza.

Pero el amor trasciende con la anuencia de un cura loco que sueña crear una máquina para volar, que no necesite de combustible para lograrlo sino de las almas que Bluminda va guardando en un frasquito. Y todo eso lo logran mientras suenan las notas melancólicas de Domenico Scarlatti, el músico de la corte.

Si eso no es poesía, si eso no es la sublimación del lenguaje, entonces ¿en dónde hay poesía?
Yo pensaba en todo esto cuando lo veía caminar de la mano de su esposa, Pilar del Río, hermosa y joven, cuya historia de amor con Saramago bien hubiera inspirado otra de sus novelas. Ella no lo conocía, jamás había escuchado su nombre, hasta que un día entró en una librería de Sevilla y terminó embrujada con ‘Memorial de un convento’. No tardó mucho en regresar para llevarse todos los libros de aquel autor. Y sucedió que se enamoró de un hombre al que apenas reconocía en la fotografía de la solapa. Ignoraba que años después ese amor de papel se transformaría en uno de carne y hueso.

Y, mejor que eso, que Saramago habría de morir junto a ella, allá en su casa de Lanzarote, después del desayuno que juntos solían tomar antes de que el maestro subiera al segundo piso para concentrarse en su escritura y luego enviarle borradores que ella, con cariño, traducía al español.

A ella le quedaron los perros sin dueño que ambos acogieron en esa casa de ventanas frente al mar, lejos del ruido. A mí, en cambio, las firmas de caligrafía bella que plasmó en cada uno de los ocho libros que le puse en las manos en uno de nuestros encuentros en Bogotá. Hoy las miro, seguro de que después de eso no tuve otro momento igual de dichoso”.

miércoles, 21 de julio de 2010

Tras los pasos de Mengele


El periodista argentino Jorge Camarasa reconstruye el exilio en Suramérica de Joseph Mengele, médico nazi recordado por sus macabros experimentos genéticos en Auschwitz. Letras de horror.

Por Lucy Lorena Libreros


Cuando hacía sus rondas por Auschwitz, el campo de concentración más doloroso de la historia nazi, en el que murieron más de un millón de judíos, el médico Joseph Mengele se presentaba exquisitamente perfumado, con su uniforme impecable y sus botas de cuero lustradas con esmero. Caminaba como sintiéndose dueño del mundo.

Con esa misma estampa se paraba sonriente, durante horas, frente a los trenes que llegaban a diario al lugar para decidir el destino de los miles de prisioneros, casi todos judíos, que viajaban en esos vagones temerarios: los que resultaban útiles quedaban al servicio de sus experimentos genéticos; los más jóvenes se dedicarían a trabajos forzados. Los que no servían, sólo conocían el camino que conducía a las cámaras de gas.

Quienes tuvieron la suerte de sobrevivir a sus hazañas de horror lo evocaron así en los tribunales del holocausto. Pulcro. Refinado. Galán. Incluso después de largos años, cuando la guerra era un recuerdo triste en la lontananza de la memoria, seguían preguntándose cómo un hombre se ataviaba con sus mejores galas sólo para echar mano de los artilugios de la muerte.

Esta historia de sangre comenzó en 1943 cuando, después de enrolarse en la SS del ejército alemán, Mengele fue nombrado médico jefe de Auschwitz.

Desde entonces, comenzaron a llamarlo ‘El ángel de la muerte’. Tal vez así, con su apariencia engañosa de querubín recién bajado de los cielos, seleccionaba gemelos para sus exploraciones de propósito perverso: hallar la fórmula genética que permitiera a las alemanas parir más hijos arios para alimentar los ánimos expansionistas del Tercer Reich. Bien se sabía que aquellos que eran llamados a la enfermería nunca regresaban.

Unos 1500 pares de gemelos fueron usados por él durante los 22 meses que vivió en Auschwitz. Se cree que sólo cerca de 200 estaban vivos cuando el campo fue liberado por los soviéticos en 1945.

El médico del horror no estuvo allí cuando llegó el Ejército Rojo. Nunca fue juzgado por sus crímenes, la buena estrella le alcanzó para presentir que el fin estaba cerca y aseguró la huida antes de que los rusos arribaran a Polonia.

¿Qué sucedió después con Joseph Mengele? ¿Siguió en algún rincón del mundo con sus experimentos macabros? ¿Por qué la justicia se olvidó de sus crímenes?

En su casa de Buenos Aires, el periodista argentino Jorge Camarasa se formuló esas mismas preguntas hace más de un lustro. Años enteros dedicados a desentrañar la migración nazi-fascista ya le había dado pistas contundentes para intuir que la historia de Mengele era un asunto inacabado y más cercano de lo que alcanzara a imaginar: después de la II Guerra Mundial, el médico alemán había encontrado refugio en este continente.

Guiado por su entrenado olfato de sabueso, Camarasa empezó a reconstruir, con ánimos cinematográficos, el exilio de ‘Beppo’ —como llamaban a Mengele sus amigos— en estas tierras. Y después de largo tiempo de apostillar documentos oficiales, entrevistar a toda suerte de testigos y leer voluminosa bibliografía, vio la luz ‘Mengele: el ángel de la muerte en Sudamérica’ (Norma), el libro que condensa sus reveladores hallazgos. Camarasa habló de estas letras de horror.

¿Por qué sintió que con Mengele había una historia para contar?
Quizás porque su trasegar por Europa durante la guerra estaba suficientemente documentado, ligado a Auschwitz y a la experiencia dolorosa que eso representó. Sin embargo, una vez acabada la guerra fue como si su vida entrara en un largo paréntesis, como si hubiera desaparecido, a pesar de que su nombre era mencionado con insistencia en los juicios que se llevaban a cabo en Alemania.

Lo que sorprende de su relato es que a pesar de ese pasado de sangre, Mengele vivió en Suramérica como el más desprevenido de los ciudadanos...
Eso, de hecho, fue lo que más me sorprendió una vez iba atando cabos sobre su exilio. Si bien en un comienzo fue consciente de que sería requerido por la justicia, después se dio el lujo de recuperar su identidad y llevar una vida activa en Argentina, Paraguay y Brasil. Una vida en la que se dejaba fotografiar, en la que tenía contactos, pareja, amigos, socios, y hasta participación en empresas como Laboratorios Framb.

La punta de lanza de su investigación fue su propio país, Argentina, un puerto seguro al que llegó Mengele. ¿Cómo explicar la tolerancia del gobierno argentino con personajes como él?
Creo que es uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia política. Buenos Aires (a donde él llegó en 1949) se convirtió en la puerta de entrada a un país donde prófugos como Mengele podían pasar inadvertidos, mientras un sector poderoso de la colonia alemana los esperaba con los brazos abiertos. La ciudad era refugio seguro para alemanes que necesitaban escapar de los juicios de los Aliados. Incluso, el mismo Perón le confesó a Tomás Eloy Martínez en una entrevista que se había reunido con Mengele en tres oportunidades en su despacho. Argentina, sin escrúpulo alguno, construyó una fraternidad organizada para asistir a criminales.

En Paraguay gozó también de protección similar...
Claro, en esa época gobernaba Alfredo Stroessner y la cultura germana respaldaba a la dictadura. En Colonias Unidas, pueblo donde vivió, el idioma oficial era el alemán y las fechas que se celebraban en la calle y colegios eran las mismas que en Francfort.

¿De tantos detalles escalofriantes que encontró en su investigación, cuál lo impresionó más?
Que Mengele siguiera adelante con su experimentación con gemelos en Suramérica. Una muestra es Cândido Godói, un poblado de Brasil donde vivió 20 años después de terminada la guerra. Si bien no existen evidencias determinantes, varios médicos creen que Mengele hizo algún tipo de manipulación genética allí. Él no cesó en su obsesión de encontrar la manera de que las mujeres parieran gemelos. Hoy, los embarazos dobles son un distintivo de ese pueblo y desde hace más de 40 años nacen masivamente, los padres tienen hijos y nietos gemelos. Estos nacimientos hicieron estallar las estadísticas: cuando la tasa mundial de natalidad de gemelos es de un parto cada veinte (el cinco por ciento), en este pueblo es de un parto cada cinco (el veinte por ciento).

Precisamente, usted lo califica como demiurgo, que en la filosofía de los alejandrinos y platónicos significa dios creador...
Él se consideraba una especie de amo de vidas y muertes. En Auschwitz investigó con prisioneros vivos y, lejos de cualquier límite ético, sus experimentos incluían la inyección de pintura en los ojos de un gemelo para comprobar si cambiaban de color o amputar a un gemelo en presencia de otro para ver si éste manifestaba dolor. Se sabe que los prisioneros con deformidades terminaban, por orden suya, con sus tejidos musculares incinerados y sus esqueletos enviados al Museo de Antropología de Berlín, según él, como prueba concluyente de la inferioridad de las razas no arias. Su obsesión era reproducir la raza perfecta.

Cuesta trabajo entender que no alcanzaron los esfuerzos de la Oficina de Crímenes de Guerra de EE.UU., el Mossad y las autoridades alemanas para hacer justicia en el caso Mengele.
Eso en parte se debe a que su pasado en Europa vino a saberse mucho después de su llegada a América, a pesar de que el comité internacional de sobrevivientes de campos de concentración lo acusara formalmente del delito de genocidio. Él arribó a Argentina en el 49, pero el eco de sus crímenes sólo llegó en los años 60. Muchos en Argentina y Paraguay, entre ellos militares y empresarios, conocían de sus crímenes, pero lo encubrieron como lo hicieron con otros nazis en las mismas circunstancias. Pero, para el grueso de la opinión pública era un alemán más.

¿Qué fue lo más difícil al reconstruir la historia de un personaje tantos años después de haber vivido aquí?
Lo más complicado es que las principales fuentes eran campesinos en su mayoría, personas que no suelen ser muy explícitas. 60 años después de que ‘El ángel de la muerte’ llegara a América Latina el fantasma de su presencia sigue saltando de un lugar a otro. Y como entonces, parece vaga y difusa la información sobre los oficios que desempeñó durante las tres décadas que vivió en estas tierras: tratamientos de dentista, médico rural, veterinario que hacía inseminaciones artificiales. Aún hoy su historia sigue siendo resbaladiza.

A pesar de todo, se ganó su lugar en la historia...
Yo lo expreso en el libro: si el horror tuviera un rostro sería como el de un campo de concentración, si tuviera un domicilio fijo viviría en Auschwitz. Si tuviera un protagonista sería, sin duda, Mengele.


Jorge Camarasa
Perfil:
Nacido en Buenos Aires, en 1953, Jorge Camarasa es licenciado en ciencias de la información de la Universidad Nacional de La Plata y ha trabajado en periódicos de su país como La Razón, El Clarín y La Nación.
Es autor de la crónica ‘El juicio’ (1985) que cuenta la historia del juzgamiento a los jefes de la última dictadura militar de Argentina. En 1998 escribió ‘La enviada’, sobre el mítico viaje de Eva Perón a Europa. Luego, en 2002, llegó ‘Días de furia’ que reconstruye la caída de Fernando de la Rúa. Además, es autor varios libros sobre la migración nazi-fascista a América Latina: ‘Los nazis en la Argentina’, ‘Odessa al sur’ y ‘Puerto seguro’, que lo han convertido en un referente internacional sobre este tema.