miércoles, 9 de diciembre de 2009

Palabras mayores

Un grupo de abuelos, jubilados de profesiones disímiles y distantes de la literatura, se reune cada semana en Cali para plasmar cuentos y poemas a través de un taller de escritura creativa. Relato de una tarde con escritores de vocación tardía.


Parece que la tía Gerardina Perea tiene la culpa de todo. Sólo a ella pudo habérsele ocurrido convertir una casa del barrio José María Cabal de Buga, hace más de medio siglo, en un ardiente escenario de teatro en el que cobraban vida, gracias al inusitado interés de los hijos y los sobrinos, las venganzas de Hamlet, las contradicciones del rey Macbeth y los amores contrariados de la doncella Capuleto y el joven Montesco.

El recuerdo le pertenece a Jesús Herney Cifuentes. Es él quien, a sus 65 años, culpa a esa maestra de literatura querendona que un día, siendo un niño, le dio a probar a Shakespeare para terminar, a la postre, engolosinado con las letras de medio mundo. Y eso que para leer al padre de la literatura inglesa en esos años había que cruzar el parque, bordear la Basílica y caminar largas cuadras hasta llegar a la casa de un hombre solitario que alquilaba libros días o semanas.
Comandados por Jesús, los muchachos de la familia hacían el esfuerzo. Después devoraban páginas, memorizaban diálogos, cosían vestidos a la usanza medieval y cada diciembre, cómo no, se paraban frente a tíos, padres, abuelos y vecinos de la cuadra para dejar sobre las tablas las historias del Manco de Lepanto.

Hay que desempolvar la memoria con paciencia para que este relato brote ahora mismo sobre una silla de mimbre en la voz de un hombre que esta tarde de jueves posa su caligrafía grande y redonda en un cuaderno escolar.

Jesús es uno de los abuelos que asiste juicioso a ‘Palabras mayores’, taller de la Red Nacional de Escritura Creativa, Renata, surgido en 2008 en asocio con Coomeva y la Fundación Casa de la Lectura, para vincular a adultos mayores de 50 años en actividades de lectura y escritura que les permitan prolongar su calidad de vida cognitiva.

A la par con Cali, el taller tiene pupilos en Bogotá y Medellín. Hombres y mujeres, jubilados en su mayoría, que bien pudieron haberse ganado la vida como ingenieros, matemáticos, licenciados de historia, médicos o publicistas. El oficio es lo de menos. A excepción de unos cuantos casos de alumnos con novelas y poemas terminados, todos aprenden escritura básica, cómo puntuar y acentuar; sobre géneros literarios, en especial el cuento; cómo plasmar sus opiniones en blogs —el contacto con las nuevas tecnologías es una de las apuestas de esta iniciativa— y hasta cómo transformar en párrafos bien construidos sus historias de vida.

Todos lo hacen ahora, doblando la curva de esa esquina temeraria cuando la sociedad comienza a mirar de reojo, a llamarlos adultos mayores y no encuentra más remedio que ponerlos a danzar, a pintar, a tejer o a vestirlos de sudadera para una caminata ecológica o una mañana de gimnasia.
Aquí, en la capital del Valle, el escenario en el que brotan los recuerdos de Jesús y las esperanzas de estos prosistas extraviados es el salón Las Acacias del Club de Tenis, en el barrio Pampalinda.
Hasta allí, religiosamente, todos los jueves desde las 2:30 p.m., un grupo de quince abuelos se dan cita, bajo la batuta de Alberto Rodríguez, un escritor y profesor universitario que hoy se siente más feliz aconsejando a escritores de vocación tardía que a muchachos que suelen defraudar con su "pasmoso desinterés".

Quizá lo sospeche: Jesús y su historia servirían para llenar con gusto páginas vacías. Ese abuelo pequeño y obeso, de mirada dulce, no terminó rendido a los pies de las letras, como esperó la tía Gerardina, sino vestido de bata blanca y estetoscopio. No siempre fue así. Érase una vez un adolescente bugueño que, deseoso de "llegar hasta el fondo de la verdad", quiso convertirse en monte cartujo, dejarlo todo para vivir en Francia y entrar desde allá a las entrañas de la filosofía en su estado más puro. De esta forma, creía, no sólo conseguiría mantener vivo su espíritu de lector infatigable, sino "sacar a la humanidad de la ignorancia en la que aún permanece sumergida".

Su familia, cuenta, puso el grito en el cielo. Si de lo que se trataba era de ayudar a los demás, entonces la opción acertada era la medicina. Y él hizo caso. Se graduó con honores de la Universidad del Cauca, se especializó en ginecología, y durante más de cuarenta años sus manos curaron mujeres en hospitales y clínicas de Buga y Tuluá.

Con su inquietud de lector sin manosear, no era raro ver entonces al doctor Cifuentes por los pasillos del Hospital Tomás Uribe, de Tuluá, —digamos a manera de ejemplo—, con un libro bajo el brazo. Bien podía ser una compilación de cuentos de Chejov, una novela de Jorge Isaacs o un poemario de Borges. Daba igual; este o aquel conseguían el delicioso propósito de espantarle el aburrimiento de los turnos de urgencias de sus primeros años como galeno.

Y la costumbre sigue intacta. Esta tarde de jueves Jesús pasea sus manos sobre un ejemplar de ‘Los ejércitos’, la más reciente novela del escritor pastuso Evelio Rosero, pero sus compañeros no pierden oportunidad de preguntarle por Alan Poe, Cortázar, Wilde, Dostoievski o Tolstói .

¿Letras viejas?
El profe Alberto ya había escuchado esas vueltas curiosas que ha dado la historia personal de Jesús Herney. No le sorprende tenerlo ahora con la mirada fija en el tablero, tomando apuntes en el cuaderno escolar.

No es la primera vez que escucha hablar de cómo la escritura reta las canas y respeta la vejez. Habla de William Carlos William, un estadounidense que hasta los 60 años ejerció como pediatra y se relegó de su profesión por un accidente cerebrovascular. "Desde entonces se dedicó a escribir y a los 70 se ganó el Premio Pulitzer de Poesía".

Y, bueno, el profe recuerda también a los conocidos: a Saramago, que patea sus casi 90 años escribiendo blogs como muchacho; a los octogenarios García Márquez "con su lucidez nostálgica" y Mutis, "para siempre perdido en los laberintos de las democracias tropicales".

Sobra decir que cree a ciegas en el poder de la palabra que se lee y que se escribe. Las personas que llegan a estos talleres buscan estimulación mental, dice; "cuando comienzas a volverte viejo, civilmente te empiezan a matar, se te mueren los contemporáneos y escuchas por todos lados los típicos argumentos piadosos de que lo mejor que te puede ocurrir es terminar en un ancianato para que te cuiden bien". Así las cosas —sentencia—, "la lengua escrita es combustible simbólico que prolonga la vida en la escritura y la escritura en la vida".

Que hablen de letras plasmadas a través de la mirada fisgona de la literatura es un asunto que aún no termina de digerir Aura López, otra de las asistentes a ‘Palabras mayores’. Otrora fue licenciada en matemáticas y trabajó en el oficio extraño de hacer control estadístico de calidad.
Hoy, sentada enfrente de sus compañeros confiesa su temor de tentar a la ficción. Sólo escribe sobre las experiencias que vive junto a sus nietos.

A su lado, Mercedes Suárez trata de respaldar con la mirada esos miedos. Va más lejos y, como liberada de una cadena pesada, asegura "querer restarle seriedad" a su vida académica de docente de historia y filosofía, para esculcar los autores que siempre se había negado a leer, las novelas que nunca desempacó y los cuentos que no tenían cabida en la cabeza de una mujer más llamada a estar pendiente del devenir de los siglos y las consideraciones de Platón. Hoy, con vocablos tímidos, piensa en un cuento que tiene escondido hace un buen tiempo. Letras que a lo mejor, pronto conocerán el calor de la imprenta.

Ese es el mérito que encuentra Roberto Rubiano, escritor bogotano encargado de liderar el taller ‘Palabras mayores’ en la capital del país, al que asisten hasta 40 jubilados. "Esperaba encontrar gente menos receptiva, quizá por los caprichos de la edad, pero lo que uno ve en cada encuentro es un grupo de inquietos, sin cortapisas de ninguna clase, que se abren a la literatura con la curiosidad de un niño en la escuela".

Quizá el mejor ejemplo de que eso es así se advierte en las manos delicadas de María Victoria Zapata, una profesora de filosofía que tras haberse resistido durante años a desbordar la imaginación, hoy se atreve a revelar sus cuentos.

La suya es también una historia de novela. Su casa permanecía tan atestada de textos de filosofía que cuando las empleadas domésticas se disponían a preparar el almuerzo no encontraban ollas en los muebles de la cocina, sino libros apiñados de Platón, Nietzsche, Kant, Hegel y Freud.
"Siempre me negué a leer otras cosas, lo sentía como una traición a mi oficio, siempre tan racional. Pero la fantasía me perseguía y a veces terminaba confundiéndola con la realidad", relata la mujer, que después de botar durante años sus cuentos a la basura, terminó sentada frente a un psicoanalista tratando de explicarse qué hacía una filósofa escribiendo fábulas en la mente. "Sentía como si tuviera dos vidas paralelas. La de la filósofa racional y la de escritora fantástica".

Jesús escucha atento a su compañera de cenáculo. Cae la tarde, pero la brisa fuerte de las cinco no arrastra consigo las ‘palabras mayores’ de este grupo de abuelos. Será, tal vez, porque —con temores o sin ellos— terminarán plasmadas con buena ortografía en un libro o en un blog. Esa es la meta del profe Alberto en menos de un año.

Qué raro: aquí el tiempo no es enemigo, es más bien un aliado. "Los textos, tanto el que sale de la mano de un joven escritor profesional, o el que proviene de la solitaria evocación de un viejo sin mayores afanes de publicación, tienen tres efectos conocidos: nos forman, nos deforman o nos transforman", asegura el docente. Y esas son palabras mayores.

Cenizas rescatadas del olvido



Tres años de tertulias con el desaparecido poeta de Cartagena Gustavo Ibarra Merlano se convirtieron en 'Ceniza salobre', libro del escritor Álvaro Suescún, el barranquillero que un día huyó de la economía seducido por la cultura. Fragmento de un encuentro con el autor durante los días de la XV Feria del Libro del Pacífico.


Hace poco, en XV la Feria del Libro del Pacífico, presentó un libro sobre Jorge Artel, autor prolijo, pero desconocido para muchos. Ahora llega con ‘Ceniza salobre’, inspirado en Gustavo Ibarra Merlano, cuyo legado poético se conoció hasta hace muy poco en el país. ¿Por qué ese interés de rescatar autores de las sombras literarias?
No es un interés que alimente de forma intencionada. Ocurre que siempre he tenido un ‘palito’ especial para hacerme amigo de los viejos. Así me pasó con Jorge Artel (quien me llevaba a sus recitales cuando apenas tenía 24 años), con Meira del Mar y después con Gustavo Ibarra. Debe ser que así estaba escrito en algún lado.


¿Cómo llega la idea de auscultar a un personaje que durante 40 años escondió su obra literaria?
Alguna vez mi gran amiga Meira del Mar me habló con emoción de la poesía de Gustavo Ibarra Merlano, un autor totalmente desconocido para mí hasta ese momento. El personaje no me llamó la atención de entrada, pero al día siguiente, como una coincidencia, un grupo de escritores de Barranquilla me hizo un comentario similar. Entonces, pensé que algo de eso debía ser cierto, si eran más de tres los que coincidían en esa apreciación. Por eso, intrigado, contacté a Gustavo Ibarra en Cartagena. Aquella vez hablamos de todo durante largas horas y desde entonces me sorprendió que un personaje tan cercano a escritores de una generación determinante para las letras colombianas como García Márquez, Héctor Rojas Erazo y Abel Antonio Villa (sobre quienes ejerció una influencia que todos ellos reconocen) permaneciera tan incógnito para la memoria de este país.


De hecho el propio García Márquez, en ‘Vivir para contarla’, reconoce que Ibarra fue quien lo acercó a los clásicos griegos...
Sí, Gustavo había estudiado griego, alemán, francés e inglés, pero sentía una fascinación tremenda por la literatura griega. De hecho, sus primeros libros —‘Hojas de Tarja’ y ‘Los días navegados’—, aparecidos cuando él tenía ya 60 años, los escribió en Grecia. Y el amor por las letras de ese país fue lo que le permitió acercar a ‘Gabo’ a autores como Eurípides y Sófloques. Si uno mira con detenimiento la obra de García Márquez se da cuenta de que él escribe a la manera de los clásicos griegos. Sin embargo, alguna vez Gustavo dijo que ‘Gabo’ exageraba cuando contaba que él le tomaba lecciones sobre lo que leía en los clásicos.


¿Por qué hay que leer sobre Gustavo Ibarra Merlano?
Bueno, sencillamente porque se trata de un hombre fascinante, lleno de matices: además de abogado y filósofo, era un lector consumado con un gran mérito literario en su faceta poética. La suya es una poesía muy interior, casi mística, porque además era muy cercano a los temas religiosos, al punto de dedicarle largos años al estudio de la suma teológica. Pero no se trataba de un fanático, de ser así no hubiera sido cercano a Rojas Erazo, ateo confeso; a ‘Gabo’, quien nunca ha hablado de una convicción religiosa, o a Clemente Manuel Zabala (mentor periodístico de García Márquez), quien cada vez que Gustavo hacía referencia a Dios, solía decirle: “Dejémos a ese señor tranquilo”. A pesar de esas diferencias con el mundo intelectual, cultivó amistades que duraron toda la vida.


¿En qué momento decidió que esas conversaciones durante más de tres años con él, entre Bogotá y Cartagena, debían convertirse en libro?
Mi primera intención era escribir un artículo sobre él en la revista ‘Vía 40’ que se editaba en Barranquilla. Después pensé que lo más acertado era escribir una biografía suya, considerando que se trataba de un autor que publicó tardíamente y cuya obra por lo mismo era desconocida en casi todo el país. Esa idea la deseché porque siempre he creído que cuando se utiliza ese género el biógrafo termina convertido en protagonista. Así que le aposté a un libro que condensara seis episodios determinantes de su vida.


¿Qué hace un economista escribiendo libros sobre poetas?
Ni yo mismo lo sé. Pero creo que me siento más cómodo redescubriendo autores que analizando la crisis financiera.


¿Además de la obra poética de Ibarra Merlano, qué otro aspecto le sorprendió de este autor?
Que a pesar de su brillante inteligencia y de gozar de buena posición económica, tenía una profunda aflicción y contempló el suicidio varias veces. Pero el Gustavo Ibarra que yo conocí parecía contrario a eso, con un fino sentido del humor. En una entrevista me dijo: “Esto debiéramos llamarlo entrevistas interclínicas”; cada vez que yo lo entrevistaba, él acababa de salir de una hospitalización.