viernes, 22 de enero de 2010

El profe Louis vive su propia tragedia en la distancia


Louis Woolley Gaspard, radicado en Cali hace 40 años, no sintió la fuerza descomunal del terremoto que destruyó buena parte de Puerto Príncipe, pero desde Cali vive el drama de haber perdido a 13 miembros de su familia.


Bastaron sólo 60 segundos de furia terrenal para que los recuerdos de infancia de Louis Woolley Gaspard terminaran sepultados en una esquina del barrio Carrefour Feuilles, de Puerto Príncipe.
Los dos pisos de la casa materna de este haitiano acabaron, con sus hierros y ladrillos triturados, como protagonistas tristes de ese paisaje de horror que dibujó el terremoto del pasado 12 de enero en la capital de Haití.
La tragedia lo sorprendió en Cali, suficientemente lejos como para sentir la fuerza que producen 7,1 grados en la escala de Ritchter, pero aterradoramente cerca de la voz de su hija que, desde Estados Unidos, vía telefónica, le narraba con lágrimas las primeras angustias del sismo descomunal.
Las horas iban dejando a su paso una estela de noticias agridulces: mientras la suerte, que a veces es más caprichosa que la muerte misma, consiguió que una prima hermana de Louis saliera de la casa segundos antes de la fatalidad, no sucedió lo mismo con el hijo de la mujer, con 13 familiares que terminaron bajo los escombros y otros más de los que aún no se sabe si la buena estrella los acompañó en esa tarde tenenobrosa.
El bramido de la tierra parecía haber borrado lo que hace medio siglo eran las calles calurosas de un niño dichoso. Louis era aquel entonces el menor de cinco hermanos que se sentaban a los pies de la vieja Rooty para comer "pollos con sabores de otro mundo" y soñar junto a ella que sus manos estaban hechas para sostener libros y no las atarrayas de los pescadores vecinos, que sólo en el mar atinaban a encontrar las oportunidades que en tierra firme resultaban imposibles.
Algo le decía al pequeño Louis que su deseo de convertirse en médico no estaba confinado a un cuento de hadas impublicable.
Era cierto que no soplaban buenos vientos. François Duvalier —a quien los haitianos estaban obligados a llamar ‘Papa Doc’— se había alzado en el poder en 1957 con hambre de dictador y traje de asesino. Pero Louis sentía en el corazón que, allende el océano, sería capaz de escribir con buena ortografía una historia prometedora.
Corría 1962 y a su alrededor no aparecía un destino certero que le permitiera zarpar con los pocos pantalones y camisas que le cabían en la maleta. En República Dominicana permanecían humeantes las huellas de sangre que había dejado la dictadura de Trujillo, a quien se le acusó del asesinato de miles de haitianos humildes pues, según decía, tenían la osadía de contaminaba la raza dominicana.
En Cuba las cosas no eran menos complicadas y la isla apenas se acomodaba en el nuevo traje de la revolución de Fidel. Entonces a Louis le hablaron de un país que dejaba colar de sus vírgenes montañas vientos de progreso. Así llegó a Colombia, primero a Barranquilla y luego a Cali, cuando los aviones de dos hélices desafiaban los cielos, atraído por la fama bien ganada de la facultad de medicina de la Universidad del Valle.
Hoy se le escapan carcajadas nostálgicas al recordarse a sí mismo como un haitiano flaco y solitario, que aspiraba a la hazaña de ser el mejor en eso de los males y secretos del cuerpo, sin pronunciar un solo vocablo en castellano. "Sólo hablaba francés. Aprendí a la brava, anotando las palabras que escuchaba en la calle y obligándome a aprenderlas".
Seis años pasaron antes de que comenzaran a llamarlo el ‘doctor Luis’ y otros más para que se codeara con los más reconocidos ginecólogos y obstetras de este país. La buena ventura también le regaló en estas tierras una esposa amorosa y tres hijos que hoy viven en Nueva York y La Florida y se pasean como ciudadanos del mundo.
Los sueños empuñados bajo las faldas de mamá Root se cumplieron como Dios manda y al cabo de 25 años de docencia, se jubiló de la Univalle para asumir después la decanatura de la Facultad de Salud de la Universidad Santiago de Cali.
En esas andaba hasta hace poco el profe Louis. El hombre que aprieta con firmeza las manos cuando te saluda en un pasillo cualquiera, el madrugador, el que poco conoce de bailes y el que tiene por único vicio madrugar para que el día rinda lo suficiente para el trabajo lo mismo que para el ocio.
Hoy es director del programa de medicina de la sede de la Universidad Santiago de Cali en Palmira y, justamente, después de una de sus clases, fue que llegaron hasta su casa los ecos de la noticia trágica.
Acostumbrado a recordar a su país ayudado nada más que por la nostalgia de pollos sabrosos, olas generosas que besan las playas y cruceros de lujo que fondeaban entusiastas, aún no puede digerir la paradoja de que sus manos sanadoras no estén en Haití curando heridas.
Con la ilusión de ese niño que un día fue que anhelaba ser galeno hace medio siglo, se imagina hoy embarcado en misiones médicas o sentado bajo las palmeras de su ciudad natal planeando con los suyos la reconstrucción de Puerto Príncipe.
"En eso es que debemos concentrarnos ahora. No se trata simplemente de hacer edificios y levantar las casas. ¿Cómo reconstruir la moral de un país que hoy duerme con un ojo abierto y otro cerrado esperando una nueva tragedia? ¿Cómo reconstruir en una zona en la que ya se sabe que existe una falla geológica?".
Las preguntas lo acosan mientras a su BlackBerry no cesan de llegar mensajes de amigos haitianos que, desde distintos rincones del planeta, se animan a lanzar propuestas para el futuro en una cadena de esperanzas que se antoja más fuerte que el mismo sismo de ese 12 de enero. Es lo que Louis desearía leer, ver y escuchar —cuando se asoma a las noticias diarias— en vez de verse, casi derrotado, obligado a digerir noticieros y páginas de prensa que sólo desafían la desgracia y dibujan una Haití incapaz de levantarse de las cenizas.
No se debe hablar únicamente con la emoción de lo que está sucediendo ahora, después del terremoto, asegura el docente de 69 años, sentado en un salón de clases de la Usaca y minutos después de una reunión en la que ultima los detalles de un concierto benéfico al que confirmado su asistencia buena parte de las estrellas del firmamento musical de Cali.
"La situación de Haití parece fácil de contar, pero es difícil de interpretar", se apresura a decir después. En apariencia, nadie explicaría cómo el primer país de América en liberarse, "aún no ha conseguido ‘independizarse’ de su pasado político y social y del lastre de ser una nación aislada de sus vecinos simplemente por una barrera idiomática".
Parece difícil, porque mientras 60 segundos son suficientes para que la furia de la tierra destruya los recuerdos de la infancia, Louis necesitaría horas enteras para desdibujar del imaginario universal la idea de que la suya es una nación que se debe a sus ritos vudúes y a su fama triste de ser la cenicienta del continente.

lunes, 18 de enero de 2010

El hombre de La Cueva



Existen dos buenas razones para conversar con Heriberto Fiorillo: para escuchar cómo les devolvió a los barranquilleros sus nostalgias por La Cueva y cómo logra convertir cinco días de "mamadera de gallo" en el Carnaval Internacional de las Artes.



El aviso de prensa rezaba así: "Señora, si no quiere perder a su marido, no lo deje ir a La Cueva". Dibujada en letras sencillas por alguna vieja máquina de escribir, la frase temeraria, que se colaba en las páginas de El Heraldo y El Universal, remataba —como si en vez de prevenir se usara más bien para azuzar corazones—, con la dirección de aquel lugar prohibido.
El mundo estaba próximo a recibir el batazo delirante de los años 60 y ya por entonces, en esa Barranquilla feliz de calles abrasantes, una "cuadrilla de camajanes" se daba cita en la esquina de la Carrera 53 con Calle 59 para llenar copas enteras con ron y vino Marqués de Riscal, seguir las andanzas del Junior y el Sporting y apretar el gatillo contra cuadros que después el tiempo haría famosos.
Las horas rendían lo suficiente para degustar un sancocho preparado con toda la lujuria del Caribe, emborracharse junto a elefantes asustados y para tareas más serias, pero no menos divertidas, como llevar hasta la mesa las rarezas literarias de un tal Jorge Luis Borges o desenredar la pita de esos universos sórdidos que tejían en sus novelas Albert Camus y Franz Kafka y hasta el mismo William Faulkner, a orillas del Mississippi.
La culpa de que el lugar no pareciera un bar más del barrio Boston sino un rincón del surrealismo costeño, donde se hablaba de literatura y se ‘mamaba gallo’ como el oficio más venerable de este mundo, fue de Álvaro Cepeda Samudio. Hacia 1954 —no se sabe cómo—, convenció a Eduardo Vilá de que transformara su tradicional almacén de abarrotes El Abasto en La Cueva, con la oferta expresa, eso sí, de que sólo vendiera cerveza Águila.
Y entonces al lugar comenzaron a migrar, como aves oceánicas, Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor, Enrique Grau, Germán Vargas, Orlando Rivera ‘Figurita’, el sabio catalán Ramón Vinyes y Cecilia Porras, unas de las pocas mujeres de la época que se resistió a las miradas de reojo de las damas de sociedad.
Los mismos que dejaron pasar a la mesa a un muchacho veinteañero, vestido siempre en sus peores fachas, Gabriel García Márquez, que con el tiempo responsabilizó de su carrera de letras a sus noches febriles en aquel recinto de fábula y a la cofradía de compinches que lo frecuentaban.
Todos, incluido Gabo, habían sido visitantes ‘juiciosos’ de otros bares como El Japi y El Americano y de la Librería Mundo y pasaron a llamarse el Grupo de Barranquilla, que con sus aires de gitanos indomables sedujo al país intelectual y bohemio de entonces.
Por eso, no era raro que alrededor de una misma tanda de cervezas frías se sentaran, sin que nadie los invitara, nombres que poco o nada inspiraban en esa época como Fernando Botero, Plinio Apuleyo Mendoza, Rafael Escalona y Próspero Morales Pradilla.
Así fueron las cosas hasta 1969 cuando Vilá recibió un golpe en la cabeza, tan fuerte y certero que obligó a cancelar las noches de jarana. Entonces las señoras volvieron a dormir tranquilas.
Se acabaron los días en que Grau volteaba la carne con sus bocetos de La Violencia —para muchos, la pieza de arte más importante de la historia nacional— o cuando Julio Mario Santodomingo se asomaba al lugar deseoso de figurar en los estantes de las librerías y no en la lista Forbes. Punto final. En esa esquina del barrio tradicional Boston no se volvió a hablar de libros, de putas quinceañeras o de puñetazos al filo del alba con marineros descarriados.
Y así continuaron las cosas hasta hace muy poco, cinco años para ser precisos, cuando otro barranquillero no menos feliz, Heriberto Fiorillo, sintió el acoso de los zarpazos de la nostalgia y reabrió las puertas del mítico escenario, hoy convertido en un acogedor tertuliadero, que sirve a la vez de restaurante y sede de la Fundación La Cueva, presidida por él.
Sus credenciales como periodista literario, escritor de largo aliento (ha publicado, entre otros títulos, ‘Nada es mentira’, ‘El hombre que murió en el bar’, ‘Cantar mi pena’ y ‘La mejor vida que tuve’) y ser padre de películas como ‘Ay, carnaval’ y ‘Aroma de muerte’, fueron suficientes para que lograra la hazaña.
Hacerlo no sólo implicó convencer a la familia Char, dueña desde siempre de la propiedad, de que valía la pena desempolvar los recuerdos. Además les hizo ver la necesidad de regalarle a la ciudad un centro cultural con la solemnidad de los cachacos, pero el sabor de los caribes.
A ese primer empujón se fueron sumando varias empresas. Comenzó el proceso de restauración. De abarrotar las paredes con fotografías que congelaron para siempre los encuentros de esos "camajanes" que muchos creían una generación perdida en discusiones banales sobre mujeres, amores, libros y muerte.
Comenzó la tarea de vestir cada rincón con anécdotas insólitas, como las huellas de elefante que reposan a la entrada del lugar y que recuerdan, cómo no, esa madrugada en que a Obregón se le ocurrió arribar con un paquidermo que tomó prestado de un circo pobre para que, con el bramido de su trompa descomunal, obligara a Vilá a abrir de nuevo las puertas del bar que había cerrado hacía muy poco.
El dinero conseguido, cerca de mil millones de pesos, alcanzó para satisfacer las demandas de la nostalgia y las necesidades del presente. Porque hasta esta esquina de la Carrera 53 también tienen licencia de asistir el poeta que regala versos fabricados al alba, el pintor con sus cuadros nuevos y hasta el pichón de literatura que pretenda ofrendar un bocado de sus letras recién plasmadas.
Barranquilla, esa ciudad donde todo entró primero, el primer ferrocarril, el primer carro, el primer avión y hasta los primeros inmigrantes, también fue la primera en dejarse vacunar contra el olvido.


Mamando gallo en serio.
Los episodios de La Cueva de Gabo reposan en los recuerdos de Fiorillo, que no sólo nació a dos cuadras de allí, sino que de niño, camino siempre a los teatros de cine, escuchaba cómo su padre lanzaba palabras de censura contra el bar de mala muerte. Solía decir el viejo: "No son más que unos tipos que se dan trompadas en el puerto y toman trago".
Tipos que después Heriberto encontró en sus lecturas de muchacho cuando repasaba hojas escritas por el propio Gabo, por Álvaro Cepeda y Héctor Rojas Herazo.
Tipos que también, muchos años después frente al pelotón de sus afugias de escritor, decidió convertir en protagonistas de La Cueva, libro en el que suelta datos reveladores de quienes hicieron parte de ese hervidero literario.
Era, a decir verdad, una historia que le pertenecía de alguna forma: "Cuando tenía 22 años conocí a Obregón, a Gabo, a Fuenmayor y a Germán Vargas. Bebí con todos, aunque Gabo nunca ha tomado. A Cepeda sólo lo vi de lejos una vez en Barranquilla. De todos modos, me llevaban casi 30 años. Eran mis ídolos, claro, y me hubiera gustado acompañarlos en sus aventuras. Creo que en parte lo hice cuando escribí mi libro", se apresura a decir Fiorillo.
No contento con la osadía, asumió que podía seguir mamando gallo —"porque no hay nada más serio en la vida que ‘mamar gallo’. Es un arte de seres libres que se aburren con el lugar común"—, y se le ocurrió crear entonces el Carnaval Internacional de las Artes.
Apadrinado por la Fundación La Cueva, desde hace cuatro años, este espacio de reflexión se convirtió en un refugio delicioso para quienes desean repensar la cultura popular. "Es la reflexión como espectáculo", dice Fiorillo.
El punto de partida fue el encuentro ‘Pensar el carnaval’ que, en 2001, reunió en La Arenosa a intelectuales del Caribe colombiano, quienes concluyeron que urgía en Barranquilla un evento de gran calado que ‘atracara’ en la ciudad como preámbulo al carnaval de febrero con su Rey Momo y sus marimondas.
¿Dónde están las nuevas propuestas de disfraces, comparsas, danzas y letanías? ¿Dónde las expresiones de las nuevas generaciones? El propósito es que preguntas como estas acosen a panelistas y asistentes por igual.
Este año, del 27 al 31 de enero, el Carnaval acogerá en sus filas a protagonistas de la cultura como William Ospina, Daniel Samper Pizano, Laura Restrepo, Ernesto McCausland, Germán Santamaría, Susana Reinoso, Manolo Bellón, Nicolás Buenaventura y Alberto Salcedo Ramos. Como plato fuerte, Mateo Garrone, director de la premiada cinta italiana ‘Gomorra’.
Heriberto los enumera como un niño feliz y asegura que la diferencia con otros carnavales de su tipo es que el suyo gira en torno a una "convocatoria de conocimiento y creación en medio del divertimento". Y, como queriendo justificar sus palabras, culpa a la lúdica de ser "un magnífico método, quizá el más entretenido, para enseñar y aprender en libertad".
Con ese mismo tono entusiasta da cuenta también de los proyectos que han ido creciendo de forma silvestre, paralelos al carnaval.
Entonces habla de ‘Vamos a La Cueva’, que ha acercado a cientos de niños del Atlántico a este escenario, en donde aprenden de su región a través de escritura y pintura. También de ‘Barranquilla al pié de las letras’, que ha llevado hasta La Arenosa a escritores de prestigio para que en auditorios de colegios públicos contagien a los pequeños de la magia de llenar con la ficción hojas en blanco.
Que haya conseguido tales méritos parece un triunfo en nombre de los suyos, en aras de desdibujar en el imaginario de los colombianos —como bien lo diría en una de sus columnas Marianne Ponsford, directora de Arcadia—, que la costa Caribe es más que sol y sandalias de playa. El desconocimiento y la ignorancia —sentencia Fiorillo— "produce en nosotros estereotipos imaginarios que llegan a ser horrorosos. Como el gringo que cree que Colombia es el platanal de Bartolo y se sorprende porque encuentra aquí electricidad".
El propio Gabo comprobó ese esfuerzo de Fiorillo convertido en una Cueva renovada y con aire acondicionado para resistir el sopor de la tarde. Ocurrió en 2007, cuando no pudo despegar la mirada de las fotos en blanco y negro en las que posaba con sus amigos de tertulia. Los recuerdos le hicieron olvidar que en el lugar lo acompañaban varios parientes, hermanos y sobrinos, que habían llegado hasta allí para saludarlo.
"Coño, están casi todos muertos", se apresuró a decir el hijo de Aracataca, sintiéndose tal vez un sobreviviente solitario de la cuadrilla inolvidable. Quizá no tan solo: ahí, en La Cueva, lo esperará Fiorillo siempre para revolver las nostalgias del pasado y, por qué no, para seguir ‘mamando gallo’ como Dios manda: en serio.

domingo, 17 de enero de 2010

Milagro quetzal



Danicelly Guevara fue la primera indígena del país en hacer parte de la Ruta Quetzal, programa cultural calificado de interés universal por la Unesco. Crónica de 40 días de emociones
recorriendo España y Chile.


La escena se antojaba más a una rueda de prensa que a lo que era en realidad: una charla informal que Danicelly Guevara Poscué sostenía con un grupo de periodistas de España y de Colombia.
Era diciembre. Corría un lunes de verano en Santiago de Chile y la joven parecía una estrella rara en el firmamento que dibujaban 300 muchachos hispanoamericanos, muchos de ellos blancos, de ojos azules y cabellos extra rubios, que hacían parte, como ella, de la Ruta Quetzal, programa cultural que, desde hace 24 años, une lazos y conocimientos entre América Latina y España.
Sentada con su inseparable bandera de Colombia en el jardín de la Embajada de España en Chile —destino recorrido por los expedicionarios en 2009— era, seguramente, la primera vez que la joven de 16 años se sentía como una diva de cine: todos querían una foto con ella, una toma de segundos en video, una declaración para un medio escrito.
Así que mientras los otros chicos conversaban en grupos sobre amores y canciones de moda, la "niña del nombre raro" hablaba con los grandes sobre la realidad de su país y de cómo llegó a convertirse en la primera indígena colombiana en hacer parte de un programa al que aspiran, cada año, miles de estudiantes de último grado en toda Colombia.
Que lo lograra, suena un poco a la historia que escriben sufridos equipos en las canchas de fútbol, que se obligan a echar mano de las casualidades para clasificar a un Mundial. Danicelly no es una asidua visitante de la Internet, siempre prefirió los libros que le entregaba en las manos don Aldeur, su papá, un maestro de colegio agropecuario.
Eran pocas las opciones entonces para que la joven conociera la existencia de la Ruta Quetzal (más promovida en realidad en los colegios privados), y, menos aún, que el año pasado fuera la primera vez que el programa, —declarado de interés universal por la Unesco— abriera un cupo para que un indígena se embarcara en un viaje de 40 días para recorrer España y Chile. Todo el tiempo en compañía de chicos que bien podían haber nacido en Luitania, en Inglaterra o en París.
La punta de lanza que hizo posible el milagro fue Daysuri, una hermana suya, estudiante de filología en Bogotá, que le contó por teléfono la experiencia de una amiga en el programa años atrás. Un ensayo de menos de tres páginas bien escrito y una dosis extraordinaria de buena estrella era, al parecer, lo único necesario.
Con más curiosidad que convicción de lograrlo, Danicelly ingresó al portal de la Ruta y, del listado de posibles temas a elegir, se decidió por escribir un ensayo inspirado en la historia de ‘Robinson Crusoe’, del inglés Daniel Defoe.
Pasó cuatro días encerrada en la biblioteca de Corinto, Cauca, tomó apuntes juiciosos y a la vuelta de dos semanas remató su escrito con un título que rezaba ‘La historia de Robinson sigue viva’.
El relato tiene algo de inocencia y mucho de realidad. Danicelly, habitante del resguardo paez López Adentro, comparó la aventura de supervivencia del marino escocés abandonado en una isla desierta y salvaje, con la experiencia misma de sus ancestros que aprendieron, a fuerza de su tradición, a proveerse lo necesario para subsistir. Son líneas que hablan de un pueblo valiente que ha sabido esquivar con escudos de esperanza las balas de la violencia; de amor por el campo, por cada fríjol arrebatado a la tierra.
Danicelly les cuenta esta historia a los periodistas apostados a su alrededor en la embajada, aquel lunes caluroso. Cada frase la remata con una sonrisa impecable. Incluso, cuando les narra cómo sonaban las balas que disparaba la guerrilla de las Farc durante las tomas sangrientas, que la obligaban a refugiarse bajo la cama abrumada por el miedo.
Eran otros tiempos. Días de zozobra y desconfianza en los que sólo al desayuno, después de una noche de armas y gritos angustiosos, el pueblo se enteraba cuáles eran los muertos que debía enterrar.
"Ya no me gusta hablar de eso", repite después. "El mío es un pueblo hermoso, donde la gente vive feliz".
Tan feliz que sus habitantes no tuvieron problema en unirse alrededor del viaje de fábula de Danicelly. Todo un suceso en una población de cinco mil habitantes, poco acostumbrada a ver partir de sus linderos a un vecino, que nunca había salido del país, dispuesto a conquistar el mundo.
Hubo lechona a la venta, bingos nutridos en asistencia que sirvieron para recoger fondos, rifas que compraba hasta el cura párroco y hasta discursos fervorosos del Alcalde. Una vecina coció, emocionada, el traje típico de los paeces, que debía lucir Danicelly para saludar de mano a los Príncipes de Asturias y no faltó, a última hora, el que se ofreciera a armar la maleta para que todo cupiera sin problema.
Ese hervidero de emociones desatado por la "niña del nombre raro" fueron bien compensados. Danicelly se paseó por una veintena de ciudades españolas y tiene fotos en la puerta de Alcalá y en el acueducto centenario de Segovia.
Y la aventura de cuarenta días fuera de casa alcanzó para recorrer el Pacífico Sur a bordo de un buque de la Armada de Chile y para recibir la Navidad y el Año Nuevo, al lado de los mapuches, indígenas chilenos que se precian de ser los únicos capaces de doblegar los embates de la conquista española. Danicelly no lo dice, pero la suya parece la historia de la suerte venciendo la adversidad. Parece la historia misma de Robinson Crusoe.