jueves, 15 de julio de 2010

Homero de la Provincia



No es fácil reconstruir la historia de un juglar que, además de ciego, está casi sordo. Pero Leandro Díaz, el llamado poeta de la música de acordeón, supo explicar cómo consiguió espantar la angustia de las sombras a punta de versos y de parranda. Perfil.

Texto y foto: Lucy Lorena Libreros


Y allí estaba: solo, meciendo a gusto su figura de patriarca en una silla de mimbre, a la entrada de un caserón de lujo, mientras las calles de Valledupar flotaban en el calor. Vestía todo de blanco. Zapatos impecables, pantalón sin arrugas y una camisa vaporosa decorada, a un costado, con un dibujo pintado a mano de un acordeón, una guacharaca y una caja.

Se llama Leandro Díaz y viéndolo de lejos parece nada más un abuelo dormido. No un hombre ciego de nacimiento al que le duele la luz y que ha vivido 82 años aplazando la angustia de sentirse perseguido por las sombras de la memoria.

Días antes, arrastrada por falsas pistas, había llegado a buscarlo a la que fuera su casa de San Diego, una villa distante a 20 minutos de la capital del Cesar, y en la que Nelis Soto —la mujer que aceptó posar como su amante oficial durante décadas— soborna el corazón para disimular la tristeza que le produce voltear su figura robusta hacia el cuarto y advertir la mitad de su cama vacía.

“Hace rato, muchísimo rato, que él no viene por aquí” —dice ella, en tono de queja, mientras con una escoba desgastada se deshace del ‘yerbajo’ del patio—. “Ya me había acostumbrado a que repartiera su vida entre dos hogares, conmigo en las tardes, en su otra casa en las mañanas. Hasta que un día, hace años, sus hijos se lo llevaron para la ciudad. Estoy segura de que él no me ha abandonado. Si lo encuentra, dígale que lo sigo esperando”.

Intenté entregarle ese mensaje de nostalgia al juglar, una vez me acomodé a su lado, casi como una intrusa, después de explicarle las razones de mi visita sin anuncio.

Creía que me escuchaba atento y preparaba una respuesta sentida, hasta que una voz potente de mujer, desde las entrañas de la casa, me aclaró a su manera que una conversación con el maestro requería más de paciencia que de buenas preguntas: debido a una sordera irreversible, era necesario gritarle cada frase lo más cerca posible de su oído izquierdo para conseguir que escuchara.

Así lo hice. Pero de Nelis no soltó palabra. Tras un silencio de segundos, prefirió hablar de Clementina Ramos, la esposa que le dio cinco hijos y que después de lidiarle parrandas y deslices durante medio siglo, falleció el año pasado aquejada por una deficiencia renal.

¡Ay, la viudez! —dice el viejo en medio de un suspiro—. “Sin mujer queda uno completamente desconectado, solo en el asunto de la caricia, de la charla en las madrugadas y en la prima noche. Hoy siento lo mismo que cuando era un niño ciego en La Provincia y me obligaba a caminar a tientas, siempre con la sospecha terrorífica de que iba a tropezarme”.

El capítulo de esa niñez de incertidumbres se escribió en Alto Pino, una vereda de Lagunita de la Sierra, zona que pasó a llamarse después Hatonuevo, en La Guajira, y en donde Leandro nació un 28 de febrero.

En ‘Los pajales’, finca de café y de caña que tenía su padre, Leandro asumió el tremedal de su infancia arrullado por las rancheras, los boleros y los tangos que escuchaba y cantaba ‘Tida’, una tía gozona a la que Leandro evoca como su primera maestra en la música.

En esa época, recuerda, nadie hablaba de vallenato. El mundo de La Provincia caminaba sin prisa, sin carreteras, sin periódicos. Los pocos acordeones que sonaban por allí entraban de contrabando por Riohacha y más parecían artilugios de extranjeros que instrumentos musicales.

La imaginación de fábula del niño Leandro bebió primero letras de los pasodobles y pasillos que llegaban del interior del país. Su conexión con ese mundo de amores de adultos y de paisajes montañeros que encontraba en aquellas canciones se dio a través de un aparato que él, en el más puro acto de ingenuidad, le describió a su madre en ese entonces como “una caja que sonaba y tenía música adentro”: la radio.

Desde entonces, confiesa el maestro, abriendo por momentos sus párpados sombríos, desarrolló esa rara virtud que lo ha acompañado en su vida de compositor de describir el mundo exterior, con sus paisajes, sus mujeres y sus ríos, como si en vez de ser imágenes negadas fueran una certeza diaria.

Así que un día, ya de muchacho, entendió que no le hacía falta tener ojos para aprender que esa cosa caliente que se le pegaba al rostro, cuando se sentaba bajo un árbol de mamón buscando inspiración, era el sol. Dueño de esa verdad, le regaló al vallenato unos versos de lujo, en su recordada canción ‘El verano’: “Vengo a decirles compañeros míos, llegó el verano, llegó el verano, ahora se ven los árboles llorando, viendo rodar su vestido...”

Y versiando llegó a Tocaimo, un pueblo pequeño del Cesar. No tenía más de 20 años y estando allí comenzó a escuchar las historias de leyenda de Francisco ‘El Hombre’, de Abel Antonio Villa, de Emiliano Zuleta, de Chico Bolaños.

Conoció a varios acordeoneros de ocasión, que espantaban las horas grises de la labranza en el monte con melodías improvisadas, sin mucha técnica. “Pero ninguno sabía hacer un verso, entonces me les fui pegando; junto a ellos iba componiendo, haciendo mis locuritas. Fue así como me metí en la parrandita”.

Ivo, hijo del maestro y dueño de este caserón de lujo del barrio San Carlos donde estamos, unos atrás minutos se había sentado a nuestro lado con discreción para escuchar atento las anécdotas del viejo.

Músico como su padre (fue rey de la piquería en 1986 y rey de la canción inédita en 1993), me sugiere que me detenga en este punto del relato porque fue justamente allí, en Tocaimo, donde Leandro Díaz compuso dos de las canciones memorables de la música vallenata: ‘La diosa coronada’ y ‘Matilde Lina’. La primera nació del desaire, la segunda de unos amores negados.

Ahora, quien grita al oído del juglar es el propio Ivo. “Maestro, pregunta la periodista que cómo fue lo de Matilde Lina”. Leandro posa sus brazos de patriarca en los brazos de la silla, agacha el rostro y arranca diciendo que “fue un asunto de fiesta”.

A esa guajira de figura gracil— le bastó decir “buenos días”, al comienzo de una jarana, hace más de 50 años, para que Leandro, quien ya por entonces gozaba de fama de mujeriego serial, cayera rendido.

“Ella llegó, me saludó y me puso conversa con su voz dulce. Yo le prometí visita después, pero me enrredé en mis parrandas con ‘Toño’ Salas, mi acordeonero. Unos meses más tarde volví a verla en El Plan, un pueblo cercano; me dijeron que estaba sola y, sin muchas excusas, le dediqué mis amores”.

¿Y fue correspondido?...
Hasta ese momento, no lo sabía. Aún así, estando alguna vez en el río Tocaimo, me puse a pensar en ella y de allí nació la canción... Pero cada vez que iba a El Plan, donde ella vivía, me decían que había un carro parqueado en las afueras de su casa, con un señor haciéndole visita. Entonces dije, esto no es pa’ mí. Sabía que en su corazón no iba a triunfar. Y no volví más...

¿Entonces fue una especie de canción inmerecida?
Pues, por la emoción me adelanté a los acontecimientos. Durante mucho tiempo pensé que uno en el amor debe ser persistente, luego entendí que fue un error haber echo la canción antes de lograr a la muchacha. Pero, vea usted, esa canción con su fama me dio lo que Matilde no quiso...

¿Qué cosa, maestro?
Pues muchas otras mujeres...

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Esa es la versión que le cuento a la propia Matilde Lina, hoy de 74 años, sentada en la sala de su casa del barrio Panamá en Valledupar. “¡Ese Leandro! Ya me cansé de reclamarle para que deje de decir lo que no es. Siempre que le preguntan por la canción, termino como la bruja. Pero ahora, cuando lo regaño, no me oye”. Y se echa a reír.

Esta Matilde Lina dista mucho de la joven de la fotografía en blanco y negro que pende de una de las paredes del lugar como recuerdo de esa época en la que cariñosamente la llamaban “la novia de todos”: una morena de facciones delicadas y largos cabellos, de unos 30 años.

La de hoy conserva la gracia natural de los buenos tiempos. Y con esa simpatía me presta sus recuerdos para terminar de reconstruir la historia del tema que hiciera famoso Carlos Vives en los años 90.

Arranca con una excusa franca: “Yo no sabía que él estaba enamorado de mí”. Después, cuenta que la primera vez que escuchó la canción fue en Villanueva, en una parranda: “Estaba allí por un bautizo y comencé a sentir el acordeón de ‘Toño’ Salas. Al principio no me gustó, como tampoco me gustaba Leandro, entre otras cosas porque yo era una mujer comprometida. Años más tarde, la grabó Alfredo Guitérrez, que fue el que la hizo famosa; en ese momento comenzó a gustarme”.

No está muy segura de que a ella la canción también le haya regalado gloria. La única razón por la que recuerda el episodio con orgullo es que, como lo dijo alguna vez Juan Gossain, esa canción tiene el verso más hermoso de la música de acordeón: “Cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana...”.

Julio Oñate Martínez, folclorista vallenato y compositor, no necesitó que un periodista lo escribiera en una crónica para creer que es así. Según dice, Leandro, desde su primera canción, compone con versos de arte mayor. “Mientras los otros juglares se valían de la cuarteta, el hombre se impuso con versos mayores de 14 sílabas, como versos alejandrinos, lo que significó toda una revolución en las letras del vallenato. Por eso mismo, y por la poesía y profundidad de sus canciones es que se le llama el Homero del vallenato”.

Estudioso durante años de la vida del maestro invidente, Oñate destaca en su obra canciones como ‘No comprendo’, “que contiene el verso más largo de nuestro folclor, tiene 20 sílabas perfectamente rimadas. Lograr eso, hasta antes de Leandro, era impensable”.

Fue esa la misma sensación que tuvo Gabriel García Márquez después de escuchar ‘La diosa coronada’. La hizo pública, en una parranda cómo no, mientras celebraba junto al desaparecido Alfonso López, la creación del departamento del Cesar: “Esa es la canción más progresista de nuestro vallenato”.

Aquellas emotivas palabras derivaron en una amistad entre el escritor y el juglar que aún no acaba, y en las páginas de ‘El amor en los tiempos del cólera’, novela que el Nobel publicó en 1985.

En su epígrafe se leen los versos iniciales de la canción: “En adelanto van estos lugares: ya tienen su diosa coronada...”. Y letra adentro, en esa historia de amores contrariados de Fermina Daza y Florentino Ariza, cuando éste busca alcanzar su cariño con unas notas de violín a las que bautizó con el mismo título de la célebre canción.

El asunto, en todo caso, no fue mera cortesía. Así como Florentino deliró de fiebre por la indiferencia de Fermina, el juglar ciego padeció por Josefa Guerra, “que al creerse la más bella entre las bellas, me rechazó por mis ojos marchitos”.

Recuerda que insistió. Que la acechó cerca al río. Que le dedicó sus parrandas. “Pero siempre me rechazó y hasta paseaba delante mío a sus otros pretendientes. Por eso, lleno de rabia y de celos un día le dediqué ‘La diosa coronada’. Una confesión sincera... ahí le decía:: canta el pobre Leandro Díaz triste por la serranía”.

Ivo, el hijo del cantor, le pregunta a su padre si otro hubiera sido el destino de su arte narrativo de no haber sido por las mujeres. “Eso es cierto, donde no hay mujer yo no vivo. Yo no voy al cuartel. Me han tratado de coqueto, pero cuando una mujer se ponía soberbia, me iba para donde la otra. Así, cuando regresaba ya la encontraba contenta. Con mis versos yo le hice fue un bien a la humanidad: al componerle a una dama divertía a muchas otras”.

El maestro asoma en el rostro una risita tímida. Y uno piensa entonces que tal vez su vejez sin remordimientos le permite entender que a pesar de tanto desaire afectivo, sus canciones no serían las mismas si hubiera logrado ver. “Yo no le puedo negar que he sufrido de tristeza. Hace muchos años me pregunté ¿para qué me tiene Dios aquí en la tierra si no puedo ver? Pues para componer. Y si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo suficiente colocándolos dentro de mí. Desde entonces, todo lo que describo en mis canciones lo veo así: con los ojos del alma”.

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Nelis, sentada después en el portón de su casa en San Diego para esquivar los zarpazos de la nostalgia, calla cuando le pregunto por los amores negados del maestro. “Bástele con saber que él me ha querido mucho, que le di tres hijos y que esta fue su casa y este su pueblo durante más de 40 años, después de que salió de Tocaimo”.

Fue allí, dice, donde Leandro cogió fama de hechicero pues decía que podía adivinar la suerte de las damas con sólo tocarles la mano. Fue allí donde se deslizó a raudales su espíritu creativo y compuso buena parte de las más de 300 canciones que se cree le ha dejado al folclor vallenato. Fue allí también donde se hizo leer de labios de sus hijos varios clásicos de la literatura.

A esa casa, repite Nelis con dolor, fue hasta donde llegaron Alfredo Gutiérrez, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz y tantos otros intérpretes sedientos de sus canciones.
Le traslado esos recuerdos al maestro. Él no los niega, aunque sigue sin dedicarle palabra alguna a su pasado con Nelis.

Advirtiendo su incomodidad, le pregunto entonces cómo ha hecho para que no se le extravíe en la penumbra de la memoria un repertorio tan vasto cuando sus canciones no han conocido el papel para ampararse del olvido. “Nunca he necesitado escribirlas. Como dice el indio, ahí está el cacao”.

No le gusta que le inquieran por canciones favoritas, “a todos mis versos les tengo cariño. Con ellos combatí la amargura, con ellos me enamoré, con ellos me recordarán cuando mis ojos marchitos se cansen y se apaguen para siempre”.

Termina de hablar y advierto que Ivo, que tantas veces ha escuchado las epopeyas de este Homero del Caribe, no puede evitar las lágrimas. Me despido. Ahora, mientras me alejo de la casa, pienso que Leandro Díaz seguirá allí, tal como lo encontré hace un rato: solo, meciendo a gusto su figura de patriarca eterno.