lunes, 18 de abril de 2011

Ese poder de las palabras




Las alarmas suenan por todas partes: Renata, uno de los proyectos culturales más ambiciosos de las últimas décadas, que ha formado lectores y escritores por todo el país, amenaza con desaparecer. El escritor Nahum Montt, uno de sus fundadores, lo sabe, pero no pierde la fe. Entrevista.


Por Lucy Lorena Libreros
Periodista de GACETA

Un hombre de letras como Nahum Montt puede echarle a la escritura la culpa de muchas cosas. De los aplausos, por ejemplo. Ahí está su novela ‘El Esquimal y la mariposa’, Premio Nacional de Novela en 2004, reeditada por Alfaguara un año después, y ponderada como una “radiografía visceral y poética de la violencia colombiana de los años 80 y 90”.

Hay culpas menos gratas. Ahora mismo, Nahum la acusaría de esa incapacidad suya de aguardar la noche con ojos despiertos, sin sentir que los párpados le pesan como dos cortinas de hierro. Desde hace más de un año, no abrazar la cama antes de las 8 de la noche es un esfuerzo yerto: este nortesantandereano se obliga a ponerse en pie desde las 2 de la madrugada para terminar la novela que su editor en Barcelona espera desde hace meses.

El final de ese relato está a unas pocas páginas. Y eso es lo que le permite “asomar la cabeza” frente a un par de periodistas, tras esa larga hibernación literaria. Días enteros sin las angustias de los noticieros. Días de escribir a placer, comer lo necesario y dormir poco. Solo eso.

Ese mismo lapso de tiempo completa alejado de uno de los proyectos pedagógicos más ambiciosos de Colombia: la Red Nacional de Escritura Creativa, Renata, iniciativa que él, junto a otros escritores, creó hace más de 15 años. Convencido de la necesidad de un país capaz de “leer y escribir más allá de lo evidente”, Nahum —escritor y docente nacido en Barrancabermeja— ayudó a fortalecer la red como director del taller de narrativa Ciudad de Bogotá y como su coordinador general durante años.

Gracias a eso leyó y escuchó los relatos de miles de colombianos que asistían a estos espacios. Colombianos con un sólido apetito literario, deseosos de ponerse a salvo de los tormentos de la guerra y a veces hasta de sí mismos; gentes que atizaban sus relatos con el fuego de sus tragedias y alegrías.

Y en esos encuentros, claro, descubrió que a la escritura, a ese soberbio poder de la palabra sobre el papel, puede también culpársele de otros milagros: de que Bernarda descubriera, en Medellín, que tenía aliento lírico de sobra para fabricar poemas eróticos y de amor a sus 84 años. Que una mamá podía aliviar su contienda estéril contra un cáncer que terminó arrebatándole a su hijo. Que la jovencita al fin podía contarle al mundo sus motivaciones para entregar a un hijo en adopción. O que el soldado lisiado dejara a merced del tiempo algunos cuentos suyos.

Es que a sus talleres, en su mayoría versados sobre novela e historia, asisten personas tan variadas y complejas como los propios personajes de sus novelas. “Amas de casa, periodistas varados, pensionados, estudiantes. Recuerdo a Alma de la Calle, una lustrabotas. A un esmeraldero de la Avenida Jiménez de Bogotá”. Gente, en todo caso, con un único deseo: contar historias.

El panorama hoy no es alentador: la Red recibe cada vez menos recursos y muchos de sus líderes en las regiones y el propio Nahum Montt teme que Renata no pueda seguir. Este año, el Ministerio de Cultura destinó $30 millones para que estos talleres de escritura publiquen sus antologías. Años atrás, la cifra era dos veces mayor. ¿Es tan desalentador el futuro de la Red? El hombre que está detrás del escritorio puede sacarnos de la duda.

Nahum, ¿está de veras en peligro la continuidad de Renata?
Muchos tenemos esa terrible premonición. Si bien los talleres de escritura creativa deberían tener un presupuesto privilegiado, pues forman lectores y escritores de todas las edades, están en último plano.

Pero no es un problema particular de estos espacios, siempre la cultura ha sido la Cenicienta de los gobiernos...
Es cierto. Lo grave es que siempre se espera que se haga mucho con muy poco. Y la cultura tampoco ha sido ajena a la corrupción, que hace más daño que la violencia y Jota Mario por las mañanas. Conocemos casos incluso de poetas que los nombran como secretarios de Cultura y se roban los dineros. No se ha entendido, en su real dimensión, la importancia de formar una masa crítica de lectores y escritores con capacidad para discernir sobre las virtudes de un texto, más allá de lo que ordenen los gurués de la crítica literaria. No se ha entendido que saber leer y escribir es también una forma de legitimar la democracia.

Siendo así las cosas, ¿cómo asume el futuro de la Red?
Si llega el momento en que el Ministerio de Cultura no pueda apoyarnos más hay que buscar opciones. Nuestro problema es que la Red vive de las secretarias de Cultura, por eso la corrupción afecta tanto a este proyecto: si los dineros se los roban, recortan inmediatamente el presupuesto. Hay que evitar que la Red acabe ahogada.

Y, ¿cómo lograrlo?
El espíritu de la Red, que es poner en comunicación lo que escribe un colombiano bajo un palo de mango en Cereté, Córdoba, con otro que está en un parque de San José del Guaviare, seguirá firme. Ha sido la consigna de los talleres desde que nacieron. No hemos parado de tocar puertas en el sector privado, cada uno de los coordinadores regionales de lo talleres está trabajando en eso.

¿Por qué se ha asumido la importancia de estos talleres con tanta miopía, si cabe el término, por parte del Estado?
Podemos ponermos suspicaces y pensar que al Estado no le conviene demasiados lectores críticos. Tenemos un Estado con mentalidad de banquero: sólo le interesa que sus ciudadanos consuman. A los pequeños empresarios los bancos les prestan para consumo, no para inversión y los obligan a demostrar que tienen tres veces más del capital que va a pedir, lo cual es absurdo. Con procesos como RENATA ocurre igual: una persona que ha trascendido la lectura y llega a la escritura arriba a un proceso más profundo de su pensamiento, se vuelve un ser humano complejo y crítico. Uno podría preguntarse ¿a qué Estado le interesa un país cuyos habitantes posean capacidad crítica suficiente para cuestionar lo que ven, más allá de la información fragmentada y a veces tendenciosa que les muestran los medios? Al Estado le conviene más que la gente consuma libros, pero no invertir en que la gente escriba. Eso es más peligroso.

Para muchos, el gran aporte de estos talleres ha sido que los colombianos asumieran la escritura más como un acto de liberación que como una vocación...
Ha habido de todo. A estos talleres han llegado colombianos con grandes preocupaciones sobre la estética y la técnica, y otros porque simplemente sienten la gran necesidad de contar algo y se sienten felices al ver sus escritos publicados en antologías. Rilque, en ‘Cartas a un joven poeta’, arranca diciendo: “Si tú puedes vivir sin escribir, vive sin escribir y no te metas en este rollo”. Los talleres sirven para aquellos que, más allá de tener predisposición o talento, tienen una necesidad vital de escribir. No buscamos descubrir talentos extraordinarios y lanzarlos a la fama, lo que buscamos es compartir experiencias a partir de búsquedas de la palabra, de búsquedas literarias.

Punto aparte ha sido la formación de lectores...
Sí. Hay libros que nacen muertos, otros que mueren a las dos semanas o al año y otros más que sobreviven a los años; el gran poder de decidir eso está en el lector, y muchos de los que han pasado por los talleres quedan con acervo suficiente para eso. Ha sido una experiencia en doble vía: si bien llevo años en la literatura hay talleristas que aún me sorprenden con autores que nunca hubiera imaginado. Autores a los que estas personas llegaron solas, sin que ningún crítico literario se los hubiera sugerido.

En este país de víctimas, uno imagina que en estos talleres se está escribiendo también la memoria de la guerra...
Recuerdo una frase de Saramago: “Colombia no estará en paz hasta que no termine de vomitar todos sus muertos”. En este país es más clara la visión de los victimarios que de las víctimas. Habla un jefe paramilitar desde un juzgado y eso es la noticia de abrir de los periódicos. Lo que dicen las víctimas, no. Las víctimas son solo cifras. Entonces pasa lo que una sociedad nunca se debería permitir: terminamos haciendo apologías a los asesinos y humillando a las víctimas y estas no pasan de un llanto espasmódico en la toma de un noticiero. Si bien los testimonios de ambos son necesarios, en muchos de estos talleres encontramos personas que se asoman a la literatura por ese duelo de país.

Le escucho decir eso y recuerdo a Germán Castro Caycedo quejándose hace unos meses, en otra entrevista, de la ‘sicaresca’ que se ha tomado a nuestra literatura. ¿Si es necesaria esa apología desmesurada a la violencia?
Un escritor responde, ante todo, a unas verdades del corazón. Y esas verdades se construyen a partir de nuestra experiencia de vida. En mi caso, soy un escritor de provincia, de Barrancabermeja, que vivió en su adolescencia una época durísima de violencia. En esa época, la ciudad era un gran fortín de la UP, con una economía de guerra y paros que dejaban a la ciudad en convalecencia y obligaban a no asomarse siquiera a la ventana. Yo construí mi carrera con esas verdades. Cada escritor tiene sus verdades y sus pasados. Claro, hay otros que las traicionan y se acomodan a las leyes de los mercados. No es lo que sucede con los talleristas de Renata: no esperan publicar, no esperan fama. Sólo esperan dejar con sus palabras testimonio vivo de su propia historia.

Medio siglo a mano alzada


Durante los últimos 50 años Luisé, lápiz en mano, se la ha pasado burlándose con ingenio de la historia de Colombia. Hoy, a sus 83 años, este decano de la caricatura se resiste a abandonar su mesa de dibujo en el diario El País. Retrato hablado.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Jorge Orozco

Todos me prevenían, Luisé. Tu jefe, la secretaria, uno de tus grandes amigos en Palmira, los editores y hasta el portero que te saluda todos los días al ingresar a El País. Y sí, tenían razón, no se te hace fácil llevar a buen puerto las frases que pronuncias; eso de hablar con elocuencia no fue una de las virtudes que ponderaron, en este último mes, las personas a las que llegué preguntando por ti. No es tu culpa en todo caso: lo que intentas decir termina necesariamente reverberando en tu paladar, como si las palabras se te resbalaran de pronto de los labios sin que pudieras hacer nada para controlarlo. No es un resabio de la vejez, eso te pasa desde niño.

A ninguno de los dos nos importa eso ahora. Vamos, rumbo a Cali, en un bus Expreso Palmira, de esos que abordas cada mañana, sin falta, en La Estación, distante a catorce cuadras de tu casa en el barrio El Recreo. Las caminas sin prisa, mientras saludas a los vecinos y miras sin recato a las mujeres bonitas. El ritual se repite sin alteraciones, de lunes a sábado: llegas, te subes a ese gigantón de seis ruedas, buscas acomodo en un puesto con ventana y cuarenta minutos más tarde, antes de las diez de la mañana, aterrizas en la terminal caleña. $2.300 al bajar. Muchas gracias, señor.

Y digo que no nos importa porque ahora mismo hablas con el frenesí de un náufrago recién rescatado de las aguas, mientras yo, libreta en mano, escucho la versión de tu historia con oídos benévolos. Comienzas por la génesis de todo, por tu paso por el Ejército. Año 55, lo recuerdas en tu memoria privilegiada y sin fisuras. Entraste a la Tercera Brigada como un soldado más, pero entonces tu lápiz travieso, ese que al ya venías sacándole punta desde tu época de pupitre con los Hermanos Maristas de Palmira, quiso hacer menos obvios los días de botas y de fusil y te dio —me cuentas— por dibujar a un general de ese destacamento militar, Gabriel Revéiz Pizarro.

La broma de papel no pasaría de la carcajada de tus compañeros. O eso creías. Pero el bendito dibujo llegó a las manos del general y él, cómo no, quiso llamar al orden al autor del desagravio. Pensabas que estaría muy molesto. “El tipo preguntó quién era el padre del dibujo y yo levanté la mano con toda la valentía posible. Lo miré a los ojos y le dije fui yo”.

La cosa acabó mejor de lo que imaginabas: el atildado militar se sintió feliz de tener en su tropa a un soldado versado en el dibujo y te obligó a soltar el fusil. Además de la Tercera Brigada, pasaste por varios batallones. Te acuerdas de El Palacé, de Buga, y el Codazzi, de Palmira. Te pagaban para que dibujaras mapas de las áreas de operaciones del Ejército y de las armas que este compraba. En aquella misión, viajaste por todo el país. Ese material gráfico era usado después para la instrucción de los uniformados.

Tu esposa, Rita Cardona, esa mujer que iba camino de monja, esa que le arrebataste a quién sabe que convento y con la que completaste el año pasado medio siglo de matrimonio, recuerda bien esos inicios tuyos. No eras muy feliz por esos días, cuenta ella. Sería por eso mismo que sacabas tiempo para hacer caricaturas que terminaban luego, en un sobre cerrado, a la entrada del diario El País, en ‘La casona’ —como llamaban a la sede por entonces— en la Carrera 5 con Calle 11. A los pocos días las veías publicadas. “¡Qué irresponsables! ¿No cierto? Lo hacían sin saber quién era yo, un humilde soldado que se ganaba la vida pintando campos de batalla. Ya desde esa época firmaba como Luisé”.
Con esa misma elocuencia gráfica seduciste a Frisco González, el popular ‘Pacho’ Gato, alma y nervio del periódico El Gato, que con sus maullidos de humor les enseñó a varias generaciones de vallecucanos a burlarse con ingenio de sus políticos y de su clase dirigente. Mientras vas en este bus conmigo, me cuentas que un día cualquiera allá, en El Gato, decidieron bautizarte Rigot, buscando tal vez —reflexionas ahora— marcar una diferencia sustancial con el caricaturista de El País, quien comenzaba a tener eco entre los lectores que advertían en cada línea plasmada el poder demoledor de tus dibujos.

Bien supiste estar a la altura de esa trama ingeniosa: el talento te sobró para demarcar la frontera de uno y otro lado. La picardía se te escurre de los ojos cuando dices que pasó mucho tiempo antes de que Cali se enterara de que el ‘Rigot’ satírico y de fino humor político de El Gato, era el mismo Luisé de El País.

Esa época de risotadas luminosas y gracejos memorables está presente en los recuerdos de quien sigue considerándose uno de tus grandes amigos: Phanor Luna. “El Gato no tenía una sala de redacción como tal, quienes lo hacíamos nos reuníamos a mamar gallo en cualquier parte y hasta allá llegaba Luisé con sus aportes geniales. Desde entonces mostró una habilidad ‘sui géneris’ para plasmar la realidad política”.

De esa habilidad no fue ajeno Álvaro Lloreda, director de El País en 1961, quien —dice Phanor— estaba urgido de conseguir a un buen caricaturista. “Se convocó a un concurso al que fueron tres o cuatro personas, entre ellos Luisé, que se presentó como dibujante del Ejército; pero él se los llevó a todos, esa habilidad suya para retratar no tenía comparación”, le escucho a decir a tu amigo.

Los datos no tienen un ápice de alteración. Eso me aseguras en el bus. Pasaste el concurso y entonces la sala de redacción de este diario te recibió con el ruido de lluvia de sus máquinas de escribir. Nada más agregas que, aunque si bien ya hacías caricaturas antes de tu ingreso a El País, tu conteo personal en este oficio del humor gráfico arranca realmente desde aquel 1961, cuando ingresaste “en serio a trabajar”. Cuando pudiste abandonar “ese puesto de soldado dibujante que nunca me llenó del todo”. Ya, en Bellas Artes, dices enseguida, habías aprendido técnicas del dibujo, del color, de la composición, incluso herramientas en otras áreas que no exploraste nunca como la escultura, siempre al lado de compañeros de lujo como Omar Rayo. “Pero a mí lo que me gustaba era el humor, y eso no lo enseñan en ninguna parte”.

Ya no vive el maestro Rayo para ayudarme a evocar aquellos días tuyos. Me lamento de eso y entonces mascullas en los labios una de esas frases que te quedan a medio terminar. Apenas si alcanzo a escucharte que no le temes a la muerte, “a fin cuentas, a todos nos llega”. Lo que pasa es que, a diferencia de esos amigos de tu generación que se han ido del mundo de los vivos, “la muerte mía se va a demorar otro poquito”.

Acudo entonces a Gustavo Ospina, reportero en uso de buen retiro, corresponsal de El País durante décadas en el norte del Valle y curtido periodista político. Sentada en la sala de su casa, noto que el viejo tiene nítidas en la mente muchas anécdotas sobre ti. Me habla por ejemplo, de las veces en que fatigabas con tus caricaturas a Carlos H. Morales, gobernador del Valle en los años 60, que al parecer se inscribió en la historia de este Departamento más por su desfachatez como tomatrago que por sus acertadas decisiones administrativas.

En ese defecto viste un filón demoledor para hacerlo protagonista de tus dibujos. Lo retratabas, cuenta Gustavo, con las ropas desordenadas y agarrado a su suerte a un poste de la Plazoleta de San Francisco. Borracho. Gustavo aún se ríe cuando lo recuerda y dice con firmeza que a ti, a Luisé, “le correspondió una época definitiva de El País, la de mayor efervescencia política, cuando los periódicos debían su peso en la opinión pública al tomar partido por liberales o conservadores. Cuando se trataba de abordar los temas sobre política, la guerra informativa se libraba a muerte. El País, por esa misma razón, contribuyó a la caída y subida de muchos alcaldes y gobernadores, y Luisé, atrincherado en su lápiz, hizo parte de esa causa editorial”.
Muchas campañas y mandatarios han corrido desde entonces por este platanal. Pero esa sagacidad tuya para olfatear con criterio los temas políticos aún sigue causando admiración. Que lo diga José Campo, el caleño que fundó hace 17 años Calicomix, una suerte de catedral de la caricatura que convoca a los mejores de este oficio en todo el mundo. Claro, tú has sido uno de sus obispos mayores.

Para José, aunque tu trabajo ha explorado temas del orden nacional e internacional, tu mayor fortaleza está en el dominio de los temas locales. “Lo fácil sería caer en la tentación de retratar a personajes que están permanentemente expuestos en los medios. Pero Luisé tiene una gran capacidad para hacer hincapié en noticias locales que muchas veces se pasan por alto. Uno podría contar la historia del Valle en estos últimos 50 años valiéndose sólo de sus caricaturas”.

Y sí, cuando uno observa tus dibujos de las últimas dos décadas encuentro en ellas señas particulares de esa forma tan tuya de contar lo que sucede en esta región. Veo en algunas el palustre con el que identificabas el gobierno de Germán Villegas; la pañoleta que amarrabas en la cabeza de Rodrigo Guerrero, durante sus faenas de alcalde de Cali, pues él mismo te confesó alguna vez que lo hacía para protegerse del calor. Con Guerrero, la picardía —esa bendita picardía tuya— se te escurrió alguna vez y, en medio de risas, me cuentas que en varias oportunidades cambiaste la pañoleta por unos calzones de mujer. Nunca te dijo nada. Advierto también los lentes oscuros y el bastón de Apolinar Salcedo y las orejas de Micky Mouse que dibujabas en las sienes de Ricardo Cobo, sátira permanente de sus constantes viajes a Estados Unidos.

Le pregunto al propio Cobo si ya se le olvidaron los días en que eras su convidado de pesadilla. Apenas se ríe. “El viejo Luisé no me dejaba descansar. Pero en el fondo, yo lo disfrutaba. Sabía que más que críticas, lo que hacían sus caricaturas eran aumentar mi popularidad”.

La picardía también corría de puertas para adentro en El País. Tu mismo no has olvidado la vez en que inspiraste una de tus caricaturas en una noticia que hablaba del paso de sacerdotes de la iglesia Católica a la Anglicana. En ese dibujo se veía a varios curas de trasteo, “incluso con sus mujeres y sus hijos”. La mano se te fue de largo: en esa peregrinación de sacerdotes incluiste los rostros de Rodrigo Lloreda, entonces director del periódico, y el desaparecido Gerardo Bedoya, a cargo de las páginas de Opinión. Lloreda, como temiendo ser víctima de tus pilatunas, alcanzó a notar la presencia de ambos en la caricatura. Juraste tu inocencia por la cruz de Cristo. De nada valió, no tuviste más remedio que matizar tus retratos con bigotes para evitar un cisma en la Redacción.

Luis Guillermo Restrepo, actual director de Opinión, tu jefe, quien trabaja contigo desde hace 13 años, desempolva otra de esas anécdotas memorables que ya has contado varias veces: la tarde en que Álvaro Lloreda, el hombre que te abrió por primera vez las puertas de este diario en 1961, te despidió, ofuscado por haber terminado en uno de tus dibujos.

Te había encomendado una caricatura inspirada en ‘El oro y la escoria’, discurso que Laureano Gómez inscribió en la historia política de Colombia. Le hiciste caso: el dirigente conservador aparecía dando garrote. De un costado se veía a Cornelio Reyes, líder godo del Valle, y del otro —demasiado sutil, según tú— a don Álvaro huyendo en desbandada agarrando con sus calzonarias.

Esta vez sí fue Troya. Indignado, el director te hizo llamar a su oficina. Te amenazó con el despido no sin antes, pensaba él, hacerte pasar por la humillación de reemplazarte por un caricaturista mejor que tú. Telefoneó a El Gato preguntando por Rigot. Quería traerlo de inmediato a sus filas editoriales. Sólo entonces don Álvaro vino a descubrir que Luisé y Rigot eran realmente Luis Eduardo López, el flaco palmirano dibujante del Ejército. “Tres personas distintas y un solo burlón verdadero”, como dice Luis Guillermo.

Con el puesto a salvo —me cuentas mientras vamos en este bus— te quedaste hasta el año 67, cuando los Santos, esos de los que hablas tanto por toda la redacción de El País, te llevaron para el periódico El Tiempo. Ya habías tocado a las puertas de este diario una década atrás y no duraste más de un año. Pero lo del 67 iba en serio. Armaste tus maletas, te embarcaste con doña Rita, con Eleonora, Raúl y Liliana, tus hijos, y llegaste a una casa bellísima del barrio La Candelaria. Allá te quedaste hasta 1981, cuando te abrazó una depresión tremenda por la muerte de tu madre, Amelia Saavedra. No aguantaste la lejanía. La tierra llamó.

Y adivina qué: allá, en Bogotá, también dejaste gente que te recuerda con fervor. Allá está aún Luis Noé Ochoa —en esa época, un joven mensajero y repartidor de café de escasos 19 años— que a través del teléfono intenta reconstruir tu paso por ese diario.

Convertido hoy en coordinador de las páginas editoriales de El Tiempo y en autor de la columna sabatina ‘El Arca de Noé’, don Luis me dice que eras un tipo siempre bien trajeado y tímido, muy tímido, un rasgo esencial de tu carácter que no te ha desamparado nunca. Madrugador, además. Solías llegar antes de las 8 de la mañana a tu oficina del sexto piso, junto a la Dirección, en un edificio sobre la Avenida Jiménez, a devorar cuanto periódico encontrabas a tu paso.

Tal vez lo hacías porque no la tenías tan fácil: debías batirte en un duelo de trazos permanente con ‘Pepón’, con ‘Chapeto’, con ‘Merino’ y hasta con el español Antonio Mingote, todos ellos caricaturistas de El Tiempo en una misma época.

No fue fácil, sí. Pero durante los 14 años que permaneciste en esa oficina del sexto piso acabaste de construir tu firma de gran caricaturista. Los embajadores te hacían invitados frecuentes de sus cocteles. Los escritores —te acuerdas conmigo de Eduardo Carranza y Manuel Zapata Olivella— pasaban a tu puesto para saludarte. Los políticos preguntaban quién era el dichoso Luisé que tanto los tallaba en las páginas de El Tiempo.

Eso nunca te inflamó la vanidad. Te la has pasado viviendo la vida sin estridencias, con una discreción exquisita. Estás allí, alumbrado por el reconocimiento porque te llamas Luisé, pero no cambias por nada del mundo caminar por las calles como el Luis Eduardo López que eres, asumiendo la felicidad de ser un desconocido para muchos de los que te ven pasar sin el lápiz en la mano.

Luis Noé también puede dar fe de tus dificultades para hacer entender con palabras tus ideas frente a Hernando Santos y Rodrigo García-Peña, director y subdirector del periódico capitalino. Intuías entonces lo que debías hacer, lo que te salía mejor: expresarte con el lápiz. “Y, claro, cuando el hombre dibujaba era más efectivo que un discurso de media hora. En eso era un verdadero maestro, a todos nos sorprendía que para dibujar a Álvaro Gómez Hurtado o Alfonso López no necesitaba apoyarse en fotografías. Se sabía los trazos de estos personajes de memoria”, dice el columnista.

De eso, de esa pasmosa habilidad tuya para captar al vuelo la fisionomía de las personas, ya me habían hablado varios colegas tuyos. Mheo dice que cuando te ve tomar el lápiz sobre la mesa de dibujo advierte enseguida la escuela clásica del dibujo. “Más que un retratista, Luisé es un maestro del dibujo, un hombre que logra con una facilidad asombrosa llevar al papel los gestos de sus personajes”. Vladdo está de acuerdo y confiesa envidiarte ese parecido fantástico que logras para tus personajes de papel. “Nadie le gana a Luisé como fisionomista. Lo mejor es que a su edad no ha perdido esa lucidez con el lápiz, por el contrario la reivindica a diario”.
Cerquita de tu Palmira, en Tuluá, Jorge Restrepo, caricaturista de El Tabloide, tampoco se ahorra los elogios. Junto a él has estado en Cartoon Rendon, una cita anual que tienen los mejores caricaturistas de Colombia en Rionegro, Antioquia. “Hay que verlo en el parque de ese municipio, sentado en una mesa dispuesto a dibujar a todo el que le pida un retrato. Mira a la persona y en segundos le arranca trazos y gestos precisos”.

Incluso el propio Osuna, a quien le llevas unos cuantos años y que, a igual que tú se resiste a abandonar el oficio, deja escapar unas ideas sueltas sobre los recuerdos que guarda de ti. Visitador permanente de las páginas de opinión de El Espectador, el caricaturista bogotano cree que, al igual que él, haces parte de una escuela clásica de la caricatura preocupada más por el humor y la sátira. “No hay duda de que al pensar en la historia de la caricatura en Colombia, el amigo Luisé tiene un espacio de honor”.

Eleonora López, la menor de tus hijas —esa mujer bonita de la que te despediste esta mañana antes de salir de tu casa para partir conmigo rumbo a Cali— asegura que cuenta con pocos argumentos técnicos para defender la calidad de tu trazo. Ese no su fuerte. Si le preguntan las razones de tu éxito ella acude a la disciplina de soldado que nunca has abandonado y te obliga salir de la cama, todos los días, a las cinco de la mañana; a tu carácter radical; a ese modo de ser tuyo tan estricto, que lleva incluso a que las camisas en tu clóset deban permanecer siempre organizadas por colores y sin ninguna arruga. El desorden, asegura ella, es una de las cosas que te sacan de casillas.

Debe ser esa misma disciplina la que te impide, a tus 83 años recién cumplidos, abandonar tu mesa de trabajo en El País. Ingrid Calvo, secretaria de la redacción, te ve desfilar frente a su puesto sobre las diez de la mañana. La saludas de cualquier modo y esperas a que ella extienda hacia tus manos los ejemplares del Q’hubo, el Occidente y El Caleño. A veces la sorprendes enseñándole su figura en las páginas de Opinión de El País.

No cambias, Luisé. Eso hacías desde tus primeros años en este diario. “Cuando recién llegó se paraba en una salita que había a la entrada de la Redacción para tomar nota de los rostros y figuras que le llamaban la atención. Rostros que después terminaban en sus dibujos con los gestos y defectos exagerados”, recuerda Gustavo Ospina.

No cambias, Luisé. Eso pienso mientras te veo caminar desde la terminal de Transportes, rumbo a El País, tan discreto, tan tímido. Como si nunca te hubieras bajado de ese asiento de bus donde te vi hace un rato. Como un hombre que viaja por la vida con la felicidad de ser el más ilustre desconocido.

Santa Petrona del bullerengue


Fue descubierta para la música en 1984 mientras sacaba arena de un arroyo en Palenquito, Bolívar. Ya no lava ropas arenas, ni vende cocadas, pero su espíritu insobornable de campesina la ha mantenido a flote de los caprichos de la fama. Historia a golpe de tambó.

Por Lucy Lorena Libreros


El arroyo, el bendito arroyo de Lata que corre pegadito a Malagana. Al pie de sus aguas cantaba Petrona Martínez una mañana de agosto de 1984, mientras sacaba arena y lavaba ropa "a manduco limpio". Un músico cimarrón que pasaba cerca, Marcelino Orozco, alcanzó a escuchar aquel lamento vigoroso y lo dibujó instantáneamente sobre una tarima, acompasado con tambores de amarres, bombardinos y gaitas indígenas.

Cerca de allí —en Gamero, Bolívar— andaban a la caza de vocalistas para integrar un nuevo grupo folclórico. Marcelino lo sabía. Petrona, en cambio, cantaba sin pretensiones, nada más para aplazar el tedio y los apuros de su pobreza campesina.

Así lo había aprendido de la bisabuela Carmen Silva y de la abuela Orfelina Martínez, doctoradas en hacer de sus labores domésticas verdaderas fiestas del bullerengue. Cantaban mientras barrían, mientras pelaban yuca, mientras hervían el ñame a fuego alegre en el fogón. Y a su manera lo hacía también Manuel Salvador Martínez, ‘Cayetano’, autor legendario y un papá parrandero que agotó calendarios rodando de pueblo en pueblo al son de décimas y puyas gozonas.

Fue de esas negras que Petrona aprendió que no era necesario tener muchos libros en la cabeza —a decir verdad, ni siquiera saber leer y escribir— para componer. La música en su familia era tan natural como respirar. Bastaba con saber interpretar las necedades del clima y las penurias y alegrías de los habitantes del pueblo para tener una canción necesitada de ser bailada y entonada.

Gustavo Tatis Guerra, periodista cartagenero, escribe por eso que Petrona no da vueltas para hacer una canción: "Puede cantarle a los doce patos que tiene en el patio, a las hojas del mango que han comenzado a caerse en verano, a la tristeza del tamarindo. Los motivos parecen escogerla a ella para hacer de un episodio minúsculo una canción".

De ese acaudalado pasado musical y ancestral vino a enterarse Marcelino mucho tiempo después, cuando por fin logró el sí de Petrona para acompañarlo con su voz en los Soneros de Gamero. La negraza de ojos verdes, a esas alturas, ya ajustaba "cuarenta y tantos", tenía siete hijos y nunca había pasado una noche fuera de la cama de Tomás Enrique Llerena, ese esposo de espaldas anchas, tan trabajador como ella, que un día le prometió amores y ese ‘castillo’ de palma amarga y bahareque que comparten desde hace años en Palenquito, rinconcito ubicado a diez minutos de San Bacilio de Palenque, sobre las faldas de los Montes de María, donde esta matrona del folclor vive todavía y del que se resiste a salir a pesar de las obvias tentaciones de la fama.

La negraza se había acostumbrado a ganarse la vida vendiendo cocadas en Malagana, Mahates, Sincerín y San Cayetano, dejando impecables ropas ajenas sobre los ríos de Montería y esperando con paciencia los días de mayo, cuando los mangones dejan sobre el suelo la hojarasca de frutos dulzones que ella recogía para vender.

¿Qué podía perder entonces si se paraba a cantar en las fiestas? ¿Qué de malo tendría uno que otro aplauso en los pueblos vecinos? Petrona probó y le gustó. Y entonces, tocada por la providencia infinita de su talento, fue por más, y junto a otros músicos silvestres, extraviados como ella en las faenas de la tierra, parió la agrupación ‘Petrona Martínez y los tambores de Malagana’. "Y desde ese tiempo, niña, no he parado en la música un solo día. Ya ve, nunca me arrepentí, siempre he creído que lo que conviene a casa viene".

Ahorita mismo, la reina del bullerengue —bautizada así en honor a ese aire Caribe que ella ha paseado por el planeta— descansa su figura pequeña y sus recuerdos sobre la silla de mimbre de la casa de un primo suyo en la capital del Atlántico. Allí se hospedó durante dos noches, mientras esperaba su turno para saltar a los escenarios que aguardaron por ella en el Carnaval de Barranquilla, que recién apagó sus tambores y calló sus letanías el pasado martes.

Junto a sus músicos, apuraba el ensayo de la canción que entonaría junto al Joe Arroyo, en un concierto del barrio Cevillar al que había sido invitada por un canal de televisión. Músicos que siempre son los mismos, nueve en total. Petrona es la voz líder y lo integran además dos coristas, un bombardino, dos gaitas y tres tambores.

Este viaje a Barranquilla no parece hecho a la medida de una mujer de 72 años, como ella. Ensayos, conciertos. Homenajes, aplausos. Mañana mismo, a las cinco de la madrugada, deberá estar montada en una flota, con toda su pléyade de músicos, rumbo otra vez a Palenquito, donde les espera un festival y nuevos ensayos para sus presentaciones en el exterior. "¿Vieja yo para estos trotes?" —se pregunta a sí misma Petrona— "para nada. Apenas si me canso cuando me montan en un avión y me hacen atravesar medio mundo amarrida en una silla".

Esos viajes agotadores la han dejado a orillas de festivales en Canadá, Brasil, España, Chile, México, Italia, Holanda, Estados Unidos, Alemania, Noruega, Panamá, Malasia, Inglaterra y Francia. Su voz ha sonado en Marruecos, lo mismo que en Buenos Aires. Se ha encerrado para grabar su música en estudios discográficos de París y de Londres.

Y de esos viajes ha guardado anécdotas inolvidables en su mochila de trotamundos. Como la vez en que, encerrada en una habitación de hotel en París, se obligó a sí misma a ver una novela "en un idioma maluco". Imposibilitada para volcarse a las calles de la gran ciudad con su carácter de campesina insobornable, prefirió prender el televisor mientras llegaba el momento de cantar. Se propuso entender, a su manera, la novela que estaban transmitiendo. Al final acabó con los ojos anegados en lágrimas. "Es que el amor, dice Petrona, es un sentimiento que a veces no necesita de las palabras".

Lágrimas como esas se le escurren cuando su show en estos países termina y esas gentes de lenguas variopintas que han ido a verla aplauden con ganas de más. La negraza de mirada de aceituna a veces se pregunta qué tiene su música que logra exaltar de tal manera el espíritu. Vaya usted a saber: "Yo lo único que hago es cantar los ritmos que conocí desde niñita, allá en San Cayetano —el pueblo donde nació en 1939— las mismas cumbias, las mismas chalupas, las mismas puyas, los mismos fandangos, los mismos porros, el mismo y delicioso bullerengue"...

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Le llaman la ‘Noche del tambó’. Es viernes y la brisa en Curramba, la bella, se mide en fuerzas con el golpe de cueros que retumban en la Plaza de la Paz, escenario que año tras año acoge este evento, que ya llega a su décimo séptima versión, y es preámbulo de los ardientes carnavales de La Arenosa.

Mabel Zúñiga, jefe de patrimonio y turismo de la Secretaria de Cultura de Barranquilla, aproxima una explicación sobre lo que este espacio significa para el pueblo currambero: "Es un encuentro con los valores culturales autóctonos del Caribe, una forma de preservar las raíces folclóricas de la región y varias de sus expresiones, entre ellas la Rueda de Cumbia".

Oteando desde un rincón de la plaza lo que sucede en este lugar es más sencillo de entender: se trata de una noche en la que suenan a placer flautas de millo, gaitas cortas, gaitas largas, palmas de mujeres respondonas y el quejío de los decimeros. Una auténtica fiesta de polleras y velas encendidas.

Alrededor de la tarima, y con una sensatez que no se compadece con una fiesta a la que están invitadas las cervezas y el Old Parr, propios y extraños danzan en rueda. Las mujeres batiendo sus caderas al ritmo de los tambores y los hombres resbalando sus sombreros de paja a los pies de sus parejas.

Un nutrido grupo de artistas desfilan sobre la tarima. Pasan Víctor Segura, Catalino Parra, Pedro Ramayá Beltrán, Aurelio Fernández y Lisandro Polo. Y así está la vaina hasta que el presentador de ocasión anuncia la llegada de la homenajeada: Petrona Martínez. El público arde bajo el mismo aplauso: "...Déjala venir a su tierra santa, déjala venir a su tierra santa, Petrona Martínez, caramba, bonito que canta"...

Cerca de tres décadas dedicada por completo a la promoción del bullerengue hacen de este un tributo más que merecido para Petrona. Una matrona que en palabras de Guillermo Valencia Salgado —veterano folclorista monteriano— ha bebido de la tradición impuesta por otras grandes cantadoras de su región como Etelvina Maldonado, Totó la Momposina, Carmen Silva, Tomasita Martínez, Graciela Salgado, Manuela Torres, Estefanía Caicedo y Martina Carmargo.

El ‘Compae Goyo’, como lo llaman todos, asegura que "más que las músicas negras del Caribe, lo que recoge Petrona Martínez con su poderosa voz es el legado del África ancestral en nuestras tierras. Cuando Petrona canta un bullerengue o una puya nos devuelve en el tiempo al África que vivía sus rituales y cantos espirituales de la siembra y la cosecha con danzas. Sólo que Petrona lo vive y lo reivindica como una fiesta".

Eso bien lo han entendido los señores de la Academia Latina de la Grabación, que la nominaron en dos oportunidades a los premios Grammy; primero en 2003 con ‘Canta bonito’, y el año pasado con ‘Las penas alegres’, en la categoría de mejor álbum folclórico. En ambos casos, la matrona enfrentó la noticia con una sonrisa calma; "qué bonito", alcanzó a decir en la primera nominación. "Es que en la vida hay tiempo y hay tiempitos. El primero es cuando nos llegan las cosas en abundancia, como los aplausos y los reconocimientos. Los tiempitos son esos días en que aparece la enfermedad y la falta de alimento".

Ni siquiera esos buenos "tiempos" han impedido que Petrona deje de sentirse más campesina cimarrona que cantante ilustre. Hace años, un alcalde de Cartagena quiso enamorarla con la idea de tener una casa en esa ciudad para que ella se desplazara con su familia hasta allí. Varios músicos le han llegado con palabras de ilusión para que se instale definitivamente en Bogotá, para así garantizar nuevas giras y conciertos. Y otros más han pretendido endulzarle la vanidad con la posibilidad de un futuro de lujos en Estados Unidos.

Pero, viéndola sentada en esa silla en Barranquilla, uno siente que Petrona no ve la hora de subir a la flota para llegar a Palenquito y seguir al tanto de sus gallinas, de sus marranos y de sus cultivos; para recoger con sus manos los manguitos a punto de desvanecerse de los árboles. "A mí nadie me echa el cuento cuando se trata de sembrar una yuca, un ñame o un maíz. No me duele el brazo para alzar el machete y cortar un palo pal’ fogón. A todos les digo, déjenme ser feliz en mi casa, en mi patio, con mi negro Tomás y con mis nietos".

Joselina Llerena, una de sus hijas, y que a veces acompaña en el coro las presentaciones de su madre, es de las que cree que la vitalidad de esta matrona, la vitamina que le permite seguir tan alegre y cándida frente a los males del cuerpo a pesar de su edad, es precisamente que nunca se ha alejado de sus tradiciones: "Mi mamá —confiesa Joselina— nunca se ha enfermado de vanidad, es una campesina feliz".

No es difícil imaginar a Petrona en ese patio de Palenquito cocinando para los suyos. Lavando ropa en el río a manduco limpio y haciendo blandas esas faenas pesadas con la autoridad de su voz. No es difícil imaginarla cociendo en su máquina —acaso uno de los pocos lujos que se ha permitido— las polleras de sus nietas y biznietas (en total son cuarenta nietos y siete bisnietos), esas que ahora dicen querer seguir los pasos que fundara, hace más de un siglo, la bisabuela cantadora.

No es difícil imaginarla de nuevo en ese arroyo, en el bendito arroyo de Lata, allá en Malagana, al sur de Bolívar, tan desprevenida ante el talento infinito de esa voz cimarrona que tiene por dentro. "Y vea usted, niña, ese arroyito es el mismo que pasa ahora por mi casa, allá en Palenquito. Allí me descubrieron para que le cantara al mundo hace treinta años y al pie de ese arroyo es que me pienso morir. Eso ya lo decidí: moriré cantando, feliz, mis bullerengues".