jueves, 10 de febrero de 2011

Jaque al reino de Jovita


Iván Montoya lleva tres décadas interpretando a Jovita Feijoo, personaje entrañable de la historia de esta ciudad y del Carnaval del Cali Viejo, que cada 28 de diciembre se toma las calles. Hoy, a sus 81 años, vive uno de los papeles más dramáticos de su carrera:
el miedo a terminar en el olvido
.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña

Esa debe ser Jovita que está loqueando”, escuchó el muchacho que le gritaron, al preguntar por el tumulto de gente que sobresalía en una esquina de la Plaza de Cayzedo de Cali. Era enero de 1953. Iván Barlaham Montoya contaba apenas 20 años y sólo guardaba entre los bolsillos el recuerdo de ser un montañero feliz, criado en Sevilla, tierra del norte del Valle conquistada por paisas a lomo de bestias.

Acostumbrado a observar esas mismas romerías en la plaza de su pueblo, cuando se escurrían por las faldas de la loma noticias sobre asesinatos a manos de 'Los pájaros' y 'La chusma', Iván sospechó que quizá la Señora Muerte —protagonista de ese periodo oscuro de la historia nuestra que alguien bautizó La Violencia— había extendido su manto negro por Cali.

Después lo comprendió. Allí, en esa esquina de la plaza, arropada por las miradas de transeúntes desprevenidos, se alzaba una loca de ojazos verdes que los caleños de entonces conocían bien: Jovita Feijoo. Lucía maquillada como para una fiesta. Los años surcándole la piel de trigo. Se veía engalanada con sombrero de velo, guantes de encaje, collares abundantes y ropas finas que no parecían a su medida y se sostenían en su figura grácil a fuerza de remiendos.

La mujer conversaba con la gente. “¿Qué necesidades tienen en sus casas? No se preocupen, de eso me encargo yo. Ya tengo cita con el gerente del banco, con el gobernador y con el obispo. Ellos me escuchan y me hacen caso. Ya verán, ya verán…”.

Terminaba de decirlo y daba media vuelta. La espalda erguida y los pasos precisos. Jovita caminaba, obsequiando besos a los curiosos, hasta adueñarse de un nuevo costado del parque. Entonces llovían más promesas: “Yo los entiendo, y por eso es que me gusta ayudarlos, desde niña he conocido la pobreza, la diferencia con ustedes es que he conocido también la riqueza de que me llamen reina”…

****

Es 2 de diciembre y medio siglo ha corrido desde aquel providencial encuentro. La voz de Jovita revive en la sala modesta de un apartamento del barrio Alameda, en las fronteras del centro de Cali. Una voz que después se hace recia para develar a su verdadero dueño: un abuelo con voluntad de guerrero que se las ingenió para permanecer vigente en el teatro y ser de alguna forma el albacea amoroso de los recuerdos que dejó Jovita, uno de los personajes más entrañables del Cali Viejo. Esa  reina eterna a la que él revive en cada Desfile de Carnaval del Cali Viejo, el día 28 del último mes del año, en plena Feria de Cali.

El de hoy no es el Iván de siempre. A sus 81 años, el actor de teatro más veterano de esta ciudad
—integrante orgulloso de esa pléyade de artistas que, junto a Fanny Mickey y Enrique Buenaventura, moldearon en los 70 el Teatro Experimental de Cali, TEC— conoció la soledad. El “complejo de sentirme viejo".

Iván aguarda una llamada, algún mensaje que lo saque del marasmo. Alguien que le confirme que como cada diciembre se subirá en un carro de bomberos para hacer parte del tradicional desfile callejero y así interpretar de nuevo a Jovita. Tal como lo ha hecho en los últimos 35 años.

—Debe ser que ya me ven muy viejo—, se lamenta de nuevo. —Por eso que este año no me han llamado de la Alcaldía para el desfile. Presiento que, ahora sí, el vestido y los collares de Jovita se quedarán colgados”.

Beatriz Monsalve —su amiga y fundadora junto a él del Teatro Salamandra del Barco Ebrio, otras de las compañías de teatro icónicas de esta esta ciudad— entiende ese dolor. Es que Iván, se le escucha decir, vive la actuación “más como una religión que como un oficio”.

Iván insiste en que le sobran arrestos no sólo para interpretar durante horas a Jovita, en la calle y con el sol a cuestas, sino para enseñar y para actuar. Justamente, en esas andaba en septiembre del año pasado, cuando preparaba con sus alumnos de último año de la facultad de artes escénicas del Instituto Bellas Artes, la obra‘Los invasores’. Era la obra de graduación.

La pieza fue ensayada hasta el cansancio: una joven se balancearía por los aires hasta dejarse caer sobre un grupo de actores, entre ellos Iván. Pero el día de la presentación final, algo salió mal y el asunto se salió del libreto. La novel actriz no cálculo con acierto su caída y terminó sobre el cuerpo del viejo actor, que frente a padres de familia, maestros y alumnos quedó tendido en el suelo, inconsciente. Casi muerto. El accidente develó lo que hasta ese momento no habían sido más que algunas molestias que Iván prefería obviar: una anemia y un tumor en el estómago que debía extirparse de inmediato.

Imaginó que era el fin. “Alcancé a despedirme de todos los que estaban conmigo en aquel momento. Las cosas ocurrieron justo un 30 de septiembre, fecha de mi nacimiento. Supongo que alguien alcanzó a avisarles ese detalle a los médicos que me operarían porque mi recuerdo de ese día, cuando creí que me reencontraría con Jovita, allá en la otra vida, es el canto de cumpleaños de un grupo de personas vestidas con batas azules”.

Afuera del quirófano, en los pasillos de la Clínica Rafael Uribe Uribe, varios de sus amigos, estudiantes y colegas tampoco creían probable que el artista resistiera.

No sería en todo caso la muerte de Iván Montoya, pensaron todos. No moriría el hombre de teatro que un día, jalonado por Carlos Sánchez Jaramillo —a la postre el primer actor que encarnaría al mítico Juan Valdéz— ingresó a la escuela de teatro de Bellas Artes en Cali. No sería la muerte del creador de un centenar de obras de teatro ni del protagonista de películas y comerciales de televisión,  ni del ganador del Premio Nacional de Dramaturgia; del tipo que también hizo historia en el Teatro Popular de Bogotá, TPB.

Sería, por encima de todo, la muerte definitiva de Jovita, el personaje que él se ha esforzado por mantener vivo, durante décadas enteras, en la memoria de los caleños.

Al viejo Iván, sin embargo, no le había llegado aún la mala hora. Un par de meses más tarde, como cada 28 de diciembre,  Iván cubría una vez más su cuerpo frágil con un vestido verde; se vistió los ojos con pestañas rizadas, los labios con rojo carmesí y el cuello con collares pintorescos. Iván revivía. Jovita revivía.

Coronando un carro de bomberos, todos los vieron de nuevo cumplir su cita con el carnaval. Fue solo entonces que volvió a sentirse vivo. Muchos de quienes estuvieron allí, sobre la Autopista Sur aquel día, no daban crédito: allí estaba Iván Montoya, tan campante, tan vivaz, como si cargara el manual de la felicidad bajo el brazo. Ninguno sospechó que aquella Jovita que saludaba eufórica era en realidad un anciano al que aún le dolían los puntos sin suturar de una reciente cirugía.

*****

Sentado en la sala de su casa, el actor cuenta que está a la espera de una nueva operación que termine de sellar por completo las heridas de ese tumor descubierto a tiempo.

Ahora vive solo, fiel a su espíritu de soltero insobornable. Ha sido así  desde hace 11 años, el mismo tiempo que lleva habitando el último piso de un antiguo edificio frente al Parque Alameda. Y si uno no supiera de sus dolencias, creería que esta mañana de entrevista optó por una sudadera gris, más por comodidad que porque en realidad es una de las pocas prendas a las que puede aspirar para disimular ese estómago a medio hacer, como de plástico, que le dejaron los médicos temporalmente.

“Ando todo remendado y con un estómago de mentiras —se le oye decir, burlándose de sí mismo—. Ahora, no es fácil ser yo: a veces, cuando me despierto, me pregunto si de verdad no morí aquel día; si cuando me pare de la cama no me encontraré por ahí caminando a Jovita, a Fanny, y a todos esos que se han ido de este mundo de los vivos antes que yo”.

Pero es él: Iván Barlaham de Jesús Montoya Correa de Las Partidas de la Española, este último el nombre de ese cruce de caminos ubicado cerca a Montenegro, Quindío, donde nació a la fuerza. La historia, recuerda, ocurrió así: su madre Ana de Jesús, con una barriga de nueve meses de embarazo, no se sentía capaz de aguantar el parto hasta que la familia terminara su travesía hasta hallar un lugar del sur colombiano donde echar raíces. Esa zona, decían, era la tierra prometida después de la Guerra de los Mil Días.

El periplo de los Montoya Correa terminó en Sevilla, población cafetera encumbrada en las montañas del Valle del Cauca, fundada por Eraclio Uribe, hermano de Rafael Uribe Uribe, abogado, diplomático y militar que se inscribió en la historia  precisamente por sus gestas en esa guerra.

Sería allí donde Iván, siendo un apenas estudiante de escuela, sembraría un eucalipto con un “indio de ropas elegantes que hacía campaña para convertirse en presidente” —como recuerda a Jorge Eliécer Gaitán—. Sería allí mismo donde comenzó a acariciar el sueño de convertirse en actor de cine, a lo Charles Chaplin, a lo Fred Astaire.

Ahora mismo, mirando la ciudad por la ventana, Iván recuerda esos días en los que solía pararse sobre los rieles del tren de su pueblo para imaginar qué camino tomar en la vida. Si siguiera el camino de ese riel que va hacia el sur —pensaba— llegaría al cine argentino y así compartiría set con Hugo del Carril. Si siguiera por el norte, llegaría a Hollywood, donde seguramente lo esperarían Sophia Loren y sus curvas de delirio.

La violencia feroz entre liberales y conservadores cambió los planes. Tras recibir amenazas de muerte, el padre de Iván —que se negó a contribuir económicamente a esa causa de sangre— emprendió otro nuevo viaje con toda su familia, esta vez a la Cali prometedora de los años 50.

Encallaron en al barrio Bretaña, justo donde se dibujaban las fronteras de la ciudad con el resto del Valle. Y desde allí, acompañado de su madre o de una vecina, era que Iván tomaba un bus que paraba justo en la Plaza de Cayzedo, escenario de las habladurías de esa “señora sueltica” —no le gusta llamarla loca— que se decía amiga de los poderosos, así pasara sus noches en una piecita de un barrio humilde, el barrio El Hoyo.

Sólo entonces vino a saberlo: mucho antes de que él llegara a Cali, Jovita Feijoo había conquistado en los años 30  —junto a personajes populares de la época como el Loco Guerra y Riverita— el corazón de los caleños. Ya para entonces le decían la Reina de Cali, ignorando a propósito que había nacido en realidad en Bolo Alisal, corregimiento de la vecina Palmira.

Su voz de señora encopetada comenzó a ser familiar desde aquella vez en que aceptó la invitación de participar en un concurso de canto del programa ‘La hora de los aficionados’. Se emitía por ‘La higuerona’, emisora que dejaba escapar su señal justo desde la plaza. Debutó con ‘La palmirana’, canción que si bien no le mereció elogios musicales, le dejó abiertas las puertas de la emisora. Jovita volvió, una y otra vez, hasta hacerse famosa, como si en vez de su voz sin gracia las ondas de la radio dispararan la intensidad melódica de una diva del canto.

Nada volvió a ser igual desde entonces. Sin ser la más bella, los estudiantes de medicina de la Universidad del Valle, maravillados con su gracia, la postularon como candidata para el reinado universitario, sin importarles que las demás 'mises' tuvieran más gracia y muchísimos menos años.

La imagen quedó escrita en la historia del Colegio Santa Librada donde fue elegida como reina de la alegría. Ni ella ni los estudiantes lo comprendieron entonces: con esa corona de flores simbólica que posaron sobre sus sienes había nacido una reina vitalicia que, 40 años después de su muerte, sigue sin ser destronada en el imaginario popular.

La misma corona de flores y la misma gracia que el artista plástico Diego Pombo plasmó en la estatua gigante que vive en el Parque de los Estudiantes de la Calle Quinta. Desde allí, la loca Jovita otea a su Cali querendona. Y nos recuerda que a pesar de tener razones para el llanto, se esforzó siempre por encontrar la risa: su locura hizo felices a una generación entera de caleños y le hizo olvidar que había sido violada en un cañaduzal siendo una adolescente.

De esa violación, se creyó siempre, habría quedado un hijo del que nunca se conoció su paradero. Era el único tema vedado en las largas conversaciones de Jovita en la Plaza. Lo único que le borraba la risa amable y la obligaba a reaccionar con violencia. Nunca reconoció aquello del hijo: “Yo me quedé señorita para siempre y cerrada con siete llaves, chapa, candado, cerrojo, aldaba, cinto duro, perro y seguro”, solía pregonar.

Para entonces, también, eran pocas las familias de la ciudad que escapaban de esculcar los clósets de sus casas para rescatar vestidos y joyas baratas que Jovita lucía gustosa después en el Club Colombia, a donde se hacía invitar para conversar de tú a tú con los poderosos. O para sus citas con José Pardo Llada, el cubano que cambió la historia de la radio caleña, y con el padre Hurtado Gálvis, a quienes trataba de convencer de que ella, en su calidad de reina, tenía derecho a ser la dueña y señora de la Casa del Virrey, en Cartago.

Iván Montoya, el albacea amoroso de aquella locura, vino a conocer todas esas credenciales cuando se instaló definitivamente en Cali y asumió como un deleite personal frecuentar el centro caleño sólo para adueñarse de los gestos de Jovita, de su entonación, de su manera de caminar, de su dulce locura. “A veces sentía que ella me miraba fijamente, como si intuyera que yo la adivinaba, como si presintiera que estábamos hechos de la misma locura; eso me intimidaba”, confiesa el artista.

El fotógrafo Johnny Rasmussen conoció de cerca la pasión de Iván por ese personaje. Ambos solían frecuentar, a comienzos de los 80, un café restaurante ubicado en un caserón tulueño que en las noches servía de refugio a artistas bohemios de todo el Valle.

Iván se subía al escenario y hacía su show. “Al terminar mi función, los asistentes le pedían que se quedara. Y así fue, hasta un día en que sonó una canción de Louis Armstrong y a él se le ocurrió, desprevenidamente, comenzar a hablar como esa Jovita que tantas veces había visto en la Plaza de Cayzedo”.

Fue el comienzo de una historia de amor, como la califica Rasmussen, escrita sin traiciones. “Iván se ha metido tanto en el personaje que le ocurrió lo mismo que a Johnny Weissmuller, el actor que personificó a Tarzán: aquel papel lo consagró, pero se convirtió también en su alter ego, en su otro yo. Sospecho que si él dejara de personificar a Jovita, sería como si una parte de él se muriera”.

El propio Iván lo sabe bien. Autor de ‘Elogio a la locura: reina en jaque’, guión teatral que le mereció el Premio Nacional de Dramaturgia en el Festival de Teatro de Cali en 2006, el actor asegura conocer mejor que nadie la vida y milagros de ese personaje popular que solía decir que la cabeza sólo le había servido “para lucir coronas di’ oro, perlas y piedras finas, nada más”.

Esa Jovita que, está seguro, de haber tenido "una dosis pequeñita de cordura” habría sido otra Fanny Mickey: “ella fue en realidad la fundadora en Cali del teatro callejero”.

Esa Jovita que se entromete en su vida, incluso cuando duerme. Sin apartar la mirada de la ventana por la que se dibuja una mañana fría, Iván, el loco Iván, recuerda la noche en que la reina eterna de Cali lo asaltó en sueños, después de interpretarla por primera vez en el desfile del Cali Viejo.

Se le apareció en una pesadilla de la que le costó repornerse. De repente, Iván se vio sentado en su cama de frente a la calle, pues las paredes de su cuarto habían desaparecido por completo. Entonces vio los ojos de la mujer, unos ojos de aceituna que se acercaban, acechantes, a toda velocidad, "como dos farolas de un camión dispuesto a arrollarme". Un miedo terrible le recorrió el cuerpo. Y así, asustado, abrió los ojos, sentado sobre su cama real. No había sido más que un mal sueño. Pero ni siquiera por ese susto dejó de invocar su nombre. “Jovita me quiere, lo sé. Ella entiende que mientras viva no dejaré que se pierdan su cetro y su corona”.

martes, 8 de febrero de 2011

"Pablo Pueblo sigue vivo"


Diálogo breve, pero bien afinado, con uno de los salseros que ha sido, durante años, el ángel tutelar de mi pasión por la salsa. ¡Persígnate brother!


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Hroy Chávez
Cartagena

Sucedía siempre: estando en plena campaña para alcanzar la presidencia de Panamá, en 1994, los seguidores de Rubén Blades atiborraban coliseos, plazas y parques. El hombre había fundado un partido, ‘Papá Egoró’ (madre tierra); había elaborado un sustancioso plan de gobierno con énfasis en temas sociales; cuestionaba los despilfarros y errores de gobiernos anteriores. “Patria es una palabra muy usada para la sinvergüenzura”, se le escuchaba decir”. Y todo eso sonaba bien.

Pero entonces, en el epílogo de cada manifestación en público, todos esos seguidores olvidaban al político en ciernes que tenían en frente suyo y comenzaban a recordarle sus canciones, llevando el ritmo con las palmas de las manos: ese “diente de oro que iba alumbrando toa’ la avenida”… ese Pablo Pueblo, el hijo del grito y la calle, de la miseria y del hambre, del callejón y la pena”.

La anécdota la recuerda el propio cantante, en Cartagena, a donde llegó como uno de los invitados estrella del Hay Festival de este año. La recuerda y la justifica: “Muchos no lograron desprenderse del Blades cantante. Y yo, a la larga, los entendía, porque la música no es sólo divertimento, es también un vehículo para expresarse, para reflexionar. Y mientras los escuchaba cantar, pensaba este ‘Pablo Pueblo’ sigue más vivo que nunca”.

El padre de Pedro Navaja no ganó. El entusiasmo de sus votantes alcanzó para el tercer lugar. Y cuando todos pensaban que la experiencia lo dejaría fuera del ring de la política, sucedió que Martín Torrijos lo convenció de que se convirtiera en su ministro de turismo. “Muchos creían que por mi falta de experiencia no duraría ni tres meses. Pero me concentré en convertir a mi país en el país más visitado de todo Centroamérica, en epicentro de grandes eventos y convenciones. Me desconecté de la música. Nada de conciertos. Que no vinieran a decir: al musiquito le quedó grande ser ministro”.

Un nuevo acto de rebeldía. Porque Rubén Blades, hay que reconocerlo, ha hecho de la terquedad una virtud.

En 1969, cuando vio la luz su primer disco, ‘De Panamá a Nueva York’, incluyó, desestimando todos los consejos de sus artistas amigos, el retrato musical de ‘Juan González’. No era, sin duda, una buena época para andar cantando la desdicha de un guerrillero que terminaba abatido a manos del Ejército, “la tierra viste de luto, los campos lloran a Juan Gonzaléz”. 16 dictaduras se habían tomado a América Latina por esa época. Era casi un acto suicida.

Nada de eso ocurrió. Como tampoco que ‘Siembra’, álbum que generó escepticismo, incluso entre grandes como Jerry Masucci y Johnny Pacheco, echaría por el abismo la unión de Blades con Willie Colón. Los salseros ortodoxos lo declararon herético. Lo que pasó después, lo hemos cantando de sobra: ‘Pedro Navaja’ es el himno salsero de los latinoamericanos. Y ‘Plástico’ aún nos recuerda que en muchos de nuestros países “en vez de un sol amanece un dólar”.

El álbum no sólo se tradujo en ventas millonarias. Fue una lección que Blades convirtió en el blasón de su lucha como artista: “Entendí que nunca nadie debía decirme qué grabar, no he permitido que ninguna compañía de discos lo haga. Al comienzo era un riesgo grande, implicaba no convertirme en una figura mundialmente famosa, pero me convertía en un escritor. Y como sucede con los grandes libros, las buenas canciones ni los buenos álbumes tienen fecha de vencimiento”.

Había nacido, cómo no, la salsa intelectual, la salsa social. Ya estaba bueno de sólo “ven, vamo’ a gozá”.

¿Qué determinó esa irrupción de letras sociales en un género que hasta ese momento se había preocupado más por incorporar tambores y trombones abiertos que estrofas reflexivas?

“Mi niñez y adolescencia –confiesa Blades– estuvieron marcadas por fuertes episodios políticos. En 1964 Panamá fue escenario de una masacre cometida por el Ejército de Estados Unidos, que vivía en la Zona del Canal. Asesinaron a estudiantes que habían cruzado la 'frontera' para izar la bandera panameña, que no estaba prohibido. Súmale la existencia de más de 15 dictaduras militares en toda América, súmale Vietnam y la lucha por los derechos civiles de Estados Unidos. Y mientras todo aquello sucedía, Elvis Presley bailaba rock and roll; y sonaban los Beatles. Y sonaba también la orquesta Aragón, y Tito Puente y Richie Ray. Bebí de todo eso para hacer mi música”.

Hoy, 42 años después de haber elevado al firmamento salsero su primera canción, siente que la madurez le ayuda a escribir de forma más sincera. “Ya uno se preocupa menos por las consecuencias de lo que dices y haces. Cuando inicié, mi preocupación era hacer de las canciones de salsa una crónica cantada, una cantera de historias urbanas, de barrio, pero sin caer en el panfleto. Aún sigo creyendo que debe ser así, pero sin preocuparme eso qué reacción vaya a tener”.

El propio Carlos Fuentes lo entendió así. Y alguna vez dijo que las canciones de Rubén Blades eran como cuentos cortos.

Esa afinidad con la literatura lo llevó incluso a tratar de convencer al propio García Márquez, al que llama “un músico que escribe novelas”, de dar forma a un álbum a cuatro manos. Así lo recuerda Blades, a su paso por Cartagena. La misma ciudad donde –él lo sabe– el Nobel colombiano cocinó varias de sus mejores piezas literarias. “Un día lo llamé y le sugerí que escribiéramos un disco. De inmediato, dijo no. Me mandó a que lo escribiera solo. Al cuestionarle por qué sólo le escuché decir: “Porque no terminaríamos nunca”.

La anécdota terminó en un trabajo musical en el que Blades llevó hasta los terrenos de la salsa diez cuentos de Gabo, entre ellos, ‘Ojos de perro azul’, que no fueron muy acogidos.


No importó, dice Blades. “Hay música que cumple a veces el papel de ser nuestra banda sonora. No siempre lo que escribiré y cantaré le llegará a todo el mundo. Pero, a mis 62 años, me queda la tranquilidad de haber logrado que en el corazón de cada latinoamericano palpite, gracias a la salsa, la necesidad de construir una Latinoamérica mejor”.

lunes, 7 de febrero de 2011

Mompox, o el arte de la paciencia

Los pescaditos de oro sólo brillan hoy en las páginas de Gabo y su recuerdo literario de un coronel que se encerraba a fabricarlos en un taller de Macondo. Lo que GACETA encontró en Mompox fue un pueblo que trata de endulzar el abandono y la pobreza con lo único que sabe hacer: tejer joyas en filigrana. Crónica.

Texto y foto: Lucy Lorena Libreros

El taller de orfebrería de Miguel es una especie de celda que cabe en la mirada. Todo luce estrecho, pero todo cabe al fin de cuentas: un crisol donde la plata que viaja desde Bogotá en forma en gránulos se vuelve líquida. Un laminador que transforma ese metal precioso en hilillos de grosores variopintos. Sobre una mesa rústica y pequeña de madera, desordenados, se asoman pinzas, alicates y martillos. Y apostado junto a ella, un abuelo que se sienta en este mismo espacio todas las mañanas, con disciplina de soldado, incluso en días en los que, como hoy, no resta más que esperar a que detrás del sol venga la luna.

Este miércoles de enero ese sol se encendió temprano sobre el cielo sin nubes de Mompox, la histórica isla que flota sobre un brazo del río Magdalena, al sur del departamento de Bolívar. Afuera del taller, las calles hierven alegres al calor de 37 grados centígrados, mientras don Miguel, con los lentos andares que le permiten sus 83 años, hace el esfuerzo de desplazarse hacia la caja que resguarda la mayoría de piezas de filigrana que fabricó, desde octubre pasado, a la espera de esos compradores ansiosos —europeos aventureros casi todos— que llegan por estas fechas con su mochila de trotamundos.

La luz dorada se escurre con dificultad por la ventana del lugar, pero es suficiente para reconocer la autoridad de un arte, la filigrana, que se ha mantenido desde los tiempos ingratos de la Colonia gracias a doscientos talleres como éste y a orfebres que, como Miguel Anaya, heredaron desde entonces la soberbia tradición de convertir hilos de oro y de plata en exquisitas piezas de joyería con los saberes de sus padres, sus tíos y sus abuelos.

Una vez sobre la mesa, la caja del hombre —que atesora medio siglo de tradición en este oficio— deja caer las piezas que sus ojos cansados por la edad, unas gafas mal recetadas y un astigmatismo en progreso no le han impedido fabricar con acierto. Don Miguel, lo entendí pronto, es un artesano que ve mejor con las manos.

De su caja saltan mariposas del tamaño de una insignia militar; aretes bellamente decorados con libélulas, hojas de árbol, pájaros y tortugas; anillos rematados en flores de pétalos generosos y gruesas pulseras tejidas en plata que le toman hasta dos semanas de confección. Todas ellas, piezas de una belleza deslumbrante que uno imagina fácilmente asomadas tras los vidrios de un refinado local de centro comercial.

Ochocientos gramos en total. Lo suficiente, advierte Miguel, no sólo para vivir con lo básico y sin angustias por lo menos durante tres o cuatro meses, sino para obtener bríos económicos para arrancar una nueva producción.

Pero ahí están las joyas. Hermosas sí, pero arrumasadas dentro de paredes de cartón. No como deberían permanecer en suerte, coqueteando desde un mostrador. Los turistas, que en otros años por este mismo mes —plena temporada alta— tenían al límite la ocupación de los seis hoteles con que cuenta Mompox, esta mañana apenas si se enumeran con los dedos de las manos.

Ni los propios momposinos tienen con qué hacer menos grave estos tiempos de escasez. Hace rato entendieron que era mejor no dejarse encandilar por la exquisitez de ese arte que sus ancestros hicieron suyo hace siglos. Que lo aprecien y lo compren otros. Los italianos, franceses y alemanes que llegan en sandalias, sudando a mares y con su español a media lengua. Los momposinos lo saben bien desde hace años: lo que pueden costar unos aretes —digamos, los más sencillos— $25.000, es el valor de la comida de un par de días para una familia entera.

“Qué enero más malo”, se le oye quejarse al viejo.

***

No es fácil llegar hasta Mompox. La sentencia la lanzó Luis Ramírez, el cartagenero que se encargaría de transportarme durante las ocho horas y media que toma llegar, desde su ciudad, hasta ese poético rincón que Gabo inmortalizaría, en los años 60 en ‘Cien años de soledad’, con los pescaditos de oro que el coronel Aureliano Buendía, retirado de tantas guerras y amores mal resueltos, fabricaba en su taller de Macondo.

Lo recomendable, advirtió Luis, era salir de Cartagena en la madrugada; cuando aún las flores sudaban el rocío. Su camioneta, en efecto, arrancó puntual el recorrido hacia las dos y media de la mañana para, luego de atravesar todo el sur de Bolívar —cinco horas pedregosas por una carretera acosada por el abandono— atracar en Magangué, puerto sobre el río Magdalena desde el que los habitantes de la región se conectan con el Caribe colombiano y resto del país.

Una vez allí, se aborda una chalupa que deja a los pasajeros en La Bodega, una villa que vive de la pesca y el rebusque. Más lo segundo que lo primero. El trayecto sólo toma unos treinta minutos. Lo que sigue después parece más la expedición ambiciosa hacia un pueblo escondido entre las selvas chocoanas y no a un municipio que cocinó nuestro grito de independencia dos siglos atrás. El mismo que por su valiosísima arquitectura fue declarado por la Unesco, en 1995, con el flamante título de Patrimonio de la Humanidad; ese que el Estado tiene además como parte de sus monumentos nacionales desde 1959.

Nada de eso parece cuando te explican que desde La Bodega hay que tomar un taxi o mototaxi que, tras veinte minutos, te deja a los pies de una carretera rota —producto de la fuerza descomunal que despertó el reciente invierno sobre el río— lo que obliga a que turistas y habitantes deban cruzar, equipaje en mano, un puente improvisado que conecta con el resto de la vía.

A bordo de otro vehículo siguen a continuación cincuenta minutos tortuosos por una carretera, dominada por el polvo, en la que es necesario zigzaguear permanentemente para esquivar los enormes huecos que han dejado los políticos y sus promesas de cartón y, claro, sendas olas invernales. La más reciente y devastadora, la que acosó a todo el Caribe a finales de 2010.

Son los estragos de ese invierno demoledor, de esos meses reducidos al rumor de las lluvias torrenciales, que destruyeron el único acceso con que cuenta Mompox hoy en día —ya no es posible arribar por el río— lo que tiene al viejo Miguel y a decenas de orfebres más al borde de la desesperación. Ahí están sus mercancías, sin vender, por la ausencia de grandes compradores extranjeros. Y sin más salida que la resignación pues “eso de ser patrimonio no sirve pa’ un carajo”, grita el abuelo.

Lo mismo cree José Dávila, otro maestro de la filigrana. Bogotano de nacimiento, abandonó su carrera de medicina para dedicarse a trenzar hilos, primero de oro y después de plata. Aquello fue hace 28 años y desde entonces nunca se arrepintió de haber torcido el destino. Llegó a tener hasta 14 artesanos a su cargo en su taller Don Blas y unos niveles de producción de joyería tan agitados que alcanzaron 15 mil gramos de sus joyas vendidas. Eran otros tiempos.

Los de ahora son menos gratos. Ya no se trabaja con oro, como en los 60 y 70, cuando comprar ese metal precioso era tan fácil como conseguir una bolsa de leche en una tienda. Los turistas, atraídos por la historia de los afamados pescaditos de oro, compraban en grandes cantidades y volvían por más.

Hoy, un solo gramo dorado puede alcanzar los cien mil pesos. Entonces la plata, igual de maleable y no menos bella, les lanzó el salvavidas. Los momposinos la consiguen hasta en mil seiscientos pesos el gramo. Ese fue el camino eficaz para que el arte de la filigrana no quedara confinado a las páginas de Macondo.

“Esa bitácora de viaje para llegar hasta Mompox que usted se llevará consigo como anécdota —alerta José— es lo que nosotros debemos enfrentar por cuenta del invierno. Del que pasó recientemente y de todos los que nos han golpeado en los últimos años. Es una vergüenza. Creo que somos el único municipio con aspiraciones de convertirse en corregimiento. Ya lo ve, eso de ser patrimonio nos quedó grande”.

La vía misma que conduce hasta Mompox cuenta la historia de esos días mojados y azarosos cuando la lluvia cayó con un llanto incontenible. La crudeza del calor de este enero ha secado ya lo que antes era lodo e inmensos charcos. Pero la marca de la altura que alcanzó el agua desbordada, más de un metro, quedó dibujada a lo largo de varios kilómetros en las fachadas de los ranchos que terminaron por ser inhabitables y en las casas que resistieron la intromisión de esas aguas intrusas y violentas.

Las pérdidas, por cada uno de los talleres del municipio, advierte José, llegaron a los $12 millones.

La crudeza de las lluvias no alteró, sin embargo, el calendario de labores de los momposinos orfebres. Trabajaron a toda marcha entre octubre y noviembre pasados con la esperanza de verse compensados con las ventas jugosas de diciembre y enero. Esta vez no ocurrió.

Y pensar que un día —se lamenta el historiador Alfonso Ramos, docente de la Universidad de Cartagena— Mompox fue la ‘niña mimada’ de la Colonia. Nada de lo que se vendía y se traficaba en territorio nacional dejaba de pasar primero por esta isla que llegó a ser más importante que la propia Cartagena, pues su otrora ubicación estratégica permitía el arribo de los buques que recorrían, a fuerza de vapor, las aguas del Magdalena.

Así, llegó a ser destino de todas las comunidades religiosas de España que arribaron hasta la isla con su cristo sangrando entre las manos y su Inquisición. El destino también de familias adineradas de La Heroica, que llegaban huyendo del acoso mortal de los piratas. Escenario del quintaje real, era en la Villa de Santa Cruz de Mompox, como la bautizaron, donde se pesaba todo el oro de la Nueva Granada que después cruzaba el Atlántico hasta parar a los grandes salones de la Corona.

Nadie lo valoró entonces, pero tras esas riquezas, el pueblo fue convirtiéndose en cuna fértil de un arte, la filigrana, en el que manos pacientes tejen delicados hilos de metal, tan delgados como cabellos humanos.

Lo que sucedió aquí fue una suerte de diáspora de medio mundo. “La zona era habitada por indígenas zenúes que dejaron un brillante legado de orfebrería y cerámica prehispánica. Los españoles que llegaron trajeron consigo sus propias técnicas en joyería, influenciados, entre otras cosas, por esa invasión árabe que los sometió durante siglos. Y todo eso —explica el profesor Ramos— acabó mezclándose con la sabiduría de los negros esclavos que no sólo sabían cómo extraer oro en cantidades, sino cómo transformarlo”.

Tres siglos más tarde, Colombia se hizo libre y los españoles se marcharon. Pero ese sincretismo artesanal de manipular metales preciosos quedó afincado en la memoria popular de un pueblo que en cuestión de décadas vio esfumar toda su grandeza.

Durante el Siglo XIX, la guerra de Independencia —cuyo primer grito se dio en realidad en Mompox y no en Santa Fe, como se ha enseñado siempre, y que llevó al propio Bolívar a proclamar “si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”— sumado a las siguientes guerras civiles, financiadas en su mayoría con los recursos de la isla, empezaron a marcar el ocaso.

La naturaleza tampoco ayudó. La erosión y sedimentación lograron que el río perdiera profundidad. Así, los barcos de gran calado quedaron inhabilitados para llegar hasta el puerto y la villa tuvo que despedirse de su esplendor.

Pero ahí quedó la filigrana. Y ahí quedaron las manos pacientes de don José, don Miguel y unos 450 orfebres, según datos de la fundación que los agremia, que luchan para que su arte heredado no se pierda como las glorias de los tiempos pasados de Mompox.

No ha sido fácil. Los tejidos y rellenos más sencillos se han conservado con los años, pero la exquisitez de otras técnicas de levantado y repujado se extraviaron.

Cuentan que cincuenta o sesenta años atrás, la fiebre por la filigrana era tal que cada familia momposina atesoraba una técnica propia, sólo conocida por el maestro del taller. El proceso, que se conserva hasta hoy, era el mismo: el metal se depositaba en un crisol o cuchara de barro para fundirse con un soplete de gasolina. La mezcla, hirviente, se vertía sobre una ‘rielera’, molde varias cavidades en forma de rieles, de los cuales se extraían luego barras o lingotes, que se forjaban con un gran martillo para probar su ductilidad y transformarlo en una varilla delgada.

Don Miguel me lo enseñó: esa varilla se procesa todavía con una máquina artesanal llamada laminador, provista de canales de diversos grosores. De lo que se trata es que el aparato aporte al orfebre hilos de todos los grosores. Los más delgados pasan a ser el relleno de la pieza; los más gruesos, los que moldean el esqueleto del diseño previamente plasmado en papel. La pieza, una vez lista, se solda y se baña con diferentes químicos.

Suena complejo, pero en la práctica es más dispendioso que difícil. Pregúntenle a Julio César Padilla, momposino de 26 años, orfebre desde niño, que vio cómo Antonio, un turista español que se enamoró de la filigrana, prefirió perder el vuelo que lo llevaría de regreso a su país, sólo para poder quedarse dos semanas más en el pueblo y así poder aprender a fabricar los benditos pescaditos que fundía, una y otra vez, Aureliano Buendía. “No es difícil, ya le digo. Más que la técnica y el metal, lo que se necesita es paciencia”.

En los tiempos de los orfebres celosos de su arte, este proceso era el mismo; lo que variaba era el trenzado, la forma particular como se disponía de los hilillos. Eso sólo lo sabía el viejo maestro. Ni los orfebres auxiliares, ni siquiera los hijos y nietos del orfebre, pudieron servir de albaceas de esa tradición y se limitaban a ver en el día lo que ese maestro tejía laboriosamente y a la luz de la vela en las noches. Un sabio que, al morir, se llevaba consigo los secretos de su técnica.

Algunas sobrevivieron, pero la mayoría de compradores —dice José— no está dispuesto a pagar por ellas. “Sabemos manejar aún esas técnicas, pero lo más probable es que se pierdan por la poca demanda que tienen. Un comprador no suele valorar una pieza que a nosotros nos toma meses fabricar”.

Curtidos en la faena de moldear plata y oro, no tuvieron el mismo atino con el mercadeo de sus creaciones. Desesperados por la pobreza y la falta de oportunidades de trabajo que campean en Mompox, los orfebres comenzaron a rebajar —sin mayores cálculos— el costo de sus joyas. Si el de aquí pedía diez pesos, el de más allá vendía por ocho. Y el de al frente, atento a la situación, finalmente cerraba el negocio en cinco. “Ese ha sido uno de nuestros grandes errores, nosotros mismos nos encargamos de quitarle valor a nuestro trabajo. Fíjese, lo vendemos por gramos, como si fuera arroz, cuando debería venderse como lo que es: una pieza de arte”, sentencia José.

Error o no, la única certeza cuando uno recorre las calles de Mompox es la sonata del martilleo de los orfebres en sus talleres. Ellos entendieron que esa tarea artesanal era la única forma de endulzar la pobreza. En los días de desespero, como ahora, se dedican a vender boletas y chance. Pero, a las pocas semanas, terminan de nuevo rendidos ante la magia de ver la plata transformada en artesanía.

Ya vendrán soles mejores. Les espera abril con su Semana Santa, una de las más tradicionales del país. Y con ella turistas. Y con ellos la posibilidad de vender.

Error o no, en estas calles se escribe una paradoja difícil: la filigrana puso a Mompox en el mapa del Siglo XX; Gabo la convirtió en memoria poética. Pero el aislamiento y el olvido del Estado lograron lo que ninguno de los dos alcanzó: que Mompox se encerrara en sí misma para preservar ese legado centenario.

“Es que la filigrana —le escucho decir a don Miguel antes de salir de su taller— se parece a nosotros, los momposinos. Somos tranquilos y pacientes. No nacimos pa’ otra cosa”.