lunes, 20 de enero de 2014

Guitarras de la tierra


El municipio de Ginebra se ha hecho célebre gracias al Festival de Música Andina Colombiana Mono Núñez. Lo que pocos saben es que detrás de los escenarios, este pueblo lucha por preservar el bello y paciente arte de la lutería. Acordes de una tradición.




Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña


Lo primero que se apura a decir don Arbey Bastidas, mientras pasa una y otra vez una lija sobre una guitarra en ciernes, es que ya ha perdido la cuenta de cuántos instrumentos de cuerda ha fabricado en su vida. Han de ser muchísimos, en todo caso. ¿Vale la pena decir miles? No lo cuentan sus palabras; esta tarde las que hablan son sus manos: son callosas, de dedos cuarteados y de uñas poco pulidas. Uno imagina que don Arbey se asoma a esas manos y se siente feliz y justificado; están así porque sencillamente gracias a ellas sobrevive un oficio bello, paciente y antiguo: la lutería.

A esto, a fabricar instrumentos, se ha dedicado don Arbey en los últimos 45 años. No sabe hacer otra cosa. Lo dice, pule de nuevo la futura guitarra, y enseguida se le escucha una enumeración orgullosa: ha construido charangos, tiples, bandolas, cuatros y violines; ha reparado violas y también se le ha medido a hacer sonar arpas llaneras, mandolinas y hasta guitarrones y vihuelas mexicanas, el alma de las canciones de los mariachis.

El oficio lo aprendió de su padre, don Lizardo, un artesano nariñense. Y éste, a su vez, del abuelo de Arbey, Hipólito, un ecuatoriano que hace casi un siglo se dio a la tarea de beber con tozudez y buena entraña de la soberbia tradición que ese país tiene en la construcción de los instrumentos propios de la música andina.

De ambos, pues, aprendió don Arbey. También Hernán, Tobías y Orlando, sus hermanos. Todos nacieron en Sevilla, al norte del Valle, a donde llegó Lázaro, ocho décadas atrás, en busca de días mejores.

Allá los Bastidas tienen fama merecida. Y allá vive además Giovanny, su hijo, otro Bastidas consagrado en el arte de convertir maderas nobles en guitarras. Representa la cuarta generación de una familia de sabios artesanos. Don Arbey piensa en eso y aventura una corta profecía: “Yo creo que ya le pasó lo mismo que a mí: desde que hizo su primer instrumento, intuyó que era a eso a lo que se quería dedicar en la vida”.

Los recuerdos van saliendo en un cuarto amplio y ordenado con un olor profundo a madera. Está en el segundo piso de la casona donde tiene su sede la Fundación Canto por la Vida, que en realidad es una escuela creada en Ginebra, en pleno centro del Departamento, para la formación de nuevas generaciones de músicos que ayuden a mantener a salvo la tradición del Festival de Música Andina Colombiana Mono Núñez, que este año completa su versión número 39.

Ese cuarto en el que hablan don Arbey y sus manos es donde funciona el taller de lutería de la escuela, ubicada a pocos pasos de la galería del pueblo. Y de este taller, cada tres meses, salen —dispuestos a hacer sonar alegres bambucos, torbellinos y pasillos— unos 120 instrumentos de cuerda, entre guitarras, bandolas, tiples, requintos y guitarrillos.

Todos, en corto tiempo, terminan sonando en escuelas de música y festivales de toda Colombia. Pronto comprendes entonces que Ginebra —este pueblo del Valle que se ha hecho célebre por los sabores ancestrales de su buena mesa— cultiva de alguna forma un sentido generoso de la música: aquí no solo se rasgan las cuerdas de las guitarras y las bandolas, instrumento insigne del municipio, durante los cinco días del Mono Núñez. Aquí, o mejor, desde aquí, Ginebra se las ingenia para que los instrumentos de cuerda que confecciona suenen dichosos en todo el país.

Algunos viajan más lejos: los ‘made in’ Ginebra ya tienen fama en España, Francia, Argentina y Estados Unidos. Los aplausos, casi siempre, se los lleva el guitarrillo, una pequeña guitarra de solo cuatro cuerdas, diseñada en la propia escuela, desde que fuera creada, con el fin de hacer más fácil la enseñanza de la música de cuerda en niños menores de 10 años.

Son guitarras de menor tamaño pensadas para unas manitos de cinco años”, explica Rodrigo Duque, también lutier y también maestro de ‘Canto por la vida’.

Justo ahora se ven por todo el taller en plena construcción unos 30. Chicos entre los 7 y los 13 años, que buscan distraer las horas muertas después del colegio, asisten dos veces cada semana para fabricarlos.

Así, poco a poco descubren cómo diferentes tipos de madera cruda, con ayuda de martillos, cepillos, lijas y selladores, van tomando forma hasta convertirse en cada una de las piezas de ese guitarrillo que luego ellos interpretarán: la tapa frontal, los aros, el diapasón y la tapa posterior.

Descubren —lo dice Rodrigo con énfasis— los grandes secretos del oficio: la importancia, por ejemplo, de que la madera esté bien seca (sea de manera natural o a través de hornos especiales) antes de ser manipulada. “Se les enseña que una madera que aún esté húmeda al momento de construir el instrumento puede echar a perder meses de trabajo”.

Aprenden que pintar no solo es enlucir un instrumento. Arbey y Rodrigo dan lecciones de porqué la pintura es tan importante para lograr un sonido afinado como escoger un buen trozo de maderas como el pino canadiense, el ébano, el palosanto, el cedro o el pino abeto. Comprenden además la delicadeza con la que deben hacer su labor. Las manos torpes no tienen cabida en este oficio.

Aprenden también, y esto es quizá lo más significativo, que la lutería es el arte de la paciencia: “Construir un instrumento toma tiempo, meses. Y es una labor absolutamente artesanal. Cada pieza tiene su propia técnica de fabricación, una cantidad determinada de días para que quede en su punto. En otras regiones de Colombia, como Bucaramanga, el proceso se ha industrializado; se llegan a producir hasta 1.500 instrumentos en un mismo día, pero de ese afán no queda sino un sonido de baja calidad y, tristemente para quien la compra, un instrumento con fecha de vencimiento”, asegura Rodrigo.

Con la felicidad de saberse también hijo de un lutier, el hombre cuenta que comenzó en este oficio casi por azar: fue la manera que halló para rendirle homenaje a su padre, Daniel Duque, conocido músico de El Cerrito, pueblo distante a ocho minutos de Ginebra.

Debo confesar que cuando era niño me interesé muy poco por el trabajo que él hacía en su taller. De pronto alguna tarde me sentaba a verlo trabajar, pero nada más. Yo me había dedicado por años a ser productor de televisión, pero cuando se acercaba su muerte pensé que no podía ser posible que con él muriera una tradición de tantas décadas”.

Aquello fue hace nueve años. Ahora estamos en 2013 y esta tarde de jueves decenas de niños y jóvenes caminan en la escuela de un lado a otro. Varios de ellos, me explicarán luego, afinan los detalles de las presentaciones que ofrecerán durante los días del ‘Mono’, como se refieren cariñosamente al Festival.



La escuela Canto por la Vida cuenta hoy con 80 estudiantes, entre los 7 y los 13 años. Y en casi veinte años de actividades, unos 4 mil chicos se han formado en el oficio de la lutería.

Casi todos los que interpretan instrumentos portan el guitarrillo que ha sido fabricado y pintado por ellos mismos. La escuela no solo diseñó este particular objeto musical, sino la cartilla pedagógica en la que se apoyan maestros de toda Colombia para su enseñanza en otras escuelas. Ellos, al adquirirlo, reciben también un cd con 12 canciones interpretadas con las cuatro cuerdas del guitarrillo, y no con las seis que habitualmente tiene una guitarra.

El guitarrillo, pues, es el alma de este lugar. Lo que hace sentir orgullosos a todos. No solo por los logros evidentes que consiguen en esos pequeños ginebrinos que se acercan deseosos de aprender música, sino porque gracias a él Canto por la Vida se convirtió en una escuela modelo para todo el país, como la distinguió un lustro atrás el Ministerio de Cultura.

Sobran las razones: en una época donde las pasatiempos infantiles son tan artificiosos, en una generación que pareciera condenada a depender de sus apéndices electrónicos, Rodrigo y Arbey han logrado, de manera casi terca y romántica, que miles de muchachos de Ginebra se interesen por un arte artesanal.

El profe Rodrigo respira aliviado. “Cuando estás en el proceso de enseñarle música a un niño, como maestro tienes más ventajas cuando ese niño aprende también cómo se fabrica el instrumento que va a interpretar. Él va creando una relación distinta con su instrumento; si se quiere, más sentido de pertenencia”.

Con esa esperanza fue que Canto por la Vida abrió sus puertas hace 17 años. Y los niños fueron llegando sin mayores dificultades, como si el talento siempre hubiera andado suelto por ahí, a la caza de chicos dispuestos a convertirse en pequeños maestros de la lutería. En Ginebra, todos los saben, la música ha estado siempre al servicio de la vida cotidiana.

A pesar de su conocido festival, no se trata de un municipio con larga tradición en lutería, como sí la han tenido Palmira, Buga o Cali, donde familias como la Norato ya son tradición en este oficio.

Pero Ginebra buscó caminos para expropiarle esta tradición al olvido. Lo hizo a través de una escuela. Y con ella, a través de niños y jóvenes que, justo por estos días, se encargan de que el pueblo se reduzca al bello rumor de los tiples y las bandolas.

Hoy, en Ginebra, los saberes de la construcción de instrumentos están a la mano, con solo cruzar la puerta de la escuela. En otros tiempos, según cuenta el profe Rodrigo, los ‘sabios’ de la lutería eran tan celosos de su oficio que se resistían a desvelar sus técnicas y métodos.

Que lo diga el maestro Lucho Vergara, reconocido cantautor, músico y lutier caleño, que hace unos pocos meses trasladó su taller de la capital del Valle hasta una casa amable en las afueras de Ginebra.

Fue su manera, quizás, de saldar la ‘deuda’ que tenía desde hacía años con este pueblo gozón. Ese que no solo ha conocido como pocos las formas más acabadas de su arte en la lutería, sino que también ha escuchado su voz dulce interpretando bambucos y pasillos con célebres duetos como ‘Lucho y Nilhem’, que llegó a ser declarado fuera de concurso, y ‘Vivir cantando’, que también se alzó con varios premios en el Mono Núñez.

Hoy, el maestro Lucho Vergara es considerado uno de los mejores intérpretes de tiple del país. Y súmele a ese mérito ser uno de los mejores compositores de folclore andino colombiano. De su autoría son conocidos temas como ‘Ojos de yo no se qué’, ‘Cuando callábamos’, ‘Oremos’ y ‘Vivir cantando’, esta última la canción que más veces ha sido interpretada en el Mono Núñez.

Con 35 años a cuestas en su profesión de lutier, el maestro Lucho cuenta que terminó ganándose la vida en la construcción de instrumentos gracias a su terquedad.

En su juventud buscó varias veces a Carlos Norato, uno de los grandes lutieres de Colombia. “Cada vez que me lo encontraba aprovechaba para decirle que me enseñara a hacer guitarras. Yo tenía facilidad para lo manual, le decía, le prometo que aprendo rápido”.

Pero el entusiasmo del joven Lucho tropezaba siempre con una respuesta seca: “Le enseño un día de estos”.

El asunto estuvo así hasta cuando, por casualidad, terminó de amigo de un hijo de Jorge Noguera, discípulo de Norato, y aún hoy uno de los grandes lutieres que viven en Cali. Noguera tuvo la paciencia que a Norato le faltó y es a él, de alguna forma, a quien le debemos parte de la sabiduría que se asoma a borbotones por las manos de Lucho Vergara cuando se sienta en su taller a convertir la madera simples en guitarras y tiples inolvidables.

Las cosas no han cambiado mucho desde cuando me animé a construir instrumentos, en mi juventud. Hoy en día, si uno se fija, quienes se dedican a la lutería son jóvenes que un día, como yo, se interesaron por conocer los secretos de este arte. Así que creo que habrá lutieres para rato”, reflexiona el maestro Lucho.


La fe la comparten Rodrigo y don Arbey, quien no cesa de lijar su guitarra en el taller. Lo hace con esmero, la levanta en el aire y con sus ojos de lince encuentra nuevos detalles de la madera que es necesario pulir. En esa labor puede pasar días. Ya lo explicó: la lutería es el arte de la paciencia. Y cuando usted mira lo que son capaces de hacer las manos callosas de don Arbey, se da cuenta que tanta paciencia ha valido la pena.

domingo, 19 de enero de 2014

La trompeta de oro


Algunos en Cali consideran a este hombre una suerte de Rey Midas de la música. Y hay razones sobradas para creer que es así: en su estudio de grabación se han cocinado éxitos para el Grupo Niche, la Orquesta Guayacán, Marc Anthony, Luis Enrique, La India y hasta Cheo Feliciano. Pero él, Jose Aguirre, no ha dejado de ser el hijo orgulloso de un par de campesinos que un día, con su trompeta, partió rumbo a esta ciudad en busca de la salsa.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Ernesto Guzmán Jr.





Y vos, ¿de dónde saliste?, le soltó a quemarropa Jairo Varela, con su voz metálica de siempre, sentado frente a la consola de grabación de Estudios Niche. El joven trompetista, poseído por los nervios, no supo qué responder. Alguien acudió en su auxilio y salió a explicarle al maestro que él, Jose Aguirre, era el bendito muchachito de Pereira del que tanto le habían hablado. Jairo lo escrutó de arriba a abajo con ojos curiosos y puso a sonar de nuevo ‘Cuando se muere el amor’, esa canción con arreglos innovadores que le había gustado. Era de Jose.

Ese fue el principio. Lo que siguió después de ese primer encuentro, ocurrido hace casi ya 30 años, fue una historia contada en tres capítulos largos: una amistad que la cárcel puso a prueba, ocho años de gloria para la más grande agrupación salsera de esta ciudad y una cita a la que la muerte se atravesó el 8 de agosto de 2012.

Los recuerdos de esa historia los va soltando Jose, vestido de camisa y jeans, sentado en un estudio de grabación del barrio Vipasa. El más moderno de Cali. El suyo. Lo montó hace 13 años y la Cali musical sabe bien que lo que se graba en este lugar sale perfumado de éxito.

Por aquí, hace un tiempo, estuvieron los integrantes de la orquesta Matecaña, cuya canción ‘La voz de Mamá’ fue pan del cielo para los gozones de la Feria de diciembre. Claro, la compuso y produjo Jose Aguirre. Y usted, seguro, la bailó: “El que hace bien, lo hace por su mama/ el que hace mal se encomienda a su mama/ el que trabaja le ayuda a su mama/ y el que roba le lleva a su mama. Y no olvida nunca su mano santa/ que lo bendice haga lo que haga/ y no olvida nunca su vieja santa/ que se queda orando pa’ que vuelva a casa”...

Lo propio habían hecho Willy García y Javier Vásquez, una década atrás, cuando emprendieron la aventura de ‘Son de Cali’. Y ya sabemos también lo que pasó: el dúo, que vio su final hace poco, propuso un nuevo sonido para la salsa caleña. Fue Jose Aguirre quien los apadrinó cuando a otros les pareció que ese formato, dos hombres cantando salsa al unísono, no calaría.

Pero todo esto vino a suceder muchos años más tarde. Hoy es 7 de junio de 2013 y Jose Aguirre se arellana en su silla, dispuesto a seguir recordando. El hombre habla suave, podría incluso decirse que afinado.

Y usted lo ve ahí, tan afable y desprevenido ante su propio talento, que cuesta creer que se trata de uno de los mejores productores de la música latina. Del mismo tipo que no hace mucho llegó de Miami, después de grabar un álbum para Marc Anthony. El mismo que ha ganado cuatro premios Grammy; el amigo de Cheo, de Richie y de Bobby, de Eddie Palmieri.

Es un hombre que parece cargar la sencillez como moneda suelta en los bolsillos. No ha dejado de ser, piensa uno, el hijo orgulloso de ese par de campesinos errantes que llevaron a la familia Aguirre por varios pueblos del Eje Cafetero en busca de mejores tiempos.

Jose nació en Chinchiná, pero fue en Pensilvania, Caldas, donde conoció la música. La culpa fue del ‘profe’ Alonso Quintero que tenía en el colegio una banda que interpretaba porros, pasillos y bambucos alegres. El profe advirtió con buen juicio que el chico tenía oído afinado. Le enseñó a leer música y las primeras bases de armonía. Jose tenía 11 años, estaba en primero de bachillerato y ya desde entonces sabía que entre sus manos habría siempre una trompeta.

Justo ahora, en su estudio de grabación, hay una al fondo. Una Fides Pioner que compró en Alemania. Jose quiere seguir hablando. Hay muchas cosas para contar. Muchas, como ese primer encuentro con Jairo Varela.

Por entonces, cuenta, no tendría más de 22 años, pero sí una experiencia de miedo, acumulada gracias a su paso temprano por agrupaciones que le darían una oportunidad antes de que el genial músico chocoano se convenciera de que el muchachito de Pereira era oro puro para hacer música.

Recién llegado a Cali desde la capital de Risaralda, donde dio sus primeras tonadas profesionales como trompetista, Jose había comenzado a trabajar con ‘Los del Caney’, agrupación con aliento a son cubano de la Cali ochentera. El joven se marchó con ellos a una gira por Europa, que lo llevaría con su trompeta hasta Madrid, Barcelona, Londres, Milán y Bruselas.

“Yo no lo creía —reconoce ahora—. Me vine a Cali  sin conocer a nadie, pero el destino me fue colocando en el camino correcto. Venía de trabajar con la Banda Departamental de Risaralda y me iba bien, hacía muchos conciertos; pero allá conocí amigos a los que les gustaban el jazz y la salsa ‘heavy’, la salsa sabrosa, Fania, Lavoe, Richie Ray, vos sabés. Fue toda una revelación. Un día me dije ‘la buena música está en Cali’. Ya para entonces pensaba poder tocar un día con Niche; y con apenas 18 años lo dejé todo y para acá me vine. Era el año 88. Llegué a Cali en busca de la salsa”.

Y la encontró. Con ‘Los del Caney’ se quedó un año; después estaría algunos meses cantando en restaurantes hasta que la buena estrella volvió a brillar: a su casa llamó Tito Gómez, a quien le habían hablado de un joven virtuoso como instrumentista y arreglista.

El cantante puertorriqueño había renunciado al Grupo Niche y deseaba que Jose le ayudara con un sueño: fundar ‘La BorinCali’, orquesta de músicos caleños con la que pudiera viajar por el mundo. Jose se puso en la tarea, pero una noche, de regreso a casa, escuchó en la contestadora la voz de Nino Caicedo, compositor de la orquesta Guayacán. Buscaba a un trompetista y él parecía estar hecho a la medida de las exigencias de Aléxis Lozano, su fundador.

“¡Cómo decir que no! —recuerda—. Terminé frente a Aléxis en una audición y casi de inmediato con un contrato en Guayacán, que vivía una época dorada con el álbum ‘Oiga, mire, vea’. Tuve que llamar a Tito a decirle que no”.

Quizás hizo bien. Con Guayacán emprendió una gira por Estados Unidos, México, Aruba, Perú y Curazao. Aplausos de pie. Discos de oro. A sus pies, con apenas 22 años, el Madison Square Garden. La fama.

*****

Y vos, ¿de dónde saliste?. Jose trae al presente aquella frase y se echa a reír. La primera vez que tuvo a Jairo Varela tan cerca, esa tarde en los estudios Niche, sobre la Calle Quinta, él y ‘Los del Caney’ daban los últimos toques a ‘Retocando’, álbum apadrinado por Niche Discos, sello creado por Varela para apoyar a nuevas agrupaciones.

Era un proyecto ambicioso y el grupo quiso tener de nuevo a Jose en sus filas, pero Varela los frenó en seco: “Para esta vaina hay que buscar gente profesional”, les dijo, de espaldas a un destino que ya estaba escrito: ese trompetista no solo sería el director musical de su orquesta sino uno de sus amigos más entrañables.

De la grabación terminaron por encargarse Ángelo Torres y José Febles, que había trabajado con varios artistas de la Fania. Pero ‘Los del Caney’, sin que Jairo lo supiera, incluyeron un último track, ‘Cuando se muere el amor’, con letra y arreglos de Aguirre.

Jairo comenzó a escuchar todo el álbum, canción por canción, y lanzaba comentarios, duros, como era su estilo. "Cuando llegó a la mía notamos que la escuchaba con atención. Se acabó y la puso a sonar de nuevo", cuenta Jose. "Dijo que ese era el tema que le gustaría para promocionar el álbum. Yo estaba como soñando, pero lleno de nervios. Es que Jairo era un hombre imponente, de carácter recio. Fue entonces cuando el director del grupo le contó que yo era el muchacho del que tanto le habían hablado”.

No pasó mucho tiempo antes de que el chocoano lo llamara, a pesar de que sabía que trabajaba para Guayacán. Lo citó a su estudio. El joven acudió y encontró al maestro grabando ‘Tiempos de ayer’. Jairo lo invitó a tomar una trompeta. “Vamos a hacer este arreglo los dos”, sentenció. Comenzó a dar ideas. Jose escribía y armonizaba.

El joven músico vino a saber mucho después que era una forma del maestro ponerlo a prueba. Debe ser porque, como dice el escritor Umberto Valverde, Varela tenía un olfato excepcional para “reconocer a los grandes músicos”.

Fue, está seguro, el comienzo de una de las ‘sociedades’ más fructíferas de la salsa caleña. “Jose dejó Guayacán y se fue con Niche. Y con él no solo aprendió de música; lo que Jose es hoy como productor y arreglista se lo debe también a la disciplina y rigurosidad en la forma de trabajar que vio en su mentor”.

Comenzó con proyectos musicales alternos de Niche. La Suprema Corte y la Orquesta Paraíso. Año 92. Lo de los dos era un asunto de creación colectiva: Jairo, sin ser músico ni escribir una sola nota en el pentagrama, tenía el raro don de hacerse entender para explicar cómo deseaba que sonaran sus canciones. Tarareando, golpeando los dedos en la mesa si era necesario.

La tarea de Jose, pues, consistía en traducir esas señas con instrumentos. “Es difícil de explicar: Jairo no era bajista, pero sabía con exactitud cómo deseaba que sonara el bajo. No era pianista, pero presionaba al suyo hasta dar con el ‘tumbao’ que necesitaba. Hoy nadie duda de que Jairo Valera dejó un sonido propio, reconocible, que pasará a la historia”.

Aguirre habla y al fondo un grupo de jóvenes, que graba en su estudio, hace sonar ‘Ana Milé’ con notas distraídas. Ahora estamos en 1993 y en un álbum, ‘Un alto en el camino’, que nos entregó un Niche más romántico. ‘Duele más’, ‘Sin palabras’, ‘Gotas de lluvia’... Vendrían luego ‘Huellas del pasado’, ‘La magia de tus besos’ y enseguida un episodio que puso a prueba su lealtad y su amistad: la cárcel.

Pero algo andaba mal desde que el llamado Grupo de Búsqueda irrumpiera en Estudios Niche, en cualquier momento del día, para hacer allanamientos. “No sé qué es lo que buscan”, se quejaba Jairo.

La orquesta continuó con su vida artística hasta 1995 cuando a Varela le dictaron orden de captura. “Yo estaba con el grupo en Nueva York y Jairo en Miami. Pero él viajó a Colombia para entregarse”.

Maestro y discípulo volvieron a verse en la cárcel de Villanueva, en una celda de dos metros por dos, en la que el espacio se lo peleaban un catre y un nochero. Jose lo encontró hacinado, pulverizado por el dolor. El encuentro tardó solo 10 minutos, los suficientes para que el trompetista intuyera el naufragio del compositor en medio de la desesperación: “No sé esta situación cuánto vaya a durar. Necesito que te hagás cargo de Niche”. 

Fue todo lo que dijo antes de un abrazo breve de lágrimas calladas.

Esa época la recuerda Willie García, vocalista de Niche en ese entonces. “Todos nos preguntábamos cómo haría Jose para sacar adelante al grupo en semejante circunstancia, con la presión de los medios, con la necesidad de seguir haciendo música, pero lo hizo”.

¿Cómo? Durante un año, de lunes a viernes, y mientras la orquesta no estuviera de gira, Jose llegaba hasta Villanueva, a las 8 de la mañana, y se sentaba a componer con Jairo. Ambos sentados en el catre, ambos apenas ayudados por una guitarra acústica, un lápiz y un borrador.

Fue de esa guitarra que nacieron los arreglos de ‘A prueba de fuego’, ‘Señales de humo’ y parte de ‘A golpe de folclore’, durante los dos periodos en los que Jairo Valera permaneció privado de la libertad.



Meses difíciles. Con la música garrapateada en papel el día anterior, hasta las 6 de la tarde, Jose llegaba a Estudios Niche después de convocar de emergencia a los músicos. “A la mañana siguiente regresaba a la cárcel, con la canción grabada en un cassette para que Jairo simplemente dijera que no le gustaba. Y así, unas tres o cuatro veces más por cada canción. Era agotador. Si grabar con él frente a frente era difícil, imagínelo a ‘larga distancia’. A veces nos sorprendía llamando al estudio desde un teléfono monedero de la cárcel para dar indicaciones, mientras yo acercaba la bocina hasta los instrumentos para que él escuchara. O a veces me sorprendía con la noticia de que iba a ir al estudio un par de horas, con la excusa de que iba para una cita médica. Casi enloquecemos todos: los músicos, los ingenieros y yo”.

Casi. La orquesta sobrevivió, pero Jose sentía que físicamente no podía seguir. Producto de los días de encierro forzado, empezó a padecer de claustrofobia. Si viajaba en avión era necesario tomar pastillas para dormir. Si debía quedarse en la habitación de un hotel, prefería amanecer tendido en el ‘lobby’ antes que verse encerrado en cuatro paredes, como le ocurrió una vez en México. “Jairo no me aceptó la renuncia. Me pasó un papel en blanco. Yo ponía las condiciones económicas y él firmaba. Pero no acepté. Sentía que, después de 8 años, mi ciclo con Niche había terminado”.

*****
Tras partir del Grupo Niche, afuera aguardaba por él Yuri Buenaventura. Otro loco genial. Fue él quien le ayudó a que, poco a poco, la realidad de Jose Aguirre fuera recuperando su nitidez.

Yuri —para quien Jose grabó los trabajos ‘Yo soy’, ‘Vagabundo’, ‘Salsa dura’ y ‘Cita con la luz’— escribe desde Francia. Cuenta en varias líneas que el talento del trompetista cafetero consiste en “fraternizar la sonoridad de la música caleña lo mismo con la música del Pacífico que con el jazz o los nuevos ritmos urbanos. A Jose Aguirre siempre te lo encontrarás en el camino produciendo, creando, estudiando”.

Lo reconoce también Diana Serna, cantante caleña. Dice que “Jose atraviesa por un exquisito momento creativo. En su música y sus letras se nota la madurez que le ha dado el tiempo”.
Al coro se une el vocalista Javier Vásquez, a quien Jose le produjo ‘Yo soy’, álbum con el que asomó de nuevo la cabeza tras la desaparición de ‘Son de Cali’. “Es exigente, perfeccionista, no perdona errores. Grabar con él es garantía de calidad”.

Jose lo sabe. Pero en el fondo es un hombre tímido. Calmado. Si le preguntas, se define como un tipo al que le gusta hablar más con la trompeta que con sus palabras. Con su música.

Lo sintieron los caleños que el 16 de mayo de 2013 llegaron hasta el Centro Cultural de Cali para presenciar un experimento bello: los clásicos del Grupo Niche en versión ‘descafeinada’, acústica, en clave de jazz, del soul y bossa nova.


En este mismo estudio de grabación en el que Jose habla hoy, sentado en un sofá verde, Jairo escuchó esos arreglos y les dio su bendición. Fue la última vez que alumno y discípulo se verían. Justo el día en que falleció el chocoano, un 8 de agosto, ambos tenían una cita para las 2 de la tarde. Pero la muerte, una hora antes, cambió los planes. Jairo se marchó a su cielo de tambores y Jose quedó en la tierra, con buenos recuerdos y mejor música, haciendo sonar su trompeta.

La mamá de los sabores del Pacífico

Maura de Caldas fue la primera cocinera en traer, hace más de tres décadas, la comida del Pacífico al paladar de los caleños. 



Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña


La negra Maura recuerda bien la escena, a pesar de que ya han pasado casi cuarenta años: el gringo entró a su restaurante ‘Los secretos del mar’ deseoso de comer “uno de esos arroces con bastantes mariscos que hacen en el Pacífico”. Hasta ese momento, con apenas 8 días de haber abierto las puertas de su improvisado negocio, en una vieja casona ubicada a pocos pasos del barrio Alameda, en la Avenida Roosevelt con 26, y que le alquilaron por cuatro mil pesos, Maura solo tenía en su menú seviche de camarones y pescado frito.

Corría 1979. La Cali de entonces no vivía ese fervor gastronómico que se sienta a manteles hoy. No existían escuelas de cocina y tampoco los caleños habían entregado su paladar a los sabores exquisitos de ese océano negro que sacudía sus olas, brioso, a solo tres horas de aquí, detrás de una cordillera. Eso sucedería mucho, mucho tiempo después. Carlos Ordóñez, el célebre gastrónomo, autor de El Gran Libro de la Cocina Colombiana, lo dice a secas: “en ese tiempo, sencillamente la cocina del Pacífico no existía para el resto del país.”.

El de Maura, pues, vino a ser el primer restaurante de comida de mar que atendió en Cali. Toda una hazaña en una ciudad donde la corvina y el pargo rojo eran los únicos pescados de mar que se llevaban a la mesa. “No me vaya a intoxicar”, solía escuchar a sus comensales al tomarles el pedido.

Tal vez eso no lo sabía ese gringo de apetito sólido que entró al lugar, desprevenido, para solucionar la urgencia de la fatiga del almuerzo.

Un arroz con bastantes mariscos. Maura tenía varios en su cocina: camarones tití, sultán, tigre y chambero; también calamares blancos, potas y californianos. Incluso alcanzó a ver que tenía piacuil, bulgao, piangua y reculambai.

Nada podía salir mal en esa receta repentina, pero sucedió: a Maura se le fue la mano con el achiote y aquel arroz adquirió un color rojo encendido. No había mucho por hacer. El comensal completaba casi una hora en la mesa; no era posible hacerlo esperar más.

—¿Y eso qué es?, preguntó el gringo una vez vio el plato servido.

—Un arroz endiablado—, se le ocurrió decir a Maura en el más puro arrebato de inspiración.

—Será por lo picante—, repicó el gringo.

—¡Qué, va!— gritó la negra Maura—. Nadie ha probado al diablo para saber que es picante. Lo que sí sabemos es que es rojo.

Maura Hermencia Orejuela de Caldas se ríe con picardía al traer al presente ese recuerdo. Tiene ya 75 años, así como la sonrisa encendida y ese rostro esculpido en trazos fuertes de cuando la llamaban ‘Menche’ allá, en Guapi, ese pueblo de aluvión donde nació y que se alza junto a los bordes de un ancho río, en plena costa caucana.

Los días en que vivía pegada a las faldas y al fogón de la abuela ‘Chencha’, “la mujer más brava que yo haya conocido en este mundo”. La mujer que reía poco; la que le encantaba confesar al padre José de Jesús Arango quien, divertido, contaba que la doña nunca le narraba sus pecados. “No me jodás —solía gritarle al cura cada vez que podía—. Yo digo mis ‘palabritas’, pero eso no es pecado, pendejo”.

Fue la misma negra que le hizo creer a la familia, siendo Maura una niña, que había muerto mientras tías y sobrinos celebraban un bautizo. Enterados de la mala noticia, pronto el baile se convirtió en duelo. Y así pudo haber seguido de no ser porque ‘Chencha’ abrió los ojos y regañó a todos por llorarla antes de tiempo. “Ahora de pura arrecha no me muero”, les dijo, y más viva que siempre se fue a lavar ropa al río. La muerte se tomó su tiempo: ‘Chencha’ vino a conocer el sueño eterno a los 113 años.

Con todo y su genio agrio, le enseñó a Maura la fiesta de la cebolla larga cuando se mezcla con ají dulce, cimarrón, orégano, poleo y albahaca negra. Le enseñó a lavar el pescado, a descamarlo y a sacarle la baba bajo esos aguaceros obstinados del Pacífico. A acariciarlo mientras le echaba el ajo y la sal. Un ingrediente que se trata con cariño regala mejor su sabor, solía decirle. “No como veo a los chefs hoy en día, que le echan sal y pimienta a la comida desde el aire. No, la abuela decía que la comida había que tocarla”.

Doña ‘Chencha’, incluso, sacó paciencia para regalarle los secretos de la otaya, bebida cuya base es maíz blanco y leche de coco. La niñita Maura se levantaba a las cuatro de la madrugada a dejar el grano bien quebrado. Mucho después, ya en Cali, Maura vino a saber que era lo mismo que los caleños tomaban como mazamorra, solo que con leche de vaca.

“Nunca he comido un plato más rico que los preparados por mi abuela”, dice ahora Maura con algo de nostalgia. “Si te hacía una aguadepanela, a uno le parecía que esa aguadepanela era la más sabrosa de todas. Todo lo que sé se lo debo a ella. Así que lo de su mal carácter era lo de menos, yo aprendí a amarla entre regaños y coscorrones”.

Es que la nieta ‘Menche’ “era una loca” —como asegura ella misma— con poco talento para la cocina. “A los 6 años me dieron una paliza tremenda porque dejé quemar un pescado y eso era imperdonable porque todo el tiempo me repetían que si quería conseguir marido debía tener buena sazón”.

Pero insistía. Y la motivación, reconoce ahora, no era el miedo a quedarse soltera; “desde niña entendí la cocina como un jolgorio, pues mientras las mujeres de mi casa cocinaban, mis tías, mi mamá ‘Liona’, ellas cantaban y bailaban”.

Es lo mismo que la investigadora gastronómica Sonia Serna ve hacer a Maura de Caldas cada vez que tropieza con ella en alguna escuela o taller de cocina: cocinar y celebrar la soberbia tradición del relato oral de la costa Pacífica.

“No solo ha sido la mujer que reivindicó el oficio de las cocineras, la que nos enseñó su valor por ser portadoras de una tradición, sino una mujer que enseña sus saberes con toda la alegría del Pacífico: a punta de historias, de bailes y de cantos”.

Era así desde los días en que Maura, ya adolescente, fue a parar a la Normal de Señoritas de Guapi para ser maestra. Cansada de los fríjoles y lentejas insípidas que preparaban las monjas de la Divina Providencia, se daba sus mañas para volarse al hospital, administrado por una comunidad religiosa, Santa Rosa de Lima, que sí entendían el valor de una ‘changuata’ o un tapao de pescado o cangrejo.

La afrenta siempre terminaba en reprimenda. Las monjas de la Normal se ofendían de que una “negra cocinara mejor que ellas, pero cada vez que podía, les cambiaba el menú y preparaba mi comida. Al final, la madre Magdalena, la más malgeniada, me dio de regalo de grado un vestido blanco bellísimo, según ella por todas delicias que se había comido de manos mías”.

De esos años no solo le quedaron los recuerdos amargos de tanto regaño, sino el deseo efímero de hacerse religiosa ella también. Pero no llevaba más de una semana con el hábito puesto, cuando se fue de fiesta. “A mí como que me van a gustar los hombres”, les confesó en el convento. “Pero si tú no has tenido novios”, dijeron las monjas. “Pues porque soy fea, pero no por falta de ganas”.

Y vuelve y se echa a reír.

Hoy, muchos le dan las gracias por haber despreciado los hábitos y el misal. Con los años, después de haber viajado por el mundo con un grupo de danzas folclóricas y de actuar en novelas como ‘La María’ y ‘Azúcar’, Maura de Caldas es, a decir de chefs como Carlos Yanguas, “la más grande cocinera que tiene el Pacífico; no solo porque conoce la receta sino la historia que hay detrás de cada plato”.

Y eso también es culpa de la abuela ‘Chencha’. Entre las muchas recetas que le aprendió está ‘quemapata’, de más de dos siglos a cuestas. “Se hacía desde los tiempos de la esclavitud. Se llamaba así porque en esa época se creía que los negros teníamos patas y no pies pues nos consideraban animales”.

Cuenta la tradición y cuenta Maura que se preparaba con maíz, pescado seco y camarón y que les fue de gran ayuda a los negros durante la Guerra de los Mil Días, quienes lo enterraban en la selva y volvían por él cuando ya había pasado el peligro.

Historias como esas las ha contado en Italia, en Portugal y en todos los festivales de gastronomía a los que sigue siendo invitada. A su manera, claro, vestida siempre de colores, cantando y danzando como le enseñó la abuela.

“Yo siempre he creído que por donde va la cuchara, va la cadera. Y eso es una fiesta para el marido que cuando lo ve a uno meniándose en la cocina se pregunta ¿Todo es mío? No creo que exista un mejor afrodisiaco”. Y ríe de nuevo. Como si la receta que más sabrosa le quedara a Maura de Caldas fuera la felicidad.


Yo siempre he creído que por donde va la cuchara, va la cadera. Y eso es una fiesta para el marido, que cuando lo ve a uno meniándose en la cocina se pregunta ¿Todo es mío? No creo que exista un mejor afrodisiaco”. 

Papo Lucca, genio sonoro

De visita en Cali para presentarse en un concierto que no tuvo final feliz, Papo Lucca evocó algunos acordes de su historia junto a la orquesta fundada por su padre: La Sonora Ponceña. Recuerdos afinados.



Por Lucy Lorena Libreros



La memorable anécdota se la contó el propio ‘Quique’ Lucca al melómano caleño Gary Domínguez, hace un par de décadas, allá en su casa de la Calle Baldori en Ponce, Puerto Rico. Contaba don ‘Quique’ que Papo, el más pequeño de sus hijos, no tenía más de 5 años cuando pidió permiso para tocar las congas de lo que en ese momento se llamaba ‘Conjunto Internacional’, fundado por su padre en la Puerto Rico de 1944 .

El sabio conguero del grupo, que todo el día había intentando hacer sonar con precisión las notas de ‘Ran kan kan’, una de las piezas más exigentes de Tito Puente, le cedió el turno al chico mas como un acto de cortesía que de fe.

Pero lo que siguió después, reconoce ahora Gary —quien recuerda bien la emoción con la que el viejo evocaba esta historia— cambió para siempre el destino no solo del pequeño, sino de la orquesta que años más tarde el mundo conocería y graduaría como La Sonora Ponceña.

“Ese día descubrí que tenía un niño genio en la familia”, le confesó don ‘Quique’. “Empezó a tocar las congas con un virtuosismo increíble. Yo siempre lo había visto por ahí, jugando entre los instrumentos, mientras ensayábamos, pero no sabía que siendo tan niño tenía ya ese oído tan afinado”.

Ese chico percusionista de manos prodigiosas tiene ahora 67 años recién cumplidos y está en Cali, a la espera de un concierto que nunca llegará a cumplirse. 

Papo ya no toca conga. Ni bongó. Al menos ya no con la frecuencia de otros tiempos, dice. Eso fue mientras “me ponía a molestar con los instrumentos de la orquesta de mi padre, fastidiando a los músicos”.

Lo suyo, tras aquella revelación providencial, sería el piano. Y con ese piano, ya lo hemos escuchado, sedujo incluso al propio Johnny Pacheco, padre de la Fania, que no dudó en llevárselo para su orquesta ante la partida de otro genio de las blancas y las negras: Larry Harlow.

Eso ocurriría muchos años más tarde. Enterado de ese niño prodigio que crecía silvestre en su casa, don ‘Quique’ le contrató a un profesor particular, Ramón Fernández, pianista de un restaurante llamado ‘El coche’. Y ese ‘profe’ era exigente: si el niñito Papo quería salir a jugar béisbol, primero debía sentarse por lo menos seis horas frente a las blancas y las negras.

Papo llegaría después hasta la Escuela de Música, en donde compartió asiento con Héctor Juan Pérez Martínez, a quien años después la salsa bautizaría como Héctor Lavoe, y con José Febles, a la postre uno de los arreglistas más grandes de la salsa.

Papo recuerda su primer piano. Era de segunda, “viejísimo”. Es que en esa casa de Ponce no había para más: Enrique ‘Quique’ Lucca era en realidad un puertorriqueño que se ganaba la vida trabajando esporádicamente en los muelles y como chofer de transporte público, y que en los ratos libres y fines de semana ponía a sonar su sueño de tener una orquesta.

No una cualquiera: al mejor estilo de las sonoras, ‘Quique’ Lucca diseñó un conjunto musical de trompetas, inspirado en algunos de los músicos que siempre perfumaron su inspiración y nostalgias musicales: Arsenio Rodríguez, El Conjunto Casino y La Sonora Matancera.

El niño Papo, de frente a su viejo piano, alegraba esos años difíciles emulando a los grandes: con sus pequeñas manos repasaba los clásicos de Eddie y Charlie Palmieri, de Jorge Dalto, de Luisito Benjamín, de Ricardo Ray. Escuchaba jazz, lo mismo que bossa nova, música tropical y son cubano; lo mismo Sergio Méndez y Carlos Jobin que Mc’ Coy, Oscar Peterson y Heavy Hancock.

Era el tiempo en que La Sonora se dedicaba a montar las canciones de otras orquestas. Esas que Papo tocaba de puro oído. De hecho, el primer solo de piano que interpretó “fue de Rafael Ithier, un tema de El Gran Combo, con músicos del combo original de Cortijo”.

Así, solo dos años después de haber comenzado esas clases, ya el niño Papo deslizaba sus dedos por el piano como si se tratara de un asunto menor: algo así como comer o respirar. El chico estaba listo. Era hora de debutar.

Tenía 8 años. Eso recuerda Papo, ahora en Cali. “En un comienzo, la orquesta de mi padre solo contaba con pianista para presentaciones especiales. Cuando don ‘Quique’ comenzó a ver mi destreza, me fue preparando en varias de las canciones que interpretaba el grupo. Hasta que un día, en pleno ensayo, les anunció a los músicos: “Papo va a tocar el piano”. A lo mejor pensaban que mi padre estaba loco, pero después de la segunda canción todos querían me que quedara. Ya para 1961 la orquesta se había acostumbrado al sonido del piano. Yo tenía solo 14 años y desde entonces mi hogar y mi familia ha sido La Sonora Ponceña”.

Hasta antes de su primer LP, ‘Hacheros pa’ un palo’, la música de La Sonora no era original. Don ‘Quique’ y los suyos hacían arreglos para la Sonora Matancera, el Conjunto Clásico y Cortijo y su Combo. “Cuando llegó al grupo como arreglista, introduje un cambio en el formato de la orquesta. Anteriormente, cuando Carmelo Rivera era el arreglista de la orquesta, había tres trompetas, yo quise ponerle una más, así como otro cantante, pues solo había uno. A eso le agregué un bongó. Con todo eso se fue dejando tanto bolero y son montuno para comenzar a tocar música más rítmica y gozona. Creo que, a partir del álbum Conquista Musical y la canción ‘Ñañaracaima’ La Sonora se adueñó del sonido que la hizo famosa”.

Lo conoce de sobra Gary Domínguez, fundador en la Cali ochentera de un lugar que hizo historia: La Taberna Latina, ubicada en plena Calle Quinta.

Hasta allá, recuerda Gary, llegaban Papo y La Sonora, despojados de sus trajes de músicos, a escuchar los clásicos que ya no sonaban en Puerto Rico y que La Sultana en cambio escuchaba con devoción: ...“Una mañana dormía y corriendo me tiré por un grito que decía hay fuego en el 23”...

“Papo llegó con una visión muy abierta de la música y refrescó el sonido de La Ponceña, que había sido más cercana a lo cubano. El tipo es un genio, toca no solo piano, también vibráfono y trompeta”.

Rafael Quintero, otro melómano y coleccionista caleño, recuerda que hace unos años, durante una entrevista con Lucca, este le confesó que la clave del sonido que le incorporó a La Sonora estaba en las trompetas. “¿Recuerdas aquellas fanfarrias que siempre usaban las películas de temas romanos para anunciar al rey? Para mí esa es la verdadera función de una trompeta y eso es lo que yo he intentado con La Sonora. Otros lo han encontrado con otro instrumento. Fíjate que hasta antes de Eddie Palmieri, el piano nunca fue un instrumento de acompañamiento; él consiguió que eso cambiara en la búsqueda de su propio sonido”, comentó Papo aquella vez.

Gary —dueño hoy de La Casa Latina, hogar de melómanos nostálgicos, ubicado en el barrio Alameda— va más allá y asegura que Lucca supo estar atento a los cambios y retos comerciales de la industria de la música, “pero sin abandonar la esencia y el sabor de la orquesta”.

Domínguez destaca cómo, por ejemplo, Papo Lucca supo amoldar su orquesta a los tiempos en que la salsa estuvo dominada por las canciones de alcoba. ¿Cuál fue su apuesta? Pues poner sus ojos en la nueva trova y el son moderno cubano. “Se metió en la salsa romántica pero con canciones de contenido, de buena letra, no baladíes como las que hacían otros salseros; de esa época es que nacen versiones de canciones como ‘Cuando te encontré’, ‘Espuma y arena’ y ‘De qué callada manera’, esta última un poema de Nicolás Guillén que Pablo Milanés convirtió en un clásico. Ese fue uno de los aportes de Papo a La Sonora”.

Rafael Quintero ve otro. Reconoce en Papo Lucca a un músico que, gracias a su amor por el jazz, supo llevar a La Sonora a los grandes festivales de este género en el mundo, especialmente en Europa. “Fue un mercado nuevo que él supo explorar. Y si uno escucha lo que ha sido la historia de La Sonora Ponceña, 
descubre que la misma sabrosura con la que interpreta salsa dura, tipo ‘Prende el fogón’, es la que se siente en otras propuestas más arriesgadas”.

Y La Sonora sigue con el volumen alto. Y Cali, como en los tiempos de la Taberna Latina, continúa escuchando con devoción sus clásicos... ‘Boranda’, ‘Timbalero’, ‘Yambeke’, ‘Fuego en el 23’, ‘Bomba Carambomba’... Incluso La Ponceña se llama la salsoteca más vieja de la ciudad. Será porque, como lo cree Gary, “es como si Papo nunca hubiera dejado de ser ese niñito prodigio que un día su padre descubrió al escucharlo tocar unas congas”.