viernes, 4 de febrero de 2011

La historia que nos dejó Compay


Tras la muerte de Ibrahím Ferrer y ‘Compay Segundo’, pocos apostaban a que Buena Vista Social Club sobreviviría. Los escépticos perdieron y ganó su majestad el son cubano, que tiene en esta legendaria orquesta a su más brillante exponente.

Por Lucy Lorena Libreros


Buena Vista Social Club era, entonces, aquello que tenía frente a mis ojos: un pianista que ocultaba su rostro adolescente bajo una barba de retrato habanero de los años 40. Una voz dulce de mujer, Idalí, arropada con un traje violeta, largo y ceñido a su cuerpo imponente. Un trombonista mítico, Jesús ‘Aguaje’ Ramos. Un bajista, Pedro Pablo Rodríguez, negro y con manos de gladiador, cuyas notas se escuchan con devoción dentro y fuera de Santiago, tierra soberana. Un trompetista no menos genial y legendario, el ‘Guajiro’ Mirabal. Y, claro, varios nombres más que dicen poco, pero que viajan juntos por el mundo repartiendo nostalgias con sones, boleros y danzones ajenos.

Cinco mil almas habíamos aguardado por ellos en la Plaza de la Aduana en Cartagena. Era la primera vez que la orquesta cantaba en la ciudad y lo hacía ahora invitada a la versión del Hay Festival que recién terminó. Cinco mil almas, pienso, que quizás se preguntaban lo mismo que yo a esa hora: ¿a qué suena Buena Vista sin las ‘Dos gardenias’ de Ibrahím Ferrer? ¿Sin la descarga memorable de Barbarito Torres, el laudista loco de ‘El cuarto de Tula’? ¿De qué se trata todo esto sin el viejo ‘Compay Segundo’, sin Rubén González y su piano maravilloso?

El propio ‘Aguaje’ Ramos, hoy la batuta de la orquesta, horas antes del concierto y apurando un jugo de corozo en un parque de La Heroica, me había cantado una respuesta: “Nuestro trabajo no consiste en tocar y cantar igual que los fundadores del Buena Vista. Consiste, sí, en mantener viva la tradición de la música cubana, apegados a las raíces más puras que ellos nos legaron y eso lo aseguramos incorporando a nuevos artistas. De eso se trata niña, de eso se trata”.

Ya lo entenderé. Las luces del escenario en la Plaza se encendieron y la fiesta arrancó con un estribillo universal: “por el camino del sitio mío, un carretero alegre pasó”… Y sucedió que la canción sonó tan poderosa, tan estremecedora, que a nadie entonces le hizo falta que entrara a salvarla Eliades Ochoa —el montuno que, guitarra en mano, la encumbró con Buena Vista— para que el asunto se antojara más real de lo que ya era.

Lo que tenía frente a mí, finalmente, era el Buena Vista Social Club. El de ahora. El de antes.

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La historia, lo sabemos, inspiró incluso una película que ganó premio Oscar: hacia 1938, en el barrio Marianao de La Habana, existió el club social Buena Vista. Lejos de cualquier ínfula de cantina, como algunos han hecho creer, se trataba de un espacio pagado y disfrutado por los obreros de clase baja de la época —liderados por Julio Dueñas— que para llegar hasta allí se bajaban, al final de sus jornadas, en una estación de tranvía cercana.

Cubanos pobres a los que apenas les llegaba el eco de las luces destellantes de los casinos de la Cuba sin Fidel. Isla de la fantasía para los norteamericanos.

Los aires populares cubanos se fueron adueñando del lugar —hoy en día convertido en una casona de paredes descascaradas— y en escenario permanente de agrupaciones que con el tiempo se convertirían en los ángeles tutelares de la tradición afro-cubana: el Trío Matamoros, Benny Moré, ‘Cachao’, Arsenio Rodríguez, la Orquesta Aragón y el propio ‘Compay Segundo’, cuando integraba el grupo Los Compadres.

Días románticos. De serenatas en los balcones y en el malecón, y de boleros envueltos en brisa de mar. Lo rústico del club no impedía que los hombres se ataviaran de sombrero y ropas lustrosas. Tampoco que ellas no entendieran la señal más legítima por entonces del cortejo: el enamorado solía arrojar su sombrero sobre la pista de baile del Club y se sentía correspondido si la Julieta de ocasión lo pisaba en uno de sus extremos.

Hasta allá, hasta al Buena Vista, llegó alguna noche el propio ‘Cachao’ López, memorable compositor y a la postre maestro del mambo y el latin jazz, para regalarles a todos los gozones una canción que inmortalizaría el nombre del club. Centro social que muchos años después el visionario guitarrista estadounidense Ry Cooder convertiría en lo que todos conocemos hasta hoy: Buena Vista Social Club.

El popular templo rumbero se había clausurado para siempre en 1961, pero a Cooder lo sedujo esa historia musical que se contó al interior de sus muros. El estadounidense trabajaba en 1996 con los esposos Stefan y tenía en mente un proyecto de oro que incluía la participación de varias generaciones de músicos cubanos con otras provenientes de Malí, África. Quería grabar un disco, ‘Afro cuban all stars’.

Con esa meta atracó en Cuba, pero no tuvo suerte en su búsqueda. Trámites burocráticos impidieron también el aterrizaje en la isla de los artistas africanos.

La aventura habría acabado ahí mismo, de no ser porque Juan de Marcos González, arreglista cubano, le sugirió a Cooder que afinara su cacería tocando de puerta en puerta hasta dar con esos músicos que crecían silvestres por toda la isla.

El hombre de la guitarra hizo caso. Y fue así como llegó hasta ‘Compay Segundo’, que ya se asomaba a sus 90 años, un sonero y repentista de quilates. A la de un lustrabotas orgulloso, Ibrahím Ferrer. A la de Rubén González, que aspiraba jubilar su vejez tocando las teclas de su piano en una escuela de danzas de La Habana. Y detrás de ellos, Omara Portuondo y Orlando ‘Cachaíto’ López (sobrino de ‘Cachao’)…

Diecisiete virtuosos en total. Todos viejos. Todos músicos naturales que no sabían de partituras ni conservatorios, graduados con honores en la universidad de la parranda callejera. Ninguno sin la culpa de no ser famoso. Todos con los horizontes puestos justo hasta donde se asomaban las fronteras de la isla. ¿Qué había más allá de las aguas del Caribe? Quién sabe. Nadie hablaba de balseros, nadie soñaba con irse.

Pero lo hicieron. Y sucedió que también se metieron en un estudio de grabación para parir tres delicias musicales: ‘A toda Cuba’, ‘Presentando a Rubén González’ y ‘Buena Vista Social Club’. Este último trabajo vendió seis millones de copias en todo el planeta y cambió para siempre aquello del ‘world music’. Con los sabios músicos había nacido una leyenda, un suceso musical sin precedentes en la tierra de Maceo y de Martí.

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Ahora, las cinco mil almas baten las palmas al son de ‘Chan chan’. Canción obligada. El público ardía. Buena Vista lo entendió y en esa senda de clásicos tomó ‘El camino a la vereda’. Su majestad, el folclor cubano, sentado en su trono, se soltó después con ‘El bodeguero’, canción que hizo famosa Nat King Cole, después de tomarla prestada de la Orquesta Aragón. Luego terminaría enredada entre los viejos de Buena Vista.

El paisaje de esta noche caribe es conmovedor: una pareja de italianos, ya entrada en años, desafía la rigidez de sus pálidos cuerpos para bailar el cha cha chá. Otros, con mayor altivez, cartageneros quizás, deslizan sus pies sin dificultad sobre el suelo. Los de más allá cantan a coro con la orquesta. Los de más acá sólo nos dedicamos a escuchar, buscando que el recuerdo del Buena Vista que está ante nosotros quede imborrable en un cuartico de la memoria. “Toma chocolate, paga lo que debes”...

De la canción se acordará, varios minutos más tarde, tras dos horas de concierto memorable, Rolando Luna, el pianista con rostro de adolescente. Cuenta en realidad 32 años y hace parte de esa nueva generación que intenta, como lo aseguraba ‘Aguaje’ Ramos en su banca de parque, preservar la tradición de los sonidos raizales de Cuba.

“Fíjate en mi historia —arranca a contar el joven músico—: yo admiraba muchísimo a Rubén González. Crecí escuchándolo en mi casa. Un día, trabajando con Omara, cuando ya no hacía parte de la agrupación, y sin decirme nada, ella me puso a compartir escenario con él. Fue mágico. Por eso, cada vez que me subo a una tarima pienso que mi graduación como músico fue aquella noche que me oyó tocar el gran Rubén González”.

Rolando y el resto de integrantes del Buena Vista Social Club descansan, tras el concierto, en un salón pequeño de la Casa del Marqués, edificio antiguo y de estilo republicano ubicado en un costado de la Plaza de la Aduana. El de la orquesta fue un viaje relámpago. Mañana mismo partirán de nuevo a La Habana para seguir con una gira que los llevará por República Dominicana, Estados Unidos y varios países de Europa.

Pienso entonces en los de antes. En esos abuelos de otros tiempos que pasaron por Buena Vista con su fama tardía. Esa resurrección musical que logró Cooder a finales de los 90. Bendito YouTube. En esa página de videos se observa a Cooder y a sus ‘muchachos’ cantando en Francia, en Holanda, haciendo levantar de sus sillas a los asistentes de un teatro en República Checa. Incluso en el mítico Carnegie Hall de Nueva York. Y pensar que muchos de ellos, a sus cerca de 80 años, ni siquiera habían montado en un avión.

Salvador, el hijo de ‘Compay Segundo’ —cuyo nombre en realidad era Francisco Repilado— y que a veces participa en esta nueva etapa de la orquesta, lo ha contado varias veces: “Mi padre nunca quiso abandonar Cuba porque estaba seguro de que la pobreza de su país era más digna que la de cualquier otro lugar del mundo”.

Ni siquiera seis millones de copias de su propia música le hicieron torcer su determinación. Ni siquiera un premio Grammy. Y eso mismo pasó con González y con Ibrahím, el último de los grandes de Buena Vista que apagó sus ojos para siempre en 2005.

Carlos Calunga —que junto a Idalí son los vocalistas del grupo— dice, mientras lanza por los labios bocanadas de humo de tabaco, que tras la muerte de Ferrer, a los 78 años, buena parte de La Habana musical comenzó a temer la desaparición de Buena Vista Social Club.

‘Compay’ había muerto ya en 2003. Y tras él, Rubén González, cuyas manos acosadas por la artritis reventaron sobre el piano, sin embargo, hasta el último suspiro; Pío Leyva y Manuel ‘Puntillita’ Licea también se fueron. ‘Cachaíto’ supo resistir hasta 2009, pero ya había abusado demasiado de la suerte de contar con una vejez calma.

A Jesús ‘Aguaje’ Ramos lo sorprendió la mala noticia en su casa de La Habana una mañana de sábado. Y casi de inmediato –cuenta– sin consultas, ni reuniones, se abrogó la misión de no dejar que Buena Vista Social Club, ese sueño del que también había hecho parte, sólo nueve años después de haber sido fundada terminara como el salón de bailes que la inspiró, en el olvido.

Contagió con la misma idea a los sobrevivientes; y todos dijeron sí. Y es desde entonces que Jesús se ha empeñado también en incorporar a jóvenes talentos a la agrupación que aprendieron a valorar los sonidos de la Cuba de los años 40 y 50 —entre ellos el pianista Rolando Luna y el trompetista Luis Manuel Mirabal— para que aseguren la continuidad de esa coincidencia afortunada de un gringo que quiso formar una orquesta memorable y unos músicos longevos que estuvieron a la altura de ese sueño.

El ensamble del nuevo Buena Vista tomó poco, recuerda ‘Aguaje’. Los músicos virtuosos seguían creciendo silvestres por los rincones de La Habana, sólo que ahora, a diferencia del viejo ‘Compay’, estaban más interesados por la Academia y por recorrer el mundo. “El viejo Cooder puede volver ahora mismo a La Habana con el mismo proyecto de hace quince años y encontrará músicos valiosos en el camino. Es que la música cubana es el latido del corazón”, le escucho decir al célebre trombonista.

El Buena Vista Social Club de estos tiempos es, básicamente, el que vi hace un rato en esa plaza cartagenera. No siempre logran contar para sus giras con los fundadores que aún siguen vivos, con la diva Omara, con Manuel Galván, con Amadito Valdés o con ‘Guajiro’ Mirabal.

A ‘Compay’, Ibrahím y Rubén la vida no les alcanzó para cristalizar ese anhelo loco con el que hace tres lustros llegó Cooder a la isla. Pero Jesús ‘Aguaje’ y sus nuevos muchachos al fin cerraron la historia y el año pasado, junto a músicos de Malí, grabaron ‘Afrocubism’, catalogado por la revista National Geographic como el álbum del año.

El dato lo cuenta Carlos, el vocalista, antes de despedirse. El camerino improvisado para los artistas en esa Casa del Marqués comienza a quedarse vacío. Los músicos tienen prisa de llegar a su hotel para regresar de nuevo a La Habana, bien temprano, al día siguiente. En mis oídos vibra aún el sonido de esas ‘Dos gardenias’, que hace rato escuché en la Plaza, huérfanas de la voz de Ibrahím Ferrer. Con esa canción se despidió de Cartagena Buena Vista Social Club. El de ahora. Y el de antes.

Lo que sabemos de Juan José Millás


Periodista brillante y una de las plumas más reconocidas de las letras españolas contemporáneas pasó por Colombia como invitado estrella del Hay Festival. Y aquí, gustosos, lo recibimos con su reciente novela ‘Lo que sé de los hombrecillos’. Diálogo en la distancia.

Por Lucy Lorena Libreros


Contesta el teléfono Juan José Millás. Hasta hace unos minutos, tomaba la vocería en la cabina de la Cadena Ser de Madrid, por cuyos micrófonos se escurre su voz pausada. Allí, en el programa La Ventana, cada viernes sin falta, el hombre se dedica a engordar un curioso ‘Larousse’ personal que se nutre de las definiciones que sus radioescuchas le van otorgando a las palabras, inspirados en sus experiencias cotidianas. Así, amor no es sólo el más supremo sentimiento; es además un estado del alma. Un bebedizo que corta el aliento, que arranca lágrimas, a veces; sonrisas, la mayoría. Eso dicen quienes llaman.

La sección tiene un nombre obvio: ‘El diccionario de Millás’.

Contesta y saluda cordial. Algo de razón debe tener su colega de letras colombiano Juan Esteban Constaín —encargado de sentarse a palabra suelta con él en Cartagena durante el Hay Festival de este año— quien, por encima de sus virtudes literarias, saca la cara por la más elemental, pero quizá más elevada virtud de un escritor: “Millás es, ante todo, un buena gente. Desmiente el mito de que para ser un buen novelista hay que ser una suerte de poeta maldito, una mala persona”.

Es cierto. Tampoco es un equívoco consignar que quien está ahora mismo al otro lado del océano es una de las plumas más leídas del universo literario contemporáneo de España. Hay quienes aún dan las gracias de que Millás, un buen día, abandonara su cargo anodino como funcionario de la aerolínea Iberia, a los 28 años, para abrir de par en par las puertas de la ficción y del periodismo.

Una decisión afortunada, en todo caso. Su debut en las letras, ‘Cerbero son las sombras’, se quedó con el premio Sésamo que se concede en su país a quienes publican por primera vez. Hoy cuenta con 64 años y una veintena de novelas, breves en su mayoría que han sido traducidas a 23 idiomas.

Sólo algunas: ‘El desorden de tu nombre’ (la más conocida, valga decirlo), La soledad era esto’, ‘Papel mojado’, ‘Letra muerta’, ‘El orden alfabético’, ‘Dos mujeres en Praga’, ‘El jardín vacío’, ‘Laura y Julio’. Una en particular: ‘El mundo’, relato autobiográfico, ambientado en la Guerra Civil Española, que se alzó con el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa.

Millás navegaba a sus anchas retratando personajes que viven tramas surreales. Tramas que, sin embargo, cumplen también el extraño propósito de parecer más reales que una fotografía acabada de tomar. Si alguien hubiese advertido eso entre sus líneas, por aquella época de novelista dedicado, esa facilidad tan suya para beber del mundo real lo que después terminaba en los caminos de la ficción, habría intuído lo que fue inevitable: que el flaco Millás acabara, en 1990, seducido por el ajetreo de las salas de redacción.

Sucedió justo después de que se llevara consigo el prestigioso premio Nadal, por ‘La soledad era esto’. Es decir, Juan José Millás era un tipo raro: un novelista que soñaba con un espacio para tener dónde publicar reportajes y columnas de opinión. La norma nos ha enseñado siempre lo contrario: que hay noveles reporteros anhelando el espaldarazo de una editorial para alcanzar los estantes de las librerías con una novela en ciernes.

Millás lo justifica con una certeza sobre la que ha meditado durante años: “El camino que he seguido ha sido, de cierta forma, al revés. Llegué al periodismo tarde, cuando tenía ocho libros y había construido un nombre como novelista. Pero soy el único periodista de mi edad que escribe reportajes en España. Lo normal es que seas reportero entre los 25 y los 35 años, después te ascienden a editor o jefe, lo cual me parece un disparate pues el reportaje es un género de madurez. Un buen reportaje necesita primero, oficio; después, experiencia existencial”.

Lo cierto es que llegó y se quedó. Y claro, también ha ganado honores en esa batalla de informar y contar historias. En la solapa de su ‘uniforme’ de reportero están colgados el premio Quijote de Periodismo, el Mariano de Cavia, el Miguel Delibes y el Francisco Cerecedo. Y a su lado reportajes y entrevistas de gran calado por los cuales no tiene que suplicar espacio en El País Semanal, el suplemento dominical del más importante diario de España.

En noviembre no más, centenares de españoles llegaron a los quioscos callejeros para devorar el diálogo que Millás sostuvo con el ex presidente Felipe González. Un fresco del padre, del estadista, del académico, que aún es tema de conversación en los cafés y en el Metro porque sólo hasta ese momento, hasta su llegada a esas páginas, González confesó una situación que va en contravía de su imagen de humanista: verse obligado a decidir si ‘volaba’ a la cúpula del grupo separatista ETA, que ha sembrado el terror en ese país por décadas. “Dije no. Y no sé si hice lo correcto”, le confesó a Millás.

Es que por las manos del Millás periodista han pasado toda suerte de historias. Ahí está la de Carlos Santana, enfermo terminal del corazón, que arrastrado por la sinsalida de los médicos, se calzó para trasegar los caminos de la eutanasia. Lo hizo solo, en un cuarto de hotel, asistido días antes por una fundación que defiende esa causa, incomprendida por muchos, de morir dignamente.

Millás lo escuchó con oídos benévolos durante un par de días, antes del último suspiro, y el resultado fue un relato estremecedor de las razones que llevaron a Carlos a entregarse a la señora muerte. No vivió para leerlo. Ese era el trato. Su propósito al hacer pública su decisión —se lee en el reportaje— era reabrir el debate sobre el tema en su país.

Por las manos del Millás periodista ha pasado también un político con Alzhaimer que le teme a la enfermedad del olvido; un presidente recién posesionado (‘escoltó’ como sombra durante días a José Luis Rodríguez Zapatero) y hasta se sentó frente a una secuestrada colombiana que, una vez lejos de las selvas del horror, pretendió esquilmar a su país con una demanda millonaria. Millás le preguntó a Ingrid Betancourt por sus captores, por su rescate, por sus noches de soledad y de Biblia.

Otras veces, el Millás periodista es un ávido contador de ‘articuentos’. La definición de esa palabra debe estar resaltada en ese ‘Larousse’ personal que atesora con juicio. El de la radio. Él la inventó. Suena rara, pero no es tal: son columnas de opinión sazonadas con literatura. Entendámonos: son espacios de opinión que no se limitan a la discusión de una idea, sino que se nutren con historias de gente como usted o como yo. Ese es el estilo Millás.

Sin abandonar su labor de reportero, el Millás novelista hace su aparición cada vez que puede. “A mí no me cuesta trabajo pasar de la realidad cotidiana a la ficción. Lo que me cuesta trabajo es hacer sólo una de las dos cosas nada más. Necesito cambiar de actividad cada poco, pero haciendo siempre lo mismo: escribir”.

Ahí está ‘Lo que sé de los hombrecillos’ (Seix Barral 2010), novela —breve, ya lo sabemos— con la que el escritor hace gala de su prosa fluida, de su —al decir de Juan Esteban Constaín— “capacidad para impregnarle a lo más elemental y cotidiano una grandeza narrativa que no es mera solemnidad. Millás se apropia de personajes que podrían parecer intrascendentes para luego convertirlos en héroes, siempre apoyado en es un estilo transparente, ameno”.

En ‘Lo que se de los hombrecillos’ a un profesor universitario jubilado que sigue dando algunas clases de economía y escribiendo artículos para revistas especializadas — puede llamarse Pedro, Alberto o Rafael, da lo mismo— entabla relación con un hombre en miniatura, hecho a imagen y semejanza suya, que lo lleva a reflexionar sobre los bajos y altos instintos que nos mueven, los del sexo, los del alcohol. Hasta los de matar.

—¿Qué tanto bebe este personaje del propio Juan José Millás?
—Seguramente mucho, no en su literalidad, sino en su sustancia. A veces las novelas que uno siente más alejadas de la vida propia son las que en realidad más tienen que ver. Recordemos lo que decía Flaubert: “Madame Bobary soy yo”.

La novela no es asunto nuevo. Sólo tenía 8 años, cuando Millás empezó a notar que unos hombrecillos salían de sus zapatos para esconderse en el fondo del armario. No era sueño. Era real. Eso dice Millás y Juan Cruz, uno de sus colegas de El País y crítico literario, le cree de sobra: “Todo lo que cae en manos de Juan José se convierte en surreal, pero en seguida también en una circunstancia posible. Estamos frente a un novelista de la realidad y a un periodista de lo imaginario”.

Antonio García, escritor colombiano, destaca, sobre todo, “que todos pudiéramos ser un personaje de Millás; pero ninguno de nosotros desearía serlo”.

Entonces, asegura Millás, sucede que “las novelas se escriben sólo cuando ellas quieren, no cuando el escritor lo decide. Se toman años, incluso décadas hasta dar con el tono. De repente, hace dos años, soñé con esos hombrecillos, y pensé esto es una señal de que debo escribir sobre ellos”.

Lo dice el escritor que en sus años de adolescente fue un mal estudiante y curso su bachillerato en un instituto nocturno. Lo dice el escritor rescatado por la literatura de las oficinas de una aerolínea. Entendámonos: Juan José Millás había nacido para hacernos volar, pero no en aviones, más bien en sobre las alas de sus historias mágicas.

“Esta sigue siendo una Colombia amarga”


No. Germán Castro Caycedo no es un hombre pesimista, aunque tendría razones para serlo, lleva más de treinta años narrando las tragedias que han acosado a este país. A sus 70 años, ¿qué le faltaba por contar? Una historia que siempre ha estado allí, pero que sólo él vio: la de los oficiales de inteligencia de la Policía. Entrevista.

Por Lucy Lorena Libreros



En 1976 un joven periodista nacido en Zipaquirá se propuso narrarle al mundo los horrores de la violencia en Colombia. El asunto tomó su tiempo. Allí no más, en Caicedonia, “un pueblo encajonado entre las cordilleras al norte del Valle del Cauca”, le contaron que las balas parecían crecer más rápido que las matas de café. En La Celia, caserío de Risaralda, que godos y ‘cachiporros’ aún saldaban sus deudas con fusil. En San José del Guaviare, que casi cada familia, por culpa de la guerra, tenía enterrado en su propia parcela a un hijo, un padre o un hermano.

El asunto terminó llamándose ‘Colombia amarga’. Treinta crónicas en total. Y si no fuera porque el libro registra el año de publicación, hasta su autor, Germán Castro Caycedo, creería que aquellos relatos ocurrieron hace apenas unos años, y no hace cuatro décadas.

Da la sensación de que así ha sido siempre. En ‘Con las manos en alto’, publicado en 2001, Germán vuelve a la carga con más relatos de esa Colombia dolorosa. De nuevo hablan las víctimas. Esas a las que secuestran, esas a las que amenazan. Esas, como se lo confesara una mujer de Carmen de Bolívar, que viven a la espera de “un mañana en el cual hasta las piedras se hayan olvidado de sangrar”.

Pero la sangre ha seguido corriendo, roja y caliente, en ‘El hueco’, en ‘El Karina’, en ‘La muerte de Giacomo Turra’, en ‘Mi alma se la dejo al diablo’, en ‘Sin tregua’, en ‘Más allá de la noche’, en ‘El palacio sin máscara’. 37 años de oficio. 20 libros. 70 años de vida. Y la violencia, inamovible.

“No es un periodismo del pesimismo, lo que sucede es que todo en este país está igual o peor que cuando apareció ‘Colombia amarga’. Por eso no escucho radio, suficiente con la carga de tragedias que arrastran los periódicos y los noticieros”. La frase se le escurre con franqueza desde el otro lado del teléfono, en su apartamento de Bogotá. Detrás del auricular, Germán Castro Caycedo —sobra decirlo, uno de los periodistas más publicados y premiados del país— cree necesaria la aclaración antes de comenzar a hablar de ‘Objetivo 4’ (Planeta), su título más reciente.

El hombre que nos enseñó que eso de ir a cubrir un suceso a un lugar específico es ser un ‘Enviado especial’, responde preguntas con más sinceridad que cortesía. Lejos de la elocuencia narrativa que despliega en sus relatos, cada respuesta suya es una sumatoria de palabras medidas.

No son así las cuatro grandes historias que se tejen en el libro; relatos, abundantes en detalles, en los que Castro Caycedo se dedicó a hacerles inteligencia a los propios agentes de inteligencia.

Durante más de un año se sentó con paciencia frente a una veintena de ellos para escucharles contar cómo la ‘inteligencia criolla’ —o eso que solemos llamar con gracia ‘malicia indígena’— permitió la captura de los guerrilleros ‘Martín Sombra’ y ‘El Paisa’; y de los paramilitares ‘Don Mario’ y los hermanos Miguel Ángel y Víctor Manuel Mejía Múnera.

Los persiguió por medio país. Los grabó mañanas y tardes enteras. Y en esas jornadas escuchó de todo: un agente que se convirtió en indigente durante casi cuatro meses, sin bañarse, comiendo sobrados y durmiendo en la calle para dar con el paradero del temido ‘Martín Sombra’. Otro que logró colarse y ganarse la confianza de uno de los hombres de alias ‘el Paisa’, haciéndose pasar por cargador de bultos.

Editó. Y entonces, frente al lector, el veterano reportero colocó 400 páginas vibrantes en las que logra que sea la voz de los propios agentes oficiales, en primera persona, la que nos narre el qué, el cómo y el cuándo. Detrás del auricular se escucha un suspiro…

Germán, ‘Objetivo 4’ aparece justo cuando se escuchaban fuertes críticas suyas en torno a lo que algunos llaman ‘sicaresca’, esa suerte de ‘narcomanía’ que se ha apoderado de buena parte de nuestro cine y televisión…
Es que, desde hace veinte años, parece que no hubiera imaginación en este país para salir de las historias cuyos protagonistas son los delincuentes. Eso genera una pésima imagen de Colombia. Hace dos semanas leía en un periódico a una señora que vive en otro país pidiéndoles a los canales colombianos un cambio en la programación pues allá donde ella vive con su familia creen que todas las colombianas son prostitutas y todos los colombianos unos bandidos. Lo más grave es que ese es el modelo que se les está ‘vendiendo’ a nuestros niños y jóvenes.

Pero eso también ha permeado nuestra literatura…

Sí. Se está haciendo una literatura a base de sicarios y prostitutas, lo que muestra una pobreza única de imaginación. Nadie está diciendo que se le dé la espalda a los problemas del país, pero cuando veo esas producciones recuerdo esa película iraní, ‘Los niños del cielo’, que si bien refleja la miseria de dos niños que deben compartir el mismo par de zapatos, lo hace de forma poética. En nuestros libros y en nuestro cine, lo que manda, por el contrario, es la estética narco.

¿Por eso usted ha dicho que ‘Objetivo 4’ nace del hastío?
Es el hastío hacia esa ‘sicaresca’. Los bandidos en este libro no son los personajes centrales. Ni el libro es una apología a la violencia, lo que recrea es el trabajo del servicio de inteligencia de la policía de Colombia, entre otras cosas una de las mejores de América Latina. Y cómo es el espionaje que se hace con tecnología y una dosis alta de creatividad e inteligencia. Los bandidos son sólo un pretexto. Es un trabajo que pocos conocen, es un mundo del cual no se había escrito.

¿Cómo logra convencer al general Óscar Naranjo de que le permita acceder a información privilegiada de la Policía?
Bueno, le dije que quería hacer un libro de relatos sobre el trabajo del servicio de inteligencia y dijo, sin darle mayores vueltas al tema, que le parecía una gran idea.

¿Y él lo condicionó de alguna forma?
Nadie jamás en la vida me ha puesto condiciones para hacer mi trabajo y si me las hubieran puesto no hubiera escrito nada.

¿Qué le hizo pensar que había una historia atractiva allí?
Se trataba de una historia desconocida, ¿cómo trabajan los servicios de inteligencia de este país? Ese fue el punto de partida. Cuando investigaba ‘El Hueco’, me iba para un restaurante colombiano en Nueva York donde conocí a toda clase de latinos; estando en ese lugar me di cuenta que los colombianos son más despiertos e inteligentes que el resto. Ahora, los propios oficiales escogieron diez casos diferentes y entre ellos consideré mejores las de los dos guerrilleros y los otros narcotraficantes. A la larga, creo que cualquier delincuente hubiese reflejado bien la realidad de todos ellos: que por más dinero y poder que acumulen les toca vivir escondidos como animales; así ha sido en toda la historia de la violencia en Colombia.

Hablando ahora sobre periodismo, usted ha dicho en varias oportunidades que uno de sus grandes referentes ha sido Alberto Urdaneta, ¿qué le ha aprendido y que debemos seguir aprendiendo de él?
Siempre será un referente. Si bien la crónica nace hacia 1500 con los llamados Cronistas de Indias, este hombre con su Papel Periódico Ilustrado, que salió publicado entre 1861 y 1868, da un paso muy adelante en la búsqueda del género. Él fue el primero que intuyó que la prensa no estaba llamada a esperar a que los sucesos llegaran hasta al escritorio sino que era necesario salir a buscarlos, hurgar en los detalles, eso que ahora con tanta facilidad decimos reportear. Pero eso infortunadamente se ignora hoy en las facultades de periodismo.

Es parecida a la percepción de Juan José Hoyos, quien en su libro ‘La pasión de contar’ lamenta que los periodistas jóvenes encuentren sus referentes en los cronistas norteamericanos cuando este país ha sido rico en cultores de ese género…

Estoy de acuerdo. El problema con el periodismo en Colombia, como sucede con otros aspectos del país, es que no sabemos para dónde vamos porque no sabemos de dónde venimos. Una cosa es el periodismo literario o periodismo narrativo, eso no lo hay en este país, eso dejémoselo a los periodistas de Estados Unidos, que fueron los autores de esos términos. Aquí, en América, nació en 1500 la crónica y para mí seguirá siendo la crónica. Y a pesar de que la crónica es el género mayor del periodismo, se ignora el pasado magnífico que ha tenido en este país.

Germán, ¿qué extraña de las salas de redacción?
Todo viene con su momento. Cuando era reportero de El Tiempo tenía a verdaderos maestros del oficio que me enseñaban técnicas narrativas, recuerdo a Carlos Alberto Rueda y a Germán Pinzón, el cronista más importante de la década de los 60 en Colombia. Lo que advierto con tristeza es que periódicos que antes le apostaban a las grandes historias ya no lo hacen, y ahora son unos boletines con las noticias del televisor. Se ha desplazado a la crónica y al reportaje, lo que realmente puede diferenciar a la prensa de la televisión y la radio. Eso se hace en el resto del mundo, no sé qué ha pasado en Colombia.

¿Y qué cree que ha sucedido en nuestros periódicos? ¿Cuál es su diagnóstico?
Se han olvidado del periodismo en profundidad. No es contar un hecho por contarlo, así se trate de un hecho que parece común. Recuerdo alguna vez que un grupo de muchachos se extravió durante 17 días en una caverna. Antes de enfrentar a los protagonistas, traté de empaparme del tema. Hablé primero con un espeleólogo (experto en cavernas) y con un biólogo experto en murciélagos; después con un montañista y como a esos muchachos les dieron alucinaciones, con un neurólogo. Con ese bagaje me fui, por fin, a hablar con los jóvenes a sus casas y a los pocos días me llevé a la caverna a dos de los que tenían más facilidad de palabra y entonces el panorama cambió: ya no estaban recordando, logré que ellos volvieran a vivir aquella experiencia intensamente.

Su trabajo periodístico siempre ha sido reconocido. Pero con el único de ficción, ‘Candelaria’, la crítica fue muy severa. ¿Qué fue lo que no funcionó?

Mire, ‘Candelaria’ es una crónica, pero yo lo presenté como novela. Por un lado, lo hice por seguridad y segundo porque cambié los nombres de las personas y los sitios. Y, sí, en Colombia fue criticada, pero en países como España, México y Argentina tuvo una crítica magnífica, así que no creo que el libro no haya funcionado.

‘Objetivo 4’ está dedicado a su nieta Maía con la esperanza, dice usted, de que herede una Colombia distinta. ¿Ha cambiado la visión de esa Colombia de 1976 cuando publicó su primer libro?
Es la misma y me atrevería a decir que todo es peor. La política peor de corrompida. Los paramilitares y los narcotraficantes dominando casi todo el Congreso. Menos personas tienen acceso a la salud, crecen los índices de criminalidad. No es pesimismo, insisto, es lo que leo en los periódicos a diario. Esta sigue siendo una Colombia muy amarga.