miércoles, 9 de diciembre de 2009

Palabras mayores

Un grupo de abuelos, jubilados de profesiones disímiles y distantes de la literatura, se reune cada semana en Cali para plasmar cuentos y poemas a través de un taller de escritura creativa. Relato de una tarde con escritores de vocación tardía.


Parece que la tía Gerardina Perea tiene la culpa de todo. Sólo a ella pudo habérsele ocurrido convertir una casa del barrio José María Cabal de Buga, hace más de medio siglo, en un ardiente escenario de teatro en el que cobraban vida, gracias al inusitado interés de los hijos y los sobrinos, las venganzas de Hamlet, las contradicciones del rey Macbeth y los amores contrariados de la doncella Capuleto y el joven Montesco.

El recuerdo le pertenece a Jesús Herney Cifuentes. Es él quien, a sus 65 años, culpa a esa maestra de literatura querendona que un día, siendo un niño, le dio a probar a Shakespeare para terminar, a la postre, engolosinado con las letras de medio mundo. Y eso que para leer al padre de la literatura inglesa en esos años había que cruzar el parque, bordear la Basílica y caminar largas cuadras hasta llegar a la casa de un hombre solitario que alquilaba libros días o semanas.
Comandados por Jesús, los muchachos de la familia hacían el esfuerzo. Después devoraban páginas, memorizaban diálogos, cosían vestidos a la usanza medieval y cada diciembre, cómo no, se paraban frente a tíos, padres, abuelos y vecinos de la cuadra para dejar sobre las tablas las historias del Manco de Lepanto.

Hay que desempolvar la memoria con paciencia para que este relato brote ahora mismo sobre una silla de mimbre en la voz de un hombre que esta tarde de jueves posa su caligrafía grande y redonda en un cuaderno escolar.

Jesús es uno de los abuelos que asiste juicioso a ‘Palabras mayores’, taller de la Red Nacional de Escritura Creativa, Renata, surgido en 2008 en asocio con Coomeva y la Fundación Casa de la Lectura, para vincular a adultos mayores de 50 años en actividades de lectura y escritura que les permitan prolongar su calidad de vida cognitiva.

A la par con Cali, el taller tiene pupilos en Bogotá y Medellín. Hombres y mujeres, jubilados en su mayoría, que bien pudieron haberse ganado la vida como ingenieros, matemáticos, licenciados de historia, médicos o publicistas. El oficio es lo de menos. A excepción de unos cuantos casos de alumnos con novelas y poemas terminados, todos aprenden escritura básica, cómo puntuar y acentuar; sobre géneros literarios, en especial el cuento; cómo plasmar sus opiniones en blogs —el contacto con las nuevas tecnologías es una de las apuestas de esta iniciativa— y hasta cómo transformar en párrafos bien construidos sus historias de vida.

Todos lo hacen ahora, doblando la curva de esa esquina temeraria cuando la sociedad comienza a mirar de reojo, a llamarlos adultos mayores y no encuentra más remedio que ponerlos a danzar, a pintar, a tejer o a vestirlos de sudadera para una caminata ecológica o una mañana de gimnasia.
Aquí, en la capital del Valle, el escenario en el que brotan los recuerdos de Jesús y las esperanzas de estos prosistas extraviados es el salón Las Acacias del Club de Tenis, en el barrio Pampalinda.
Hasta allí, religiosamente, todos los jueves desde las 2:30 p.m., un grupo de quince abuelos se dan cita, bajo la batuta de Alberto Rodríguez, un escritor y profesor universitario que hoy se siente más feliz aconsejando a escritores de vocación tardía que a muchachos que suelen defraudar con su "pasmoso desinterés".

Quizá lo sospeche: Jesús y su historia servirían para llenar con gusto páginas vacías. Ese abuelo pequeño y obeso, de mirada dulce, no terminó rendido a los pies de las letras, como esperó la tía Gerardina, sino vestido de bata blanca y estetoscopio. No siempre fue así. Érase una vez un adolescente bugueño que, deseoso de "llegar hasta el fondo de la verdad", quiso convertirse en monte cartujo, dejarlo todo para vivir en Francia y entrar desde allá a las entrañas de la filosofía en su estado más puro. De esta forma, creía, no sólo conseguiría mantener vivo su espíritu de lector infatigable, sino "sacar a la humanidad de la ignorancia en la que aún permanece sumergida".

Su familia, cuenta, puso el grito en el cielo. Si de lo que se trataba era de ayudar a los demás, entonces la opción acertada era la medicina. Y él hizo caso. Se graduó con honores de la Universidad del Cauca, se especializó en ginecología, y durante más de cuarenta años sus manos curaron mujeres en hospitales y clínicas de Buga y Tuluá.

Con su inquietud de lector sin manosear, no era raro ver entonces al doctor Cifuentes por los pasillos del Hospital Tomás Uribe, de Tuluá, —digamos a manera de ejemplo—, con un libro bajo el brazo. Bien podía ser una compilación de cuentos de Chejov, una novela de Jorge Isaacs o un poemario de Borges. Daba igual; este o aquel conseguían el delicioso propósito de espantarle el aburrimiento de los turnos de urgencias de sus primeros años como galeno.

Y la costumbre sigue intacta. Esta tarde de jueves Jesús pasea sus manos sobre un ejemplar de ‘Los ejércitos’, la más reciente novela del escritor pastuso Evelio Rosero, pero sus compañeros no pierden oportunidad de preguntarle por Alan Poe, Cortázar, Wilde, Dostoievski o Tolstói .

¿Letras viejas?
El profe Alberto ya había escuchado esas vueltas curiosas que ha dado la historia personal de Jesús Herney. No le sorprende tenerlo ahora con la mirada fija en el tablero, tomando apuntes en el cuaderno escolar.

No es la primera vez que escucha hablar de cómo la escritura reta las canas y respeta la vejez. Habla de William Carlos William, un estadounidense que hasta los 60 años ejerció como pediatra y se relegó de su profesión por un accidente cerebrovascular. "Desde entonces se dedicó a escribir y a los 70 se ganó el Premio Pulitzer de Poesía".

Y, bueno, el profe recuerda también a los conocidos: a Saramago, que patea sus casi 90 años escribiendo blogs como muchacho; a los octogenarios García Márquez "con su lucidez nostálgica" y Mutis, "para siempre perdido en los laberintos de las democracias tropicales".

Sobra decir que cree a ciegas en el poder de la palabra que se lee y que se escribe. Las personas que llegan a estos talleres buscan estimulación mental, dice; "cuando comienzas a volverte viejo, civilmente te empiezan a matar, se te mueren los contemporáneos y escuchas por todos lados los típicos argumentos piadosos de que lo mejor que te puede ocurrir es terminar en un ancianato para que te cuiden bien". Así las cosas —sentencia—, "la lengua escrita es combustible simbólico que prolonga la vida en la escritura y la escritura en la vida".

Que hablen de letras plasmadas a través de la mirada fisgona de la literatura es un asunto que aún no termina de digerir Aura López, otra de las asistentes a ‘Palabras mayores’. Otrora fue licenciada en matemáticas y trabajó en el oficio extraño de hacer control estadístico de calidad.
Hoy, sentada enfrente de sus compañeros confiesa su temor de tentar a la ficción. Sólo escribe sobre las experiencias que vive junto a sus nietos.

A su lado, Mercedes Suárez trata de respaldar con la mirada esos miedos. Va más lejos y, como liberada de una cadena pesada, asegura "querer restarle seriedad" a su vida académica de docente de historia y filosofía, para esculcar los autores que siempre se había negado a leer, las novelas que nunca desempacó y los cuentos que no tenían cabida en la cabeza de una mujer más llamada a estar pendiente del devenir de los siglos y las consideraciones de Platón. Hoy, con vocablos tímidos, piensa en un cuento que tiene escondido hace un buen tiempo. Letras que a lo mejor, pronto conocerán el calor de la imprenta.

Ese es el mérito que encuentra Roberto Rubiano, escritor bogotano encargado de liderar el taller ‘Palabras mayores’ en la capital del país, al que asisten hasta 40 jubilados. "Esperaba encontrar gente menos receptiva, quizá por los caprichos de la edad, pero lo que uno ve en cada encuentro es un grupo de inquietos, sin cortapisas de ninguna clase, que se abren a la literatura con la curiosidad de un niño en la escuela".

Quizá el mejor ejemplo de que eso es así se advierte en las manos delicadas de María Victoria Zapata, una profesora de filosofía que tras haberse resistido durante años a desbordar la imaginación, hoy se atreve a revelar sus cuentos.

La suya es también una historia de novela. Su casa permanecía tan atestada de textos de filosofía que cuando las empleadas domésticas se disponían a preparar el almuerzo no encontraban ollas en los muebles de la cocina, sino libros apiñados de Platón, Nietzsche, Kant, Hegel y Freud.
"Siempre me negué a leer otras cosas, lo sentía como una traición a mi oficio, siempre tan racional. Pero la fantasía me perseguía y a veces terminaba confundiéndola con la realidad", relata la mujer, que después de botar durante años sus cuentos a la basura, terminó sentada frente a un psicoanalista tratando de explicarse qué hacía una filósofa escribiendo fábulas en la mente. "Sentía como si tuviera dos vidas paralelas. La de la filósofa racional y la de escritora fantástica".

Jesús escucha atento a su compañera de cenáculo. Cae la tarde, pero la brisa fuerte de las cinco no arrastra consigo las ‘palabras mayores’ de este grupo de abuelos. Será, tal vez, porque —con temores o sin ellos— terminarán plasmadas con buena ortografía en un libro o en un blog. Esa es la meta del profe Alberto en menos de un año.

Qué raro: aquí el tiempo no es enemigo, es más bien un aliado. "Los textos, tanto el que sale de la mano de un joven escritor profesional, o el que proviene de la solitaria evocación de un viejo sin mayores afanes de publicación, tienen tres efectos conocidos: nos forman, nos deforman o nos transforman", asegura el docente. Y esas son palabras mayores.

Cenizas rescatadas del olvido



Tres años de tertulias con el desaparecido poeta de Cartagena Gustavo Ibarra Merlano se convirtieron en 'Ceniza salobre', libro del escritor Álvaro Suescún, el barranquillero que un día huyó de la economía seducido por la cultura. Fragmento de un encuentro con el autor durante los días de la XV Feria del Libro del Pacífico.


Hace poco, en XV la Feria del Libro del Pacífico, presentó un libro sobre Jorge Artel, autor prolijo, pero desconocido para muchos. Ahora llega con ‘Ceniza salobre’, inspirado en Gustavo Ibarra Merlano, cuyo legado poético se conoció hasta hace muy poco en el país. ¿Por qué ese interés de rescatar autores de las sombras literarias?
No es un interés que alimente de forma intencionada. Ocurre que siempre he tenido un ‘palito’ especial para hacerme amigo de los viejos. Así me pasó con Jorge Artel (quien me llevaba a sus recitales cuando apenas tenía 24 años), con Meira del Mar y después con Gustavo Ibarra. Debe ser que así estaba escrito en algún lado.


¿Cómo llega la idea de auscultar a un personaje que durante 40 años escondió su obra literaria?
Alguna vez mi gran amiga Meira del Mar me habló con emoción de la poesía de Gustavo Ibarra Merlano, un autor totalmente desconocido para mí hasta ese momento. El personaje no me llamó la atención de entrada, pero al día siguiente, como una coincidencia, un grupo de escritores de Barranquilla me hizo un comentario similar. Entonces, pensé que algo de eso debía ser cierto, si eran más de tres los que coincidían en esa apreciación. Por eso, intrigado, contacté a Gustavo Ibarra en Cartagena. Aquella vez hablamos de todo durante largas horas y desde entonces me sorprendió que un personaje tan cercano a escritores de una generación determinante para las letras colombianas como García Márquez, Héctor Rojas Erazo y Abel Antonio Villa (sobre quienes ejerció una influencia que todos ellos reconocen) permaneciera tan incógnito para la memoria de este país.


De hecho el propio García Márquez, en ‘Vivir para contarla’, reconoce que Ibarra fue quien lo acercó a los clásicos griegos...
Sí, Gustavo había estudiado griego, alemán, francés e inglés, pero sentía una fascinación tremenda por la literatura griega. De hecho, sus primeros libros —‘Hojas de Tarja’ y ‘Los días navegados’—, aparecidos cuando él tenía ya 60 años, los escribió en Grecia. Y el amor por las letras de ese país fue lo que le permitió acercar a ‘Gabo’ a autores como Eurípides y Sófloques. Si uno mira con detenimiento la obra de García Márquez se da cuenta de que él escribe a la manera de los clásicos griegos. Sin embargo, alguna vez Gustavo dijo que ‘Gabo’ exageraba cuando contaba que él le tomaba lecciones sobre lo que leía en los clásicos.


¿Por qué hay que leer sobre Gustavo Ibarra Merlano?
Bueno, sencillamente porque se trata de un hombre fascinante, lleno de matices: además de abogado y filósofo, era un lector consumado con un gran mérito literario en su faceta poética. La suya es una poesía muy interior, casi mística, porque además era muy cercano a los temas religiosos, al punto de dedicarle largos años al estudio de la suma teológica. Pero no se trataba de un fanático, de ser así no hubiera sido cercano a Rojas Erazo, ateo confeso; a ‘Gabo’, quien nunca ha hablado de una convicción religiosa, o a Clemente Manuel Zabala (mentor periodístico de García Márquez), quien cada vez que Gustavo hacía referencia a Dios, solía decirle: “Dejémos a ese señor tranquilo”. A pesar de esas diferencias con el mundo intelectual, cultivó amistades que duraron toda la vida.


¿En qué momento decidió que esas conversaciones durante más de tres años con él, entre Bogotá y Cartagena, debían convertirse en libro?
Mi primera intención era escribir un artículo sobre él en la revista ‘Vía 40’ que se editaba en Barranquilla. Después pensé que lo más acertado era escribir una biografía suya, considerando que se trataba de un autor que publicó tardíamente y cuya obra por lo mismo era desconocida en casi todo el país. Esa idea la deseché porque siempre he creído que cuando se utiliza ese género el biógrafo termina convertido en protagonista. Así que le aposté a un libro que condensara seis episodios determinantes de su vida.


¿Qué hace un economista escribiendo libros sobre poetas?
Ni yo mismo lo sé. Pero creo que me siento más cómodo redescubriendo autores que analizando la crisis financiera.


¿Además de la obra poética de Ibarra Merlano, qué otro aspecto le sorprendió de este autor?
Que a pesar de su brillante inteligencia y de gozar de buena posición económica, tenía una profunda aflicción y contempló el suicidio varias veces. Pero el Gustavo Ibarra que yo conocí parecía contrario a eso, con un fino sentido del humor. En una entrevista me dijo: “Esto debiéramos llamarlo entrevistas interclínicas”; cada vez que yo lo entrevistaba, él acababa de salir de una hospitalización.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Cantor de cuentos



Roberto Burgos Cantor presentó en Cali ‘Una siempre es la misma’, libro con el que regresa al género de sus afectos: el cuento. Tertulia sobre nostalgias del Caribe y trampas de la ficción de las que a veces nacen historias. Entrevista.



Y entonces, de un momento a otro, a Roberto Burgos Cantor comenzaron a llamarlo 'escritor'. Debía levantar la mano a manera de saludo cuando caminaba por las calles de Cartagena, su ciudad, para devolver con gestos de agrado las palabras generosas que recibía cada vez que sus cuentos conocían la gracia del papel impreso en los suplementos culturales.
No tenía más de 15 ó 16 años, pleno fragor de la década del 60, cuando el destino lo puso en la orilla de la piscina y lo aventó a esas aguas complejas de la literatura, sin preguntarle si sabía nadar o no.
Sucedió que alguna vez su mamá, maestra de toda la vida, encontró unas cuartillas bautizadas con un nombre extraño, ‘La lechuza dijo réquiem’, y casi como una decisión de familia convenció al padre de que se las entregara a su amigo Manuel Zapata Olivella, ese médico y antropólogo que no hacía mucho se había embarcado en la aventura de la revista Letras Nacionales.
Fue el primer chapuzón. Temerario, confuso. Sin saber por qué —se lo ha preguntado muchas veces—, Roberto escribía en secreto, "era como la novia que no compartía con nada ni con nadie". Se encerraba a leer a los autores clásicos, refrescaba las tardes con brisas de poesía y después desahogaba la imaginación.
Así nació un relato, inspirado en la violencia política, que se negó durante meses a salir del cuarto de un adolescente tímido, y otros cuentos más que también consiguieron el mérito, después de los buenos comentarios, de llegar a publicaciones como Vanguardia y la página cultural del periódico El Siglo. Quedó metido, confiesa ahora, en un lío tremendo después de ese arribo a la literatura: "Seguir escribiendo".
Han pasado más de 45 años desde la publicación de esa historia reveladora y desde entonces en la vida de este cartagenero nostálgico han pasado muchas cosas, no sólo libros. Se casó con una física, tuvo dos hijos (Alejandro, filósofo, y Pablo, cineasta), y se graduó en derecho y ciencia política en la Universidad Nacional.
No ha litigado. Será porque los juzgados no saben de poesía, no saben cómo es eso de que a un lugar pueda bautizársele ‘El patio de los vientos perdidos’; de que la vida pueda ser ‘De gozos y desvelos’, y de que en medio de esos afanes de la modernidad aún pueda sorprendernos ‘El vuelo de la paloma’, algunos de los libros más recordados de este hombre de ojos pequeños y hablar pausado.
Ese "pan comer" que le han dado las leyes —porque lo de vivir "se lo debo a la ficción"—, implicó también sentarse frente a la máquina de escribir, liberado de géneros y personajes de fábula. Lo que pedían de Roberto Burgos, el abogado, eran jurisprudencias y conceptos administrativos. Pero él encuentra una manera para acercar el derecho y la literatura en orillas tan opuestas. Ocurre que cuando escribes —asegura el escritor cartagenero—, lo mismo que cuando echas mano de las leyes, persigues una misma cosa, hacer justicia. Lo primero se da con seres que has tenido que construir. Lo segundo con seres cuyas historias a veces resultan tan duras y dolorosas que parecen extraídas del cuento más elaborado.
El de las leyes ha sido un escenario que no ha negado ni escondido para bien de la prosa de este país al otro Roberto Burgos, al escritor.
Hoy —con diez títulos de cuentos y novelas suyos apostados en los estantes de las librerías de Colombia y Europa—, regresa al cuento, al género de sus afectos, al "género de la gratitud", con ‘Una siempre es la misma’ (Seix Barral 2009), libro que presentó en la pasada XV Feria del Libro del Pacífico. Historias íntimas y urbanas, de personajes anónimos y cotidianos, que dejan la impresión de estar narradas desde la voz interior y femenina de siete seres —como esa desplazada de Chengue que trabaja en una línea caliente—, que intentan abrir una puerta que no conduce a ninguna parte.

No siempre el mismo.
Partes del trasegar de este escritor costeño se leen, fragmentadas, en las reseñas de algunos libros que dan cuenta de la historia literaria del país. La versión completa y mejorada la soltó el propio Roberto Burgos Cantor, recién llegado a Cali, en el transcurso de un medio día caluroso, caleñísimo, con una cerveza helada entre las manos, y un campo de golf inmenso dispuesto a servir como testigo de su tertulia envolvente.
Habla de sus orígenes. Había salpicado con sus letras las hojas de varias publicaciones en la Costa Caribe y Bogotá, pero sólo en 1981 sintió el llamado de la selva literaria y se puso en serio a escribir, a pensar en una propuesta que a él no le "mereciera arrepentimiento ni a mis editores vergüenza".
De esa determinación a prueba de miradas sospechosas, de las burlas de sus colegas abogados que aún siguen sin entender muy bien ese cambio de tercio, nació un libro que fue recibido con regocijo, ‘Lo amador’, una compilación de cuentos que gira en torno a personajes arrancados del acontecer bullicioso y sofocante de La Heróica.
Leal a su oficio, Roberto destina seis horas diarias a la escritura. Es un hombre que cree en la disciplina como el cincel para moldear el carácter. Sus líneas sobre el papel brotan en un apartamento del barrio Belalcázar, en Bogotá, desde el que evoca el mar y se asoma a la ventana para encontrar en detalles minúsculos un guiño certero que le permita darle forma a un nuevo personaje, a una nueva historia.
Y le ha ido bien en ese propósito. Del escritorio donde dispara palabras sobre una hoja en blanco han salido directo a las casas editoriales del país libros como ‘De gozos y desvelos’, ‘Pavana de Ángel’, ‘La ceiba de la memoria’, ‘Juego de niños’ y ‘Quiero es cantar’. Todos, según los críticos, con una marcada influencia poética.
"Siento que, sin buscarlo, me pusieron frente al destino de escribir. Si hubiese tenido la posibilidad de tirarme a la piscina más tarde, sin duda lo habría hecho. El destino de escribir es tener lectores y yo los tuve sin proponérmelo, casi que sin que yo me diera cuenta. De repente comenzaron a llamarme ‘el escritor’. Pero no hay culpas, la anécdota de ese primer cuento sirvió para resolver de forma temprana esas trampas en las que parece envolverte la ficción", reconoce el cartagenero de 61 años, en esta tarde de calor.
Justo al lado de ese escenario en el que habla de sus letras contadas y por contar se erige una ceiba de ramas abultadas que le sacuden a Roberto sus andanzas por los terrenos de la novela.
Hace apenas dos años, ‘La ceiba de la memoria’ —para muchos, la mejor de sus creaciones hasta ahora—, fue galardonada con el premio José María Arguedas en Casa de las Américas de Cuba y resultó finalista del codiciado Rómulo Gallegos. Fue una novela histórica que demandó un año de investigación juiciosa sobre la Cartagena del Siglo XIX y sus negritudes convulsionadas por la violencia, la explotación y el desarraigo.
Le pregunto entonces por qué regresar al cuento, un género que a veces es mirado con desdén por las editoriales, que parecen haber caído rendidas ante esas historias que hablan de sicarios, de seres desesperados que huyen de la selva, de capos arrepentidos.
Roberto bebe un largo sorbo de cerveza y toma impulso: "Lo hago porque tengo una gratitud enorme por el género, me devuelve a mis inicios; lo hago porque es hermano de la poesía, un refugio al que regreso siempre, y porque implica un rigor y una cierta tiranía sobre el relato, sobre los personajes, sobre cada palabra que estás obligado a colocar de manera precisa".
Pero sucede que a veces —muchas, hay que decirlo sin pena—, los escritores que se inician con el cuento deben comenzar a gambetear las presiones sobre el siguiente paso a dar. "Qué buenos cuentos, pero ¿cuándo vas a escribir una novela?", solían preguntarle a Roberto después de los halagos que le ofrendaban en la calle.
Aunque no cree en una literatura con extensiones predeterminadas, aquello lo asumía, reconoce ahora, como una presión amistosa, pero presión al fin de cuentas. "Creo que tiene que ver con la percepción arraigada en la cultura de que lo breve es más fácil. Es igual, pienso yo, a lo que sucede con un jugador de fútbol: si este domingo mete un gol es un héroe, pero para el próximo partido esperan que rompa el pórtico mínimo tres veces".
Roberto habla del cuento, de volver al cuento, como un designio de su oficio, también como una forma de estar lejos del precipicio del fracaso. Es un temor que reconocen todos los escritores porque se trata de un terror delicioso. Burgos Cantor lo llama el riesgo del arte, uno que se justifica, que es combustible en el proceso creativo. El arte sin riesgo es como una gimnasia que no endurece los músculos, sentencia.
Cuando un escritor fracasa con una novela —reflexiona después—, hay una desmoralización más profunda, es una derrota estruendosa. "Suele pasar que cuando la novela no funciona has sudado ya 50 ó 60 páginas, mientras que si el cuento no va a ningún lado se anuncia a los cuatro párrafos, como un reloj cuyas manecillas se deslizan en sentido contrario".
No fue precisamente lo que ocurrió con ‘Una siempre es la misma’. Cada historia fue anunciándose de la misma forma en que lo hacen las canciones a un maestro de música popular. Fueron detonadas por una de esas palabras que se desechan en la calle, por la escena impactante de una película, por un atardecer que da luces y sombras.
La tertulia sigue. Los jugadores de golf pasan apurados con sus palos y sus ‘caddies’, casi inadvertidos, frente a la tertulia de este cantor de cuentos. El calor no hace concesiones. El relato de Burgos tampoco.
Entonces el escritor toca un punto esencial de su perfil literario: las nostalgias luminosas del Caribe y sus patios, atrapadas en el paisaje plomizo y de cemento de esa Bogotá en la que él vive desde hace varios años.
"Las novelas y los cuentos te fortalecen el sentimiento de arraigo. En un mundo cuyo vértigo atropella todo, los escritores costeños nos inventamos el pretexto de las ficciones para seguir viviendo en el lugar que abandonamos", dice con tono de resignación.
Y entonces, supone uno que con diez libros encima ya no debe causar escozor que te llamen "escritor" desde la acera de enfrente. Tal vez no es del todo cierto: "Muchas veces he pensado que no soy un escritor, en el estricto sentido soy un costeño que estudió derecho".

miércoles, 21 de octubre de 2009

"Hago cine para sacudir la memoria"


Claudia Llosa, la directora detrás de la exitosa película ‘La teta asustada’, ganadora del Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín, contó desde Barcelona, cómo ha sido su búsqueda para tratar de reencontrar a los peruanos con su pasado de violencia y sangre. “Yo espero cualquier tipo de reacción con mis películas, menos indiferencia”, dice.


Por Lucy Lorena Libreros
Octubre 2009

La pantalla está en negro: (…) “A esta mujer que les canta, esa noche la agarraron, la violaron; no les dio pena de mi hija no nacida, no les dio vergüenza. Esa noche me agarraron, me violaron con su pene y con su mano, no les dio pena que mi hija les viera desde adentro”…

Ahora, en color, se ve en primer plano el rostro triste de una campesina que, minutos antes de morir, canta en quechua ante Fausta, su hija. Cantando le arrebata a la memoria esos momentos de súplicas ante los verdugos en esa noche de horror; así recuerda que perdió a su esposo, al viejo Josefo, de quien le hicieron tragar su pene, como si haber sido violada en embarazo no fuera ya una humillación desbordada.
Cantar fue la manera que madre e hija encontraron, en la complicidad de sus temores, para hacer menos doloroso un pasado que hace dos décadas inundó la sierra peruana con las balas que Sendero Luminoso disparaba en nombre de Abimael Guzmán, de la revolución y de la tierra.
Pero las melodías no espantan el miedo. Todos saben que Fausta, a sus 19 años, está contagiada con ‘la teta asustada’, una rara enfermedad que, según la tradición oral andina, se trasmite a través de la leche materna y deja a los bebés sin alma porque esta, del puro miedo, se esconde bajo la tierra.
Incurable, la joven camina por las calles de Machay, –uno de los barrios periféricos más populares de Lima–, con una papa atorada en la vagina. De esa forma, le enseñaron en Ayacucho, su pueblo, —el punto de partida de ese conflicto armado que inició en 1980 y dejó un millón de víctimas—, no sólo conseguiría protegerse, sino asquear a los asesinos si también pretendían hacerle correr la misma suerte.
Van sólo unos minutos de película y el espectador está sacudido. Sobre todo las mujeres que entiendemos mejor que nadie esa paradoja de tener entre las piernas una papa, tubérculo que para los peruanos es símbolo de fecundidad y tradición.
Quizá fue la misma sensación que quedó ante el público de Berlín cuyo festival, la Berlinale, uno de los más importante de Europa, le concedió a ‘La teta asustada’ el premio Fipresci y el Oso de Oro. Lo propio sucedió en el XVI Festival de Cine de Bogotá que la calificó como la mejor película del año. ¿Por qué recabar en las heridas de un pedazo de la historia que aún le duele al Perú?
La respuesta, vía telefónica, la ofrece Claudia Llosa, la mujer detrás de esta coproducción hispano-peruana que ha cosechado aplausos en los más importantes festivales de cine del mundo y que el próximo año representará al país de los incas en los premios Oscar. Radicada desde hace ocho años en Barcelona, la directora limeña asegura que el suyo no es un cine político, “es más bien emocional”.
Fue lo mismo que plasmó con ‘Madeinusa’, su ópera prima, también afincada en lo más hondo de las tradiciones de los Andes, ya que cuenta la historia de un pueblo cuyos habitantes creen que cada Viernes Santo a las tres de la tarde, hora en que Cristo es crucificado, pueden entregarse al pecado porque Dios ha muerto y nadie podrá juzgarlos.
Abrazada por los comentarios generosos que ha recibido tras su nueva película y a punto de dar a luz a Simón, esta mujer de 33 años, –sobrina del escritor Mario Vargas Llosa–, asegura desde su residencia en España que ‘La teta asustada’ no está hecha para denunciar el pasado violento del Perú, “eso ya lo hicieron otros. Se trata de un filme de reconciliación, de perdón”.

¿Cómo llega a sus manos la historia de ‘La teta asustada’?
Ya había escuchado hablar de esa enfermedad, pero no tenía muchos referentes hasta que leí ‘Entre prójimos’, libro de Kimberly Theidon, antropóloga estadounidense que recopiló los testimonios de varias mujeres que habían sido víctimas del terrorismo en la sierra peruana. Según el libro, la enfermedad se trasmite de una generación a otra y su curación debe hacerse con rituales chamánicos. Esos relatos fueron lo suficientemente gráficos para intuir que había una historia que merecía ser contada. Al final del rodaje de ‘Madeinusa’, sabía que mi próxima película iba a girar en torno a la teta asustada’.

A usted se le nota en sus películas un interés especial por las tradiciones peruanas, ¿de dónde viene esa fijación?
Eso es algo que a la gente le sorprende, pero a mí no. Siendo muy joven y, después, mientras estudiaba ciencias de la comunicación, tuve la oportunidad de viajar mucho por mi país, de conocer sus realidades, su gente. Y en esos viajes descubrí que si bien Perú es un país multicultural, multiétnico, también está fraccionado pues no ha terminado de cerrar muchas heridas. Es un país que por momentos le da la espalda a los Andes; creo que parte de la complejidad del Perú es que existe un distanciamiento entre la capital y el mundo andino y es difícil la convivencia entre esos universos. Se olvida que en los Andes se cocina el sincretismo de nuestra cultura latinoamericana, de la tradición oral.

¿Cree que los peruanos se han centrado más en los verdugos de esa guerra que en sus víctimas?
De cierta forma, sí. Y la película no sólo refleja el punto de vista de las víctimas, sino la manera en que los limeños miran con distancia la realidad de esos barrios de periferia en donde el sincretismo del mundo andino convive con la modernidad. Es un mundo que siempre se ha filmado con miedo, de forma edulcorada. En ‘La teta asustada’ tuve claro que no se trataba de tomar partido por ninguno de los actores del conflicto, sino por sus víctimas. Se sabe que tanto militares como guerrilleros causaron daño, pero ¿y las víctimas? ¿Quién las consoló? ¿Quién les dio un abrazo? Lima le huía a la posibilidad de reencontrarse con el dolor de esa época, por eso el proceso de Fausta se puede extrapolar al que vive hoy el Perú, se pasó de una época difícil en la que prosperó el miedo, la sangre y la ignorancia a un momento en el que todavía muchos cruzan los dedos deseando haber aprendido la lección, pero lo hacen ignorando las heridas, no sanándolas.

¿Y cree que los peruanos ya aprendieron esa lección?
No, definitivamente, no. Mi invitación es a que nos miremos, cara a cara, y tratemos de recuperar nuestra autoestima como país, como latinoamericanos. Y esa invitación se extiende a Colombia que, pese a ese pasado de violencia que la acosa, aún no se ha mirado en el espejo para exorcizar las heridas de la guerra.

Por eso habla de cine como medio de reconciliación...
Sí, porque historias como las de Fausta, una mujer perturbada aún con un hecho que sucedió hace cerca de 20 años, nos muestra lo fácil que es para los verdugos hacer la guerra, pero lo complicado que es reparar a las víctimas. La imagen de una joven introduciéndose una papa en la vagina habla de los límites a los que puede llegar un ser humano para sobrevivir y mantener su dignidad. Bueno, no faltan los incrédulos, los que se niegan a creer que en esas realidades. Durante los dos años en que estuve investigando sobre la enfermedad de Fausta, varios psicoanalistas creyeron posible la trasmisión del miedo a través de la leche materna, pero muchos más lo negaron de tajo. Yo sí lo creo.

De todos modos, muchos críticos dicen que sus películas hay que mirarlas desde la orilla de lo político y otros más que tiene una posición feminista…
No lo creo, finalmente en mis películas hago ficción. Lo que pasa es que una vez el filme sale de tus manos deja de ser tuya, toma vida propia. No creo que defienda un cine político porque hablo de la guerra, pues es un tema universal, presente en la memoria colectiva de muchos países. Tampoco creo que se haya quedado en una mirada de lo femenino. Que una mujer sufra por la violencia, pone a hombres y mujeres a reflexionar por igual. No busco que ellas me aprueben y ellos me cuestionen. Simplemente hago cine para sacudir la memoria.

Sí, lo suyo es ficción, pero recreada en una época puntual de la historia política del Perú...
La gente puede pensar eso, quizá porque varios miembros de mi familia no han sido ajenos al análisis político. Ahora, no creo que esté mal hurgar en la memoria, preguntarnos, bueno, ¿qué nos dejaron estos guerrilleros de Sendero Luminoso? ¿Y yo qué hice por las víctimas? A la vez hay que caminar hacia el futuro, es una dualidad que muestro en mi película: muestro una realidad dura, pero también la capacidad que tiene la sociedad peruana de celebrar la vida.

Usted habla de rescatar la tradición oral, ¿siente como realizadora que estar lejos de su país la tenía en deuda con el Perú?
Más bien que la nostalgia y la necesidad de sentirme cerca de Perú me obligaron a hacer mi propia reinterpretación de la realidad. Siempre nos hemos concentrado en el pasado que está escrito, no en el que se habla en las montañas. Mi interés como directora es volcar la mirada hacia la tradición, hacia la idiosincrasia, no solamente de lo andino, sino de esas culturas que hacen una mirada diferente del mundo que les rodea. Los diálogos en quechua de la película son una manera de decir, “¡hey! es que así hablan muchos de los que van caminando al lado tuyo”.

Existe un denominador común en sus dos películas: recurrir a actores poco conocidos, casi naturales…
¿Qué le aporta esa elección a su propuesta?Hay películas que necesitan que se logre una conexión especial entre el público y el filme. Cuando abordas temáticas tan complejas, lo que menos esperas es que la atención se centre en una figura, en si fulana —tan reconocida ella, tan experimentada— se hizo el papel de su vida. Una cara famosa, en ciertas películas, hace que el transfondo de se desvíe. En ‘La teta asustada’ necesitaba que el espectador asumiera a los personajes como si fueran ellos mismos, que creyera que el jardinero era así de tímido y la mamá de Fausta así de atribulada.

Está claro que a Fausta la asusta ser portadora de una rara enfermedad ¿y a Claudia Llosa?
Que mis películas generen indiferencia.

domingo, 11 de octubre de 2009

Espía de la Historia



El autor de ‘Los informantes’, Juan Gabriel Vásquez, integrante de esa cofradía de letras nuevas que tiene Colombia, cuenta por qué defiende la novela como antídoto contra la amnesia en “este país de desmemoriados”.


Por Lucy Lorena Libreros

"La política en una obra literaria es un tiro en medio de un concierto: es algo grosero y, sin embargo, imposible de ignorar”. La frase se lee en el epígrafe de ‘Nieve’, célebre obra del Nobel de literatura Orhan Pamuk. Una expresión que el escritor turco le arrebató a ‘La cartuja de Parma’, de Stendhal, tal vez como un intento de explicar qué lleva a un novelista a retar a la hoja en blanco con un suceso arrancado de la historia, para dejarlo a los pies de la ficción.

Juan Gabriel Vásquez no sólo conoce bien la cita literaria; también el reto de tomar con pinzas un trozo del pasado para llevarlo al papel a través de ‘Los informantes’, su ópera prima, que a pesar de haber sido publicada en 2004 —primero en inglés por la editorial Bloomsbury—, aún hoy sigue recogiendo espaldarazos de la crítica especializada en España y Estados Unidos.

De eso, de rescatar la memoria en un país que vive en amnesia permanente, es de lo que le propongo hablar al escritor bogotano mientras hace una pausa como invitado en la pasada Feria del Libro en Bogotá, en donde los amantes de la novela política arrebatan, con fervor, su libro de los estantes.

Corre la tarde de un domingo frío y él, vestido de jeans y saco negro, está sentado en una cafetería ruidosa que remata en un balcón con vista a ese hervidero de autores y lectores que cada año se hacen cómplices en Corferias. Quien habla es un tipo de 36 años, integrante de esa cofradía de letras nuevas del país. Por eso, es uno de los autores de ‘Bogotá 39’, del que hacen parte los mejores escritores menores de 39 años de América Latina, elegidos por cerca de dos mil editores, críticos y lectores.

Ensayista y novelista, reside desde hace una década en Barcelona, tras vivir tres años en París donde estudió literatura latinoamericana en la Universidad de La Soborna. Quien habla es, sobre todo, una pluma orgullosa. Dos días antes de este encuentro, el viernes 14 de agosto, The New York Times y The Washington Post se despacharon con términos generosos sobre su novela, inspirada en un hecho poco conocido de la historia de mediados del siglo pasado. “Uno de los distintivos de un novelista talentoso es la capacidad para lograr una ficción absorbente en un incidente, anécdota o fragmento de la historia, sin importar cuan aparentemente oscuro sea, y cuántas veces haya sido pasado por alto por otros”, se lee en las líneas de Peter Dubrin, en el diario más influyente de La Gran Manzana.

Juan Gabriel se acomoda sus gafas de profesor y toma impulso. Dispara palabras rápidas y resuelve la pregunta obligada, la que haría cualquiera que se asome a las páginas de su novela: ¿cuál es la punta de lanza de la historia de Gabriel Santoro, un periodista que esculca el pasado de su padre a comienzos de los años 40, cuando el mundo asistía horrorizado al inicio de la Segunda Guerra Mundial?

Esa es la trama de su novela. Pero antes, mucho antes —comienza por decir Juan Gabriel— de que aquello se convirtiera en libro, una tarde de 1999 sostuvo una conversación informal de preguntas fisgonas con una judío-alemana que llegó a Colombia en 1938, huyendo con su familia de la persecución racial de Hitler.

Nuestro país, confesó la mujer, parecía un escenario de borrón y cuenta nueva. Pero como las paradojas no piden permiso, su padre por poco termina confinado en el Hotel Sabaneta de Cundinamarca, utilizado en el gobierno de Eduardo Santos como una especie de cárcel a la que iban a parar los sospechosos de difundir propaganda nazi en el país. La culpa de todo era su pasaporte de ciudadano alemán.

Así, cuenta Vásquez, surgió la inquietud por desentrañar para la literatura cómo se persiguió en Colombia a los alemanes como parte de la política de apoyo del país a Estados Unidos durante la guerra.Se trata, asegura, de un hecho del que no se les escucha hablar a los profesores en los colegios. Esa fue la motivación principal para escribir ‘Los informantes’, y una forma de demostrar que una de las funciones de la novela es revelar sucesos que de otra forma no se podrían conocer. “Estamos en un país en donde la desmemoria es una enfermedad nacional. En todo caso, la desmemoria constituye de por sí un acto político”.


Contra la amnesia

Convencido de que el género está llamado a iluminar “el punto en el que se cruzan los caminos individuales de la gente con los destinos sociales y colectivos de una nación”, Juan Gabriel siente que fue eso, precisamente, lo que le sucedió al padre de aquella mujer que le narró su vida en esas horas desprevenidas y que a la postre fue el punto de partida de su novela: “Él, su padre, intentó escapar del acoso de Hitler, pero el fantasma lo persiguió al otro lado del océano, en la fría Bogotá, cuando trataba de vivir como un ciudadano apasible, que no se metía con nadie”.

Que el género de la novela sirva de antídoto contra la amnesia es una tesis que Vásquez defiende con vehemencia en esta tarde fría. Se atreve a ir más allá y asegura, incluso, que el género tiene licencia, desde la ficción, para violentar la historia, para plantear preguntas que muestren que la vida es más complicada de lo que parece. ¿Por qué las personas nos tratamos como nos tratamos? ¿porqué el ser humano es la única especie que tropieza dos veces con la misma piedra? ¿cómo lidiamos con nuestros errores pasados?

“Aunque nunca he creído en la novela como un púlpito desde el cual se reparten consejos, sí creo que los buenos novelistas están llamados a dejar preguntas como estas en la mente del lector”, dice el bogotano. Algo similar, cuenta, a lo que logró García Márquez al novelar de forma poética, casi irónica, la masacre de las bananeras en ‘Cien años de soledad’ o lo que logró con ‘El otoño del patriarca’. “En ambos casos distorsiona hechos y personajes conocidos para contar una nueva verdad”.

Si se es irrespetuoso con la historia —enfatiza—, “te das cuenta de que a veces el pasado es un monstruo peligroso que muchos prefieren no despertar, salvo el escritor con su pluma. Por eso, la memoria colectiva de un país como el nuestro se ha construido sólo a partir de la versión que nos regalan los poderosos. Lo que hacemos los novelistas es decir ¡No! existe otra manera de contar las cosas”.

En ese sentido toma prestada del peruano Mario Vargas Llosa una consideración según la cual el novelista es, a todas luces, un aguafiestas, “es el que pide la palabra y dice: señores, Alfonso López Michelsen no es tan bueno como lo dicen los titulares de prensa”. ¿Acaso a quién pretendía aguarle la fiesta ‘Los informantes’? Juan Gabriel no suelta nombres. No está tan seguro de querer ver convertida su novela es una especie de tiro disparado en medio de un concierto, como parafraseó Orhan Pamuk. Preferiría pensar, más bien, que su novela es una bala de grueso calibre capaz de sacudir la memoria de los pueblos.

Perfil

Nacido en Bogotá, en 1973, Juan Gabriel Vásquez es periodista, escritor y traductor y hace parte de ‘Bogotá 39’, proyecto que congrega a las mejores plumas, menores de 39 años, de 17 países de Latinoamérica. ‘Los informantes’ (Alfaguara 2004) es su primera novela, a la que siguió ‘Historia secreta de Costaguana’. También es autor del libro de cuentos ‘El amante de todos los santos’ y la biografía ‘Josehp Conrad: el hombre de ninguna parte’. Como traductor ha manejado obras de escritores como John Jersey, Víctor Hugo y E.M. Forster.Asimismo, sus escritos periodísticos han aparecido en medios de España (donde reside actualmente) y varias de Latinoamérica, entre ellas la revista El Malpensante. En 2007, con su ensayo ‘El arte de la distorsión’, fue ganador del Premio de Periodismo Simón Bolívar.
Vásquez trabajó en la biografía de Gerald Martin, ‘A life’, sobre García Márquez. Su misión consistió en verificar lugares y expresiones colombianas presentes en el libro.

martes, 8 de septiembre de 2009

No más capos y tetas, por favor

Piense que usted es un realizador de televisión a cuyo escritorio llega un libreto voluminoso que recrea esta historia bien condimentada: un mafioso de buena pinta que consigue burlar al Estado durante décadas traficando coca a diestra y siniestra. Que salió de la nada, cual Cenicienta, y de la noche a la mañana se convirtió en el hombre más rico de Colombia. Un tipo que, haciendo honor a su raza de pillo, no sólo montó una banda de jóvenes asesinos para alentar sus fechorías, sino coleccionar mujeres al gusto. Y bueno, súmele este par de dijes con sello Hollywood: sus dos hijos terminan enredados sentimentalmente con una banquera y con el hijo del Ministro de Defensa. Sí, estamos pensando igual: es un coctel delicioso de rating asegurado.

Lo mismo, cómo no, tuvo que haber creído aquel realizador —de buen olfato, dirá la industria—, que convirtió el libreto en una producción millonaria, hoy plato fuerte del horario estelar de un canal privado. Sólo siguió sus instintos y echó mano de la receta bendita de tetas, capos y violencia, el camino más despejado para conquistar a una teleaudiencia aturdida con realities, novelas de historias flacas y galanes que no entusiasman ni a las abuelas.

Vuelve y juega: la televisión narcótica está otra vez en las parrillas de programación. ¿Acaso alguna vez se ha ido? Cuando creí que habíamos superado el delirio de una joven por sus tetas de silicona y la historia de ese narco caleño con alias frugal, convertido hoy en autor de ventas generosas de libros y vedette de páginas de farándula, llega esta novela que viene a ser lo mismo, pero con nombres y escenarios distintos.

Que al canal privado que la emite le cabe su cuota de responsabilidad, estamos de acuerdo. Pero la culpa, en realidad, es de quienes le dan cabida en sus televisores a estas novelas, que no hacen más que reivindicar el legado oscuro, de sangre y venganzas del narcotráfico. A veces creo que es una audiencia tan enviciada como los drogadictos con sus sustancias psicoactivas: cada vez las usan más seguido y en mayores cantidades.

Y el vicio no les da tiempo ni siquiera para repasar los periódicos y enterarse de que a pesar de que ya no brillan en los titulares de prensa de hoy los carteles de otros tiempos, la impronta del narcotráfico sigue con su huella inalterable en ciudades como Cali y Medellín. Esas por las cuales nos rasgamos las vestiduras para que los extranjeros y sus ONG las miren con buenos ojos y no las conviertan en blanco de sus documentales desesperanzadores y sus películas taquilleras.

Pregúntese cuántos mal llamados ‘enmaletados’ (muertos que aparecen, muchas veces mutilados, en los baúles de los carros) continúan ensombreciendo el pasado judicial de nuestra ciudad. Yo le respondo: este año van 16; cuántos menores deliquen rampantes con sus armas porque “es la única manera de hacerse respetar”, el decir de esos niños que reclutaba Pablo Escobar. Cójase duro: en la ciudad que usted recorre todos los días existen dos bandas, entre los 13 y los 17 años, que matan taxistas y asaltan droguerías.

Pregúntese cuántas víctimas han dejado las venganzas entre narcos en Cali y Buenaventura: las autoridades hablan de 25. Cuántos muertos suma Medellín por culpa de la violencia, en este mes de septiembre (con sus escasos 10 días) las cifras cuentan 19. Y si la cosa es así de complicada, si la realidad nacional que muestran los noticieros y los periódicos ya es lo suficientemente dolorosa, ¿por qué insistir con la televisión narcótica?

Tengo la esperanza de que ese rating que no para de subir sea el resultado de la forma que encontraron muchos colombianos para exorcizar esos fantasmas de carteles y capos que permearon todas las esferas de nuestra sociedad.

Tengo fe de que producciones como ésta sirvan para terminar de asquearnos del mal gusto de la mafia, de su determinación de matar porque sí; para entender que estos capos no fueron ni tan altruistas, ni tan buenos hijos como la literatura barata de algunos ‘sapos’ los quieren hacer ver. Sirva para dejar de justificar los lujos del dinero fácil. Si ese es el caso, bien pueda: encienda el televisor.

lunes, 24 de agosto de 2009

La nueva movida salsera



Algo está pasando en la escena rumbera de Cali: 20 agrupaciones nuevas luchan por rescatar la letra y los sonidos tradicionales del género y vencer la indiferencia de la radio comercial.

Por Lucy Lorena Libreros
Periodista de GACETA

Publicado agosto 30 / 2009



Los sonidos de la trompeta se escuchan apretados, incómodos. Fredy Miranda se esfuerza porque no lo parezca: sus mejillas se dilatan y, tras una explosión de aire contenido, consigue que el aparato suelte una descarga que invita al desorden. Se agitan el timbal y el saxofón. Sólo entonces suena una salsa de letras desconocidas. Son las dos de la tarde de un domingo de julio abrasante y a esa hora nadie sospecha que en un taller de carpas del barrio San Nicolás, junto a un motel, once muchachos juran estar parados sobre un escenario recompensado con aplausos.
La cita es de cada ocho días. De cada domingo, llueva, truene o relampaguee. La cita es con La Clandestina, una orquesta que nació dos años atrás gracias al empeño necio de David Gallego, estudiante de comunicación social de la Universidad del Valle, que un día, a sus 19 años, vio cómo el último dormitorio de su casa en Guayaquil se convertía en punto de partida para rescatar de las nostalgias de los melómanos de antaño los sonidos de la salsa de barrio, "de la que es".
No ha cambiado mucho el panorama desde aquellos días de complicidad febril en ese cuarto estrecho. En el taller de carpas donde la trompeta impone el desorden, ubicado sobre la Carrera 8, la luz escasea y el calor se hace invitar sin tarjetas ni regalos.
El lugar es tan clandestino como el nombre de esta agrupación no compuesta propiamente por músicos: uno de los cantantes trabaja de motorista, mientras el otro se gana la vida en la bodega de una clínica. El percusionista estudia psicología, el bajista tiene alma de rockero, el timbalero es operario de una fábrica y el trompetista hace las veces de todero en una empresa. Sólo el saxofonista, Carlos Rodríguez, estudia música en el Instituto Popular de Cultura, IPC.
¿Qué tiene a un grupo tan ecléctico haciendo salsa? La respuesta recae en los labios de David, su creador y el menor del grupo: "Nos ‘mamamos’ de la salsa romanticona. Todos habíamos crecido en barrios donde escuchás en las esquinas a los Hermanos Lebrón, a la Fania, no lo que ponen ahora en la radio, canciones con letras ajenas a la gente, a lo que viven".
No bastó la queja. Se organizaron como grupo y hoy enarbolan la bandera de recobrar el golpe de los años 60 y 70. No son los únicos en ese propósito: "Lo que estamos presenciando es una renovación de los salseros, pelados entre los 18 y 25 años egresados de Univalle, el IPC y Bellas Artes. Músicos que han aprendido a escuchar la salsa vieja, pero deseosos de imprimirle un sonido distinto gracias a que se han acercado a otros géneros como el jazz", dice Gary Domínguez, productor de eventos y otrora dueño de ‘La taberna latina’, salsoteca emblemática de la Cali ochentera.
David lo sabe: "Muchos piensan que después de Niche y Guayacán no hay nada, pero con nuestra música les damos esperanza a los melómanos tradicionales y llegamos a los jóvenes con sonidos diferentes".
La suya es salsa arrebatada, de trombón abierto. Como cuando Willy Colón hacía tronar la murga de Panamá o cuando Tito Gómez, en complicidad de cueros con Ray Barretto, pregonaba que Pastorita quiere guararé... Por eso, uno los escucha y les da la razón de querer mirar de reojo esa salsa prefabricada, sin brillo creativo. Para hacerlo no hay que sintonizar una frecuencia radial en FM, lo usual. Salvo contados espacios radiales, las emisoras de renombre van a la fija con los artistas de siempre.
Los sonidos de La Clandestina se sienten en las salsotecas y a través de la web, en blogs especializados creados por djs tan ‘mamados’ como David y su combo de lo que ellos mismos denominan una salsa comercial con reglas sosas: las canciones no pueden pasar de los cinco minutos de duración y deben incluir un coro pegajoso que se repita en al menos tres momentos. Si no cumplen, están condenadas a ser unas parias del dial.


Camino al barrio…
En el barrio El Poblado de Aguablanca, al otro lado de ese taller de carpas caluroso, suena la música de La Clandestina y otras agrupaciones caleñas que dieron un paso al costado para hallar una salsa renovada. Así, los bailadores se acercan a los sonidos de K-libre, La Misión, Conjunto Ideal, La Clásica, Cohimbre y Toño Barrio, por mencionar algunas bandas.
Es sábado en la noche. Un enjambre de 200 caleños, entre los 18 y los 28 años, agita sus siluetas gozonas sobre la pista. Todo transcurre en el tercer piso de una casa de salón generoso donde funciona la salsoteca Nuestra Herencia, una de las más renombradas, y que acoge a bailadores de Mariano Ramos, El Diamante y Compartir.
Lo que ocurre allí es casi una copia de papel carbón de lo que sucede a su vez, quizá a la misma hora, en otros refugios de melómanos consagrados a la ‘reina rumba’: Orula, en la Avenida Sexta; Soneros, en Granada; Muralla de Bronce, en Los Cámbulos; Zaperoco, en Versalles; La Mulenze, en Torres de Maracaibo y La Ponceña, en la Carrera 44 con 15. Existen hoy más de veinte lugares como estos en la ciudad.
Mauricio Díaz habla como experto del tema. Tiene 35 años y es la voz tras los micrófonos de ‘Salsa magistral’, un espacio que emite los sábados en Javeriana Estéreo. Desde las 4:00 p.m. enciende la consola y suenan canciones "exigentes" que pueden durar hasta nueve minutos, que critican a la sociedad, que le cantan a la familia, al barrio.
"Antes de ponerlas, primero las escucho y las calibro. Uno se vuelve como un catador musical que sabe cuando un disco es de calidad o no. Después, como dj invitado a las salsotecas –en Cali se cuentan más de 60 djs reconocidos–, las coloco y mido la reacción de las personas. Y te das cuenta que hay canciones tan buenas que la gente de una salta a la pista y responde. Ese es el primer paso", explica Mauricio.
Qué curioso, advertiría cualquiera. Sólo después de que esos temas se pasean por la veintena de salsotecas que tiene Cali, de que se vuelven himnos obligados cada fin de semana y que conquistan los blogs especializados, llegan a las emisoras de la FM. Toda una paradoja: no es la radio la que señala con el dedo índice qué se debe oír, son los propios melómanos los que indican el camino.
Así lo cree el escritor y melómano Umberto Valverde, quien asegura que las salsotecas derivaron en "mercados alternativos a la radio, que sólo logran acceder a la nueva música a través de discos piratas, porque las grandes disqueras no los promocionan. Y en las salsotecas no sólo se escucha lo nuevo, hay cabida, obvio, para la salsa de la vieja guardia, porque si hay algo que reconocerles a los caleños es que son dueños de una gran memoria musical".
Las palabras le brotan con emoción a Dj Chino –caleño, 30años– cuando confirma esa batalla ganada contra la salsa comercial, jalonada de alguna forma por la creación numerosa de orquestas caleñas dedicadas a rescatar el sonido ‘heavy’ de la salsa. Se llama en realidad Felipe Valero y gracias a su experiencia como dj en Europa y EE.UU. se ha encargado de refrescar con propuestas novedosas a la salsa. No es vanidad de su parte reconocer que gracias a él muchos caleños han gozado canciones como ‘Así no’, de la Orquesta Sonolux, grupo de California que pegó en la pasada Feria de Cali. ‘Abre que voy’, de Miguel Enríquez, músico italiano –y no de Los Van Van como muchos creen– fue otra de las canciones que introdujo a través de las salsotecas. "Una noche la puse a sonar en Nuestra Herencia y la gente se volcó a la pista. Desde entonces han seguido pidiéndola".
Para seguirle el paso a Dj Chino es necesario digitar solarlatinclub.blogspot.com, rincón del ciberespacio que recibe más de 800 visitas diarias, y que seduce con canciones jamás escuchadas, pero que hacen mover los pies y agitar un lápiz acompasado sobre el escritorio. Es el refugio de su música, que recoge lo mejor de sus hallazgos en Cali y en discotecas de países tan alejados de la escena salsera como Alemania, República Checa, Austria, Suiza, Suecia, Noruega, Bélgica y Holanda.
Dj Chino habla de cambios en la forma como se escucha salsa en Cali actualmente. Habla de búsquedas, del poder de la web como una tabla salvadora para quienes quieran de verdad hacerle el quite a las trampas caprichosas de la radio. "Hoy la web es más efectiva y democrática que la radio. Si una orquesta no está en la web no está en nada, a menos que seas Gilberto Santa Rosa".


Del ‘Plástico’ al ‘Maniquí’
Cualquiera que se tope de frente con el paso apurado de José Fernando González imaginará que va camino a un parcial de universidad y no al ensayo con Toño Barrio, la orquesta a la que pertenece hace tres años, nacida en las callecitas de San Antonio. Menudo y con cara de adolescente, a sus 23 años es el director musical de un grupo que se ha paseado por Salsa al Parque, en Bogotá, que ha sido telonero del Grupo Niche, que consiguió una nominación a los Premios Shock y cuya música hizo parte de la banda sonora de la película ‘Perro come perro’.
Es un músico orgulloso. Total, con un trabajo discográfico a cuestas, el esfuerzo de Toño Barrio desde su nacimiento, tal como ha sucedido con las demás agrupaciones salseras nacidas en Cali en los últimos cinco años, ha sido recuperar el golpe salsero de hace 40 años, pero con arreglos musicales modernos y con letras que, al igual que en esa época, pretendían convertirse en una especie de ‘Pepe grillo’ para la sociedad. En la voz de su conciencia.
Y entonces canta ‘Maniquí’ y salen estrofas que critican la belleza artificial, aquellas mujeres que no son hechas en la cama sino en el quirófano. Y entonces, inevitablemente, uno se acuerda de ‘Plástico’, cuando Rubén Blades les cantaba a los latinos que había en ciudades "donde en vez de un sol amanece un dólar".
Quizá ese resurgimiento de letras profundas en la salsa, lejos de los estribillos romanticones, es lo que mantiene optimista a Yuri Buenaventura sobre el futuro del género en Cali. "El bailador merece no sólo una salsa bien ejecutada, sino con verdaderas temáticas sociales. A los salseros siempre debe unirnos un sentimiento de reflexión. Todo el tiempo estamos llamados a preguntarnos sobre la condición social del latinomericano", se le escucha decir al músico porteño, al otro lado de la línea, mientras hace una pausa en una de sus giras por Europa.
A Umberto Valverde no le sorprende el resurgimiento de ese fenómeno en las letras. Más allá de la sonoridad, dice que la preocupación hacia los temas sociales obedece a que esta nueva generación de salseros que camina por la ciudad guarda una diferencia sustancial con quienes interpretaron el género décadas atrás: la preparación académica.
"Se dieron cuenta de que el mundo ya no los necesitaba empíricos y ya ellos se preparan, incluso, en carreras diferentes a la música, como antropología y sociología; entonces, si además de talento, promueves ideas y análisis puedes aportarle mucho a la música. Eso, sin contar con el excelente nivel técnico que tiene la gran mayoría de esos muchachos que hacen parte de las nuevas orquestas y muchos de los cuales no sobrepasan los 25 años. Están formados en Univalle, el IPC y Bellas Artes, así que logran una sonoridad de altísima calidad", asegura el escritor.
Ese paso por la academia ha determinado también, según Valverde, que los de ahora sean músicos ajenos a la vida bohemia y de excesos de sus predecesores, "después de tocar se van a sus casas. Tienen una vida social más ordenada y disciplinada".
Que sea más zanahoria, no le quita lo sonora, cree David cuando piensa en eso. Tal vez porque él sigue concentrado en su música de trombón abierto, ese que pone el desorden y agita los timbales.

jueves, 20 de agosto de 2009

Al ritmo de la marea


GACETA recorrió el Pacífico sur, desde Esmeraldas, Ecuador, hasta Buenaventura, buscando las historias de hombres y mujeres que luchan por mantener viva la tradición del folclor negro. Encontró un pueblo que rescató la herencia de la música chirimía a un maestro ciego de 85 años; la sobrina de un tumaqueño que demostró que la marimba no es un asunto del diablo y un esmeraldeño que espantó los vicios del alcohol a golpe de currulao.
Texto y fotos: Lucy Lorena Libreros
Publicado Revista GACETA
Agosto 16 de 2009

En San Antonio, población ubicada a dos horas en lancha rápida desde Guapi, Gustavo Cuero sintió miedo de la ceguera. Una tarde, hace 7 años, después de cinco horas de pesca caprichosas, descendió de su potrillo –canoa alargada–, con unos pocos gualajos, fierras y pargos rojos dispuesto a rematar el día con una tanda de amigos y de viche, pero la escena que lo abrazó a su llegada lo enfrió de espanto: los habitantes de su pueblo habían silenciado los arrullos y los bambucos viejos para entregarse a "los bailes de otros lados".
No era una escena novedosa: los equipos de sonido solían retumbar amenazantes, desde hace años, con reggaetón y vallenatos en las casas de madera; pero sólo hasta ese día el hombre lo advirtió en toda su dimensión y su tragedia. Los músicos que en otros tiempos animaban con marimbas las fiestas en honor al santo patrono y que correteaban negras a ritmo de currulao estaban viejos y cansados de la jarana; otros más habían muerto. Los niños decidieron un día dejar hablando solos a los abuelos que invitaban a cantarle a la marea, a la luna, a "la virgencita bendita que me das lo de comer".
Como un zarpazo de la memoria contra el desespero, Gustavo se acordó entonces de Antonio Vidal, uno de esos maestros del folclor que a sus 85 años aún vive en esas tierras, pero a quien las décadas, de forma ingrata, le fueron dejando la mirada gris y borrosa. "Hay que aprenderle rápido al viejo antes de que ya no pueda ver más", pensó el pescador. "Al paso que vamos, reflexionó, él dejará de mirar los bombos y las cajas, porque la ceguera golpea las pupilas como una ola de tormenta sobre la playa".
Es sábado. La visita a Guapi es la primera estación de viaje que incluye a Tumaco, Buenaventura y Esmeraldas, en Ecuador, para esculcar qué mantiene en pie a los músicos del Pacífico en su esfuerzo por preservar su música negra, desafiando las lejanías, la exclusión y la pobreza.
Se lo explico a Gustavo, que acaba de llegar de "sembrar colino", de arrebatarle a la tierra arroz, plátano y maíz, la dieta que sustenta a este corregimiento de pescadores que sólo consiguen comunicarse con el resto del mundo a través una central de radio y del Guajuí, río extraño que se desprende del Guapi y que comienza a esconder sus aguas a las tres de la tarde, de suerte que a las cinco los pelados juegan fútbol, felices, sobre la arena seca.
Espantado por el miedo a la ceguera –al temor de que después de Vidal no quedaran músicos para recordar en San Antonio–, Gustavo fundó el grupo ‘Raíces del Guajuí’. Sus once integrantes no interpretan currulao ni los aires del Pacífico sur al que pertenece la costa caucana. Se trata, más bien, de un aire típico del Chocó.
El hombre se excusa: es que ya no queda en el pueblo ningún brazo de negro recio que construya marimbas, la base de esos ritmos; tampoco hay quien las interprete. A la única marimba que sobrevive en el pueblo –traída desde Timbiquí por él mismo– se convirtió en residencia permanente del polvo y el olvido. "Lo nuestro es la chirimía", dice Gustavo, sentado en una de las dos tiendas de este rincón de calles abrasantes que los cartógrafos olvidaron poner sobre los mapas.
El río Guajuí escucha su relato antes de esconder su cauce. Gustavo dice que prefirió traicionar la tradición antes que permitir que la música negra no sonara más en su terruño. Por eso, sin haberse criado en familia de cantores y sin más credenciales que su temperamento musical sin escuela, se sentó tardes enteras a recibir las lecciones de Antonio, quien le enseñó a tocar flauta dulce, cununo, caja y maracas. Después llegaron las canciones, historias que hablaban de los viajes con canalete, del padre Abraham –polémico misionero que arribó por estos lares– y de las mujeres que abandonan amores.
El buen alumno quiso hacer mejor la tarea: ante la imposibilidad de conseguir fuco para fabricar la flauta dulce, perforó un tubo de PVC con cuchillo, simulando los orificios de un clarinete. Después, convenció a diez vecinos, todos hombres, de interpretar con él la chirimía; no sólo consiguió animarlos a preservar la tradición, los contagió con la idea de participar en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.
Apoyados por la alcaldía guapireña, y tras un año de ensayos diarios, ‘Raíces de Guajuí’ viajó más de 17 horas para la cita cultural: cuatro, en canoa de motor desde San Antonio hasta Guapi; una lancha rápida los llevaría en la mitad del tiempo, pero el alto costo del combustible en la zona –hasta catorce mil pesos el galón– los obligó a desistir de esa opción. Dejaron atrás la selva y los manglares para abordar luego un barco y con éste diez horas más de recorrido hasta anclar en Buenaventura. El último impulso fueron las tres horas que separan al Puerto de Cali.
Francisco Torres emprenderá un viaje parecido. Corren las horas tempranas de un domingo de julio y mientras me recibe afina una marimba que ha sonado en su familia desde hace 68 años, la única herencia que dejó su papá. Lo hace en una casa de maderas descascaradas de guayacán, recostada sobre el Guapi, que perteneció a su padre, José Antonio, y al abuelo Benigno. La historia no tiene enredos, advierte: el más viejo puso el desorden, enseñó a tocar y a fabricar marimbas, y el asunto se ha mantenido, con botellas de viche y ‘tomaseca’ atravesadas, generación tras generación.
Vestido de pantalón azul, botas de caucho y camisa vaporosa, ‘Pacho’ es el menor de la estirpe de la que hace parte José Antonio Torres, ‘Gualajo’, músico guapireño que fue homenajeado este año en el Petronio; toda una leyenda viva del folclor. Inspirado en el legado del hermano famoso, ‘Pacho’ emprendió un largo recorrido desde Sansón, su vereda, hasta Cali para interpretar la marimba en el grupo Manglares. No está obligado a ensayar, dice. "Llevo practicando marimba más de 50 años". Sabe lo que tiene que hacer frente al público: "Lo mismo que nos pidió mi papá, alma bendita, antes de morir, no llamar las tragedias. Cuando suena la marimba se espanta la muerte y llegan los espíritus de la vida. Y la cosa tiene el mismo efecto frente al río Guapi que sobre una tarima de la gran ciudad".
"La marimba no es del diablo"
A más de 20 horas en barco de Guapi, en Tumaco, vive una negra orgullosa. Se llama Alma María Valencia y gracias a Francisco Salla, su tío, la marimba regresó por fin a las manos callosas de los hombres, después de que el padre Mera pasara más de 40 años arrojándolas al mar y a los ríos con el argumento de que eran cosa del diablo.
Indignado por el atropello evangelizador, Salla escondió su instrumento en un rincón de la casa apenas conocido por él y sólo la sacaba al rayar el alba. En una de esas madrugadas clandestinas, una figura alta y robusta, como salida de otro mundo, sacudió su rancho. Asustado, el músico entonó las notas del himno nacional hasta que la figura intimidante desapareció. Desde ese día, el tío Francisco juró no botar nunca su ‘piano de la selva’. "Qué locos están los que creen que la marimba llama al diablo. ¡Qué va! Lucifer lo que le tiene es puro miedo", se le escuchó decir.
La sobrina de ese negro envalentonado no sólo aprendió desde niña a espantar los miedos del demonio. También a bailar bambuco con una atarraya que su papá ponía a secar sobre una viga de su casa en la vereda La Sirena, a orillas del río Chagüí. Mientras tocaba la marimba, don Argemiro la invitaba a ella y a sus 16 hermanos a prenderse de la red y dar vueltas a su alrededor con ritmo cadencioso. La mamá de los muchachos observaba la escena y hacía sus aportes. Tenía razones poderosas para hacerlo: "Muchos decían que cuando ella bailaba era como ver al río crecido".
Heredera de una tradición de mujeres cantoras, la negra vive hace once años en esta esquina de la costa nariñense. Le echa la culpa a la guerrilla; ella era feliz sancochando pescado y recogiendo plátano para su marido y sus nueve hijos. Pero "la gente mala" llegó con sus balas, robó animales, asesinó vecinos y puso la muerte a las puertas de su familia. Hoy se gana la vida vendiendo canastos y artículos de totumo y calabazo. Además, canta y agita el guasá con el grupo Changó, nacido hace un lustro para recuperar los bambucos viejos, los pangos, las jugas, el patacorel, el berejú y otros aires típicos de la costa Pacífica.
La voz de Alma María se hace sentir con los chigualos, los arrullos y los alabaos, estos últimos, dedicados a los santos, lo que reafirma el fuerte sentimiento religioso, común en toda la costa del Pacífico. Tan arraigado, que en las celebraciones de Semana Santa los instrumentos se silencian y la música llega sólo a través de la voz. "Es que el cununo y la marimba son pasión", explica la cantadora.
El maestro Isaac Castro Capurro así lo cree también. Acuartelado en la Casa de la Cultura de Tumaco, en donde dirige la Escuela Tradicional a la que asisten unos 60 niños, cuenta que el currulao, –la expresión musical más febril del Pacífico sur– recoge el sincretismo del legado africano, indígena y el hispánico con su herencia católica. "El currulao es una muestra de nuestra vida comunitaria, de los bailes, la comida, la poesía; de la forma en que nos enamoramos, en que hacemos trueques, es un canto a la tradición oral y a la escrita; fue la manera que encontramos para estar unidos a pesar de vivir en pueblos tan apartados".
Pero el ritmo va más allá de clases de escuela. Es una exaltación del más puro galanteo: la pareja baila suelta sí, pero de forma amorosa. La mujer mueve sus caderas e intenta permanecer serena ante las pretensiones del hombre, que intenta seducirla con el punteo, un movimiento agitado de los pies descalzos. Mario Macuacé, conocido músico tumaqueño, lo expresa a su manera: "Como venimos de la cultura del agua, todo lo que hacemos está relacionado con la vida del mar y del río. Y eso se nota hasta en la forma como hacemos el amor y como bailamos, para nosotros bailar y amar tiene la misma fuerza de la marea".
Esa influencia se nota hasta en la forma de cantar. Sentado junto a Alma María sobre un muelle, Witsman Tenorio, director artístico de Changó, asegura que la fuerza de sus voces se la agradecen al mar de temperamento oceánico que baña a Tumaco y "que revienta sus olas fuertes al pie de nuestras casas; cuando cantamos tratamos de hacer eso mismo". No sucede igual en los pueblos de río –como Guapi y Timbiquí–, advierte el músico, donde las aguas "caminan sin sobresaltos, por eso allá los cantos son menos graves".
Separado de Cali por quince horas de "carretera peligrosa", Witsman y su grupo rifaron tambores y vendieron tamales para recoger fondos que les permitieran asistir al Petronio. Vendrían días difíciles. "A veces, lo poco que recogemos nos da para llegar bien arreglados a la tarima, pero no bien comidos. Es el costo que debemos pagar para que no se pierda nuestra música".

La ‘joya’ del currulao.
Para llegar a Esmeraldas, Ecuador, desde Tumaco es necesario recorrer tres horas por carretera, navegar otras dos sobre el mar hasta llegar a la desembocadura de un río que se atraviesa, de lado a lado, a bordo de un ferry. Y como los líos diplomáticos no entienden de folclor, quienes vayan tras los sonidos de las marimbas esmeraldeñas deben sortear la revisión de pasaportes y de cédulas. Con todo y eso, los tumaqueños sienten a Esmeraldas como un pueblo más de su costa. Un pueblo que también este año se hará sentir en la categoría versión libre con dos de sus mejores agrupaciones: ‘Ensamble de marimba y clarinete’ y ‘Bambuco’.
Larry Preciado, considerado a pesar de su juventud, 36 años, uno de los músicos más emblemáticos del folclor esmeraldeño, viajará con esta última. No cree en las fronteras, sobre todo cuando habla de música: aquí y allá cantamos a lo mismo, currulao, arrullos, alabaos y jugas. Estamos rendidos a los pies de la marimba, dice el músico mulato y gestor cultural, hijo de padre pescador y madre indígena.
Los libros de historia le dan la razón. Según cuenta el antropólogo Germán Patiño, se cree que hacia 1533, frente a la costa de Esmeraldas, el mar embravecido hizo naufragar una embarcación española y la confusión fue aprovechada por diecisiete esclavos –once hombres y seis mujeres– para fugarse.
Según Patiño, los esclavos se encontraron con un instrumento prehispánico parecido a la marimba que les recordaba sus balafones africanos. "Se apropiaron de él y lo interpretaron a su manera".
Alguna vez Preciado alcanzó a escuchar ese relato y da gracias por la sangre negra que le corre en las venas. De no haber sido por esa herencia que aún se siente en cada calle de esta población, no habría salido del alcoholismo que lo postró durante años. "Estoy vivo gracias a la marimba", dice.
De ese poder de la música negra puede dar fe también Katia Ubidia, directora de Cultura y Deportes de Esmeraldas. "A pesar de que hablamos de una tradición de varios siglos, el legado no se ha perdido. Los muchachos ven clases de marimba hasta el último año y en el Conservatorio del pueblo, los alumnos estudian por igual autores clásicos y música folclórica".
El entusiasmo se hace evidente, cada año por el mes de febrero, cuando se realiza el Encuentro de Danzas y Cantos Afro que convoca a músicos negros de toda América Latina. Katia dice que el suyo es un pueblo orgulloso: "Es que acá la música hace el milagro de rescatar a los desvalidos".
Seguramente Katia no sabe que a miles de kilómetros de su Provincia Verde, en Buenaventura, una mujer de 150 centímetros también cree en los milagros poderosos de la marimba. A sus 71 años, Julia Estrada es la abuela querendona del grupo ‘Palmeras del Pacífico’, uno de los doce provenientes del Puerto, que este año saltó a la tarima del Festival Petronio Álvarez.
Y habla de milagros porque gracias a la música hace apenas unos años fue que aprendió a escribir "como se debe", gracias un taller de escritura creativa al que asiste con un cuaderno escolar dos veces a la semana.
Antes de eso, componía sus canciones en la mente y se obligaba a cantarlas a diario porque no era muy buena con el lápiz y el papel. A veces, un vecino solidario de su barrio Viento Libre anotaba juicioso las estrofas que ella le dictaba, pero en otras –casi siempre– las mismas se resistían al olvido a fuerza de entonarlas tantas veces con su grupo.
Entonces, después escuchar esas historias, es inevitable pensar que bien sea por miedo a la ceguera, por rescatar la marimba de los improperios de un cura temerario o por lograr que las canciones no se las lleve la marea, el argumento es el mismo. Cuando se les pregunta a todos qué los mantiene unidos al cordón umbilical de esos sonidos negros y ancestrales todos coinciden en su sueño de no dejar que la tradición muera.
Álvaro Caicedo, músico del Puerto, lo explica casi como un lamento desesperado: "Tu puedes aprender con partituras o de oído, puedes grabar un disco o tener las melodías anotadas en un cuaderno; cuando cualquiera de nosotros coge una marimba o un cununo o canta un currulao es para que el alma negra de nuestros pueblos no se borre como lo hacen las olas del mar sobre las señas en la arena".

NEGRA MAESTRA



Leonor González Mina, La Negra Grande de Colombia, recordó su vida en una tarde de truenos. Lecciones de una maestra que dicta clases de canto a niños de Robles, Jamundí, su pueblo natal, y de una mujer que supo dar el grito de rebeldía para defender su canto.


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña
Publicado 9 de agosto 2009
Revista GACETA - El País


Terminó de cantar ‘Angelitos negros’ con las manos temblorosas y el micrófono bañado en sudor. El público no lo advirtió. Ni siquiera Atahualpa Yupanqui, con quien compartió escenario aquella noche, hace más de 50 años, en el Teatro Municipal de Cali. Sólo ella, Leonor González Mina, percibió después de esa primera canción, el fogonazo de nerviosismo que le había ‘quemado’ el cuerpo desde que escuchó, escondida en el camerino, el llamado para saltar al gran recinto. El susto, como un enemigo tramposo, por poco le hace extraviar la voz.
Tenía 22 años y aún en la calle no le decían la Negra Grande. No hacía mucho había soltado las maletas tras una gira por Europa con el grupo folclórico de Delia Zapata Olivella, con el que robó aplausos en Francia, Alemania, Suecia y la antigua Unión Soviética.
Pero en Colombia su rostro y su voz apenas despuntaban en la música folclórica. Así que ella misma fue la primera en sorprenderse cuando Fanny Mikey la invitó a cantar junto a ese monstruo del folclor argentino.
La anécdota no sólo le dejó el sabor amargo del pánico. Algo en su corazón le dijo aquella vez que ese grito de rebeldía que dio en su casa, años atrás, le había entregado la brújula con el camino acertado. La presentación impresionó tanto que programaron una más, al día siguiente en el Coliseo El Pueblo, para quienes deseaban repetir concierto y a los que se motivaron después de leer en periódicos la hazaña de una negra que cantaba con sentimiento desgarrado.

La maestra Leo
Con voz de abuela querendona, confiesa estar feliz con la Gran Orden al Mérito Cultural, con el que el Ministerio de Cultura reconoció su trabajo de más de medio siglo entrega al canto y a la actuación.
Lo dice con modestia. Cambia rápido el tema porque ella prefiere esculcar, más bien, los recuerdos de esos días de aplausos febriles. El cielo plomizo de esta tarde amenaza con desgranar un aguacero robusto que le impide sonreír con soltura para las fotos de esta crónica. Mira a la cámara, mira al cielo. Arruga la frente, sonríe segundos... ¿Dónde quedó la negra combativa que un día se fugó de casa persiguiendo el sueño de cantar?
Esa negra está sentada ahora, junto a mí, con sus canas y sus risas, vestida de tenis y sudadera, en una casa de Robles, Jamundí, corregimiento en el que nació hace 75 años y al que se llega después de 45 minutos por un camino destapado y pedregoso.
Una carretera, escoltada por montañas, que ella recorre dos veces a la semana, cuando baja hasta la escuela Luis Antonio Robles, para impartir a niños, entre 8 y 15 años, clases de canto y de teatro. Quince voces infantiles la llaman ahora la maestra Leo y ella tiene fe de que en pocos meses la iniciativa derive en un semillero permanente de artistas orgullosos.
"Cuando volví a mi pueblo noté que muchos de nuestros niños se están criando solos; sus mamás y sus papás se han marchado buscando futuro. Y entonces lo que ves es que los crían abuelas cansadas y ellos crecen sin estímulos".
Convencida de que el arte disciplina, la negra toca puertas en busca de apoyo para su labor. Quiere una sede, sueña más niños, anhela teatros para los que actúan y micrófonos para los que cantan. En esas anda ahora, dice, mientras los truenos de espanto le hacen rascarse la cabeza con desespero.
No difícil adivinar que uno de esos pequeños le recuerda a Candelo, su hijo mayor, a quien la muerte sorprendió con un aneurisma, mientras conducía entre Milano y Torino, en Italia. Una noticia que hubiese preferido no escuchar. Antonio José Caballero, su gran amigo, le avisó que el joven músico —quien se aprestaba a modernizar la música de películas de Federico Fellini— se había marchado para siempre. "Ha sido la tragedia más grande de mi vida". "Sentí que se me escapaba el alma, que lo había perdido todo".
No sólo lo sintió ella. También su familia y sus seguidores que advirtieron su silencio y su tristeza. Refugiada en Bogotá, Leonor guardó los micrófonos, apagó la música y lloró. Lloró muchísimo. Algunas veces, esas lágrimas confusas la hicieron pensar en el suicidio. Por eso, ni ella misma se explica cómo se sobrepuso. "Será porque los artistas tenemos alma de payasos".

La negra rebelde
El lugar en el que cuenta esas historias no es la misma casa en la que Leonor dio el grito de independencia, cansada de que su familia respondiera con un No tajante a cada intento de querer seguir los pasos de sus tías, de su abuelo y de su mamá, que regalaban sus cantos en misas y fiestas. "Crecí escuchando todos los timbres de voz: sopranos, mezosopranos, bajos, barítonos; por eso, desde los 5 años, supe que quería cantar".
La batalla la dio, varias veces, en el solar de una casa amarilla, de estilo colonial, que da la bienvenida al parque de Robles. En ese lugar escuchaba decir que lo mejor era estudiar para vestirse de odontóloga o de enfermera. Los suyos le tenían el futuro escrito porque sus hermanos "ya eran gente de bien" que se educaba en universidades. Y ella, cómo no, estaba llamada a seguir las reglas.
Pero no quiso. Entonces terminó con la escoba en las manos y con la penitencia de hacerles de comer a las quince personas que vivían con ella. "Aguanté sólo cinco meses. Así que les hice caso, hice dos años de enfermería, siempre con la idea de trabajar y ahorrar unos pesitos pa’ irme".
Con esa idea andaba en la mente cuando Mario, uno de sus hermanos, convenció al antropólogo y escritor Manuel Zapata Olivella de conocer las manifestaciones artísticas de Robles. Zapata aceptó. Se quedaría una semana. Pero terminó amañado y, luego de dos meses de estadía, no sólo regresó a Bogotá convencido de que su hermana Delia debía incorporar en su grupo folclórico no sólo las danzas de esa tierra maravillosa, sino la voz arrolladora de una negra pequeña llamada Leonor González Mina.
Fue una especie de boleto gratuito a la libertad. A la vuelta de unas semanas, la joven de 18 años sostenía un tiquete de avión en las manos y sólo de ella dependía dar el paso siguiente: empacar las maletas y cerrar a sus espaldas las puertas de la casa. La oportunidad de fugarse la encontró en una aventura sin sospechas: "Como a mí me mandaban a vender en Cali la cosecha de cacao de la familia, aproveché uno de esos viajes pa’ fugarme. No dí la más mínima señal de mi paradero".
Ni siquiera la vieja Leonor, su mamá, alcanzó intuyó que su hija se la pasó viajando durante meses, vestida de colores, por Europa y la antigua Unión Soviética. Y vea usted que, a su regreso, las cosas se pusieron a otro precio. De la incredulidad al orgullo: los hermanos, felices, mataron un novillo tierno e invitaron a los vecinos. Hasta el Gobernador de la época no quiso perderse de la foto y en la radio celebraban que una negra, arullada en un pueblo descendiente de esclavos que compraron su libertad en las grandes haciendas, cruzara las fronteras para entonar pasillos y bambucos.

Nace la Negra Grande
Un hombre viajaba en taxi por una avenida bogotana cuando escuchó la voz fuerte de una joven en la radio. Intrigado, cambió la ruta y se dirigió a la emisora de donde se escapaban esos sonidos reveladores. El hombre era Esteban Cabezas, periodista, publicista y compositor de música folclórica. La joven era Leonor González Mina. Él se marchó de la emisora con unas señas escuetas. Tomó un avión a Manizales, en donde se encontraba de gira el grupo de Delia Zapata y con ellos Leonor.
Sin dejar de acariciarse la cabeza, ella recuerda cómo, de la nada, apareció un periodista de ropas extrañas que le estiró la mano a manera de saludo. "Un enanito de chaquetica a la cintura que, sin mayores rodeos, me dijo que mi voz era la que él necesitaba para sus canciones".
Que no se diga luego que fue amor a primera vista. Pero fue amor al fin de cuentas: "Con el tiempo ya no lo vi tan feo y él, con su labia poderosa y palabras de poeta, me fue enredando hasta que caí redondita".
Esteban la convenció de buscar su carrera en solitario en Bogotá y la presentó con Hernán Restrepo, entonces director artístico de Sonolux, quien no tuvo duda de que había encontrado un diamante sin pulir para la industria musical.
Y así llegó a los escenarios un lamento de raza inolvidable:

"Aunque mi amo me mate, a la mina no voy. Yo no quiero morirme en un socavón; don Pedro es tu amo, él te compró; se compran las cosas, a los hombres no".

Y detrás de ‘A la mina no voy’ —una de sus interpretaciones más recordadas—, llegó ‘Tío guapachecito’ y ‘Angelitos negros’, canciones de ‘Cantos de mi tierra y de mi raza’, un primer álbum que mereció que ya no la llamaran Leonor González Mina. Con sus 1,56 de estatura, había nacido, sí señor, la Negra Grande de Colombia.
Nadie conseguía arrebatarle el micrófono. En su generosa carrera acumuló 30. ¿Acaso quién pretendía hacerlo? Sí, había alguien: Bernardo Romero Pereiro, libretista que había escrito para ella un monólogo en televisión, ‘La negra chambimbe’, en el que Leonor pareció opacar su virtuosidad en el canto con un actuación magistral.
Motivada por el debut, la negra se devolvió a Cali para aprender con Fanny Mikey y Enrique Buenaventura, en el Teatro Experimental de Cali, TEC. Las propuestas comenzaron a llegarle "sin hacer un solo casting".
Bajo el derrotero de Jorge Alí Triana se metió en la piel inolvidable de Hipólita, la nana de Simón Bolívar. Actuó en ‘Crónica de una muerte anunciada’ y con Bernardo Bertolucci, cuando el italiano llegó hasta las playas de Santa Marta para rodar ‘Más fuerte muchachos’. Bueno, muchos no olvidan a Zenobia, su personaje en ‘Azúcar’, de Carlos Mayolo.
La lista de las novelas y seriados en los que ha participado es larga, pero faltan páginas por escribir. Pronto, la veremos como la nana esclava de Sierva María, una niña que crece al cuidado de negros cimarrones, en ‘Del amor y otros demonios’, que la directora costarricense Hilda Hidalgo tuvo la osadía de llevar al cine.
Dos papeles no piensa repetir, me advierte tajante: el de esposa (se separó hace dos décadas) y el de congresista. Un domingo de 1998, después de aceptar la invitación afanosa de Piedad Córdoba para lanzarse a la Cámara de Representantes, se enteró de que 36 mil colombianos habían votado por ella. "Nunca pensé en terminar elegida. Ese domingo no estuve ni en la sede de campaña, ni pendiente de la radio para escuchar los resultados. ¿Acaso que sabía yo de política?".
Aguantó tres años. La misma cantidad de preinfartos que sufrió, sin contar el principio de trombosis que la tumbó a la cama. Golpes inútiles, cree ahora: se quedó con ganas de ver pavimentada la entrada a su pueblo, —así como Escalona se fue para el otro mundo deseando lo mismo para Patillal, en Cesar— y con decenas de proyectos archivados de apoyo a los artistas.
"Hace más uno afuera, que con gente que sólo trabaja en función de su rosca. No les importa el pueblo". A ella sí. Por eso, después alimentar pajaritos y refrescar orquídeas y geranios en su casa, sale rumbo a la escuela para esculpir el talentos en esos niños que la llaman maestra. Cofiada va de que 75 años no son una amenaza. "Yo ya tengo charlado a ese ‘señor’ de arriba. Ya le advertí que me tiene que dejar en mi pueblo mucho rato".

martes, 21 de julio de 2009

"Me he pasado la vida juegando"


"Nunca he tenido tiempo de aprender a limpiar y cocinar. "Sueño con morir en un escenario". "La fama es como un accesorio que trato de no llevar puesto", asegura la mexicana que le dio vida a la inolvidable 'Chilindrina'.

Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en El País - Noviembre 2006


Siempre quiso ser una vedette. De esas a las que la fama persigue fervorosamente, de las que dejan a su paso una estela de autógrafos y ‘flashes’ de cámaras. Se imaginaba llorando a lo Sarita Montiel o Dolores del Río. O que a lo mejor sus personajes llegarían a ser tan desgarradores como los que decenas de veces inmortalizó la bella María Félix. Y la vida le cumplió. Sólo que no la puso a llorar, la puso a reír. Durante 27 años, María Antonieta de las Nieves ha sido una vedette a su manera. Una de 1,55 metros de estatura, con pecas, gafas, sin un diente y peinada de colitas.
Tres generaciones han aprendido a quererla así, desde ese abril de 1971, cuando se convirtió en ‘La Chilindrina’, la niña llorona y astuta de una vecindad mexicana que enamoró a Latinoamérica. Por ese entonces rondaba los 18 años. Hoy, a sus 56, aunque duda de que su personaje la haya encasillado, se considera tan traviesa como la pequeña de vestido verde y saquito rojo enrollado.
Sólo ‘La Chilindrina’ consigue hacerle olvidar que es una abuela y le ayuda a convertirse, para sus cuatro nietos, en la niña juguetona que la pequeña del ‘fíjate, fíjate, fíjate’ no le ha dejado sacar del alma. Es una chiquilla traviesa que le da por asustar a su esposo, Gabriel Fernández, que ha estado a su lado en los últimos 35 años.
Será por eso que María Antonieta no ahorra calificativos para ‘La Chilindrina’ y para defenderla, incluso a costa de perder una amistad de más de 20 años con quien alguna vez llamó el papá de su personaje: Roberto Gómez Bolaños. "Siento que en algún momento él y yo fuimos como un matrimonio. Sin ese padre tan maravilloso, ‘La Chilindrina’ jamás hubiera existido", asegura la actriz y humorista, nacida en Nayarit, México, que corrió el telón de su vida artística y le permitió conocer a El Pais el show de su vida.

¿Por qué dice que su niñez no fue como la de los demás niños?
Porque, aunque fue una época muy bonita, empecé a trabajar desde los 6 años. No pude jugar mucho a las muñecas o a la bicicleta, porque me la pasaba trabajando casi todo el tiempo. Además, mis papás eran comerciantes y tenían tiendas de ropa, y cuando no estaba trabajando, estaba en los almacenes de ellos. Era muy pequeña, pero hacía de todo: teatro, cine, doblajes para películas.

¿Cómo aprendió a manejar la fama desde tan niña?
De niña no me afectó. De pronto, en la juventud, cuando me llegó la fama muy fuerte por lo de El Chavo del Ocho me desubiqué, pero Dios me hizo recapacitar a tiempo y volvió a colocarme los pies en la tierra. Ahora la fama es como una accesorio que a veces trato de no llevar puesto.

¿Cómo nace ‘La Chilindrina’?
Siendo niña hacía muchos doblajes de películas americanas y en mi serie favorita, Mis Adorables Sobrinos, doblaba a un niño y una niña al mismo tiempo. De estos personajes tomé diferentes cosas: la niña se hacía dos colitas, el niño tenía pecas y era mueco y la muñeca de la niña tenía gafas. Entonces, cuando Chespirito me propuso hacer el papel de una niña en el Chavo del Ocho, tenía la idea lista.

¿Alguna vez se ha sentido encasillada por cuenta de ese personaje?
Hace diez años sí pensé eso, porque me llamaron para hacer una película, Sor Batalla, no como ‘La Chilindrina’ sino como María Antonieta de las Nieves y me gustó tanto que me pregunté qué pasaría si dejaba un ratito en el baúl a ‘La Chilindrina’ y me dedicaba a ser María Antonieta de las Nieves.

¿Pensó en dejar ese papel?
Estuve tentada, pero en aquella época una colega actriz me dijo que no estaba de acuerdo con esa decisión; dijo que María Antonieta de las Nieves había muchas, pero ‘Chilindrina’ sólo una y que no sería justo que yo se la quitara al mundo. Ese día entendí que mi prioridad debía seguir siendo ese personaje que había creado para los niños.

¿Se siente extraña cuando interpreta papeles distintos?
La verdad, sí. Hace poco participé en Sueños y Caramelos, una novela donde me tocaba hacer de abuela rica. Nunca creí que a mi edad me llamarían para hacer papeles dramáticos. Cuando me hicieron la propuesta pensaba si la gente me creería en ese nuevo rol, después de que toda la vida había encarnado a una niña de 8 años. Pero me fue muy bien, la gente sabe que puedo hacer cientos de papeles diferentes, pero que por dentro seguiré siendo ‘La Chilindrina’.

¿Dónde se siente más cómoda: en el cine o la televisión?
Son cosas muy diferentes y ambas me encantan, pero me hubiera gustado hacer más cine. Todavía siento que puedo hacer grandes papeles.

¿Cuál ha sido el secreto de ‘La Chilindrina’?
‘La Chilindrina’ no hubiera tenido éxito si no viviera en la vecindad, sino tuviera un papá como Don Ramón y unos amigos como Kiko, Noño y El Chavo. Además, no se puede negar que se trata de una historia muy bien escrita.

Y si le debe tanto al Chavo del 8, ¿por qué separarse de Roberto Gómez Bolaños?
Los roces con él nacieron cuando la serie volvió a tener mucho auge en México. Mucha gente no sabe que los capítulos que más se ven y se rotan, incluso hoy, fueron aquellos que se hicieron durante los primeros seis años de grabación del programa cuando estaba el elenco en pleno. No aquellos donde ya no estaban ni Don Ramón ni Kiko. Esa serie nunca más se vio en México hasta hace cinco años. Y, fue tal el éxito, que Televisa y Roberto Gómez quisieron hacer mercancía con todos los personajes de la vecindad. Aunque sabían que yo había registrado mi personaje de ‘La Chilindrina’ no me pidieron autorización para comercializar su imagen. Y, como ellos no quisieron hacerlo, pues ahí nació la bronca.

¿Cómo están ahora sus relaciones con él?
No ha habido ningún acercamiento con Roberto desde entonces. Hace tres o cuatro años que no lo veo, aunque si me preguntan por él no puedo sino hablar bien, es una gran persona. Él siguió haciendo sus proyectos, yo los míos. Por encima de todo lo respeto, me dio la oportunidad de ser una eterna niña.

¿De los amigos de la vecindad cuáles conserva?
Desgraciadamente, ninguno. Las cosas no quedaron como para estar de grandes amigos.
¿Cómo cree que se ve la serie animada del Chavo del 8 sin ‘La Chilindrina’?
No creo que me quede muy bien responder eso, además no es que la haya visto mucho. Pero mi nieto, sin que yo se lo preguntara, me aseguró hace poco que ‘La Chilindrina’ hace falta, que extraña esa niñita llorona que vive en la vecindad. ‘La Chilindrina’ era uno de los encantos de ese lugar.

DE LA VECINDAD A LA CASA.
¿Cómo es María Antonieta en su casa?
Es una fatal ama de casa, nunca he tenido tiempo de aprender a limpiar y cocinar. Yo llego cada noche y me atienden como al hombre de la casa, me pasan desde el plato de comida hasta las pantuflas y la pijama. Simplemente, me limito a preguntar cuál es el menú del día.

¿Se arrepiente de eso?
Creo que he sido una buena madre y una buena esposa y eso es más importante que saber fritar unos huevos.

¿Qué tanto tiene María Antonieta de ‘La Chilindrina’?
Las dos tenemos mucho de las dos. De ella me gusta que es descomplicada al vestir, que no se maquilla; soy traviesa y de buen carácter como ella, pero cuando me enojo no hay quien me aguante, si ‘La Chilindrina’ llora, pues yo grito. Bueno, lo importante es que a los dos minutos los enojos se le olvidan a ‘La Chilindrina’ y a mí también.

¿Por qué se siente como una eterna niña?
No ves que ‘La Chilindrina’ siempre cumple 8 años. No, mentiras, creo que he sabido conservarme joven porque, a pesar de tener 56 años, realmente no los aparento. A veces me siento como de 40.

¿Divierte las fiestas familiares con su personaje?
No, y me molestaría muchísimo que me lo pidieran, porque cuando estoy en familia de lo que más quiero olvidarme es de mi trabajo. Jamás hablo como ‘La Chilindrina’ si mi papel en ese momento es el de María Antonieta de las Nieves, como tampoco me porto seria cuando tengo mis dos colitas y mi vestido verde.

¿En algún momento la acomplejó su estatura?
En un comienzo sí, porque nunca me imaginé que me dedicaría a la comedia, mi sueño siempre fue hacer drama. Pero una vez creé a ‘La Chilindrina’ me di cuenta de que lo mejor que me pudo haber pasado en la vida fue ser bajita, porque de esta manera me creyeron que tenía 8 o años, mientras que los demás actores se veían como adultos haciendo de niños.

¿Cómo tomó el que sus hijos le siguieran los pasos en la televisión?
Dejé que fueran libres de decidir. Mi hija Verónica estudió en la Academia de Televisa, pero se retiró porque vio que la carrera es muy difícil, no aguantó el trote que tuve yo. Sin embargo, llegué a trabajar con ella en una serie, Aquí Está ‘La Chilindrina’, donde ella hacía de monja. Incluso, llegó a hacer de Patty, la niña linda que mortificaba a ‘La Chilindrina’ en la vecindad.
Con mi hijo Gabriel y mi esposo trabajamos juntos en la película ‘La Chilindrina’ en Apuros. La mía ha sido una familia de artistas.

¿Cree que ya hizo todo lo que aspiraba en su carrera?
Si, no hay duda. Puedo decir que toda la vida me la he pasado ‘juegando’, como dice ‘La Chilindrina’. He hecho novelas, he ganado premios de actuación desde los 9 años, he sido presentadora de televisión, he participado en teatro y cine, he grabado 18 discos. Pero, hay algo que aún me falta por hacer: un programa de concurso con mi personaje.

¿Qué podría envidiársele a ‘La Chilindrina’?
El hecho de haber viajado por todos los países de Centro y Suramérica, entre ellos Colombia. De ese país me encantó la comida, porque es muy parecida a la mexicana, especialmente por el ‘rocoto’ (lo que en Colombia se llama ‘hogao’). Colombia tiene una magia especial, cada que voy me siento como en mi tierra.

¿Cuando se jubilará ‘La Chilindrina’?
Nunca. A veces me pasa que el cansancio, tras una larga jornada, me lleva a decir "esta es mi última presentación, no doy más". Al día siguiente me arrepiento y sueño que muero en un escenario.