jueves, 24 de mayo de 2012

La generación del miedo


Juan Gabriel Vásquez retrata en su celebrada novela ‘El ruido de las cosas al caer’ a una generación de colombianos que, ante cada atentado o mártir caído por el narcotráfico, “hizo de la indignación una suerte de idiosincrasia nacional”. Conversación emocional.






Por Lucy Lorena Libreros

Ha sido como volver a la casa que un día abandonó para cerrar una puerta que había dejado abierta. Eso se le escucha a él, a Juan Gabriel Vásquez, retirándose de los labios una taza minúscula de café amargo, sentado a placer en el lobby de un hotel al norte de Bogotá. Su ciudad. O mejor, su casa, esa que de la que habla la metáfora: de ella se marchó, demasiado lejos, a Barcelona, hasta que un día lo acosó la obsesión de obligarse a recorrerla nuevamente para quedar a salvo de los tormentos de la memoria. Y si esa ciudad se llama casa, el resultado de ese viaje interior que emprendió Vásquez tiene 200 páginas y un título de evidente aliento lírico, ‘El ruido de las cosas al caer’. Y si esa ciudad sobrevivió a su pasado de violencia y narcotráfico, ese libro sobrevivió a la crítica y se quedó este año con el premio Alfaguara de novela, uno de los más exquisitos de las letras hispanas.

De eso se trata todo esto. De hablar de una novela celebrada y de una historia, la de Ricardo Laverde y Antonio Yammara, que desde la ficción nos entregan el retrato de una generación, la de su propio autor, que creció paralela al narcotráfico. Terror, violencia, mafia. Sangre fatigando los titulares de las primeras páginas de los periódicos. Señor lector, ayer mataron a Álvaro Gómez Hurtado; hoy siguió Rodrigo Lara Bonilla. Y hay más: ocho tiros terminaron en el pecho de Guillermo Cano, a escasas cuadras de El Espectador; el candidato liberal Luis Carlos Galán cae sobre una tarima en Soacha; un Boeing estalla entre las nubes...

Y entonces el ruido de todos esos hechos de sangre el es ruido mismo de las cosas al caer...
De alguna forma, sí. Yo tenía la idea de una novela que venía acosándome desde hacía años, llevaba en salmuera mucho tiempo, pero sólo cuando vi la imagen de los hipopótamos que terminaron muertos tras escapar de la Hacienda Nápoles, con todo lo metafórico que eso implica, supe interpretar esa obsesión que llevaba por dentro: lo que yo quería era explorar qué había significado para mi generación ser contemporáneo del negocio del narcotráfico. Porque quienes nacimos en los 70 somos contemporáneos de esos primeros aviones que salieron llevando marihuana. De la primera vez que Nixon dijo: “Guerra contra las drogas”; de la creación de la DEA. Somos contemporáneos de esos difíciles años 80, en Bogotá, en los que el narcotráfico medía fuerzas con el Estado y las noticias nos hablaban de muertos y atentados.

¿Es, como dicen ustedes los escritores, su novela más personal?
Sí, claro que sí. Habla de mi generación y de ese mundo que yo viví en los años 80. Fue la comprobación de una sospecha que los escritores vamos reafirmando sólo con la maduración: uno no elige los temas de sus historias, los temas lo eligen a uno.

Con eso vengo a entender por qué dijo, hace un par de años, que los escritores tienen la obligación de contar lo que otros prefieren olvidar...
Creo que la mejor novela, o la que a mi me interesa, siempre ha estado pendiente de su papel como guardián de la memoria; el novelista para mí es la persona que recuerda lo que otros quieren olvidar, que abre los ojos donde los otros quieren cerrarlos. Claro, eso tiene un costo. A mí me han hecho muchos reproches por no hablar bien de Colombia en el extranjero, especialmente porque vivo en Barcelona desde hace más de diez años. Yo apenas les digo: esa es tarea de los embajadores, no de los novelistas.

Vargas Llosa lo dijo mejor: “el novelista siempre es una especie de aguafiestas”...
Sí, una cosa es que seas promotor de turismo y otra que seas novelista. Los novelistas, en mi manera de sentir, deben ser incómodos y están llamados a decir las cosas que nadie más quiere decir, no tienen de otra más que meter el dedo en la llaga. Por eso me gusta esa frase que citas de Vargas Llosa. Siempre será necesario levantar la mano para decir: no, las cosas no están tan bien como ustedes creen o como pretenden hacérnoslas creer. Los novelistas somos como notarios de las emociones.

Un par de años atrás, en otra entrevista, lo escuché presumiendo ese aparente ‘matrimonio’ que hay entre novela y memoria. En ‘El ruido de las cosas al caer’ aquello ya es una certeza...
Tal vez porque recordar es un acto con contenido moral. No es pasivo. Hay muchas cosas que no conoceríamos de nuestro pasado de no ser por la novela, que es un acto de la memoria. En mi caso no sentí directamente los estragos del narcotráfico, pero me perturbaron. Por eso mi personaje narra el drama de esta generación frente al narcotráfico con cierta distancia y de alguna forma así lo vivimos muchos colombianos: viendo pasar todo el horror y la sangre frente a nuestros ojos sin poder hacer nada. No éramos ni narcos, ni policías, ni víctimas, pero a todos nos cubrió esa paranoia, ese miedo. Todos aprendimos en esos años a ver la indignación como una suerte de idiosincrasia nacional.

Desde sus novelas ‘Los informantes’ e ‘Historia secreta de Costaguana’ usted viene dándole forma a la idea de que la historia, más que referente, es insumo básico de los novelistas. ¿No es posible escribir de espaldas a la historia?
Es que las novelas deben hacer lo que hacen mejor como género: echar luz sobre los momentos oscuros de nuestra experiencia colectiva. Hay grandísimas novelas que giran todas alrededor de la intimidad, de la vida más privada de un personaje, pero a mí me gusta la novela más como instrumento para indagar sobre nuestra experiencia colectiva. Es interesantísimo ese momento es que esa experiencia colectiva se cruza con nuestra vida privada y choca. Otra explicación con la que podría defender ese vínculo de novela e historia es que estoy seguro de que los novelistas escribimos para saber y porque no sabemos de un tema particular. Ignorar es el primer impulso para escribir una novela. Por eso, yo defino la escritura como una búsqueda.

¿Cómo lograr con acierto escribir sobre Colombia y esas realidades tan duras (en ‘Los informantes’ fue el paso del nazis por el país) de manera satelital, estando a un océano de distancia?
Quizás esa doble militancia, la de columnista y la de novelista, me obliga a estar en contacto permanente con Colombia. Todo el tiempo estoy leyendo medios colombianos, cinco o seis diarios. La verdad es que para mí fue un descubrimiento escribir sobre mi país. Yo tengo dos novelas, ‘Persona’ y ‘Alina suplicante’, escritas en el 97 y el 99, que quisiera eliminar de mi biografía. Después de eso, en 2001, vino un libro de cuentos. Ninguno de esos tres habla de Colombia y lo hice de forma consciente, yo sentía que estando lejos de mi país había perdido autoridad moral para escribir sobre él y su historia, en parte porque no la entendía mucho. Pero en el 2002 tuve una especie de ‘conversión religiosa’ y me di cuenta de que, por el contrario, no entender era una excelente razón para tener a Colombia en mi prosa.

¿Y qué tuvo que pasar para que se diera esa revelación?
No estoy muy seguro, pero creería que falta de madurez. En literatura una parte muy importante no es qué cuentas sino cómo lo cuentas. El día que dije “debo escribir sobre Colombia” también me pregunté “bueno, ¿y eso cómo se hace?”. Entonces llegó Philip Roth a salvarme. Este escritor logró una serie de novelas publicadas en los años 80 en las que hizo con la historia de Estados Unidos lo que yo llevaba tanto tiempo buscando. Parecido a lo que le sucedió a García Márquez cuando se topó en las narices con Faulkner y esa manera tan suya de evocar con historias el sur de Estados Unidos. En ese momento comprendí qué tipo de escritor quería hacer: mis libros debían funcionar como investigaciones y cómo intérpretes de la historia. Entendí que no quería historias contadas por un narrador imparcial, omnisciente. Descubrir eso fue muy útil: escribir una novela es un proceso de indagación, de hacer preguntas.

Vargas Llosa, en el epígrafe de ‘Conversación en la catedral’, vuelve y lo dice mejor que usted: “La novela es la historia privada de las naciones”.
Lo que no nos dice el Nobel es que el gran problema de los novelistas es que nos empeñamos en que esa historia se vuelva pública.



A la memoria de Piper


Edulfamit Molina Diaz no murió en 1998 cuando un sicario le disparó a quemarropa. Él vive en la memoria de una ciudad que sigue dándole las gracias por su música.




Por Lucy Lorena Libreros
Cuentan que antes, mucho antes de esa tarde del 4 de junio de 1998, Edulfamit Molina Díaz había muerto ya varias veces. Murió cuando un corto circuito redujo a cenizas su casa del barrio La Rivera. Murió cuando una trombosis paralizó la mitad de su cuerpo, le silenció la voz y dejó a merced de un bastón los pasos que siempre le aplaudieron en tarima. Murió cuando asesinaron a John Jairo. Y cuando un accidente acabó con Marlon. Eran sus hijos mayores y ambas noticias lo sorprendieron al otro lado del mundo, en Nueva York y en París, dejándolo para siempre con la amargura de afrontar dos duelos en la distancia.

Así que cuando el joven sicario descargó su revólver contra él, aquel jueves de 1998 en el antejardín de su casa, sobre las cuatro de la tarde, el hijo de doña Laura y don Emiro ya conocía de sobra la desgracia. Sólo que quien moría esta vez no era Edulfamit. Era Piper Pimienta. ‘El showman de la salsa’, el flaco de voz metálica que sacudió los escenarios con la sabrosura de su baile y esa forma tan suya de jugar como niño con el cable del micrófono.

He ahí la diferencia, o tal vez la ironía: las balas no acabaron con el hombre, permitieron que naciera el mito.

Alba Inés Astudillo, una negraza de risa encendida y pasos leves, no piensa lo mismo. Sigue ganándose la vida como en los días en que se enamoró de Piper: como maestra. Y la historia de los dos, claro, está escrita con música. Se conocieron en un baile a comienzos de los 70 en el barrio Villacolombia; los presentó Alirio, el hermano mayor del cantante. Alba era atleta de alto rendimiento y Edulfamit ya no era Edulfamit y cantaba en ‘La sonora juventud’, una agrupación de Buenaventura.

El flaco de sombrero de ala ancha y frases perfumadas le prometió una casa y muchos hijos. Ella le creyó y él cumplió: se casaron en mayo del 75, él la llevó a vivir al barrio Bretaña y le dejó en las entrañas a Laura Katherine, a Edulfamit Junior y a Carolina, sus hijos, hoy de 30, 25 y 24 años. Nunca dejó de enamorarla con canciones —recuerda ella— y cada 5 de diciembre, fecha de su cumpleaños, no faltaban en casa de los Molina Astudillo serenatas con esos boleros que astillan corazones que Piper mismo amenizaba con su guitarra.

“Piper Pimienta no ha muerto”, le escucho decir ahora, a salvo de la amargura de la muerte y los tormentos de la memoria, sentada en una sala luminosa de la Escuela Nacional del Deporte, donde trabaja como docente desde hace 15 años. “No ha muerto —aclara a continuación— porque sigue viva su música, porque si tú le preguntas a un viejo o a un joven quién es Piper Pimienta, te lo responderán enseguida. Porque si estás en una fiesta y suena ‘Las caleñas son como las flores’ podrás contar con los dedos de la mano a quienes se quedan sentados. ¿No es eso acaso estar vivo?”.

El propio Piper parece darle razones. Hace un par de años, en un viaje a Francia, Alba caminaba con una sobrina por los Campos Eliseos cuando sintió deseos de entrar a un bar de música latina. No había terminado de poner sus pies sobre el local cuando alcanzó a reconocer la voz del hombre que fue suyo durante 20 años: “Buscando vivo a mi prenda amada, estoy intranquilo, no sé qué hacer, ayer la vieron en la quebrada, me fui solito y no la encontré”...

Alba se rindió a las lágrimas. Había salido de Cali huyendo del tedio de despertar cada día con el sol indeseable de la mañana sin él, y allá, al otro lado del mundo, la esperaba de nuevo Piper como suplicándole que no lo olvidara.

Y si hay muchas formas de morir, deben también existir muchas más de estar vivo. Eso pienso mientras observo las flores de colores que alumbran la última morada de Piper. Sus restos descansan en un osario familiar demarcado con el número 402 en el Cementerio Metropolitano del Norte. Las flores no son de Alba ni de sus hijos. Ella misma pudo comprobar que, incluso 13 años después de la muerte de su esposo, el lugar sigue siendo una estación de peregrinaje obligada para quienes desandan los pasos del hombre que hizo inmortal el grito gozón de que ‘Cali es Cali y lo demás es loma’.

Hace poco, justo el pasado 4 de junio, al cumplirse un aniversario más de su muerte, Alba se sorprendió de hallar en ese sepulcro una placa de mármol firmada por un nombre extraño. Sólo después, de labios del sepulturero, vino a enterarse de que había sido dejada por unos italianos que, de visita en la ciudad, aprovecharon para enviarle a Piper hasta el más allá las gracias por su música y por haber llegado con ella hasta Europa.

De esa devoción vigente por el cantante caleño puede dar fe también Héctor Gasca, el vecino de La Rivera que me enseñó la ubicación de la casa en la que fue baleado Edulfamit aquella tarde de junio: Calle 70 No. 1F-39. Asegura que no ha cambiado mucho desde que el músico murió y que aún en las fiestas decembrinas, cuando los parlantes de las casas dejan escapar las melodías de ‘Buscándote’ o ‘A la memoria del muerto’, dos de los himnos salseros del ‘Showman’, no son pocos los que recuerdan al viejo Piper desafiando la fragilidad de su cuerpo grácil, de 1,89 de estatura y 62 kilos, en sus trotes de madrugada por las calles del barrio.

Será esa, intuyo, la misma devoción que hace que Alba Inés hable del cantante siempre en presente. Piper está, Piper canta, a Piper le gusta, Piper come... Y que nunca deje de comprar las margaritas amarillas que a él siempre le gustaba ver en la sala de la casa. “Insisto, para mí no ha muerto. Morirá, creo yo, el día en que deje de escuchar sus canciones”.


****
Comienzos de los años 70. Mientras el Joe Quijano se quejaba de que “hay una confusión en el barrio...”; mientras los discos de 33 revoluciones podían girarse en 45 para que Richie Ray y Bobby Cruz hicieran danzar más rápido a Amparo Arrebato; mientras la Billo’s Caracas Boys cantaba en la Caseta Panamericana “esta es mi Cali, mi bella”... Todo eso sacudía las entrañas de esta sultana pachanguera que un día tuvo que preguntarse quién era Piper Pimienta.

No era caleño en todo caso. Había nacido entre campesinos en La Paila, corregimiento de Puerto Tejada, el 4 de agosto de 1939. Y vino a dar a esta ciudad, con apenas 3 años, porque seguro así estaba escrito en alguna parte: Piper tenía que llegar al barrio Obrero, a la Carrera 10 y a sus bares de luz escasa, en los que Bienvenido Granda y Daniel Santos entonaban sus guarachas para la Sonora Matancera. Y en los que la voz nasal de Rolando Laserie les enseñaba a los muchachos qué era eso del “pucho de la vida aferrado entre los labios”.

Ese fue el estilo que abrevó Edulfamit para sí. El que se llevó para el VII Contingente del Batallón Junín de Popayán, donde se daba sus mañas para cantar en los descansos y hacer sonar melodías con cucharas y tarros. Un día no lo aguantaron más y le lanzaron la sentencia: “Aquí no se puede cantar, señor, se va para los talleres”. Y cantando en ellos aprendió de pintura y ebanistería.

Ni el Ejército lo aguantó ni él anheló quedarse para empuñar el fusil. “Primero son los sueños y la madre”, se le escuchó decir, y hasta su casa del barrio Obrero regresó para ver morir a la vieja Laura sólo un mes después.

Ni siquiera una amigdalitis consiguió torcerle el destino. Trabajaba en una mueblería cuando la enfermedad lo sorprendió. “La brocha o el canto”, le dijo entonces el médico. Edulfamit soltó la primera y se aferró al segundo para siempre.

Lo suyo era un amor sanguíneo por la música. Y eso les quedó claro a los jurados de la competencia vocal de ‘Los cien barrios caleños’, que se celebraba en el radioteatro de Todelar en 1961. Piper ganaba siempre y lo tuvieron que declarar fuera de concurso.

Sería la primera vez que dejaba de llamarse Edulfamit para convertirse en Piper Pimienta Díaz. Un nombre con su dosis de pleonasmo, explica Medardo Arias —periodista, escritor y conocedor exquisito de los ritmos antillanos y la salsa.

Lino, uno de sus tíos, asimiló la figura alta y algo desgarbada del sobrino Edulfamit con la de un fruto de pimienta (en inglés Pepper), por lo que acabó llamándole Piper. “Así que no era necesario lo de Pimienta”, dice Medardo. Hasta el propio cantante se excusaba con una explicación casi infantil: “lo de pimienta es por la picardía que tengo al bailar”.

Cierto o no, la verdad es que huyeron los años y su voz comenzó a rodar. Su debut, cuenta su hermano Alirio, fue en Cali en el centro nocturno Las Tortugas. Cantó también en ‘El aguacate’, memorable templo de la rumba popular del barrio Meléndez; hizo lo propio ante la Sonora La Playa, agrupación del barrio Alameda; cantó en el barrio La Pilota, una zona de tolerancia en Buenaventura y ayudó a que se escucharan afinadas las canciones de ‘La sonora juventud’. Incluso ensayó con sus propios sonidos: creó ‘El combo caleño’ y ‘El Combo Swing’, dos proyectos tan efímeros como desconocidos.

Bien hubiera podido seguir en las mismas si Discos Fuentes no le hace el guiño, en Medellín, y le permite grabar con Los Supremos, antes llamado El Combo Monterrey, grupo nacido en el Puerto. Tras diez años de trasegar por varias agrupaciones, en 1971 graba su primer álbum: ‘Atiza y ataja’ y meses más tarde conoce a Julio Ernesto Estrada, Fruko, con quien Piper escribiría uno de los capítulos más brillantes de la música de este país.

La muerte reciente del Joe Arroyo ayudó a exhumar los recuerdos de esa Colombia setentera que bebió de la salsa neoyorquina y puertorriqueña para hallar su propia voz. Piper, junto al Joe y Wilson Saoko, hizo parte de un experimento que funcionó. Los dos últimos en Los Tesos y el negro Piper en Los Latin Brothers, la orquesta que le regalaría a las mujeres de nuestra ciudad su himno eterno: ‘Las caleñas son como las flores’.

La letra de la canción —recuerda Édgar Hernán Arce, famoso en los 70 por su espacio radial ‘Salsa, estilo y sabor’— le llegó al intérprete de manos de Arturo J. Ospina. Piper la musicalizó y la convirtió en pan del cielo para las verbenas de 1976 y hasta en disco de la feria de ese mismo año. Fruko —cree Arce— descansó en Piper la responsabilidad de poner a sonar a Los Latin pues sentía su voz más cercana a los sonidos tropicales que a la salsa de golpe. “Porque, ¿qué fueron Los Latin Brothers? Pues la misma orquesta de Los Tesos, pero sin las trompetas, por eso sonaban tan distintas. Por eso podían pegar temas de cumbia como ‘A la loma de la cruz’ o menos salseros como ‘Buscándote’”.

Y luego, claro, estaba el sello inconfundible de ese esqueleto desafiando la clave. “Si por algo será recordado Piper —piensa el locutor— será porque impuso un estilo. La salsa nos tenía acostumbrados a artistas extraordinarios, pero cantando como si fueran unos postes. Piper, en cambio, puso sobre la tarima la sabrosura del caleño popular y de barrio. Por eso lo llamábamos ‘El showman’”.

Poco de eso quedaba en 1992, cuando la trombosis le inmovilizó medio cuerpo. Quienes lo vieron en esa época lo evocan como un hombre a la sombra de su gloria, apoyando los lentos andares de su enfermedad en un bastón, pero —extrañamente— con un espíritu animoso, como si en medio de la fatalidad hubiese aprendido a cojear con el manual de la felicidad bajo el brazo.

Nadie lo hubiera confundido en ese entonces con la estrella ascendente en el cielo caleño que un día fue. Era una especie de ruiseñor silenciado que se esforzaba por alcanzar el canto de siempre.

Alba, la dulce Alba, recuerda que en noviembre de 1996 Piper quiso vengarse del infortunio entonando una estrofa de ‘Buscándote’, la canción que más le exigía vocalmente. “Si puedo con ella, entonces me volveré a sentir cantante”, le había dicho Piper.

Y pudo. Alba sonríe al recordarlo, como si aquello no hubiese sido hace ya 15 años. Ya me lo dijo, para ella Piper no ha muerto. Por eso su casa olerá siempre a margaritas amarillas.

De Macondo a la China


Diálogo con Fan Yen, el hombre que hizo posible que Gabriel García Márquez hablara mandarín. Cuenta cómo acabó convertido en el traductor de ‘Cien años de soledad’,
después de que Gabo se negara durante décadas a ceder a las editoriales chinas los derechos de publicación de su obra
.




Era su primera visita a China. Era 1990. Gabriel García Márquez, invitado por la embajada de México de ese país, recorría las calles de Beijing con más horror que entusiasmo de turista: miles y miles de antologías de cuentos y novelas suyas, entre ellas ‘Cien años de soledad’ y ‘Ojos de perro azul’, se vendían como arroz en las esquinas, traducidas al mandarín a la buena de Dios. Macondo era en cada ejemplar —se quejaría Gabo después— la versión que el traductor de turno había interpretado. Aureliano Buendía asomaba en unas páginas como lo parió el realismo mágico, como un coronel; en otras era apenas un capitán. Aquellas páginas no solo desdibujaban por completo la fuerza de los personajes; peor que eso, el lenguaje propio del Nobel colombiano.

La anécdota habría terminado allí. El hijo de Aracataca habría regresado a México a refugiarse del mal rato entre sus libros. Pero entonces, antes de partir, varios traductores chinos tuvieron la osadía de acercarle sin pudor lo que ellos consideraban un halago y no un insulto. Y Gabo, claro, les correspondió la afrenta con un gracejo digno de su humor caribe: “Dedico estos libros a los más grandes piratas del mundo”.

Desde entonces, las puertas de Gabo y de Carmen Balcells, la dama de hierro española que custodia su obra en 35 idiomas desde hace varias décadas y la responsable de que el escritor colombiano vendiera 30 millones de ejemplares de sus títulos en medio mundo, permanecieron selladas para las editoriales chinas.

Tres de ellas, una estatal y dos privadas —Editorial de Literatura del Pueblo, Editorial Versiones de Shangai y Editorial de Yunnan— fueron las más persistentes. Y sus esfuerzos incluyeron el envío de delegados a la Feria del Libro de Fráncfort, la más grande del planeta, para lograr un contacto.

Tampoco fueron pocos los agentes literarios de esa nación asiática que se quedaron esperando a que Balcells respondiera las decenas de cartas que le enviaron solicitando formalmente la adquisición de los derechos para llevar, de manera legal, la literatura ‘garciamarquiana’ al mandarín. Los que corrieron con más suerte apenas si lograron estrechar las manos de los representantes de la agencia de Balcells en Barcelona. Pero era ella quien, finalmente y en persona, tenía la potestad de dar el sí.

Gabo había lanzado la sentencia y ella la haría cumplir letra por letra: “Ni 150 años después de muerto daría permiso a los chinos para que tradujeran mis novelas”.

No fue necesario esperar tanto. 21 años más tarde y blandiendo un cheque por un millón de dólares, el editor Chen Mingjun, fundador de Thinkingdom House (que ha acercado al mandarín a plumas como Doris Lessing), consiguió lo que parecía imposible: este mismo año presentó en sociedad, en la Universidad de Beijing, uno de los 300 mil ejemplares de ‘Cien años de soledad’ que se editaron con todas las de la ley. La gestión inició en 1992, pero solo en 2010 Balcells dio su bendición.


****
Fan Yen no se esfuerza por ocultar la emoción que le produce saber que lo contactan desde “la tierra del gran Gabo, desde ese Macondo que espero conocer algún día”.

Tiene 33 años, rostro de niñito y una hoja de vida asombrosa para su edad: es doctor en filología hispánica, fue director del Instituto Confucio, docente de castellano en una de las universidades más grandes y antiguas del gigante asiático, la Universidad de Beijing, y —aún no se explica cómo— elegido por Thinkingdom House para llevar a buen puerto, en mandarín, la genial historia de los Buendía que vio la luz en mayo del 67.

Que terminara buceando en ese océano inabarcable que parece a veces el realismo mágico fue una tarea que le llegó a las manos sin proponérselo. Y tuvo que hacerla en tiempo récord: apenas un año. “Fue una labor contrareloj”.

“La designación fue una verdadera sorpresa, pues de la literatura en castellano que conozco mi favorita han sido los versos de García Lorca, los cuentos de Cortázar, de los que he traducido varios, y la poesía del Siglo XVI. Como verás, literaturas muy distintas a las ‘garciamarquianas’”. Fan, justamente, se acercó al español gracias a sus lecturas juiciosas del padre de ‘Rayuela’; a la prosa del escritor chileno Vicente Huidobro y a la poesía del mexicano Luis Cernuda, “que me dejó una herida encendida y siempre abierta”.

De Gabo, contesta sin vergüenza, había leído ‘Del amor y otros demonios’ y ‘El coronel no tiene quién le escriba’. “Pero jamás con la esperanza de traducirlo al mandarín. Eso me parecía siempre una misión imposible, a pesar de que la obra de este escritor siempre ha sido fuente de curiosidad para los escritores chinos. Gabo ejerce cierta fascinación y misterio. Es un autor de culto”.

Lo más cerca que ha estado de Hispanoamérica, confiesa, ha sido España. Lo hizo durante su estancia en el Instituto Confucio adscrito a la Universidad de Granada. Fue allí, en tierra andaluz, en una casa del Paseo de los Tristes con vista a La Alhambra, donde asegura haber hallado “el tono personal de Gabriel García Márquez, la manera en que construye su relato, su tono de voz absolutamente imperturbable y esa forma tan original de transformar en grandes héroes a pequeños personajes”.

No era la primera vez, en todo caso, que Fan Ye enfrentaba un monstruo literario, como ‘Cien años de soledad’, construido sobre más de 400 personajes con nombres propios. En su adolescencia devoró la obra maestra de la literatura de China, una de las cuatro novelas clásicas de ese país, escrita en el Siglo XVIII: ‘Sueño en el Pabellón Rojo’. De hecho, lo que atrae a los chinos de la prosa de Gabo, explica Fan, es que para ellos, irónicamente, se trata de uno de los pocos autores vivos hispanos con obras breves.

El reto de Fan consistió entonces en lograr una interpretación certera de los ambientes y de la descripción de las situaciones que narra la novela. “Reencarnarse” en Gabo, como bien lo describe el novel traductor. “Leer ‘Cien años de soledad’ produce placer como lector, pero es masoquismo para el traductor, al menos en mi caso, porque la novela contiene expresiones y sentimientos tan particulares del colombiano que son difíciles de aterrizar para que sean entendidas en la cultura china”.

Fan Ye llegó a preguntarse qué era eso del ‘mal de ojo’, a qué comunidad especial se refería García Márquez cada vez que hablaba de ‘los cachacos’ o cómo lograr una exposición afortunada de Melquiades, el gitano que sin falta cada año, por el mes de marzo, arribaba a esa “aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

¿Qué habrá querido decir acaso José Arcadio Buendía cuando gritaba que en Macondo “no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada qué corregir”? Fan Ye cuenta que se vio obligado a emprender una investigación cuidadosa de la jerarquía feudal de la antigua China para hallar un equivalente lo suficientemente contundente que describiera, en mandarín, ese alcalde que solían nombrar los reyes en algunas poblaciones importantes. Pasaron varias semanas antes de saber que lo adecuado era el término Li zheng.

“El reto fue lograr todo eso en apenas un año; hubiese querido tener más tiempo. El reto que sigue es lograr que esta edición autorizada y cuidadosa de ‘Cien años de soledad’ logre lo más importante: frenar esa piratería que durante tantos años atormentó al gran Gabo”.

Ojalá. Si Fan Ye y Thinkingdom House lo logran, pueda ser que cuando Gabo regrese a China autografíe con más agrado los ejemplares de su novela estelar.



El sonero que le cantó a Cali


Pocos meses antes de su muerte, en 1987, Ismael Rivera, el Sonero Mayor, se presentó por única vez en Cali, en un concierto memorable, junto a Piper Pimienta y Héctor Lavoe. Esta es la historia. ¡Ecuajei!

Por Lucy Lorena Libreros


Existen recuerdos nítidos. Los de Benhur Lozada, por ejemplo. El hombre —un estudioso de lenguas modernas que acabó extraviado en los artificios de la rumba y la salsa— comienza a contar la historia de la única vez que Ismael Rivera cantó en Cali. Tan nítido, como si aquello fuera una noticia más del periódico de ayer y no un concierto que hizo vibrar las graderías del Coliseo El Pueblo, hace exactamente treinta años. El viejo volante rosado que sostiene en sus manos —un tesoro de papel que se aseguró de preservar del naufragio de esos años delirantes de orquestas y espectáculos— confirma la fecha: 28 de diciembre.

1981 terminaba ya. Leal a su espíritu fiestero de fin de año, Cali hervía en las casetas de los barrios populares y afinaba su feria para lo que sería el Primer Festival Internacional de Soneros, el mismo por el que Ismael había decidido viajar desde Estados Unidos y en el que compartiría tarima con otros dos titanes de la salsa, Héctor Lavoe y Piper Pimienta.

El milagro del debut en la ciudad del Sonero Mayor —como lo bautizara Benny Moré en 1956— tomó su tiempo. A finales de los 70, Benhur viajó a Nueva York con el único propósito de convencer a Ismael de presentarse en Cali. No estuvo solo, lo acompañó Larry Areque o, mejor, Larry Landa, ese polémico empresario musical que aún la historia de la ciudad parece no haber terminado de juzgar y mitificar.

Pregunte no más. Algunos sacarán a relucir su pasado con la mafia y su estadía en la cárcel. Otros, con más admiración que rechazo, reconocerán en este personaje al hombre que despojó a Juanchito de sus ropajes de pueblo cañero y lo erigió, al son de carnavales y grilles, en epicentro de la rumba.

Fue el mismo, me dicen, que convenció a Héctor Lavoe de quedarse a vivir varios meses en la ciudad y, sobretodo, el que hizo de Juan Pachanga, su discoteca, un santuario de peregrinaje permanente de importantes agrupaciones como la mismísima Fania All Stars.

De eso no habla Benhur. Él, más bien, apuesta por el recuerdo de la buena estrella que parecía iluminarlos a los dos en esa época. Tras fundar junto a Miguel Proaño la empresa ‘Promotores asociados’, había conseguido que grandes como Eddie Palmierie, los Hermanos Lebrón, la Orquesta Aragón, Oscar D’ León y Celia Cruz rodaran con sus descargas salseras y pachangueras por los principales escenarios de Colombia.

Fue con esa carta de presentación que llegaron ante el cantante puertorriqueño. Le hablaron del festival de soneros, de cantar al unísono con Héctor y con Piper. Y le hablaron además de participar en el Segundo Concurso de Orquestas, que se realizaría ese mismo año, el 26 de diciembre, y en el que participarían, entre otras agrupaciones, Fruko y sus Tesos, Los Caribes, Alfredo Gutiérrez y Los Tupamaros.

Ambos experimentos, prometían los caleños, no tenían pierde. Benhur recuerda que Ismael no sólo los escuchó con interés, sino que los recibió con agrado en su estudio de grabación y le permitió a él hacerle una entrevista y varias fotos.

“Al final —precisa con entusiasmo el empresario— nos despidió a los dos como si fuésemos amigos suyos de toda la vida, feliz de poder conocer Cali muy pronto. Yo te puedo decir que he trabajado con muchos artistas, pero ninguno con la sencillez y calidez del negro Ismael. Ni siquiera toda la fama del mundo logró opacar en él al tipo sencillo que llevaba dentro. Era como si nunca se hubiera marchado de las calles de la Perla, esa barriada de San Juan en la que nació y creció, y a la que tantas veces le cantó”.

Cali entonces aguardó con paciencia por el sonero que le cantaba “a las caras lindas de mi gente negra”. Pero bien sabía que no sería el mismo Ismael Rivera que había hecho historia con Cortijo y su Combo. Ese de ‘Quítate de la vía Perico’, ‘El negro bembón’ y ‘Maquinolandera’.

El sonero que le cantaría a Cali esa noche de 28 diciembre era un artista minado en la potencia de su voz, que luchaba contra el lastre de las drogas y el fantasma de una cárcel de Kenctuky que lo mantuvo varios metros bajo tierra.

*****
Una rumba caleña de respeto, me advierte Richard Yori, dj del espectáculo Delirio e investigador musical, sólo puede llegar a su fin, en la madrugada, de una manera: “Es tarde, ya me voy, mi negrita me espera, hasta mañana”... El pregón, claro, le pertenece a Ismael Rivera y su orquesta Los Cachimbos. Y la canción —lo conocen bien los devotos de la iglesia ‘maeliana’— se llama ‘Mi negrita me espera’. Todo un clásico.

Que el tema terminara convertido en un himno de la rumba de esta ciudad —sigue hablando Yori— se debe al fervor que el sonero mayor aún despierta aquí. Al interés con que los coleccionistas persiguen los álbumes que grabó con Cortijo, con Los Cachimbos y con la Fania. “Porque aquí, como quizás en ninguna otra parte, hemos aprendido a valorar su voz de negro, esa voz tan suya de barrio y de la calle, una voz natural”.

Hijo de la bomba y la plena, ritmos autóctonos de Puerto Rico, Ismael Rivera era un “hombre que trataba de convertir todo en música”. Así lo evoca el caleño Jairo Sánchez, productor de cine y televisión que se hizo reconocido en los años 80 por su programa musical ‘El solar’, que todas las tardes llegaba a través de Telepacífico.

El gran aporte de Ismael a la salsa, me explica Jairo, fue haberle incorporado esos dos aires musicales, “que consiguieron hacerla sonar tan distinta de las propuestas que hacían las orquestas desde Nueva York y Cuba”.

El propio Benhur Lozada le da la razón. Y me cuenta que las cualidades interpretativas de Ismael son herencia de Margarita, su madre, “una señora plenera”, de quien aprendió su capacidad para el ‘fraseo’ y la improvisación. “Ismael, además, era un maestro del ‘rubateo’, una técnica que consiste en subir un tono, después caer dos o tres, y luego subir de nuevo al tono inicial, sin perder la métrica. En ese mismo juego vocal era que sacaba esas expresiones tan suyas como ‘ecuajei’ o ‘atiza’, que le dieron un sello particular a sus canciones. Es la misma virtud que adviertes en grandes soneros como el Benny Moré”.

Y saber que ‘Maelo’ iba camino de resignarse a ser un albañil, tal como don Luis Rivera, su papá. A eso se dedicó desde que tenía 16 años para ayudar en los gastos de su casa. Pero el palustre era también lo primero que dejaba abandonado cada vez que tenía oportunidad de cantar y tocar en los rumbones que se formaban en la Calle Calma y otros sectores populares, siempre escoltado por su compadre, otro que también sería estrella, Rafael Cortijo.

La primera vez que los dos se unieron para dedicarse en serio a la música fue en 1948. Sucedió con el Conjunto Monterrey, dirigido por Monchito Muley. Maelo como conguero. Cortijo como bongocero.

Lo demás es historia que puede escucharse y cantarse. Incluso verse, porque de ellos dos quedó también una película de culto: ‘Calipso’, con Harry Balafonte como protagonista. Ese capítulo de la salsa se llama ‘Cortijo y su combo’, y se escribió en los lujosos salones de baile de los años 50; esos que también hicieron suyos Tito Puente y Pérez Prado.

El destino los tuvo juntos una década entera hasta que ‘Maelo’ fue sorprendido por la aduana de Puerto Rico con droga en su equipaje y confinado cuatro años en una cárcel de Lexington, Kenctuky. Cuenta la historia que Bobby Capó, otro compositor y cantante de la isla, sintió como propio el encierro de su compatriota y dejó en la voz del Sonero Mayor el que se convertiría a la postre en bandera musical de los presidiarios de toda América y en otra buena excusa para saltar a la pista de baile: ‘Las tumbas’, nombrada así por la forma en que estaban dispuestas las celdas, a varios metros bajo el suelo, lo que no les permitía a los reclusos ver la luz del día.

“De las tumbas quiero irme, no sé cuando pasará, las tumbas son pa' los muertos y de muerto no tengo na’”.

Ismael se fue. Al salir de la cárcel continuó con su tumbao, esta vez con orquesta propia, Los Cachimbos, con los que cantó 8 años. Varios empresarios le dieron la espalda, pero no pasaría mucho tiempo antes de que su voz de sonero terminara en los estudios de grabación de Jerry Masucci y Johnny Pacheco, fundadores de la Fania. En 1979 fue el artista mejor pagado de esa casa disquera, apenas superado por Celia Cruz.

****
Benhur Lozada sigue recordando. Ahora me cuenta que, una vez en Cali, Ismael Rivera se alojó durante casi una semana, sin hacer una sola exigencia, en el Hotel Petecuy, ubicado en la Carrera 9 con Calle 15, en pleno centro, uno de los más reconocidos de la ciudad a comienzos de los 80.

Llegó como suele vérsele en las postales que atesoran los coleccionistas. Delgado, alto, barba de nácar y voz pausada.

Alba Inés Astudillo, viuda de Piper Pimienta, guarda en su mente las imágenes de un hombre tímido, de palabras medidas; incluso a veces fatalista: “A mi esposo le decía que ya se sentía muy cansado y viejo, a pesar de que no tenía más de 60 años, para estar de gira. Hablaba como si fuera la última vez que fuera a cantar, como si sintiera que la muerte lo rondaba”.

El sonero mayor había prometido traer su voz a Cali y había cumplido. A las 8 de la noche de ese 28 de diciembre, tal como se lee en ese viejo volante rosado, el Coliseo del Pueblo encendió sus micrófonos para recibir a ‘Maelo’, a Héctor y a Piper.

Jairo Sánchez recuerda que uno de los momentos más emotivos fue cuando los tres se unieron en coro con Pimienta para cantar ‘A la loma de la cruz’, tema que el artista caleño había pegado hacía poco con Los Latin Brothers. “Cada uno se lució en su estilo; incluso recuerdo que Héctor, al notar que un tipo bailaba de forma muy sensual con su esposa, le gritó desde la tarima ‘caliéntala tú, que ahora me la llevo yo’, y la gente se echó a reír”...

No más de tres mil personas, en todo caso, se habían reunido en el coliseo. “Fue desconcertante. Estando en plena feria, creímos que los caleños iban a valorar más el hecho de poder contar con tres estrellas de la salsa de semejante calibre, pero la ciudad no respondió y nunca entendimos por qué”, se lamenta Benhur.

El escritor Umberto Valverde, que estuvo presente en ese concierto, apuesta que tal vez la falta de público se debió a que ‘Maelo’ había perdido mucho del brillo musical de otros tiempos cuando por fin pudo presentarse en Cali. “Esa noche lo escuché cantando ‘Las caras lindas’ con la voz quebrada, destruido por el paso del tiempo, movido más por los recuerdos del ayer”.

Un infarto fatal sorprendió al Sonero Mayor en 1987, seis años después de su paso por Cali. Ya había conocido el cielo y la gloria. Ya había enterrado a su compadre Cortijo. Y ya había regresado, como tantas veces lo soñó, a su barrio La Perla, al lado de Margarita, su mamá. Sus amigos en Puerto Rico preparaban para él un concierto homenaje en el Coliseo Roberto Clemente. Pero la señora muerte llamó primero a la puerta. “Yo, yo, yo, yo, creo que voy, solito a estar, cuando me muera, he sido el incomprendido”...

Los diez mandamientos del periodista narrativo



No le gusta que le digan maestro, pero a Cali —invitado por el periódico La Palabra de la Universidad del Valle— el periodista Juan José Hoyos llegó para sentar cátedra de lo que mejor sabe hacer: enseñar cómo contar historias.

Por Lucy Lorena Libreros


Es como escuchar al brujo de la tribu: te obliga a permanecer en silencio, te obliga a rodearlo para aguardar con paciencia de relojero cada anécdota y cada frase que se le cae de los labios acerca del poder de las palabras, del oficio de contar historias.

Juan José Hoyos parece, como describiría él mismo años atrás al escritor Ernesto Sábato, un abuelo bueno. Uno que dice haber conocido las palabras a través de un viejo diccionario Larousse que justamente su abuelo, un maestro de escuela, solía llevar consigo desde los años 20. Un libro de lomo descascarado y cubierta maltrecha por todas las lluvias y soles antioqueños que lo azotaron antes de terminar abierto sobre el pupitre de algún alumno curioso en las montañas del oriente de ese departamento.

Llegó a conocer la fuerza arrasadora de las historias bien contadas por una vía parecida: de niño contó con la suerte de tener como maestro a un antiguo arriero paisa, a quien Juan José y sus compañeros obligaban a dejar de lado las clases de matemáticas y geografía, entusiasmados ante la idea de que el tipo desenfundara frente a ellos un nuevo relato sobre sus andanzas a lomo de mula persiguiendo oro.

Desde entonces, durante su vida como escritor, docente universitario y periodista, no ha cesado de buscar aquél diccionario, que nadie en casa supo a qué rincón fue a parar, y mejor que eso, a hurgar en ese poder secreto de la palabra escrita.

De eso, que es en últimas la mejor definición del periodismo narrativo, vino a hablar a Cali, invitado por el periódico La Palabra de la Universidad del Valle. De eso conversó con GACETA, que tradujo sus lecciones en un decálogo o en diez leyes sagradas sobre el oficio de narrar historias.

1. Sabrás escuchar.
Las historias siempre estarán a la espera de que alguien las cuente. Un buen periodista no debe cargar consigo solo una grabadora y una libreta de apuntes, debe cargar los ojos del alma (que son los que mejor ven), un par de orejas bien ‘afiladas’ y un corazón desprovisto de prejuicios, porque el periodista debe entender que los otros tienen valores y creencias distintas a las propias. El profesor que más recuerdo de mi formación periodística fue el que me enseñó a escuchar, él me decía que sólo de esta manera podía entender esa historia que alguien narraba para mí.

2. Saldrás del escritorio.
Las historias no llegarán hasta el escritorio de la sala de redacción. Hay que enfrentarse a la realidad, caminarla, olerla. Pero no de cualquier forma, a la realidad debes llegar con el corazón abierto, como decía John Reed. Sólo cuando sales, percibes el ambiente. Y esa es una de las diferencias entre el periodismo informativo y el narrativo. Ahora, lo que te indica la existencia de una historia es la existencia misma de un personaje. Porque, ¿qué son las historias? Pues las cosas que le suceden a la gente.

3. No correrás.
Reportear una buena historia demanda tiempo. Germán Castro Caycedo lo define mejor: es necesario ‘pacienciar’ que ese es uno de los verbos que más se deben conjugar en el periodismo narrativo. Una vez encuentres una historia es necesario compartir con el personaje el mayor tiempo posible, compartir un amanecer y un anochecer con él. Si uno va a la carrera no será posible entender las atmósferas en las que ese personaje se mueve, qué lo afecta, qué lo irrita, qué lo hace feliz. Cuando participas en muchos de los momentos de la vida de ese personaje puedes hallar escenas y diálogos que luego nutrirán tu narración.

4. Te dejarás sorprender.
No es posible encarar la realidad con una historia prefabricada. A menudo lo que te sorprenda a tí como reportero es lo que terminará por sorprender al lector. ¿Que si es válida la grabadora? El periodismo narrativo no es una fórmula exacta. Si logras que tanto como el personaje como tú olviden que ese aparato existe, pues bienvenida.

Yo soy más amigo de la libreta de apuntes, que te da espacio de sobra para reseñar detalles y ambientes, el color del cielo ese día, la ropa que el personaje llevaba puesta.

Un consejo: una de las habilidades que más te exige desarrollar el periodismo narrativo es la memoria. Fíjate en Truman Capote: escribió un perfil extraordinario sobre Marlon Brando, mientras rodaba la película ‘Sayonara’; lo hizo sin grabarlo, su único insumo fue el poder tremendo de la observación y, claro, de la memoria. Él decía que un periodista que no es capaz de preservar al menos una hora de diálogo con su entrevistado debe dedicarse a otra cosa.

En mi caso, el relato que escribí sobre el fin de semana con Pablo Escobar sólo vio en la luz, en la revista El Malpensante, 15 años después de haber estado con él en la Hacienda Nápoles. Me salvaron mis apuntes y una buena dosis de memoria.

5. No inventarás.
Suena obvio, pero es la columna vertebral de quienes nos dedicamos a este oficio. Piensa que no es posible describir un crepúsculo donde existe un amanecer oscuro, sólo para que el relato se vea más bello. El periodismo es precisión. En eso consiste su complejidad, también su belleza.

Esa es una de las ventajas extraordinarias con las cuales se defiende por sí el periodismo narrativo: si la historia, además de tener datos precisos, está bellamente contada ¿qué puede suceder? Pues que las puedes leer hoy o dentro de 50 años y surtirá el mismo efecto. Hagamos un trato: lee, por ejemplo, ‘El perdedor’, el perfil que escribió Gay Talase sobre Floyd Patterson, el boxeador. Sí, me dirás que él murió ya, que estas generaciones poco lo recuerdan, pero cuando lo leas quedarás con la sensación de que darías lo que fuera por haberlo visto en combate alguna vez.

6. No vetarás temas.
No hay áreas vedadas en el periodismo narrativo. Juan Gossaín nos da una lección tremenda en ese sentido: siendo reportero de El Espectador tuvo que cubrir una sesión ordinaria en el Congreso. Su editor esperaba un texto amparado en los cánones del periodismo informativo, ese que yo llamo periodismo del “dijo”, del “aseguró”. ¿Qué hizo Gossaín? Pues un relato de la forma en que los ‘padres de la patria’ dormían mientras se discutían los grandes temas del país. Hasta él mismo se durmió y eso lo contó en una crónica que mereció primera página.

7. Le darás orden a tu historia.
Tan importante es una buena reportería como poner en orden todo lo que hallaste antes de sentarte a escribir. Siento que a menudo esto es lo más complejo del oficio del reportero, porque al comienzo uno siente que todo lo hallado, que cada frase del entrevistado es importante. Lo aconsejable es hacer un guión.

Yo lo comparo con el acto de elevar una cometa: al comienzo vas desenrrollando la piola con cuidado, pues no sabes qué dirección tomará el viento, pero una vez que la cometa comienza a ‘jalar’ (quiero decir, una vez que has hallado hacia dónde puede caminar tu historia) ya sabes que puedes soltarla del todo sin miedo a que se enrrede. Cada historia tiene su propia medida: no porque escribas más, escribirás mejor o serás más leído. Si la historia te da para dos cuartillas, es porque así debe hacer. Si es para diez es porque la historia está confeccionada a la medida de esas diez páginas.

8. Encontrarás el tono.
Cada historia tiene su propia voz, su propia extensión. El tono es la distancia emocional que establezco frente a mi personaje, frente a mi historia. Si estamos, por ejemplo, frente al caso del único sobreviviente de un accidente aéreo pues el tono indicado es el de la primera persona. Muchos editores y reporteros suelen tenerle miedo a ese estilo y se van a puerto seguro, a la tercera persona.
Para mí, la primera persona es el tono más literario de todos, es una forma de narrar que acerca muchísimo al lector y le aporta al relato mayor verosimilitud.

Ahora, te doy un consejo: no caigas en el error de narrar en primera persona sólo para satisfacer el apetito de tu ego como periodista, para brillar, para hacerte notar. No se trata de ser un narrador protagonista, es más complejo que eso: hay que ser un narrador testigo.

Siempre que hablo de esto recuerdo a John Reed, un autor que no puede dejar de leer ningún estudiante de periodismo. Él escribió un tremendo relato, ‘México insurgente’, narrado en primera persona. Cuando tú lo lees descubres que haberlo escrito en tercera persona habría sido un error imperdonable: cada página es una descripción detallada de cómo caminaban los sujetos, qué comían, qué cantidad de tequila ingerían, qué soñaban, por dónde se movían. Reed durmió, comió y caminó junto a los rebeldes. Y como lector lo sabes, no porque él lo diga de esa forma, literal: “yo dormí, caminé y huí junto a los rebeldes”. Mejor que eso, Reed logra hacértelo sentir.

Aquí, un consejo de oro: nunca dejes de leer a los grandes. Sólo cuando aprendes a leer la voz de los otros, hallarás tu propia voz. No seas iluso, el periodismo literario no nació contigo: muchísimos periodistas, muchísimo antes que tú, estaban haciendo periodismo del bueno.

9. Dedicarás el tiempo necesario para escribir.
Es un tiempo que debe estar precedido por la disciplina y el rigor, como en cualquier otro oficio. Sólo así es posible lograr el tono, tener precisión en las escenas, escoger con acierto los diálogos de mi personaje. Sé de muchos cronistas que se desconectan por completo de la realidad para entregarse a la escritura. Sé que es difícil cuando se está bajo la premura de los tiempos de una sala de redacción, pero un editor inteligente sabrá entender que un texto de calidad sólo es posible cuando el reportero ha tenido tiempo para escribir. No en vano, Álvaro Cepeda Samudio llamaba al periodismo narrativo literatura de urgencia.

10. No aburrirás.
Si pierdes al lector lo pierdes todo. De lo que se trata, cuando le entregas a un lector tu historia, es lograr el mismo efecto de Sherezade: mantener la tensión y su interés con eso que le estás contando. Woody Allen suele decir que todos los estilos son válidos, menos el aburrido.

Pero, ¿cómo lo lograrlo? Pues con literatura. Pero, que no se entienda por literatura que tienes que inventar, no señor. Cuando hablo de ayudarse con literatura, hablo de nutrir el relato con la riqueza de nuestro lenguaje. No basta con decirle al lector que el personaje de tu historia sufrió con una tragedia, debes hacérselo sentir. No basta con que le digas que el sitio tenía un olor nauseabundo, debes lograr, a través del lenguaje preciso, que nuestro lector también lo huela.

Sólo cuando te has nutrido de buena literatura podrás, por ejemplo, construir diálogos. Porque eso es lo que te exige el periodismo narrativo, diálogos y no citas textuales. El periodismo narrativo es el diálogo vivo. Sólo cuando te has nutrido de buena literatura aprenderás a narrar tu historia con los cinco sentidos.

Ah, lo olvidaba: escribe, la gente sí lee historias. ¿Acaso no te has preguntado porque la gente sigue con tanta devoción las telenovelas? Pues porque le gustan las historias. Muchos editores y directores de medios aún no se convencen del todo y hasta me miran con extrañeza cada vez que lo digo: estoy seguro de que una buena historia vende más que una noticia. Ya te lo dije: sólo hace falta que como reportero aprendas a mirar la realidad con los ojos del alma. Las historias estarán aguardando por tí donde menos las esperas y siempre habrá un editor dispuesto a darles espacio.