miércoles, 19 de mayo de 2010

Moralito, en la tierra del olvido


Lorenzo Morales pasará a la historia como el juglar más viejo de la música vallenata y por ser un injuriado eterno por culpa de la canción que le dedicara su compadre Emiliano Zuleta: ‘La gota fría’. Hoy, a sus 96 años, pasa sus días huyendo del olvido. Relato de una tarde de recuerdos cantados sin acordeón.

Por Lucy Lorena Libreros

El maestro Lorenzo Morales se había resistido a ver a su compadre postrado en una cama de hospital enfermo de muerte. Hasta su vivienda del barrio Primero de Mayo, al sur de Valledupar, había llegado varias veces el eco doloroso de que su amigo estaba grave y que una estela de aparatos, que lograban el milagro diario de hacerlo respirar y comer, era lo único que le permitía seguir palpitando en este mundo.

Pero ese sábado de octubre fue distinto. Corría 2005 y una voz angustiosa arribó hasta al patio de la casa de ‘Moralito’ para avisarle con palabras de urgencia que la muerte parecía un asunto inminente: en cuestión de horas se llevaría para siempre a su eterno compañero de parranda.

Lo que sucedió después aún le emociona los recuerdos a Jairo Alberto Trillo, yerno del juglar, que ese día llegó con él hasta la habitación 309 de la Clínica Valledupar, donde Emiliano Zuleta Baquero, a sus 94 años, permanecía en coma desde hacía varios días.

La visita tardía del ‘negro yumeque’, como lo bautizó Zuleta en ese duelo de injurias de ‘La gota fría’ pactado hace más de medio siglo, le fue susurrada con alborozo al enfermo por una de sus hijas, más como una cortesía que por la certeza de que él respondería con un gesto repentino o un tímido apretón de manos.

Entonces sucedió lo que nadie imaginaba: lentamente el anciano fue despertando de su letargo y el atrevimiento que se permitió en ese momento con la vida le alcanzó para echarle un brazo en el hombro a su viejo compañero de piqueria y sentenciarle en medio de un abrazo de lágrimas calladas: “Ay, compadre, hasta dónde hemos llegado”.

Lo dijo, y volvió a sumergirse en la inconsciencia. Esa misma noche falleció.

Los detalles del episodio reviven ahora, cinco años después, durante un domingo de calor aplastante en ese mismo patio de donde partió ‘Moralito’ para despedir a su amigo.

Jairo Alberto está sentado a un costado de su suegro, intentando con poco éxito afinar una caja que su hijo aspira a tocar al día siguiente. Desde allí, sin mirar a los ojos, concentrado en su faena de lutier, se declara afortunado de haber presenciado ese gesto inolvidable de amistad: “Fíjese usted, el viejo Emiliano engañó a la muerte varios días porque sabía que no podía marcharse sin antes despedirse de su compadre”.

Ese compadre está ahora frente a mí, ataviado con una camisa de flores bien planchada, sombrero blanco y pantalón formal, como si en cuestión de minutos, tal como ocurría en sus buenos tiempos de juglar insobornable, los amigos fuesen a arribar por él para sumergirlo en una jarana delirante de nueve días.

Pero a sus 96 años, con su catadura de huérfano y su andar cansino, nada está más lejos de esos días felices de versos, de ron y de mujeres. ‘Moralito’ —como lo bautizaron desde muchacho por su baja estatura— no tiene hoy arrestos de salud suficientes ni siquiera para emprender de nuevo una visita de despedida.

Aquejado por el Parkinson desde hace varios años y por dolencias en el riñón y el corazón, el juglar más veterano de la música vallenata pasa casi todas sus horas apostado en una cama sencilla que sus hijas le trastearon hasta el patio. Los huesos del maestro ya no están para hamacas.

Imposibilitado para caminar sin fatigarse hasta el desmayo, los vecinos del barrio se acostumbraron a verlo asomado sobre una silla de ruedas en la entrada de la casa, especialmente en las tardes, abrigado por la sombra de un almendro frondoso. Desde allí saluda, a veces, levantando suavemente las manos. Habla muy poco y cuando se anima lo hace con pausas prolongadas y evidente dificultad, pero con una lucidez de miedo que le impide olvidar nombres completos de amigos, los pueblos que recorrió con su acordeón a cuestas y las mujeres que amó. Tampoco las canciones que ha compuesto en más de siete décadas de sones, puyas y paseos gozones.

Fue esa buena memoria la que le permitió, hace unos meses, anunciarles a sus hijos y a sus nietos que guardaba, escritas por ahí, varias canciones inéditas.

La noticia fue recibida como un Mejoral más que oportuno. Todos en casa presentían que, más allá de las dolencias del cuerpo, Lorenzo Miguel Morales Herrera sufría de un mal en el alma: padecía la enfermedad del olvido.

“Él se siente abandonado por el Festival de la Leyenda Vallenata, por los gobernantes y por los músicos de ahora, y eso lo deprime”. La afirmación es de Cecilia, una de sus hijas, que habla mientras acomoda una nube de almohadas sobre la cama para que su padre mantenga la espalda erguida y pueda atender más cómodo mi visita.

Morena, de figura rolliza y modista de oficio, vive con él desde hace seis años y se encarga de que a ‘Moralito’ no le falte el tinto a las cinco de la madrugada, apenas despierta, y el juguito frío de tamarindo en las mañanas cuando el sol “se pone necio”. De ella depende también que el músico tome a diario los siete medicamentos que lo mantienen con vida.

Lo de la depresión no es de ahora, prosigue Cecilia en su queja. “Es cuento viejo, desde que el Festival se volvió una mafia, una cosa de los que tienen plata. Tan olvidado está mi papá que hasta en la prensa ya lo dan por muerto”.

Indignada, Cecilia me lleva a las manos una revista que circuló con el periódico El Pilón, una semana atrás, en la que se lee una nota que lamenta la ausencia de los juglares “que ya partieron”: Jaime Molina, Alejo Durán, ‘Colacho’ Mendoza... Lorenzo Morales.

El maestro la escucha e intenta agregar algo, pero lágrimas tramposas le juegan sucio. “Es que ‘Moralito’ tiene rabia —dice la mujer en nombre suyo—. Imagínese, llevaba tiempo sin participar en el Festival y este año, después de que los hijos le rogáramos, lo convencimos de que se inscribiera con una canción inédita. Pero no ganó, ni siquiera lo pasaron a segunda ronda”.

Esa canción —‘La nevada y mi jardín’— es un paseo hermoso, compuesto cuarenta años atrás, que rinde tributo al paisaje de ese valle campesino que habitó Morales cuando agitaba el machete con el mismo virtuosismo con que batía las teclas del acordeón. Es un canto dedicado a las mujeres y a esos días en que la Plaza Alfonso López no se alzaba con sus ínfulas de parque de ciudad, sino que era una explanada de calles empedradas desde la cual podía avistarse las cumbres del cerro Murillo, vecino a la Sierra Nevada.

Voy a hacer una bandera pa’ ponerla en la nevada, pa’ mirarla desde aquí/ pa’ cuando vengan turistas a visitar estas tierras tengan mucho qué contar/ que la vean del Magdalena y del Cesar/ y que reinen los arhuacos por allí/ que se queden las gaviotas con el mar y los indios con el río Guatapurí...

Después de una fuerte recaída en diciembre pasado, que obligó al maestro a permanecer en un hospital durante dos semanas, el médico se animó a dar al paciente de alta bajo la condición expresa de que era necesario mantener a ‘Moralito’ animado. Los buenos momentos, dijo, alivirían más que cualquier medicina costosa.

En casa así lo entendieron: los nietos y sus novias se encargaron de que las parrandas volvieran al patio, y los hijos, de que su padre evocara, a través de videos, la época en que era célebre y periodistas de España y Alemania se turnaban para que, en compañía de Zuleta, contara cómo fue el bendito episodio que originó ‘La gota fría’.

Ese era el ambiente cuando alguien propuso llevar ‘La nevada y mi jardín’ al festival. ‘Moralito’, letra en mano, comenzó a silbar la canción para que Franklin, su hijo acordeonero, montara la melodía. Una vez lista, el padre dio su aprobación. Vinieron los ensayos. Alejandro, otro de los hijos, hizo el acompañamiento en la caja y Fernando, uno de los menores, en la guacharaca. El nuevo disco de Lorenzo Morales estaba en su punto. El juglar también: previo a la inscripción, había recibido una transfusión de sangre y eso, dice Cecilia, lo dejó como gallo bravo, listo para la pelea.

A bordo de un carro vetusto y amarillo, con pancartas coloridas, pitos y vivas, la familia en pleno llegó hasta la sede del Festival, en el Parque Consuelo Aráujo Noguera, para la inscripción.

Los fuelles de los acordeones se estiraron, felices, para celebrar la buena nueva. Hubo brindis con Old Parr y salvas de aplausos. El viejo ‘Moralito’ posó para las fotos en su silla de ruedas y hasta lloró de emoción cuando estampó su huella digital sobre un formulario. Desde la oficina de prensa del certamen se propagaba al mundo la noticia: ‘Lorenzo Morales regresaba a la fiesta vallenata con repertorio renovado’.

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El suceso llegó a oídos de Judith Solano en su casa de Urumita, un pequeño pueblo del sur de La Guajira. Sentada en la cocina, escuchó una voz potente que informaba en la radio que Lorenzo Morales, a sus casi cien años, se haría presente en la versión 43 del Festival de la Leyenda Vallenata. “Qué pensaría el viejo Emiliano Zuleta si viviera”, se preguntó la mujer, que de niña había escuchado muchas veces a su madre narrar el episodio de aquel día en que ‘Moralito’ estuvo “en Urumita y no quiso hacer parada, que se fue de mañanita, sería de la misma rabia”.

¿Y usted cree que Emiliano se hubiera enojado si viera a su compadre en esas?, le pregunto a esta urumiteña de 72 años, abuela de varios muchachos músicos y viuda de un acordeonero de ocasión fallecido hace ya rato. “Claro que sí. No ve que ellos hicieron un pacto de honor en el que se prometieron que cuando uno muriera, el otro no volvería a cantar ni a tocar”.
Zuleta había sido el gestor de aquel pacto. Morales dijo sí, “presintiendo que a lo mejor Dios nos iba a permitir morir a los dos al tiempo, para que ninguno se privara de la parranda”, me confesaría después.

Porque si alguna vez posaron de enemigos que se injuriaban y se recordaban la madre de pueblo en pueblo, en el ocaso de su amistad fueron compadres entrañables que se visitaban sin motivo y se sentaban tardes enteras para intentar abanicarse con esos vientos modernos que soplaban en la música que ambos ayudaron a difundir.

Eso no era precisamente de lo que hablaba la madre de Judith cuando echaba su versión del duelo de piqueria que dio lugar a ‘La gota fría’ por allá en los años 40 y que, a decir verdad, a fuerza de tanto repetirse de boca en boca, es la misma que pregonan en cada esquina de Urumita: que ‘Moralito’ fue un cobarde sin remedio y que si bien le ganaba a Zuleta interpretando el acordeón, Emiliano lo superaba con creces cuando de versos repentinos se trataba.

Lorenzo encuentra ánimos para hablar cuando escucha que la conversación en su casa gira ahora sobre la canción más conocida del vallenato. Emiliano y él nunca pelearon, explica. “Lo que pasa es que cada uno tenía su bando de seguidores y los unos se encargaban de ‘carbonear’ a los otros con tal de que tocáramos”.

Pero, si no estaban de pelea, ¿por qué en esa canción usted termina convertido en el colombiano más insultado de toda la historia de la música vallenata?, le inquiero.
El maestro lanza una risita tímida. Seguramente, me advierte Cecilia, por los días en que la salud era próspera ‘Moralito’ hubiera lanzado una carcajada sonora. Pero ahora “los días míos se están quedando sin batería, ya estoy como carro viejo, que ni pa’ lante ni pa’ trá”.

Vuelve a la historia: “Yo no fui un cobarde. Él me mandaba a decir a Guacoche, a través de versos que pregonaban los parranderos, que él me esperaba en Urumita. Un día las cosas se dieron, mi mamá me pidió que le hiciera un mandado allá. Zuleta me esperaba en una ‘cumbiamba’ en la que estaba tocando. El hombre ya estaba muy borracho, así que cuando comenzó a retarme le pudo el trago y confesó que en ese estado no podía tocar bien”.

‘Moralito’, recuerda, se apoderó del trono abandonado y continuó la fiesta. Luego se enteró de que, al día siguiente, Zuleta había vuelto a buscarlo para medirse por fin en igualdad de condiciones, “pero como yo no sabía, pues no me encontró. Como andaba en mi burrito, yo tenía que ‘mañaniar’ (madrugar) para seguir mi camino. Y de eso fue que él se pegó para llamarme cobarde y negro yumeca (forma de ofender a los desarraigados de la zona bananera), para decir que no tenía cultura por haber nacido en los cardonales. Y lo peor, que me había caído la gota fría”.

¿Nunca pensó en desquitarse?, le pregunto. “Pues le hice uno que otro verso, donde yo lo llamaba blanco ‘descolorío’, pero eso a mí no me importaba, sabía que luego de ese episodio a nosotros nos iba a ocurrir lo mismo que a los boxeadores: después de tanta paliza no nos quedaría más remedio que darnos un abrazo”.

Y se dieron muchos. El último fue el de aquel sábado, en esa cama de hospital donde agonizaba el compadre, quien terminó por componer ‘La gota fría’ en 1942. Seis años después la grabó Guillermo Buitrago con el nombre ‘Qué criterio’. En el 64, ‘Colacho’ Mendoza la grabó con acordeón con el título que hasta hoy se le conoce.

Y así, con un abrazo de amigos, terminaban también cada una de sus incontables presentaciones en tarima, después de que Carlos Vives internacionalizara esa canción, que terminó en la voz de Julio Iglesias y en los acordes de la Orquesta Sinfónica de Francia. Tras el rescate de esa emblemática pieza musical, al par de viejos los llamaban para presentarse por el país. Todos querían comprender cómo era eso de que dos amigos del alma podían insultarse a verso limpio.

Fue una etapa que disfrutaron como niños, “montando en avión y comiendo en hoteles”. Una época que favoreció sobre todo a Emiliano Zuleta que, según cuentan, en un par de años por conciertos y regalías recibió más de $400 millones. Dinero que nunca había visto en su vida.

A ‘Moralito’, en cambio, sólo le quedó una fama injusta, que su hija Lucy reconoce con tristeza: “Se cree que la historia musical de mi papá empieza y termina con ‘La gota fría’, pero él compuso sones, paseos y puyas, y tiene un pocotón de canciones inéditas”.

Lorenzo prefiere verlo con otros ojos. Piensa que la suya es una suerte rara de perdedor que salió del combate con los brazos en alto. “Siempre he creído que al que le van a dar le guardan, aunque mi compadre me trató mal (risas). Yo salí ‘ganancioso’ porque mucha gente aún piensa que ‘La gota fría’ la compuse yo, pero con el bolsillo ‘pelao’, no porque mi compadre fuera tacaño, creo que más bien fue olvidadizo. Qué importa, a mí la plata me ha desprotegido siempre”.

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Amainando el calor sofocante de Valledupar con un vaso de limonada, Julio Oñate Martínez, investigador cultural, intenta explicar, sentado en una casa del barrio Los Mayales, por qué la figura y la obra del maestro Lorenzo Morales parece naufragar en el olvido, pese a que en 1999 fue declarado Rey vitalicio del Festival de la Leyenda.

Convencido de que ‘Moralito’ ganaría en la categoría de canción inédita, para Oñate “ni siquiera los organizadores del Festival tienen la dimensión de lo que representa Morales, un compositor prolijo que dejó para la historia del vallenato clásico piezas inolvidables como ‘La primavera florecida’, ‘La malena’, ‘Amparito’ y ‘El errante’. En todo caso, creo que lo que afectó a Morales es que no tuvo una descendencia que perpetuara sus canciones, distinto a Emiliano Zuleta, cuyos hijos son músicos de talento comprobado”.

Dueño de una lírica auténtica, Oñate destaca en este juglar nacido en Guacoche, Cesar, su capacidad para convertir sus canciones en crónicas extraordinarias que narraban el acontecer de su región. “Como la vez que compuso ‘La mala situación’, que habla de las dificultades de los agricultores de maíz cuando el clima es adverso y las cosechas se echan a perder y encima los bancos no hacen préstamos para arrancar de nuevo”.

Doña Juana Herrera, madre de ‘Moralito’, no advirtió esas virtudes tempranas en su hijo, ni siquiera porque a los 12 años el muchacho tocaba el acordeón con solvencia, después de aprenderlo a oídas de su hermano Agustín, quien solía comprar sus acordeones en la zona bananera por los días boyantes de la United Fruit Company.

A los 17 era mirado con respeto. Y muchos, incluso, lo creían heredero de la nota alegre de ‘Chico’ Bolaños, reconocido juglar de comienzos del Siglo XX. Su consagración como acordeonero llegó cuando se impuso sobre Abel Antonio Villa, entonces un músico curtido en parrandas y correrías por todo el Magdalena Grande.

‘Moralito’, así, se inscribió en las páginas del arte narrativo popular de Valledupar junto a decimeros, improvisadores y cuenteros, y esos trashumantes mujeriegos y fiesteros que alegraban corazones a punta de canciones y paliaban la nostalgia de los estudiantes de provincia del Liceo de Santa Marta. “Cuando yo llegaba a una parranda era como un ángel entrando a una iglesia, todo el mundo me esperaba”, reconoce Lorenzo, sin falsa modestia. Pero un día
—recuerda— agobiado por ‘la mala situación’ y el escaso dinero que dejaba el acordeón, silenció la música y compró una tierrita “en la Sierra del Perijá, cerca a Codazzi, Cesar, y me puse a sembrar café”.

El destierro duró más de 20 años y tomó por sorpresa a los parranderos, “que se sintieron huérfanos de fiesta por culpa mía”. Uno de ellos, Leandro Díaz, arrastrado por la pena del juglar ausente, compuso ‘La muerte de Moralito: Si fuera un mexicano el que acaba de morir, corridos y rancheras todo el mundo cantaría/ pero murió Morales, ninguno le oyó decir/ murió poéticamente dentro de la serranía.

Las mujeres también sintieron ese vacío. Eso dice ‘Moralito’ con picardía, mirando de reojo a la ‘Seño Ana’, la última de sus mujeres, que vive junto a él, también en silla de ruedas, en esa casa del Primero de Mayo. “Ellas me perseguían ¡y yo qué culpa! no ve que siempre andaba bien vestido y perfumadito”.

—Y, ¿cuántos hijos maestro?
Ay, mijita, si me pusiera a hacer la cuenta le quedaría debiendo al Bienestar Familiar. Creo que son como 40, y como 80 nietos. Ahora que me pregunta, hace rato que no veo a un pelaíto nuevo por la casa diciéndome: “Ajá, abuelito”.

—¿Y la ‘Seño Ana’ cómo le lidiaba tanto romance?
Ella nunca ha sido mujer celosa. Con decirle que una vez se enteró que tenía cuatro mujeres a la vez y me dio plata para que no fuera irresponsable con ninguna.

—Me imagino que descansó el día en que usted colgó el acordeón, después de la muerte de su compadre Emiliano Zuleta...
—Imagina mal. Ella sabe que cuando miro mi acordeón me da mucha nostalgia. Pero, cómo hace uno, si el tiempo no perdona y las fuerzas se van acabando, así como se acaban las cosechas y las subiendas. Si Dios no me ha querido llevar es porque no me necesita todavía. Y yo no le pienso llevar la contraria...

Verdades detrás de una película


Después de recibir la ovación de la Berlinale y el Festival de Cine de Guadalajara, está en las carteleras colombianas ‘Retratos en un mar de mentiras’, ópera prima con la que el director bogotano Carlos Gaviria plasmó su mirada sobre el paramilitarismo. Confesiones de un cineasta sin agüeros.

Por Lucy Lorena Libreros

Una mirada más amable del país podría denunciar mucho mejor el problema de los desplazados. Piense en el cine italiano que es tan bello en la narración de asuntos trágicos. Si fuera a una sala de cine saldría, sin duda, desilusionado después de ver esta película”...

El realizador Carlos Gaviria tenía enfrente a José Obdulio Gaviria la tarde en que el hombre soltó aquella frase lapidaria. Ocurrió hace cerca de un año. Vestido de gabán negro, el hasta hace poco consejero de primera línea del presidente Álvaro Uribe había cumplido con rigurosidad la hora pactada para una cita a la que también asistió el entonces senador Gustavo Petro.

¿Cómo terminaron sentados en la misma sala de la casa dos formas tan antagónicas de concebir el mundo?

Ambos —recuerda el cineasta— habían llegado, por sugerencia de una periodista, hasta su estrecho apartamento en Bogotá para observar y luego analizar ‘Retratos en un mar de mentiras’, la ópera prima que Carlos aún no había mostrado en festival alguno; 90 minutos que le alcanzaron para narrar la historia de Marina, una joven que siendo niña vio morir a sus padres a manos de los paramilitares de Córdoba, situación que la obligó a deambular por el país hasta terminar en un barrio de miseria de la capital colombiana, como una desplazada más.

El dueño de casa escuchó con paciencia a los interlocutores. La charla tomó casi dos horas y mientras Petro aseguraba que acababa de ver una “realidad palpitante y trágica”, José Obdulio volvía a la carga: “Si lo que se quiere es hablar de política y de denuncia, yo jugaría más con la cámara para recrear otras cosas del país, sin sacrificar la historia”.

Carlos embistió las críticas con la misma tenacidad con la que se sumergió durante años, casi 20, en las entrañas de un fenómeno social que, dice, aún no termina de entender. Escuchó con paciencia los comentarios. Tomó notas. Habló cuando los ánimos de los invitados le dieron espacio y ante los dos —sin poses de sociólogo, sino con corazón de ciudadano— reconoció que su propósito con la cinta había sido elemental: retratar el país que encontraba todas las veces que regresaba de sus viajes por el exterior.

Carlos recuerda haber dado las gracias después del encuentro. Desde la puerta, vio marcharse a las decenas de guardaespaldas que habían invadido las escaleras del edificio donde vive. Únicamente al final de la extraña cita, solo en esa sala, presintió que cuando su película llegara a la cartelera generaría seguramente, como aquella tarde, muchas voces de rechazo y muchas voces solidarias. “Ese es el país que tenemos: dividido entre aquellos que pretenden ignorar lo que sucede y otros que intentan tomar conciencia para que las tragedias no se nos olviden”, se le oye decir.

Y ese estreno será pronto. Desde el otro lado del teléfono —en Los Ángeles, California, donde concreta alianzas para la distribución del filme— Carlos Gaviria asegura que su película arribará a las salas de cine de Colombia antes del 15 de mayo.

Lo dice aún con la emoción de haber arrasado en la pasada versión del Festival de Cine de Guadalajara, el más importante de Latinoamérica, donde ‘Retratos en un mar de mentiras’ se alzó con los premios a mejor película y mejor actriz (para Paola Baldión), además de recibir una recomendación del jurado para los Golden Globe y el premio paralelo de Distinción de Latinodifusión.

Su película ya se había paseado, en febrero pasado, por el Festival de Cine de Berlín, donde fue seleccionada —en un hecho sin precedentes en la historia del cine nacional— para competir por el Oso de Oro en la sección ‘Generation 14 Plus’ que busca mostrar a públicos jóvenes filmes que los inviten a la reflexión. Esos mismos muchachos son los que al final sirven de jurado.

Lo propio había ocurrido en el Festival de Cine de Cartagena de este año, donde después de ser favorita de la prensa y el público se llevó a casa la distinción a mejor ópera prima.

Tantos premios, sin embargo, no consiguieron extraviar el propósito que Carlos tiene con el filme desde que comenzó a concebir el guión hace casi dos décadas: lograr que a los colombianos no se les olvide que sus calles y sus montañas las siguen recorriendo, sin suerte, cerca de cuatro millones y medio de desplazados.

Carlos, ¿será que los colombianos sí necesitamos otra nueva película sobre el conflicto del país?
Por supuesto que sí. Durante muchos años, nosotros nos hemos comido el cuento de que vivimos lejos de los problemas. ¿Secuestro, desplazamiento? Son problemas de otros. De alguna forma, tal como los protagonistas de ‘Retratos en un mar de mentiras’, nos hemos vuelto ingenuos; en la película ellos creen que les devolverán fácilmente las tierras que les fueron arrebatadas hace años por los grupos violentos.

¿Y en qué sentido cree que los colombianos hemos sido ingenuos frente al tema?
En que la gente de verdad piensa que a los campesinos les están devolviendo sus tierras, que los ‘paras’ se acabaron. Todo eso, en mi opinión, es un mar de mentiras.

Cuando lo pone en esas palabras, ¿no teme que su película termine pareciendo panfletaria?
No lo creo así. Cuando pensé en el título de la película, inmediatamente vino a mí la palabra retrato, porque yo no pertenezco a ningún partido, a ninguna ideología. Y alejado de todo eso lo que quise hacer fue un retrato honesto del país, hablar en nombre de las víctimas. Me parece increíble que no haya más películas de este tipo. Es más, siento que más que política, lo que el filme tiene es una carga de humor negro, porque los que no creemos en ideologías —que somos al menos la mitad de los colombianos— somos capaces de encontrar humor hasta en las historias más desgarradoras.

Pero, ¿no cree que lo que nos llega de los noticieros, lo que leemos en la prensa, no contiene ya información suficiente para formarnos una realidad del país para además tener que buscarlo en una sala de cine?
Es una percepción discutible. El cine es arte, y una de las funciones del arte es hacer catarsis, hacer reflexionar a través de la realidad. El cine siempre ha buscado el drama y se basa en escenarios de contradicción, así ha sido el cine norteamericano por décadas. Imagínese una historia llevada al cine en la que todos estén de acuerdo, sería aburridísimo.

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El ‘Negro Gaviria’, como lo llaman sus amigos de toda la vida, habla desde su BlackBerry. Las preguntas parecen no incomodarle. Interrogantes de ese tipo se los han planteado periodistas de Francia, de Alemania, de Estados Unidos, de México. A todos les ha insistido: “La película es un reflejo de lo que yo siento por Colombia”.

Cristian Valencia, cronista samario que lo conoce desde hace varios años, le cree. El interés de ‘El negro’ —anota el periodista— no era hacer política, lo que hizo fue recoger una opinión que está en el ambiente: que muchos colombianos aún padecen la violencia que golpea a diario a este país. Y lo logró, creo yo, sin ser un ‘mamerto’. Lo que hizo, más bien, fue convertir un tema tan denso como el desplazamiento en una hora y media en la que el espectador atraviesa por todos los estados del alma, desde la risa a las lágrimas”.

En eso, en agitar los sentidos a través de las imágenes, Carlos Gaviria ha sustentado su carrera. Este bogotano de 53 años comenzó como camarógrafo de televisión, a mediados de los 80. Después, comenzó a dirigir en la pantalla chica series tan polémicas como ‘Mujeres asesinas’, que se vio en todo el continente a través de Fox, y el año pasado terminó las grabaciones de ‘Rosario Tijeras’, serie de 60 capítulos que se emite actualmente.

En su hoja de vida se leen, igualmente, otros detalles curiosos: este hombre ha sido el cerebro detrás de los cabezotes de novelas tan recordadas como ‘Yo soy Betty, la fea’, ‘La costeña y el cachaco’, ‘La madre’, ‘El fiscal’ y ‘Hasta que la plata nos separe’.

Gaviria también ha hecho presencia, durante más de una década, en la televisión de Estados Unidos, país al que llegó para estudiar cinematografía después de ganar una beca con Focine. Dirigió un documental, que también produjo, al que llamó ‘Declaraciones de guerra’, (2004) y la ‘Ley del silencio’ que se emitió con éxito en Dallas, Texas. También dirigió los documentales ‘Segundos’ (1994) y ‘Minas’ (1995).

Fueron años de trabajo imparable, en los que figuró también como director de fotografía en cine y televisión. Su talento, incluso, lo dejó a las puertas de Discovery Channel y National Geographic, donde colaboró en investigaciones de largo aliento. Incluso, la Unicef patrocinó un documental suyo que después se emitió en más de 300 canales de todo el planeta dedicado a la celebración de los 500 años de América.

La pregunta es obligada: después de tantos años en televisión, ¿de dónde nace la iniciativa de hacer una película?
Fue una idea que siempre tuve en la cabeza. El guión comencé a escribirlo hace más de 15 años, cuando iba y venía del país. Y cada vez que pisaba Colombia me llegaban a la cabeza las mismas preguntas: ¿Qué está pasando aquí? ¿Cómo es posible que todo esto ocurra? La historia fue sufriendo muchas modificaciones, porque desde esa época se hablaba de paramilitarimo, pero no de la secuela del desplazamiento. Al final lo que plasmé fue lo que siempre quise contar: el retrato de una colombiana golpeada de forma tan fuerte por la violencia que termina, producto del estrés postraumético, casi sin habla y con amnesia. Una mujer que termina viviendo el drama común de todos los desplazados: engrosando la periferia de las grandes ciudades.

Para que una película refleje la magnitud de una problemática como ésta se necesita una sesuda investigación, ¿cómo fue ese proceso en ‘Retratos en un mar de mentiras’?
Durante un año, viajé junto a Erwin Goggel (productor de la película, también colombiano) por diferentes rincones del país afectados por el fenómeno de los desplazados. Conversamos con víctimas en Bogotá, en Montería, en Cartagena. Eran rostros distintos, pero unidos por el mismo dolor de haber perdido a esposos, a padres, a hijos, a hermanos. Nos nutrimos de esas historias. Marina, la niña que ve morir a su mamá en una casa incendiada existe realmente.

***

Una vez amasada la historia, el asunto se echó a rodar en un pueblito que cuesta trabajo reconocer en los mapas: Riocedro, en el departamento de Córdoba.

Hasta allá llegó Carlos Gaviria, devoto del Buñuel que contó tantas veces a España y a México, y de Fellini, que escandalizó al mundo con su ‘Dolce Vita’. Llegó además un psicólogo para hacerles entender a todos qué es eso del estrés postraumático que han padecido todas las víctimas de las guerras.

Llegó Julián Román para interpretar a Jairo, primo de Marina, un colombiano típico de barrio popular optimista y vivaracho; llegó Edgardo Román para ‘dibujar’ al abuelo de la protagonista, y llegó también Paola Baldión, desconocida para el cine —se había asomado con timidez a la televisión— para encarar, con acierto, el viaje físico y emocional de Marina. El aspecto adusto y el mutismo de la jovencita sobre la que se sustenta todo este relato de un pasado que a pesar de tantos años sigue golpeando.

Y llegó además un Renault 4, “el más colombiano de todos los carros”, como lo define Gaviria. Porque ‘Retratos en un mar de mentiras’ quiso convertirse en la primera ‘road movie’ realizado en Colombia, un género cinematográfico cuyo argumento se desarrolla a lo largo de un viaje.

Y es que los protagonistas, en efecto, emprenden un periplo que los aleja del paisaje plomizo de Bogotá y los introduce, con el pasar de los kilómetros, en un paisaje de páramos y valles, donde el esmeralda de las montañas a veces se confunde con el azul de los ríos. Así, hasta arribar a un pueblo de la Costa Atlántica.

Y, mientras eso ocurre, canta entonces la ‘María mulata’, acompañada de esa deliciosa flauta que se esculpe en los Andes. Canta para preguntar “a dónde van las voces que oigo en mis sueños, quién oculta qué, quién las silenció”. Y el Renault 4 avanza en su camino. Y la historia de Marina, que anhela junto a su primo recuperar las tierras que alguna vez fueron de los suyos, sigue también su curso.

Al término de ese recorrido, al final de la película, Carlos ha visto en el extranjero cómo los espectadores se ponen de pie para aplaudirlo. Él, lo confiesa, se ha preguntado a veces si son aplausos para reconocer su apuesta visual o para celebrar que en sus países no ha llegado todavía ese dolor de personas que, de un día para otro, terminan siendo de ninguna parte.

“Lo sentí en México, en el festival de Guadalajara, cuando se proyectó la película y la gente me comentaba, con asombro, que sobre Colombia siempre habían escuchado hablar de narcotráfico y guerrillas, pero nunca sobre desplazados. Les sorprendía que a un país pudiera ocurrirle eso en semejantes proporciones”, recuerda Gaviria.

Pero eso suena extraño, Carlos. Finalmente, en el último par de años, la violencia se ha ensañado como nunca antes con México...
Claro, y ellos son los primeros en reconocer que ahora padecen el narcoterrorismo que nosotros sufrimos años atrás. Entonces, cuando ven una película como ‘Retratos en un mar de mentiras’, inevitablemente piensan que a los mexicanos les va a ocurrir lo mismo, que van por el mismo camino.

De alguna forma se equivocó José Obdulio Gaviria cuando advirtió que el espectador sentiría desilusión después de ver su película...
Sería muy vanidoso que yo le respondiera eso. Cada espectador se hace a su propia opinión después de ver la película. Yo a lo único que aspiro es a que mi película no genere indiferencia.

El día en que Niche encontró la clave

Los salseros celebran este año tres décadas del nacimiento del Grupo Niche, después de la salida del álbum 'Al pasito'. ¿Cómo cambiaron Jairo Varela y sus muchachos la forma de bailar y cantar este género? Recuerdos afinados.

Por Lucy Lorena Libreros


Lisímaco Paz lo recuerda bien. Sentado detrás del mostrador de su vieja tienda de discos de la Calle 11, en pleno centro de Cali, y acechado por las miradas que desde los acetatos lanzan Henry Fiol y Héctor Lavoe, el veterano coleccionista estruja sus nostalgias salseras y trae a la mente la imagen de un vinilo de 45 revoluciones que le llegó a las manos hace tres décadas, prensado por discos Daro: ‘Al pasito’.

De ritmo contagioso, pero extraño a los oídos de los rumberos de entonces —acostumbrados a agitar los pies con el golpe setentero que llegaba del Bronx— aquel ‘longplay’, reflexiona Lisímaco, “comenzó a cambiar la manera en que los caleños escuchábamos salsa; esa vaina sonaba distinto”.

Esa vaina no había nacido del piano con sonido bestial de Richie Ray. Tampoco de las calles del Obrero donde ‘El jefe’ Daniel Santos, con su tumbao de guarachas, había impuesto el desorden. Aquel coro que pregonaba “no es pa’ saltarlo, mire es pa’ sentirlo, si quiere repetirlo, hay vuélvelo a poné” vio la luz en Bogotá, muy lejos de los ‘grilles’ de Cali donde bien se podía llevar el ritmo con el tintineo de los vasos sobre la mesa.

Corría 1979 cuando Jairo Varela, un chocoano flaco y con catadura de náufrago, recorría las calles bogotanas, tocando sin suerte a las puertas de las casas disqueras con melodías que contaban en sus filas con el músico Aléxis Lozano en el trombón y con Antonio Oxamendi en el piano. Comenzó por las grandes, pero estas se negaban a tirar sus cartas por el bendito ‘Al pasito’ y por un grupo de soñadores, —arrullados casi todos a orillas del Atrato— que después, en 1980, habrían de bautizarse como Grupo Niche.

De esos días de puertas que se cerraban en las narices se acuerda bien Pablo Delvalle, investigador musical de ritmos caribeños, que vivía por esa época en la capital del país. “Fueron días difíciles en los que no sólo las disqueras, salvo Discos Daro, se negaban, también las emisoras; la Bogotá de hace 30 años no gozaba de la fortaleza salsera de hoy; esa salsa que proponía Varela les parecía una apuesta demasiado arriesgada”, dice Delvalle.

Jairo Varela, el capitán de ese barco que embistió olas pesimistas, también evoca sin dificultades esos días pedregosos que vivió en la Avenida 19, como si hubiese ocurrido hace apenas unas horas y no una treintena de años atrás. “Decían que estábamos locos, cuando nos veían pasar a Aléxis (Lozano) y a mí gritaban allá van los chocoanos. Apenas nos reíamos, seguros de que algún día seríamos grandes”.

El presentimiento, sobra decirlo, se cumplió. Y sigue afinado. El único error de cálculo, reconocen ahora muchos, estuvo en pensar que el punto de partida era Bogotá y no Cali, donde finalmente la orquesta echó raíces. Con todo, estudiosos de la salsa y rumberos insobornables reconocen hoy que la llegada de Niche a la escena salsera del país supuso un antes y un después. Cambió la forma en que se bailaba, se cantaba y se producía este género.

El primero en defender la tesis es Rafael Quintero, escritor y crítico musical. Según dice, las orquestas que existían por esa época en la ciudad —como ‘La gran banda caleña’ y ‘La octava dimensión’— tenían un “efecto local”.

La ciudad, explica el escritor, tenía arraigado el espíritu salsero, pero aquello sólo se veía reflejado en los coleccionistas que guardaban verdaderas joyas de este género, en los bailarines famosos, en que las casetas estuvieran a reventar en cada Feria, pero no se reflejaba en la producción musical. “Niche llegó sentó cátedra y les enseñó a esas orquestas que no sólo podían sonar como las grandes sino alcanzar un sonido internacional”.

De hecho, anota Quintero, “cuando el grupo comenzó a sonar la gente se confundió. Tenía un sonido tan profesional que no pocos creían que se trataba de una nueva orquesta puertorriqueña”. Pero no había que llamarse a engaños: “Jairo había llegado a la salsa con clave propia. Y mientras ‘Fruko y sus tesos’ seguían mezclando salsa con porros y cumbias, Niche irrumpió con el sabor de barrio y el sabor de los ‘griles’”.

Lo cree también el escritor Umberto Valverde: “Con Niche no nació la salsa en Cali, pero sin duda fue responsable de consolidarla. Nadie puede negar el talento para componer de Varela, herencia de su madre María Teresa Martínez, una intelectual del Chocó. Pero pocos han detallado la sofisticación que desde un comienzo le imprimió al manejo de los vientos. Es un perfeccionista; yo mismo lo he visto grabar hasta 25 veces un trombón para un mismo disco. Después pregunta ¿Cuál sonó mejor? Eso sólo lo sabe él, que pule cada detalle, a uno le suenan igual”.

Y Jairo Varela, en efecto, aspiraba a que su música no sonara igual a la que ya se escuchaba en la ciudad, cuando Joe Quijano se quejaba de que “hay una confusión en el barrio”, cuando Rubén Blades contaba que a Pedro Navaja lo había visto pasar con “el tumbao que tienen los guapos al caminar”. Cuando ‘La lámpara’ encandilaba en la Calle 15 y ‘Honka monka’ era destino obligado en la Octava.

Varela, lo reconoce, no quiso anclarse en la salsa de los 70, en la visión romántica de esa salsa brava con la que Johnny Pacheco y sus estrellas de la Fania iluminaron el firmamento salsero. Cuando le daban chico a ese ‘desconocido’ en ‘El escondite’, por entonces una de las discotecas más famosas de Juanchito, tomaba prestada la tradición salsera tantas veces bailada, pero la adaptaba a sus propias letras y sus propios sonidos.

Aunque muchos aún no se ponen de acuerdo, Pablo Delvalle asegura que Niche marcó la diferencia con otras orquestas con la incorporación a la salsa de sus raíces del Pacífico. Eso se nota —apunta del Valle— en canciones como ‘Mi negrita y la calentura’ donde se percibe la influencia de la mazurca, el danzón, la chirimía. “Antes de eso, el caleño había aprendido que lo bueno era lo llegaba de Puerto Rico y Nueva York; incluso hasta del Perú, con Alfredo Linares y Lucho Macedo, pero cuando sonó ‘Al pasito’ fue como sentir un lamento guajiro cubano en clave chocoana. Jairo no miró hacia fuera del país, como hicieron todos, lo hizo mejor: miró hacia dentro y le funcionó”.

Varela no lo niega, como tampoco que las herencias musicales con las que se crió también tenían cabida para la Sonora Matancera y la Fania. “Simplemente me nutrí de todo eso y las combiné con mi visión de cómo debía sonar la salsa”.

Fue esa mezcla, señala José Aguirre, productor y trompetista que durante años trabajó con Niche, la que consiguió que los caleños se identificaran con los sonidos de esta agrupación. “Era una afinidad que se expresaba en las letras, en que le cantara a los lugares emblemáticos de Cali, que exaltara sus mujeres y sus paisajes, pero que al tiempo también dejara espacio para reconocer los problemas de su raza y del Pacífico. Y eso sin perder el ritmo”.

Valverde —que editó hace unos años con la Universidad del Valle ‘Con la música dentro’, libro en el que recoge experiencias de Varela y su orquesta en diferentes etapas— no desconoce esas virtudes, pero pondera que por encima de los mensajes de sus letras, “a Niche y su director nunca se le ha olvidado que su música es para bailar”.

Que se disputara de tu a tu con los puertorriqueños los territorios de la salsa y a punta de letras y arreglos musicales modernos son, a juicio de Rafael Quintero, dos de las claves que permiten entender porqué la aparición de Niche partió en dos la historia de la salsa colombiana.

“Y entonces a eso le sumó su extraordinario manejo de los coros, la gran mayoría de sus canciones tienen hasta dos y tres (cosa que heredó de la Sonora Matancera); además de un uso innovador de los vientos, utilizó los trombones y trompetas de la salsa pesada, pero los adaptó a su propio estilo. Antes de Niche, eso no sucedía en la salsa”, agrega Quintero.

Punto a parte, destaca Aguirre, fue la proyección internacional que alcanzó la salsa colombiana de la mano del Grupo Niche. En 1986, recuerda el productor, cuando el ‘Cali pachanguero’ era un himno obligado de la rumba, por primera vez una orquesta nacional se presenta en el majestuoso Madison Square Garden de Nueva York; y en 1989 protagonizó conciertos tan memorables, como aquel que ofreció ante un millón de personas en Campo de Marte, del Perú. Ese mismo año comenzaría su conquista de Europa y de varios discos de oro.

De no haber edificado su trayectoria sobre esas fortalezas musicales, —apunta Valverde— otra hubiese sido la suerte de la agrupación durante los cuatro años en que Varela permaneció en la cárcel acusado de enriquecimiento ilícito. “Otra hubiera sido la suerte y sus seguidores no le hubieran perdonado tampoco que se reinventara dentro de las distintas corrientes de la salsa en estos 30 años, así a muchos puristas eso les molestara”.

Así lo cree también Lisímaco, detrás del mostrador de su vieja tienda de discos. Justo donde hace 30 años lo asaltó el presentimiento de que Cali había encontrado un nuevo ‘pasito’ para bailar la salsa.

Hombre de palabra


El profesor Fernando Ávila tiene el raro hábito de cazar gazapos en la calle, resolver dudas ortográficas de sus amigos y atender llamadas, tarde en la noche, para responder si bonsái lleva tilde o no. Lejos de mortificarle, enseñar el correcto uso del español le divierte. Confesiones con buena ortografía.

Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Raúl Palacios / Colprensa

Sí, al profesor Fernando Ávila lo han corchado alguna vez. Le han preguntado, por ejemplo, cómo se escribe ‘kárdex’, un fichero que se utiliza en las empresas para controlar las cantidades y los costos de las mercancías que entran y salen. Ese día enmudeció. No supo qué decir. Apenas si alcanzó a pedirle a su interlocutor un correo electrónico al que pudiera enviarle, horas más tarde, una respuesta rigurosa.

También le ha ocurrido con palabras que no creía ajenas. Una señora, en uno de esos talleres que Ávila dicta por todo el país, le increpó sobre la escritura de un vocablo del que se valen las abuelas para referirse a los hombres que no conocen de modales. De nuevo un silencio incómodo. Sólo salió de la duda cuando esculcó las páginas de un antiguo diccionario de colombianismos que tenía en casa: ‘atarván’, sin h, con v y con tilde en la a.

Otras veces, que son la mayoría, este profesor bogotano de 58 años, una autoridad para cazar tildes y comas en el lugar equivocado, resuelve incertidumbres idiomáticas con la extraña virtud de trasmitir su sabiduría como si se fuera un asunto de coser y de lavar.

En esas se la pasa todo el tiempo: no falta el periodista que lo asalta con una duda sobre el ‘de que’; el amigo que lo despierta a altas horas de la noche para averiguarle si bonsái se tilda o no; el ejecutivo exitoso, que sin embargo se ve en aprietos cuando debe distinguir entre el sujeto y el predicado; no falta el conocido que se cruza con él en la esquina y lo saluda con un “ya que te veo, quisiera saber si”… Todos lo escuchan con oídos benévolos y crédulos.

Miles de colombianos más no tienen esa suerte. Entonces se aferran a los libros de Ávila como náufragos al último salvavidas del barco. La lista de sus títulos es larga, y didáctica y, mejor que eso, útil: ‘En busca del vocablo preciso’, ‘Dígalo sin errores’, ‘Manual de redacción periodística’, ‘Español correcto para Dummies’ (que se vende en más de 15 países) ‘Cómo se escribe’, ‘Cómo se conjuga el verbo’.

Este año, de la mano del Círculo de Lectores, tomó prestado lo mejor de su experiencia de 30 años en estas lides y volvió a la carga con ‘La vuelta al español en 80 guías’, una colección de 8 títulos que no persigue propósito distinto al de lograr que los hispanohablantes —que sumamos cerca de 450 millones en el mundo— redescubramos nuestra lengua, la escribamos bien y la pronunciemos mejor.

El suceso editorial asaltó las librerías hace apenas un par de meses con los dos primeros textos, ‘Puntuación sin misterios’ y ‘Redacción lógica, inteligente y eficaz’, y fue necesario dar la orden para una segunda edición. Ambos se agotaron velozmente.

Él, feliz. “Mi propósito es que la gente vuelva a poner los ojos en su lengua materna. Gastamos mucho dinero y mucho tiempo aprendiendo idiomas extranjeros, eso no está mal. Pero sería bueno en algún momento volver al propio, repasarlo. Sé de mucha gente que prefiere pronunciar los términos en inglés porque ‘le da oso’ hacerlo en español. Y eso sí que no está bien”.

***
La culpa de que Ávila terminara convertido en una rara especie de vademécum del español se la achaca, él mismo, a la educación de hierro que recibió siendo alumno del Instituto del Carmen, en Bogotá, donde la norma no sólo se estudiaba, se respetaba. Sentado en la sala de su apartamento, desde donde decidió evocar sus inicios en esta batalla inacabada que es la defensa del idioma, Fernando recuerda que en esa época la gramática era la reina del pizarrón por encima de las matemáticas y el inglés.

Nadie, en aquellos años, podía atreverse a llamarse bachiller si antes no distinguía entre un adverbio calificativo o uno determinativo. Si no tenía claro qué era una conjunción copulativa o una oración subordinada.

Vestido de bluyín —“no blue jean, porque así lo enseña la Real Academia”— camisa vaquera y chaqueta de cuero, el ‘profe’ Fernando, tipo sencillo y buena gente, se toma su tiempo para recordar que en esos años era obligatorio “aprenderse de memoria las tablas de conjugar los verbos y las desinencias de los vocablos”, es decir, sus partes finales, esas que pueden indicar algún tipo de variación gramatical, como el género, el número o el tiempo verbal.

“Hoy en día —se lamenta— a los profesores les preocupa más que sus muchachos expresen sus emociones a través de la palabra. ¿Cómo lo hacen? Eso es lo de menos. Por eso, muchos de esos jóvenes se gradúan sin saber siquiera qué es una esdrújula”.

Ese fue el punto de partida de su veneración por la lengua de Cervantes. Después de graduarse en bellas artes de la Universidad Nacional, se especializó en redacción en la Universidad de Navarra de España. Dedicó años a estudiar filosofía y diseño gráfico; también coqueteó con el periodismo y trabajó en el departamento de reportajes de Europa Press, en Madrid, bajo la tutela del maestro José Luis Cebrián.

De regreso al país, intuyó que en adelante el castellano bien escrito sería una causa irrenunciable y decidió dedicarse a la docencia en varias universidades hasta que Rafael Santos —entonces director del periódico El Tiempo— lo sorprendió con la propuesta de adueñarse, como novedad en Colombia, de una figura que iniciaron los diarios suecos y prontamente asumieron los anglosajones en sus salas de redacción: el ‘ombudsman’.

Corría 1996 cuando nació en ese diario el ‘Defensor del lenguaje’, un personaje que no velaría porque las noticias tuvieran el cómo, el qué y el cuándo. Era simple: Ávila debía asegurarse de que la información estuviera correctamente redactada, con cada signo en su lugar.

Han pasado cerca de 15 años desde entonces y el diagnóstico del profe Ávila sobre los errores que asaltan a los colombianos cuando se trata de enfrentar la hoja en blanco, así sea para escribir una carta elemental, sigue siendo el mismo: le huyen al ‘de que’, están esperanzados en que el computador resuelva todas las tildes y no saben cuándo escribir con mayúsculas y minúsculas.

Son errores —advierte el profesor— sobre los cuales siempre será necesario insistir. Desde la sala de su casa comienza a dar cátedra: “Muchos me han confesado en los talleres que se atienen a las tildes que coloca automáticamente el PC, como si una máquina pudiera distinguir entre ejército, ejercito o ejercitó. Otros más sienten una especie de ‘dequefobia’ y se atreven a escribir ‘se dio cuenta que’ “porque el ‘de que’ les parece horrible”.

Entonces, en esos momentos Fernando lee, subraya, corrige y da argumentos de peso sobre la causa del error. No siempre puede hacerlo. Tentado siempre a cazar gazapos en cuanto letrero advierte en la calle o volante le llega a las manos, a veces debe resignarse a pasar de la ‘ferreteria’ a la ‘drogueria’ o transitar por una ‘cicloruta’ chueca a la que le falta una doble r.

El dolor es más punzante cuando se topa con libros mal escritos. El profe recuerda un ejemplar sobre el Cartel de Cali, escrito por Fernando Rodríguez Mondragón, y —como si no llevara tres décadas repasando errores ajenos— se sorprendió de que “un libro editado por una firma reconocida y que se vendía en las librerías, tuviera hasta 20 errores de ortografía y puntuación en una misma página”.

¿Acaso no se supone que la forma más expedita de tener buena ortografía es leyendo en cantidades? “No se supone. Es así. Por eso me parece inaudito que una persona no termine comprando un libro, sino una lección de errores. Eso pasa cuando se privilegia la coyuntura y la novedad por encima de la exigencia en el lenguaje. Flaco favor se le hace al idioma con estos libros, que por tratarse de literatura sobre el conflicto, se sabe que tienen gran demanda entre los lectores”.

Pero el profe Ávila insiste. En medio de tantos golpes, sigue creyendo que los colombianos son quienes menos maltratan el español, si se les compara con el resto de Latinoamérica.

Si se les pone en la balanza, por ejemplo, con los venezolanos, que esta es la hora en que insisten en decir “vinistes, entrastes y bajastes”. O con los centroamericanos y caribeños que no se sonrojan cuando incluso sus propios mandatarios dejan colar en sus discursos que “habían muchos recursos” o “habrán varios planes de gobierno”.

Y como el hombre no ha perdido la fe, mantiene el olfato agudizado para la caza de nuevos usos idiomáticos. De la jerga del tipo que vende jugos. Del muchacho que ‘chatea’. Del tipo que maneja taxi. El profe Fernando llega a su casa con esos vocablos desconocidos hasta entonces, los analiza, los confronta, los somete a discusión con sus colegas. Sólo después de eso se interna nuevamente en las calles y hace lo que mejor le resulta: enseñar.

Es ahí cuando usted le escucha decir cosas como éstas: que para referirse al servicio de internet inalámbrico se puede pronunciar wifi, tal como suena, y se puede escribir con todas sus letras en minúscula. Que la famosa ‘doble u’ es un invento de quién sabe quién, porque lo correcto es uve doble. Que ya no es necesario recurrir al inglés para referirse a la ropa interior de las señoritas, ahora se puede escribir panti. Que las estanterías que se utilizan en las ferias comerciales ya se pueden escribir con e al comienzo, ahora se puede decir estand.

Las conclusiones no siempre resultan fáciles. No es tan simple como pararse frente al oráculo de la Real Academia, como Poseidón buscando el consejo de Zeus, para hallar la respuesta rápida. “A veces la Academia no unifica criterios, como cuando tildó ‘chiita’ a pesar de ser una palabra grave terminada en vocal. O cuando el usuario encuentra que ceviche, seviche, sebiche y cebiche son todas formas correctas para referirse al mismo coctel”.

Entonces, cuando se trata de encontrar la manera de escribir una palabra que se incorpora en el español a fuerza del uso, el profe Fernando esculca la veintena de diccionarios que tiene a mano. Otras veces lo discute con filólogos. O se refugia en los hallazgos de José Martínez de Sousa, español y docente como él, “un hombre actualizado al que muchas veces le creo más que a la propia Academia”.

Otras más, acude a la Nueva Gramática Española, sendos tomos que de sólo mirarlos invitarían al letargo más profundo si no es uno el que se dedica propiamente a la defensa de las palabras. El profe Fernando no lo niega: “No nos digamos mentiras hasta a una persona como yo esos libros le pueden producir enorme ‘jartera’”.

Un pueblo de película


El rodaje de ‘Todos tus muertos’, la nueva película del director Carlos Moreno, alteró la vida de Andalucía, en el centro del Valle del Cauca. Un pueblo que, de un día para otro, se despojó del traje de ilustre desconocido que ha tenido siempre y amaneció convertido en un gigante set de grabación. Crónica.

Por Lucy Lorena Libreros


E
l nieto entró corriendo por el estrecho corredor que separa la sala del patio, esquivó con acierto las materas, evitó enredar los pies en la mecedora, le perdonó la vida al viejo televisor que recién habían movido de su puesto para barrer y aterrizó en el lavadero. Sólo entonces, con palabras perforadas por la falta de aire, soltó con dificultad su ráfaga apocalíptica: “Abuela, en este pueblo va a haber un terremoto”. Doña Esther no hizo caso y siguió abandonada a su faena de espumas y detergentes. Desde hacía rato, confesaría luego, se había resignado a la imaginación de fábula del muchacho; el mismo que una mañana le hizo soltar el cucharón sobre la olla hirviendo para que atendiera al señor que había ido a entregarle el premio de una rifa comprada por ella la tarde anterior. Únicamente cuando se vio parada en solitario en el portón de la casa comprobó que se trataba de un mal chiste.

El nieto volvió a la carga:
—Abuela, ¿no me oyes? Dicen en el parque que en Andalucía va a haber un terremoto.
—Esos son cuentos tuyos Diego, respondió la anciana, escoltada por el rumor del chorro de agua del lavadero.
—No es mentira, allá en el parque están preparando a la gente para cuando tiemble, incluso trajeron desde Bogotá a unos actores famosos que ayudarán en una campaña de prevención.

Pero ella ni cerró la llave, ni soltó el jabón. Y eso ocurría mientras, a escasas tres cuadras de aquel patio, en el parque principal de Andalucía un grupo de ‘extranjeros’ halaba cables e instalaba cámaras y reflectores. Corría el viernes 20 de febrero y ese villorrio de veinte mil habitantes, donde el tedio es un habitante insobornable, amaneció aquel día convertido en un gigante set de grabación.

Nada tenían que ver aquellas personas, cerca de 25, con una oficina de prevención de desastres como le habían contando al nieto. Eran, en realidad, los mosqueteros del equipo de producción de ‘Todos tus muertos’, la nueva apuesta cinematográfica del director Carlos Moreno (el mismo de ‘Perro come perro’), proyecto que un año atrás había ganado la convocatoria del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico del Ministerio de Cultura.

A la abuela Esther le llegó la versión esclarecida sólo días después. Antes de que eso sucediera había escuchado toda suerte de hipótesis: Que estaban grabando un comercial para la Gobernación, aseguraba Inés, su vecina. Que era la manifestación política de uno de los candidatos de turno, corregía Patricia, la que madrugaba a asar arepas. Que se trataba de un simulacro en caso de incendio, comentaba Raúl, el que entrega la leche a diario. Que era una tarea de los alumnos del Eliázar Libreros, el colegio más grande de Andalucía, pregonaban otros.

Que fuera este lugar y no otro el escogido fue un capricho de Carlos Moreno. Eso dice él. Pero a la larga, concluye uno, fue el pago de una deuda pendiente con la nostalgia: sus abuelos nacieron en este municipio y Humberto, su padre, político de fuste durante décadas, no cambió las comodidades de la ciudad por una finca en la que Carlos ha pasado sus mejores años. Así que si bien Carlos nació en Cali, no faltan los que gustan de regodearse en mieles de famas ajenas y sacan a relucir su parentesco con el reconocido cineasta. “Yo soy primo suyo”, ha escuchado decir el realizador, a cada rato, durante los días de grabación.

Por eso, quizá, no fue titánico convencer a las autoridades de rodar el filme en sus linderos. Albeiro Sepúlveda, el Alcalde, agradeció el gesto de que escogieran a su municipio y colaboró como pudo. Incapacitado para ofrecer presupuestos generosos, se le ocurrió facilitar los postes de sus calles para tomar de allí la energía necesaria para mantener encendidas las cámaras y los reflectores.

El Presidente del Concejo se sumó a la comitiva y dejó a disposición su cuatrimoto pues algunas escenas se grabarían en los corregimientos de Campoalegre y El Salto, a campo abierto. Cualquier cosa, cuenten conmigo, les dijo. Y sí, lo han necesitado un domingo, a las siete de la mañana, y él ha atendido al llamado más animado que el propio director. El cura, por su parte, no se opuso a grabar en la Iglesia si el guión lo requería. Y el comandante de Policía prestaría a sus hombres sin problema.

***

Ha pasado casi un mes desde el inicio del rodaje, hoy es martes 16 de marzo. Doña Esther no está ahora en el patio, sino en el antejardín de su casa, escoba en mano. El barullo de esa gente contadora de historias no ha cesado. Pero ella sigue sin entender en qué estaba pensando Carlos cuando se le ocurrió que en Andalucía se podía hacer cine. “Aquí, donde ni siquiera tenemos una fábrica y donde lo más extraño que se oye es la sirena a las doce del día”.

Mientras lo dice son casi las once de la mañana y a esa hora, a varios metros de su casa, una voz femenina sumerge a actores y curiosos en un mutismo rotundo. Es la voz de Claudia Pedraza, la asistente de dirección. Por cuenta de ella, la señora que a esta hora prepara el jugo del almuerzo se ve obligada a apagar la licuadora porque, así esté en el segundo piso de su vivienda, el más mínimo sonido corre el riesgo de filtrar la grabación. Lo propio le ocurre al señor que pasa por el lugar y pretende contestar la llamada de su celular y el joven que, camino a la droguería, debe continuar su marcha con la moto apagada. Dos miembros del equipo de producción vigilan que nada altere la cuadra que tienen acordonada. Nada, ni una bicicleta o un caminante desprevenido. “Preparados… silencio”.

El plan indica que se está rodando la escena 46. Álvaro Rodríguez, el popular actor de teatro y televisión, entra en pantalla. Se asoma a la ventana de una casa de fachada mandarina donde funciona ‘Espacial Stéreo’, que esta mañana suspendió su programación habitual para que el director y sus muchachos echaran su rollo. Vestido de camisa a cuadros, pantalón de dril, botas de caucho y machete al cinto, aquel es el momento en que Salvador, el protagonista, un campesino interpretado por Álvaro, llega para denunciar una masacre ocurrida en su parcela. ¡Corten! Hora de almorzar.

En las calles vecinas, una parte de Andalucía trata de no naufragar en la novedad de “aparatos y gentes venidas de otros lados”. Un grupo de ciudadanos sigue escrutando en la Registraduría las urnas de las votaciones del domingo anterior. Los dueños del Gran Circus Show promocionan el nuevo espectáculo. Dos novios se hacen promesas a la salida del colegio. Los choferes conversan sobre mujeres bajo los almendros del parque. Adriana, que vende cholados cerca de la iglesia, intenta hacer lo propio. Pero si no fuera, replica enseguida, “porque de lo que yo venda depende que coman en mi casa, allá estaría viendo cómo es que graban la bendita película, es que eso no se ve todos los días”.

Tampoco solía verse en Andalucía, recuerda la mujer, una fila tan dilatada como la que brotaba, en pleno centro, dos semanas antes de iniciarse el rodaje. Una hilera en la que “había gente hasta de tres ojos”. Eran los aspirantes a quedarse con un papel en ‘Todos tus muertos’. Era el día del casting.

El rumor de que buscaban actores naturales se regó en pocos días, como suele ocurrir en casi todos los pueblos: como una mala noticia. El ‘correveidile’ demostró ser más eficaz que el Mejoral para un dolor de cabeza. “¿Una película? ¿Aquí, en Andalucía?”. Entonces Leo, el barrendero, le contó a Elmer, el administrador de la panadería del parque; doña Gabriela, la que vende almuerzos, le pasó el dato a uno de sus sobrinos “a ver si por fin se ocupaba en algo”. Don Chepe, dueño del granero ‘El centro’, lo comentó con sus clientes y estos llegaron a sus casas no sólo con el cubo de caldo de gallina y la botella de aceite, sino con el chisme certero de que el pueblo dejaría de ser famoso sólo por la gelatina de pata que se estira en sus samanes. ¿Alguien sabe de qué se trata la película? Da igual. “Importa es que nos van a hacer célebres”, se le escucha decir a Adriana.

Nadie quiso perderse la oportunidad, a pesar de que el pueblo parecía flotar ese día en el calor más aplastante. Jhonny Cobo, el loco más popular del pueblo, pidió monedas aquí y allá, hasta que le alcanzó para pagar la peluqueada y la afeitada. Tan bien quedó, tan decente, tan de mostrar, que costó trabajo reconocerlo, todo perfumado, en la fila de 300 personas que aguardaban su turno a la salida de la Casa de la Cultura. Hasta allí llegaron también madres esperanzadas —unas cien— con sus hijos cogidos de la mano, porque parte del chisme rezaba que sería necesario un pequeño para el filme.

Ni siquiera Francisco Javier Moreno, a quien no le había llegado el rumor hasta su casa, se salvó de terminar parado frente a las cámaras recitando algunas líneas. El ingenio le había alcanzado hasta entonces para ser ayudante de bus, chofer ocasional y un obrero que pinta y estuca casas. Después de echar mano de una gracia natural que no sabía que tenía, se paró frente a la cámara y navegó en esas aguas desconocidas como pudo. Salió del lugar sin saber si le había ido bien o mal, pero con el orgullo de enterarse, gracias a los productores, de que Hollywood “tenía un actor igualitico a mí, un tal John Malcovich”. Tres días después, el teléfono repicó en su casa para avisarle que lo habían escogido.

Desde entonces —y eso que falta casi un año para que la película llegue a las salas de cine— al hombre que en otros días llamaban ‘Gallina’, porque de niño salía a correr cada vez que lo retaban con puños, ahora le gritan Vladimir. Así se llama su personaje en la cinta; es un candidato a la alcaldía.

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El pueblo duerme la siesta bajo el sopor del medio día. Dentro de poco se encenderá la cámara otra vez. La escena nueva ocurrirá en la esquina de la sede de la Alcaldía hasta donde habrá llegado Salvador para continuar en su denuncia.

Álvaro Rodríguez, el más asediado del elenco, regala sonrisas a los estudiantes que le piden un autógrafo en el centro del parque. Otro más le acerca un helado, la de más allá le grita que se deje invitar a un jugo. No falta quienes lo convidan a una ‘pola’ bien fría en la cantina, pero a él le toca decir que no, que muchas gracias, porque “como diría Benedetti, dos tragos son poco y tres muy poquito”.

No es la primera vez que este actor de Sevilla, Valle, se ve obligado a permanecer varios días en un pueblo por cuenta del cine. Pero tal vez sí es la primera en la que se siente como un galán extraviado. No es el más guapo, ni el más fornido; jamás protagonizaría una novela junto a Danna García, pero en Andalucía las muchachas le sueltan la mano a sus novios para correr a su encuentro, deseosas de tomarse una foto junto a él. Álvaro apenas se ríe. “Tengo varios almuerzos pendientes, y eso que me he ‘cachetiado’ una de sancochos y desayunos que no se imagina”, dice, instantes después de que un flash rebotara en sus ojos.

Tras esos minutos de relax, camarógrafo, sonidistas y productores toman sus posiciones. Esta vez, eso de pedir silencio no ha sido problema. Los actores se alistan, los curiosos también. ¡Grabando! Así no más. Y entonces, tan sólo tres semanas después de que el pueblo se viera convertido en un set itinerante, en un pueblo donde costaba trabajo lograr que sus moradores asistieran a las funciones de sábado para ver ‘La vida es bella’ o ‘El ladrón de bicicletas’, ahora todos hablan de cine como si vivieran en las entrañas de Hollywood. Más de uno se apresura a confesar que toda su vida ha soñado con ser actor. Otros más se imaginan, como Carlos, dirigiendo sus propias películas.

Diego Ramírez, productor de ‘Todos tus muertos’, cuenta que historias como esas las ha escuchado a diario. Piensa en John Alexánder Mayor y Johnatan Feijoó —fundadores del Teatro Experimental de Andalucía— que escriben guiones con la esperanza de convertirlos en documentales y largometrajes. “Ellos creen que al no tener buenas cámaras nunca podrán materializar sus proyectos, pero les decimos que el cine no se hace con aparatos sino con buenas historias”.

Incluso John, que participó en la película como muerto, demostró que en su caso el cine es cuestión de mística: no tuvo problema en cumplir su turno de operario en una fábrica de La Paila hasta las 6 de la mañana, y una hora después alistarse para grabar en un maizal doce horas continuas. Así, durante dos semanas completas.

Gladys Gallego dejó abandonado por un mes la casa de banquetes que sostiene con su familia y trabajó sin afanes en la producción. A Ximena Valencia, de 16 años, tampoco le importó terminar con una dolorosa insolación. Ella, que también aparecerá en la cinta como una difunta, se siente afortunada.

Es una dicha compartida en todo el pueblo y tiene sus raíces en la falta de oportunidades que reina desde hace una década. “Cada año se gradúan 160 pelados y si al menos 5 entran a la universidad es mucho”, se queja Johnatan. Los demás acaban desempleados. La gelatina y los panderos, que los turistas se arrebataban en otros tiempos, dejó de ser negocio desde que se inauguró la Doble Calzada. Y como el cambio climático no necesita de vías para llegar a su destino, frenó en seco a quienes vivían de cultivar limones, naranjas y mandarinas: cuando la tierra pedía agua, hacía sol. Cuando era imperioso el calor, llegaban los aguaceros sacramentales.

La mayoría de los muchachos terminan arañando unos cuantos pesos en labores de construcción esporádicas. Los pocos que logran un trabajo estable trabajan como operarios en Tuluá y Bugalagrande. Hoy más de 6 mil jóvenes, después de hacer los mandados de la casa, se quedan sin nada qué hacer y eso se ha convertido en caldo de cultivo para el brote de sicarios contratados por bandas de mafiosos.

Será por eso a nadie le talla que Andalucía entera, de un día para otro, haya amanecido transformada en un set de grabación. Son las cuatro de la tarde y ahora los contadores de historias han llegado con sus cámaras y sus luces al corregimiento de Campoalegre. Será la última toma de este martes. De nuevo Álvaro Rodríguez en primer plano. De nuevo los curiosos. “Silencio, grabando”...

Hasta razón tendría Diego cuando alertó a su abuela de que en este rincón de la Cordillera Central ocurriría un terremoto: el director y sus mosqueteros se encargaron de agitar los cimientos de un villorrio donde el tedio es un habitante tan ilustre que lo único que consigue alterarlo, como bien lo diría Esther, es la sirena del medio día. ¡Corten!

El pudor según Simonetti

En Chile, durante una tarde de verano, Pablo Simonetti conversó sobre su más reciente novela,
‘La barrera del pudor’. El encuentro fue la excusa para recordar su arribo tardío a las letras y la bendición literaria que recibió por parte de
Roberto Bolaño.


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Editorial Norma





L
lamadas telefónicas’. Así se llamaba el libro. Un ejemplar regordete y de carátula amarilla, editado por Anagrama, que en 1997 una mujer arrebató de los desfiladeros de papel de una librería para colocarlo en manos de un joven ingeniero que como un intruso se asomaba a las letras. “Es de Roberto Bolaño —le dijo ella con tono solemne— un chileno casi desconocido que vive en Barcelona. Tienes que leerlo”.

Pablo Simonetti siguió la instrucción al pie de la letra. Y lo que encontró fue un libro tejido con catorce relatos estremecedores; el primer título de cuentos del autor, después de regodearse a sus anchas con la poesía y la novela.

El pichón de escritor lo sintió “fascinante” y hasta creyó advertir en aquellas líneas residuos del ‘alter ego’ del que Bolaño había echado mano para reconstruir en ‘Estrella distante’ —una de sus novelas— la historia de infamia de Carlos Ramírez Hoffman, un militar que con pose de poeta se infiltró en los círculos literarios para espiar a autores que contrariaban a su majestad Pinochet.

Ya han pasado casi trece años desde aquel episodio generoso de la librera que quiso despertar a Simonetti del letargo dogmático de números en que lo había sumergido su oficio.

Ahora, ‘Llamadas telefónicas’ reposa su lomo desgastado en la mesa de un apartamento del exclusivo barrio Las Condes, en Santiago de Chile. Allí reside Simonetti junto a Max, un beagle de temperamento mesurado que aprendió, como su dueño, a compartir su atmósfera con las páginas de Joyce, Vargas Llosa, Greene, Forster, McEwan, Cortázar, Tolstoi, James y Borges.

El lugar, encumbrado en el piso doce de una moderna edificación bordada con remiendos republicanos, está poderosamente iluminado por una ventana abierta a las montañas pintadas de verde y ocre que escoltan la capital chilena.

Lomas que esta tarde de verano austral coquetean con un paisaje que en días de nieve resulta esquivo. “En invierno es como si esas montañas no existieran, se las traga la niebla”, asegura un hombre de 49 años, alto, de 1,86 metros de estatura. Es su manera de dar la bienvenida, mientras lleva hasta la mesa donde reposa el libro de Bolaño un par de vasos con té de limón bien frío.

Son casi las siete de la noche, pero el sol aún acuesta su barriga colorada sobre la ciudad. Y con esa sensación extraña de que el tiempo está traicionando las horas, le sugiero a Simonetti que en vez de conversar únicamente de ‘La barrera del pudor’ (Norma), su más reciente novela, convierta este encuentro en una excusa para contar cómo un ingeniero civil —educado en Harvard, hijo y nieto de una legendaria familia de industriales— termina extraviado en las tundras de la ficción.

Mejor que eso: cómo un autor de vocación tardía, cómo él, logra con su primer libro la bendición ‘clerical’ de Roberto Bolaño, ganador del premio Herralde de Novela y del Rómulo Gallegos. El escritor más influyente de las letras de la Latinoamérica contemporánea.

—¿Por dónde empezar?, le pregunto a Simonetti.
—Por donde en realidad comenzó todo: por el día en que ya no pude contener más el dique y salí del clóset.
—¿Y cómo fue eso?
—Una experiencia liberadora. Cuando le confesé a los míos que ya no podía seguir posando de heterosexual brotó de nuevo la vocación literaria. Desde pequeño había tenido una doble militancia entre las letras y los números. Las primeras las alimentó mi mamá, que devoraba clásicos ingleses; y los segundos mi papá, que hacía parte de una familia descendiente de italianos que encontró en la industria metalúrgica una razón poderosa para quedarse en este país. Así que mis primos, mis hermanos y yo, representantes de la tercera generación de la estirpe, estábamos llamados a seguir el mismo camino, con el ingrediente adicional de ser los primeros en acceder a la universidad.

No hacerlo, confesaría Simonetti después, significaba una forma de traición. Así que prefirió serle infiel a sus aspiraciones prosaicas: se graduó con laureles en la Universidad Católica y obtuvo un máster en ingeniería económica de la Universidad de Stanford. La vida, a los ojos de todos, parecía resuelta.

Incluso a los suyos. Después de todo, pensó en ese momento, una carrera como esa calzaba a la perfección en la horma de una persona que tenía extraviada la veleta. Poca vida social. Reducido contacto con el mundo exterior. “O, ¿quién se acuerda de sus miedos cuando se enreda en las matemáticas, la física, la mecánica racional, las redes eléctricas?”.

Pero aún en sus días de ingeniero reputado, Pablo sintió una fuerza interna que lo obligaba a escribir. No entendía porqué. “Tenía 34 años y sentía que mi vida estaba en otra parte. Ese día, cuando pude confesarle al mundo que era gay, encontré la razón: tenía atorada en el alma la necesidad de reivindicarme con mi verdadera identidad”, dice. Escribir, entonces, se convirtió en su droga feliz.

No pasó mucho tiempo antes de que renunciara a su trabajo. Corría 1996 y aunque no había retado aún la hoja en blanco con la primera frase, le dijo a su jefe “no sigo más”.

Entonces se rindió ante las páginas de Anna Karenina, de Tolstoi, y a las de Henry James. Sus encuentros con el autor ruso le permitieron sentir que de verdad había nacido para escribir. Con James, en cambio, “me sentía inhibido, sentía que era imposible alcanzar ese grado en el manejo del lenguaje y esa inteligencia destellante que me enceguecía”.

Un año más tarde, una vez terminó de exhumar la vocación de otros tiempos, apareció su primer relato, ‘Santa Lucía’, que se quedó con el primer lugar del concurso de cuentos de la revista Paula. En Chile, se dice, el ganador de este certamen empieza a desatar el nudo y ve cómo se abren delante suyo las puertas de las editoriales.

La de Simonetti, a decir verdad, fue una irrupción pedregosa: ‘Santa Lucía’ cuenta la historia de un hombre casado que sostiene un encuentro homosexual en el cerro que lleva el mismo nombre. Se trata, nada menos, de uno de los miradores más bellos de Santiago y, más que eso, un lugar de veneración para sus habitantes: fue el punto donde se fundó la ciudad.

Esta tarde de montañas asoleadas, Pablo recuerda las dudas que asaltaron en aquel momento a la directora de Paula de publicar en sus páginas el relato ganador. “No querían lastimar la sensibilidad de los lectores”, le dijeron varias veces. Al fin de cuentas, después de treinta años de dictadura, buena parte de la sociedad chilena aún fraccionaba el mundo como en una película del Oeste: con los malos de un lado y los buenos del otro. Y en estos últimos, estaba claro —y así lo entendía Simonetti— no entraban los homosexuales.

Durante años, el hombre sintió que el pesimismo lo perseguía casi con el mismo frenesí que las mariposas amarillas lo hicieron con Mauricio Babilonia: “Me sentí un chileno asfixiado por mi condición de gay y por la intolerancia de tanta gente con mente obtusa. Chile ha sufrido muchas dictaduras, no sólo militares, entre ellas la de la discriminación. Eso ha cambiado un poco, no hay que negarlo, pero aún hoy sigo sólo encuentro una patria en la literatura”.

—Pero, con todo y esas dificultades, ‘Santa Lucía’ y otros cuentos suyos se convirtieron en un libro, ‘Vidas vulnerables’, el primero de su carrera como escritor...
—Sí. Cuando eso sucedió pensé: bueno, ahora sí me toman en serio. Desde hacía varios meses le había enviado al editor de Alfaguara en Argentina una copia de esos cuentos, pero nunca me dio respuesta. Fue un proyecto casi desechado. Sólo un año después, cuando gané el concurso Paula, me dijo “llámame en mayo”, y estábamos en noviembre; es una crueldad que suelen hacer todos los editores.

Simonetti, en efecto, discó el teléfono en la época pactada. El hombre de Alfaguara cumplió. Y el libro se vendió con notorio éxito editorial. Llovieron críticas generosas. Incluso, desde Barcelona, se supo de una que aún el escritor conserva como trofeo de guerra. Fue de Roberto Bolaño, el chileno que había bordado su carrera literaria en México y España; carrera de la que habían llegado a Chile algunos ecos tímidos.

El apunte rezaba así: “La primera vez que leí un cuento de Pablo Simonetti lo hice por curiosidad y no pude dejarlo hasta el final. Hace rato que no leía cuentos tan bien narrados por un escritor chileno”.

—La pregunta es obvia: ¿Qué tuvo que pasar para que consiguiera la bendición del ganador de un Rómulo Gallegos (el Nobel de las letras hispanas)? Sobre todo después de que él había calificado de mediocre a José Donoso, escritor de larga trayectoria en su país...
—La culpa es de la casualidad. A Bolaño lo invitaron como jurado en un concurso literario, después de 25 años de no visitar Chile. Quisieron agazajarlo con una cena en la que también estuve yo. Nos sentaron en la misma mesa, pero el tipo me ignoró casi todo el tiempo, hasta que escuchó que una de las mujeres que estaba allí se dirigió hacia mí para comentarme, entre risas, que sabía que compartíamos la misma psiquiatra, que era además hija de Norman Mailer, el gran escritor.

—Eso parece el insumo perfecto para una novela o un cuento...
—Sí, y a él también le pareció. Después de ese comentario, terminamos hablando el resto de la noche. Conversamos sobre su familia, sobre sus fantasmas de autor. La noche se nos fue así, como si fuéramos amigos de toda la vida.

Y como amigos, Simonetti y Bolaño se escribieron largo tiempo, hasta la muerte de éste último en 2004. El primero enviaba desde España postales con cuadros famosos y el segundo devolvía la cortesía con tarjetas que dejaban ver lo mejor de la pintura chilena. No sólo fue una relación epistolar. Advertido sobre el nuevo recluta de las letras en su país, Bolaño conminó al joven para que le enviara uno de sus cuentos. Simonetti le hizo llegar el borrador de ‘Fornoni’.

Aquella historia breve le gustó. Pero advirtió un problema que bien podía restarle seriedad y así se lo hizo ver a Pablo en una de sus cartas: “En el cuento hablas de un traductor en Italia que pretende traducir del italiano al inglés. Grave error: los traductores sólo permiten su trabajo en su lengua vernácula. Además, creo que el cuento debería llamarse Peter Faraday’”.

—Después de esa cercanía, ¿siente que Bolaño permeó su prosa, su forma de narrar historias?
—No la influenció de manera obvia. Quiero decir: cuando tú me lees no vas a decir, se nota el estilo de Bolaño. Es más, ni siquiera me consideré un discípulo suyo.
—Le cambio la pregunta: ¿qué le quedó de su relación con él?
—Una pasión desbordada por los libros. Con Roberto Bolaño aprendes a encontrar quiénes son tus ancestros literarios, tus compañeros de espíritu en el camino de las letras.

La lección debió quedar bien explicada porque a eso —a reverenciar la literatura como los militares lo hacen con sus armas— se ha dedicado Pablo Simonetti todos estos años, desde su debut con ‘Vidas vulnerables’. En 2004 volvió a sorprender gratamente con ‘Madre que estás en los cielos’, su primera novela. Es el relato de Julia, una anciana agonizante y a través de su dolor, Pablo exorcizó la muerte de su madre por culpa de un cáncer. El libro se ubicó en la lista de los más vendidos en Chile durante seis meses.

No fue venturoso ese paso del cuento a la novela. Una vez terminó de escribirla en enero, se dio licencia para revisarla hasta mayo de ese año. “Fue un asunto muy obsesivo: se me enrrolló como una serpiente en el cuello. A veces, me levantaba a las cuatro de la madrugada a revisar una palabra o un verbo que creía estaba mal usado”.

Meses angustiosos, sí, pero se valió de una ‘llave’ de oro que le diera Bolaño para no terminar abrumado ante su propias palabras. Cuando presentes una novela ante la editorial debes estar ya escribiendo otra, así el apego no será tan fuerte, le dijo.

Tres años después, en 2007, Simonetti se asomó de nuevo a las librerías con ‘La razón de los amantes’, en la que buscó retratar, a través de un hombre que reniega de su familia aristocrática, la polarización en la que sigue sumergido Chile, como si aún se cobijara con la sombra de la dictadura.

—Por estos días, periodistas como yo lo buscan para que cuente la historia detrás de ‘La barrera del pudor’, el cuarto libro de su camino literario... ¿Cuál es el punto de partida de esta novela?
—La historia de Amelia, una paisajista que termina por separarse del crítico literario Ezquiel Barrios, después de trece años de matrimonio, simplemente porque ya no es feliz con él en la cama...

—La novela está narrada en la voz de su protagonista, de forma melancólica e intimista, ¿de dónde nace ese interés por lo femenino?
—Creo que la novela es el mejor instrumento que se ha inventado para indagar sobre la condición humana. Y en este caso, indagar sobre el universo de la mujer moderna me ha llevado a descubrir que la libertad sexual de la mujer es una lucha inacabada. El hombre, desde la antigüedad, ha tenido libertad en el manejo de su sexualidad, pero cuando la mujer consigue liberarse, el varón termina por ver en entredicho su poder.

‘Llamadas telefónicas’, el libro del lomo desgastado que le regalara una librera hace trece años, abandona la mesa donde ha estado toda la tarde, quizá a manera de testigo, y baila ahora en las manos del escritor. Es probable que termine en la maleta que empaca Simonetti antes de partir hacia la casa frente al mar, cerca de Santiago, donde se refugia para escribir. No da detalles de su ubicación, “es el único lugar donde puede sentirme realmente desconectado”.

—Sólo una duda más: ¿quién cree que leen más sus novelas, los gays, las mujeres o los que aún no se atreven a salir de clóset?
—Es más simple que eso. Todo aquel que quiera traspasar la barrera del pudor.