martes, 21 de julio de 2009

"Me he pasado la vida juegando"


"Nunca he tenido tiempo de aprender a limpiar y cocinar. "Sueño con morir en un escenario". "La fama es como un accesorio que trato de no llevar puesto", asegura la mexicana que le dio vida a la inolvidable 'Chilindrina'.

Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en El País - Noviembre 2006


Siempre quiso ser una vedette. De esas a las que la fama persigue fervorosamente, de las que dejan a su paso una estela de autógrafos y ‘flashes’ de cámaras. Se imaginaba llorando a lo Sarita Montiel o Dolores del Río. O que a lo mejor sus personajes llegarían a ser tan desgarradores como los que decenas de veces inmortalizó la bella María Félix. Y la vida le cumplió. Sólo que no la puso a llorar, la puso a reír. Durante 27 años, María Antonieta de las Nieves ha sido una vedette a su manera. Una de 1,55 metros de estatura, con pecas, gafas, sin un diente y peinada de colitas.
Tres generaciones han aprendido a quererla así, desde ese abril de 1971, cuando se convirtió en ‘La Chilindrina’, la niña llorona y astuta de una vecindad mexicana que enamoró a Latinoamérica. Por ese entonces rondaba los 18 años. Hoy, a sus 56, aunque duda de que su personaje la haya encasillado, se considera tan traviesa como la pequeña de vestido verde y saquito rojo enrollado.
Sólo ‘La Chilindrina’ consigue hacerle olvidar que es una abuela y le ayuda a convertirse, para sus cuatro nietos, en la niña juguetona que la pequeña del ‘fíjate, fíjate, fíjate’ no le ha dejado sacar del alma. Es una chiquilla traviesa que le da por asustar a su esposo, Gabriel Fernández, que ha estado a su lado en los últimos 35 años.
Será por eso que María Antonieta no ahorra calificativos para ‘La Chilindrina’ y para defenderla, incluso a costa de perder una amistad de más de 20 años con quien alguna vez llamó el papá de su personaje: Roberto Gómez Bolaños. "Siento que en algún momento él y yo fuimos como un matrimonio. Sin ese padre tan maravilloso, ‘La Chilindrina’ jamás hubiera existido", asegura la actriz y humorista, nacida en Nayarit, México, que corrió el telón de su vida artística y le permitió conocer a El Pais el show de su vida.

¿Por qué dice que su niñez no fue como la de los demás niños?
Porque, aunque fue una época muy bonita, empecé a trabajar desde los 6 años. No pude jugar mucho a las muñecas o a la bicicleta, porque me la pasaba trabajando casi todo el tiempo. Además, mis papás eran comerciantes y tenían tiendas de ropa, y cuando no estaba trabajando, estaba en los almacenes de ellos. Era muy pequeña, pero hacía de todo: teatro, cine, doblajes para películas.

¿Cómo aprendió a manejar la fama desde tan niña?
De niña no me afectó. De pronto, en la juventud, cuando me llegó la fama muy fuerte por lo de El Chavo del Ocho me desubiqué, pero Dios me hizo recapacitar a tiempo y volvió a colocarme los pies en la tierra. Ahora la fama es como una accesorio que a veces trato de no llevar puesto.

¿Cómo nace ‘La Chilindrina’?
Siendo niña hacía muchos doblajes de películas americanas y en mi serie favorita, Mis Adorables Sobrinos, doblaba a un niño y una niña al mismo tiempo. De estos personajes tomé diferentes cosas: la niña se hacía dos colitas, el niño tenía pecas y era mueco y la muñeca de la niña tenía gafas. Entonces, cuando Chespirito me propuso hacer el papel de una niña en el Chavo del Ocho, tenía la idea lista.

¿Alguna vez se ha sentido encasillada por cuenta de ese personaje?
Hace diez años sí pensé eso, porque me llamaron para hacer una película, Sor Batalla, no como ‘La Chilindrina’ sino como María Antonieta de las Nieves y me gustó tanto que me pregunté qué pasaría si dejaba un ratito en el baúl a ‘La Chilindrina’ y me dedicaba a ser María Antonieta de las Nieves.

¿Pensó en dejar ese papel?
Estuve tentada, pero en aquella época una colega actriz me dijo que no estaba de acuerdo con esa decisión; dijo que María Antonieta de las Nieves había muchas, pero ‘Chilindrina’ sólo una y que no sería justo que yo se la quitara al mundo. Ese día entendí que mi prioridad debía seguir siendo ese personaje que había creado para los niños.

¿Se siente extraña cuando interpreta papeles distintos?
La verdad, sí. Hace poco participé en Sueños y Caramelos, una novela donde me tocaba hacer de abuela rica. Nunca creí que a mi edad me llamarían para hacer papeles dramáticos. Cuando me hicieron la propuesta pensaba si la gente me creería en ese nuevo rol, después de que toda la vida había encarnado a una niña de 8 años. Pero me fue muy bien, la gente sabe que puedo hacer cientos de papeles diferentes, pero que por dentro seguiré siendo ‘La Chilindrina’.

¿Dónde se siente más cómoda: en el cine o la televisión?
Son cosas muy diferentes y ambas me encantan, pero me hubiera gustado hacer más cine. Todavía siento que puedo hacer grandes papeles.

¿Cuál ha sido el secreto de ‘La Chilindrina’?
‘La Chilindrina’ no hubiera tenido éxito si no viviera en la vecindad, sino tuviera un papá como Don Ramón y unos amigos como Kiko, Noño y El Chavo. Además, no se puede negar que se trata de una historia muy bien escrita.

Y si le debe tanto al Chavo del 8, ¿por qué separarse de Roberto Gómez Bolaños?
Los roces con él nacieron cuando la serie volvió a tener mucho auge en México. Mucha gente no sabe que los capítulos que más se ven y se rotan, incluso hoy, fueron aquellos que se hicieron durante los primeros seis años de grabación del programa cuando estaba el elenco en pleno. No aquellos donde ya no estaban ni Don Ramón ni Kiko. Esa serie nunca más se vio en México hasta hace cinco años. Y, fue tal el éxito, que Televisa y Roberto Gómez quisieron hacer mercancía con todos los personajes de la vecindad. Aunque sabían que yo había registrado mi personaje de ‘La Chilindrina’ no me pidieron autorización para comercializar su imagen. Y, como ellos no quisieron hacerlo, pues ahí nació la bronca.

¿Cómo están ahora sus relaciones con él?
No ha habido ningún acercamiento con Roberto desde entonces. Hace tres o cuatro años que no lo veo, aunque si me preguntan por él no puedo sino hablar bien, es una gran persona. Él siguió haciendo sus proyectos, yo los míos. Por encima de todo lo respeto, me dio la oportunidad de ser una eterna niña.

¿De los amigos de la vecindad cuáles conserva?
Desgraciadamente, ninguno. Las cosas no quedaron como para estar de grandes amigos.
¿Cómo cree que se ve la serie animada del Chavo del 8 sin ‘La Chilindrina’?
No creo que me quede muy bien responder eso, además no es que la haya visto mucho. Pero mi nieto, sin que yo se lo preguntara, me aseguró hace poco que ‘La Chilindrina’ hace falta, que extraña esa niñita llorona que vive en la vecindad. ‘La Chilindrina’ era uno de los encantos de ese lugar.

DE LA VECINDAD A LA CASA.
¿Cómo es María Antonieta en su casa?
Es una fatal ama de casa, nunca he tenido tiempo de aprender a limpiar y cocinar. Yo llego cada noche y me atienden como al hombre de la casa, me pasan desde el plato de comida hasta las pantuflas y la pijama. Simplemente, me limito a preguntar cuál es el menú del día.

¿Se arrepiente de eso?
Creo que he sido una buena madre y una buena esposa y eso es más importante que saber fritar unos huevos.

¿Qué tanto tiene María Antonieta de ‘La Chilindrina’?
Las dos tenemos mucho de las dos. De ella me gusta que es descomplicada al vestir, que no se maquilla; soy traviesa y de buen carácter como ella, pero cuando me enojo no hay quien me aguante, si ‘La Chilindrina’ llora, pues yo grito. Bueno, lo importante es que a los dos minutos los enojos se le olvidan a ‘La Chilindrina’ y a mí también.

¿Por qué se siente como una eterna niña?
No ves que ‘La Chilindrina’ siempre cumple 8 años. No, mentiras, creo que he sabido conservarme joven porque, a pesar de tener 56 años, realmente no los aparento. A veces me siento como de 40.

¿Divierte las fiestas familiares con su personaje?
No, y me molestaría muchísimo que me lo pidieran, porque cuando estoy en familia de lo que más quiero olvidarme es de mi trabajo. Jamás hablo como ‘La Chilindrina’ si mi papel en ese momento es el de María Antonieta de las Nieves, como tampoco me porto seria cuando tengo mis dos colitas y mi vestido verde.

¿En algún momento la acomplejó su estatura?
En un comienzo sí, porque nunca me imaginé que me dedicaría a la comedia, mi sueño siempre fue hacer drama. Pero una vez creé a ‘La Chilindrina’ me di cuenta de que lo mejor que me pudo haber pasado en la vida fue ser bajita, porque de esta manera me creyeron que tenía 8 o años, mientras que los demás actores se veían como adultos haciendo de niños.

¿Cómo tomó el que sus hijos le siguieran los pasos en la televisión?
Dejé que fueran libres de decidir. Mi hija Verónica estudió en la Academia de Televisa, pero se retiró porque vio que la carrera es muy difícil, no aguantó el trote que tuve yo. Sin embargo, llegué a trabajar con ella en una serie, Aquí Está ‘La Chilindrina’, donde ella hacía de monja. Incluso, llegó a hacer de Patty, la niña linda que mortificaba a ‘La Chilindrina’ en la vecindad.
Con mi hijo Gabriel y mi esposo trabajamos juntos en la película ‘La Chilindrina’ en Apuros. La mía ha sido una familia de artistas.

¿Cree que ya hizo todo lo que aspiraba en su carrera?
Si, no hay duda. Puedo decir que toda la vida me la he pasado ‘juegando’, como dice ‘La Chilindrina’. He hecho novelas, he ganado premios de actuación desde los 9 años, he sido presentadora de televisión, he participado en teatro y cine, he grabado 18 discos. Pero, hay algo que aún me falta por hacer: un programa de concurso con mi personaje.

¿Qué podría envidiársele a ‘La Chilindrina’?
El hecho de haber viajado por todos los países de Centro y Suramérica, entre ellos Colombia. De ese país me encantó la comida, porque es muy parecida a la mexicana, especialmente por el ‘rocoto’ (lo que en Colombia se llama ‘hogao’). Colombia tiene una magia especial, cada que voy me siento como en mi tierra.

¿Cuando se jubilará ‘La Chilindrina’?
Nunca. A veces me pasa que el cansancio, tras una larga jornada, me lleva a decir "esta es mi última presentación, no doy más". Al día siguiente me arrepiento y sueño que muero en un escenario.

Los herederos de Escalona




Un niño invidente, de nueve años, que toca acordeón como los dioses. Un cordobés, de once, que vence en la tarima a los grandes de la piqueria. Una niña guajira que sueña con tocar como ‘Francisco el hombre’. Tranquilo maestro: su tradición vallenata sigue viva.

Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista Gaceta
Mayo 24 de 2009
Foto: Lucy Libreros

La noticia le llegó de boca de unos amigos de parranda: en las afueras de Valledupar, en una finca humilde, vivía un niño de 9 años, invidente de nacimiento y oriundo de Magdalena, con una capacidad pasmosa para la música. "Ese ‘pelao’ está para que le enseñes a tocar la caja", le dijeron a Andrés ‘El turco’ Gil.
Arrastrado por la curiosidad y con el pálpito de que iría a la caza de unos de esos talentos que crecen silvestres bajo los mangos y los almendros de la Costa Caribe, el maestro se dejó llevar hasta la humilde estancia. Lo que vieron sus ojos aún le emocionan las palabras: un pequeñito de ojos sellados que golpeaba con palitos, dichoso una y otra vez, una mesa de madera, con la habilidad de un músico virtuoso.
Lo que sintió ‘El turco’ Gil fue, de alguna forma, un vaticinio que el tiempo se encargó de volver certero: Juan David Atencia Berrío, el niño ciego, no había nacido para batir sus manos sobre el cuero seco de una caja. Estaba hecho para ‘teclear’ acordeón.
Así que desde aquella mañana reveladora el fundador de Los Niños del Vallenato —los mismos que se encargaron de ponerle sombrero ‘vueltiao’ al presidente Bill Clinton en la Casa Blanca— se llevaba todos los días a la nueva promesa del folclor hasta su escuela, ubicada entonces en el barrio Cañaguate de la capital del Cesar.
El maestro, que aprendió del oficio con un acordeón que Emiliano Zuleta dejó botado en su casa tras una farra, se convirtió para el menor en los ojos que nunca tuvo y se sentaba con él, tres y cuatro horas cada vez. Le enseñaba cómo apretar un acordeón con fuerza, cómo estirar el fuelle con armonía y cómo decir con notas musicales:

"Yo soy vallenato de los verdaderos/ de muy pura cepa y de corazón/ la sangre del indio en mis venas la llevo/ con algo de negro y también de español".

En nueve meses, ante la turbación de ‘El turco’ —hombre curtido en tres décadas de clases magistrales—, el pupilo aprendió lo que a otros niños de su edad les toma hasta cuatro años. Ahora, cuando Juan David enfrenta al público en el Parque de la Leyenda Vallenata, en la categoría infantil de un festival que cada abril convierte a todos los colombianos en ‘ayhomberos’, no tiene ojos para advertir el asombro que despierta su presencia mágica sobre una tarima: canta afinado, compone melodías, regala versos y décimas y, cómo no, interpreta el acordeón de una manera que envidiaría el mismísimo ‘Francisco el hombre’ en su duelo de fábula con el diablo.
Parece una historia arrancada de las páginas de mariposas amarillas de Gabo. Pero es una de las tantas que se escriben, con buena ortografía, en los patios de las casas de una sonora región en la que los más chicos crecen arrullados por jaranas delirantes. Parrandas de días continuos que se disfrutan con la olla de sancocho hirviendo de un lado, mientras del otro un grupo de amigos transforma cualquier motivo en una cita de estricto cumplimiento para sacar la caja, la guacharaca y el acordeón, y así cantarle a la salud del compadre enfermo o a la pareja de enamorados que partirá a la capital.
Por eso, mientras muchos lamentan la partida de Rafa Escalona, en el Valle de Upar muchos más respiran aliviados. La tradición sigue afinada, tan viva como el día en que el hijo de Clemente Escalona, viejo combatiente de guerras civiles, decidió que su heredera viviría en una casa en el aire con un letrero bien grande que diga Ada Luz.

Llorar acordeón.
Será por eso que a doña Silena López no le sorprende que su hija mayor le haya salido, hace cuatro años, con el cuento de querer aprender a acariciar las 47 teclas de un aparato pesado, llegado de Alemania a Colombia hace casi un siglo. Llueve a cántaros y se sienten truenos de espanto en Villanueva cuando lo cuenta. El cielo llora profusamente en este pueblo guajiro, mientras la niña de 13 años, María Silena, se mece sobre una silla con el acordeón entre las piernas, acompasando una canción que tararea pasito entre los labios.
"En estos pueblos lo normal es que un niño salga con talento para cantar, tocar o componer. Cada familia tiene su músico y si en este momento usted no está escuchando un vallenato a todo volumen en mi casa es, sencillamente, porque no hay luz".
Con los destellos mermados que se cuelan por entre las ventanas, la pequeña dice a su manera que no encontró forma de escapar de la tradición enquistada en ese rincón del sur de La Guajira en el que vive, y que ha visto brotar, bajo 40 grados a la sombra, a grandes como Ismael Romero, Heberth Cuadrado, el ‘chiche’ Maestre, los Hermanos Zuleta y Jorge Celedón.
No la asusta reconocer que el vallenato conserva todavía un encanto que tiene mucho de parrandero y el doble de machista: en esta tierra de rancherías y desierto, una mujer tocando acordeón parece tan inverosímil como un juglar entonando un rock. Pero ella, ¡no joda!, ni se inmuta ante tamaño desafío.
Sigue con el aparato en las manos, ensayando, como lo hace diariamente durante tres horas, después de repasar las tablas de multiplicar. Así también ocurre los sábados en la mañana, cuando se traslada con su mamá hasta Valledupar, a una hora y diez minutos de camino, para recibir las clases de ‘El turco’. "Me falta armonía, pero eso se aprende con el tiempo", confía la menor.
A veces Saulo, su papá, corista de Iván Villazón, se sienta a su lado para escucharla tocar. Ya quisiera él enseñarle cómo sacar nuevas melodías, pero es una torpeza intentarlo; la suya es una parábola hermosa que le pone la piel de gallina cada vez que tiene el desatino de retar a la hija talentosa. Su pequeña consiguió lo que él, en varios intentos, buscó sin éxito: aprender a tocar el bendito acordeón.
Karolina de Ávila Borja ya había escuchado ese relato, alguna vez, de labios de María Silena, en la escuela donde ambas estudian. Un espacio grande y caluroso, en el que gallinas de tamaño descomunal picotean alegres en un patio de tierra desnuda. Tiene 13 años, el cabello abundante y ondulado, y un acordeón azul brillante con el que no consciente ni una partícula de polvo.
Habita en el barrio Los Mayales de la capital del Cesar, zona de calles destapadas en las que los sapos saltan felices después de la lluvia y los vecinos se aplican, campantes, hasta quince horas seguidas de Diomedes Díaz, sin pausas ni cortes comerciales.
Hija única, vive en una casita estrecha con sus padres, Nelly y Celedonio, que con lágrimas furtivas en las mejillas reconocen los logros de una niña que se acercó al vallenato sin querer queriendo: "Cuando ella era bebé y yo no tenía forma de ponerle cuidado, porque debía hacerle de comer, colocaba su corral frente al televisor y la dejaba viendo videos de Rafael Orozco y el Binomio de Oro", recuerda Nelly.
Entonces, escuchando ‘La creciente’, ‘Nostalgia’ y ‘Dime pajarito’, conoció la magia del instrumento que Ismael Romero, acordeonero del Binomio, tomaba en sus brazos. Y ella, a los cinco años, tal como lo cuenta Celedonio, "empezó a llorar acordeón".
Necia, ese era el pedido que le rogaba al Niño Dios cada diciembre. Regalo que su mamá consideraba mero antojo, capricho de niña traviesa: "Yo no podía concebir que mi única hija terminara enredada en parrandas, como un hombre, con un acordeón en las manos. Hasta varias de sus tías duraron mucho tiempo bravas conmigo porque yo permití tamaño despropósito".
Así, con el corazón desolado, una periodista vecina a la familia, Everlindes Martínez, encontró a la pequeña sentada en el andén de la casa, sollozando una y otra vez, porque sus padres le estaban negando un sueño justo.
La mujer, tras varios intentos, venció la testarudez y los convenció de que no podían nadar contra el destino. Fue así como llegó la pequeña a la escuela de ‘El turco’, donde aprendió con acordeones prestados. Para sus padres resultaba un sacrificio descomunal conseguir los casi tres millones de pesos que cuesta un acordeón de profesionales.
Sólo apenas hace un año, gracias a un hada madrina que Los Niños del Vallenato tienen en Nueva York, la adolescente recibió, a vuelta de correo, el único acordeón propio que ha tenido en la vida. Ese Hohner azulito que ella mima como muñeca preferida. Ya pasaron ocho años desde que aprendió a tocar las teclas blancas con maestría.
Casi una década que no sólo ha madurado de forma sorprendente su carácter, sino que le ha permitido llegar con su música a Estados Unidos, para tocar en las fiestas del 20 de julio; a Caracas, donde la escuchó Chávez, tras una pausa de su Aló Presidente; y al Palacio de Nariño, para que un Álvaro Uribe conmovido la aplaudiera varias veces.
"Es que cada niño de estos que usted ve aquí es un milagro", se apresura a decir ‘El turco’ Gil, cuando le pregunto las razones de ese talento providencial que se fragua en las plazas de los pueblos del Caribe. Un milagro —agrega exaltado— que no conoce estratos sociales, ni género, así muchos juglares septuagenarios lo miren rayado cuando vaticina que algún día, al pie del Guatapurí, miles ovacionarán a una mujer después de coronarse Reina Vallenata.
El presagio no le suena mal a Sergio Luis Rodríguez, acordeonero de Peter Manjarrés, que desde el pasado 2 de mayo y a sus 23 años se sienta en su trono de Rey Vallenato. La suya es una historia que confirma que los jóvenes aprendieron a venerar ese ritmo de trashumantes que ya completa 200 años de paseos, sones, merengues y puyas gozonas. Con él y todos ellos, la tradición de Escalona se perpetuará, afinada, en las próximas generaciones.
La cara que tenía Sergio Luis, diez años atrás, pende de una pared de ladrillo limpio de la oficina del maestro Gil. Está en la esquina de una imagen, tomada en 1999, en la que un niño de ojos tristes sostiene un acordeón, mientras un gringo grande, de cabello cenizo, aplaude feliz. El niño es Sergio Luis, el gringo es Bill Clinton.
Ya desde entonces los viejos acordeoneros hablaban de que Valledupar había parido otro grande: Sergio Luis —ganador del segundo Grammy Latino obtenido por el género vallenato— empezó su carrera como rey infantil (sentado en un butaco porque el acordeón pesaba como piano); después como juvenil, y ahora como rey profesional.
Los viejos saben bien que así como va, tiene todo para ostentar el título de Rey de Reyes, honor que se disputa cada década, en la que sólo los reyes coronados se miden en un ‘combate a muerte’ de acordeones.
Sergio Luis está convencido de que la tradición no se perderá porque muchachos, como él, crecen viendo tocar y cantar a los grandes "con sólo cruzar la calle y salir a un parque. Lo que sé, se lo debo al maestro ‘Emilianito’ Zuleta. Antes de competir en el Festival, escuché mucho su nota y varias de las producciones que hizo junto a ‘Poncho’. También, la nota de Luis Enrique Martínez, de ‘Colacho’ Mendoza, de ‘El cocha’ Molina; traté de agarrar de todo un poquito para encontrar mi propio sonido. Y eso sólo lo puedes hacer cuando tienes el privilegio de sentarte a tocar con ellos en el patio de su casa".

De verso en verso.
Después de siete horas de recorrido en bus y de atravesar medio litoral Caribe —Córdoba, Sucre, Atlántico y Cesar— Martincito arribó desde su pueblo, San Pelayo, Córdoba, con sus 11 años talentosos al Parque de la Leyenda Vallenata. Tenía un reto asustador: competir en la categoría de piqueria, un duelo frente al público en el que los contrincantes "se ofenden de manera respetuosa".
A veces se logra. A veces no. Lo cierto es que nunca había competido un menor de edad en esas lides que hiciera famosas Lorenzo Morales. Pero con él, Martín Domingo Lozano, la regla este año se quebró. Durante las eliminatorias dejó a diestros verseros en el camino. Y el pasado 1 de mayo, en la final, ante 15 mil espectadores, terminó de callarles la boca a punta de rimas de juglar centenario.
Cuando lo cuenta parece mera anécdota, pero Martincito, como lo llaman cariñosamente en la Escuela Rafael Escalona de la capital cesarence, pasará a la historia del Festival de la Leyenda Vallenata por destronar a piqueros con 25 años a cuestas en las tarimas. A su edad, y con una serenidad de adulto, dice que no recuerda los versos que se le cuelan en esos duelos. Se los ha tragado el viento en los 58 festivales en los que ha participado por toda la Costa.
"Es que talento es talento", dice Martín, que sueña con ser médico, no para curar a sus pacientes con mejorales sino con versos. A su lado, con ojos cansados, pero orgullosos, Manuel, su padre, lo escucha hablar y complementa sus palabras.
Cuenta que descubrió la capacidad para improvisar de su pequeño cuando tenía 3 años, después de que se aprendiera unos versos flojos que él había compuesto, sin mucho tino, para que una de sus hijas no llegara a la escuela sin una tarea de español.

—Dime papá, ¿cómo es que se hacen los versos? balbuceó el niño, tres meses después de declamar de memoria los que él había escuchado recitar en esa noche de labores escolares.
—Hijo, en el verso, la clave está en que una palabra rime con la otra: la primera con la segunda, la primera con la cuarta y la segunda con la quinta, como en la décima campesina.

Martincito no sólo aprendió, sino que comenzó a retar a don Manuel en duelos familiares en los que el padre siempre salía aniquilado. Entonces, este decidió que debía hacerse a un lado: "Me dio terror pensar que mi hijo me fuera a faltar al respeto echando versos; debía dejar de versear y dedicarme, más bien, a que él se diera a conocer en todos los festivales posibles".
Es que los padres de esos niños, tréboles de tres hojas que parecen tocados por una vara de clarividencia musical infinita, se convierten en ‘mánagers’ sin sueldo, que sin quejas ni cansancios, resisten días enteros de ensayos, clases y presentaciones.
Así, durante los doce meses del año. En eso es una experta Aideth Anaya, madre guajira de seis hijos "bendecidos por Dios" para la música. Dos de ellos, Einer y Esneider Miguel Díaz, de 11 y 14 años, participaron en la pasada versión del Festival Vallenato. Sus otros retoños le han regalado, turnados, en serenatas y con abrazos mimosos, melodías arrancadas de guitarras, pianos y acordeones.
Es una madre feliz que obsequia una sonrisa honrosa desde una hamaca que se mece sin afanes a la entrada de su hogar, en Maicao, Guajira.Hace apenas unas horas soltó las maletas, después de llegar con sus hijos desde Valledupar, distante tres horas por carretera. Los retoños, en lugar de trofeos, trajeron una cuenta costosa de cinco días de hospedaje, transporte y alimentación.
Pero ella, igual sonríe: que participen, que los extranjeros los paren en la calle para tomarles fotos, que les regalen aplausos y vivas a sus pequeños en la tierra de Rafa Escalona resulta más gratificante que ver laureles dorados apostados en cualquier repisa de la casa.Y ese orgullo es el despertador que la saca de la cama, todos los sábados, para montarse en un bus y llevar a Esneider Miguel a sus clases de acordeón en la cuna del vallenato.
"Anda, no creas, eso sale caro. Suma pasajes de ida y vuelta para dos personas cada ocho días. Pero uno no hace cuentas. Yo apoyo a mis muchachos en sus sueños. Esneider quiere ser como Juancho Rois (acordeonero de Diomedes Díaz que perdió la vida en un accidente) y eso está bien. Es que ese es también el sueño mío".
Y el anhelo de ese muchacho de mirada dulce da motivos de sobra para que su mamá, ama de casa y su papá, operario de El Cerrejón, mantengan el pecho inflamado de orgullo en cada parranda. Esneider, además de tocar acordeón desde hace ocho años, compone melodías e interpreta con virtuosismo la guitarra y el violín.
Además del folclor, el joven es una de las promesas de la Orquesta Sinfónica de El Cerrejón, en la que maestros de música clásica advirtieron, hace tres años, su talento innato para coger notas en el aire y plasmarlas en cualquier instrumento. "Cuando me hicieron la prueba de ingreso, nunca antes había cogido un violín, pero ellos me fueron pidiendo notas y yo se las fui dando". Así no más, sin partituras con corchetes, negras, o semicorcheas.
Y así no más, también, se ha ganado tres festivales, uno de ellos en Barranquilla. El sueño es que la hazaña se repita, algún día, en el de Valledupar o en el de Cuna de Acordeones, que cada año congrega a los mejores en Villanueva. Lo tiene tan claro como que desea convertise en abogado, a ver "si de pronto me dejan defender a los acusados a punta de canciones. Porque el vallenato, para los que aún no lo saben, logra esas cosas: que los que son enemigos se vuelvan compadres en plena parranda o que la niña que siempre te ha dicho que no, de repente te regale una mirada desde la ventana".
Así que tranquilo maestro Escalona: sus herederos seguirán haciendo la tarea que empezó ‘Francisco el hombre’. El vallenato continuará regándose, como dijo usted alguna vez, con la misma candidez de sus canciones. Pasará, generación tras generación, como un bostezo: de boca en boca.

Marimbas de esperanza


Baudilio Cuama Rentería, elegido el músico vivo más importante del Valle del Cauca, toca marimba desde hace medio siglo para ahuyentar la violencia en Buenaventura. Cuando los currulaos espantan balas.


Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista GACETA - Julio 19 / 2009


El duende le debe una cita a Baudilio Cuama Rentería. Las manos grandes y callosas de este negro recio de 62 años aún esperan a que aparezca aquel personajillo fantástico, de mirada embaucadora, que según don Aurelio Cuama, su papá, le enseñaría lo que a él la escasa paciencia no le permitió: mostrarle a su hijo cómo tocar la marimba de chonta.
Se trataba, a decir verdad, de una cita extraña. El pequeño debía internarse en la selva a las once de la noche, dejar la marimba a la vista y esperar a que el duende apareciera para que golpeara los tacos de madera sobre ella.
No debía preguntarle nada. Tampoco mirarlo a los ojos. Bastaba con que Baudilio cerrara los suyos y escuchara atento cómo la melodía volaba dulce y coqueta por entre las hojas y los árboles de la selva. A la mañana siguiente, decía Aurelio, las manos de Baudilio se moverían sobre el instrumento como si hubiese aprendido a tocarlo desde el mismo momento en que nació.
Tal cual les había sucedido a quienes, despojados del miedo, se habían atrevido a meterse en la manigua para aprender del niñito burlón y maldadoso y convertirse así en músicos virtuosos.
Pero el duende incumplió. Dos noches en la misma y no llegó. Baudilio, a sus 8 años, tuvo que conformarse con escuchar a su mamá cantar arrullos y currulaos para animar a los vecinos en las fiestas, mientras su marido hacía saltar los troncos de chonta de la marimba.
Todo ocurría allá, a orillas del río Rasposo, a doce horas de agua, en canalete, desde Buenaventura. Allá donde ninguno sabía leer o escribir, pero la alegría se convertía en el mejor alfabeto para entonar versos que hablaban de atarrayas y pescadores bajo la luz de la luna.
La tarde es calurosa y húmeda en Buenaventura cuando Baudilio desempolva ante mí esos años de infancia. Años felices. El escenario de nuestra conversación parece un lugar triste: el cielo acaba de regalar un aguacero de miedo y el ambiente ahora es una mezcla densa y plomiza de brisa de mar con olores fuertes que brotan del agua estancada. Los perros flacos corretean a las gallinas y en las esquinas se escucha el sonido seco que producen las fichas de dominó cuando se azotan sobre las mesas de madera. Hay bullicio, hay música.
Así es que se juega en estos barrios humildes y así suelen ser casi siempre todas las tardes en Bajo Fuerte, sector en el que vive Baudilio hace más de veinte años. Un barrio popular donde hasta hace muy poco los grupos violentos acallaron la música, hicieron guardar los instrumentos y los muertos ya no tenían alabaos de despedida. El traqueteo permanente de las balas desplazó por varios años, sin permiso alguno, al conunu y el guasá.
Muchos se fueron tras esas noches de terror. Pero Baudilio le entregó su suerte "al de arriba" y se quedó habitando sobre el mar en una casa que se levanta, como todas las de su barrio, sobre palafitos heróicos que sortean batallas de mareas fuertes.
Se quedó a pesar de que dos de sus muchachos, Jiminson y Alexander, cayeron impotentes ante las balas porque los paramilitares los acusaron de ser colaboradores de la Policía. Se quedó a pesar del dolor de ver partir a sus demás hijos para abrigarse del miedo en Cali y Medellín. A pesar de que la tristeza de tener en frente los cuerpos gélidos de sus hijos, folcloristas tan entregados como él, lo obligó a alejarse de la música por años. Es que las balas acabaron sueños: el más doloroso fue la desintegración de ‘Los Negritos del Pacífico’, agrupación de la que hacían parte todos sus retoños, entre ellos los dos que cayeron cegados por las balas de alguien que una tarde dio la orden de hacerlos desaparecer.
Baudilio recuerda que era un papá orgulloso. Quizá el día que más lo sintió ocurrió un domingo de 1998 cuando vio llegar a sus hijos, con sus instrumentos al hombro, con un trofeo del primer lugar en el Festival Petronio Álvarez de ese año. La imagen le duele, "pero no soy hombre de rencores, de enemigos; más bien con mi marimba he aprendido a doblegar corazones".
Todo eso sucedió muchas décadas después de que su historia con el duende tuviera un remate que mereciera ser contado. Una noche, recuerda ahora Baudilio, "se me apareció entre sueños. Yo había dejado la marimba por fuera de la casa y entonces empecé a escuchar que la tocaban como nunca antes lo había sentido en la vida. No me atreví a asomarme, sólo escuché, así me la pasé durante horas. Al otro día, tal como dijo mi papá, mis manos comenzaron a tocarla como un experto. Todavía me pregunto si eso fue un sueño o fue real, pero la cabeza no me da pa’ recordar tanto. Ya ha pasado mucho tiempo".
Se enamoró tanto de ese ‘piano’ de chonta que mientras su padre se iba a sus mañanas de pesca, él prefería pasar hasta ocho horas practicando. Después caía rendido de sueño sobre la cama con la esperanza intacta de ser él quien pusiera a todos a bailar y cantar algún día.
A veces cogía su canoa, atravesaba los ríos y llegaba hasta los corregimientos cercanos sólo para regalar sus melodías en las fiestas. En ocasiones, los sábados, sus brazos de músculos firmes, conseguían hacerlo remar durante doce horas seguidas hasta las cantinas de Viento Libre y Cinco Bocas, en Buenaventura, únicamente por el placer de ver tocar a los viejos y así aprender técnicas nuevas. "Donde sonaba una marimba era porque ahí estaba yo".
Y ahí estaba también cuando la marimba que otros tocaban terminaba hecha trizas. Baudilio tenía 11 años y a punta de oído se dedicó a repararlas. Aprendió cómo debían ir amarradas las tablas, cómo conseguir el tono adecuado del instrumento, en dónde conseguir las piezas. Cómo hacer que una marimba deslucida terminara afinada y lista de nuevo para la jarana.
Con el tiempo se convirtió en lutier. Empezó a fabricar marimbas de diez latas por puro gusto, sin mayores pretensiones, hasta que su hijo Alí comenzó a pedir marimba porque soñaba con seguir los pasos de su padre y de su abuelo.
Baudilio le construyó una a su tamaño, se fue perfeccionando en el oficio, consiguió meterle todas las notas musicales al instrumento hasta que un día apareció ante sus ojos pequeños un sacerdote llamado Miguel Ángel Méjía, quien no sólo lo alentó en la misión, sino que lo ayudó para que sus marimbas cruzaran el Atlántico y llegaran hasta España y África, de donde se cree que partió la marimba con sus aires alegres hace más de cinco siglos.
Más de cincuenta años entregado a la fabricación de instrumentos y a la dirección de grupos musicales, entre ellos el de la Alcaldía de Buenaventura, son suficientes credenciales para que los más importantes grupos folclóricos de Nariño, Cauca y Chocó, incluso de Bogotá, lleguen hasta su casa-taller buscando una marimba y un bombo.
El lugar donde los construye es un espacio caluroso que cabe en la mirada, pero que rinde lo suficiente para apiñar troncos de madera aguacatillo sin pulir, balso macho —para fabricar bombos y conunus— tarros de barniz, palitos de chonta, lijas, pegantes, puntillas, serruchos y seguetas.
Todos los días, Baudilio se levanta a las seis de la mañana, desayuna su posta de pescado y se mete de lleno en su taller de melodías para pulir marimbas tradicionales y afinadas (utilizadas en los conciertos), bombos y cununus. Sólo descansa pasadas las cuatro de la tarde.
Con medio siglo metido en ese oficio uno entiende por qué Baudilio Cuama se subirá mañana a la tarima del Parque de las Banderas de Cali, en plena celebración del Día de la Independencia, para recibir un homenaje del Ministerio de Cultura por su defensa y rescate de los ritmos del Pacífico.
Antes de que eso sucediera su nombre fue postulado en un concurso que buscaba reconocer a los músicos vivos más importantes de Colombia. Cada departamento escogía, a través de internet, el suyo.
Y el Valle se quedó con los aires de marimba de Baudilio, quien dejó en el camino a otros grandes del folclor como José Antonio Torres, ‘Gualajo’, un guapireño que se ha coronado rey de la marimba en Cali. A Luis Carlos Figueroa, compositor de más de 137 canciones. Y a Luis Carlos Ochoa, profesor, compositor, director de orquesta y gestor cultural con varias décadas de trabajo.
Baudilio no sabe nada de internet, de computadores. Después de enterarse de que la directora de la Casa de la Cultura de Buenaventura —donde él se desempeñó como director musical durante once años— lo postuló, regó la bola y sus hijos y nietos se encargaron de agitar la votación con la familia, con el tendero, con el vecino, con el pescador. "Llegó un momento en la gente hacía fila por fuera de los café internet de Buenaventura para poder votar", recuerda Baudilio.

Marimba pa’ cantar amores y olvidar balas
Que Baudilio Cuama haya terminado ganándose la vida con una marimba en las manos parece una jugada caprichosa de la vida, de esas que sólo los poetas consiguen explicar con sus versos.
Su padre, lejos de ser un heredero avezado del folclor, era un indígena caucano de estirpe que no sabía de currulaos, de cadambas o de fugas. Pero entonces, en Saija, plena costa caucana, se enamoró de una negra hermosa que cantaba como diosa y tocaba con dulzura el guasá, maraca alargada interpretada sólo por las mujeres en la costa Pacífica.
El señor prometió cariño, una casa de madera, muchos hijos y el pescado diario del almuerzo. Pero ella quería, además, serenatas folclóricas con marimba encendida. Así que al hombre, ciego de amor, no le quedó más remedio que aprender a tocarla hasta que un día terminó, de igual a igual, enrumbado con el suegro y los cuñados, y la negra de ojos brillantes le regaló sus besos y sus amores para siempre.
Baudilio se sabe bien la historia porque la que escribió con la mamá de sus nueve hijos también tuvo de fondo la magia de la marimba y de los bombos. "Es que nuestra música es más efectiva para enamorar que cualquier otra", dice.
Así que mientras en otros lados los muchachos sólo conseguían llamar la atención de las niñas lindas con flores y chocolates, en el universo de este mulato vallecaucano esas mismas niñas elegían a los dueños de sus corazones entre los que mejor interpretaran la música y consiguieran hacerlas bailar. Y en eso él era un experto.
Hoy las cosas parecen bien distintas, me dice él, mientras un grupo de jóvenes apostado en una esquina de su casa acomoda en plena calle el bafle de un equipo de sonido más alto que ellos. No escuchan pangos, aguabajos, cadambas, amadodes o cualquier otro ritmo negro. Suena un reggaetón estridente.
Imágenes como esa se le cuelan por la cabeza a cada rato al viejo Baudilio cuando congrega los domingos en su casa-taller a decenas de pequeños, entre 7 y 12 años, que llegan hasta su puerta deseosos de aprender a tocar.
"Antes de enseñarles las notas, les digo que deben asimilar primero sus músicas antes que las extranjeras. Y les cuento cómo a veces, cuando viajaba con reinas de belleza, me avergonzaba que ellas se quedaran mudas cuando les preguntaban cuáles eran los ritmos autóctonos de su región".
Entonces, antes de empezar las clases, les repite que un pueblo sin cultura no vale nada. "Es como una marimba muda". Esos pequeños se han ido renovando año a año. Es un semillero de talentos y varios de ellos han participado con éxito en el Petronio. Todos aprendieron que la música es un arma más potente que el fusil. Pocos de ellos conocen esa fábula del duende maldadoso que seducía con marimbas. La historia se la tragó la selva. Pero ahí está Baudilio con la suya, bien afinada. Ahí está su sonrisa blanca y sus manos de paz que tienen la magia de lograr que las balas bailen currulaos.

lunes, 20 de julio de 2009

Susana: ¡Feliz Día!


En medio de nuestro afán del ‘wonder bra’ y de competir con la de al lado, las mujeres olvidamos que todavía tenemos muchos derechos por los cuales luchar.


Columna de opinión
Publicada en Gente Joven


Susana Imbachí no espera rosas perfumadas. Tampoco chocolates empacados en un estuche costoso. No la emocionan las tarjetas con mensajes robados de internet. Tampoco una invitación a cenar. Es el Día de la Mujer y, a decir verdad, Susana espera muy poco: de la vida, de los suyos, del amor. Y eso que apenas tiene 21 años y uno a esa edad no encuentra una caja lo suficientemente grande para empacar los sueños. Pero ella me dice que no los tiene.

Hace cuatro meses llegó a las puertas de una fundación en Cali cansada de los abusos sexuales de un tío que, bajo amenazas de muerte, la tenía encerrada en una casa de una vereda del Cauca. Una mañana, Susana le robó unos billetes a su mamá, escapó y una chiva la dejó al final de ese túnel de noches tenebrosas en las que un señor "le enseñaba a ser mujer".

Ahora tiene la mirada triste, evasiva, y 120 días no han bastado para que aprenda a mirar a los ojos de nuevo. Es que eso le da verguenza. Escucho esta historia y pienso si tiene sentido celebrar el Día de la Mujer, porque mientras a muchas de nosotras nos colman con dulces y tarjetas, centenares de ‘Susanas’ prefieren olvidar que son mujeres: que la naturaleza les dio un cuerpo distinto, que tienen la posibilidad envidiable de dar vida; que pueden convertirse en la mejor de las enfermeras o en la más envidiada astronauta.

Y pienso si los centros comerciales que invaden de promociones en esta fecha sus locales se acuerdan de Susana. Si lo hacen los restaurantes que contratan serenatas de amor para el 8 de marzo. O los comerciales de televisión que regalan palabras generosas inspiradas en nuestras curvas. Porque a veces ni siquiera las propias mujeres recordamos que Susana puede ser cualquiera de nosotras: la compañera de trabajo, la vecina, la prima, la amiga. A veces, porque creemos que eso es trabajo de las ‘locas feministas’ y en otras porque en medio de nuestro afán del ‘wonder bra’, de competir para ser más bonita que la de al lado olvidamos que aún nos quedan muchos derechos por conquistar y otros por afianzar: por ejemplo, el de elegir libremente con quién compartir nuestro cuerpo.

Fíjense qué fácil resultó juzgar a Ingrid Betancourt si fue que de verdad se enamoró en la selva, o ¿alguien recriminó a Luis Eladio en esa circunstancia? Falta seguir luchando para que podamos aspirar a un cargo con las mismas condiciones salariales y de trabajo de los hombres. Las cifras no mienten: según el Ministerio de Protección Social, mientras un hombre profesional recibe un millón de pesos, una mujer con igual nivel de preparación recibe $826.000, un 17,4% menos. Y si tiene especialización, la cosa no cambia: su sueldo es inferior en un 21% al que reciben los hombres en iguales condiciones.

Falta seguir batiendo la bandera para que las ‘Susanas’ pierdan el miedo a denunciar si son violadas o agredidas físicamente. Porque en estos casos los números dan lástima: al año, sólo 115 mujeres se atreven a denunciar estas agresiones.

Pero es evidente que de puertas para adentro las cifras causan espanto. Mi propuesta es simple: invito a esta sociedad a que celebre el Día de la Mujer sólo cuando haga el ejercicio de recordar a todas sus mujeres: a las que trabajan, a las que se educan, a las que son madres, a las que tienen una pareja amorosa e incluso a las que en medio de las sombras de un túnel oscuro quieren soñar con que pueden conseguir todo eso. Sí, feliz día para vos, Susana.

"El Borges que yo conocí"



'Corazón de alcachofa’ le dijeron alguna vez por la facilidad con la que se enamoraba. Ciorán lo llamó ‘El último delicado’. Álvaro Castaño Castillo prefiere decirle mi amigo Borges. Así, como si aún no hubiera muerto.


Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista Gaceta - Junio 2009

Al pobre Macario le tocó hundir el acelerador más de la cuenta, ese sábado de 1963, para que Álvaro Castaño, su jefe, llegara a tiempo a la cita desesperada impuesta por Borges en el Hotel Continental de Bogotá. El asunto tenía sus mañas: desde la Calle 85 con 12, donde reside aún el director de la emisora HJCK, no era fácil llegar con prontitud al destino pactado, que se alzaba por ese entonces en la Calle 19 con 4, en pleno centro. Pero Macario, piloto avezado y temerario, atravesó velozmente la Circunvalar y consiguió dejar al hombre a las puertas de la cita.
El resultado de los minutos que siguieron se resume, en parte, en la página 853 de un libro verde y regordete, ‘Borges, obras completas’, difundido en 1974, en Buenos Aires, por Emecé Editores. En esa hoja blanca, casi tan delgada y sedosa como la de una Biblia, se lee con letras redondas ‘Elegía’, poema que el escritor, aún soltero, le dictó al colombiano con versos necios, mientras su madre cambiaba dólares a pocas cuadras del hotel, uno de los más emblemáticos de la vida capitalina hace medio siglo.
La otra parte, la más encantadora, está escrita en la memoria de Álvaro Castaño Castillo, el abuelo de la radiodifusión cultural del país. Un hombre que a sus 88 años, con una memoria de envidiar, revive con palabras entusiastas ese encuentro con Jorge Francisco Isidoro Luis Borges.
Todo empezó con una llamada que repicó en su casa, después del almuerzo. Creyéndose curtido en las tomaduras de pelo de sus amigos, que varias veces lo llamaban haciéndose pasar por el poeta, el abogado creyó que la voz que escuchaba al otro lado de la línea no era propiamente la del ilustre ciego.
"Es en serio, Álvaro. Le habla Jorge Luis Borges", corrigió el argentino, con su inconfundible voz arrastrada. "Lo llamo para que venga a mi hotel lo más rápido que pueda. Necesito pedirle un favor muy grande". Y colgó.
Con la ansiedad de conocer la razón de esa urgencia, Álvaro arribó a la habitación 519 del hotel. El escritor, vestido de camisa blanca y pantalón oscuro, lo recibió con un saludo parco y un apretón de manos sudorosas que ya tenían listas el lápiz y el papel.

–Borges, ¿qué te pasa?, preguntó Castaño.
–Pasa que estoy enamorado...
–Qué lindo, Borges, ¿pero qué tengo que ver yo con eso?, volvió a preguntar él, intrigado y confundido.
–Mucho, respondió el poeta. Estoy enamorado de una mujer que no se le puede nombrar a mi madre, no la resiste. Vos sabés que todos los poemas se los he dictado a la vieja, pero esta vez es imposible... Tomá el lápiz ya que no hay tiempo. Mi madre volverá pronto.

Entonces Álvaro fue anotando, línea tras línea y con caligrafía escolar producto de la prisa, aquellos versos desesperados. Estrofas que, al parecer, hacían honor a su nombre: una elegía no es otra cosa que una composición poética, usada por los hombres de corazón triste, para lamentar la muerte de una persona o cualquier acontecimiento digno de ser llorado. Al menos así lo creían los griegos.
Y a juzgar por el tono de lamento de aquel llamado telefónico, por la voz temblorosa con que pronunciaba aquellos versos y por la fatalidad eminente de haberse topado con un amor imposible, las razones sobraban para creer que Borges necesitaba escribir una elegía.
Y así lo hizo:

"Oh destino el de Borges,
haber navegado por los diversos mares del mundo,
o por el único y solitario mar de nombres diversos.
Haber sido una parte de Edimburgo, de Zurich, de las dos Córdobas, de Colombia y de Texas,
haber regresado, al cabo de cambiantes generaciones, a las antiguas tierras de su estirpe,
a Andalucía, a Portugal y a aquellos condados donde el sajón guerreó con el danés y mezclaron sus sangres.
Haber errado por el rojo y tranquilo laberinto de Londres,
haber envejecido en tantos espejos;
haber buscado en vano la mirada de mármol de las estatuas;
haber examinado litografías, enciclopedias, atlas, haber visto las cosas que ven los hombres;
la muerte, el torpe amanecer, la llanura y las delicadas estrellas...
Y no haber visto nada o casi nada sino el rostro de una muchacha de Buenos Aires, un rostro que no quiere que lo recuerde.
Oh, destino el de Borges, tal vez no más extraño que el tuyo".

Pobrecito Borges
Razón tenía el amigo de juventud que alguna vez bautizó al porteño como el hombre de ‘Corazón de alcachofa’, en virtud a esa facilidad e intensidad, incomprendida por muchos, con la que se enamoraba.
Los recuerdos de esa tarde asaltan ahora a Álvaro Castaño en su oficina, una sala amplia tapizada de enciclopedias y fotos viejas, desde la cual sigue manejando las ondas de la HJCK, que saltó al AM el 15 de septiembre de 1950, de la mano "de cinco gatos" enamorados de la idea de transformar la radio de la época, que sólo disparaba "rancheras, decretos oficiales, chistes de mal gusto y noticias mal pronunciadas".
Los recuerdos le van brotando de la memoria mientras acaricia su bastón delgado, esculpido sobre un palo de café que alguna vez él mismo arrancó de su finca en el Tolima. Cada vez que quiere enfatizar en su relato lo golpea sutilmente contra la alfombra.
Son evocaciones de un encuentro breve. Apenas si Álvaro alcanzó a colocar el punto final del poema de catorce versos, cuando la madre del poeta —mujer menuda y de cabello cenizo que se convirtió en el lazarillo de sus ojos apagados—, tocó a las puertas de la habitación. Les tocó disimular a los dos. "Yo me sentía como un niñito después de cometer una travesura. Pero él era así, a pesar de su edad y de su gloria, vivía pegado a las faldas de la mamá. Era tan infantil que tenía la obsesión de llegar a un estado de pureza en el amor. Y eso no existe".
Y encima tenía esa mamá sobreprotectora, "que vivía detrás suyo para obligarlo a que tomara una medicina inmundita que sólo conseguía buen sabor con un vaso de leche. Pobrecito Borges".
Borges ya no vive para revelarle quién fue merecedora de esa elegía sabatina. "Él me quitó el papel y nunca más volví a saber del poema hasta que, años después, lo leí en una compilación que Belisario Betancourt me regaló", cuenta Álvaro, después de un sorbo de café.
Ese es el libro verde y regordete que tiene apostado con cariño en la inmensa biblioteca de su casa, junto a títulos de arte y literatura, fotos sepias y otros recuerdos acariciados por el tiempo que hablan de su amistad entrañable con el escritor.
En algún momento Álvaro creyó que la dueña de esas líneas desesperadas era María Esther Vásquez, amiga cercana al argentino, pero su amigo Juan Gustavo Cobo Borda, también poeta, lo hizo desistir con un argumento demoledor: "no creo que Borges se haya enamorado nunca".
Murió Borges, pero el misterio sigue vivo en el recuerdo del abogado bogotano. Tan viva como esa amistad cuya génesis parece retratar una foto en blanco y negro en la que los dos sonríen frente a un micrófono de la HJCK.
Eran los tiempos gratos en que el director de la primera emisora cultural que se escuchó en Colombia conseguía grabar la voz del poeta, que en ese entonces sólo se escuchaba en la Radio Municipal de Buenos Aires. "Después de una corta charla, lo convencí de que editáramos una grabación con lo mejor de sus obras. Fue, cómo no, una experiencia salpicada por su personalidad infantil", recuerda Castaño. "Justo el día de la grabación le dio por decirme que teníamos un grave problema: que él, además de ciego, tenía mala memoria".
Convencido de no querer dejar pasar la oportunidad de tener a una de las plumas más influyentes del Siglo XX sentado en la HJCK, Álvaro le salió al paso a la dificultad con una solución un tanto engorrosa: "No se preocupe, yo me sé de memoria todos sus poemas. Así que yo los puedo ir dictando, verso por verso, mientras usted los va pronunciando, verso por verso". Fueron tres horas agotadoras. La grabación apenas alcanza 14 minutos.
El episodio fue, quizás, el primer ladrillo que empezó a edificar una amistad de varias décadas entre el colombiano y el dueño de los versos apasionados y los cuentos nostálgicos que retrataban los suburbios porteños con sus tangos y sus fatales peleas de cuchillo.
Es curioso: Jorge Luis Borges nació para el mundo el 24 de agosto de 1899. Este año completaría 110 calendarios. Así lo siente su amigo colombiano, que cuando se expresa sobre él lo hace como si en realidad no hubiera escuchado la noticia de la muerte del escritor a través de su propia emisora.
"Es que él sigue vigente en mi vida, dice Álvaro. Yo lo quiero. Y lo digo en presente porque sus poemas no han muerto para nadie. Y si lo que uno escribe no ha conocido la fatalidad, quiere decir que hay motivos para creer que su corazón sigue latiendo en algún lado".
Ese cariño hacia el escritor argentino ha resistido, incluso, los embates de lo que puede parecer una traición a todas luces. Sucedió después de la segunda visita de Borges a Colombia, cuando Castaño se paseaba, dichoso, con la grabación que contenía esos versos que sólo consiguió arrancarle a Borges después de tres horas angustiosas.
Escoltado por ese preciado tesoro, llegó hasta Buenos Aires con la primicia de la voz compilada de Jorge Luis Borges, la cual sería lanzada en una gala en la Embajada de Colombia en el país gaucho.
Juan David Botero, hermano de Fernando, el pintor y escultor antioqueño, lo recibió a su llegada con una noticia que le quebró el corazón. Parado frente a la vitrina de una librería, Álvaro advirtió un pendón que anunciaba, con bombos y platillos, —como si se tratara de esa gran chiva que él esperaba dar en ese país— la versión ‘pirata’ de su grabación en Bogotá. "Me dio una desilusión muy grande, pero no podía desbaratar la recepción que me habían preparado".
El encargado de la distribución de la grabación en la capital argentina, Bonifacio del Carril, le sugirió demandar al poeta; "usted está en todo su derecho", le insistió. "Piense que él era el único que tenía copia del original".
Es un episodio que Álvaro confiesa abiertamente que no le gusta contar y hoy cree que fue una situación que puso a prueba esa amistad de décadas.
Aún hoy, el radiodifusor colombiano sigue creyendo en la buena fe del hombre de ‘Corazón de alcachofa’, al que nunca pensó en demandar, como le sugirieron. "Yo creo que él no recibió un solo peso. ¿Qué hubiera ganado con llevarlo a un estrado judicial? Seguramente, algunos días de fama. Nada más".
Prefirió quedarse con la versión "tierna y sincera" que le regaló el escritor, parado en frente suyo, "con su mirada sin luz". Borges volteó y con vergüenza le dijo: "Es horrible lo que le he hecho, pero eso le pasa a usted por hacer negocios con cretinos de solemnidad".
Pobrecito Borges. Pobrecito Álvaro Castaño Castillo que tuvo que someterse al cretino destino que le dejó una elegía de nunca olvidar.

Nocaut de película



La historia de Pambelé llegará al cine en 2010, de la mano de ‘El oro y la oscuridad’, libro del barranquillero Alberto Salcedo Ramos. Encuentro cercano de 43 minutos con un periodista que no mira a los ojos.


Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista Gaceta
Mayo 31 de 2009

La primera historia que Alberto Salcedo Ramos encontró en la vida no consiguió convertirse en crónica, ni la magia de llenar hojas en blanco. Tropezó con ella a los 10 años, siendo un "niño fisgón" y de mentiras traviesas, que pasaba sus días en Arenal, pueblo de Bolívar donde los pelados se vuelcan a la calle, después de aguaceros de miedo, para correr felices tras una pelota de fútbol, animados con vallenatos de los hermanos Zuleta.
Y había que ser travieso para inventar las cartas de amor cursis que terminaban en el mesón de Magoline, una madre soltera, con cinco hijos a cuestas, que tenía la expresión triste de una belleza de tiempos pasados; era la encargada de los oficios de la finca de los abuelos de Alberto y las misivas que leía con emoción brotaban, en apariencia, del alma enamorada de ‘El caracol’, negro feo, desdentado, "y con piernas en forma de paréntesis", que prometía para ella amores perpetuos y para sus retoños la seguridad del padre abnegado que les había faltado siempre.
Pero ‘El caracol’ estaba lejos de ser el autor de aquellas esquelas desesperadas. No porque negara aspirar al amor de la viuda. La razón era más elemental, pero no menos bella: no sabía leer ni escribir. Y nunca descubrió que aquellas palabras querendonas saltaron, en realidad, de la imaginación del hijo del patrón. Quizá pensó que la mujer que lo había ignorado siempre, de repente había sentido la necesidad de no pasar con el corazón desierto el resto de la vida.
"No sé por qué diablos a mí se me ocurrió que ellos dos podían hacer una pareja bonita, pero aún hoy siguen juntos, el tiempo me concedió la razón. Yo inventé su amor en mi cabeza, pero ellos lo materializaron. Fue una lección tremenda de todo lo que logras hacer a través de las palabras".
Y lo que ha logrado este barranquillero de 46 años se lee como reseña obligada en casi todas las antologías de periodismo que se exhiben en las librerías de América Latina: cronista de las revistas SoHo y El Malpensante, Alberto es autor de ‘Diez juglares en su patio’, ‘Los golpes de la esperanza’ y ‘De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas’.
Además conquistó, en tres oportunidades, el premio de periodismo Simón Bolívar, el Rey de España y el de Mejor Libro de Periodismo del Año, otorgado por la Cámara Colombiana del Libro. En 2004, fue también finalista del Premio Nuevo Periodismo Fnpi-Cemex, por su crónica ‘El testamento del viejo Mile’, documento de consulta y devoción en las facultades de periodismo del país.
No son laureles que saque a relucir mientras se toma el café clarito y escaso en azúcar que le acaban de traer a la mesa en el restaurante ‘El camino del Café’, del barrio Usaquén, en Bogotá.
Cuesta trabajo que mire a los ojos mientras responde preguntas. Antes de hacerlo, las escucha con atención, regala un silencio de segundos y mide cada frase a pronunciar, como, si en vez de una entrevista, tratara de construir alguna de sus crónicas.
La excusa de este Encuentro Cercano es que otra de sus obras, ‘El oro y la oscuridad’, un perfil sobre Antonio Cervantes, ‘Pambelé’, será llevado al cine, de la mano del director Andrés Cortés —que ha trabajado con Cameron Díaz y John Leguízamo—, y del guionista caleño Juan Rendón, el mismo de ‘Paraíso travel’.
Que la historia de este hijo de San Basilio de Palenque llegara a la pantalla grande no le sorprende a Salcedo, que hace tres años recibió un e-mail, desde Nueva York, por parte de Filmatika Productions, con la invitación de que abriera las 194 páginas de su libro y les permitiera llegar al formato de los 35 milímetros con las desnudeces y grandezas que revela en torno a los 64 años del deportista.
Era apenas natural que eso sucediera, reflexiona ahora el escritor costeño, porque la vida del primer púgil que le regaló un título mundial a Colombia en la categoría walter junior y el único que hace parte del Salón de la Fama del Boxeo, "reúne todo para ser cinematográfica".
Tiene razón: Antonio Cervantes había quedado rezagado a los escándalos de prensa originados en sus desvaríos de drogas, mujeres, alcohol y de peleas callejeras en las que muchos lo veían "tirando coñazos sin razón".
Y así fue hasta que Salcedo rescató su historia para contarles a las nuevas generaciones que no es una novedad ver cómo ‘efigies’ alumbradas por el faro de la gloria no pueden cargar a veces con el peso de su propia fama y terminan de forma estrepitosa convertidos, de un momento a otro, en ídolos de barro que ya nadie voltea a mirar.
"Pambelé es un personaje que sabe lo que es el esplendor y el brillo, pero también la penumbra", asegura el periodista, que confeccionó este reportaje durante dos años, después de entrevistar a medio centenar de familiares, entrenadores y amigos del boxeador.
Una historia que también le pertenecía, tal como la de Magoline y sus amores tardíos con ‘El caracol’. "Muchos cronistas creemos que existen relatos que están hechos para uno y eso me sucedió con Pambelé. Desde niño crecí viéndolo pelear, emocionándome con sus ganchos, con sus puños de martillo".
Cuando Pambelé se coronó ‘rey’ mundial de las narices chatas, el 28 de octubre de 1972, frente a Alfonso ‘Peppermint' Frazer, en Panamá, Alberto Salcedo tenía apenas 9 años. "Desde entonces, se convirtió en mi héroe, en uno de carne y hueso. Era un ídolo real".
El café sobre la mesa se va mermando con sorbos cortos. Alberto sigue sin mirar a los ojos. Y sigue hablando con vocablos calculados. Palabras que ahora se detienen en el boxeo, que más que un deporte "es una cantera de historias" que aún no terminan de ser narradas.
Si naces en el hogar de un magnate, dice, lo más lógico es que te conviertas también en magnate; "pero si naces en el barrio Nelson Mandela de Cartagena, en un cuarto donde duermen once hermanos, en una casa donde de pronto desayunas hoy, pero no sabes cuándo volverás a probar un bocado, entiendes que lo único que puede ayudarte es el extremo de tu propio brazo: el puño es un talismán, la mano no te sirve para crear, sino para pelear por tu propia vida", sostiene el periodista.
Y las manos de Alberto Salcedo quisieran entrometerse en ese guión que comenzará a filmarse en febrero del próximo año, que hoy "se encuentra en estado embrionario", apenas en proceso de escaletas y preproducción. Ya Pambelé recibió una platica, cuenta el periodista, aunque sabe bien que al púgil no le interesa el contenido del filme, "con que hablen de él es suficiente, sobre todo si es para decir que alguna vez fue campeón mundial".
Le asusta que le digan que un libro suyo será llevado al cine, "pues de alguna forma lo que escribes se convierte en una niña mimada a la que no quieres que nada le pase", dice Salcedo, con tono ceremonioso, como si estuviera en una de esas clases que dicta en la Universidad Javeriana o en la de Los Andes desde hace cerca de tres lustros.
El café sobre la mesa ya por fin acabó y la mirada de Salcedo sigue evasiva. No pasa lo mismo con sus anécdotas que merecen llegar a la hoja en blanco. Porque siendo niño también inventó cartas de amor dirigidas a él mismo, en las que una María le declaraba amores generosos. Era un recurso para evadir la timidez que su familia le cuestionaba. Una forma de acercarse a la literatura que acaricia hoy. Es, también, la explicación de por qué sus ojos negros prefieren mirar a ningún lado mientras responde cómo encontrar oro y oscuridad en ídolos de barro bien cocido.

“Lo único que me intimida es el toro”


El día que le confesó a los suyos que quería ser torero tenía 13 años. Hoy, Luis Bolívar completa 8 viviendo en España y desde allá no paran de llegar buenas noticias: lleva 16 tardes en Las Ventas y ha salido victorioso de las plazas de Sevilla y San Fermín.

Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista Gente Joven - El País
Diciembre 2008


Es curioso, la de Luis Bolívar no es una historia convencional. Al otro lado de la línea no se escuchan las respuestas de siempre: que de niño lo llevaban a la Plaza a ver corridas; que se sentaba tardes enteras a hablar de toros con don Sammy, su papá, un taurófilo experto; ni siquiera que el regalo de Navidad que más recuerda es una muleta o una espada de juguete.

Lo más cerca que llegó a estar de la fiesta brava parece un mal chiste: vivía a dos cuadras de la Cañaveralejo y desde su cuarto sentía el eco del público que aplaudía verónicas y chicuelinas. Él era el único que no estaba allí. La suya es una historia de rebeldía. Un día cualquiera confesó que se quería ganar la vida en el redondel. Su familia puso el grito en el cielo. Mamá Soraya decía que de aquello no se podía vivir.

Y él, firme, como si se tratara del torero enfrentado a la bestia en el último tercio. A los 13 años no hubo vuelta atrás. Ya estaba bueno de batir sin gracia la bola en una escuela de béisbol, todo porque en su casa creían que era la mejor manera de atajar la hiperactividad. Se metió a la Escuela Taurina, se preparó con Enrique Calvo, ‘El Cali’, y a los 14 años una cornada en los muslos le enseñó que se había metido en un mundo de valientes sin retorno.

Las anécdotas vienen al caso mientras está sentado en un rincón de su chalet en Naval Carnero, a las afueras de Madrid. "Un barrio tranquilo, de casas típicas y bonitas". Vive con sus padres y sus dos hermanos, Sammy y Vanessa. Me dice que en ese lugar no sólo es feliz, es un hijo más: de puertas para adentro "nada de ínfulas de estrella". Es que eso de alcanzar la fama a los 23 años debe pesar tanto como un toro de lidia con sus 600 kilos enfurecidos. Él no lo siente así, "es un reto grande, pero no me asusta, lo único que me intimida es el toro".

LA MANO A LA ESPADA.
Pasaron muchas tardes de fracasos, cornadas y estocadas fallidas antes de que a Luis Bolívar le llegara la popularidad y hoy le lluevan aplausos y orejas en las plazas de Colombia, México y España. Tras su paso por la Escuela Taurina de Cali, en el 2001 fue becado un año por la prestigiosa Escuela de Madrid.

Una oportunidad que vale su peso en oro y que pocos tienen. Aquello de pensar en la mera posibilidad de convertirse en gran matador en una tierra donde, precisamente, nacen los mejores del oficio, parecía más el sueño romántico de un torero extranjero que un proyecto con futuro.

Pero Luis no hizo caso de los ánimos pesimistas. Al fin de cuentas tiene mucho de su signo zodiacal. Es tauro –¿curiosa coincidencia?– y no teme decir que su temperamento es fuerte, aunque por momentos lo traicione su corazón noble. "Al toro no le importa si eres español, colombiano o de la China. Está bien, hay que reconocer que cuando eres de afuera las oportunidades se dan gota a gota; pero de eso se trata la vida, te enseña que cuando quieres luchar por tus sueños debes agarrarte del clavo ardiendo".

Gracias a esa convicción fue que el talento de ese niño caleño que escuchaba triste el eco de la fiesta brava desde su casa, no tardó en quedar sobre la arena. Una tarde de buena suerte y mejor espada lo vio torear, en la Escuela de Madrid, la familia Lozano, la misma que décadas atrás hizo lo propio con César Rincón. Fue elegido entre un centenar de estudiantes que habían viajado desde diferentes rincones del mundo con el mismo anhelo. Más tarde lo vio el famoso ganadero Victoriano Martín. Fueron sus primeros apoderados y éste último el maestro al que todavía Luis le pide consejos y le confiesa sus temores de matador.

Ya lleva ocho años viviendo en España y al escucharlo ronda la pregunta de qué tanto le queda de caleño. De vez en cuando, me dice, se le cuela "una salsita o un vallenatico" en una fiesta familiar, pero sus ratos libres son para el flamenco, para leer sobre filosofía o ver películas. "Como dicen los españoles, me gusta el plan a la ‘maruja’: con sofá, mantas, palomitas y helado". Es un pelado sin afanes. Sin ínfulas de grande. Y eso también es curioso.

En el 2003 la crítica taurina española lo catalogó como el mejor novillero de la temporada y este 2008 completó 16 tardes en la Plaza Las Ventas de Madrid. Ha capoteado en las ferias de San Isidro, en las de San Fermín, en las de Sevilla y Bilbao. De varias ha salido en hombros."No hay duda. Los españoles me han tratado bien, pero siempre me exigen, lo hacen desde que era un novillero (en esa etapa permaneció durante dos años). Y eso me anima a seguir. Me indica que me falta mucho por aprender en este arte", asegura Luis. El deseo permanente de los toreros es no desilusionar a su afición, agrega, "para eso es que se derrama tanta sangre en la arena, para que el público se vaya contento a casa".

No le gusta que le pregunten por corridas de antología, de nunca olvidar. "Todavía no he hecho la faena de mi vida, el día que eso pase cuelgo los trastes y me voy para la casa. Lo tengo clarísimo". Prefiere hablar más bien de momentos de vértigo, como ese 24 de julio del 2004 cuando vivió su cornada más peligrosa. Esa tarde era su ‘alternativa’, así le llaman los toreros a la faena en la que se consagran como matadores, "una especie de doctorado". Los más novatos reciben la venia del más avezado de la tarde.

En su caso, su padrino fue ‘El Juli’. Y justo cuando entró a matar, un toro lo recibió con una embestida de peso: Luis Bolívar recibió dos cornadas, la primera en una pierna y la otra en el pecho, mucho más profunda, a sólo un centímetro del corazón.Estuvo hospitalizado durante 15 días, la mitad de ellos en estado grave, pero es que ser bueno en la arena tiene su precio: "Esta profesión no está hecha para niños, finalmente no sales a jugar un partido de fútbol, te juegas la vida misma y cada cicatriz se convierte en una medalla; en eso radica la gracia de pararse frente al toro".

¿Tardes para olvidar? "Ha habido muchas". Tardes de lágrimas y rabia. El 19 de mayo pasado, durante una corrida en San Fermín, tuvo la oportunidad de salir en hombros de la plaza; cada pase con el capote y la muleta estuvieron impregnados de magia, pero al momento de matar Luis no pudo pinchar al animal. "Los que estuvieron presentes saben que en esa tarde me jugué la vida, pero así es esto, el toro sale y es impredecible".

Lo dice así, firme. Como el día en que le confesó a los suyos que soñaba con ganarse la vida en el redondel. Ya no tiene que refugiarse en su casa para sentir de lejos el eco de la plaza ‘ardiendo’. Ahora él está adentro. Ahora los aplausos son para Luis Bolívar.

Cali de arrabal


Cali le arrebató a Medellín, en justa lid, el título de la capital tanguera de Colombia. Recorrido por una ciudad donde el ritmo ‘gardeliano’ es capaz de hacer bailar a un hombre de 99 años y convertir sus noches de jueves en una milonga sentimental.

Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista GACETA - 21 de junio 2009


Vaya usted a saber en dónde terminó el bendito ‘long play’, con la cara de Gardel pintada en tonos sepia, que la señora Josefina Mosquera le regaló a su hijo Alfredo, hace 50 años, cansada de verlo entregado a las lágrimas y el pañuelo por culpa de esa joven de melena azabache y labios rojos que le había partido el corazón. Y eso que la casita de bahareque donde la madre angustiada trató de aliviar la pena tenía apenas un solar, dos cuartos y un par de gallinas mudas. Y en un espacio como ese, tan minúsculo, tan estrecho, parecería inverosímil que las cosas terminaran en un lugar ajeno.

—Las penas de amor no están hechas para ser entendidas, sino para ser cantadas, le dijo una mañana la señora al entonces pichón de carpintero, que acariciaba el disco de 78 revoluciones. El disco salvador.
—Y eso de qué sirve. Ella no volverá para escuchar canciones, así sean del mismísimo Gardel, respondió él tratando de persuadirla.
—Para mucho, sentenció la vieja desde su silla: Las letras de Gardelito vuelan tan lejos como el viento.

Sólo entonces la vitrola de la humilde vivienda hizo estallar un tango desgarrado en la voz del ‘Zorzal criollo’: "Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado, no me importa lo que has hecho, lo que hacés y lo que harás. Los favores recibidos creo habértelos pagado, y si alguna deuda chica, sin querer se me ha olvidado, en la cuenta del otario que tenés se la cargás...".
Alfredo ha visto bailar varias veces ese ‘Mano a mano’ que hace medio siglo no cumplió su cometido de salvarlo del despecho. Tampoco de una pasión férvida por ese aire bonaerense que nació a las orillas del río de La Plata, a finales del siglo XIX, en tugurios y lupanares. Según se dice, lugares de encuentro de los europeos pobres y exiliados, de los hombres de sangre maleva, cantaría después Alfredo De Angelis.
A veces el carpintero del barrio Obrero le mezcla boleros y sones cubanos a sus jornadas de madera y de serrucho, pero siempre termina entregado en los brazos de canciones lunfardas y bohemias que han permanecido, la mayoría en su memoria de 61 calendarios, y el resto en cds empolvados. Un gusto que ha resistido el paso de dos matrimonios fallidos y ocho hijos que ya no están con él. Alfredo es un tipo solo, y ese gusto por las melodías tristes y porteñas fue la única herencia que la vieja Josefina le dejó al morir.

"Malena canta el tango como ninguna"...
Es domingo. Sol picante. Alfredo está parado al pie de una ventana de las afueras de La Matraca, un rincón ‘gardeliano’ del barrio Obrero que todos los domingos, desde hace más de cuatro décadas, enciende sus luces para iluminar el sollozo de los bandoneones. El sitio, dicen algunos, nada tiene que envidiarle a uno de esos boliches (bares) bonaerenses donde se disfruta el ritmo más conocido de la cultura popular argentina.
Alfredo observa bailar a las parejas que se encuentran dentro a través de una malla metálica roja. Lo hace en silencio, cuerpo pasmado, esculcando con los ojos un lugar al que ha entrado pocas veces, a pesar de quedar apenas a seis cuadras de su casa. "Es que no sé bailar", se lamenta él. "Y la que podía enseñarme —la del pelo negro y boca carmesí— se marchó hace muchísimo tiempo para nunca regresar".
No es el único que a esa hora y con ese calor sobre la espalda repite la faena hasta por cuatro horas seguidas. A su lado, una mujer de cabello cenizo, recién salida de misa, aplaude a las parejas de pasos ligeros mientras un niño de no más de seis años trata de soltársele de las manos a la madre veinteañera que canta tangos con voz ronca.
La tradición la tomaron prestada de la rumba setentera caleña: aquella de los ‘aguaelulos’ que se celebraban en las casas de los barrios populares, alrededor de las cuales los vecinos se agolpaban para vitorear, desde afuera, a los que mejor azotaran la baldosa.
La escena le es familiar a Jaime Parra Restrepo, dueño de La Matraca, que heredó de su hermano Clímaco un negocio que empezó como un granero, a un costado del parque del Obrero, se transformó en cantina y al cabo de los años terminó convertido en un templo al que acuden, sin falta, los apóstoles de "ese sentimiento triste que se baila", como Santos Dicépolo llamó al tango alguna vez.
"Que haya gente afuera viendo bailar no me molesta, ¿para qué cortinas o vidrios oscuros? Eso hace parte del encanto de este lugar; a veces se ven más de veinte personas en las mismas, sobre todo el último viernes de cada mes cuando llegan tangueros de todos lados y en La Matraca se pueden contar más de 120 personas", cuenta Jaime.
Recuerda que esa casa esquinera en la que habla ahora, tapizada de discos de acetato y cuadros evocadores de la música de arrabal, le debe su nombre a los taxistas que la frecuentaban en 1968, cuando nació el granero familiar.
"Todos llegaban al parque, después de las seis de la mañana, para lavar sus carros antes de entregarlos. Y mientras Clímaco iba hasta la galería para comprar las cosas de surtir, yo les colocaba a los choferes unas canciones que sonaban tan mal, que a ellos les parecía que no salían de un equipo de sonido sino más bien de una matraca, una caja de madera usada en procesiones de Semana Santa que para lo único que sirve, en realidad, es para hacer bulla". El nombre no era el más halagador. Pero La Matraca gustó. Y se quedó, allí donde ha sido siempre: en la Carrera 11 con Calle 22.
También se quedó don Arcesio Valencia. Según su hijo William, más fácil deja de ir el viejo a una cita médica que a la que tiene cada domingo, después de las cuatro de la tarde, en esa casa esquinera pintada de colores. Jaime Parra sabe que ese día la mesa número ocho está reservada para un mecánico pensionado de la Fuerza Aérea, padre de 24 hijos y abuelo alcahueta de 30 nietos y 35 biznietos, que en un par de meses completará 99 años bien acompasados.
Convencido del espacio que tiene asegurado para su tarde milonguera, Arcesio sale de la casa en la que vive desde hace 90 años, ubicada diagonal a La Matraca, donde todavía sube escaleras, repara carros y clava puntillas.
Sale con su sombrero de ala ancha, su traje de paño y su viudez de una década. Saluda de mano a los presentes —el mismo ritual de todos "porque los tangueros somos como una gran familia"—, se queda hasta tres horas, se bebe un litro de whisky y cada vez que una de sus tres "novias" lo convida, salta a la pista mientras "Malena canta el tango como ninguna, y en cada verso pone su corazón"..., como entona Roberto Arrieta.
No le pregunte por qué el tango le gusta tanto. Sería ponerlo en aprietos. Pero uno intuye que debe ser porque Gardel, tal como ocurrió con el resto de la ciudad, quedó con una deuda eterna que Arcesio sabe cobrar cada domingo: "El día que él murió, un 24 de junio de 1935, yo estaba en la Base Aérea Marco Fidel Suárez esperándolo para pedirle un autógrafo. Él venía a una presentación en el Jorge Isaacs, después de haber cantado en Barranquilla, Bogotá y Medellín. El tipo nunca llegó, me dejó esperándolo, pero yo ya lo perdoné", cuenta el viejo, que aprendió a bailar este aire porteño "mirando no más" y ahora se queja de no poder hacerlo como le gusta por culpa de sus pies longevos.

"Que viente años no es nada"...
Que un abuelo con casi un siglo a cuestas siga bailando tango tan campante no sorprende en absoluto a la bacterióloga Leyda Santa, que luego de pensionarse del Seguro Social se entregó por completo a la música lunfarda.
Alumna aventajada del maestro Rodolfo Vincel, uno de los mejores de Argentina, esta caleña dicta clases de tango en su casa para, según dice, "enseñarles a jóvenes y viejos por qué el tango, más que una deuda que Gardel nunca cumplió en Cali, es una filosofía de vida que permite conocer el cuerpo".
Leyda también le regala sus fines de semana a La Matraca. Los sábados enseña a bailar en la tarde para después, en la noche, hacer sonar la música, saludar micrófono en mano a los presentes y pedir aplausos cálidos para las parejas que se roban el show sobre la pista. Y conste que la culpa no es de un tango, es de una ranchera argentina, la primera canción que ella bailó con Jaime Parra, su compañero sentimental.
Después de esa música campesina, vendrían los tangos: ella lo conquistó echando mano de su gracia natural y él con pasos bien logrados porque no le era ajeno eso de hacer molinetes (giros), ganchos y firuletes (adornos con los pies).
Si "veinte años no es nada", como cantaría Gardel, lo más probable es que diez tampoco. Ese es el tiempo que llevan juntos Leyda y Jaime viendo cómo aumenta la fiebre de los caleños por el tango y cómo cobra fuerza la idea de que Cali es la nueva capital de este género en Colombia, después de arrebatarle a Medellín el título en justa lid.
Por eso no es gratuito que en La Matraca confluyan, en una misma noche, la vicepresidenta de Nueva Zelanda y el presidente de la Academia de Tango de Japón. Los dos llegaron convencidos de que en ese rinconcito de barrio popular una milonga sentimental sonaría tan auténtica como si estuvieran sentados en la calle Caminito de Buenos Aires. Los dos se marcharon felices. En efecto, fue así.
Aires de tango
Los caleños cuentan hoy con diez escuelas para aprender a bailar el rey de la música porteña. Todas han nacido en los últimos doce años. Una cifra de orgullo: Medellín, en casi un siglo de tradición, acumula 30, y Manizales, donde los niños aprenden tango con el biberón en las manos, apenas 4. Cali, por cuarto año consecutivo, ha sido sede de las eliminatorias del Mundial de Tango que se realiza en Argentina cada agosto y seis parejas nacidas en esta ciudad, en un lapso de cinco años, han terminado en los primeros lugares de la cita orbital. Las cuentas también indican que cerca de 40 profesores se ganan la vida dando clases de forma independiente.
Y aunque La Matraca es el lugar más conocido, otros espacios han abierto sus puertas a la nostalgia de Libertad Lamarque, Lalo Martel, Agustín Magaldi, Francisco Canaro y Santos Discépolo. Un jueves cualquiera, después de las 9:00 p.m., —tal vez porque Piazzolla aseguró que el tango es hijo de la noche—, usted puede buscar mesa en Tropicaña, un salón de medialuz ubicado frente al Parque Alameda; en Conga y en Evocaciones, ambos sobre la Calle Quinta.
Edwin Restrepo, dueño de Tropicaña, tiene razones para pegar juicioso, cada jueves en la fachada del local, un cartel que invita a disfrutar de noches de milonga con parejas premiadas en toda suerte de campeonatos. "Los clientes que vienen, bailarines de profesión y tangueros aficionados, saben que es el único día de la semana para disfrutar del tango en Cali".
Así lo cree Humberto Zapata, que dos jueves al mes asiste al lugar de luces mermadas acompañado de una enfermera a la que logró conmover con ‘Hasta siempre amor’ para que ella desistiera de su idea de abandonarlo. Hoy es su esposa y tiene con ella dos hijos. "Hasta siempre amor, pasarás a otros brazos y dolerá el fracaso igual que hoy".
Ese despertar de los caleños por el tango es lo que tiene también a Mauricio Valencia con la idea de echar raíces en la capital del Valle. Tiene 29 años, es bailarín profesional, y hace 15 meses llegó atraído por la idea de vivir de los compases del bandoneón. Mauricio baila tango desde hace tres lustros, desde el día en que el hermano mayor le enseñó, en su natal Manizales, cómo es un gancho de cintura y un gancho de entrada.
"En la ciudad en la que nací y crecí no necesitas pasar por una escuela para medírtele a un fox, a un tango o una milonga; pero Cali tiene una magia especial, aquí aprendes la esencia, aprendes cómo se baila tango del bueno".
Descubrir esa esencia toma su tiempo. Se necesitan maneras refinadas para aprender cómo abrazar a la pareja, cómo mirarla, cómo darse una buena caminada. Así lo cree Edwin Chica, un paisa que baila desde los doce años y llegó a Cali, hace ocho, con el único propósito de dictar unas clases de tango para las que había sido contratado.
Fue necesario que rompiera el tiquete de regreso. En ese viaje conoció a Lina María Valencia, una administradora de empresas caleña a la que después hizo su esposa. Él, dice, fue amor a primera vista. Ella tiene sus dudas. Lo cierto es que la noche en que se conocieron, bajo la luz tenue y cómplice de La Matraca, Lina bailó con Edwin sin saber que el muchacho tenía 4 platinos y 28 tornillos enterrados en su pie izquierdo y que por culpa de una accidente de tránsito —que casi lo destierra de la pista de baile— el pobre tenía encima cuatro cirugías y estaba obligado a caminar con un bastón.
Ella no lo notó. Él se recuperó, siguió peinándose con tarros de gomina para lograr un aire ‘gardeliano’ y terminó de pulir la técnica y los pasos de Lina. Ahora, como fundadores de la escuela Tango Vivo, les enseñan a más de 250 caleños, entre niños y adultos, "cómo es ese sentimiento triste que se baila".
Sentimiento que sigue tan fuerte como el recuerdo en la memoria de Alfredo, el carpintero del barrio Obrero, que sigue sin atreverse a entrar a La Matraca porque nadie podrá enseñarle a bailar tango como aquella joven de melena azabache y labios carmesí que alguna vez le partió el corazón.

El apóstol caleño de la conservación


Por Lucy Lorena Libreros
Publicado en la revista GENTE - 25 enero 2008
Foto: Rodrigo Cicery



Jorge Enrique Orejuela lleva más de tres décadas hablando el idioma de la conservación. Con un premio de la National Geographic Society a cuestas, hoy este caleño dedica sus días y sus noches a sacar adelante el Jardín Botánico de Cali, un templo de biodiversidad.


Lo empacó todo. Los colchones, los libros, los muebles. Ni siquiera el perro se salvó del trasteo. Jorge Enrique Orejuela tomó su Land Rover y se marchó rumbo a La Planada, un boscoso rincón nariñense donde poco o nada se escuchaba sobre conservación ambiental y desarrollo sostenible.

Hablar de ecología en esas tierras resultaba tan exótico como los frutos mismos que crecen en el monte. Han pasado 26 años desde que el ‘profe’ convenció a su familia de abandonar la ciudad y mudarse al trópico. Su esposa, Ana María Echeverry, bióloga como él, no puso resistencia y ambos se enamoraron de la idea de ver crecer a sus tres hijos entre orquídeas y osos de anteojos.

Y así fue. Las imágenes de esos días de bosque de niebla revolotearon en la mente de este apóstol caleño de la conservación, el pasado 13 de diciembre, mientras observaba orgulloso al público que lo aplaudía en el Museo de la National Geographic Society, en Washington. Se había hecho merecedor a un premio en el que participó un grupo élite de científicos de todo el continente. Una especie de baloto de la ecología que le reconocía a este caleño tres décadas de trabajo silencioso en favor de los ecosistemas tropicales, entre ellos el de La Planada, que a la postre se convirtió en el primer parque natural del país.

Lo propio había conseguido Jorge en Utría, Chocó; en Gorgona, en el Quindío, regiones que gracias a él se transformaron en áreas protegidas. "Cuando tuve el premio en las manos me preguntaba por qué yo. Hay mucha gente en Latinoamérica que hace la misma labor", se decía este profesor de la Universidad Autónoma de Occidente, miembro del Departamento de Ciencias Ambientales. Sólo dos días antes de viajar a Estados Unidos Jorge se enteró de que todo había sido iniciativa de Stewart Pinn, ornitólogo con quien había compartido habitación mientras adelantaban un doctorado en biología en la Universidad Estatal de Nuevo México.

"Hace más de un año, sin mayores explicaciones, Stewart me pidió que le enviara una hoja de vida. Yo me había olvidado del asunto durante todo este tiempo y sólo vine a entender cuál era su propósito cuando recibí la notificación la National Geographic por correo electrónico. Fue él quien me postuló". El premio, que en sus dos anteriores versiones había quedado en manos de un nicaragüense y un guatemalteco, consistía en la entrega de una millonaria donación que un filántropo estadounidense, Howard Buffet, le había obsequiado a esa entidad.

Lo cuenta mientras recorre con pasos agitados el Jardín Botánico de Cali. Doce hectáreas de bosque seco tropical -uno de los más amenazados del mundo-, que se extiende desde El Saladito hasta la bocatoma del río Cali, y que el ‘profe’ Orejuela protege desde el 2000, año en que consiguió el apoyo decidido de Epsa y la Universidad Autónoma para regalarle a la ciudad un pulmón verde donde las mariposas vuelan tranquilas y los micos bailan en los árboles sin preocupaciones al caer la noche.

Un proyecto que, pese a la falta de recursos, ha conseguido en siete años preservar la cuenca hidrográfica del río Cali y 800 especies de aves, así como establecer un corredor de conservación que une a la capital del Valle con el Parque Nacional Los Farallones. Todo un templo consagrado a la biodiversidad.El jardín está ubicado 800 kilómetros arriba del Zoológico de Cali.

Lo acaricia la brisa fresca que desciende de la montaña y su silencio se perturba sólo por las aguas briosas del afluente tutelar de Cali. Es una floresta, de diez estaciones educativas, construida con árboles autóctonos de la región como gualandayes, chambimbes, ceibas, higuerones, cedrillos y guásimos. Dos kilómetros en los que habitan mariposas típicas del Valle que amenazaban con extinguirse debido a la contaminación, al igual que monos aulladores, venados, zorros, iguanas y armadillos.

Jorge Enrique habla con emoción de cada centímetro de vegetación que crece allí, de cada nuevo sendero que consigue abrir al público para esos estudiantes deseosos de conocer la riqueza natural que los caleños parecen ignorar. Tiene 60 años, pero la misma energía de ese muchacho aventurero que alguna vez se retiró de la química para estudiar biología.

Su hoja de vida está llena de títulos y cargos rimbombantes: se graduó como biólogo en la Occidental College de Los Ángeles, tiene un PhD de la New Mexico State University y durante más de diez años fue consultor de la World Wildlife Fund (WWF) y del Zoológico de San Diego en California.Pero cuando se le escucha hablar, rematando cada frase con una sonrisa franca, no pareciera ser un ratón de biblioteca que recita teorías. Se muestra más bien como un Papá Noel de la biología que quiere seguir trabajando en favor de la conservación de los bosques. Silenciosamente, no necesita premios.

Con la nostalgia del Cali Pachanguero


‘Moncho’ Santana fue la voz que inmortalizó el himno salsero de la ‘sucursal del cielo’. Hoy, casi de incógnito, recorre la ciudad a la que un día le cantó. Historia de un reencuentro.

Por Lucy Lorena Libreros
Reportera de El País
Publicado 27 de diciembre 2006 - El País
Foto: Aymer Álvarez

El Cali Pachanguero que entonó aquella noche, en una discoteca de Nueva York, sonó como una serenata a la nostalgia. Las lágrimas fueron inevitables. ‘Moncho’ Santana completaba ya catorce años sin pisar su ciudad. La de romántica luna, donde el jilguero canta, donde las calles se levantan, adornadas de mujeres sin par.

Al otro lado de la tarima no se veían figuras ‘azotando’ baldosa. El público, apretujado como en una caja de recuerdos, era un solo coro:"Que todo el mundo te cante,que todo el mundo te mime, celoso estoy pa’ que mires,no me voy más ni por miles".No era la primera vez que Luis Alfonso Peña Sánchez, como se llama realmente el hombre que le dio voz al himno salsero de los caleños, confirmaba que en tierras lejanas esta canción era más un bálsamo para el alma, que una excusa para mover el cuerpo.

Por ironías del destino, esa noche él mismo se sentía un espejo del tema que puso a delirar a toda una ciudad del "puente para acá". Estaba indocumentado, solo en un pequeño apartamento de Queens, donde vivía con el temor de ser repatriado a Colombia. De haber sido así, en la maleta no habría podido empacar nada más que una decena de Navidades en soledad. ...

"Si supieras la pena que un día sentí, cuando enfrente de ti tus montañas no vi"...

El paisaje de esa Cali amada se le perdió a ‘Moncho’ un jueves decembrino de 1985, cuando empacó su desilusión rumbo a Estados Unidos, a través de ‘el hueco’, en la frontera con México. Triste destino para quien era entonces uno de los artistas más famosos de la ciudad. Hoy recuerda que en aquel entonces no tenía tiempo, ni cabeza, para pensar en una visa americana que le ahorrara el sacrificio de entrar de manera ilegal a un país donde otras veces había estado de gira.

Quería huir. No le avisó a nadie. Ni siquiera a sus compañeros del Grupo Niche, con quienes compartió un año de triunfos, al compás de ‘No hay quinto malo’, álbum al que muchos consideran la mejor producción de esta orquesta en toda su historia. Poco tiempo después de su partida, inexplicable a los ojos de muchos, los rumores comenzaron: que tenía cáncer en la garganta, que lavaba platos en Estados Unidos, que lo habían visto vendiendo perros calientes, que el vicio le había podido más que el talento...

Desde 1987 su vida se convirtió en un misterio para sus seguidores. Ni siquiera los músicos que venían de tierras ‘gringas’ traían nuevas noticias sobre el padrino del Cali Pachanguero. La voz que puso a bailar a la capital del Valle, a mediados de los 80, había desaparecido. Hoy, más de 20 años después, ‘Moncho’ habla con claridad sobre aquellos días: "No me fui de Niche porque tuviera cáncer, porque fuera un ‘tomatrago’ o porque me hubieran echado. Simplemente, porque estaba seguro de que no se me pagaba lo justo, porque me prometieron regalías y nunca me cumplieron. Yo sabía que se estaban lucrando con mi voz y me sentí desilusionado; por cuenta de esos comentarios se me cerraron muchas puertas".

"A millas siento tu aroma"...
Los recuerdos se le revuelven a este caleño de 50 años, mientras habla sentado en un sofá de la pequeña casa donde vive su familia en el barrio Floralia, al nororiente de Cali. Hace una semana se reencontró con los suyos, luego de un largo viaje desde Cuernavaca, México, donde vive y trabaja desde hace un año en compañía de Héctor Viveros, también ex integrante del Grupo Niche. Ambos son vocalistas de la agrupación Estrellas de Niche, famosa en tierras manitas.

Pero dos décadas no han sido suficientes para borrar las heridas. La voz se le entrecorta cuando recuerda esos siete días de travesía por la frontera mejicana, en los que debió apaciguar el cansancio y el hambre con la esperanza de que la revancha salsera le ‘sonara’ en la Capital del Mundo.

Y no pasó mucho tiempo antes de que el desquite llegara. Luego de intentar hallar un lugar en otras agrupaciones, ‘Moncho’ armó su propio combo, con el que grabó tres producciones, entre ellas From Cali With Love, la más aplaudida de todas. Trabajos de los que salieron éxitos como Vendedora de Amor, Imagínate en Mis Manos y Tendría que Llorar por ti.Ello, sin embargo, no fue suficiente para mantenerlo en la escena salsera.

A partir de 1989 vinieron nueve largos años de silencio musical, en los que su vida sufrió un vuelco. Se separó de su esposa, "porque no me aguantó tantos deslices", y de sus dos hijos menores, quienes aún viven en Nueva York. Los otros cuatro permanecen en Cali. Encontró refugio en la zapatería y en una fuerza de voluntad que no le permitió dejar de pensar en que algún día regresaría a la capital del Valle.

Desde el 2001, su nueva situación legal lo hizo posible; consiguió papeles y se le abrieron las puertas para regresar a su ciudad. Pero ya no es lo mismo. Lejos de la fama que lo subió a la cima en 1984, hoy de ‘Moncho’ pocos se acuerdan. Ya no llena las casetas de Feria en las que otrora se presentaba hasta tres y cuatro veces en una misma noche. Por estos días, el Cali Pachanguero suena en todas partes, pero su intérprete en ninguna.

Ese olvido lo hace pensar, por momentos, en desistir de la música. "Estoy en un momento clave de mi vida, tengo 50 años y estoy doblando la esquina, el último vagón del tren ya me está pitando", dice Luis Alfonso. Pero pese a los malos recuerdos, ‘Moncho’, el hijo del barrio El Porvenir que hace 33 años nació para la música con el Grupo de los Hermanos Jordán, dice ya no bailar con los rencores.
Ni siquiera con los que llegó a sentir por Jairo Varela. La herida quedó sanada una noche en que coincidió con el Grupo Niche en una discoteca neoyorquina. Aunque ‘Moncho’ creía que el director de la orquesta caleña lo ofendería por interpretar sus éxitos, Jairo no tuvo más que palabras de agradecimiento y hasta pidió un aplauso para su ex vocalista estrella.

"La música me ha negado muchas cosas, pero me dio una muy grande: haber cantado el Cali Pachanguero. Ser su intérprete representa mucho para mí, es saber que con esa canción puedo mover los sentimientos de gente que algún día ha estado igual que yo, alejado de la ciudad que ama".
"Cualquiera justo razona, que Cali es Cali, señores, lo demás es loma".
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"Me gusta más cantar el 'Cali Pachanguero' cuando estoy fuera de mi país, porque allá la gente la siente más. A veces, cuando paso por algún lugar donde suena el Cali Pachanguero,, me provoca decir: "ese disco lo canto yo"...
'Moncho' Santana, ex vocalista del Grupo Niche