jueves, 20 de agosto de 2009

Al ritmo de la marea


GACETA recorrió el Pacífico sur, desde Esmeraldas, Ecuador, hasta Buenaventura, buscando las historias de hombres y mujeres que luchan por mantener viva la tradición del folclor negro. Encontró un pueblo que rescató la herencia de la música chirimía a un maestro ciego de 85 años; la sobrina de un tumaqueño que demostró que la marimba no es un asunto del diablo y un esmeraldeño que espantó los vicios del alcohol a golpe de currulao.
Texto y fotos: Lucy Lorena Libreros
Publicado Revista GACETA
Agosto 16 de 2009

En San Antonio, población ubicada a dos horas en lancha rápida desde Guapi, Gustavo Cuero sintió miedo de la ceguera. Una tarde, hace 7 años, después de cinco horas de pesca caprichosas, descendió de su potrillo –canoa alargada–, con unos pocos gualajos, fierras y pargos rojos dispuesto a rematar el día con una tanda de amigos y de viche, pero la escena que lo abrazó a su llegada lo enfrió de espanto: los habitantes de su pueblo habían silenciado los arrullos y los bambucos viejos para entregarse a "los bailes de otros lados".
No era una escena novedosa: los equipos de sonido solían retumbar amenazantes, desde hace años, con reggaetón y vallenatos en las casas de madera; pero sólo hasta ese día el hombre lo advirtió en toda su dimensión y su tragedia. Los músicos que en otros tiempos animaban con marimbas las fiestas en honor al santo patrono y que correteaban negras a ritmo de currulao estaban viejos y cansados de la jarana; otros más habían muerto. Los niños decidieron un día dejar hablando solos a los abuelos que invitaban a cantarle a la marea, a la luna, a "la virgencita bendita que me das lo de comer".
Como un zarpazo de la memoria contra el desespero, Gustavo se acordó entonces de Antonio Vidal, uno de esos maestros del folclor que a sus 85 años aún vive en esas tierras, pero a quien las décadas, de forma ingrata, le fueron dejando la mirada gris y borrosa. "Hay que aprenderle rápido al viejo antes de que ya no pueda ver más", pensó el pescador. "Al paso que vamos, reflexionó, él dejará de mirar los bombos y las cajas, porque la ceguera golpea las pupilas como una ola de tormenta sobre la playa".
Es sábado. La visita a Guapi es la primera estación de viaje que incluye a Tumaco, Buenaventura y Esmeraldas, en Ecuador, para esculcar qué mantiene en pie a los músicos del Pacífico en su esfuerzo por preservar su música negra, desafiando las lejanías, la exclusión y la pobreza.
Se lo explico a Gustavo, que acaba de llegar de "sembrar colino", de arrebatarle a la tierra arroz, plátano y maíz, la dieta que sustenta a este corregimiento de pescadores que sólo consiguen comunicarse con el resto del mundo a través una central de radio y del Guajuí, río extraño que se desprende del Guapi y que comienza a esconder sus aguas a las tres de la tarde, de suerte que a las cinco los pelados juegan fútbol, felices, sobre la arena seca.
Espantado por el miedo a la ceguera –al temor de que después de Vidal no quedaran músicos para recordar en San Antonio–, Gustavo fundó el grupo ‘Raíces del Guajuí’. Sus once integrantes no interpretan currulao ni los aires del Pacífico sur al que pertenece la costa caucana. Se trata, más bien, de un aire típico del Chocó.
El hombre se excusa: es que ya no queda en el pueblo ningún brazo de negro recio que construya marimbas, la base de esos ritmos; tampoco hay quien las interprete. A la única marimba que sobrevive en el pueblo –traída desde Timbiquí por él mismo– se convirtió en residencia permanente del polvo y el olvido. "Lo nuestro es la chirimía", dice Gustavo, sentado en una de las dos tiendas de este rincón de calles abrasantes que los cartógrafos olvidaron poner sobre los mapas.
El río Guajuí escucha su relato antes de esconder su cauce. Gustavo dice que prefirió traicionar la tradición antes que permitir que la música negra no sonara más en su terruño. Por eso, sin haberse criado en familia de cantores y sin más credenciales que su temperamento musical sin escuela, se sentó tardes enteras a recibir las lecciones de Antonio, quien le enseñó a tocar flauta dulce, cununo, caja y maracas. Después llegaron las canciones, historias que hablaban de los viajes con canalete, del padre Abraham –polémico misionero que arribó por estos lares– y de las mujeres que abandonan amores.
El buen alumno quiso hacer mejor la tarea: ante la imposibilidad de conseguir fuco para fabricar la flauta dulce, perforó un tubo de PVC con cuchillo, simulando los orificios de un clarinete. Después, convenció a diez vecinos, todos hombres, de interpretar con él la chirimía; no sólo consiguió animarlos a preservar la tradición, los contagió con la idea de participar en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.
Apoyados por la alcaldía guapireña, y tras un año de ensayos diarios, ‘Raíces de Guajuí’ viajó más de 17 horas para la cita cultural: cuatro, en canoa de motor desde San Antonio hasta Guapi; una lancha rápida los llevaría en la mitad del tiempo, pero el alto costo del combustible en la zona –hasta catorce mil pesos el galón– los obligó a desistir de esa opción. Dejaron atrás la selva y los manglares para abordar luego un barco y con éste diez horas más de recorrido hasta anclar en Buenaventura. El último impulso fueron las tres horas que separan al Puerto de Cali.
Francisco Torres emprenderá un viaje parecido. Corren las horas tempranas de un domingo de julio y mientras me recibe afina una marimba que ha sonado en su familia desde hace 68 años, la única herencia que dejó su papá. Lo hace en una casa de maderas descascaradas de guayacán, recostada sobre el Guapi, que perteneció a su padre, José Antonio, y al abuelo Benigno. La historia no tiene enredos, advierte: el más viejo puso el desorden, enseñó a tocar y a fabricar marimbas, y el asunto se ha mantenido, con botellas de viche y ‘tomaseca’ atravesadas, generación tras generación.
Vestido de pantalón azul, botas de caucho y camisa vaporosa, ‘Pacho’ es el menor de la estirpe de la que hace parte José Antonio Torres, ‘Gualajo’, músico guapireño que fue homenajeado este año en el Petronio; toda una leyenda viva del folclor. Inspirado en el legado del hermano famoso, ‘Pacho’ emprendió un largo recorrido desde Sansón, su vereda, hasta Cali para interpretar la marimba en el grupo Manglares. No está obligado a ensayar, dice. "Llevo practicando marimba más de 50 años". Sabe lo que tiene que hacer frente al público: "Lo mismo que nos pidió mi papá, alma bendita, antes de morir, no llamar las tragedias. Cuando suena la marimba se espanta la muerte y llegan los espíritus de la vida. Y la cosa tiene el mismo efecto frente al río Guapi que sobre una tarima de la gran ciudad".
"La marimba no es del diablo"
A más de 20 horas en barco de Guapi, en Tumaco, vive una negra orgullosa. Se llama Alma María Valencia y gracias a Francisco Salla, su tío, la marimba regresó por fin a las manos callosas de los hombres, después de que el padre Mera pasara más de 40 años arrojándolas al mar y a los ríos con el argumento de que eran cosa del diablo.
Indignado por el atropello evangelizador, Salla escondió su instrumento en un rincón de la casa apenas conocido por él y sólo la sacaba al rayar el alba. En una de esas madrugadas clandestinas, una figura alta y robusta, como salida de otro mundo, sacudió su rancho. Asustado, el músico entonó las notas del himno nacional hasta que la figura intimidante desapareció. Desde ese día, el tío Francisco juró no botar nunca su ‘piano de la selva’. "Qué locos están los que creen que la marimba llama al diablo. ¡Qué va! Lucifer lo que le tiene es puro miedo", se le escuchó decir.
La sobrina de ese negro envalentonado no sólo aprendió desde niña a espantar los miedos del demonio. También a bailar bambuco con una atarraya que su papá ponía a secar sobre una viga de su casa en la vereda La Sirena, a orillas del río Chagüí. Mientras tocaba la marimba, don Argemiro la invitaba a ella y a sus 16 hermanos a prenderse de la red y dar vueltas a su alrededor con ritmo cadencioso. La mamá de los muchachos observaba la escena y hacía sus aportes. Tenía razones poderosas para hacerlo: "Muchos decían que cuando ella bailaba era como ver al río crecido".
Heredera de una tradición de mujeres cantoras, la negra vive hace once años en esta esquina de la costa nariñense. Le echa la culpa a la guerrilla; ella era feliz sancochando pescado y recogiendo plátano para su marido y sus nueve hijos. Pero "la gente mala" llegó con sus balas, robó animales, asesinó vecinos y puso la muerte a las puertas de su familia. Hoy se gana la vida vendiendo canastos y artículos de totumo y calabazo. Además, canta y agita el guasá con el grupo Changó, nacido hace un lustro para recuperar los bambucos viejos, los pangos, las jugas, el patacorel, el berejú y otros aires típicos de la costa Pacífica.
La voz de Alma María se hace sentir con los chigualos, los arrullos y los alabaos, estos últimos, dedicados a los santos, lo que reafirma el fuerte sentimiento religioso, común en toda la costa del Pacífico. Tan arraigado, que en las celebraciones de Semana Santa los instrumentos se silencian y la música llega sólo a través de la voz. "Es que el cununo y la marimba son pasión", explica la cantadora.
El maestro Isaac Castro Capurro así lo cree también. Acuartelado en la Casa de la Cultura de Tumaco, en donde dirige la Escuela Tradicional a la que asisten unos 60 niños, cuenta que el currulao, –la expresión musical más febril del Pacífico sur– recoge el sincretismo del legado africano, indígena y el hispánico con su herencia católica. "El currulao es una muestra de nuestra vida comunitaria, de los bailes, la comida, la poesía; de la forma en que nos enamoramos, en que hacemos trueques, es un canto a la tradición oral y a la escrita; fue la manera que encontramos para estar unidos a pesar de vivir en pueblos tan apartados".
Pero el ritmo va más allá de clases de escuela. Es una exaltación del más puro galanteo: la pareja baila suelta sí, pero de forma amorosa. La mujer mueve sus caderas e intenta permanecer serena ante las pretensiones del hombre, que intenta seducirla con el punteo, un movimiento agitado de los pies descalzos. Mario Macuacé, conocido músico tumaqueño, lo expresa a su manera: "Como venimos de la cultura del agua, todo lo que hacemos está relacionado con la vida del mar y del río. Y eso se nota hasta en la forma como hacemos el amor y como bailamos, para nosotros bailar y amar tiene la misma fuerza de la marea".
Esa influencia se nota hasta en la forma de cantar. Sentado junto a Alma María sobre un muelle, Witsman Tenorio, director artístico de Changó, asegura que la fuerza de sus voces se la agradecen al mar de temperamento oceánico que baña a Tumaco y "que revienta sus olas fuertes al pie de nuestras casas; cuando cantamos tratamos de hacer eso mismo". No sucede igual en los pueblos de río –como Guapi y Timbiquí–, advierte el músico, donde las aguas "caminan sin sobresaltos, por eso allá los cantos son menos graves".
Separado de Cali por quince horas de "carretera peligrosa", Witsman y su grupo rifaron tambores y vendieron tamales para recoger fondos que les permitieran asistir al Petronio. Vendrían días difíciles. "A veces, lo poco que recogemos nos da para llegar bien arreglados a la tarima, pero no bien comidos. Es el costo que debemos pagar para que no se pierda nuestra música".

La ‘joya’ del currulao.
Para llegar a Esmeraldas, Ecuador, desde Tumaco es necesario recorrer tres horas por carretera, navegar otras dos sobre el mar hasta llegar a la desembocadura de un río que se atraviesa, de lado a lado, a bordo de un ferry. Y como los líos diplomáticos no entienden de folclor, quienes vayan tras los sonidos de las marimbas esmeraldeñas deben sortear la revisión de pasaportes y de cédulas. Con todo y eso, los tumaqueños sienten a Esmeraldas como un pueblo más de su costa. Un pueblo que también este año se hará sentir en la categoría versión libre con dos de sus mejores agrupaciones: ‘Ensamble de marimba y clarinete’ y ‘Bambuco’.
Larry Preciado, considerado a pesar de su juventud, 36 años, uno de los músicos más emblemáticos del folclor esmeraldeño, viajará con esta última. No cree en las fronteras, sobre todo cuando habla de música: aquí y allá cantamos a lo mismo, currulao, arrullos, alabaos y jugas. Estamos rendidos a los pies de la marimba, dice el músico mulato y gestor cultural, hijo de padre pescador y madre indígena.
Los libros de historia le dan la razón. Según cuenta el antropólogo Germán Patiño, se cree que hacia 1533, frente a la costa de Esmeraldas, el mar embravecido hizo naufragar una embarcación española y la confusión fue aprovechada por diecisiete esclavos –once hombres y seis mujeres– para fugarse.
Según Patiño, los esclavos se encontraron con un instrumento prehispánico parecido a la marimba que les recordaba sus balafones africanos. "Se apropiaron de él y lo interpretaron a su manera".
Alguna vez Preciado alcanzó a escuchar ese relato y da gracias por la sangre negra que le corre en las venas. De no haber sido por esa herencia que aún se siente en cada calle de esta población, no habría salido del alcoholismo que lo postró durante años. "Estoy vivo gracias a la marimba", dice.
De ese poder de la música negra puede dar fe también Katia Ubidia, directora de Cultura y Deportes de Esmeraldas. "A pesar de que hablamos de una tradición de varios siglos, el legado no se ha perdido. Los muchachos ven clases de marimba hasta el último año y en el Conservatorio del pueblo, los alumnos estudian por igual autores clásicos y música folclórica".
El entusiasmo se hace evidente, cada año por el mes de febrero, cuando se realiza el Encuentro de Danzas y Cantos Afro que convoca a músicos negros de toda América Latina. Katia dice que el suyo es un pueblo orgulloso: "Es que acá la música hace el milagro de rescatar a los desvalidos".
Seguramente Katia no sabe que a miles de kilómetros de su Provincia Verde, en Buenaventura, una mujer de 150 centímetros también cree en los milagros poderosos de la marimba. A sus 71 años, Julia Estrada es la abuela querendona del grupo ‘Palmeras del Pacífico’, uno de los doce provenientes del Puerto, que este año saltó a la tarima del Festival Petronio Álvarez.
Y habla de milagros porque gracias a la música hace apenas unos años fue que aprendió a escribir "como se debe", gracias un taller de escritura creativa al que asiste con un cuaderno escolar dos veces a la semana.
Antes de eso, componía sus canciones en la mente y se obligaba a cantarlas a diario porque no era muy buena con el lápiz y el papel. A veces, un vecino solidario de su barrio Viento Libre anotaba juicioso las estrofas que ella le dictaba, pero en otras –casi siempre– las mismas se resistían al olvido a fuerza de entonarlas tantas veces con su grupo.
Entonces, después escuchar esas historias, es inevitable pensar que bien sea por miedo a la ceguera, por rescatar la marimba de los improperios de un cura temerario o por lograr que las canciones no se las lleve la marea, el argumento es el mismo. Cuando se les pregunta a todos qué los mantiene unidos al cordón umbilical de esos sonidos negros y ancestrales todos coinciden en su sueño de no dejar que la tradición muera.
Álvaro Caicedo, músico del Puerto, lo explica casi como un lamento desesperado: "Tu puedes aprender con partituras o de oído, puedes grabar un disco o tener las melodías anotadas en un cuaderno; cuando cualquiera de nosotros coge una marimba o un cununo o canta un currulao es para que el alma negra de nuestros pueblos no se borre como lo hacen las olas del mar sobre las señas en la arena".

NEGRA MAESTRA



Leonor González Mina, La Negra Grande de Colombia, recordó su vida en una tarde de truenos. Lecciones de una maestra que dicta clases de canto a niños de Robles, Jamundí, su pueblo natal, y de una mujer que supo dar el grito de rebeldía para defender su canto.


Por Lucy Lorena Libreros
Foto: Bernardo Peña
Publicado 9 de agosto 2009
Revista GACETA - El País


Terminó de cantar ‘Angelitos negros’ con las manos temblorosas y el micrófono bañado en sudor. El público no lo advirtió. Ni siquiera Atahualpa Yupanqui, con quien compartió escenario aquella noche, hace más de 50 años, en el Teatro Municipal de Cali. Sólo ella, Leonor González Mina, percibió después de esa primera canción, el fogonazo de nerviosismo que le había ‘quemado’ el cuerpo desde que escuchó, escondida en el camerino, el llamado para saltar al gran recinto. El susto, como un enemigo tramposo, por poco le hace extraviar la voz.
Tenía 22 años y aún en la calle no le decían la Negra Grande. No hacía mucho había soltado las maletas tras una gira por Europa con el grupo folclórico de Delia Zapata Olivella, con el que robó aplausos en Francia, Alemania, Suecia y la antigua Unión Soviética.
Pero en Colombia su rostro y su voz apenas despuntaban en la música folclórica. Así que ella misma fue la primera en sorprenderse cuando Fanny Mikey la invitó a cantar junto a ese monstruo del folclor argentino.
La anécdota no sólo le dejó el sabor amargo del pánico. Algo en su corazón le dijo aquella vez que ese grito de rebeldía que dio en su casa, años atrás, le había entregado la brújula con el camino acertado. La presentación impresionó tanto que programaron una más, al día siguiente en el Coliseo El Pueblo, para quienes deseaban repetir concierto y a los que se motivaron después de leer en periódicos la hazaña de una negra que cantaba con sentimiento desgarrado.

La maestra Leo
Con voz de abuela querendona, confiesa estar feliz con la Gran Orden al Mérito Cultural, con el que el Ministerio de Cultura reconoció su trabajo de más de medio siglo entrega al canto y a la actuación.
Lo dice con modestia. Cambia rápido el tema porque ella prefiere esculcar, más bien, los recuerdos de esos días de aplausos febriles. El cielo plomizo de esta tarde amenaza con desgranar un aguacero robusto que le impide sonreír con soltura para las fotos de esta crónica. Mira a la cámara, mira al cielo. Arruga la frente, sonríe segundos... ¿Dónde quedó la negra combativa que un día se fugó de casa persiguiendo el sueño de cantar?
Esa negra está sentada ahora, junto a mí, con sus canas y sus risas, vestida de tenis y sudadera, en una casa de Robles, Jamundí, corregimiento en el que nació hace 75 años y al que se llega después de 45 minutos por un camino destapado y pedregoso.
Una carretera, escoltada por montañas, que ella recorre dos veces a la semana, cuando baja hasta la escuela Luis Antonio Robles, para impartir a niños, entre 8 y 15 años, clases de canto y de teatro. Quince voces infantiles la llaman ahora la maestra Leo y ella tiene fe de que en pocos meses la iniciativa derive en un semillero permanente de artistas orgullosos.
"Cuando volví a mi pueblo noté que muchos de nuestros niños se están criando solos; sus mamás y sus papás se han marchado buscando futuro. Y entonces lo que ves es que los crían abuelas cansadas y ellos crecen sin estímulos".
Convencida de que el arte disciplina, la negra toca puertas en busca de apoyo para su labor. Quiere una sede, sueña más niños, anhela teatros para los que actúan y micrófonos para los que cantan. En esas anda ahora, dice, mientras los truenos de espanto le hacen rascarse la cabeza con desespero.
No difícil adivinar que uno de esos pequeños le recuerda a Candelo, su hijo mayor, a quien la muerte sorprendió con un aneurisma, mientras conducía entre Milano y Torino, en Italia. Una noticia que hubiese preferido no escuchar. Antonio José Caballero, su gran amigo, le avisó que el joven músico —quien se aprestaba a modernizar la música de películas de Federico Fellini— se había marchado para siempre. "Ha sido la tragedia más grande de mi vida". "Sentí que se me escapaba el alma, que lo había perdido todo".
No sólo lo sintió ella. También su familia y sus seguidores que advirtieron su silencio y su tristeza. Refugiada en Bogotá, Leonor guardó los micrófonos, apagó la música y lloró. Lloró muchísimo. Algunas veces, esas lágrimas confusas la hicieron pensar en el suicidio. Por eso, ni ella misma se explica cómo se sobrepuso. "Será porque los artistas tenemos alma de payasos".

La negra rebelde
El lugar en el que cuenta esas historias no es la misma casa en la que Leonor dio el grito de independencia, cansada de que su familia respondiera con un No tajante a cada intento de querer seguir los pasos de sus tías, de su abuelo y de su mamá, que regalaban sus cantos en misas y fiestas. "Crecí escuchando todos los timbres de voz: sopranos, mezosopranos, bajos, barítonos; por eso, desde los 5 años, supe que quería cantar".
La batalla la dio, varias veces, en el solar de una casa amarilla, de estilo colonial, que da la bienvenida al parque de Robles. En ese lugar escuchaba decir que lo mejor era estudiar para vestirse de odontóloga o de enfermera. Los suyos le tenían el futuro escrito porque sus hermanos "ya eran gente de bien" que se educaba en universidades. Y ella, cómo no, estaba llamada a seguir las reglas.
Pero no quiso. Entonces terminó con la escoba en las manos y con la penitencia de hacerles de comer a las quince personas que vivían con ella. "Aguanté sólo cinco meses. Así que les hice caso, hice dos años de enfermería, siempre con la idea de trabajar y ahorrar unos pesitos pa’ irme".
Con esa idea andaba en la mente cuando Mario, uno de sus hermanos, convenció al antropólogo y escritor Manuel Zapata Olivella de conocer las manifestaciones artísticas de Robles. Zapata aceptó. Se quedaría una semana. Pero terminó amañado y, luego de dos meses de estadía, no sólo regresó a Bogotá convencido de que su hermana Delia debía incorporar en su grupo folclórico no sólo las danzas de esa tierra maravillosa, sino la voz arrolladora de una negra pequeña llamada Leonor González Mina.
Fue una especie de boleto gratuito a la libertad. A la vuelta de unas semanas, la joven de 18 años sostenía un tiquete de avión en las manos y sólo de ella dependía dar el paso siguiente: empacar las maletas y cerrar a sus espaldas las puertas de la casa. La oportunidad de fugarse la encontró en una aventura sin sospechas: "Como a mí me mandaban a vender en Cali la cosecha de cacao de la familia, aproveché uno de esos viajes pa’ fugarme. No dí la más mínima señal de mi paradero".
Ni siquiera la vieja Leonor, su mamá, alcanzó intuyó que su hija se la pasó viajando durante meses, vestida de colores, por Europa y la antigua Unión Soviética. Y vea usted que, a su regreso, las cosas se pusieron a otro precio. De la incredulidad al orgullo: los hermanos, felices, mataron un novillo tierno e invitaron a los vecinos. Hasta el Gobernador de la época no quiso perderse de la foto y en la radio celebraban que una negra, arullada en un pueblo descendiente de esclavos que compraron su libertad en las grandes haciendas, cruzara las fronteras para entonar pasillos y bambucos.

Nace la Negra Grande
Un hombre viajaba en taxi por una avenida bogotana cuando escuchó la voz fuerte de una joven en la radio. Intrigado, cambió la ruta y se dirigió a la emisora de donde se escapaban esos sonidos reveladores. El hombre era Esteban Cabezas, periodista, publicista y compositor de música folclórica. La joven era Leonor González Mina. Él se marchó de la emisora con unas señas escuetas. Tomó un avión a Manizales, en donde se encontraba de gira el grupo de Delia Zapata y con ellos Leonor.
Sin dejar de acariciarse la cabeza, ella recuerda cómo, de la nada, apareció un periodista de ropas extrañas que le estiró la mano a manera de saludo. "Un enanito de chaquetica a la cintura que, sin mayores rodeos, me dijo que mi voz era la que él necesitaba para sus canciones".
Que no se diga luego que fue amor a primera vista. Pero fue amor al fin de cuentas: "Con el tiempo ya no lo vi tan feo y él, con su labia poderosa y palabras de poeta, me fue enredando hasta que caí redondita".
Esteban la convenció de buscar su carrera en solitario en Bogotá y la presentó con Hernán Restrepo, entonces director artístico de Sonolux, quien no tuvo duda de que había encontrado un diamante sin pulir para la industria musical.
Y así llegó a los escenarios un lamento de raza inolvidable:

"Aunque mi amo me mate, a la mina no voy. Yo no quiero morirme en un socavón; don Pedro es tu amo, él te compró; se compran las cosas, a los hombres no".

Y detrás de ‘A la mina no voy’ —una de sus interpretaciones más recordadas—, llegó ‘Tío guapachecito’ y ‘Angelitos negros’, canciones de ‘Cantos de mi tierra y de mi raza’, un primer álbum que mereció que ya no la llamaran Leonor González Mina. Con sus 1,56 de estatura, había nacido, sí señor, la Negra Grande de Colombia.
Nadie conseguía arrebatarle el micrófono. En su generosa carrera acumuló 30. ¿Acaso quién pretendía hacerlo? Sí, había alguien: Bernardo Romero Pereiro, libretista que había escrito para ella un monólogo en televisión, ‘La negra chambimbe’, en el que Leonor pareció opacar su virtuosidad en el canto con un actuación magistral.
Motivada por el debut, la negra se devolvió a Cali para aprender con Fanny Mikey y Enrique Buenaventura, en el Teatro Experimental de Cali, TEC. Las propuestas comenzaron a llegarle "sin hacer un solo casting".
Bajo el derrotero de Jorge Alí Triana se metió en la piel inolvidable de Hipólita, la nana de Simón Bolívar. Actuó en ‘Crónica de una muerte anunciada’ y con Bernardo Bertolucci, cuando el italiano llegó hasta las playas de Santa Marta para rodar ‘Más fuerte muchachos’. Bueno, muchos no olvidan a Zenobia, su personaje en ‘Azúcar’, de Carlos Mayolo.
La lista de las novelas y seriados en los que ha participado es larga, pero faltan páginas por escribir. Pronto, la veremos como la nana esclava de Sierva María, una niña que crece al cuidado de negros cimarrones, en ‘Del amor y otros demonios’, que la directora costarricense Hilda Hidalgo tuvo la osadía de llevar al cine.
Dos papeles no piensa repetir, me advierte tajante: el de esposa (se separó hace dos décadas) y el de congresista. Un domingo de 1998, después de aceptar la invitación afanosa de Piedad Córdoba para lanzarse a la Cámara de Representantes, se enteró de que 36 mil colombianos habían votado por ella. "Nunca pensé en terminar elegida. Ese domingo no estuve ni en la sede de campaña, ni pendiente de la radio para escuchar los resultados. ¿Acaso que sabía yo de política?".
Aguantó tres años. La misma cantidad de preinfartos que sufrió, sin contar el principio de trombosis que la tumbó a la cama. Golpes inútiles, cree ahora: se quedó con ganas de ver pavimentada la entrada a su pueblo, —así como Escalona se fue para el otro mundo deseando lo mismo para Patillal, en Cesar— y con decenas de proyectos archivados de apoyo a los artistas.
"Hace más uno afuera, que con gente que sólo trabaja en función de su rosca. No les importa el pueblo". A ella sí. Por eso, después alimentar pajaritos y refrescar orquídeas y geranios en su casa, sale rumbo a la escuela para esculpir el talentos en esos niños que la llaman maestra. Cofiada va de que 75 años no son una amenaza. "Yo ya tengo charlado a ese ‘señor’ de arriba. Ya le advertí que me tiene que dejar en mi pueblo mucho rato".